Combate ineludible

Job era varón de conducta intachable, que todos los días alababa y bendecía a Dios, reconociendo sus beneficios y dándola gracias por ellos. La Sagrada Escritura dice de él: «Era hombre sencillo, recto, temeroso de Dios y cuidadoso de evitar todo pecado.» (Job 1, 1).

Job y sus amigos. Gustavo DoréLo advirtió Satanás en sus incesantes correrías por la tierra acechando a los siervos de Dios y conspirando contra ellos, y pretendió expugnar aquella fortaleza moral haciendo prevaricar a Job, levantándolo en rebeldía contra el Creador.

Autorizado por Dios, sin cuya licencia nada puede, hizo para lograr su perverso intento lo que sólo el demonio es capaz de tramar y de realizar. Un buen día privó de improviso a Job de sus inmensas riquezas e hizo morir trágicamente a todos sus hijos. Otro día, viendo que Job no cesaba de bendecir a Dios, a quien permanecía fiel en medio de su tribulación y de su pobreza, le contaminó con enfermedad contagiosa, repugnante y dolorosa en extremo, y se vio el paciente Job desamparado de todos, hasta de su mujer, y, abandonado fuera de techo, sin socorro humano, sin comida, sin medicinas, sin unas hilas siquiera con que limpiarse la podre de las úlceras que de pies a cabeza invadían su cuerpo.

Tendido en el duro suelo, dolorido y desolado, continuaba siendo fiel a Dios como antes. Nunca asomó a sus labios una maldición n¡una blasfemia. Con corazón humilde y con la serenidad de quien tiene tranquila la conciencia, respondía así a los insultos de su mujer: «S¡recibimos los bienes de mano de Dios, ¿por qué no recibiremos también los malee?» (Job 2, 10). «El Señor nos dio los bienes y el Señor nos los ha quitado. Se ha hecho como el Señor lo ha dispuesto. Bendito sea el nombre del Señor.» (Job 1, 21).

Se ha hecho proverbial la paciencia del santo Job. San José de Calasanz tuvo que padecer tanto y lo sufrió con tanta paciencia y mansedumbre, que ha sido llamado el Job del Nuevo Testamento. Los padecimientos de la Beata Ángela de Foligno y su constante paciencia, dejaron admirado a San Francisco de Sales cuando tuvo noticia de ellos. Nosotros no tenemos tanto que soportar; pero cada cual lleva lo suyo, que no suele parecerle pequeño. A veces nos quejamos de ello; otras, echamos la culpa de nuestros yerros al vecino; no pocas, nos excusamos y pretendemos justificar nuestra falta de virtud censurando los defectos del prójimo.
Es innegable que cada cual pasa sus apuros, y que nos vemos con frecuencia en ocasiones de tropezar y de caer; pero no hay que achacarlo todo a tales ocasiones.

Aquello de que «la ocasión hace al ladrón» no ha de entenderse tal como suena; no. El que apetece lo ajeno, y es ya ladrón por su avaricia y por su mala voluntad, ése busca la ocasión de robar, y, cuando, sin buscarla, la encuentra al paso, la aprovecha ansiosamente frotándose de gusto las manos; mas el que está contento con lo suyo y no quiere lo de otro, ése no alargará la mano para tomarlo aunque la más halagüeña ocasión le brinde a ello. La ocasión no hace al hombre n¡malo n¡bueno, sino que pone de manifiesto lo que él es. Quien voluntariamente la busca o no la evita, es que tiene el corazón podrido; quien huye de ella, reprimiendo quizá su natural impulso desordenado, tiene el corazón sano y es hombre recto, bueno y honrado.

Cuando permite Dios que nos toque la adversidad, como lo permitió en Job y Tobías y en San Pedro Bautista y San José de Calasanz, su toque doloroso hace vibrar las fibras delicadísimas de nuestro corazón, y el sonido que entonces da cada uno, manifiesta a las claras el temple y calidad de su espíritu. No puede conocerse a sí propio el que no ha sido tentado; n¡tiene sabiduría provechosa quien no sabe padecer por Jesús. Así lo afirma San Juan de la Cruz y lo atestiguan antes y después de él todos los santos. Por esto, entre otras razones, es menester que todos seamos probados. S¡a nadie se concede un título académico o profesional sin el examen o prueba correspondiente, a nadie tampoco se le dará la gloria sin que sea probado en la virtud. Lo dijo el ángel San Rafael a Tobías: «Precisamente porque eras acepto a Dios fue menester que te probase con la aflicción» (Tob 12, 13) y ha sido esta la persuasión de todos los amigos de Dios.

Santa Isabel de Hungría, aquella sublime santa franciscana canonizada cuatro años después de su muerte, llevaba en el alma los sentimientos y las palabras del pacientísímo Job, que supo traducir en obras de acrisolada virtud. Viuda a los veinte años y con tres hijos, el menor todavía de pechos, fue privada de la regencia por ambiciosos súbditos y lanzada fieramente de su palacio, de donde salió a deshora llevando en brazos a su pequeñín y a los otros de la mano. Así bajaba la cuesta de su castillo feudal entre el desprecio de los que pocos días antes la honraban y la obedecían. Una mendiga muchas veces socorrida por la santa, la empujó al encontrarse con ella y la tiró al suelo. Negándole todos hospitalidad por temor a las penas con que amenazaba el usurpador del trono a quien osase protegerla, se guareció malamente en una pocilga para tomar un poca de descanso. Al oír a media noche la campana del convento de franciscanos tañendo a maitines, se dirigió allá con sus hijos; llamó al P. Superior y le suplicó hiciere cantar luego de maitines un Te Deum en acción de gracias a Dios por haberla hecho partícipe de los oprobios y dolores de Jesús crucificado.

Dios, que depara la batalla, es quien aviva mediante la fe estos sentimientos hondamente cristianos en el alma de quienes pelean por Él. Estaba en la prisión el que luego fue franciscano y obispo de Tolosa San Luis de Anjou, y repetía varias veces: «Las adversidades aprovechan a los amigos de Dios más que las prosperidades; pues nos estimulan a invocar a Dios y a servirle con más fidelidad.»

Muchos son los que así lo han experimentado; y de ahí el refrán popular muy lleno de sentido cristiano: «S¡quieres orar, métete en la mar.» Un mar de gran fondo nos parecen a veces nuestras tribulaciones, que hacen de nuestra vida, un combate continuado. S¡tuviéramos más fe y más espíritu de sacrificio, cada día nos estimularían ellas a orar confiadamente a nuestro Padre que está en los cielos y está también junto a cada uno de nosotros, sus hijitos muy amados.

Fr. Luis Mestre, ofm

Espurnes de Sant Francés

¿Qué voleu, Senyor, de mí...?
He deixat tots els indrets
on floríen belles flors,
¡cercant flairós jardí,
per senders de punxes fets,
vaig trobar cálzers de plora...
I plorant..., plorant..., beguí.
¿Qué voleu, Senyor, de mí...?

Els camíns de flors ¡llums
atraíen el meu cor...
de les roses els perfums
me ofrenaven ric tresor...
Tot un día ho vaig deixar
par seguir el teu camí
entre un goig de intens plorar...
¿Qué voleu, Senyor, de mi...?

En la volta del cel biau,
enjoiat de llums ¡estela,
vaig trobar daurada clau,
que obrí al cor divins anhels
de amors purs jama¡sentits.
Per Tú tot ho abandoní
entre plors de amargs neguits.
¿Qué voleu, Senyor, de mí...?

Ja sé, ja, bon Jesús meu!
el desig del teu Amor
que glatix sens fi... Voleu
que al meu pit brolle una flor<
¡un rubí encés ¡abrasat...
Traspasseu mon cor així
com el Teu fon traspassat,
¡¡sols Tú estarás en mí...!

Fr. Bernardí Rubert, ofm
Terol, septembre 1951.