Predica el Santo
Poder de la educación
En este mundo cada uno se labra su propia bienaventuranza o infelicidad o practicando las virtudes de Cristo o encenagándose en los vicios respectivamente. Pero las virtudes y los vicios se adquieren con la costumbre. Y en la costumbre influye poderosamente la educación.
Es cosa evidente en la vida humana que el modo de ser, los gustos, las costumbres y todo nuestro modo de proceder, en general, está vehementemente influido por la educación. Vemos, en efecto, que tiene distinta manera de portarse el que nació hijo de arrabal, oyó, lo más corriente, palabras soeces e infames, no vio aseo sino ejemplos brutales y la ignorancia y el descuido le acompañaron a todas partes, que el que, nacido de familia culta y acomodada, fue formado en ambiente de refinamiento y distinción.
La educación modela las almas y costumbres, enriquece entendimientos, voluntades y sentimientos, ilustra y transforma la vida entera, eleva hasta la ciencia y la virtud, y dignifica las personas y las generaciones; mientras que su descuido corrompe los corazones y envilece los hombres, los hogares y los pueblos.
Mas la educación no es obra exclusiva de los padres y maestros. En ella intervienen innumerables factores. En primer lugar, el medio ambiente en que uno vive tiene una influencia decisiva en todos nosotros. Contribuyen también poderosamente en nuestro modo de ser los conocimientos, la ilustración, las ocupaciones, los recuerdos, las amistades, los ejemplos... Todo eso queda en nosotros de manera consciente o subconsciente para formar nuestras inclinaciones, gustos, costumbres y todo nuestro modo de ser.
Así, por ejemplo, no podrán tener los mismos gustos y modales un salvaje del centro de África y un parisiense refinado; o un egipcio de hace cuarenta siglos, un monje de la edad media y un millonario neoyorkino de hoy. No mentirá lo mismo el que piense que la mentira es una cosa útil, conveniente y necesaria, que el que esté convencido de que es falta de honradez, de dignidad, una monstruosidad, un pecado.
Pero el principal factor de la educación es el interés que pone cada uno en educarse. Porque es cosa evidente que cada uno puede educarse a sí mismo; que cada uno puede formarse sus inclinaciones y sus costumbres, sus virtudes y sus vicios; su modo de ser, en fin, su carácter.
Luego eduquémonos. Incrustemos en el fondo de nuestra alma ideas y convicciones que produzcan aquellas costumbres y virtudes que nos den la eterna bienaventuranza.
Para esto hay dos medios principales. Uno es reflexionar, convencernos teórica y prácticamente de la necesidad de tener tal virtud, de quitarnos tal vicio o mala costumbre. Repetir las reflexiones y los propósitos; reavivar frecuentemente las ideas correspondientes con meditaciones, lecturas, reflexiones y pronósticos. Por este medio, cualquiera puede lograr conseguir una virtud o dejar totalmente un vicio.
Podemos también formar nuestras costumbres haciendo actos frecuentes de las virtudes que deseamos tener, hasta que se vuelvan hábitos, es decir, virtud. La naturaleza humana se habitúa fácilmente a todo, hasta lo más difícil. Repitiendo los actos es como se han hecho todos los viciosos y todos los virtuosos.
Es un absurdo, para excusarse de un vicio, decir: "Es que yo soy así". No.. Cada uno es como quiere ser, como quiere formarse y educarse. Pues además de los medios dichos tenemos, para modificar nuestra vida, una ayuda omnipotente que es la gracia divina, que no niega Dios al que sinceramente se la pide.
Por lo tanto, cada uno es responsable de sus gustos, inclinaciones, costumbres, virtudes y vicios. Porque cada uno se forma a sí mismo, o santo para figurar en los altares del cielo o réprobo para arder en las llamas del infierno.
Fr. Antonio de Padua
Fr. Humilde Soria Pons y la doctrina del respeto
(26 nov 1905)
En aquel tiempo iba fray Humilde por los caminos, a pedir limosna por los seráficos de Benisa; e iba siempre a pie con el polvo de aquellas carreteras en verano y en invierno ayudando milagrosamente a sacar los carros de los atolladeros. Las jornadas eran largas, de Benisa a Oliva, y todavía quedan compañeros de su peregrinación, a quienes yo he recordado estos actos externos de observancia de la Regla, "a la letra, y sin glosa, sin glosa, sin glosa", rezando los Padrenuestros y la corona y ninguna palabra ociosa.
Una vez, siendo yo de 12 años de edad, le acompañé a pedir limosna de trigo por las calles y las casas de la ciudad de Oliva, su pueblo natal. La primera casa que tocó a la puerta era la de la tía María de Senent, segunda casa de la calle de San Antonio, a mano derecha. "¡Ave María Purísima, la paz sea en esta casa!" A la voz grata del saludo, salió el padre, 'la madre y los hijos Vicentet y María. Con el máximo respeto a un viandante se arrodillaron sobre el dintel de la puerta y arrodillados padre, madre a hijos, y con toda reverencia besaron el cordón; mientras fray Humilde (el tío Vicent de Soria) les decía, con unción religiosa, palabras apropiadas santas "según convenía, a cada uno".
A la casa siguiente venía una taberna, a donde fray Humilde no se acercó a pedir; pero estábamos ya de vuelta de la calle hacia la plaza de San Roque, cargado ya el jumentillo, cuando he aquí que se le acerca un hombre joven, puesto de camisa blanca con algunas manchas del tinto de la taberna, y le saluda como e! pecador arrepentido al justo y hombre de Dios bien conocido. Aquel hombre bravo aun sin vino, y con él temible y malo, le tomó el cordón y se lo besaba con verdadera devoción. Como era en la plaza, en que circula mucho la gente, pronto se formaron grupos a respetuosa distancia, a contemplar aquel cuadro verdaderamente ejemplar. No se oía lo que el siervo de Dios le reconvenía al hombre de got y gavinet; pero yo oía que la gente admirada decía: "A nadie de tejas abajo guarda respetos este hombre, y ahí le tenéis como un manso cordero silencioso, atento y respetuoso a lo que el flaret le corrige."
Preguntado después aquel hombre, muy transformado, no sabía*cómo ponderar que el tío Vicent, mayor que él y hombre de Dios, le hablase de usted; "a m¡que soy un borracho perdido. ¿De usted a mí?"
(Continuará)
Un ángel
Esta mañana no pude
conciliar m¡débil sueño,
y la cama abandoné
por s¡encontraba remedio
en la visión misteriosa
que ofrecía el firmamento.
Y al ir tras la tibia luz,
que en la noche ofrenda el cielo,
para mirarme en las huellas
de un titilante lucero,
que en sí trenzara el poema
de sus gracias y embelesos,
pasé por el dormitorio
—nido de encantos y vuelos—
donde los niños encuentran
la paz en su dulce sueño.
Y admiré el rostro agraciado
de un niño, plácido y bello,
que dormidito en su cama
con sus dorados cabellos,
con sus dormidas sonrisas,
con sus manos sobre el pecho
y sus ojitos cerrados,
y sus misteriosos gestos,
que hacía sin darse cuenta,
pero que eran suaves, tenues
como los de un ángel que hace
pura oración en el cielo,
tejía el dulce poema
de la gracia y embeleso.
Ante visión tan sublime,
no pude, no, contenerlo
en las entrañas profundas
de m¡enamorado pecho,
y por los ojos y labios
salió, cual rico venero...
¡Señor!, quién me diera ser
como éste, un ángel, de nuevo.
Ángel que sueñe en amores,
ángel de encantos y besos,
ángel de lirios y rosas,
ángel de hechizos y versos,
ángel que no tiene espinos
n¡penas, n¡sufrimientos.
¡Señor!, aunque ángel no sea,
que sueñe en ángel tan bello...
Con la vara con que midas, serás medido
Frecuentemente sentimos la interior comezón de juzgar desfavorablemente a nuestros prójimos. Esta aviesa tendencia natural radica en el fondo de trastorno moral que dejó en la naturaleza humana el pecado, y es propensión viciosa muy afín al vicio capital de la soberbia. Nadie puede tenerse por inmune de esta arraigada e inveterada propensión. Jesucristo nos puso en guardia contra ella con explícitas y persuasivas palabras: "No juzguéis y no seréis juzgados; pues con el mismo juicio que juzgareis seréis juzgados, y con la misma medida con que midiereis seréis medidos." (Mt 7,1-2).
¿A quién le gusta que piensen mal de él? Pues el medio más seguro para evitarlo es, como dice Jesucristo, no juzgar mal de nadie; no hacer juicios temerarios.
Solemos juzgar del prójimo por lo de fuera: palabras, actitudes, acciones, ya que no podemos captar directamente el pensamiento, n¡la intención, n¡la virtud n¡malicia de las personas. Mas lo de fuera son apariencias de una realidad interna, y es muy cierto que, en esto como en otras cosas, las apariencias suelen engañar. De aquí el prudente aviso de Jesucristo: "No juzguéis por las apariencias." (Jn 7, 24).
S¡nos conocemos algo a nosotros mismos y queremos confesarnos la verdad, habremos de decir que nos hemos equivocado varias veces al juzgar al prójimo, aun en casos en que procedíamos desapasionadamente y creíamos tener razón. Sí; lo enseñan los santos y lo reconoce el buen sentido del hombre honrado y experimentado: hay más probabilidades de equivocarse que de acertar juzgando desfavorablemente al prójimo; y aunque diéramos alguna vez en él clavo acertando en nuestros juicios, no escaparíamos de haber obrado mal por habernos erigido en jueces sin serlo. Sólo Jesucristo es el juez de vivos y de muertos. (Act 10, 42), y usurpamos sus prerrogativas cuando por cuenta propia nos metemos a jueces de nuestros prójimos. Esta usurpación n¡es cosa buena n¡es grata a Dios.
Por esto nos advierte San Pablo: "No queráis juzgar antes de tiempo; suspended vuestro juicio hasta que venga el Señor, el cual sacará a plena luz lo que está en los escondrijos de las tinieblas y descubrirá las intenciones de los corazones." (1 Cor 4, 5).
El mismo San Pablo esclarece esta doctrina aplicándola a un caso práctico que podemos variar acomodándolo a lo nuestro: "Quien come de todo, dice el Apóstol, no desprecie al que no puede comer de todo; y quien no come de todo, no se atreva a juzgar al que come, pues Dios lo ha recibido por suyo. ¿Quién eres tú para juzgar al siervo de otro?... No le juzgues, pues todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo." (Rm 14, 3-4-10).
Los Santos suelen ser muy benignos con sus prójimos, y no se escandalizan de cosa alguna, n¡exigen de todos el mismo grado de perfección. El P. San Francisco, que vivía pobremente con sus frailes, les aconsejaba que no despreciasen n¡juzgasen á los que no vivían como ellos, sino que cada uno procurase juzgar y despreciar a sí mismo. (Regla cap. 2).
Santa Teresita entendió perfectamente la enseñanza de Jesucristo y del Apóstol y nos la explica de modo magistral. Escuchémosla:
"Al decirnos Jesucristo que nos amemos como El nos ha amado, quiere decir que no nos amemos por las cualidades naturales, sino por lo que somos sobrenaturalmente... Ahora comprendo, añade la Santita, que la verdadera caridad consiste en soportar los defectos del prójimo, en no extrañar sus debilidades, en edificarse de sus menores virtudes... Cuando el demonio intenta ponerme ante los ojos los defectos del prójimo, me apresuro a buscar sus virtudes y buenos deseos, pensando que s¡le v¡caer una vez, puede haber ganado muchas victorias que yo no conozco, o quizá lo que a mí me parece una falta es un acto de virtud por la intención con que lo hizo." Cita a este propósito una acción suya hecha con el fin sobrenatural y juzgada por los presentes como acción natural defectuosa, y añade: "Esto me enseñó a librarme de la vanagloria cuando me alaban, pues s¡se equivocan juzgando la virtud como imperfección, también pueden equivocarse juzgando virtud lo que es imperfección. Por esto repito con San Pablo: "Poco me Importa ser juzgado por otros; n¡me juzgo yo mismo; el Señor es m¡juez." (I Cor. 4, 3.) Y para que su juicio me sea favorable, o mejor dicho, para que no me juzgue, puesto que él ha dicho: "No juzguéis y no seréis "juzgados", quiero que mis pensamientos sean siempre caritativos." (c. 9.)
El mismo que los tiene es el primero en participar del bien que hacen estos juicios caritativos. El juzgar bien de todos proporciona paz de corazón y bienestar interior. El juzgar malévolamente produce amargura, desazón e irritación de ánimo; y suele predisponer a caer en igual falta. De un antiguo abad se cuenta que cayó en tres defectos de los cuales se había atrevido a juzgar a su prójimo. Sin ser abades y sin ser antiguos, puede a nosotros ocurrir también lo mismo.
Se atrevió un monje a juzgar mal de su hermano, y, apareciéndosele un ángel le dijo: "Vengo de parte de Dios a preguntarte a dónde quieres que envíe a este hermano tuyo a quien te has atrevido a juzgar." Arrepentido el monje de su ligereza pidió perdón, y respondió el ángel: "Dios te perdona; pero guárdate en adelante de juzgar a nadie antes de que Dios le haya juzgado."
Consejo muy de acuerdo con esta sentencia revelada: "Será juzgado sin misericordia el que no usó de misericordia." (Santiago 2, 13).
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