Predica el santo

La soledad, única felicidad verdadera

Es natural que el hombre busque compañía, que necesite asociarse; su primera necesidad es el hogar.
Pero hay almas capaces de superar todo eso por un ideal supraterreno, al que le dedican todo su corazón, toda su actividad, todos sus pensamientos, todos los minutos, y no les queda sino el deber, sin las satisfacciones del hogar o del cariño, por seguir en pos de lo que lo supera y lo llena todo.

El hombre a quien prueba la soledad, o siente que naufraga y la rechaza, o adquiere la suprema serenidad, la alegría de vivir en paz con su deber, con su ideal y con su Dios. Con razón dijo Nietzsche que el hombre se mide por la cantidad de soledad que puede resistir.

La soledad tiene profundas amarguras en el fondo de las cuales hay gotas de inefable dulzura. ¿Acaso en el fondo del mar, amargo y salobre, no están las perlas?

La soledad es la madre de los grandes pensamientos, y las grandes acciones tienen en ella su gestación. Por eso es necesario para todo el que quiere algo grande, para el que quiere subir, para el que siente en su alma inquietudes superiores. Si no se tiene la soledad absoluta, necesitamos, al menos, algunos ratos en que uno pueda estar consigo mismo en la soledad.

iSin ella no hay adelanto espiritual; allí es donde se oye clara la voz de la conciencia; ella enseña a rectificar la vida. La superficialidad de tantos se debe a que tienen miedo a la severidad de la propia conciencia y huyen de la soledad.

Dios puede hablar en los truenos del Sinaí, como a Moisés, o en las fulguraciones del camino de Damasco, como a San Pablo; pero de ordinario habla delicadamente, sin ruido de palabras, en el interior del corazón, y para oírlo es necesario el silencio exterior, un rato de 3oledad.

¡Qué emocionante es contemplar una noche serena y clara! ¡Cuántas luces, fuegos, distancias, orden, profundidad y,misterio! Más luces, mayores profundidades, más sorprendentes misterios, mayores abismos de grandeza, hay en las almas.

Todo eso no se ve sino cuando nos retiramos de todo lo exterior.

«¡Ay del solo!», dijo Salomón. Y es verdad que es un desgraciado el que por misantropía, por falta de generosidad, por decepciones, se retira de los demás. Pero no es cierto que sea desgraciado el negociante aquel de la parábola (Mt 13,45), que dió todo lo que en la vida tenía, todos sus bienes y todos sus amores, por conseguir el tesoro inestimable que supera toda la vida. Mientras guarde esa piedra preciosa será más feliz en esta vida que aquellos a quienes no fué dado llegar tan alto.

Infeliz el que odia el hogar, el que no sabe amar. Feliz Abraham, que subió al monte a sacrificar, en honor de su Dios, todos sus amores, todas sus esperanzas y todas sus ilusiones. Dios no sólo le conservó su hijo, sino que le hizo grande y le colmó de toda bendición.

La soledad, el silencio, el recogimiento, nos llevan a Dios; allí Dios y el alma se encuentran, se reconocen, se unen, se besan.

La soledad es trágica amargura para loe débiles, desesperación y horror para los pequeños; propicia para el adelanto intelectual y moral de las almas» que quieren subir; propia para la vida del espíritu, colmada de íntimas armonías y de profundas amarguras, donde se pueden sentir los dolorosos mordiscos del tedio, pero donde se perciben armonías y dulzuras secretas, donde se templan las almas para las altas empresas.
Con razón, una de las almas más bellas que ha visto este mundo, San Bernardo, nudo exclamar que la. soledad es la única felicidad verdadera, que supera toda alegría, cuyos encantos no pueden sospechar los mundanos, ni los vulgares, ni los vi'lea, diciendo: «¡Oh feliz soledad, oh sola felicidad!»

Fr. Antonio de Padua

Fragancia de rosas y azucenas

19 de agosto. Fiesta de San Luis de Anjou, obispo de Tolosa.

Fue franciscano; en sus iglesias, esparcidas por todo el mundo, celebran los franciscanos la fiesta de su santo hermano.

Nació en la Provenza, y fue obispo de Tolosa; en su tierra y en su diócesis celébrase la fiesta de su santo obispo.

Nacionalizado en España, es protector de Valencia del Cid, en cuya catedral se conservan, decorosamente, sus venerandas reliquias, expuestas de continuo a la veneración de los fieles en busto de plata que contiene el cráneo y en primorosa arqueta de plata sobredorada que guarda los demás huesos. También en Valencia, tanto en la capital como en la archidiócesis, se hace fiesta a San Luis; en la archidiócesis, con el rezo propio del santo; en la catedral, con el largo turno de misas en el altar de San Luis, iluminado y adornado festivamente, y con la misa cantada y procesión claustral .que ee ebra el Cabildo catedralicio.

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19 de agosto. Fragancia de azucenas y de rosas embalsama el ambiente. El ambiente de la catedral por las flores que adornan el altar de San Luis; el ambiente cristiano porque hasta nosotros llega todavía la fragancia de Ja pureza y de la caridad —azucenas y rosas— de este santo angelical.

Pasó rápidamente por el mundo. Sólo vivió 23 años y seis meses. A esa florida edad murió sin que se hubiera contaminado su corazón con el hálito ponzoñoso de la pasión carnal. Murió con la túnica de la inocencia que recibió en el bautismo, y exhalando el aroma de todas las virtudes practicadas constantemente, y no sin esfuerzos, desde que apuntó en su cabecita, y manifestóse en su palabra la luz de la razón.

¿Es que no tuvo pasiones? Las tuvo en raíz como todos los hijos de Adán; pero sus retoños pecaminosos, aun antes de que apareciesen a flor de tierra, fueron cuidadosamente extirpados con voluntad fuerte y con mano firme mediante la oración y la mortificación.

A ios 23 años y 6 meses, murió como una flor cortada de su tallo para ponerla ante el sagrario. La cortaron manos de ángeles para colocarla junto al trono de Dios en la gloria. Dichosos los que pasan por este mundo sin contaminarse. En manos de ángeles serán llevados a la gloria.

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¿Quién preservó esta delicada flor conservándola pura y fragante? La gracia de Dios, secundada y aprovechada cuidadosamente por la buena voluntad Je Luis, que podía repetir con San Pablo: "Por la gracia de Dios soy lo que soy; he trabajado como el primero, pero no se me debe a mí, sino más bien a la gracia de Dios que está conmigo." (1 Co 15, 10).

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En brazos de su madre aprendió a invocar a Dios a honrar a ¡a Santísima Virgen, de quien siempre fue muy devoto. De su madre aprendió también a rezar; y rezaba devotamente, con mayor atención y respeto del que ponía al hablar con sus padres, pues sabía que rezando hablaba con nuestro padre Celestial, a quien miraba presente con los ojos de su corazón iluminados por la fe.

La oración y la penitencia fueron preservativos de su inocencia mientras estuvo en la corte de sus padres. Apenas tenía siete años cuando ya le sorprendió su madre, por la noche, fuera de la cama, tendido, por espíritu de penitencia, en la alfombra de la alcoba. No tardó en verle también arrodilladito en el suelo a altas horas de la noche y con ios ojos fijos en el cielo. Su hermano Raimundo, que dormía en el mismo cuarto, llegó a ver más. Desvelado una noche vió un gato monstruoso en feroz actitud de lanzarse sobre Luis orante, el cual, sin perder la serena devoción, le puso en precipitada fuga haciendo, frente a é:, la señal de la cruz.

Privábase frecuentemente del postre y de la merienda para darlos a los pobres. Cuando nada le quedaba de lo suyo, tomaba de la cocina para dar más. Notó el cocinero los fallos, llegó a sospechar de Luis; denunció el caso al rey, su padre, y, al creer éste que sorprendería a su hijo con el hurto bajo el brazo, mandándole mostrar lo que llevaba oculto, abrió Luis el paquete y apareció, no la comida que llevaba a los pobres, sino un bello y oloroso ramo de flores que su padre tomó en sus manos y mostró ufano a sus magnates. Dios salió con este prodigio en defensa del caritativo Luis.

Admirándole, los cortesanos le llamaban desde entonces el Angel de la corte. Era, en verdad, bondadoso, lindo, inocente y agraciado como un ángel.

Tenía ya catorce años y no se había marchitado el lirio de su pureza con ios nefastos vientos de la corte, ni se habían quemado sus alas de ángel con el fuego abrasador de la concupiscencia. Ni se quemaron, en adelante, sus alas, ni se ajó jamás la blanca azucena de su fragante pureza.

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Catorce años vivió en palacio llevando una vida intensamente cristiana. A esta temprana edad fué llevado a Barcelona, donde estuvo siete años: lo más florido de su juventud, que pasó digna y provechosamente con grandes ventajas para su inteligencia y para su corazón, que fueron modelando cuidadosa y amorosamente loa padres franciscanos. En las aulas de su convento le hicieron maestro en ciencias y en arfes. La sólida doctrina que le enseñaron y los buenos ejemplos que le dieron, íe cimentaron en la virtud e hicieron de él un santo.

Nunca condescendió con los halagos de la carne; jamás se dejó seducir por el mundo; se mantuvo siempre valiente frente al demonio.

"Teniendo a los franciscanos po.v maestros, hizo tales progresos en Teología que no sólo disertaba en público, sino que predicaba la palabra de Dios al pueblo y al clero. Su saber parecía más bien infuso que adquirido." (Bula de conanización.)

No estaba en Barcelona por gusto propio; estaba allí en rehenes para que gozara su padre de .a libertad que perdió al ser derrotado por los aragoneses, cayendo prisionero de guerra. Barcelona, la que es "archivo de la cortesía", fue la prisión de Luis durante siete años.

¿Cómo los pasó? ¿Cuáles fueron sus aspiraciones? Se cifraban, según él mismo manifestó al recuperar su libertad social, en asegurar la eterna salvación de bu alma: "No hubiera trocado yo la cárcel por todas las riquezas del mundo; y no tendria inconveniente en volver a ella, donde tanto bien reportó a mi alma."
Puestos sus anhelos en lo eterno, le parecía vano y despreciable todo lo témpora.: "Mi riqueza es Cristo, exclamaba; tenga yo a Cristo y me sobra todo lo demás." Por esto quiso darse por entero a Cristo haciéndose fraile franciscano. Renunciaría para ello a lo terreno Sin reservarse cosa alguna; sus derechos de príncipe heredero los cedería a su hermano Roberto. El vestiría el hábito franciscano y obedecería a sute superiores por Cristo, que vivió obediente.

Al conocer su padre estos planea trascendentales del hijo en quien tenía puestos sus amores y sus esperanzas, rechazólos indignado; mas teniendo corazón de cristiano, y no queriendo disgustar a Dios, accedió, luego, a los deseos de su hijo predilecto.

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Tiene Luis veintidós años y es ya sacerdote. A poco, le promueve Bonifacio VIII a la sede episcopal de Tolosa, dispensándole el defecto de su edad, suficientemente compensado "por su prudencia, su ciencia y su pureza de costumbres" (Bula de promoción.)

Rehúsa Luis la dignidad episcopai; insiste el Papa con mandato terminante; suplica Luis le permita cumplir antes su voto de ser religioso franciscano, y, concediéndolo el Papa, facilitado con oportunas dispensas, en un mismo día viste el hábito y profesa en la Orden tranciscana, en manos del general de la Orden. Una semana después, el mismo Papa le impone la3 manos y lo unge, consagrándolo obispo. Año y medio gobernó su diócesis legislando, predicando, confesando, reformando costumbres, convirtiendo a herejes y judíos y atendiendo con largas y continuas limosnas a los pobres.

En judo de 1927, la enfermedad y un claro presentimiento interior, le dan a entender que lo de aquí toca a su fin. Quien había cortado generosa y heroicamente todos los lazos que le ataban ai mundo para gozar de la libertad de los hijos de Dios, gozóse intensamente de que Dios se sirviera cortar el hilo de su vida, único que le retenía en este mundo.

Postrado ya en cama, oía misa y comulgaba todos los días en su habitación. Pidió la extremaunción que, junto con el viático, recibió en la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen, haciendo fuerzas de flaqueza para vestirse el hábito y recibir, de rodillas, al Señor.

El 19 de agosto voló Su inocente alma al cielo. Había rezado muchas veces el avemaria: "Voy a morir, y la Virgen es quien me ha de salvar."

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Al expirar apareció una rosa en su boca. Perfume de rosas y de azucenas embalsamó ei ambiente. Su caridad y su pureza trascienden todavía pór la Iglesia de Dios. Murió puro y hermoso como una fresca rosa.
¿ Cómo conservó los encantos de su inocencia y la belleza de su pureza ? Con su fidelidad a la gracia de Dios; con su ferviente amor a Jesús, a María y a Francisco.

Fr. Luis Mestre, ofm

Asunta por Inmaculada

«Más llevaría su gusto el ser preservada de culpa en su origíneo ser, que el ir a gozar glorias con su Hijo en alma y cuerpo, después de su dichoso Tránsito», «Es más bienaventurada María por ser concebida en gracia que por concebir y engendrar a Christo".

"Quiso (Jesús) se predicara su origínea gracia (la de su Madre), para calificar al racional gusto de su Madre y enseñar a los hijos de la Iglesia que si hubiera de elegir filaría sus propias excelencias y grandezas, primero eligiera el ser concebida en gracia que el ser Madre de Dios"

"Entre tantos favores que del cielo recibió, racionalmente llevara su elección las gracias de la Concepción» (1).

Lo citado basta para volver la atención de los concepcionistas al punto debatido ahora, es decir, sobre la elaboración doctrinal del Dogma de la Asunción. Este enfoque atencional presupone correcta la tabla de los valores éticos. Y correcta no está en todas las cabezas, porque el filantismo se infiltra tan finamente en el filoteismo que no se le distingue por de fuera. Es preciso filtrar la mezcla para discurrir sobre la Reina de los pensamientos éticos puros por el amor de Dios.

Y presupone también la revisión atenta de los clásicos de la Concepción, después de catalogados. Este pensar quirosiano, pues, no es una ocurrencia; se compenetra con su Provincial el tridentino Carvajal (Declamatio en latín, español y francés) y es silogizado por el intrépido celinauta de la Concepción sin mancha y llena de gracia y felicidad, el Catedrático de Moral y Derecho Fray ]uan Riquelme (Defensorio y Catena Libertatis, quedando ésta manuscrita).

El poder de Dios no se ha agotado, y como asistió a los clásicos Padres, también asistirá ahora por la Asunta, si nos ponemos en las condiciones de los varones gloriosos.

Fr. Domingo Savall, ofm

(1) Marial. Fr. Juan de Quirós (1650), págs 193-196

Santa Clara de Asís

Del árbol de Francisco fue la rama florida...
Ella dio al mundo fecundante vida, e inflama,
con sus destellos de divino amor,
al alma que se abrasa en vivo ardor.

Su cuerpo, entretejido de azucenas y rosas,
vistió de luz los seres y las cosas...
Las ánforas del bien, quedaron llenas
al contacto de su alma virginal,
que vertió, de bondad, limpio raudal.

En esa agua divina y aromada, Esposas
de Jesús, coronadas de albas rosas,
se embriagaron, hallando la morada
que les llevó a la meta del Tabor,
en donde las hirió un dardo de Amor.

Esta profunda herida, trocó el nido de Clara,
en vergel de beldad, donde alumbrara,
con destellos de luz, el Elegido,
que estampó en el semblante virginal
de sus hija;... un beso divinal.

Allí tan sólo el místico aleteo vibraba
de las alas del ángel, que trenzaba
sinfonía de paz... Fulgió el deseo
en las almas llagadas por amor,
y escalaron la cumbre del Tabor.

Mansión de luz, de dicha y de ventura... Un día,
se quebró la quietud... La sinfonía
del silencio vertió llanto y pavura.
La Morisca mostró invicto poder,
y logró hasta el convento descender.
Las alas del amar, dieron a Clara bravura.

Y sus manos de lirio y casta albura,
la Hostia Santa empuñaron... Y luz clara
sobre el torvo enemigo proyectó,
que, a su empuje divino, de allí huyó.

Los requiebros de anhelos y de amores trenzaron
de nuevo sus endechas... Y cantaron
como cantan los dulces ruiseñores,
Y sus trovas tejió la augusta paz
en el claustro de Clara... ¡Oh, qué solaz...!

Del árbol de Francisco fue la rama florida
Santa Clara, que dio al mundo su vida, e inflama,
a todo el que desea hallar Amor,
en ¿a senda fragante del Señor.

Fr. Bernardino Rubert, ofm