Santa Clara de Asís
Así como no pocas veces los hombres sólo se contentan con un modelo de perfección teórica, así en la mujer prepondera la práctica sin asomos de teoría, de arte que nadie jamás realizará más cumplidamente la idea concebida por un hombre que la mujer cuyo corazón él hubiera conquistado. Lejos de mí el afirmar que Francisco de Asís no haya llevado a hecho el Evangelio que él predicaba. Cabalmente la originalidad de su genio consiste en haber seguido tan de cerca al Maestro divino. Y s¡buscamos la vida franciscana con su especial y característica perfección, sin agregados extraños, buenos o malos, en nadie encontraremos una imagen más perfecta de ella que en la ilustre discípula e hija espiritual de Francisco, Santa Clara de Asís. Justamente, Clara se preciaba de llamarse «humilde planta del Bienaventurado Padre Francisco».
Ella fue y es aún la flor del jardín franciscano; flor cuyo perfume, de exquisita fragancia y pureza, aun sigue manando del huertecillo donde fue plantada.
Clara nació en Asís en 1194, probablemente el 11 de julio. Su padre se llamaba Favorino de Scifi, y Ortolana, su madre, era descendiente de una ilustre familia de Sterpeto, los Fiumi. Ambos eran igualmente nobles, y en especial los Scif¡pertenecían a la más encopetada aristocracia de Asís. Favorino tenía el título de Conde de Sasso-Rosso, nombre de una montaña roqueña que se levanta sobre la ciudad de Asís. Se ve aún en el día de hoy el palacio fortificado que le servía de mansión en Asís, muy cerca de Puerta-Vieja y no lejos de la iglesia de Santa Clara.
Cinco hijos le nacieron de Ortolana: un hombre, Boson, y cuatro mujeres, Renenda, Clara, Inés y Beatriz. Era Ortolana mujer de mucha virtud y piedad, como lo manifestó llevando a cabo varias peregrinaciones, que en aquel entonces eran muy peligrosas, señaladamente a Bar¡y a Tierra Santa. Se refiere que poco antes de nacer Clara, el Señor le prometió en la oración que la alumbraría de una brillante luz que había de iluminar al mundo entero, y es fama que por esto la niña recibió en el bautismo el nombre de Clara, el cual encierra dos significados, el de resplandeciente y el de célebre.
Creció la niña, en su casa de Asís, en medio de aquel orden y bienestar que tan benéfico influjo suele tener en la formación de una piedad sólida. Desde su más corta edad sobresalió Clara en virtud entre las niñas de su clase. Sin duda, desde entonces conocería las leyendas de los Padres del Desierto, las que, antes de aparecer la Leyenda Dorada, era la lectura predilecta de aquellos tiempos. Comoquiera que fuese, se cuenta que de muy niña se mortificaba duramente usando a raíz de su delicado cuerpo ásperos cilicios de cerdas, y que (como se refiere del ermitaño Pablo de Fermo en la Historia Lausiaca) rezaba todos los días tan gran número de oraciones, que tenía que valerse de muchas piedrecillas para contarlas. Se ha dicho que, a imitación de todas las personas piadosas de la Edad Media, juntaba Clara la práctica de la caridad a las mortificaciones.
Así pasaron los primeros años de Clara hasta la edad en que fue una gallarda y hermosa joven. Tuvo muchos pretendientes de su mano, pero uno entre todos fue del agrado de sus padres. Hablaron de esto a su hija; mas, con no poca sorpresa, encontraron en ella tenaz resistencia: n¡siquiera oír hablar de matrimonio quería, y como su madre la importunara preguntándole el por qué, ella le contestó que se había consagrado a Dios y había resuelto no conocer jamás a hombre alguno.
Este linaje de virtud era incomprensible para Favorino y Ortolana. En aquellos tiempos, como en los presentes, el cristianismo a medias tenía viva preocupación en contra de todo lo que llamaban «exceso de celo». Muchas veces en el curso de la historia de aquella época se nos ofrecen dolorosas luchas entre padres e hijos, cuando éstos, movidos del temor de Dios, querían salir del camino trillado.
Tal aconteció a la joven Clara Scif¡a la edad de dieciséis años. Dios, empero, no la dejó sola en el combate. Cas¡por este mismo tiempo había vuelto de Roma, con autoridad pontificia para predicar, el joven Francisco, cuya conversión tan hondamente había conmovido a la ciudad entera; de modo que muy fácilmente pudo oírle Clara, como, en efecto, le oyó predicar en la iglesia de San Rufino, sita muy cerca del palacio de los Scifi, y en la de San Jorge. Desde el primer momento que le vio, Clara comprendió que el modo de vida observada por el Santo era la que a ella le señalaba el Señor. Entre los discípulos de Francisco había dos, Rufino y Silvestre, que eran parientes cercanos de Clara, y éstos facilitaron el camino a sus piadosos deseos. Cierto día, acompañada de una de sus parientas, a quien la tradición da el nombre de Bona Guelfuci, fue a ver a Francisco. Este había ya oído hablar de ella y desde que la vio tomó la resolución, como nos lo dice la leyenda, de «quitar al mundo malvado tan precioso botín para enriquecer con él a su divino Maestro». Le aconsejó, pues, que, despreciando los vanos y caducos bienes del mundo, resistiese a las instancias que sus padres le hacían para casarla, que guardase su cuerpo como un templo, para sólo Dios y no tuviera otro esposo que Jesucristo.
Desde entonces Francisco fue el guía espiritual de Clara, quien, bajo la dirección de tan calificado maestro, se sentía de continuo fuertemente inclinada a dar el paso decisivo sin más respetos que los que a Dios debía: que bien sabía ella cuán opuestos eran los deseos de sus padres, los cuales sólo pensaban en darle un marido terreno. En esta disposición se encontraba su alma en la Cuaresma de 1212. La predicaba Francisco, y entre sus oyentes estaba Clara. Tan «maravillosamente habló el predicador del menosprecio del mundo, de la penitencia, de la pobreza voluntaria, del cielo, de la pobreza, humillaciones y dolores de Jesús crucificado», que el corazón de la joven ardió en vivas ansias de despejarse inmediatamente de los vestidos preciosos y de vivir en adelante como Jesús y Francisco, en el desasimiento, en el trabajo, en la oración y en la paz.
Tanto la apretó este deseo, que, no pudiendo ya contenerle dentro de si, resolvió poner término al género de vida que había llevado hasta entonces. Sabiéndolo Francisco, le señaló la noche del Domingo de Ramos, como plazo en que debía «trocar los placeres de este mundo por el luto de las penas del Salvador».
Todo aquel día lo ocupó Clara en despedirse del siglo del modo más solemne. Aderezada de sus más preciosos vestidos, «campeando entre las matronas y doncellas de Asís por su gracia y hermosura, se encaminó a la iglesia en compañía de su madre y de sus hermanas».
Celebra la Iglesia el Domingo de Ramos en memoria de la entrada de Cristo en Jerusalén. El sacerdote bendice ramos de palma, de olivo o de boj; distribúyelos a los fieles, y van en seguida en procesión por la iglesia, en tanto que el coro canta la hermosa antífona: Puer¡Hebraeorum, portantes ramos olivarum obviaverun¡Domino clamantes et dicentes: Hosanna in excelsis! «Los hijos de los Hebreos salieron al encuentro del Señor con ramos de olivos, clamando y diciendo: iGloria a Dios en los cielos!»
Al comenzar la distribución de los ramos y cuando todas las personas que estaban en la iglesia avanzaban hacia la reja de la Comunión a recibir palmas de manos del Obispo Guido, sólo Clara Scif¡permaneció inmóvil en su puesto. Sin duda la joven se confundió, y se sintió agobiada con la grave determinación que estaba a punto de tomar. ¡Cuántas veces Clara, en años anteriores, se arrodilló en la misma iglesia y asistió al santo sacrificio al lado de su madre y de sus hermanas, sin pensar, tal vez, que algún día pudiera terminar para ella tan santa práctica, y aquél era el último!
En pocas horas más tema que despedirse de los suyos, o por mejor decir, abandonarlos para siempre, sin poder despedirse de ninguno, en aquella tarde, que iba a ser la última que pasara en la tierra donde habían transcurrido los serenes días de su infancia y de su juventud. El recuerdo de las amorosas ternuras de su madre y de la cariñosa confianza de sus queridas hermanas se apoderaría, sin duda, del alma de la joven, y en aquellos solemnes momentos experimentaría todo el poder de los fuertes y a la vez suaves lazos que, sin advertirlo, forman los años entre los que viven al calor de un mismo hogar. Entonces, mujer como era, derramaría lágrimas como las que derrama la desposada cuando ve llegar el momento de separarse de sus padres.
Comoquiera, lo cierto es que Guido la vio que había permanecido inmóvil, la cabeza inclinada y con muestras de haber llorado, y como probablemente Francisco lo había prevenido, comprendió el estado de aquella alma. Con paternal solicitud asió el ramo que Clara no se había acercado a recibir y fue en persona a dárselo en el fondo de la iglesia.
La noche siguiente verificó Clara su huida. Saliendo de su casa por una puerta falsa que estaba trancada con grueso trozo de madera, la abrió fácilmente con sus propias manos, salió a la calle, donde la esperaba Bona Guelfuci, y, acompañada de ella, se encaminó a la Porciúncula. Allí la aguardaban los religiosos Menores con antorchas encendidas. Habiendo entrado a la capilla, luego, incontinente, se arrodilló ante la imagen de María y ratificó la renuncia hecha del mundo «por amor hacia el santísimo y amadísimo Niño envuelto en pañales y recostado sobre el pesebre». Puso en manos de los religiosos las relumbrantes vestiduras, y recibió, en cambio, una anguarina tosca, semejante a la que usaban ellos; trocó el cinturón, de ricas joyas adornado, por una sencilla nudosa cuerda, y cuando Francisco, tijera en mano, derribó la blonda cabellera, en vez de adornar la cabeza con el primoroso bonetillo que había traído, la cubrió con un espeso velo negro, y descalzándose los borceguíes de seda, los mudó por sandalias de madera bajo los pies desnudos. Hizo en seguida los tres votos monásticos y, como lo habían hecho los religiosos, prometió obedecer a Francisco en todo. Así transformada la noble dama Scif¡en la humilde hermana Clara, la condujo Francisco esa misma noche al convento de las benedictinas de San Pablo, pueblecito cercano a Isola Romanesca (hoy Bastia), donde con anticipación le tenía preparado un albergue.
Juan Joergensen
El misterio de la Cruz
Un poeta anónimo cantó el misterio de la cruz en estos versos:
Sin cruz no hay gloria ninguna,
n¡con cruz eterno llanto.
Santidad y cruz es una.
No hay cruz que no tenga santo,
n¡santo sin cruz alguna.
Lo que bellamente cantó el poeta, intentaremos ilustrarlo con un ligero comentario ascético.
I. Sin cruz no hay gloria ninguna
Era el atardecer del mismo día de la gloriosa Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, cuando Cleofás y otro discípulo del Señor se dirigían, apenados y llenos de congoja, a una aldea llamada Emaús. Hablaban entre sí de los acontecimientos del Viernes Santo, que les habían dejado desconcertados y profundamente amargados. Eso de que Jesús, el Maestro sin igual, que se hacía respetar de sus enemigos, que respondía sabia y acertadamente a cuantas cuestiones le presentaban, que los contenía con una palabra o con un gesto cuando, enfurecidos, querían apoderarse de él, por esta vez, que era la definitiva, se hubiese dejado prender y crucificar, hubiese muerto en la cruz y le hubiesen luego encerrado en el sepulcro, eso los tenía fuera de quicio y no podían explicárselo. Sus planes de ellos y sus fantásticas esperanzas se habían venido estrepitosamente al suelo; mas Jesús, a quien están patentes todos los corazones, se compadeció de su turbación y pena amorosa, y juntándose a ellos en el camino, les dijo; «¿De qué vais hablando, buenos amigos?» «¿De qué hemos de hablar sino de la muerte de Jesús, un gran profeta, que obró muchos milagros y a quien nuestros jefes condenaron a muerte y lo han crucificado? Nosotros esperábamos que él había de redimir a Israel; pero hace ya tres días que lo sepultaron...»
Jesús, el muerto que había ya resucitado, debió de sonreír amablemente mientras les decía: «Vengamos a cuentas: ¿No está profetizado repetidamente en las Sagradas Escrituras todo esto que ha padecido el Cristo? ¿Acaso no era necesario que Cristo padeciese todas estas cosas y entrase así en su gloria?» (Lc 24, 13 ss).
A estas palabras de Jesús se fueron serenando y sosegando los agitados corazones de Cleofás y de su compañero. El misterio de la cruz no bien entendido todavía por ellos, era lo que los había decepcionado, contrariado y escandalizado. Jesús hubo de exponérselo de nuevo, repitiendo en distinta forma y ante las abrumadoras realidades del Calvario, que lo hacían ahora más comprensible, lo que al comienzo de su predicación evangélica les había dicho: «El que quiera venir conmigo y tener parte en m¡gloria, ha de tomar cada día su cruz» (Lc 9, 23). El misterio de la cruz, oculto a la razón humana y sólo patente a los ojos de la fe, es lo que Jesús enseña a los de Emaús y a nosotros con ellos: «Fue menester que Cristo padeciese para entrar en su gloria.» También a nosotros nos «es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios» (Act 14, 21). La cruz, la misteriosa cruz, es inseparable de la vida de la Iglesia y de la vida cristiana de cada alma, porque Jesús estuvo siempre en cruz durante su vida mortal. No sólo en el Calvario estuvo Jesús crucificado ; en su interior lo estuvo continuamente desde el momento mismo de la Encarnación. También, por ser la vida cristiana prolongación en nosotros de la vida de Cristo, hemos de estar nosotros «crucificados con Cristo» como lo estaba el Apóstol. Ya gozaremos luego con Cristo, pues todos los misterios de su vida, incluso la resurrección y subida al cielo, han de realizarse de algún modo en nosotros, que somos miembros de su cuerpo místico. «S¡el mundo os aborrece —dice Jesús—, sabed que primero que a vosotros me aborreció a mí. S¡me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 18 y 20). «Dichosos seréis cuando los hombres, por m¡causa, os maldijeren y os persiguieren y dijeren con mentira toda,suerte de mal contra vosotros. Alegraos entonces y regocijaos, porque es muy grande la recompensa que os aguarda en los cielos» (Mt 5, 11-12).
El estar afianzados en este misterio de la cruz, de suerte que al sentir el peso de ella sobre nuestras espaldas no nos apartemos de Cristo n¡se enfríe nuestro amor a él, es una de las mayores gracias que puede Dios concedernos. Con frecuencia se la debemos pedir. Que nos ilustre como a los discípulos de Emaús.
San Pablo, inspirado por Dios, canta, entusiasmado, las glorias de la cruz según las enseñanzas de la fe: «S¡ahora padecemos con Cristo, con Cristo seremos algún día glorificados; pues estoy firmemente persuadido de que todo lo que en esta vida podemos padecer, no tiene punto de comparación con la gloria que se nos dará» (Rom 8, 17-18). «Llevamos siempre en nuestro cuerpo la mortificación de Jesús a fin de que la vida de Jesús se manifieste asimismo en nuestra carne mortal..., pues estamos seguros de que, quien resucitó a Jesús, nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos colocará en su gloria. Por lo cual no desmayamos; antes, aunque el cuerpo se vaya desmoronando, el espíritu se va renovando de día en día, porque las aflicciones tan breves y tan ligeras de la vida presente nos producen el eterno peso de una sublime e incomparable gloria» (2Co 4, 10 s).
Jesús es muy generoso, y muy espléndido pagador, y aun en esta vida deja sentir a los que por su amor llevan la cruz, algún anticipo de la paz y felicidad del cielo. Como San Pablo se sentía a veces rebosante de gozo en medio de sus tribulaciones, así no hay santo n¡alma atribulada que no haya recibido la visita de Dios cuando ha estado necesitado de ella.
Dolorido en todos sus miembros a consecuencia de graves enfermedades, a las que él daba el dulce nombre de Hermanas, se gozaba espiritualmente en ellas el Padre San Francisco de Asís; y, cuando arreciaban y parecía que no podía aguantar más, oraba al Señor pidiéndole aumentos de paciencia. En esta oración estaba una noche, cuando escuchó la consoladora promesa de Dios, que le decía: «S¡toda la tierra fuera de oro macizo y en premio de lo que sufres se te diera un tesoro de gloria tan grande, tan grande, que en su comparación nada significara todo aquel oro, ¿no pasaras con alegría lo que ahora estás pasando?» «Lo pasaría, Señor.» «Pues te aseguro, para tu consuelo, que tus enfermedades son prenda de m¡reino, el cual recibirás ciertamente en premio de tu paciencia» (Celano, c. 25).
Los dolores corporales del Santo aumentaron grandemente con las llagas que le imprimió Cristo en pies, manos y costado, haciéndole sentir, según sus deseos, dolores parecidos a los que sintió Cristo en las horas de su terrible crucifixión; pero, al par que los dolores, crecieron también su amor y sus méritos.
Honroso es para San Francisco el haber llevado en su cuerpo las llagas de Cristo; que fueron para él dolorosas sobre toda ponderación. Cuando las veneramos y besamos devotamente, no olvidemos el intenso dolor de San Francisco y pidámosle, por sus llagas, nos conforte el Santo Padre para, llevar con paciencia nuestra cruz, prenda para nosotros de gloria eterna.
Última cena
¡En medio de ellos, el traidor! ¡Qué horrible!
De tragedia el Cenáculo se llena...,
y también los Apóstoles, de pena,
heridos de su amor en lo sensible...
Y, en su angustia, preguntan, insufrible,
con voz que ya al infame lo condena:
"¿Soy yo, Señor?" Y para Judas truena
el "tu lo has dicho" del Señor, ¡terrible!
Y en el silencio de la negra noche,
el criminal huyó... Jesús, en tanto,
poniendo de su amor sublime broche,
amante, de sus leales el quebranto
confortaba; y, en célica ambrosía,
¡su propio Cuerpo y Sangre repartía!.
Fr. Damasceno Espinosa. ofm
Un deicidio nos ha salvado y aún seguimos pecando
Ningún tiempo mejor que éste para recordarlo. Un deicidio nos redimió y aun seguimos pecando, sin llorar nuestras culpas y enmendarnos.
Sólo el Dios verdadero supo llorar como hombre; sólo el Dios verdadero, como hombre supo morir en la Cruz entre otros dos hombres perversos, porque muchas veces había dicho, y particularmente en la parábola de las bodas, que él hablaba a todos y se consagraba a todos, y a todos amaba, a los buenos y a los malos, y nada más lejos de su mente que el rechazar con reproches violentos a los que se apartaban de él o le negaban o le desconocían.
Ya en la Cruz no profirió una queja por la monstruosa injusticia que se estaba perpetrando; n¡invocó a su Padre para que hiciese bajar fuego del cielo sobre los que le asesinaban, n¡siquiera proclamó enemigos suyos a los que en tan afrentoso patíbulo le habían puesto. Perdonó a los que no sabían lo que se hacían, y después de perdonarlos, amorosamente murió...
El deicidio que redimió a la humanidad se consumó durante la Semana Santa o de Pasión, y se desarrollaron sus distintos pasos en la siguiente forma:
DOMINGO.—Sale el Salvador de Betania, de casa de Lázaro; llega a Jerusalén, que está cerca, y allí se le recibe en triunfo. Primeras juntas de los fariseos. Vuelve a Betania.
LUNES.—Por la mañana, vuelve a Jerusalén; maldice la higuera infructuosa; arroja a los profanadores del templo. Sale otra vez para Betania, que era su residencia favorita.
MARTES.—Vuelve a la ciudad. Habla el Salvador en el templo a los escribas y fariseos por última vez, y les echa en cara aquellas sentidas palabras: «Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas», etc. Vuelve a Betania.
MIÉRCOLES.—Se queda en Betania, al parecer, todo el día. Se juntan otra vez los príncipes de los sacerdotes. Se acuerda prender a Jesús, s¡es posible, sin alboroto. Comete Judas su traición.
JUEVES.—Por la mañana envía Jesús a dos de sus discípulos a preparar el cordero pascual; al anochecer come con ellos. Hace luego la cena común, en la cual instituye el sacrificio de la ley nueva, o sea la Santa Eucaristía, después de haber lavado los pies a los Apóstoles. Sale Judas del Cenáculo. Da gracias Jesús y sale para el Huerto de los Olivos. Adelantada ya la noche, se presenta allí Judas, capitaneando a los esbirros de los judíos. Es conducido Jesús a Anás, y antes del primer canto del gallo, a la medianoche, niega Pedro a Jesús. Vuelve a negarlo poco después, y otra vez, antes del segundo canto del gallo, a la madrugada.
VIERNES SANTO.—A primera hora es llevado Jesús a Pilatos; luego, a Herodes, y otra vez a Pilatos. Azotes. Coronación de espinas. «Ecce Homo». Entre diez y once se lava las manos el juez y da la sentencia de Cruz. A las once sale el Salvador camino del Calvario, y llega, cerca de mediodía, a la cumbre de esta pequeña montaña. Crucifixión. Empiezan las tres horas de agonía. Siete palabras. Eclipse. Expira a las tres. Terremoto. Al anochecer, lanzada, descendimiento de la Cruz y entierro del Santísimo Cuerpo.
SABADO.—Permanece sepultado el Salvador. Dispersos los Apóstoles. Recogida María Santísima con las piadosas mujeres y San Juan.
DOMINGO.—Resucita a la madrugada el Señor, conforme lo prometido.
Tal es la Vía Dolorosa que el Salvador ha recorrido para que los hombres pudiesen volver a Dios. Meditemos cada uno de esos pasos de la Pasión del Señor, y formémonos, en todo, el propósito de ser más buenos cada día, más cristianos, más hermanos de nuestros hermanos, para así reparar nuestras faltas y hacernos dignos de una mirada de perdón del Amor de los Amores, que dio todo su amor por nosotros.
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