Santa Clara de Asís

(Continuación)

Como era natural, el retiro de Clara no tardó en ser descubierto. Favorino y sus demás parientes fueron a buscarla en el convento con el propósito de inducirla a que volviese a su casa; mas la joven permaneció inquebrantable en su resolución: de nada sirvieron n¡los ruegos, n¡las promesas. Intentaron por fin su padre y sus tíos emplear la violencia. Entonces Clara, encerrándose detrás de la reja del altar de la iglesia, les mostró la cabeza rapada en señal de su adiós al mundo. Como la familia prosiguiese en la pretensión de hacerla desistir de sus propósitos, juzgó prudente Francisco trasladarla a otro convento más seguro, y ése fue Santo Ángel de Panzo, que también pertenecía a las benedictinas.

Mas la indignación y enojo de Favorino subió de punto cuando dieciséis días después de la huida de Clara, otra de sus hermanas, Inés, huyó también al convento del Santo Ángel a compartir con su hermana el mismo género de vida. De Inés se había forjado Favorino las más halagüeñas esperanzas; estaba ya prometida en matrimonio y fijo el día de las bodas ; mas, ¡hétela aquí tocada también de la misma locura! Irritado Favorino pidió a su hermano Monaldo que con doce hombres armados se apoderase de Inés a viva fuerza.

Las religiosas del Santo Ángel se aterrorizaron en presencia de tal aparato y, cediendo a la violencia de las armas, prometieron entregar la fugitiva. Esta, empero, aunque apenas había salido de la infancia, se apercibió a resistir con denuedo. La golpearon inhumanamente con pies y manos; le asieron de los cabellos, esforzándose por sacarla del convento. «¡Clara, Clara, ven en m¡socorro!», exclamó entonces la desgraciada Inés, en tanto que los rizos de su cabellera y los jirones de sus vestidos iban quedando enredados en las zarzas del camino. Viéndose Clara impotente para socorrer a su hermana, se retiró a su aposento a invocar el auxilio del Señor. El auxilio vino al punto: los doce robustos hombres quedaron de repente sin poder avanzar una pulgada con el leve cuerpo de Inés, que se tornó tan pesado como s¡fuera una roca. «No parece sino que esta rapaza hubiera comido plomo toda la noche», dijo riendo uno de los hombres. «Sí —dijo otro—, estas monjas saben lo que es bueno.» Aquel hecho, empero, de tal modo encolerizó a Monaldo, que alzando la mano, enguantada de hierro, intentó de un solo golpe aplastar la cabeza de aquella, para él, mal aconsejada niña. Mas le cupo la misma suerte que a sus doce hombres, quedó sin movimiento, como petrificado, la mano levantada y paralizada. En el ínterin llegó Clara, y quieras que no, Monaldo tuvo que abandonarle a Inés cas¡muerta.

Desde aquel entonces la familia de Clara abandonó la pretensión de impedir a las dos jóvenes que siguieran el género de vida que habían elegido. Más tarde fue a reunírseles su otra hermana, Beatriz, y en pos de todas ellas su misma madre, la piadosa Ortolana, después de los días de Favorino.

El convento del Santo Ángel no fue más que una morada provisional para Clara e Inés. No vistiendo el hábito de San Benito, n¡observando su regla, las dos jóvenes no pertenecían a la Orden benedictina. Por esto Francisco trató de buscarles otro convento, para lo cual se dirigió a sus antiguos bienhechores, los Camaldulenses del monte Subasio. Grande sería el regocijo del Santo cuando estos monjes, que ya le habían cedido la Porciúncula y acababan de donar a la ciudad de Asís el antiguo templo de Minerva, transformado en iglesia de la Santísima Virgen, le comunicaron que estaban dispuestos a cederle la iglesia de San Damián con el conventito anexo. Acompañada de algunos pocos hermanos Clara fue a vivir en aquel convento. Encerrada dentro de sus muros por el espacio de cuarenta y un años, iba Clara, según nos refiere su biógrafo, «a destruir con los golpes de la disciplina su cuerpo alabastrino y a llenar la Iglesia con el suave perfume de su alma».

Y en verdad, allí, en aquel convento de San Damián, germinó y se desenvolvió la vida de oración y de trabajo, de pobreza y de alegría, que es como la flor del movimiento franciscano, y los ejemplos dados por aquellas santas mujeres hicieron eco a larga distancia.

Es también probable que muchos corazones femeniles de aquellos tiempos experimentaran, más o menos conscientemente, la aspiración a una vida superior a la de los sentidos, muy bien simbolizada en las blancas paredes de una celda claustral. Pues bien, Clara no hizo más que verificar esa latente aspiración. Muchas doncellas que aun estaban libres de los lazos que podían detenerlas en el mundo corrieron a San Damián a vivir en su compañía; y muchas otras a quienes las obligaciones de familia les impedían imitar su ejemplo vivían en sus casas esforzándose por seguir cuanto les era posible la vida claustral. Matronas nobilísimas gastaban sus caudales en edificar monasterios, a los cuales entraban ellas mismas en seguida para hacer penitencia de su vida pasada. Muchos casados voluntariamente se apartaron, para ir los maridos a encerrarse en un convento franciscano y las mujeres en algún monasterio de clarisas.

La condición requerida para admitir una postulante en San Damián era la misma que pedía Francisco en la Porciúncula, es, a saber: repartir entre los pobres todos los bienes. El convento no podía recibir donación alguna; mas debía permanecer inquebrantable para siempre «la torre fortificada de la altísima Pobreza», según frase de Clara, en que se nota el espíritu guerrero de aquel tiempo. Los medios de vida que tenían las monjas, como los religiosos, eran el trabajo y la limosna. Mientras unas hermanas trabajaban dentro del claustro, las otras iban a mendigar de puerta en puerta.

Esta fue, con corta diferencia, la forma vivendi, regla de vida, que Francisco escribió poco después para las hermanas, regla cuyo principal mandato era la obligación de guardar la pobreza evangélica. Sin duda las hermanas, por medio de Francisco, obtuvieron del Papa Inocencio III la confirmación de esta regla, confirmación más formal que la que antes había concedido a la de los religiosos. Suponen algunos que dicha confirmación fue sólo en 1215, porque solamente aquel año fue cuando por orden expresa de Francisco aceptó Clara el título de abadesa de San Damián. Esta suposición es muy verosímil. Hasta entonces Francisco habla sido jefe y director de las dos Ordenes; mas después que el Papa les aprobó su regla, las monjas debían tener una Superiora que las gobernase, así como Francisco gobernaba a los religiosos. Se cuenta también que Inocencio escribió con su propia mano las primeras líneas de aquel singular y memorable privilegium paupertatis, "privilegio de pobreza" (tan diferente de los que suelen solicitarse de la corte romana), que aseguraba a Clara y a sus hijas el derecho de ser y de permanecer pobres.

Clara no sólo participaba de la idea que tenía Francisco acerca de la pobreza, considerándola como el fundamento de la perfección cristiana, conforme a las palabras del Evangelio: «No podéis servir a Dios y a Mammón» sino que también estimaba singularmente, como él, la utilidad del trabajo para la vida religiosa.

(Continuará)

Juan Joergensen

Valencianos en Madrid

Homenaje en la Casa de Valencia al escritor franciscano
P. Gomis

Los valencianos residentes en Madrid han rendido un emocionado homenaje a la memoria del virtuoso franciscano y notable escritor piadoso Rdo. P. Juan Bautista Gomis.

El profesor don Julio Milego pronunció un breve parlamento enalteciendo la memoria del Rdo. P. Gomis y expresando, en nombre de la Sección de Cultura y Arte de-la Casa de Valencia, el sentimiento de ésta por la pérdida de tan ilustre paisano.

Don Eduardo Juliá, catedrático y antiguo alumno del P. Gomis, dedicó a perfilar la figura del mismo una bella página literaria.

Seguidamente don Salvador Ferrandis Luna, «Cap del Novell Centenar de la Ploma», del que también era consiliario el Padre Gomis, hizo una interesante reseña de la actuación de la Orden de San Francisco de Asís en el reino valenciano y las demás regionales españolas. Describió el martirio de los franciscanos Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato, por orden del rey moro Abu-Zeit —posteriormente convertido al cristianismo, como aquéllos le predijeron—, en los terrenos que hoy son la plaza del Caudillo en Valencia. Comentó el espíritu de admiración por el gran filósofo Luis Vives que sentía el P. Gomis, así como el mérito de su obra Criterio social.

El Rdo. P. Francisco Ferrer, también escritor y entrañable hermano en la Orden del P. Gomis, dedicó a su memoria unas cuartillas henchidas de emoción, describiéndole desde la infancia en tierras alicantinas, en el Colegio de Onteniente, en la Argentina, en Madrid y durante su enfermedad.

A continuación el actual Superior de la comunidad de San Francisco el Grande, valenciano como los demás oradores, hizo una elocuente y sistemática biografía del P. Gomis en los diversos aspectos que le caracterizaban: como español, como valenciano, como escritor y como religioso.

Cerró la sesión el señor Hueso Ballester con un cariñoso elogio a la bondad, a la humildad y a la sapiencia del P. Gomis, y reverenció a la Orden a la que pertenecía.

Ha sido un acto de los más importantes que la colonia valenciana en Madrid ha celebrado en estos últimos tiempos.

El Clero indígena

Adopciones colectivas

Cada día son mayores las dificultades que se presentan en las Misiones para la formación del clero indígena. Y por consiguiente, cada día debe ser mayor también nuestra cooperación a esta obra. Los Seminarios, siempre escasos, van sufriendo el azote de la persecución comunista, y hay que prepararse para su reconstrucción.

No faltan las vocaciones, pero muchas se han de ver frustradas por falta de medios. Los Obispos y Vicarios apostólicos ven, con el corazón desgarrado, la imposibilidad de atender a tantas peticiones, a tantas necesidades, que han de abandonar lo que es su más dorada ilusión: la formación de un buen clero indígena. La O. P. de San Pedro Apóstol, que tiene esta finalidad, te propone un medio sencillo de cooperación con las Adopciones colectivas.

Consisten en adoptar no un seminarista determinado, para esto son las Becas, sino un Seminario, ayudando a resolver uno de los principales problemas, y por lo tanto de un modo eficaz a la formación del clero indígena, ya que así la Sagrada Congregación de Propaganda Fide tiene mayor libertad de movimiento para atender mejor a las múltiples necesidades creadas en torno a la formación de los seminaristas.

Hay muchas personas que de buen grado ayudarían a la Obra de San Pedro Apóstol con una cantidad mayor que la cuota anual, 2 pesetas; pero no disponen de lo suficiente para constituir una Beca de doce mil pesetas. Lo mismo puede decirse de Seminarios, Colegios, asociaciones piadosas, parroquias, Centros de A. C., etc., que por medio de colectas llegan a reunir cada año cantidades de cierta importancia.

El afán, legítimo y natural, de llegar a reunir la cantidad necesaria para una Beca, cantidad superior muchas veces a sus esfuerzos, hace que éstos se prolonguen demasiado y luego... venga el cansancio.

Es mil veces preferible asignar a cada cantidad de quinientas pesetas, cuota de la adopción colectiva, su destino inmediato, ya que al mismo tiempo se mantiene vivo el entusiasmo para la próxima colecta, para una nueva Adopción.

Siendo el Seminario el directamente protegido, se evita también el peligro de esa desilusión natural que muchas veces sufren los donantes de Becas cuando llega la noticia de que el seminarista protegido ha Abandonado sus estudios, cosa frecuente entre los seminaristas menores, y por eso precisamente las Becas solo se aplican hoy día a seminaristas mayores.

«S¡anualmente —decía un Vicario Apostólico— la Obra de San Pedro Apóstol pudiera asegurarnos una suma fija, garantizándonos no una adopción individual o unas cuantas, sino la colectiva de todos los seminaristas menores, quedaba resuelto el porvenir del clero indígena, que responde perfectamente a las necesidades de la Iglesia.» Y esta es también la voz de todos los Obispos y Vicarios.

Estas adopciones colectivas, lo mismo que en su aplicación, pueden ser colectivas en su origen. Es decir, pueden provenir de una sola persona o de varias. Hemos de señalar especialmente que es el medio más a propósito de ayudar a la Obra del Clero indígena para las familias, entidades, colegios, seminarios, parroquias, etc.

Algunos Seminarios y Centros de la C. M. D. E., Juventudes de A. C., etc., han suscrito ya una con carácter permanente, y aparte de otros donativos con carácter circunstancial, son ya 156 las adopciones colectivas que tienen carácter fijo.

S¡queremos oír las súplicas de los Obispos y Vicarios de Misiones debemos llegar a esto: a que haya tantas adopciones colectivas anuales cuantas sean precisas para que la adopción del Seminario indígena sea completa y llene todas las necesidades.

Dieciocho Seminarios indígenas tiene adoptados España, dieciocho Seminarios que se han asignado a las distintas diócesis. Cada una de éstas un pequeño esfuerzo y se llegaría a nuestro propósito.

¿No puedes tú, o tu familia, o tu «peña» de amigos, o tu asociación, o tu colegio, o tu parroquia... hacer algo? S¡tienes alguna duda consúltanos. O acude al Secretariado diocesano de Misiones respectivo. No dudes; no vaciles. Da un donativo de 500 pesetas, para una adopción colectiva...

Y mejor aún... Suscríbete a una adopción colectiva permanente. En este caso se te enviaría un diploma, testimonio de gratitud de la O. P. de San Pedro Apóstol por tu generosa cooperación.

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