Santa Clara de Asís

Continuación

Pero al llegar al sitio y no encontrar fuego ninguno, entraron en el convento y vieron a San Francisco con Santa Clara y a todos sus compañeros arrebatados en Dios y sentados en torno de la humilde mesa. Por lo que claramente entendieron que lo que ellos habían visto era fuego divino y no material, que Dios había hecho aparecer milagrosamente para significar y demostrar el fuego del divino amor en el cual ardían las almas de aquellos santos Hermanos y de santas monjas, por lo cual salieron de allí con el corazón muy consolado y lleno de santa edificación.

Empero si Clara delante de Francisco manifestaba la debilidad propia de la mujer, necesitada de consuelo y de aliento, ante sus hijas era la madre revestida de fortaleza para defenderlas y protegerlas. La sangre de los antiguos guerreros que corría por sus venas quizá influiría no poco en el temperamento de Clara.

De esta invencible fortaleza dio prueba las dos veces que San Damián fue sitiado por el ejército de Federico II. Como este malicioso y astuto príncipe mantuviese guerra contra el Papa, lanzó a los Estados de la Iglesia sus arqueros mahometanos, sobre los cuales no tenían ningún poder las excomuniones del Papa. Desde la cima de la fortaleza de Nocera, a corta distancia Asís, aquellos sarracenos cayeron sobre el valle de Espoleto como «un enjambre de abejas» y fueron a embestir al convento de San Damián. La entrada de los musulmanes en el monasterio significaba para las Hermanas no sólo la muerte, mas también la más vergonzosa de las ignominias. Afligidas en extremo se acogieron en torno de Clara, quien en aquellos momentos se hallaba (lo que le ocurría con frecuencia en sus últimos años) en cama postrada por gravísima enfermedad. Mas ella, sin perder un momento la calma y el valor, se hizo trasladar a la puerta del convento, ofreciéndose la primera al peligro; mandó que le trajesen el cáliz de plata y marfil en que se reservaba el Santísimo y cayó de rodillas delante de él, pidiendo amparo al cielo para sí y sus hijas. De repente oye que desde dentro del sagrado vaso sale una voz "como de niño" que la dice: «Yo os guardaré siempre», y en seguida, llena de fe y confianza, se alzó de la oración. El evento confirmó en el acto la promesa divina, porque en el mismo instante los sarracenos levantaron el sitio del monasterio y se fueron a otra parte a continuar su vandálica obra.

En otra circunstancia más demostró Clara su ánimo resuelto y varonil y fue cuando tuvo noticia del triunfo de los cinco mártires de Marruecos; en que ella quiso ir también con sus hermanas a tierra de infieles a derramar su sangre por la fe de Cristo, y lo pusiera por obra a no habérselo estorbado prohibición expresa y formal de Francisco. Pero en lo que se manifiesta más enérgica e inflexible es en la lucha que sostuvo por años enteros con el Papa mismo, a trueque de sostener la integridad de su voto de pobreza. En vano se esforzó Gregorio IX, animado ciertamente de los mejores propósitos por convencerla de que debía aceptar para sí y su convento algunos bienes temporales, como lo hacían las demás Ordenes religiosas; llegó hasta decirle que si ella se creía ligada por su voto, él tenía el poder y la obligación de desatárselo; pero ella replicó con santa intrepidez: «Santísimo Padre, desatadme de mis pecados, mas no de la obligación de seguir a nuestro Señor Jesucristo.» Sólo dos días antes de morir vino a obtener Clara, de Inocencio IV y a perpetuidad, el derecho de ser y permanecí siempre pobre.

Al revés de Francisco, Clara estaba destinada a vivir larga vida, aunque amargada por el triste recuerdo, siempre fresco en su memoria, de la muerte de su seráfico maestro, acaecida en 1226. Clara vivió sesenta años, de los cuales cuarenta y uno pasó en el monasterio. Cuando Francisco estaba ya para morir, tendido en su lecho, en su pobre celda de la Porciúncula, adonde acababa de hacerse trasladar presintiendo su fin, envió Clara un mensajero a decirle que deseaba mucho verle ya que iba a ser la última vez; al cual contestó Francisco: «Ve a decirle a la hermana Clara que por el momento no es posible que ella venga acá, pero que se alegre porque ni ella ni sus hermanas morirán antes de haberme visto otra vez, y que tal vista las consolará en gran manera.» Pocos días después voló al cielo Francisco, y los habitantes de Asís bajaron a la Porciúncula para llevarse el sagrado cadáver; lo que hicieron, en compañía de los frailes, en solemne procesión, en medio de himnos y cánticos de alabanza, con palmas y antorchas encendidas y al son de trompetas. Era una de esas mañanas que el sol de octubre dibuja en el valle de Umbría con colores de violeta que se extienden por todo él como un mar sosegado y sin orillas. El devoto cortejo no tardó mucho en llegar al monasterio de San Damián, a cuyo frente se paró; los portadores de la preciosa carga penetraron con ella en la iglesia, la colocaron junto a la reja de las hermanas y éstas pudieron así contemplar por la última vez el rostro ya inanimado de su padre y maestro. «Levantada la reja —dice el Speculum Perfectionis—, por donde las siervas del Señor solían recibir la Santa Comunión y oír la divina palabra, los Hermanos alzaron de la camilla el venerable cuerpo y le tuvieron en sus brazos todo el tiempo que la señora Clara y sus monjas quisieron para su consuelo.» Los gemidos repercutían en todos los ámbitos de la pequeña iglesia; porque, como dice Tomás de Celano, «¿quién no iba a conmoverse y llorar cuando los ángeles de paz lloraban tan amargamente?»

Muchos años sobrevivió Clara a Francisco, durante los cuales nunca dejaron de visitar a aquélla los más íntimos amigos de éste: León, Ángel, Junípero iban continuamente donde ella a recrearse con su conversación y con los dulces recuerdos de su común maestro. Lo mismo hacía, aunque con menos frecuencia, Fr. Gil, de quien solía decir Bernardo de Quintaval que pasaba encerrado en su celda como una virgen en su retrete. En una de estas visitas pasó en San Damián un caso que merece mencionarse por el espíritu franciscano que le informa.

Cierto franciscano inglés, doctor en Teología, predicaba un día en la iglesia de las clarisas un sermón que, sin duda, rebosaba ciencia y erudición y distaba, por ende, absolutamente de las sencillas pláticas que tantas veces había predicado Francisco desde aquella misma cátedra y que todos echaban de menos ahora. De repente se alza Fr. Gil en medio de la iglesia y exclama, dirigiéndose al orador: «¡Detente un poco, maestro; que voy a predicar yo!» El doctor obedece, y Gil empieza a hablar «todo lleno del espíritu de Dios», según cuenta la leyenda. Terminado que hubo, dio de nuevo la palabra al predicador extranjero, y éste continuó y acabó sin más novedad su sermón. Pero el incidente dejó en el ánimo de Clara tan dichosa impresión, que solía decir que había gozado más con él que si hubiese presenciado la resurrección de un muerto, «porque allí había visto otra vez lo que formaba las delicias del alma de Francisco: la humildad de un doctor que se calla y cede la palabra a un sencillo lego que desea hablar en lugar de él».

Por fin llegó para Clara el término de la mortal carrera. Veintiocho largos años había pasado entre los tormentos de crueles enfermedades, que en el otoño de 1252 pareció que iban a acabar con su santa existencia, no sin alguna pena de parte suya por cuanto no había logrado aún el cumplimiento de su más íntimo anhelo: la confirmación decisiva y completa de su "privilegio de pobreza".

Por aquel tiempo volvió Inocencio IV a Italia de Lyón de Francia, donde se había visto obligado a refugiarse huyendo de los ejércitos de Federico II. Muerto este emperador en Fiorenzuola en 1250, en septiembre de 1252 pudo ya el Papa establecerse tranquilamente en Perusa, y el Cardenal Raynaud, el sostén y defensor de las clarisas y el futuro Alejandro IV, trasladarse a San Damián a administrar la Comunión a la santa enferma, que aprovechó la ocasión para suplicarle con las más vivas instancias que le obtuviese del Papa dicho ansiado privilegio.

En el verano del año siguiente, 1253, vino a Asís el Papa en persona acompañado de toda su corte, y su primer cuidado fue visitar a Clara, que yacía postrada en el lecho del dolor. Ella al punto le pidió la bendición apostólica y la absolución de todos sus pecados; a lo que contestó suspirando el Pontífice: «¡Plega al cielo, hija mía, que tenga yo tanta necesidad como tú de la indulgencia de Dios!» Cuando Inocencio se retiró, dijo Clara a sus hermanas, reunidas cabe su lecho: «Hijas mías, ahora más que nunca debemos dar gracias a Dios, porque sobre recibirle a Él mismo en la Eucaristía, he sido hallada digna de recibir la visita de su Vicario en la tierra.»

Desde aquel instante ya las monjas no se separaron más de la presencia de su madre. Su hermana Inés, que por treinta años rigiera el convento de Monticelli, cerca de Florencia, estaba también allí, arrodillada, sollozante, solícita. Pasaron días, y la enferma en el mismo estado; en dos semanas no pudo tomar ningún alimento; pero las fuerzas no le faltaban. Le exhortaba el confesor a la paciencia, y ella respondía: «Desde que por medio del siervo de Dios Francisco aprendí a conocer la gracia de mi Señor Jesucristo, ningún dolor, ninguna penitencia, me ha sido pesada; ninguna enfermedad difícil de soportar.»

Continuará

Juan Joergensen

Santa Clara Patrona de Buenos Aíres

En la sesión del 15 de agosto de 1806 el Cabildo de la ciudad de Buenos Aires juró solemnemente el acuerdo en virtud del cual se declaraba Patrona a Santa Clara de Asis por el triunfo obtenido, el 12 del mismo mes y año, por Liniers sobre las tropas inglesas que, al mando del general Beresford, habían logrado apoderarse de Buenos Aires.

Días antes de la famosa reconquista de Buenos Aires, el Gobernador-Capitán general don Santiago Liniers, ferviente católico, había concurrido con algunos patriotas al convento de San Juan Bautista pidiendo a las Madres de Santa Clara que elevaran a Dios fervientes plegarias, por intercesión de su Santa Fundadora, a fin de obtener el triunfo sobre el invasor.

Por este motivo dice el Cabildo: en memoria del gran beneficio que en día de la Santa ha recibido este pueblo.

Predica el Santo

Inmoralidad de la desnudez

La desnudez, en sí misma considerada, no es mala ni en la mujer ni en el varón. La malicia de la desnudez es relativa: si no ocasiona ningún daño, no es mala; si ocasiona daño, es mala, dependiendo su gravedad de las proporciones del mal a que da ocasión.

El hombre de civilización primitivamente rudimentaria no se preocupaba de su desnudez; pero el hombre de cultura perfeccionada encuentra en la desnudez un peligro para la honestidad de sus costumbres, por cuanto la desnudez resulta gravemente provocativa para sus apetitos carnales; y ahí comienza la malicia de la desnudez.

La desnudez de la mujer es peligrosa para el varón, como la del varón es peligrosa para la mujer pero la primera es más peligrosa que la segunda por ser el varón normalmente de mayor excitabilidad que la mujer.

A consecuencia del pecado original el hombre se siente inclinado a la concupiscencia, de tal suerte que toda desnudez corporal le excita con impetuosidad a la impureza; por lo tanto, es gravemente peligroso practicar la desnudez sin reservas o detener en ella la mirada sin otra razón que la pura satisfacción.

En una alocución del 22 de mayo de 1941 decía S. S. Pío XII: «Puede ser que algunas jóvenes digan que tal modo de vestir es más cómodo y más higiénico; pero si eso resulta un peligro grave y próximo para la salvación de nuestra alma, esa moda no es ciertamente higiénica para nuestra alma; vosotras debéis renunciar a ella.»

¿Cuál es la causa de vestirse bien las mujeres en invierno? Ciertamente que el frío.

¿Cuál es la causa principal de la práctica de la desnudez de la mujer en verano? Indudablemente, la vanidad, el exhibicionismo. Y a tanto llega en muchos casos ese exhibicionismo, que no se repara en exponer a la vista de todos deformidades y vicios orgánicos repugnantes.

La deshonestidad de la desnudez no depende de un centímetro más o menos de tela, su malicia radical está en su exhibicionismo vanidoso y procaz; y el grado maldad dependerá de su grado de procacidad. Pero no obstante, es necesario señalar que los shorts y las robes-soleil o soleras son gravemente provocativas, y que, por lo tanto, ninguna mujer de responsabilidad moral consciente puede permitirse usarlos ni fuera ni dentro de casa.

Quede, pues, bien sentado que la desnudez de la mujer comienza a ser mala, inmoral, desde que comienza a ser razonablemente provocativa para el varón. En esto no vale la opinión o el criterio propio de la mujer, por «honesta» que se crea; valdría la opinión del hombre honesto, y entre hombres habría de hacerse la encuesta ordenada a averiguar la peligrosidad de la desnudez femenina.

No se trata de saber si las mujeres «menos vestidas» tienen o no intención de escandalizar, de provocar a la impureza a los varones. Se trata de saber si el hecho de presentarse la mujer con desnudez provoca o no a los varones a la impureza, al pecado.

Y el hecho real es que los niños, los adolescentes, los jóvenes, los hombres y los viejos deben su ruina moral a la desnudez de las mujeres, tal vez de sus propias hermanas, y aun muchas veces de sus propias madres.

—Si mi madre vistiera como una buena cristiana, yo no sería un libertino—, decía con dolor un joven de costumbres desarregladas.

¡Ay si supieran muchas madres cuántas cosas saben sus niños, «inocentes» al parecer, que nunca salen a la calle!

En conclusión: La desnudez de la mujer escandaliza al varón, incitándole a la impureza.

¿Tendrán presente ya nuestras «devotas» mujeres aquella amenaza terrible de Cristo: «¡Ay de aquel por quien viene el escándalo!"?

Fr. Antonio de Padua

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