Santa Clara de Asís
A pesar da ser Superiora, tenía costumbre de servir a la mesa y de suministrar el agua a las religiosas para que se lavasen las manos, y cuidaba solícitamente de todas ellas. Más que echar cargas sobre las otras, le gustaba llevarlas sobre sí misma. Cuidaba especialmente de las enfermas, a quienes no excusaba ningún servicio por repugnante que fuese. Cuando las hermanas limosneras regresaban al convento, se apresuraba ella a lavarles los pies. Sin atender a la salud propia, se levantaba todas las noches por s¡acaso alguna religiosa estuviera destapada. Francisco muchas veces le envió enfermos a San Damián, y Clara los sanaba con sus prudentes y solícitos cuidados.
N¡aun estando enferma, lo que era frecuente, omitía el trabajo manual. Así que se sentía un poco aliviada se dedicaba en la misma cama a bordar corporales, que mandaba en seguida en cajas de seda a las iglesias pobres de las montañas y del valle.
Así como en el trabajo era ejemplo a sus religiosas, lo era también en la vida de oración. Después de las completas, que es el último oficio del día, permanecía largos ratos sola en la iglesia ante aquel Crucifijo que habló a Francisco en otro tiempo, y a la luz de la lamparilla solitaria que en todas las iglesias arde y brilla día y noche ante el altar del Santísimo Sacramento. Allí se daba a la quieta meditación de los dolores de Cristo y rezaba el «Oficio de !a Cruz», que habla compuesto Francisco y de quien ella lo había aprendido. Estas prácticas no le impedían levantarse por la mañana muy temprano la primera de todas; despertaba a las demás, encendía las lámparas y tocaba la campana para la misa primera.
De su cuerpo, naturalmente sano y robusto, no se cuidaba mucho n¡poco. Su cama en los principios eran haces de sarmiento con un tronco de madera por almohada; después la cambió en un pedazo de cuero y por almohada un áspero cojín; por orden de Francisco se redujo después a dormir en un jergón de paja. En los ayunos de Adviento, Cuaresma y de San Martín, Clara no se alimentaba sino tres días en la semana, y eso con solo pan y agua. Francisco y el Obispo Guido le mandaron que comiera todos los días, por lo menos, onza y media de pan. Tal vez para reemplazar esta mortificación observó por largo tiempo la práctica de usar a raíz del cuerpo una camisa de cuero de cerdo con la parte velluda hacia adentro. Después consintió en mudar este vestido en un cinturón lleno de ásperos nudos.
Al volver de la iglesia después de haber orado allí por largo rato, su rostro despedía rayos y sus palabras estaban henchidas de alegría. Habiendo en cierta ocasión oído decir que el agua bendita era símbolo de la sangre de Jesús, hizo en su alma tal impresión esto que no acababa de rociar con agua bendita a todas las religiosas y de exhortarlas a jamás olvidar el saludable raudal que mana de las llagas del Salvador. En la tarde de un jueves fue transportada en éxtasis, del cual no volvió sino pasadas veinticuatro horas. Al volver en sí preguntó: «¿Por qué está encendida esa luz? ¿No ha venido aún el día?» Estando una noche de Navidad enferma en cama y no pudiendo por este motivo acompañar en la iglesia a las demás religiosas, oyó todo el oficio divino que se cantaba en la iglesia del nuevo convento de San Francisco y dio al Niño Jesús reclinado en el pesebre que se habla hecho en el fondo de la iglesia.
A pesar de su humildad no dejaba de advertir Francisco cuán grande era la estimación en que le tenían Clara y las demás religiosas y que los sentimientos de piedad en algo se mezclaban con los de estima hacia él. Con el fin, pues, de ir apartando a las Hermanas de esta afición y de que elevaran su corazón sobre todo lo que no era Dios, determinó alejarse de ellas poco a poco e insensiblemente. Sus visitas a San Damián, que al principio habían sido frecuentes, fueron siendo cada vez más raras. Tal proceder chocó a los mismos religiosos, quienes parece que vieron en esto una falta de caridad para con las Hermanas. Francisco entonces les manifestó las razones que a esto le movían y cómo deseaba que de allí en adelante no hubiera intermediario alguno entre Dios y las religiosas. Toda su vida y por todos los medios trató de evitar que en el corazón de la mujer se mezclase alguna afición personal hacia el sacerdote al puro amor de Dios.
Con todo, un día les prometió que iría a predicar a San Damián. Le gustaba mucho a Clara oír la palabra divina. Sucedió que andando el tiempo el Papa Gregorio IX prohibió a los franciscanos que predicaran en San Damián. A tal prohibición respondió Clara despidiendo a los religiosos que, desde la clausura definitiva prescrita a las clarisas en 1219, se ocupaban en mendigar de puerta en puerta para ellas. «S¡podemos privarnos —dijo Clara— del pan espiritual, podemos también vivir sin el sustento del cuerpo.» Con lo cual el Papa se vio forzado a retirar la prohibición.
El día, pues, según hemos dicho, que Francisco prometió ir a predicar a San Damián, las Hermanas estuvieron muy contentas «no sólo porque iban a tener la dicha de oír la palabra de Dios, sino también porque volvían a ver a su Padre y guía espiritual». Francisco entró a la iglesia, se mantuvo de pie algunos instantes en oración y los ojos elevados al cielo. En seguida, dirigiéndose a la hermana de la Sacristía, le pidió un poco de ceniza. Después con la misma ceniza trazó un círculo a su alrededor y derramó sobre su cabeza el resto. Sólo entonces rompió el silencio, mas no para predicar, sino para rezar el salmo 50, el Miserere, el salmo de la penitencia. Terminado el rezo, salió de la iglesia y abandonó el monasterio feliz por haber podido enseñar a las religiosas que él no era más que un miserable pecador, vestido de saco y cubierto de ceniza.
En este mismo orden de ideas se debe contar quizá la escena siguiente que refieren las Florecillas, en la cual aparece Santa Clara participando de la comida de San Francisco y de sus religiosos.

Cuando San Francisco estaba en Asís visitaba muchas veces a Santa Clara, dándole santos consejos. Y teniendo ella grandísimo deseo de comer una vez con él, se lo pidió muchas veces; pero él no quería nunca concederle este consuelo; y viendo sus compañeros el deseo de Santa Clara, dijeron a San Francisco: «Padre, nos parece que esta rigidez no es conforme a la caridad divina y nos admiramos de que no quieras acceder a la súplica de nuestra hermana Clara, persona tan santa y agradable a Dios, ya que es cosa tan pequeña la que te pide como es la de comer contigo. Y en verdad que s¡ella te pidiese mayor gracia que lo es ésta, se la deberías hacer como a tu hija espiritual.» Entonces San Francisco respondió: «¿Os parece a vosotros que debo complacerla?» Respondieron los compañeros: «Padre, creemos que le debes conceder esta gracia y consuelo.» Dijo entonces San Francisco: «Puesto que así os parece a vosotros, también me lo parece a mí. Pero a fin que su consuelo sea mayor quiero que tengamos esta comida en Santa María de los Ángeles; y como hace ya tanto tiempo que está retirada en San Damián, se alegrará mucho de ver el convento de Santa María, donde ella fue tonsurada y hecha esposa de Jesucristo. Aquí, pues, comeremos juntos en nombre de Dios.»
Llegado el día convenido para esto, Santa Clara salió del monasterio con una hermana, y acompañada además por los religiosos vino a Santa María de los Ángeles, saludó devotamente a la Virgen María delante de su altar, donde había sido tonsurada y velada, y la llevaron luego a ver el convento en tanto que se hacía hora de comer. En el ínterin San Francisco hizo preparar la mesa sobre la haz de la tierra, como tenía costumbre. Llegada la hora de la comida se sentaron juntos San Francisco y Santa Clara y uno de los compañeros de San Francisco con la compañía de Santa Clara y luego todos los demás Hermanos se fueron acercando humildemente a la mesa. Al tomar la primera vianda, San Francisco comenzó a hablar de Dios tan suavemente, con tan maravillosa elevación y elocuencia que, descendiendo sobre ellos la abundancia de la divina gracia, todos fueron arrebatados en Dios. Y estando así enajenados, con los ojos y las manos levantadas al cielo, los habitantes de Asís y de Bettona, y de toda aquella comarca, vieron que Santa María de los Ángeles, y todo el convento y el bosque vecino, ardían tan intensamente que parecía que la iglesia, el convento y el bosque estaban hechos una llama, por lo cual los vecinos de Asís, con gran presteza, corrieron al lugar para apagar el fuego creyendo verdaderamente que todo aquello ardía.
Juan Joergensen
El Reinado del Corazón de Jesús vendrá por el
Reinado del Corazón de María
La Iglesia lucha hace veinte siglos para dar cumplimiento a la palabra de Jesús: «Habrá un solo rebaño y un solo Pastor.» El Señor nos confortó volviendo a afirmar a Santa Margarita María que había de reinar a pesar de los esfuerzos en contrario de Rusia y de sus satélites.
La Virgen de Fátima prometió igualmente que su Corazón Inmaculado triunfaría al lado del Corazón de Jesús y vendría al mundo una era de paz; pero sólo después de haber extendido Rusia sus errores por el mundo, promoviendo guerras, persecuciones a la Iglesia y ocasionando muchos sufrimientos al Santo Padre. Muchos buenos serían martirizados; varias naciones serían aniquiladas. En Portugal, sin. embargo, se había de conservar el dogma de la fe.
Y ¿por qué tantas desgracias antes de llegar la paz? La misma Virgen lo dice. Porque sus hijos no mudan de vida. Es necesario orar y hacer penitencia, pues van muchas almas al infierno porque nadie ora y sufre por ellas. Y el Ángel Custodio de Portugal había dicho también a los pastorcitos: «Haced sacrificios en todas las oportunidades; reparad y consolad a vuestro Dios, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos.»
Después de todo, el Mensaje de Fátima es la doctrina del Evangelio recordada a los hombres de hoy: «S¡no hiciereis penitencia, todos juntamente pereceréis.» «Sin efusión de sangre no hay redención.»
El lenguaje profético de 1917 se va cumpliendo a la letra: una onda de locura diabólica invade el mundo. Los hombres blasfeman como demonios. Las naciones, hasta las que se dicen católicas, han apostatado de Dios oficialmente. El materialismo ha invadido todo, ha penetrado en el seno de la sociedad, llegando hasta el propio altar. Aunque, a Dios gracias, sean raros los casos de apostasía del clero, no siempre nos libramos de ciertos resabios de materialismo y aseglaramiento mundano en nuestro modo de pensar y obrar.
Atravesamos una época de grandes herejías. La sociedad cristiana parece amenazada de caer, en grande parte, víctima de ellas. ¿No ha dicho la Virgen de Fátima: «En Portugal ha de conservarse siempre el dogma de la fe»? ¿Será esto un privilegio?
Hoy, como en los tiempos del diluvio, quien cumple su deber y ama la virtud es ridiculizado. S¡Dios ha de salvarnos otra vez —y parece que sí porque la paz ha sido prometida para después del castigo y el Cristo de las Escrituras ha de reinar, con un solo rebaño y un solo Pastor, antes del fin del mundo—, convengamos en que sólo por un milagro conseguirá la humanidad arrancarse de tantos errores y vicios en que se halla inmersa.
Pero los milagros Dios los concede extraordinariamente y sólo después de haberse empleado todos los medios humanos. El hombre, pecando, roba a Dios su gloria, lo insulta por la subversión de sus leyes. Un tal desorden debe ser equilibrado por la oración, por la penitencia y por la enmienda de vida. Es necesario reconocer el mal, humillarnos delante del Señor y pedirle perdón.
Con todo, los hombres, ingratos y orgullosos, en grande mayoría no lo hacen. De ahí el llamamiento de María, Madre de misericordia, a algunas almas predilectas para que oren y sufran por los que no lo hacen. Es preciso hacer actos de fe, adoración, esperanza y amor en nombre de los que no crean, no adoren, no esperen y no amen.
¡Tanto se ha rezado ya y sufrido, tanta sangre inocente ha corrido, provocado por las guerras; tanta hambre y víctimas puras inmoladas, y la paz no ha llegado, el triunfo de Dios no ha venido! ¿Por qué? Porque todavía no han sido allanados los caminos; las cavernas abiertas por el pecado no se han rellenado de reparación, amor y humildad. No se vierte el vino nuevo en odres viejos, n¡se ponen remiendos nuevos en tejidos gastados, dice el Evangelio. La humanidad debe regenerarse para poder comprender el Mensaje Evangélico.
En el Antiguo Testamento castigó Dios al mundo con el diluvio; sólo Noé y su familia se salvaron porque eran los únicos que servían al Señor en medio de la corrupción general. Sodoma y Gomorra fueron destruidas con fuego y azufre porque en ellas no había los justos necesarios para detener la justicia de Dios.
¿Cuál será el medio de purificación que Dios nos destine, siendo más culpados por haber recibido lo que los antiguos no recibieron: el Salvador del mundo? La apostasía de hoy es la infidelidad a un don de Dios, es el paganismo del Cristianismo. Pero los antiguos carecían también de otro don que nosotros poseemos: María, Madre de misericordia. Volvámonos a Ella pidiéndole que el castigo sea de salvación y benevolencia.
Que se unan todos cuantos sienten en su corazón los anhelos de Jesús, hambre y sed de la gloria de Dios, es decir, de la salvación de las almas. Apresuremos el advenimiento prometido y cierto del Reinado de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Dice la Sagrada Escritura que «la piedad es útil para todo. Pedid y recibiréis; todo el que pide recibe. S¡vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más el Padre de los Cielos dará el Espíritu bueno a quienes se lo piden. S¡tuviereis fe, diréis a este monte, pasa de aquí para allí, y él os obedecerá.»
¡El valor de la oración! La Iglesia no conquistó todavía el mundo; el Nombre del Señor no cubre toda la tierra porque sus hijos no oraron cuanto debían. ¡S¡todos los sacerdotes del Señor y todos los cristianos trabajasen mirando más hacia el cielo! Se olvidan fácilmente de los treinta años de la vida oculta de Jesús, salvando al mundo en el silencio, dedicando tan sólo tres años a la predicación; que la Reina de los apóstoles hizo vida silenciosa; que Moisés, mientras tenía los brazos levantados, hacía triunfar los ejércitos de Israel, y que cuando los dejaba caer eran destrozados por el enemigo. Por eso amparaban dos varones al Santo Patriarca, para que pudiese orar hasta tanto que el triunfo fuera completo.
Decía Pío XI en un documento oficial que envió a los Cartujos: «Contribuyen mucho más a la extensión de la Iglesia y a la salvación de las almas los que se dedican al trabajo de la oración y la penitencia que los trabajadores del campo del Señor.» Acción, pero influenciada por la oración, porque sin Cristo nada podemos hacer.
¡S¡en todas las diócesis hubiese un grupo de almas que orasen consumidas en el celo de Elías, mudaría fácilmente la faz de la tierra! Tales almas obtendrían todo lo restante: santos sacerdotes, Jefes de Nación según el corazón de Dios y toda prosperidad.
Hoy más que nunca son necesarias las comunidades contemplativas, ofrecidas en holocausto por el mundo. ¡S¡cada lugar tuviese su monasterio reparador por los pecados del pueblo y que, en su nombre, elevase acciones de gracias al Señor!
Unámonos, por tanto, todos en una cruzada salvadora:
1. Ofrezcamos a la Virgen el fruto de nuestras oraciones y sacrificios, como enseña San Luis María de Montfort, para que en breve venga al mundo el Reinado del Corazón de Jesús por intermedio del Reinado del Corazón de María.
2. Que se unan los cristianos en grupos y manden celebrar la misa por esta intención. ¡Ah!, s¡esta costumbre se estableciese en todo el mundo obtendríamos esa gracia porque la misa tiene valor infinito; y
3. Recemos el Rosario todos los días, en particular en las parroquias, en las comunidades, en las familias.
¡El mundo se salvará por María!
P. Oliveiros de Jesús
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