Un proceso de vocación franciscana
Como recuerdo de una visita a Santo Espíritu con ocasión de practicar Ejercicios espirituales de año, para edificación de cuantos me lean relato una serie de providencias de las que Dios se valió para hacer sentir la fuerza de su vocación a un leguito.
El leguito no tuvo en su infancia más formación espiritual que los rezos que de vez en cuando le enseñaba su propia madre. Hasta la adolescencia inclusive mecióse al vaivén de les circunstancias de una familia necesitada, enfrascada sólo en solucionar el problema de la alimentación y del vestido de los suyos en ambiente de suma estrechez casi siempre.
Llamado a Madrid por un cuñado, allí aprendió el oficio de mecánico conductor y empezó a ganarse la vida, con el exiguo jornal de 13 pesetas, como conductor de camión de una fuerte industria. Su vida se desenvolvía en un ambiente de agitación interior por falta de más recursos económicos. Llegó a echarse novia y a endulzar sus penas con la ilusión de triunfar en los certámenes de Fiesta en el aire cantando flamenco y malagueñas, que solía acompañarse él mismo con su guitarra. Estas cualidades le atrajeron simpatías y le dieron facilidad para animar reuniones que degeneraban alguna que otra vez en verdaderas juergas. En éstas tiene que cargar, sin él querer, con sus padres, que se precipitaron a Madrid cansados de sufrir indecibles miserias en su lugarejo de tierras de Castilla. Por cobijo les fabricó en los suburbios de la capital una chabola, cuyos materiales costaron 1.000 pesetas que pudo conseguir, después de mucho pedir, no de los patronos que explotaban su trabajo, sino de una persona ajena muy caritativa.
El gesto de su mirada es transparente y confiado. A través de su frente se adivina sencillez de pensamiento e ideales de rectitud. Da un tono de serenidad a su viveza de expresión. Apunta siempre en los relatos de su vida el signo de lo providencial. Es hombre que antes de conocerle buscó a Dios y le halló en el Sagrario, al que acudía con frecuencia una vez dio con la experiencia de su poder, que palpó en sucesivas soluciones milagrosas. Por intercesión de Santa Filomena obtuvo en fechas sucesivas la curación de su madre y de su hermana, que padecían afonía absoluta y pertinaz. Con estos hechos logra la conversión total de su familia hasta conseguir se den a la Comunión frecuente. Después de unas horas de oración, en la que pedía a Dios aumento de ingresos para poder atender cumplidamente a sus necesitados padres, se le ofrece el volante de un gran coche de una señora condesa, quien, a pesar de los reparos que opuso a su juventud, le recibió como chófer suyo y acabó por prendarse de su fidelidad y demás virtudes y ser la remediadora del estado de miseria en que vivían aquéllos.
Al efecto, le proporcionó un considerable aumento de sueldo y un piso magnífico en un buen punto. Así situado, ¿qué más podía desear? Después de tantas soluciones, Dios lo quiso enteramente para Sí, y de buenas a primeras le exigió la renuncia a la novia que adoraba. La dejó resueltamente sintiendo hecho trizas su corazón. Por fin le manda ser franciscano. Las lecturas de vidas de santos le dieron a conocer a San Francisco de Asís, con cuyo proceso de vida creyó identificada la suya. Fue su natural alegre y la confianza ilimitada en la divina Providencia lo que le hizo pensar, como posible, en su perfecta adaptación a la Orden, con la gracia de Dios. Pero, ¿cómo realizar la vocación siendo él la única solución de sus padres, a quienes había conseguido aquella posición desahogada después de sufrir los horrores de la indigencia? Pensar en ser religioso parecía una temeridad. Era humanamente como empujar al ostracismo a sus seres más queridos, por cuya comodidad tanto se había afanado.
¿Despreciaría la voz de Dios que le empujaba a salir del mundo para ofrecerse en perfecto holocausto? Su consigna fue no desconfiar, no negarse, esperar, pedir al autor de aquella inspiración la solución del problema. Dios le llamaba y El le había de abrir y allanar el camino.
La oración fue su recurso decidido, estar pendiente de Dios, a quien oraba con insistencia en las largas paradas con el coche, mientras la señora condesa realizaba alguna visita, y que él sabía aprovechar para entrar en el templo más próximo y recogerse ante el Sagrario el tiempo posible.
Cierto día salía del templo tranquilizado con la gran esperanza que su íntima y fervorosa comunicación con el Señor le habia infundido, cuando un señor desconocido, admirado de lo que en él había observado, le interroga, le explora la causa de aquellas frecuentes visitas. El uniforme que entonces usaba nuestro leguito causaba extrañeza al observador. ¿Un chófer tan recogido, con señales de alta oración, extático ante la Imagen del Crucificado, o ante el Sagrario, o a los pies de la Virgen? ¿Quién era? ¿Qué pretendería? La curiosidad le comía, le hizo encontradizo, intimar, dialogar, hasta compenetrarse, comprender lo que parecía un misterio. El pecho del entonces chófer, hoy leguito de San Francisco, se abrió del todo al señor en cuestión, que resultó ser un abogado, joven, rico, piadoso, caritativo, dispuesto a servir la solución objeto de las largas horas de oración del primero. Ha sido, por fin, el mecenas que caritativamente ha cargado con las difíciles obligaciones de éste y el enviado de Dios para obrar el mayor milagro de la vida simpática de aquel amable chófer, que hoy se cree dichoso vistiendo el hábito del Pobrecillo. de Asís.
Este frailecito, enviado por el P. Guardián, me sirvió de maletero en el trayecto de Gilet al clásico Monasterio. Su porte me embelesó. Más todavía, su buen espíritu, que hace pensar en su perseverancia y en los buenos oficios que esperan de él la Orden y las almas con quienes se relacione. Sólo piensa en santificarse, haciendo con seráfica simplicidad lo que sus Superiores manden. Gracias a él el camino de Santo Espíritu ha sido esta vez una introducción de los goces de la religión, rayanos a los del cielo, que tanto ponderaba mi acompiañante. Por entre el bosque de pinos y la hilera final de cipreses, ¡cuán bien sonaba el diálogo! ¡Cuánto preparaba nuestra conversación a entregarse al Señor en tan dichosa morada!
¡Cuán buena preparación fue este relato para mis Ejercicios! Estos se me hicieron menos pesados que otras veces debido al conocimiento y al buen juicio que me infundió el ejemplar leguito.
Enrique Barrachina Gil, Pbro.
Arcipreste de Chiva
La venganza de un fraile lego
Salió de un convento un pobre lego franciscano a buscar la limosna acostumbrada, y haciendo su recorrido llegó a casa de un rico protestante inglés que acaba de establecerse en una hermosa quinta, extramuros de Niza.
Viendo el lego la puerta abierta comenzó a llamar con humildad; pero el inglés, al verlo con su alforja al hombro, le mandó que saliese fuera. El inglés hablaba en francés corrompido, por eso el leguecito no sabía qué decía, y continuó pidiendo limosna. Entonces el inglés, furibundo y fuera de sí, salió del pórtico con un bastón y le propino una paliza. Se volvió el lego a su convento con señales bien marcadas de la buena acogida que le dispensó aquel protestante.
El pobre lego, imitando a su santo Patriarca, rebosaba de alegría por haber tenido ocasión de padecer aquella grave afrenta.
Pasaron algunos meses. El rico inglés visita un convento de Franciscanos situado en aquella comarca. Fue allá para tomar apuntes y vistas, que, como turista, le interesaban.
Los frailes le acompañaron amablemente a la huerta, y le pusieron mesa, silla, etc., lo más cómodamente posible, señalándole al mismo tiempo los puntos de vista que otros artistas habían preferido para sus apuntes y estudios, y respondiendo cortésmente a todas las preguntas que el extranjero les dirigió. Allí quedó un par de horas instalado para hacer las observaciones y apuntes que creyó útiles para sus gustos.
Luego que el inglés hubo concluido su trabajo, el fraile que le acompañaba le condujo a una pequeña sala donde le ofrecieron algunos refrescos con la amabilidad proverbial en los conventos religiosos.
Los aceptó con mucho gusto y muestras de gratitud, pero... cuando los estaba tomando re llenó de sorpresa al ver que el fraile que se los servía era el mismo a quien él había apaleado en la quinta. Se quería persuadir de que aquella era una fantasía suya. Por fin se atrevió a preguntarle si él era efectivamente aquel leguito a quien tan indignamente había tratado tiempo atrás.
Sonriente el fraile le respondió que sí.
—Pero, ¿es posible —dijo el inglés— que me trate de una manera tan amable habiéndome yo portado de manera tan brutal e inhumana? Supongo que usted no me conoce.
—Sí que le conozco y muy bien —respondió el humilde lego franciscano—, pero mi religión me manda perdonar las injurias, amar a mis prójimos y volver bien por mal.
Esta contestación y el sublime espíritu cristiano en que se apoyaba, enunciado con tanta quietud y modestia, se imprimió profundamente en el corazón del protestante, el cual llamó al momento al Superior, le contó lo que había pasado y pidió humildemente perdón; dio al convento una considerable suma, y mandó que el mismo fraile apaleado fuese a su quinta todos los sábados a pedir limosna, en donde la encontraría abundante.
Candores de Inmaculada
¡Candores de Inmaculada!
iQué fragancia y qué destellos
que exhala la luz divina
de tu admirable misterio!
La luz enhebra collares,
y desflora claros besos,
y teje encajes y blondas
de albos y límpidos velos,
y envuelve de claridades
a los mares y a los huertos,
y presta lumbres y gracias
hasta...
a la estrella y lucero;
pero es sombra oscura y negra...
no tiene albor claro y bello,
al compararla a la lumbre
de tu sin igual misterio.
Tu concepción sin mancilla
es el candor del Excelso,
es albor de luz eterna,
es fulgor y fiel reflejo
de la Virtud del Dios Santo,
que se recrea en su seno
para que Tú siempre seas
la luz de la tierra y cielo.
¡Albores de Inmaculada!
Qué claridad y destellos
prestáis a mi alma encendida,
y a mi corazón y pecho,
y a las cuerdas de mi numen,
que te ofrendan sus requiebros
y te cantan Pura... Hermosa...
Inmaculada en extremo,
sonrisa de los albores s
que hizo fulgir el Excelso,
ensueño de los querubes
que te pulsan sus arpegios,
y claridad sempiterna
de la tierra y de los cielos.
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