Huellas de San Antonio en Portugal (II)

(Continuación)

Canónigo regular de San Agustín

San Vicente mártir, Patrón de Valencia, es a la vez Patrón de Lisboa. Martirizado en la capital de nuestro reino, fue arrojado su cuerpo en alta mar a las aguas. Y cuenta una tradición lisboeta que las olas lo empujaron hasta las playas de la capital portuguesa, donde fue recogido por los fieles y sepultado con gran pompa.

Esta leyenda no anda muy acorde con la que recogen las lecciones del oficio de San Vicente en Valencia. Pero lo importante para nosotros es el hecho de que Lisboa venera a nuestro glorioso mártir valenciano como Patrón y qué desde antiguo tiene un magnífico templo dedicado a su memoria, con un monasterio que fue de canónigos regulares de San Agustín. El monasterio, llamado San Vicente de Fora, fue fundado por el conquistador de Lisboa Alfonso Henriques.

iglesia de San Vicente en Lisboa

San Vicente de Fora en Lisboa

En este monasterio buscó Fernando de Bullón el descanso que apetecía su alma pura e inocente. No tenía más de quince años de edad cuando pidió y obtuvo ingresar en la casa del Señor y vestir el hábito sagrado de canónigo regular.

Hoy día no queda nada del antiguo edificio. Felipe III lo transformó totalmente levantando en su lugar un verdadero monumento de arte y de fe. Iglesia y monasterio, forman un conjunto de edificación neoclásica, que sobresale entra todos los monumentos de Lisboa y llama la atención del turista que llega por el Tajo a la capital portuguesa.

Al arte se une la fastuosidad. La iglesia está interna y externamente, revestida de mármol, si bien no sea de la mejor calidad. Llama nuestra curiosidad en la fachada una estatua de San Antonio con birrete y borla de doctor. Desde luego que la estatua, en piedra, es del tiempo en que se levantó el regio edificio.

De San Antonio nos conservó la nueva edificación un recuerdo: la celda que él habitara y que queda hoy día junto al presbiterio, del lado de la epístola. Convertida en lujosa capilla de estilo renacentista y orden corintio, está presidida por un altar barroco con imagen del Santo vestido de canónigo regular (hábito blanco y esclavina negra).

A cada lado de la puerta de la capilla se ven incrustadas en la pared dos piedras que llevan grabada una cruz. Recuerdan otros tantos milagros obrados por el Santo al sentir la presencia de Satanás. Parece que el diablo no escarmentó de la derrota que le infringiera el niño cantor de la Catedral v continuaba asediando aquella alma virgen, pretendiendo arrebatarle sus ideales de pureza y santidad, precisamente en el momento en que se disponía a consagrarse al Señor por medio de los votos.

Estudiante en Coimbra

De Lisboa pasó el joven canónigo regular, emitidos ya sus votos religiosos, a Coimbra, sede de la cultura lusitana y en aquel tiempo capital de los reinos de Portugal y los Algarves. La célebre Universidad coimbricense todavía no había sido fundada, pero en su monasterio de Santa Cruz tenían los canónigos regulares un Estudio de Teología. Allí se formó la inteligencia de don Fernando de Bullón.

La edificación actual de Santa Cruz es gótica, consiguientemente casi del tiempo en que vivió entre sus muros San Antonio. Paseando por aquellos «claustros del silencio» podemos pensar con bastante probabilidad qué serían esas misma losas las que pisaría el estudiante de San Agustín en sus ratos de meditación y de santo solaz.

En Coimbra se graduó don Fernando de Bullón en Sagrada Teología; allí seguramente recibió las órdenes, y allí, también tuvo lugar su feliz encuentro con el ideal franciscano que iba a cambiar totalmente el rumbo de su vida.

En la iglesia de Santa Cruz la imagen de San Antonio viste, como en la capillita de San Vicente, de Lisboa, hábito de canónigo regular. Se comprende. Pero ni aquí ni allá puede olvidar el espectador el elemento franciscano. En Lisboa representado por una imagen de San Francisco que preside otro altarcito de la pequeña capilla; en Coimbra por las imágenes de los cinco protomártires de Marruecos, colocados a los pies de la imagen Antonio, con quienes espiritualmente tan unido estuvo el Taumaturgo paduano.

De canónigo a franciscano

El año 1219 llegaron a Coimbra cinco religiosos franciscanos enviados por el Seráfico P. San Francisco a misionar a los musulmanes. Llevaban el encargo de conferenciar con los reyes de Portugal acerca del establecimiento de frailes franciscanos en sus reinos y de su propósito de pasar a tierras de infieles.
Providencialmente se hospedaron en el monasterio de canónigos regulares de Santa Cruz, donde a la sazón residía nuestro Santo. Parece que el joven canónigo fue el encargado de cuidar de tan santos huéspedes. El trato con aquellos penitentes y apostólicos varones le edificó tanto que, cuando dejaron el monasterio para proseguir su viaje, con ellos se fue también el corazón de nuestro fervoroso joven, encendido en anhelos de seguir el Evangelio al pie de la letra, de derramar su sangre por Cristo, de convertir a la verdad a los engañados secuaces de Mahoma.

En estos santos deseos se consumía su alma cuando llegaron a sus oídos las nuevas de sus gloriosos martirios. Eran las primicias del santoral de la Orden Franciscana. Su confesión de la fe fue tan heroica como ardiente y generosa. Todo encendía más y más el corazón del canónigo de Santa Cruz en ansias de dar un paso definitivo en su vida. Un hecho no menos. providencial que los anteriores vino a hacer posibles sus ardientes deseos.

Iglesia de San Antonio en Lisboa

Iglesia de San Antonio en Lisboa

Recogidos los cuerpos de los santos mártires por el príncipe portugués don Pedro, cuidó éste de que fuesen trasladados a su patria. Poco tiempo después eran recibidos solemnemente y depositados con toda veneración en el monasterio de Santa Cruz, de Coimbra.

Iglesia de Santa Cruz de Coimbra

Iglesia de San Cruz de Coimbra

Con esta ocasión se celebraron solemnísimas fiestas en aquella corte, y a ellas no pudo seguramente faltar el entonces Ministro Provincial de la Orden en España fray Juan Párente. Los deseos del canónigo don Fernando se convirtieron en decisión firme de vestir el hábito franciscano en sus meditaciones frente a los restos mortales de aquellos frailes benditos a quienes él un día sirviera y admirara y que ahora eran objeto de la veneración de todos los cristianos. El canónigo regular decidió convertirse en fraile menor, para poder ir a tierra de infieles y dar su vida por Cristo.

No era éste un paso fácil. Hubo de romper no pocos lazos de nobles y santos afectos, Pero la resolución era irrevocable. La presencia del Ministro Provincial le desvanecía también muchas dificultades. Así que el año 1220 pudo ya nuestro Santo llamarse Fr. Antonio y pasar del monasterio de Santa Cruz al pequeño eremitorio llamado hoy San Antonio dos Olivais, que los reyes cedieron a los frailes menores.

En Santa Cruz quedaban sus recuerdos; pero quedaba, sobre todo, el tesoro de las reliquias de los santos protomártires franciscanos que le habían contagiado su fervor. Allí se veneran aún hoy día en la capilla de las reliquias. Por eso será siempre Santa Cruz un lugar de peregrinación para el alma franciscana; un lugar de recuerdos íntimos para el devoto de San Antonio. Para entrar en San Antonio dos Olivais y poder comprender y sentir toda la poesía antoniana del mismo es preciso arrancar de Santa Cruz haciendo el mismo camino que Antonio recorriera un día en compañía de Fr. Juan Párente.

(Continuará)

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

San Bernardino de Sena
devoto de la Santísima Virgen María

Parece que la Madre de Dios tuvo especial cuidado por San Bernardino de Sena. El nació el día de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen, 8 de septiembre de 1380. El 8 de septiembre de 1402 ingresó en la Orden Franciscana. Se ordenó el 8 de septiembre de 1404 y el mismo día predicó su primer sermón, en el que trató del nacimiento de la Madre de Dios.

Ningún franciscano ha habido más devoto de la Virgen que este santo. En su magnífica encíclica sobre María Medianera de todas las gracias el P. Leonardo M. Bello dice: «Que estos títulos de honor —que proclamaron a María la Medianera de todas las gracias o, como dice Bernardino, el acueducto de todas los gracia—, realmente significa que es el curso de todos los dones de gracia y gloria distribuidos por Cristo a todos los elegidos entre los ángeles y los hombres por. medio de María.» San Bernardino de Sena fue el primero entre todos los teólogos y santos que vio claramente y predicó explícitamente con todo su ardiente celo el papel tan importante que en beneficio de la humanidad sedienta de gracia y perdón desempeña la dulce Madre de Dios en el cielo al lado de su Hijo Jesús.

La devoción de San Bernardino de Sena a la Virgen María comenzó en su niñez.

Sobre la Porta Camoglia, en los muros de Sena, había un fresco representando a Nuestra Señora en su Asunción al cielo. Fue ejecutado por los artistas Cecco y Nuccio en 1310 y restaurado, en 1415, por Benedetto di Bino; frente a esta pintura había pasado San Bernardino muchas horas en su niñez, y cuando regresó a su nativa Sena para predicar sobre la Madre de Dios, dijo con profundo sentimiento refiriéndose a esa reliquia de la ciudad: «Ella estaba rodeada por una hueste de ángeles y arcángeles, de querubines y serafines, de apóstoles y patriarcas, de vírgenes y mártires, que cantaban y bailaban alegres en coro, tal como la ven ustedes pintada sobre la Porta Camoglia».

Ante esta reliquia regresó a menudo Bernardino para renovar la devoción y promesas de su niñez a la Virgen María.

Cuando tenía quince años estuvo a cargo de una tía, la que hablando con Bernardino sobre varias cosas le dijo que no dudaba de que pronto tendría alguna novia; éste le contestó:

—Ya estoy en amores con una tan noble que alegremente sacrificaría mi vida por asegurarme su presencia, porque no podría descansar una noche si yo dejara pasar un solo día sin verla.

—¡Qué extraño amor! —pensó la tía—. ¡Y tan joven!

Al día siguiente ella siguió a Bernardino hasta la Porta Camoglia. Allí lo vio a él arrodillado ante el fresco rezando fervientemente durante un rato. Cuando hubo terminado de rezar el niño vio a su tía que lo miraba con ternura. Al ver descubierto su secreto Bernardino francamente declaró que su amor no era otro que el dedicado a la Madre de Dios...

—Yo he resuelto visitar su imagen diariamente. Esta es toda mi historia de amor.

Y esa historia de amor duró hasta su muerte, el 20 de mayo de 1444, día de la Ascensión.

El "príncipe de los oradores" entre los franciscanos fue hijo de padres nobles. Su padre fue Alberto di Dino Albizeschi y era Gobernador de Massa, pequeño territorio cercano a Sena. Su madre fue Ranera di Bindo degli Avveduti, una de las más hermosas mujeres de su época.

Antes de que Bernardino cumpliera los siete años murieron sus padres, dejándolo al cuidado de Diana, una piadosa viuda hermana de su madre. Su tía le enseñó a amar a la Inmaculada Madre de Dios, y la Madre de Dios le enseñó a amar la pobreza de Cristo. Cuando tenía once años Diana murió. La buena semilla de su ejemplo e instrucción, sembrada temprano, germinó y enraizó profundamente. Ya Bernardino había comenzado a ayunar los sábados en honor de la Santísima Virgen.

De Massa él fue a Sena para vivir con sus parientes y comenzar sus estudios superiores. A la edad de diecisiete años se enroló en una confraternidad de Nuestra Señora en el Hospital de Santa María della Scala para servir a los enfermos. Mientras tanto seguía los cursos de la Sagrada Escritura, Teología y Leyes Canónicas en la Universidad de Sena, donde debía graduarse. Sus momentos libres los ocupaba en servir a los enfermos.

En el Hospital de Santa María fue donde aprendió la difícil tarea del servicio a los enfermos. Servicio que en este nuestro mundo fue la inspiración de San Bernardino en toda su vida, como fue la de San Francisco.

En el año 1400 una peste mortífera que había asolado varias ciudades de Italia cayó en Sena. Bernardino, junto con doce jóvenes compañeros, acudieron a atender a numerosos enfermos que la peste cogía, esperando estoicamente el contagio que de un momento a otro podía matarlos. Durante cuatro meses trabajó en el hospital con gran conocimiento y práctica, habilidad no rara en la vida de los santos.

En el año 1402 decidió entrar en la Orden Franciscana. Entre los años 1402 y 1408 el gran dominico San Vicente Ferrer, con ocasión de un sermón en Piamonte (Italia), hizo la profecía a sus oyentes que un franciscano guiaría al pueblo cristiano con su palabra y su ejemplo. Se refería a Bernardino. Pero no fue sino hasta doce años después, cuando Bernardino terminó su noviciado que fue enviado afuera a predicar.

Comenzando en una pequeña iglesia en Milán, el fuego de la elocuencia de Bernardino se extendió rápidamente en su gira misionaria a través de grandes y pequeñas ciudades de Lombardía, la región de Venecia, los distritos de Ferrara y Bolonia, de Florencia, Sena y Arezzo, de Orvieto y Viterbo.

El predicaba día tras día y varias veces al día. Los sermones en esa época duraban el mismo tiempo que las funciones de teatro de hoy: dos, tres y cuatro horas seguidas.

Tal fue el entusiasmo y el deseo de escucharlo que provocó entre los habitantes de las ciudades por las que pasaba, que sus compañeros tenían que adelantarse a él apresuradamente para levantar un púlpito portátil y abrirle paso entre las multitudes ávidas de ver y oír al «santo». Las palabras de Bernardino estuvieron siempre acompañadas de maravillosas conversiones de poblaciones enteras, hechos milagrosos y de una elevación de la moral y de las costumbres cristianas. Nadie igualaba a Bernardino como orador. El fue un segundo «Pablo», sus palabras fueron estimadas como «expresiones de Dios».

Al igual que todos los grandes hombres, él fue difamado por los envidiosos y exaltado por los aduladores. Le acusaban de hereje y le ofrecían obispados, tratándole de santo, Nada de eso hizo cambiar a Bernardino. El podía defenderse solo y fue llamado a Roma para que lo hiciera. En esta ciudad permaneció ochenta días para predicar en el Vaticano. Durante ese tiempo predicó 114 sermones.

El desempeñó altos cargos en la Orden, pero era más feliz cuando podía librarse de ellos y regresar al camino de la predicación,I y se mantuvo predicando hasta el fin de su vida, hasta que murió de agotamiento el 20 de marzo de 1444. En el ceremonial de su canonización, año 1450, estuvieron presentes
sus amigos los santos Juan de Capistrano, Santiago de la Marca y Diego de Alcalá.

San Bernardino es recordado hoy por su gran celo en extender la devoción al nombre de Jesús. A él se atribuye el comienzo del Oficio del Santo Nombre de Jesús, el cual fue terminado por uno de sus discípulos, Bernardino de Busti, y en 1530 la fiesta fue encomendada a los Frailes Menores por Clámente VII y extendida desde 1722 a la Iglesia Universal. Su celebración fue fijada para el segundo domingo después de Epifanía.

A los esfuerzos de Bernardino se debe la costumbre de poner el nombre de Jesús en la salutación de Santa Isabel a María, extendida a través de toda Italia y después a la Iglesia Universal.

San Bernardino de Sena es recordado en muchas obras de arte notables. En el monumental trabajo de Beda Kleinschmidt, O. F. M., titulado María und Franziscus von Assisi, muchas láminas que reproducen pinturas de arte ilustrando a devoción de San Francisco a María muestran también a San Bernardino como un compañero de San Francisco.

Hay, por ejemplo, numerosas escenas de la vida de la Santísima Virgen en las cuales los artistas pintan a San Francisco y a San Bernardino como que estaban presentes.

Hay un cuadro pintado por el artista Francisco de Francia (muerto el año 1517) en el cual se ve a la Virgen María sobre una pequeña cima con las manos juntas; un aire de quieta admiración se refleja en su cara al ver al ángel suspenso en el aire contemplándola. San Francisco y San Juan Evangelista, de pie a la izquierda de María, la miran extasiados. San Bernardino, colocado a su derecha, mira fijamente la cara de la Madre de Dios tratando de captar toda la expresión de sus ojos, cada movimiento de su semblante, cada palabra de sus labios. Arriba el Niño Jesús mira sonriente la escena en una triple aura de luz; en sus manos lleva la cruz.

Esta pintura, hecha probablemente cerca de cincuenta años después de la canonización de Bernardino, muestra ciertamente una tradición popular y guarda como una reliquia la popular memoria que imprime firmemente a Bernardino no solamente como un gran predicador y un gran pacificador, sino como un gran devoto de María. Otras pinturas lo muestran como un intercesor ante María para los pobres; como un suplicante de María para que extienda su manto de merced y protección sobre los pueblos atacados por las pestes. En una época en que no se conocía antibióticos ni vacunas contra el virus y otras enfermedades, el recurrir a María y a los santos era la sola protección, y nunca fueron en vano las oraciones de Bernardino.

San Juan de Capistrano, que veneró a Bernardino como a un Padre y un santo aun antes de su muerte, dice que «cuando predicaba sobre la fiesta de María y sobre las glorias de su celestial Reina su alma se inflamaba de tal ardor que su rostro resplandecía igual que el sol, lo cual —decía— yo mismo lo he visto con mis propios ojos».

San Bernardino de Siena con san Juan de Capistrano

San Bernardino de Siena y San Juan de Capistrano

Bernardino oraba antes de predicar sobre María así: «Dame, oh gloriosa Virgen, el poder y sabiduría necesarias para anunciar las glorias de vuestro nombre a los fieles y a vuestros devotos. Yo no espero ser capaz de decir todo lo que debe ser dicho; te ruego que solamente me hagas capaz de decir nada más que un poco en vuestro honor, para satisfacer mi devoción y para el. consuelo de quienes oigan mis palabras y lean estas líneas.»

En su encíclica sobre María Medianera el P. General Bello dice: «La alta gloria de San Bernardino de Sena reside principalmente en haber elaborado plenamente la opinión de sus predecesores sobre el privilegio de María Medianera de todas las gracias, y que en sus escritos y sermones la pone tan alto, en la Iglesia que ha sido llamado por algunos un segundo Bernardo. Es decir, un gran campeón de la Santísima Virgen.

«Toda gracia que es comunicada a este mundo sigue un triple proceso, pues está distribuida con perfecta regularidad de Dios a Cristo, de Cristo a la Santísima Virgen y de la Santísima Virgen a nosotros..., así que ninguna criatura recibe ninguna gracia de Dios si no es distribuida por la Santísima Virgen María.

«Como sus escritos lo prueban, San Bernardino de Sena no deseaba otra cosa sino llamar a la Virgen Santísima la Reina de las Mercedes, la Dispensadora de todas las gracias, la Tesorera del Espíritu Santo. Siempre que predicaba sosteniendo las prerrogativas de la Madre de Dios él declaraba que cada gracia es distribuida a los miembros del cuerpo místico de Cristo por medio de las manos de María; nadie puede obtener su salvación eterna sin la maternal intervención de la Santísima Virgen.

»Fue, pues, San Bernardino —continúa el P. Bello— quien influyó para que los franciscanos piensen más sobre las prerrogativas medianeras de María. Con esta clara declaración de la doctrina no ha habido un solo autor franciscano desde la época de San Bernardino que no haya dicho en sus escritos que la Madre de Dios juega una parte activa en la distribución de todas las gracias.»

El 8 de septiembre de 1427, cuando estaba en la cúspide de su carrera, dijo Bernardino a sus oyentes: «Yo, el H. Bernardino de Sena, he tenido siempre una gran devoción a la Santísima Madre de Dios. Yo nací en el día de su nacimiento y me bauticé en el mismo día. En el mismo día yo entré en la Orden de San Francisco y en el mismo día de su nacimiento yo hice mi profesión en la Orden, celebré mi primera misa y prediqué mi primer sermón, en el que hablé de su nacimiento, siendo, pues, mi primer sermón dedicado a la Santísima Virgen... Yo espero morir también en el día de su nacimiento.»

¡Su divisa y su jaculatoria fue Todo para María!

Su fiesta se celebra el día 20 de mayo.

Mark Hegener, ofm

Siete puntos de la doctrina pontificia sobre el mundo mejor

Renovación de los religiosos

LVI. Los religiosos deben dominar con una guerra sin cuartel la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, haciéndose cada vez más santos e incansables colaboradores dé Dios en la salvación de las almas.

LVII. La actividad más diligente y los tesoros acumulados de la vida interior pueden unirse a maravilla. Más aún, en proporción del aumento de la actividad exterior, conviene que crezca el fervor de la fe, de la oración, del deseo del servicio de Dios, la pureza de conciencia, la obediencia, la caridad animosa y activa para con Dios v para con los prójimos.

LVIII. Brille en la vida religiosa de manera especial la caridad entre los miembros de la misma comunidad o congregación y también con los demás. Cesen las contiendas que dan al traste con las empresas más prometedoras.

LX. Siguiendo el ejemplo de los fundadores, que la mayor parte de las veces idearon sus nuevos institutos para responder a nuevas y urgentes necesidades de la Iglesia, los religiosos deben estar a la altura de los tiempos y de sus exigencias.

LXI. Hay un patrimonio en la Iglesia que ya desde sus comienzos es intangible; pero hay también muchos pormenores en que los religiosos deben adaptarse a los gustos y a las necesidades variables de los hombres.

LXII. Presten atención a esto las religiosas, en cuanto a usos y formas que impiden servir a la causa de Jesús y de la Iglesia como el mundo de hoy exige. Formen técnicamente bien a sus monjas en los diversos oficios.

LXIII. Sepan las Superioras Generales que están llamadas ante todo a infundir en la vida común el calor de los afectos familiares.

Pío XII

a

¡Dios te salve, María!

¡Dios te salve, María Inmaculada,
de esplendorosa luz y gracia llena,
divino sol de fúlgida alborada,
fragante rosa, cándida azucena,
de los cielos encanto y alegría,
¡Dios te salve, María!...

Tu corazón de Madre es como estrella
que recibe de Dios su lumbre pura
y resplandece, fulgurante y bella,
sobre la noche trágica y oscura
del humano vivir, cuyos abrojos
abrasa el fuego de tus dulces ojos...

Si en este valle de amarguras lleno
el dolor nos aflige y nos quebranta,
con fe nos arrojamos, Virgen Santa,
en tu regazo compasivo y bueno,
manantial de dulzuras celestiales
para todos los míseros mortales...

No quieras que nos falte, ¡oh Madre pura!,
el calor y la miel de tu cariño...
Buscamos en tus brazos la ternura
que encuentra el débil, balbuciente niño,
pegado al pecho de su madre buena,
fuera de! cual su vida es llanto y pena...

Abrase en nuestros pechos pecadores
tu amorosa bondad la sucia escoria,
y abiertos nuestros labios, como flores,
para cantar el himno de tu gloria,
inflame nuestra vida el ansia fuerte
de amarte y bendecirte hasta la muerte...

Tus manos de suavísima clemencia
dirijan nuestros pasos hacia el cielo... ;
y alivien la nostálgica dolencia
de nuestras almas en el triste suelo
tus dulces ojos, iris de bonanza,
que son nuestro consuelo y esperanza...

Felices nuestros ojos si te miran,
y nuestros labios si a cantarte llegan,
y nuestros pechos si por Ti suspiran,
y nuestras almas si su amor te entregan,
y ganan en su triste desventura
el tesoro sin par de tu ternura...

¡Dios te salve, clarísimo lucero
de paz y amor que al pobre pecho imanta!...
Besar tu pie santísimo yo quiero,
que la cabeza de Luzbel quebranta,
y cantarte en mi última agonía
¡Dios te salve, María!...

Jesús Galbis