Florecillas franciscanas del santo retiro de Chelva
II. La aurora amaneció
Para Chelva franciscana amaneció la aurora riente y jubilosa... No vino del cielo triste y nebuloso de Santiago de Compostela, en donde un día Francisco de Asís, andante peregrino, como aquellos romeros de ansias e ideales divinos de la Edad Media, después de levantar el polvo de la calzada romana transitándola con paso lento durante largo tiempo, tuvo el placer y la efusión de postrarse de hinojos ante el Hijo del Trueno, que en espléndido y maravilloso sepulcro descansa en la gloriosa ciudad jacobea... No vino de tierras españolas, en donde, según tradición constante y autorizada, los reverberos franciscanos, desprendidos del mismo sol del corazón abrasado del Santo Fundador, ahuyentaron las neblinas de la Indiferencia, para abrir regueros de luz —las sendas luminosas— que irradiaron por distintas direcciones estelas de santidad y de virtud, desprendidas de los primeros discípulos, que en España levantaron cenobios, conventos y soledades para que las almas fervorosas encontraran la paz y la santidad que anhelaban...
Ni siquiera vino de las tierras floridas de Valencia, en donde los albores seráficos vertieron luz y sangre en las primeras rosas de martirio y pasión, ofrendas del P. Francisco a España —los mártires Beatos Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato—. y que más tarde fueron deshojadas por la cimitarra del verdugo islámico, en la misma ciudad del Turia, después de haber perfumado, Con los aromas de sus heroísmos ejemplares, las nobles y valientes tierras de Teruel... (La aurora que amaneció riente y jubilosa en la franciscana Chelva vino de regiones mucho más lejanas... Vino de la florida y poética Italia, pero por conducto también de un héroe abnegado y famoso de la Orden Franciscana, el glorioso San Bernardino de Sena.
La bella ciudad de Aquila, que se levanta como augusta matrona en el reino de Nápoles ofreciendo sus lindezas y encantos a todos sus moradores, entre los que destacan muchos españoles, es el marco dorado y deslumbrante en el que brilla con destellos de gloria la gran figura del Comisario General de la Orden Franciscana en Italia.
La misión de tan esclarecida figura en dicha ciudad de Aquila es visitar los distintos conventos que, como místicos palomares de oración y santidad, adornan los linderos de aquella ciudad que descansa feliz y dichosa en las latitudes del reino de Nápoles.
Aunque ese es el objetivo principal de su visita, no puede desaprovechar la divina coyuntura que el Señor le depara para que su verbo elocuente y extraordinario excite la piedad de sus moradores y los prenda en las redes misteriosas de su celo apostólico.

No puede quejarse Bernardino de la apatía y de la dejadez de los fieles habitantes de Aquila. Al anuncio de que les ha de hablar, las plazas y las calles se ven animadas en gran manera, como si algún acontecimiento raro y solemne ocurriera. Y así es en realidad. La palabra elocuente y sobrehumana del apóstol italiano ha sacudido las fibras todas de cuantos acudieron a escuchar las divinas alabanzas de aquel que sólo piensa en la gloria de Dios y en la salvación de las almas. Si las puertas de la ciudad de Aquila se le abren de par en par para que Bernardino y su séquito pudiera penetrar en ella, mucho más se le abren ahora las puertas de los corazones todos, hambrientos de escuchar su palabra. Es hechicera y persuasiva. Tiene hechizos y reverberos del cielo. Es algo insólito que allí donde se deja escuchar allí prende en divinas floraciones de anhelos y ansias de santidad.
Hay momentos en que todos los corazones de sus oyentes, embelesados y atónitos, se rinden al peso fulgurante de su verbo privilegiado. No importa que algunos de sus oyentes hayan permanecido al margen de la virtud y de la santidad. Ahora no pueden menos de rendirse, y se abren a los efluvios de la brisa divina del don excelso de la gracia que cae a torrentes de los labios de Bernardino. Aunque hayan sido duros como roca y pedernal refractario a todo bien, ahora se abren dulcemente, graciosamente, blandamente, como la tierra dura se abre al surco generoso de la siembra, como las flores se abren al beso del sol naciente, a quien sonríen con la alegría hechicera de su perfume exquisito que lo embriaga todo de dicha y de amor.
Como cae de la fuente rumorosa la linfa cristalina que la recoge estremecida en el cuenco de su tazón alabastrino, cantándole con sus sonrisas de cristal, así cayó en el corazón de todos los que le escuchaban la palabra taumatúrgica del gran apóstol franciscano, que en Aquila hizo numerosa siembra de virtudes cristianas. Los ánimos de todos sus oyentes, que atónitos y embelesados le escuchaban, pretendían seguir las huellas luminosas que les señalaba su espíritu evangélico. Muchos no pudieron menos de caer prendidos en las divinas redes de su fervor franciscano para dejar casa, familia y bienes y alistarse en la serie de fervorosos religiosos que siguiendo al gran Restaurador de la observancia franciscana encontraban en su convento recoleto la paz, la dicha y la felicidad que el mundo no les podía dar, a pesar de haberla buscado tanto tiempo, en todos los caminos de la vida.
Bernardino, en medio de tan numerosa concurrencia, va recogiendo el dorado fruto de su predicación apostólica. Jóvenes de edad madura, y hasta ancianos, deciden resueltamente seguir sin titubeos al gran modelo de la observancia seráfica. Las gentes, maravilladas ante la cosecha numerosa, lloran de dicha y de felicidad por haber visto de una manera clara la verdad del Evangelio, que promete el ciento por uno y la vida eterna a los que saben desprenderse de los lazos del mundo y de la carne.
De pronto, ante la admiración de todos los espectadores, aparece una figura destacada en aquellos reinos de Nápoles por su alcurnia y nobleza. Es de origen español y lleva grabado en su rostro el sello luminoso de los que sueñan y buscan cosas grandes en la tierra para que después permanezcan en el cielo. Es un apuesto doncel, de mirada penetrante, de ensueños divinos y de rostro iluminado por una gracia extraordinaria de Dios, que se ha abierto paso entre toda la multitud para hablarle al gran apóstol franciscano.
Bernardino ha dado órdenes para que pueda pasar fácilmente hasta su presencia y le pueda manifestar sus anhelos.
Todos le han reconocido. Es don Pedro Ladrón de Vilanova. Es el vizconde de Chelva, como todos le llaman. Su historia está toda centelleante de alcurnia y nobleza. El espíritu bélico y guerrero de su cuna y familia le alumbran en todos los senderos de su vida.
Al verle con firme resolución, en sus mejillas dibujada, la numerosa concurrencia no puede menos de hacerse estas preguntas: ¿Querrá también abandonar su lustre y alcurnia para vestir la librea de los verdaderos seguidores de Francisco de Asís? ¿Serán problemas de guerra los que pretenda comunicar al gran apóstol dé Sena aquel joven que milita en las banderas del rey de Nápoles? ¿Pretenderá comunicarle asuntos morales que le torturan el alma, le roban la alegría y le lanzan por los mares encrespados de la duda y de la vacilación? ¿Acaso habrán aflorado en sus labios de miel el ajenjo torturante de la traición, la espina desgarradora del desengaño, la hiel amarga de la felonía y del deshonor?
Algún problema más interesante que todos esos debe preocupar al vizconde de Chelva. Las demostraciones de alegría que han aureolado el rostro sereno de Bernardino de Sena lo dejan entrever. Y así fue en realidad. Las mismas gentes que estupefactas contemplan a los dos, han podido comprender algo de lo que están tratando. Sobre todo cuando han oído unas palabras sueltas que son la expresión de todo cuanto están tratando. Valencia... Chelva... España. Y al eco de esas palabras, que despiertan en todos los oyentes nimbos de ensueños y de divinos ideales, los dos interlocutores se animan y se sienten arrobados en transportes de una alegría y de un gozo especial que les transfigura y les ilumina con destellos de risueño amanecer.
«Yo quisiera —dice el doncel lleno de ilusión y de esperanza— que en mis tierras españolas, en Chelva, región maravillosa de la bellísima Valencia, vinieran tus hijos a establecer su morada, entre las augustas soledades que mis dominios y mi título nobiliario extienden por allí. En tan retirado lugar, en donde la Providencia ha abierto generosamente sus manos, estoy seguro que vuestros hijos encontrarían la paz, la quietud, el bienestar divino y, sobre todo, un nido de santidad en el que todos sus moradores hallarán el divino ideal de 1a observancia franciscana.»
Bernardino de Sena, iluminado su rostro con un halo de beatitud y con los ojos abiertos contemplando panoramas y horizontes infinitos de belleza y amor, no puede menos de exclamar: «Iremos a España..., a Valencia..., a Chelva... El Señor, aquí en tierras de Aquila, dentro del reinado de Nápoles, nos ofrece una fundación en los dominios de España. La aurora, nacida en tierras italianas, alumbrará en tierras españolas para que amanezca en Chelva la luz de una aurora centelleante de virtud y santidad, que sea la que abra la serie de conventos de la observancia franciscana en toda la gran familia española.»
Realmente, por mediación de Bernardino de Sena y por indicación del vizconde de Chelva, la Orden Franciscana, en su estricta observancia, amaneció riente y jubilosa como una espléndida aurora...
P. Bernardino Rubert Candau, ofm
Reforma de los mandamientos
El señor Cura de X puso este aviso en la puerta de su iglesia:
«Como a muchos parroquianos parece les estorban algunos mandamientos de la Ley de Dios, con el presente aviso convoco a todos para un conferencia que se tendrá en el atrio de la iglesia parroquial con el objeto de reformar dichos mandamientos, el próximo domingo, a las cinco de la tarde.»
Llegó el domingo y llegó la tarde, y llegaron las cinco y llegó el señor Cura y todo el pueblo en masa.
El señor Cura.—Amados parroquianos: llegó la hora deseada; por fin vamos a cambiar los mandamientos a gusto de todos; pero antes una advertencia: sólo podréis decir: «Sí, Padre», o «No, Padre»; y una vez que la inmensa mayoría haya dicho una cosa, los pocos descontentos se habrán de sujetar, puesto que los mandamientos se dan para toda la sociedad en general, y no para algunos en particular.
Todos. — ¡Conformes ! ¡Muy conformes ! ¡Muy bien! ¡Viva el señor Cura!
Señor Cura. — Empecemos. Primer mandamiento: «Amar a Dios sobre todas las cosas». Supongo que nadie tendrá nada contra este mandamiento, pues poco os preocupáis del mismo.
Todos. — ¡No, Padre!
Señor Cura. — Así, pues, ¿lo conservamos?
Todos. — Sí, Padre.
Señor Cura.—Bueno, ya tenemos uno. El segundo. «No tomar el nombre de Dios en vano». Este lo quitaremos, de modo que en adelante os acusen los farsantes; vuestros enemigos podrán jurar que es cierto que habéis cometido un crimen, aunque no hayáis pensado en el mismo; y que los niños y los mayores blasfemen como energúmenos...
Todos. — ¡No, no!
Señor Cura. — Callad, no me interrumpáis; bien, pues si os empeñáis, lo conservaremos.
Todos. — Sí, sí, Padre.
Señor Cura. — Ya tenemos dos. El tercero, «Santificar las fiestas». Quitémosle. En adelante, vosotros, obreros y empleados en trabajos fuertes y de fábricas, etc., habréis de trabajar todos los domingos.
Todos. — ¡No, no!
Señor Cura. — Pues qué, ¿lo vamos a retener también?
Todos. — Sí, Padre; sí, Padre.
Señor Cura. — Vamos para el cuarto: «Honrar padre y madre». Padres, los hijos ya no tendrán que obedeceros ni amaros y os podrán echar a la calle cuando seáis viejos.
Los padres. — ¡No, no!
Señor Cura. — Y los padres podrán maltratar a sus hijos, no darles de comer...
Los hijos. —¡No, no!
Señor Cura. — Pues qué, ¿lo dejamos?
Todos. — Sí, sí.
Señor Cura.—Ahora toca el quinto mandamiento. Vamos a ver, en adelante cualquiera os podrá matar o arrancar los ojos, o dejaros rengos, o...
Todos. — ¡No, no! ¡Eso no!
Señor Cura. — ¿De modo que lo retenemos también?
Todos. — ¡Síííí!
Señor Cura. — Ya tenemos cinco. Vayamos al sexto. Este y el noveno que van juntos parece que sí los habremos de quitar. Padres y madres, ¿queréis que vuestros hijos e hijas os deshonren con una vida escandalosa, que vivan como animales y el dinero lo gasten en vicios?
Los padres y madres. —¡No, no!
Señor Cura.—Vosotros jóvenes, ¿consentís que vuestros padres rebajen su honor y desprecien a vuestras madres y pongan división en el hogar no cuidando de vosotros, sino de sus degradantes placeres?
Todos los jóvenes. — ¡No, no!
Señor Cura. — Vosotros, esposos y esposas, ¿queréis que vuestras compañeras os sean infieles y os traicionen y os abandonen?
Esposas y esposos. — ¡No, no!
Señor Cura. — ¿Entonces los vamos a dejar?
Todos.— ¡Sí, sí!
Señor Cura.— Bien. Miremos ahora el séptimo y el décimo. Vamos a quitarlos, y así será lícito robar y no pagar el jornal debido; y los trabajadores podrán estafar a los amos, y cualquiera os podrá quitar los bienes y la hacienda.
Todos.— ¡No, no!
Señor Cura.— Bueno. Pues ya tenemos nueve. Falta uno, el octavo, que es no levantar falsos testimonios ni mentir. Quitaremos éste para que se os pueda acusar de falsos crímenes y atribuiros malas acciones, sobre todo las mujeres podrán hablar mal de vosotras...
Todos. — ¡No, no! (Gritería ensordecedora.)
Señor Cura.— ¡Vaya, pues si os empeñáis lo dejaremos!
Todos.— ¡Sí, síííí!
Señor Cura. — Pues ya tenemos otra vez enteritos los diez mandamientos. ¿No decíais que no os gustaban? ¡Ah, hermanos míos! Aprended esta lección que vosotros os habéis dado. Dios, que es sabio y bueno y conoce lo que conviene al hombre, a la familia y a la sociedad, lo ha puesto para nuestro bien y provecho.
Cultura religiosa
La confesión
Después de los ataques que los cristianos hubieron de sufrir, por parte de judíos y paganos, durante los primeros siglos de la Iglesia, se gozaba en ella de una relativa tranquilidad, con la seguridad de poseer la verdad en el aspecto dogmático e histórico. Pero como en este mundo no puede haber tranquilidad perdurable, llegó el siglo XVIII, y con él Voltaire y sus enciclopedistas. Secta que intentó siempre destruir el convencimiento de la divinidad de Jesucristo; para lo cual les pareció lo más conducente a tan infame proyecto afirmar que Cristo había conseguido engañar a sus contemporáneos.
Según esto, Jesús sería un falsario. Olvidaron al ejército de mártires dando testimonio de la divinidad del Señor.
Según el naturalista Paulus (año 1812), Jesús no intentó engañar a nadie; pero los apóstoles y demás discípulos creyeron ver milagros en donde no había más que fuerzas y hechos naturales. El año 1825 aparece Straus, tan naturalista como el tal Paulus, rebatiéndole. Según Straus, es una necedad pensar que los apóstoles y demás lectores de los Evangelios introdujesen semejantes ideas en el cristianismo en esa forma; la leyenda popular idealizó la figura de Cristo hasta convertir en mito toda su historia. Intenta Straus llevarnos a la conclusión de que los Evangelios no fueron escritos hasta el año 150, y por tanto, sus autores no pudieron ser contemporáneos de los apóstoles.
Es curioso comprobar cómo los enemigos del catolicismo se van refutando sucesivamente. Ahí tenéis a Baur y al mismísimo Renán, en el año 1847, contradiciendo a su famoso antecesor en ideas racionalistas. Baur concede fecha 130 a los Evangelios y Renán dice que los cristianos leían en el siglo primero los Santos Evangelios; de manera que, a más tardar, fueron escritos el año 76 de nuestra era.
¿Conocéis al protestante y agnóstico alemán Harnack y al desdichado apóstata francés Loisy? También éstos rebaten a sus antecesores compadres racionalistas. Afirman ya, con datos irrebatibles, que los Evangelios eran conocidos en toda la ribera oriental del Mediterráneo el año 76. Debían, pues, estar escritos bastante antes de esta última fecha.
Señala Harnack definitivamente los años del 70 al 30 como fecha en la que fueron escritos los Santos Evangelios. Estamos, pues, en el campo católico. Es decir, nuestros enemigos, que han estudiado este asunto imparcialmente, conceden y reconocen al Evangelio contemporaneidad apostólica. El error ha terminado por ceder ante la verdad histórica, que es precisamente lo que veníamos sabiendo en el catolicismo tiempo ha.
¡Cuánta verdad es que «poca ciencia aparta de Dios y mucha ciencia, por lo menos, está camino de conocer lo que también es científico, a saber: la Iglesia Católica posee toda la verdad religiosa»!
P. Lorenzo Cervera, ofm
In memoriam
P. Miguel Ángel Briz Requena
El día 3 de julio del año 1956, séptimo aniversario de su ordenación sacerdotal, en el convento franciscano de San Lorenzo, de Valencia, pasó de este mundo a mejor vida, confortado con los últimos auxilios espirituales, el Rdo. P. Miguel Ángel Briz Requena, a la temprana edad de treinta y tres años, a consecuencia de un ataque de uremia.
Nació en Tous (Valencia) el 22 de junio de 1923. Cursó Humanidades en el seminario Seráfico de Benisa (Alicante). El 13 de septiembre de 1943 vistió el Santo Hábito de San Francisco en el Real Monasterio de Misioneros de Santo Espíritu del Monte, profesando la Regla franciscana pasado el año de Noviciado, el 29 de septiembre de 1944. Tras brillante carrera se ordenó de sacerdote el 3 de septiembre de 1949. Y luego amplió sus estudios en la Universidad de Comillas, en donde se licenció en Filosofía. Al morir era Vicario y profesor en el convento de Padres Franciscanos de Cocentaina, Seminario de Filosofía de la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón, y colaborador de La Acción Antoniana.
Damos nuestro sentido pésame a sus familiares y pedimos a nuestros lectores una oración por el alma de este finado.
Noticias
Su Santidad firma el Decreto de beatificación de Inocencio XI
Ciudad del Vaticano, 18 de agosto. — El Padre Santo ha firmado el Decreto de beatificación del Papa Inocencio XI, cuya ceremonia se verificará el 21 de octubre próximo en la Basílica de San Pedro.
Inocencio XI, nacido Benedetto Descalchi, vino al mundo en el año 1610 y reinó como Papa desde 1676 a 1689. El Papa Inocencio XI jugó un importante papel en conservar a Europa central frente al Imperio turco-otomano.
El Vaticano ha calificado oficialmente al Papa Inocencio XI de «Uno de los mejores Pontífices por sus nobles ideales y vida Santa».
La beatificación del Cardenal Merry del Val
La Sagrada Congregación de Ritos examinó, el día 24 del pasado julio, los escritos y la causa de beatificación del Cardenal Merry del Val, que fue Secretario de Estado durante el Pontificado de San Pío X.
Exposición artístico-misional chino-japonesa
El día 21 del pasado julio, a las siete de la tarde, se inauguró en el salón de Exposiciones del Palacio Provincial de Archivos y Bibliotecas de Teruel, una Exposición artístico-misional china-japonesa, facilitada por la comunidad de Padres franciscanos de dicha ciudad y patrocinada por el Instituto de Estudios Turolenses de la Excelentísima Diputación Provincial de Teruel, adscrito al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. La Exposición, compuesta de cuarenta y tres objetos diferentes y colección de sellos y fotografías, ha sido una de las que han llamado la atención, siendo visitada por numeroso público, que ha quedado prendado en la filigrana y talla de las piezas expuestas. Al acto de clausura asistió el Excmo. Sr. Gobernador civil de la provincia y en la apertura estuvo presente el Excmo. y Rmo. Sr. Obispo de la diócesis Fr. León Villuendas Polo, O. F. M.
La comunidad de Padres franciscanos ha dedicado una vez más a la ciudad la parte espiritual que tantas veces se le ha venido ofreciendo y promete seguir aportando, en la medida de sus posibilidades, nuevos elementos que contribuyan a cultivar la cultura y la expansión espiritual de la ciudad.
Distinciones al P. Vicente Pérez Jorge
En la Asamblea Nacional de Maestros de Capilla y compositores celebrada en Vitoria durante las primeras fecha; de agosto con objeto de estudiar, en orden a la aplicación práctica, la Encíclica Musicae Sacrae Disciplina, de Pío XII, el P. Vicente Pérez Jorge conquistó un triunfo resonante en su ponencia «Los coros mixtos», mereciendo las más calurosas felicitaciones del señor Obispo de la diócesis e ilustres asambleístas.
También el P. Vicente Pérez Jorge ha dado un cursillo de Modalidad Gregoriana a los estudiantes teólogos terciarios capuchinos del convento de Nuestra Señora del Rosario, de Hellín (Albacete).
Felicitamos efusivamente al P. Vicente y nos congratulamos de sus triunfos y distinciones.
Bodas de diamante de la restauración de la Provincia Seráfica de Andalucía
La Provincia Seráfica de Andalucía ha celebrado, de una manera digna de su gloriosa historia, el setenta y cinco aniversario de su restauración, que se cumplió el día 2 del pasado mes de julio (1881-1956).
El día 22 de junio comenzó una novena , que estuvo muy concurrida; pero los actos principales conmemorativos tuvieron lugar el día 1 de julio: solemne misa que ofició el P. Provincial Fr. Julio Elorza; magna procesión con las imágenes de San Francisco de Asís y la Santísima Virgen de Loreto, presidida por el P. Pascual Menero, Visitador General de la Orden en la Seráfica Provincia de Andalucía, y velada literario-musical, que cerró con broche de oro el P. fray Pascual Menero.
Solemne traslado del cuerpo del Venerable Juan Duns Escoto
En Colonia (Alemania) el Rmo. P. General de los Franciscanos Conventuales, el día 30 del pasado agosto, celebró una misa solemne en la iglesia Minorítica, restaurada recientemente, y el día 31 del mismo mes fue trasladado, con gran pompa y solemnidad, a la citada iglesia el cuerpo del Venerable Juan Duns Escoto, que se hallaba hasta ahora en el tesoro de la Catedral.
Bodas de oro de la Provincia de la Inmaculada
El día 13 de mayo de 1906 fue agregada a la Tercera Orden Regular de San Francisco la Congregación de Religiosos Terciarios de Mallorca y creada la Seráfica Provincia de la Inmaculada Concepción en España.
Se han cumplido cincuenta años.
Con tal motivo los Padres terciarios regulares han celebrado los siguientes actos conmemorativos: Inauguración del nuevo Convento-Noviciado en el Santuario de Nuestra Señora de Cura; exposición histórico-estadístico-misional de la Seráfica Provincia; magna concentración de terciarios franciscanos en La Porciúncula; solemne triduo de acción de gracias en la Basílica de San Francisco, en Palma; inauguración de un nuevo órgano y concierto vocal; Congreso Internacional de Ministros Provinciales de la Tercera Orden Regular; funerales en sufragio del P. Antonio Ripoll, fundador de los Terciarios Franciscanos Mallorquines.
Boro el Ninot
(cuento)
Todos los años el abuelito recibía el día de su santo la visita de sus nietecitos para que les contara un cuento y darse ellos un atracón de buñuelos. Llegados todos como a toque de recreo de colegio, le rogaban que empezase a contar algo nuevo de su vida pasada, ya fuera cuento o historia.
—Sentaos y estarse quietecitos, o si no no os cuento un cuento, ya que habéis venido a felicitarme—, les dijo el ilusionado abuelito.
—¡Sí, sí! Cuéntanos algo, abuelito...—, respondieron a coro.
—En un pueblecito de la ribera del Júcar había un señor que se llamaba Boro el Ninot, que en cierta ocasión se fue del pueblo a las Repúblicas americanas, donde negociando con café, azúcar y tabaco hizo una inmensa fortuna. A su llegada al pueblo todos los guasones empezaron a saludarle y pedirle dinero, después de ser éstos los que le insultaban y burlaban, y le pusieron el mote de Boro el Ninot. Debido a su fortuna le nombraron presidente de honor de todas las sociedades que habían en el pueblo, y hasta lo nombraron por unanimidad Alcalde, haciéndole ver que el pueblo siempre estaba lo mismo de abandonado y falto de un buen grupo escolar, una buena iglesia, lavadero, un hospitalito y un campo de fútbol.
Boro el Ninot, que así le llamaban cuando era un don nadie, ahora le llamaban todos al nombrarlo Alcalde don Salvador Mata del Castillo. Se empezaron todas las obras a la par, y se comprometió a hacer en el plazo de un año entrega de las obras terminadas. Todo el pueblecito estaba contento y era elogiado por todo el vecindario, y el día que se inauguraron aquellas ya referidas obras acordaron en la Sociedad Ateneo Musical rotular con su nombre la mejor plaza y dedicarle un monumento de bronce y piedra.
Pero transcurridos los años un incendio casual en la iglesia tomó tal incremento que ardieron los bancos y altares. Pero nadie se había atrevido a entrar, porque la iglesia se había convertido en una verdadera hoguera y peligraba que de un momento a otro la techumbre se hundiera. Pero él, ni corto ni perezoso, e impulsado por la fe, que era más rica que su fortuna, no dudó en entrar a salvar las imágenes de más devoción del pueblo, a pesar de las súplicas del público porque peligraba su vida. Pero él no hizo caso y entró atravesando las llamas y saltando escombros hasta conseguir poner a salvo las imágenes de los Santos Patronos del pueblo, Santa Teresa y San Vicente Ferrer, cuando ya estaban ahumados por las llamas.
A la tercera vez que entró en el templo para librar del fuego las santas imágenes, no faltó quien le dijo: Es un sant de bó qu'es, de generós i sencillot; salvó el Santísimo, y llevándolo con sus manos, cogido y apretado sobre su pecho, cuando ya se hallaba en los lindes de la puerta de la iglesia ésta se derrumbó, alcanzando a don Salvador, que halló la muerte en acto heroico; vivo ejemplo para toda aquella gente que siempre estaba predispuesta más al mal que al bien, incapaz de arriesgar nada por la fe, luz eterna de la vida; y aquel a quien le llamaban Ninot demostró ser «todo un hombre» cristiano y heroico.
¡Cuántos hay que no saben que para ser un personaje hay que poseer dos cualidades o ser un gran talento, como lo fue el italiano Miguel Ángel, o un San Francisco de Asís, que repartió toda su inmensa fortuna entre los pobres, y de lo contrario, es ser menos que un ninot!
—Abuelito, ¿y por qué se llamaba Boro el Ninot?
—Por su forma cómoda de vestir, libre de modas, con su capa parda y medio vieja y su sombrero de ala ancha... Ved, pues, hijos míos, que con orgullo no se gana y atrae 1a simpatía de un pueblo. Lo que llama a un pueblo es un corazón generoso más que ese fuego de orgullo y soberbia que se adivina en los ojos de muchos que blasonan, y que en vida no ven la gloria soñada, a pesar de comprar a peso de oro su nombre. Y así murió el tío Ninot, hecho un santo, sirviendo de magnífico ejemplo en aquel pueblecito de la ribera del río Júcar.
Miguel Blat Monzó
Valencia, marzo de 1956.—


