Canción espiritual
A San Pedro Regalado,
figura preeminente de la Orden Franciscana y Patrono e hijo de Valladolid,
en el V centenario de su gloriosa muerte.
Era él... Era él... Era él... Era él... Era él... Era él... Era él... Era él... De las cuerdas sutiles y frágiles Sus canciones son ayes ardientes, |
«Yo no puedo, Señor —va diciendo—, »Yo no quiero otra cosa, Dios mío; »Para mí no hay idilios ni encantos »Un placer para mí sólo existe: * * * Se cerraron los labios purísimos |
Mucho puede el nombre de Teresa
Una de tantas estrofas felices con las que nos regalara el recio poeta de la buena habla castellana, él, don Eduardo Marquina, el del dramatizar con gallardía, evocando a los héroes de la raza, el del lirizar con odas de finezas singulares.
«Una fuente escondida
y un caminar con sed,
y al final del camino
detenerme y beber.»
Y me vino a la memoria la estrofa cuando me disponía a escribir un elogio de la Santa Madre, loada por uno de sus más célebres historiadores con este fraseo que vale para leyenda sepulcral: «Tu nombre es uno de los que despiden más viva y más hermosa luz en el firmamento: del catolicismo. ¡Es una fuerza y un poderío en la Iglesia de Dios!»
Santa Madre Teresa: yo que me he atrevido tantas veces con los héroes de la virtud y los hidalgos de la patria española; yo que tantas veces he entrado por el mundo de las celebridades de la Santa Iglesia y he dicho loores de santos eximios, de valientes mártires, austeros cenobitas, apóstoles ardientes y vírgenes hermanas de nieves y azucenas, cuando intento trenzar los períodos de un artículo para celebrar tus méritos siento indecisión y de antemano descontento de mi labor. Porque eres tan grande, porque fueron tantas y de tan alta monta tus empresas, que todo encomio me parece poco; poco para lo que tú mereces, y poco para el concepto que yo tengo de tu valer, ante Dios y ante los hombres.
. Bah, pero amor no se detiene en niñerías de cumplimiento y va a la verdad del caso con pie seguro cuando el amor guía. Y ello es así. Desde niño, desde que la conocí en mi hogar cristiano y castellano, siempre la Madre Teresa fue para mí... eso, lo del poeta; por lo mística, «una fuente escondida»; por el celo de la gloria de Dios, «un caminar con sed».
Una fuente escondida. — Cuando ganó el castillo y fue recorriendo sus moradas, y en ellas le fue dado oír las voces del Amado,-y conocer los secretos celestiales, y gustar todas las mieles de las divinas delicias, entonces fue cuando, amaestrada por la Sabiduría infinita, cogió la pluma y nos entregó la maravilla de sus libros tan ricos en documentos de divino saber. Mater Spiritualium leemos al pie de su estatua en el Vaticano. Escribía asistida del cielo. Varias monjitas la vieron que mientras escribía tenía el rostro iluminado, y en cierta ocasión, al terminar de escribir, la vieron de rodillas con los brazos en cruz largo rato. Una monjita nota que escribía con mucha rapidez. Decía ella misma que era la letra como esos pajaritos «que enseñan a hablar, no saben más de lo que les muestran u oyen».
Y un caminar con sed. — Me compromete el verso, ceñido por el espacio de que dispongo. Qué no dijera yo con lo que sé del hazañar de la Santa y con lo que la quiero, teniendo que hablar de la mal llamada monja «andariega»... Gloriosamente andariega, siempre en campaña por Dios y la Santa Iglesia. Esos luteranos que destruyen iglesias..., levantar quisiera yo tantas como destruyen, y por eso siempre metida en fundaciones. Lo que gozaba cada vez que inauguraba un «portalillo» donde sus religiosas adoraran al Santísimo. Y nadie la detenía, lo arrollaba todo, podía con todo: egoísmos, mal querer, envidias. Érase una vez la cuestión muy discutida; pregunta el Obispo de Ávila Mendoza:
—¿Eso lo quiere la Madre Teresa?
—Sí.
—Pues se hará, porque la Madre Teresa busca siempre a Dios, y por eso siempre triunfa.
Ya decían que tenía corazón de varón y muy varón. En atravesándose la gloria de Dios... al mismo Rey iba, movía todos los resortes, y con amor de Dios mucho, y voluntad de roca, y aquella su gracia irresistible, irresistible resultaba.
Claro que iba Dios con ella. Hablando de la fundación de Burgos, escribe: «Aparecióme el Señor... Tú pártete luego a Burgos donde tendrás muchas contradicciones..., pero saldrás con ello, que mucho puede el nombre de Teresa dé Jesús.» Válgame Dios, ahora entiendo, cuando el mismo Señor dijera que el nombre de Teresa podía mucho...
¡Y si puede! En fin, una fuente escondida, que mana rica espiritualidad, y un caminar con sed, eso fue la gran Santa Teresa, la nuestra, la gloria de la Santa Iglesia y de la patria que la viera nacer. La siempre sedienta de más gloria de Dios... hasta que al fin descansó. Aunque Santa Teresa sigue operando desde el cielo, que su nombre es apellido de batalla, su sola memoria inflama, y desde el cielo sigue siendo la gran conquistadora de corazones para Dios. Y sus hijas..., escribe un buen crítico francés, "une conversation aux grilles d'un Carmel fait peut-étre mieux connaitre que tels y tels livres allemands l'essence du christianisme". En fin, para qué más, si le dijo Cristo: «Tú en Mí y Yo en ti.»
Vicente Monroy Alaguero, redentorista
IV Centenario de la muerte de San Ignacio
Ha sido todo el País Vasco el que ha honrado a San Ignacio a lo largo del Año Jubilar. Por el santo recinto de su santuario han ido desfilando los bravos pescadores del Cantábrico, los laboriosos labrar dores de los campos guipuzcoanos. Loyola ha recogido el homenaje de los humilde artesanos y de las grandes empresas... y ha bendecido la vida entera del país de Iñigo.
En la tarde del último domingo de julio se desbordó en Loyola la vena musical del vascongado, y los peregrinos pudieron regustar el concierto-homenaje que el Orfeón Donostiarra tributaba a nuestro Santo Patrono. Ha sido todo el País Vasco el que se ha postrado en Loyola. Y no rinde culto a un hombre que fue: Iñigo sigue viviendo, y su personalidad alienta en la pujante vitalidad de su Compañía, en las directrices inconmovibles que dio a la Iglesia. Y el vasco, arrodillado ante la figura inmortal de su Patrono, ve la realización más acabada de sus aspiraciones religiosas, una encarnación canonizada de sus virtudes.
* * *
El remate del Año Jubilar ha alcanzado una significación ecuménica, expandiendo por toda la catolicidad el eco de sus voces y los ardores de sus entusiasmos religiosos. S. S. Pío XII se hizo presente en la persona del Cardenal Giuseppe Siri, que el día 30 hizo su entrada en la Basílica de Loyola entre los clamores de multitudes que vitoreaban al Papa y al Santo de Loyola.
El Cardenal Legada hizo su apoteósica entrada por la Gran Avenida, y al pie de la estatua de San Ignacio tuvo lugar la recepción de los prelados y Autoridades civiles. Una comitiva lucida acompañó al Cardenal hasta el atrio de la Basílica. Y mientras el coro entonaba el Tu es Petrus, el Legado Pontificio subió las gradas del altar...
El público que colmaba toda la Basílica acogió en respetuoso silencio el mensaje que leyó el Cardenal. Su Eminencia agradeció todas las muestras de entusiasmo y filial cariño que recogiera a su paso por la franja roqueña de la costa cantábrica y entre las frondas y rías que bordean las carreteras. Su mente recordaba las fervientes manifestaciones de Orio, Zarauz, Cestona..., y a todos los pueblos guipuzcoanos llegaba su bendición más colmada.
En la noche que anhelosa aguardaba la aurora del 31 de julio se congregaron en Loyola miles y miles de adoradores. Su religiosidad, robusta como el roble milenario de nuestros bosques, pobló la noche de cantos y de luces...
Amaneció el 31 de julio. Se cumplía el cuarto centenario de la muerte de Iñigo. Y todo el país saludaba la aurora de su fiesta, dilatándose en el son vibrante de un himno marcial:
«Iñazio, gure Zaindari aundia...»
Hasta las brumas norteñas quisieron sumarse a la fiesta, y dieron a la mañana del 31 un matiz netamente cántabro en nieblas que se hermanaban con las cumbres de Izarraitz. Loyola se abría a la vida para acoger a los 25.000 peregrinos que acudían a su santuario. Y los blancos caseríos y el verde mar de sus praderas daban la bienvenida .a largas caravanas de vehículos.
Las autoridades provinciales de Vizcaya, Álava, Navarra y Guipúzcoa cayeron de hinojos ante el Capitán que esgrimió su espada en mil frentes de batalla y que, en el gesto supremo de su hidalguía, la depositó cabe las plantas de la Virgen. Cuatro campanas —regalo de las provincias vascongadas— se unían al entusiasmo de las masas y en alegre repicar colmaban de sones los aledaños de Loyola.
A las once y media hizo su entrada S. E. el Jefe del Estado con su esposa. Acudieron a recibirle los Ministros de Justicia, Asuntos Exteriores y Subsecretario de la Presidencia. En la puerta del santuario Su Excelencia fue cumplimentado por el Asistente del P. General de la Compañía P. Severino Azona y por el Rector del santuario P. Aurelio Yangüas.
En el pórtico de la Basílica se erguía un altar monumental y a sus lados se levantaron dos tribunas que ocuparon el Jefe del Estado y dignidades eclesiásticas.
A las doce en punto hizo su aparición el Cardenal Siri, cuya presencia fue acogida con una estruendosa ovación, entre el repicar de las campanas, quien después de revestirse de Pontifical comenzó la Santa Misa cara al público, que se extendía a lo largo de la amplia avenida. Un coro de mil voces —agrupación de distintas masas corales de Guipúzcoa— respondió a la dirección del P. Ignacio Prieto interpretando la Misa Choralis, de Refice. Después del Evangelio el Legado Pontificio pronunció el panegírico del Santo.
A la una y treinta finalizó la misa Pontifical, y todo Loyola coreó el Himno de San Ignacio. «Como postrer estrofa de un himno que expresa en la forma más vibrante la idea mejor», se oyó la voz del Papa, que desde Roma ensalzaba la inmortal figura de nuestro Santo Patrón, bendecía a todo el País Vasco y a las multitudes que el medio día jubiloso del 31 de julio congregaba en el solar de Loyola
Resulta difícil plasmar en dos palabras las impresiones que en el ánimo de todos han dejado las jornadas gloriosas del Año Ignaciano... Y más que imposible se hace el reducir a los estrechos límites de una crónica la emoción religiosa que inundaba todo nuestro ser en ese último día de julio que coronó el Año Jubilar de Loyola. Todo quedará para siempre en el secreto de nuestro corazón, como quedaba en nuestra mente el recuerdo de las cúpulas de Loyola que las luces de una noche memorable recortaron en la inmensidad del firmamento. Y en silencio y con respeto nos perdemos en esas voces que desde siglos cantan:
«Es dauka Eleizak — ez Euzkalerriak,
ez dauka bildurrik — iñungo aldetik.
Iñazio or dago — beti ernai daga...»
Fr. Manolo Urbieta —

