El Beato Nicolás Factor (1520-1583)

EL FRANCISCANO

En el finalizante año, que no tiene fiesta litúrgica el Beato, vaya mi simple conmemoración en La Acción Antoniana. Cabría estudiarlo en sus diferentes aspectos, en su auténtica valencianía, por ejemplo, su tierna sensibilidad y facultades artísticas; pero hoy en día que se buscan tanto los valores universales y sus concreciones, dediquemos estos pocos renglones a ver concretados en este franciscano típico sus aportaciones considerables al ansiado ideal de un franciscanismo redivivo.

Nicolás FactorEl P. Nicolás Factor Estaña, como un rosado capullo de seda, en su perfección franciscana «observante» quiso visitar los centros de perfección franciscanista en el último año de su vida. Yo, pues, con relatar el itinerario de este santo visitador místico, «Maestro de espíritu» y de espíritu franciscano, cumplo con mi articulito, dejando a pensadores más autorizados el profundizar estos hechos y sacar un doctrinal de caminantes por las vías de San Francisco.

«Quien quisiere saber por extenso todo lo que el Beato hizo en este tiempo, lea la relación jurada que en su comisión y venida a Cataluña hizo el P. Fr. Tomás Silvestre, Guardián de Chelva, de orden del Venerable P. Moreno... Toda la ausencia del Beato Nicolás fue desde el mes de abril del año 1582 hasta el 13 de diciembre de 1583... Fue su dichosa muerte viernes, entre las ocho y nueve de la mañana, día 23 de diciembre de 1583, a los cuarenta y seis años de hábito y a los sesenta y tres, cinco meses y quince días de su edad» (1).

En su glorioso itinerario visitó principalmente los lugares franciscanos, colegios de perfección franciscana nuevos, así como si entrara en ellos para estudiar y vivir las diferentes formas reformistas de aquellos venturosos días. Este es un temario, como digo, ahora en cuestión y no del todo conformemente contestado, buscando los investigadores con buen celo qué sea la esencia franciscana y sus encarnaciones más puras y auténticas a través de la historia.

Que el Beato de Valencia era reformista no hay que maravillarse, recordando el siglo en que le toca actuar y por estar consagrado a la dirección espiritual de religiosos, como Maestro de jóvenes, novicios y coristas, buscado y requerido confesor de religiosas en la capital y en todo su reino y en las Descalzas Reales de Madrid, en donde le conoció y admiró el P. Juan de los Ángeles (2). El mismo P. Nicolás lo confiesa explícitamente: «Y a todas las Religiones, reformándolas y reduciéndolas al estado de su primera y más perfecta observancia, especialmente a ésta, en la cual, aunque indigno, me habéis puesto; favoreciendo a los verdaderos celadores de ella. Dios mío, única alegría y galardón de todos los
ciudadanos del cielo, acordaos de nuestro General de esta Orden; y a los Comisarios y Provinciales y a todos los Guardianes y religiosos que tienen cargo de frailes, a todos les dad vuestro divino espíritu, favor y gracia, para que en todo hagan vuestra voluntad. Esposo mío dulcísimo, acordaos de todos los frailes de este Instituto y profesión, a los buenos dándoles nuevo espíritu y perseverancia en ella, y a los que n/" son tales y andan fuera de ella, les tocad en el corazón y les dad verdadero conocimiento, para que vuelvan a su madre la Religión»: [Esta] «es la petición que mi Padre Maestro el Beato Fray Pedro Nicolás Factor hacía en la oración y misa... (en la cual le serví yo muchas veces, y pocas veces dejó de arrobarse)... es esta misma, sin faltarle palabra» (3).

¿Qué se propuso aquel incomparable Maestro de espíritu en su visita a los Recoletos de Onda, Escornalbou y Tortosa y Capuchinos de Barcelona? (En la sacristía de la Catedral de Tarragona se conservaba, antes de nuestra guerra, un retrato del Beato en éxtasis, seguramente el retrato que mandó hacer su amigo el Arzobispo de Tarragona don Antonio Agustín cuando volvía ya a Valencia al convento de Jesús, donde murió.)

¿Qué se propuso? Es un tema que renace en busca del ideal franciscano y su acoplamiento a los tiempos actuales. «Acercándose ya el fin de sus días mortales, lo saca [Dios] de los claustros de la Observancia, lo conduce primero a los Reformados y después a los Capuchinos; deteniéndolo en ellos sólo algunos meses... Haced ahora memoria de Elías: sintiéndose ya este profeta próximo a su maravilloso rapto, parte del Carmelo y se dirige a visitar los Colegios proféticos de Betel y Jericó, como a perpetuar en ellos su espíritu... No de otra manera Nicolás, después de haber radicado su espíritu en la Observancia, mueve para las otras dos colonias de los Menores..., para perpetuarlo también en ellas; pero deteniéndose allí poco, se restituye a su primera y antigua familia» (4).

Fr. Domingo Savall, ofm
Cáceres, noviembre de 1958.

(1) Cfr. P. Beltrán: Epítome, págs. 128 y siguientes.
(2) Cfr. Triunfos, cap. de los locos de amor, 2.a parte, c- 1. Id. P. Luengo : Fr. A. de Guadalupe.
(3) Cfr. P. A. Pascua: Filocosmia Espiritual, folio 211.
(4) Cfr. Francisco Gemelli: Panegírico, traducción de José Ortiz, año 1794.

Nota de la Redacción. — La diócesis valentina y la Seráfica Provincia de Valencia celebran la fiesta litúrgica del Beato Nicolás Factor el día 33 de diciembre.

La primera Noche de Reyes

De remotos países del Oriente legendario llegaron a Belén tres sabios. Tres príncipes de linaje observadores de los astros del firmamento que vieron en el cielo la señal luminosa que anunciaba el nacimiento del Hijo de Dios.

Lo habían vaticinado las profecías. Lo habían explicado los doctores de la Ley en las sinagogas y todo Judá esperaba el advenimiento de su Salvador. Pero lo esperaba como rey guerrero, como príncipe victorioso que sacudiese el yugo dominador de los romanos y condujese a su pueblo al triunfo y a la gloria. No creía que su reinado fuese de amor y de paz. La tradición se había adulterado con el tiempo y sólo en los corazones puros anidaba la esperanza en un Mesías Redentor.

Por eso fueron sólo pastores y labriegos, gente sencilla, en suma, los que quisieron adorarle de entre los suyos, y poderosos príncipes extranjeros depositarios de la ciencia y del saber.

Uno de los humildes pastorcillos que veneraron al Niño Dios en aquella memorable noche era huérfano. Se llamaba Efraím. Sus padres habían muerto hacía algunos años y un tío suyo lo había recogido, más por interés que por caridad, para que le guardase un rebaño de ovejas. Aquella noche, como tantas otras, Efraím había recogido el hato junto a una concavidad de la montaña y se había recostado a descansar arrimado a las rocas. La noche era fría, pero al mismo tiempo serena. Caían blandamente copos de nieve poniendo un albo sudario sobre la tierra. Efraím soñaba despierto mirando las estrellas. Creía ver en ellas el alma de sus padres que gozaban de la visión del Señor.

Efraím soñaba mirando las estrellas, cuando de pronto la vio de nuevo. Era ella, estaba seguro; ahora la veía más próxima, más indistintamente, más brillante y, no le cabía duda, se movía. Ya hacía algunos días que la había observado. Hacía algunos días, quizá ocho, que le había llamado la atención aquella esplendente estrella de brillante cola, pero ahora, al verla más cercana, Efraím se sobrecogió por el extraño fenómeno. Y la estrella siguió avanzando hacia donde él estaba. Ya no le cupo duda al pobre pastorcillo de que algo sobrenatural ocurría. Y aquellas voces desusadas para la hora y el paraje.

Y aquel ruido de cascos y caballerías por el sendero normalmente solitario del pie de la colina, le hicieron descender la mirada desde lo alto hacia el caminito y vio una curiosa comitiva que a la luz de las estrellas adquiría tintes fantasmales. Varios jinetes y algunos caminantes se dirigían apresuradamente camino adelante. Efraím sintió un impulso misterioso que le arrastraba hacia la comitiva; un impulso mezcla de curiosidad y de voz interior que le hizo levantarse, echar una mirada al rebaño que dormitaba rumiando y bajar rápidamente a reunirse a los que pasaban.

Adoración de los Reyes

Iba apoyado en el cayado y con el zurrón al hombro. Las curiosas vestiduras y ropajes le llamaron la atención. Efraím iba aquella noche de sorpresa en sorpresa. Y para mayor asombro ya no sentía frío. Y unas voces dulcísimas iban oyéndose conforme se acercaban al portal. Allí estaban José y María adorando al tierno Infante y allí se había posado, indicadora, la luminosa estrella. Los Magos, un tanto sorprendidos por la pobreza del recinto que ellos habían creído suntuoso, se acercaron lentamente a depositar a los pies del Niño sus ofrendas: oro, incienso y mirra.

Allí había oro en cajas reales, perfumes en frascos de hechura oriental, inciensos en vasos de ricos metales y quesos y flores y miel de panal.

María sonreía bondadosamente. Efraím, con los ojos asombrados por todo lo que estaba viendo, echó mano al zurrón y sacó de él un queso de ovejas blanquísimo, tierno y fresco que constituía con pan todas sus provisiones. Y avanzando medrosamente depositó a los pies de la cuna su presente. Se ensanchó la sonrisa de María. El Niño le dirigió una mirada tierna y Efraím sintió su corazón traspasado por el júbilo al recibir aquella dulce mirada. Y ese fue el premio que Dios concedió a Efraím, el pastor de Belén, por tener un corazón sencillo y puro. Ese fue el obsequio que Efraím recibió de los Magos en la primera Noche de Reyes.

Felipe G. Perles Martí

¡Loca de remate!

Mirenchu, muy seriecita y desolada, añadió:

—¡Qué rabia me da...!
—¿Por qué eres así, hija? Solita, ya lo sabes tú, es muy tremenda...
—No, no. Que va en serio, mamá.

Mamá Carmen, que vergonzosamente desvestida sobre una hamaca pasaba la modorra del medio día bajo las espesas sombras de los añosos pinos de su jardín, con cierto mohín de displacer, se incorporó sobre la verde tela del mueble. Mientras el diminuto surtidor cantaba monotonías y unas matas de dalias apenas se cimbreaban, se quedó mamá Carmen mirando a su Mirenchu, que como nunca le pareció de guapa al' verla tan seriecita. No vendría Solita con sus deliciosas aventuras a perturbar como en otros años el pesado silencio de aquel jardín. ¿Qué podía ser? Era Solita la chica de Villanati, la de los señores Martínez, los de la empresa Marol, rica y única heredera, por mamá acosada para Felín.

—No intrigues, hija. ¿Qué pasa...?
—Sólo me entran ganas de llorar... ¡Qué rabia! Toma, toma—, le dijo casi tirándole la carta.

Mamá Carmen tomó la misiva, de cuidada y elegante letra. No pasó medio minuto que no tirara al suelo el escrito, gritando como energúmeno:

—¡Esta chica está loca! ¡Pero de remate! ¡Está loca...!

Mirenchu, con gruesos lagrimones en los ojos, se agachó sobre la fina arenilla del suelo y recogió el papel, sin advertir que el gran medallón de la Purísima que de su cuello colgaba delicadamente rozaba la escritura, como para darle un ardiente beso de amor.

—¡Locas, locas! —seguía clamando enfurecida la mamá—. Vaya porvenir. ¿Hay derecho? Por fin salió lo que yo he dicho siempre. ¡Mira la mosquita muerta! ¿Qué necesidad tengo de estos disgustos?

Mirenchu callaba, mirando con enturbiados ojos a la mamá.

—¿También vas tú a ser tan descastada? ¡Vaya, Solita, vaya! ¡Cuánto te va a penar! Eso no lo hace más que una loca como Solita

A los insólitos gritos de mamá Carmen no tardó en acudir el rechonchete del «señor Feli», descalzo y destocado, que venía a traer paz con sesudas razones. Aún gesticulaba mamá Carmen y gruñía:

—Si yo fuera tu madre... ¡te estrangulaba!

La cosa se había puesto muy seria. Hasta las pacíficas calandrias echaron asustadas a volar. Hasta el monín Bor, el perrito faldero, sentado sobre sus patas traseras, miraba con espantados ojos.

—¿Qué es eso, Carmen? ¿Qué pasa?—, inquirió ansioso el «señor Feli».

—Esto es muy gordo, Feli, muy gordo. La malcriada de la Solita está loca de remate. Escríbele a Antonio al punto para que le rompa la cabeza o la lleve a un manicomio. ¡No hay derecho, Feli!

—Pero... ¿De qué se trata? ¡Habla pronto, mujer!

Mirenchu alargó la carta a papá.

El «señor Feli» la desplegó y leyó: «Mi queridísima Mirenchu. Con la mayor alegría de mi alma, aunque te quiero como a ninguna otra persona, como tú bien sabes, tengo que comunicarte que este verano no iré a esa de veraneo. Y casi seguro no volveré ya nunca. Dios me llama. Tú ya recordarás... Y, claro, a Dios hay que obedecerlo, ¿no te parece? Voy a ser feliz en un convento. Estoy a todo decidida. Ni me turba la soledad —al fin soy Solita—, ni me amedrantan las penitencias, ni temo al duro trabajo o al repugnante servicio. Siento... que tengo vocación. Los papás ya lo saben y me dicen que lo piense mejor. Pero yo no puedo vivir más fuera de un convento...»

—¿Para esto tanto jaleo?—, apostilló «el señor Feli».
—¿Aún quieres más? ¡Si está loca, loca...!
—Mucha calma, Carmen. No conviene alterar los nervios en verano.
—¿Para eso se crían las hijas?
—Y qué más da. ¿Qué recibes de tu Juantiño? Lo casaste, se nos fue... Y ya ves... Que vaya la pobre chica con su ilusión...
—No. ¡Eso nunca! ¿Qué será del pobre Felín? Y de ella, que va a ser una desgraciada como todas las monjas. ¡Eso nunca!
—Mira, Carmen. Dejémoslo estar. La felicidad no está en casarse o quedarse solteros. Está en encontrarla... Dejémoslo estar. Sí, Carmen, sí. No creo que porque Solita se meta de monja vaya a ser un desgraciado Felín.

Amón

«Coentor»

—Juan, lleve a este señor a su casa. (Juan es el chófer de un amigo que tiene un coche de esos de cola de pato que ya, ya...)

—No te preocupes, hombre, puedo ir muy bien paseando—, le dije mintiendo, pues mis ojos estaban fijos en el majestuoso y flamante automóvil. ¡No iba a presumir poco cuando los conocidos me vieran dentro de aquella maravilla con cuatro ruedas! Mi corazón se puso a latir a un ritmo de taquicardia y un suspiro de alivio salió de mi pecho cuando insistió nuevamente en que fuese arrastrado a mi casa.

Con falsa cara de resignado accedí. Mirada de reojo... ¡Qué rabia! Nadie de los que me conocen pasaba por allí. La inclinación del chófer, con la gorra de plato en la mano al tiempo que abría la portezuela, hizo que olvidase este pequeño contratiempo.

Como niño con zapatos nuevos me recosté en el mullido asiento y un complejo de persona importante comenzó a invadirme. Se me hacía la boca agua pensando la cara de envidia que pondría la gente al verme. Mas como esta clase de palacios rodantes no hacen ruido cuando andan, los peatones seguían su camino sin darse cuenta de su existencia. Aquel día se diría que todos estaban ensimismados en sus pensamientos, sin preocuparse de los demás, ¡cosa rara!, pero ya se sabe, basta que tenga uno interés por una cosa para que salga... todo lo contrario.

Les confieso que no recuerdo otro rato en mi vida tan desagradable como aquel en que pasé desapercibido. Pretextando un pequeño mareo le dije al chófer que fuese más despacio, y no fue precisamente porque la velocidad me impidiese ver el paisaje; ¡ahora me explico el por qué esta clase de coches van tan ceremoniosos por las capitales!

Al doblar una esquina, ¡ por fin!, divisé una cara conocida. Era una de esas personas que yendo a pie tal vez no la hubiese saludado, pero esta ocasión no me la podía perder, y cuando llegamos a su altura, sacando el cuerpo por la ventanilla le solté un ¡Adiós! tan estruendoso que el pobre señor se quedó con la boca abierta.

Poco más adelante vi de espaldas a esa chica que me hace «tilín». Oh, ¡si me viera! Con eso de que hoy día las chicas son tan «románticas»... ¡Ni cuenta!, pues la jovencita en cuestión estaba mirando con aire distraído unos escaparates sin darse por enterada de mis toses, estornudos y cuantas tonterías hice para llamar su atención disimuladamente.

Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para reprimir mis impulsos naturales de coger el volante, retroceder y subirme a la acera, tocando todos los claxons o sirenas que tuviese el coche.
Completamente deprimido llegué a la meta de mi paseo. Me atormentaba la idea de si me habría visto alguien. Cuando me apeaba, nuevas miraditas de reojo... ¡¡Nadie!!

Al desaparecer el coche y quedarme solo me di cuenta de la estupidez que había cometido, me encontré a mí mismo y no pude reprimir una carcajada. ¡Qué majadero había sido por el desdichado orgullo y qué mal rato había pasado!

No me arrepiento de esta pequeña aventura, pues gracias al escarmiento recibido comprendí cuán tranquila y agradable es la sencillez. Que seamos cada cual y ocupemos en la vida el puesto que Dios nos ha dado, sin pretender aparentar otra cosa que por nuestra condición no somos.

Hace poco y con ocasión de celebrarse un festejo fue empleada en un discurso la palabra que encabeza este artículo: Cuánta coentor!

Sería preciso buscar una serie de calificativos en nuestra lengua castellana y no se encontraría ninguno que reflejase tan fielmente lo que tal palabrita significa al referirse a esa gente que va por la vida completamente descentrada y con un bagaje en completo desacuerdo con su forma y manera de ser. Menos mal que en nuestra lengua vernácula tenemos la palabra adecuada: coentor.

Deslumbrar a los demás es el ideal de hoy día. No importa cómo, pero darse a conocer y sentirse admirado es la meta de muchos mortales. Para ello se recurre incluso a las diversas estupideces que, a fuerza de prodigarse, ya no les damos importancia. Si estudiamos detenidamente a estas personas y la manera de desenvolverse en la vida, nos partiremos de risa, a no ser, claro está, que seamos tan coents como ellas. Observarlas sin perjuicios de ninguna clase es la fórmula ideal para pasar un buen rato, sin tener necesidad de apelar a tener que sacar una entrada para ver actuar a los payasos en el circo. Porque, ¡hay cada «distinguido» por ahí!...

¡Cuántos gastos inútiles, cuántos sacrificios, cuánta mentira, para que cuatro papanatas, poniendo cara de bobo, se sientan deslumbrados por lo que a una persona normal, en vez de admiración, le produzca risa.

Y si no, díganme ustedes, ¿cómo calificaríamos a una señora que por lucir unas pieles estaba sudando la gota gorda en un local cuya temperatura no bajaría de los treinta grados? ¿Y qué diríamos de aquel caballerete que...

Más vale que no continúe, pues así me evito que ese señor con lápiz rojo tenga que intervenir y se apunte un tanto.

Sólo me resta decir que la coentor es tan picante que no puede pasar desapercibida y por más esfuerzos que se hagan por disimularlo siempre habrá una enorme distancia entre el elegante y el cursi, entre el que verdaderamente vale y el fatuo, entre el señor y el patán; distancia que se irá acortando en relación con el uso de ese don que Dios nos ha dado, la naturalidad.

Pero... no estaría de más que si alguien me conoce y me viese alguna vez en un coche como el descrito al principio de este escrito, haga lo posible para demostrarme que me ha visto. ¡No tienen idea de lo que se sufre si en tales circunstancias se pasa desapercibido!

José Mª Gimeno Tichell

Inferencias marianas

Meditando no ha muchas fechas sobre aquellas palabras que en un buen día emitió la vidente de Lourdes: «Oh, es tan hermosa (María) que cuando se le ha visto una vez se tiene deseo de morir por volverla a ver», se agolparon en mi mente unos conceptos que, aunque menguados, tal vez sean nuevos.

No me avengo a preterirlos sin su registrarlos, pues siento la comezón de divulgarlos por si pueden producir algún bien espiritual a quien los saboree intelectualmente.

Se nos antoja que Santa Bernadette aludía a la belleza física, corporal, de la Madre de Dios que ella había contemplado cabe la gruta de Massabielle. Pero ¿quién puede poner en tela de juicio que además de la belleza física existe una belleza espiritual y una belleza ascético-moral en María y que la física que Bernadette vio en la Inmaculada era proyección de ellas?

Pues también en esos invisibles campos coinciden los mariólogos, y lo explican las razones cordiales en conceder a la Virgen Madre lo más excelso, lo más eminente que cabe y puede admitir la naturaleza humana.

Razones

Son archiconocidas las pruebas filosófico-teológicas que para evidenciar la excelsa preeminencia de María Santísima aducen sus tratadistas y doxólogos. Pero no nos parece armonizable con el celo por la gloria de María y por el bien de las almas el acallar el prurito de exponer las siguientes que tal vez puedan calificarse de cordiales.

Antecedentes

Si unas pocas palabras del Crucifijo a San Francisco de Asís bastaron para que éste orientase hacia la más alta santidad su vida hasta el punto de hacerle la más perfecta copia de Cristo...

Si una súbita manifestación de Cristo en el camino de Damasco fue suficiente para convertir a San Pablo e inflamarlo en un amor tan dinámico que todavía arde y acucia en sus epístolas...

Si una comunión, un contacto físico-espiritual con Jesús, ha sido bastante a veces para hacer salir de la mediocridad a vidas arrastradas..., ¿quién podrá imaginar cumplidamente la riqueza de gracias que debe contener el corazón de la Virgen Madre e idear su belleza ascético-moral habida cuenta de que vivió más de treinta años en una intimidad tan estrecha, en una comunicación tan íntima como nadie con Jesús?
¡Más de treinta años contemplando Ella con los ojos corporales y asistiendo con todo su ser al Hijo de Dios hecho Hombre!

Consiguientes

En ese lapso de tiempo oiría más palabras salidas de la boca de Jesús y dichas a Ella sola que contienen para nosotros los cuatro Evangelios. ¡Cómo fructificarían en un alma tan pronta a la gracia!

Vivió con su Hijo en un continuo contacto de alma con alma, de corazón con corazón; en una comunicación espiritual y corporal ininterrumpida. ¡Qué grandeza y qué gracia tan excepcional!

Dado el sublime y singular cometido de la Madre de Dios se comprende que desde su principio fuese llena de gracia.

Porque se nos antoja que la gracia no es otra cosa que el amor que Dios tiene a los seres racionales produciendo en el corazón de los mismos el amor que éstos le profesan.

Evidentemente que si María Santísima ha amado a Dios mejor que todos es porque Ella ha sido amada por Dios más que nadie. Si fue prevenida mejor que todos los demás, lo fue porque mejor que todos los demás había de corresponder a los avances del amor divino.

No hay, pues, que extrañar que la augusta Trinidad, en un arrebato de entusiasmo —perdón por la irreverencia antropomórfica— la dijere: Eres toda hermosa. Ni que las inteligencias creadas acumulen en Ella todas las prerrogativas más valiosas y sublimes divinas y humanas.

Por eso María es el todo para sus devotos.

Y porque...
...ella es nuestra Madre, la amamos;
...ella es nuestra Soberana, la pertenecemos;
...ella es nuestra Señora, la servimos;
...ella es nuestro Doctor, la oímos;
...ella es nuestra Estrella, la seguimos;
...ella es nuestro Sostén, nos apoyamos en Ella;
...ella es nuestra Fuerza, combatimos con Ella;
...ella es nuestro Refugio, a Ella nos acogemos
y en Ella descansamos.

Otadied


Florecillas del santo Retiro de Chelva

El sol amaneció

La santa y aleccionadora Providencia había preparado de un modo admirable que el espíritu de San Bernardino de Sena, restaurador de la observancia franciscana, irradiara sus destellos de santidad por tierras españolas.

El viaje de los cinco peregrinos italianos mandados por el Santo de Sena a tierras de España para fundar un nuevo convento, fue una prueba elocuente y manifiesta de que Dios tenía puestos sus ojos en estas afortunadas y deliciosas regiones españolas; y quiso que desde los albores de su entrada en las exuberantes y pintorescas laderas de la villa de Chelva contemplaran al vivo todo cuanto su mano providente había sembrado por sus contornos verdaderamente sorprendentes e inigualables.

Los cinco discípulos del gran propagador del Nombre de Jesús apenas contemplaron las maravillas estupendas de belleza, fertilidad y encantos de naturaleza que el Hacedor Supremo había repartido con mano pródiga por esas tierras afortunadas, no pudieron menos de elevar sus preces al cielo en acción de gracias por el don maravilloso que les había prodigado al pisar tierras valencianas.

Chelva

Convento franciscano de Chelva

El noble vizconde de Chelva sintió alegría enorme al contemplar en el rostro de los cinco discípulo de San Bernardino la complacencia y la satisfacción por haber hallado en lugar tan ameno, confortable y deleitoso un sitio propio y adecuado para erigir uno de los primeros conventos de la observancia franciscana en tierras de España.

Todos sus conatos y esfuerzos se redujeron a buscar el lugar más adecuado para que sirviera de mansión sagrada a tan santos y penitentes varones. Y después de mucho cavilar escogió «la eminencia de una hondura de amena y florida huerta, al poniente de la villa y a la alegre vista de la misma».
El lugar no podía ser más propicio, dentro del espíritu de la nueva observancia, que precisamente buscaba lugares solitarios y apartados y apacibles para vacar los religiosos a la oración y al mismo tiempo ejercer el apostolado entre las almas de buena voluntad que deseen alcanzar la virtud que Dios quiere que todos logren en su vida.

«Aunque por línea recta se mira el lugar escogido para edificar el convento tan cercano a la villa, dista de ella una milla por ocasión de los barrancos, que con entretenidos rodeos por la variedad y amenidad de tantas fuentecillas y por lo ondeado de dos sonoros arroyos que por bajo de dos puentes acompaña su entretenido camino, sirviendo de cristalinos espejos a ciento diez álamos, entre blancos y verdes, y a treinta y ocho cipreses, entre otros muchos que hay dentro del cerco, que entre otros árboles infructuosos y silvestres hacen amenísimo su Vía Crucis.»

En este lugar verdaderamente envidiable por sus encantos naturales y por sus bellezas sorprendentes y por su deleitable paz, augusta y solemne, fue donde aquellos religiosos italianos encontraron en tierras de España y de Valencia un nido de oración y santidad para irradiar las heroicas virtudes del P. Francisco y de su restaurador Bernardino de Sena.

El interés y la prestancia del noble vizconde de Chelva no fracasaron. El bizarro soldado dio órdenes para que cuanto antes se levantaran las paredes y la fábrica del convento se terminara pronto. Mientras las obras siguieron su ritmo acelerado, los cinco discípulos de San Bernardino encontraron en las rocas y hendiduras de la montaña el sitio propio para vacar a la oración. Afortunadamente el lugar escogido para mansión franciscana se halla «entre los brazos toscos de un peñasco que forma un grande y espacioso bosque, cuyo cerco por todas partes le cerró el arte por más de mil quinientos pasos, en cuyo centro son los pinos tan gigantes que pasan de ciento treinta palmos de calzada, y en especial hay uno llamado comúnmente el Judas, el mayor que hay en el reino de Valencia, pues tiene de grueso su tronco treinta palmos y más de ciento cincuenta de altura, siendo todos sus vecinos poco menos».

Ahí, en ese peñasco que ostenta distintas cuevas, fue donde los cinco religiosos italianos lograron encontrar el lugar propio para dedicarse a la oración, mientras el edificio se levantaba para albergar más tarde a tantos y tan ejemplares religiosos de la observancia franciscana que llamarían poderosamente la atención del mundo por sus heroicas y ejemplares virtudes.

La divina Providencia les había deparado en Chelva no sólo lugar ameno y deleitable, sino hasta cuevas magníficas y adecuadas para que fueran su morada hasta tener terminado el convento totalmente. «Se lleva, entre todas, la atención la cueva de San Benito por su frescura, rareza y amenidad de su florida entrada. La del Ecurial, dedicada a San Antonio de Padua, y la que después será denominada de los Santos Mártires.»

En esas cuevas fue donde los santos fundadores venidos de Italia dieron señales de una santidad extraordinaria.

Un, día los moradores de Chelva, admirados de no verlos hacía tiempo, acudieron a las cuevas y los contemplaron absortos en Dios e iluminados por un halo celestial y misterioso. Todos ellos habían sido arrobados al cielo. Sus rostros aparecían imantados de luz divina. Mientras absortos se hallaban, los moradores de Chelva que fueron testigos de este prodigio oyeron unas canciones misteriosas y unas voces que iban repitiendo: Isti sunt que laverunt stolas suas in sanguine Agni...

La villa de Chelva había contemplado en este hecho prodigioso el preludio tan sólo de lo mucho que en el transcurso de los siglos tenía que contemplar y admirar en los distintos acontecimientos que se sucederían.

El sol de la santidad había amanecido.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm


El puñal

Eduardo se hallaba apoyado en el grueso tronco de una encina. La noche era templada, clara, pero él no contemplaba el maravilloso astro, ni recitaba versos al admirar la belleza de la noche, ni el murmullo de las aguas del río que se deslizaba en veloz carrera lamiendo el musgo de las rocas y formando como remolinos entre los juncos, ni la paz del campo, ni la aroma de las plantas silvestres, ni la esbelta silueta de las iglesias de la lejana ciudad, iluminadas por la clara luna, nada despertaba su atención; seguramente Eduardo no era poeta, no comprendía esta poesía que le brindaba la naturaleza: recostado en el tronco de la encina, frente aquella maravilla se sentía adormecido. Sólo pensaba en Berta, aquella mujer extraña, pero hermosa, de la cual él estaba enamorado.

Esperaba a Berta, que de un momento a otro apareciera allí. Con ojos muy abiertos buscaba descubrir su silueta en la oscuridad.

Oyó un leve ruido tras sí, como de unos pasos que se aproximaban; se incorporó, volvió el rostro y la vio venir hacia él, campo a través, esbelta, arrogante. Eduardo tembló de emoción y corrió a su encuentro.

— ¡Berta, amor mío!—, exclamó él, cogiendo las manos de ella entre las suyas y oprimiéndolas con fuerza.

—Ya sé que te he hecho esperar mucho tiempo, Eduardo, lo sé —dijo ella escusándose—, pero tenía miedo de atravesar el campo a estas horas. Por fin tuve que armarme de valor, sabía que tú me esperabas y estarías ya impaciente.

—Vamos a sentarnos, pues debes de estar cansada—, repuso Eduardo buscando un lugar adecuado.

—Mira aquí hay un tronco seco y podemos estar sentados los dos —dijo Berta mostrándolo—. Yo estoy familiarizada con este lugar; muchas mañanas salgo de paseo alejándome de la ciudad y vengo hasta aquí, y me siento precisamente en él y paso horas y horas mirando el río.

—Nunca me habías hablado de tus andanzas por estos parajes.

—¿Estás enfadado por ello...?

—¡Enfadado por eso...! —exclamó Eduardo sonriendo—, no, querida.

—Es probable —dijo Berta— que cuando te cuente lo que me ocurre y por qué te he hecho venir aquí a estas horas, no me comprendas y te burles de mí.

—No me gusta burlarme de nadie y menos de ti, que te amo.

Ella, después de vacilar unos momentos, tomando del suelo una rama seca se la llevó a los labios y la mordisqueó.

—Un día —dijo—, estando yo sentada en este mismo lugar, vi flotar sobre las aguas del río una flor muy bonita; me asaltó deseos de cogerla, pero no la alcanzaba con mi mano por hallarse bastante alejada de la orilla. Entonces busqué una rama seca, como esta que tengo ahora en la mano, y tocando poco a poco la flor la fui acercando al borde del río. Cuando estaba al alcance de mi mano fui a cogerla, viendo con sorpresa que la flor se abría como si fuera la mano de un gigante, de dedos largos y encorvados, y con un movimiento rápido apresó esta mi mano entre sus dedos y con fuerza me arrastraba, cayendo yo al agua. Me defendí, luchando desesperadamente, de aquellos enormes dedos que apretaban sin cesar mi mano, y agarrándome a unos matorrales pude librarme de aquellos endemoniados dedos, logrando salir rápidamente del agua.

Eduardo la miró incrédulo y sorprendido.

—Todo lo que acabas de contarme, Berta, es un sueño, una pesadilla que tú has tenido, y como eres muy susceptible, te parece a ti una realidad.

—No lo creas, Eduardo; no es un sueño, ni una pesadilla como tú dices, ni tampoco' estoy sugestionada, es una realidad. Desde que me ocurrió este incidente todos los días vengo al río y me siento aquí en este mismo tronco, y la flor parece que presiente mi presencia, va formando círculos de ondas y de pronto, como si saliera de un abismo, reaparece en la superficie del agua, y es la misma flor que abriendo y cerrando sus pétalos me invita ir tras ella.

—¿Tanto temor te infunde esa misteriosa flor?—, preguntó Eduardo.

—Temor y miedo, mucho miedo, Eduardo. Por este motivo te he citado aquí, por ver si de noche también reaparece.

—¿Quieres que yo trate de cogerla y ver si me lleva a la profundidad?—, dijo Eduardo riendo.

Berta guardó silencio, pero en sus ojos brotaron unas lágrimas.

—Vamos, no seas niña, Berta. Te hablo en broma—, dijo Eduardo acariciando sus mejillas.

—Mira —gritó Berta señalando el río con la caña—, mira, mira, ahí está la flor. ¿Ves como se mece en el agua? El brillo de la luna la hace más hermosa, más bonita.

Eduardo se incorporó, luego se levantó y dio unos pasos por la orilla del río, buscando ansioso con su mirada la flor. Pero todo en vano, él no veía flor alguna.

—Mira allí—, decía ahora Berta señalando con el dedo y temblando de miedo.

Eduardo tampoco la veía, sólo pudo apercibir la rama de un árbol que caía sobre el río y se reflejaba en el agua.

—¿Es esta la flor?—, preguntó acercándose al árbol y haciendo ademán de alcanzar la rama.

Pero Berta no contestó a su pregunta. Entonces Eduardo estiró su cuerpo hasta ponerse sobre
la punta de sus pies, y alargó el brazo para alcanzar la rama, cuando de pronto, sin saber cómo, cayó al agua. La corriente lo arrastró río abajo. Eduardo nadando trató de alcanzar la orilla. Mientras Berta gritaba angustiada.

—¡Eduardo...! ¡Eduardo!

Sus gritos y lamentos eran desgarradores, él pudo oírlos con claridad.

Por fin pudo agarrarse a unos juncos, afianzar el pie y salió tambaleándose del agua. Corriendo fue al lado de Berta, pero con sorpresa vio que no estaba, la buscó y la llamó repetidas veces, sin resultado. Berta había desaparecido. Agotado y sumamente disgustado, se sentó en el tronco seco, contempló su traje mojado, sucio y roto y pensó que ahora Berta si lo viera en aquel estado se reiría de él. No le quedaba otro remedio que volver a su casa y cambiar sus ropas mojadas. Se levantó para marcharse. Recordó el relato inverosímil que Berta hizo de la flor; miró por si un acaso fuera cierto, pero no vio nada, y ante esta credulidad suya se trató de estúpido.

—¡Estará loca!—, pensó súbitamente. Entonces recordó cómo hacía' escasos días al salir de la casa de Berta y cerrar la puerta oyó de pronto gritos y el golpe de una mesa al caer al suelo. Estuvo indeciso si llamar o no; al fin se decidió a llamar de nuevo, y fue la propia Berta la que abrió la puerta.

—¿Qué quieres?—, preguntó sorprendida al ver a Eduardo otra vez.

—He oído un grito y un fuerte golpe.

—¿Gritos...? —exclamó Berta asombrada, frunciendo el ceño—. Aquí no ha sido —y volviendo el rostro hacia adentro dijo—: Mamá, es Eduardo que dice que oyó gritos y un golpe.

—Eduardo bromea, querida, sólo ha sido un pretexto suyo para volver a verte. ¡Te quiere tanto!

Todo esto le pareció muy extraño, pero rechazando estos pensamientos, mentalmente buscó las calles menos transitadas, las ropas le pesaban y tenía frío. Se dirigió a la ciudad con paso ligero. Como su pensamiento estaba pendiente de Berta, volvió a pensar en ella.

—¿Qué le habrá ocurrido?—, se preguntó.

Mientras tanto llegó a su casa, subió y con cautela abrió la puerta. Vio la débil luz del saloncito y a su tía entretenida en una labor. Cerró la puerta cuidadosamente, y sin hacer ruido llegó hasta su habitación, se encerró y respiró tranquilo. Su tía no le había visto. Sacó ropa para cambiarse y otro traje del armario. Al quitarse la camiseta también se quitó la cadena de oro y la medalla de su primera Comunión, la besó devotamente y también besó otra medalla de la bendición de San Francisco que tenía mucho valor para él. Se trataba de un recuerdo de su madre muerta. Ella era terciaria franciscana, por lo tanto muy devota del santo.

—¡Pobre mamá! —pensó Eduardo con nostalgia—. Estoy seguro que si hubiera conocido a Berta se asustaría de sus excentricidades. Ella que siempre me decía... «Mi mayor ilusión, hijo mío, es que tú fueras sacerdote. ¡Qué felicidad para mí morir en los brazos de mi hijo sacerdote!» La pobre murió con esa ilusión porque a mí no me llamaban las sotanas.

Con estos pensamientos terminó de vestirse, y como entró salió de la casa, procurando no llamar la atención de su tía. Corrió a casa de Berta y en dos saltos subió la escalera.

—¿A dónde vas...? —preguntó sorprendida la madre de Berta al verle—. ¿Pero no te habías ahogado?

—Señora, por favor, que sé nadar. Me mojé mucho, pero ahogarme no. ¿No me ve aquí?

—¡Pobre hija mía!, y pensar que llegó a casa medio muerta creyéndote ahogado. Tuvo una agitación nerviosa tremenda y llamé al doctor. Ahora está dormida, le inyectó un calmante. Pasa si quieres verla.
Eduardo entró en la habitación de Berta y se sentó en una silla junto a la cabecera de su cama. Tocó sus sienes y latían con fuerza. Berta tenía fiebre.

—¡Pobre amor mío! ¡Cuánto ha sufrido por mi culpa!

Eduardo tenía la certeza de que Berta le amaba. El también la amaba; la amaría siempre y nunca la abandonaría.

Al día siguiente la encontró muy mejorada. Su madre le habló de él y Berta cuando vio de nuevo a Eduardo se alegró mucho. Aquel día estaba de buen humor y en todo el tiempo que permanecieron juntos no nombró el incidente ocurrido en el río. Como aquel día pasaron muchos de alegría para ambos. Sin embargo, una noche, cuando Eduardo llegó a casa de Berta, la encontró muy extraña.

—¿Qué te ocurre, Berta?—, preguntó alarmado.

—Tú, Eduardo, me das miedo.

—¿Miedo yo...?—, preguntó asombrado él.

—Sí, Eduardo, tengo miedo de ti, tú quieres llevarme al río para que yo me ahogue, por eso has vuelto.

Eduardo rió.

—No seas criatura, Berta. ¿Cómo se te ocurre pensar tal disparate?

Olga Bauzá de Lloréns

(Continuará)

Noticias

Del campo misionero franciscano. — De la misión del Congo Belga, confiada a la Provincia franciscana belga de San José.

En Lulua (Congo Belga) han logrado los franciscanos crear la Acción Católica muy floreciente. El P. Tempels, O. F. M., ha conseguido interesar con su catecismo, escrito en lengua bantú, a los trabajadores de las minas enrolados en la Unión Minera. Dicho P. Tempels prodiga sus conferencias y coloquios religiosos con los mineros de dicha región, habiendo cosechado valiosos frutos. Estos, convertidos, se organizan en pequeños círculos, presididos por dicho franciscano, donde se exponen cuestiones religiosas que interesan vivamente a los sencillos obreros mineros. De día en día van engrosando estos círculos nuevos católicos, ya que cada uno se encarga de aportar algún nuevo compañero de trabajo que acaba por convertirse. De esta suerte estos círculos de acción social constituyen otros tantos focos de irradiación religiosa y una esperanza de nuevos cristianos.
No poco bien está haciendo en este sentido la biblioteca popular creada en la Misión, donde se han reunido ya unos ocho mil volúmenes.

Finalmente, la Legión de María trabaja con su acostumbrado celo en preparar a los catecúmenos para recibir el santo Bautismo, y a los nuevos cristianos para formar un hogar cristiano, recibiendo dignamente el sacramento del Matrimonio.

El número de bautismos de la Misión en este año es: a) de adultos, 3.178; b) de niños, 4.855, y c) in articulo mortis, 1.391.

El número de comuniones: a) por Pascua, 34.972, y b) por devoción, 1.244.956.

Durante el mismo año se levantaron los siguientes edificios religiosos: una nueva iglesia (44 m.) en Kayene; un nuevo oratorio (33 m.) en Sandoa; en Bukama, unos edificios viejos donados a la Misión fueron transformados en ocho aulas escolares, un oratorio de 33 m. y varias otras dependencias parroquiales. En Mpala-Kanzenze fue restaurada y ampliada una casa vieja de la Misión; en Kintebono se levantó una casa para el Padre misionero, en Mutshatsha, dos conventos para las Hermanas misioneras, dos grandes edificios para carpintería en Kotwezi, una escuela en Kamina y cinco escuelas más en otros lugares, etc.

Impuestos de lujo.— Según fuentes oficiales del Vaticano, los católicos lituanos tienen que pagar un impuesto de «lujo» para ir a la iglesia, ya que éstas tributan en la misma medida que los centros de diversión. La Catedral de Kaunas debe pagar al año 46.000 rublos de gravamen, o automáticamente las Autoridades pueden cerrar el templo. Si los católicos no proporcionan esa cantidad ocurrirá lo mismo que en el caso de la capilla de la Resurrección, que primero fue convertida en fábrica de papel y después en salón de cine.

Una costumbre poco recomendable del Togo (África Occidental).— El matrimonio en esta región se reduce a un contrato de compraventa entre los padres del novio y los de la novia. El precio fijado para pagar por el novio a la familia de la novia es el siguiente: 1º. Debe aportar seis odres de vino o de alcohol y un anillo con las iniciales de la novia. 2º. Luego debe entregar una gran caja de madera primorosamente labrada conteniendo: a) dos collares de oro; b) cuatro pares de brazaletes de piedras preciosas; c) seis vestidos; d) doce guirnaldas o diademas de seda, y e) cuatro pares de zapatos y la suma de 6.000 francos belgas. Si la moza fuese sastresa debe regalarle también una máquina de coser, y si es posible, en todo caso, una bicicleta. Además de esta dote tan recargada, debe el novio entregar mensualmente hasta la fecha del matrimonio 1.500 francos en calidad de fines parafernales. Debe comprar también el vestido de boda para la novia y el de sus ocho mozas que han de formar el cortejo de la novia. Todo esto lo debe pagar, si quiere casarse, un joven obrero que gana 2.000 francos mensuales.

Con razón se queja una joven católica en una carta escrita al Padre misionero —de cuya carta están tomados estos datos— a quien suplica ponga remedio a la voracidad de sus padres, pues los matrimonios resultan así imposibles de contraer, fuera de que coartan en gran manera la libertad de los futuros esposos.

De nuevo el crucifijo.— Los presidentes de los juzgados Superiores en Baviera han recibido el ruego del Ministerio provincial bávaro de Justicia de instalar crucifijos en las nuevas salas de juicio. El comunicado oficial no contiene ninguna explicación de esta determinación Se cree que obedece al hecho de haberse negado a prestar juramento en un juicio un editor de Beklin-Shausen porque en la sala de sesiones faltaba el crucifijo.

Solemne novenario a la Inmaculada en Valencia.— Del 30 de noviembre al 8 de diciembre del año 1958 se celebró en la iglesia de San Lorenzo, de Valencia, la solemne novena que la Archicofradía de la Purísima de los Padres Franciscanos dedica todos los años a su Excelsa Madre y Patrona María Inmaculada.

Todos los días hubo: por la mañana, a las ocho, Felicitación Sabatina y misa de Comunión general con letrillas, y por la tarde, a las siete, Exposición del Santísimo, Felicitación Sabatina, Ejercicio de la novena, sermón, bendición eucarística y Gozos a la Inmaculada.

La predicación estuvo a cargo del P. Joaquín Ribes, elocuente orador franciscano.

Hermanos sepultureros.— Aparecieron hace algunos años en la diócesis de Guadix. Es un nuevo Instituto religioso de hombres dedicados al cuidado de los cementerios. Ahora, después de una experiencia satisfactoria de varios años, han sido aprobados canónicamente por el Obispo. El Decreto de erección de los Hermanos Fosores de la Misericordia, entre los motivos de la aprobación, recoge la experiencia realizada hasta la fecha, «de que resulta que ha venido a quedar garantizado el servicio y custodia del cementerio, con plena satisfacción y edificación para Nos, para los fieles y para el Municipio por el fervor y elevado espíritu religioso que los anima». Pensamos en lo que serán nuestros cementerios el día que estén en manos de religiosos que, como esos Hermanos de Guadix, tengan como vocación de su vida cuidar con cariño las tumbas de nuestros muertos queridos.