Índice del número 363

Junio de 1959. Año 33. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

La leyenda de San Antonio

El austero castillo de Buillón levantaba sus torres en medio de los bosques. Allí vivían los padres de San Antonio, de la más rancia nobleza portuguesa. La nieve helada despedía centelleos de luz bajo el parpadeo de los estrellas. De pronto se oyeron unos golpecitos tímidos en la puerta del castillo. Los perros respondieron con ladridos furiosos.

Voltaire
San Antonio

Antonio, que apenas contaba a la sazón ocho años, corrió a ver quién llamaba. Era un niño de ojos azules, de cabellos rubios como el oro, vestido de peregrino, con pies descalzos y agrietados por el frío, con un bastón en una mano y una bol-sita en la otra.

—¿Quién eres, niño? ¿De dónde vienes con este frío? ¿Qué buscas? ¿Cómo te llamas?—inquirió Antonio.

—¿No me conoces? —respondió con un dejo de melancolía el peregrino—. ¡Son tan pocos los que me conocen! Pues sábete que mi nombre está escrito sobre la tierra en tres lugares: en la cueva de Belén con letras de oro, en el monte Calvario con letras de sangre y en la puerta del Tabernáculo con letras de fuego. Me llamo Jesús. El amor me ha hecho peregrino de la tierra, por donde voy mendigando corazones. ¿Quieres tú darme el tuyo?

—Sí, tómalo—, exclamó lleno de emoción y de ternura el pequeño Antonio.

Y Jesús le miró complacido y le besó en la frente.

Así de sugestiva e ingenua es la leyenda de San Antonio. Contiene una enseñanza que la tenemos consignada desde antiguo en los libros sagrados, que nos describen al Señor como un mendigo que pide a la vera del camino, tendiéndonos suplicante la mano para recibir la limosna de nuestro corazón: «Dame, hijo mío, tu corazón.» El corazón que es el símbolo del amor. El corazón que es lo mejor del hombre y que es todo el hombre.

Jesús, en efecto, quiere que le amemos. ¿Hay cosa más lógica? ¿No ha sido El quien nos ha amado antes, y ahora, y siempre?

Y ese amor es el que ha inventado esos misterios prodigiosos que se llaman Calvario, Eucaristía, Sagrado Corazón, Madre de Dios y nuestra, Iglesia con su doctrina y sus sacerdotes y sus Sacramentos. Jesús nos ha amado apasionadamente, diríamos en nuestro lenguaje humano. La palabra y calificación verdadera es otra: ¡Infinitamente!

Demos al Señor nuestro corazón, como lo hizo San Antonio desde los ocho años, pensando en su Sagrado Corazón y en la Eucaristía. Pero un corazón, esto es, un amor auténtico, que se traduzca en obras buenas y en actos de virtud.

Mucho hace quien mucho ama», escribe el Kempis.

Y nosotros solemos decir muy bien: obras son amores y no buenas razones.

Discurso de Su Santidad con ocasión del 750 aniversario de la aprobación de la Regla de San Francisco

Venerables hermanos y queridos hijos:

Estos primeros meses de nuestro servicio apostólico como sucesor de San Pedro en el Episcopado romano están marcados por la conmemoración de algunas fechas históricas y religiosas que se presentan con feliz auspicio.

El encuentro de hoy, en cristiana fraternidad de sacerdotes y seglares de varias lenguas, con diverso hábito exterior, pero con igual sencillez y viveza de recuerdos y de corazones, es uno de los más característicos y más alegres.

Aquí en Letrán, en la Basílica urbis et orbis mater et caput, no son los apóstoles quienes nos congregan esta tarde, sino San Francisco de Asís, el homo chatolicus et totus apostolicus, que reúne a sus hijos, desde la lejanía de más de siete siglos, en tomo a sí.

Desde la gran estatua de bronce de la inmensa plaza él invita a contemplar la magnífica y misteriosa sedes papalis atque patriarchalis.

Voltaire
Juan XIII (De Biografías y vidas)

Vedlo aquí en el mosaico central brillando en puesto de honor, entre la Virgen, San Pedro y su gran hijo San Antonio de Padua, entre San Juan Bautista y el Evangelista. Aquí y allá, sobre las viejas lápidas, reaparece su nombre bendito y el recuerdo de los preclaros acontecimientos de su vida en esta colina santificada y muy venerada a lo largo de los siglos, como en la inscripción del Papa Nicolás, Francisci proles primus de sorte Minorum; el primero de los cinco papas franciscanos.

Esta tarde es el recuerdo de su Regla el que nos trajo aquí. Se diría que la figura del Papa Inocencio III, de incomparable memoria, que reposa en su noble y magnífico mausoleo, se hubiera como despertado de su reposo para reafirmarnos la realidad de su sueño, el prodigio de la Providencia celestial por la cual aquella Regla, aprobada no sin titubeos en un primer tiempo y después reconocida, por divina inspiración, como llamamiento de Jesús a sus más altas enseñanzas, fue sellada por primera vez con el sello apostólico.

Puede provocar cierta admiración el hecho de la multiplicación de las familias religiosas que bajo el mismo nombre del Pobrecito de Asís presentan variaciones tan numerosas, y a veces impresionantes por su hábito, por la vida monástica, por las normas de apostolado. Pero para quien sabe escrutar las intimidades del sentimiento, del corazón, del pensamiento humano; para quien, habiendo visto muchas partes del orbe, se da cuenta de antiguas y de recientes experiencias y sabe precisar y distinguir entre lo que es principio sacro y evangelio eterno y lo que es mutabilidad de climas, de temperamentos, de contingencias locales, crece más bien el estupor por esta fidelidad a los puntos fundamentales de la Regla franciscana antigua, por este fervor de retorno a su pureza primitiva. La ley de la naturaleza, que colorea las auroras, hace estallar el fuego del medio día, hace más manso y suave el atardecer, sólo teme la llegada de la noche; esta ley se aplica por entero al orden del espíritu humano, individual y colectivo, y prepara nuevas jornadas. Por tanto, sólo es de temer la noche cuando prolonga sus sombras y se hace inaccesible a toda nueva claridad.

La grande, inmensa, multicolor familia franciscana es como una nave maravillosa que surca el océano. Ella dispone de tres potentísimas áncoras para la defensa de su navío. Estas son capaces de asegurarles conquistas vastas y firmes, por encima de toda tempestad, por encima de toda adversidad de cielo, de tierra y mar.

La substancia del franciscanismo está en estas virtudes de defensa y de conquista.

Tres palabras lo dicen todo y resumen la gran Regla que el Papa Inocencio aprobó: Paupertas, oboedientia, caritas (pobreza, obediencia y caridad).

La pobreza

Los dos ilustradores más atendibles y más devotos, Tomás de Celano y San Buenaventura, por lo que nos han referido de San Francisco y de los comienzos de su obra, ofrecieron al mundo el manual más perfecto de vida religiosa, selecta y santa, y la forma realmente magistral para obtener del esfuerzo colectivo de todos los hijos de San Francisco éxitos muy consoladores de renovación religiosa y social.
¡Ah, la santa pobreza! ¡Qué riqueza como consejo, como voto! Dicho esto de la pobreza efectiva. Dicho y repetido de la pobreza de espíritu.

Las cuatro grandes familias franciscanas de los Hermanos Menores, simpliciter llamados, Hermanos Conventuales, Hermanos Capuchinos, Tercera Orden Regular, disponen de una amplia literatura, antigua y modernísima, sobre el concepto, las formas y el ejercicio de la pobreza. Más interesante, sin embargo, que las disquisiciones doctrinales es la ilustración de las ventajas y de las alegrías serenas de la pobreza. Realizada ésta a la perfección, es lo que tan estupendamente dice el autor de la Imitación de Cristo: Dimitte omnia et invenies omnia (Déjalo todo y lo encontrarás todo, III, 32). No de otro modo cantaba el buen Jacopone da Todi en sus ritmas:

Dolce amor di povertade
Quanto ti degiamo amare:
Povertade poverella,
Umiltade è tua sorella.

Y lo que a estos versos sigue en deliciosa expresión de conceptos y de frases.

Puede suceder, es cierto, que en el ejercicio de esta virtud fundamental del franciscanismo, por el hecho de la misma pobreza, sobreabunden las riquezas, incluso las riquezas materiales, y que penetre en el espíritu, en virtud del dicho paupertas in divitiis abundavit, un sentimiento de dominación universal, incluso en el mundo físico, que por su indiscreción puede resultar peligroso hasta engendrar confusión en el orden de las ideas y de la práctica diaria.

Es preciso, pues, un sentido de discreción y de medida. No olvidamos la página de las Florecillas, en que Fr. Angelo, encontrándose con San Francisco a su regreso de Oriente, en una pequeña isla desierta y deliciosa de la laguna Veneta, invitó a los pájaros, que llegaron a festejarle, a unir su canto al rezo del Breviario. Respondieron los pájaros con su lenguaje canoro, pero tan alegre y clamoroso, que Fr. Francisco, tan satisfecho por su festiva compañía, hubo de pedirles que acabaran con su canto porque perturbaba demasiado su oración.

La obediencia

Además de la pobreza, es de gran significación en la santa Regla, aprobada por el Papa Inocencio, la obediencia: al Obispo y particularmente al Obispo de Roma. Subditi et subjecti pedibus Santae Romanae Ecclesiae, según la expresión de San Francisco. La historia de la Iglesia, estudiada sin animosidad, proporciona la documentación más exhaustiva de cuanto en la obediencia pura y simple a la Santa Iglesia hay de éxito en la vida de las Ordenes religiosas y cuanto de desventaja y desolación tienen que lamentar y llorar siguiendo, solas o colectivamente, los caminos de la insubordinación y de la indisciplina.

Observamos en nuestros años jóvenes una antigua pintura extendida sobre toda una pared de una espléndida iglesia del siglo XIV. Lo pintado llevaba el nombre de árbol de San Buenaventura: con hermanos que suben con sencillez a las robustas ramas; otros, ardientes e impetuosos, que caen miserablemente. A menudo el engaño sucede a la ambición secreta y a la jactancia. El autor de la Imitación de Cristo continúa impertérrito: «A menudo se pregunta lo que un hombre ha realizado; pero no se cuida de buscar con qué espíritu de obediencia haya procedido en su esfuerzo. Se prefiere mirar si es poderoso, rico, bello, hábil, escritor, sabio, cantor grato, orador vivaz, trabajador incansable, pero no se pregunta si tiene espíritu de obediencia, de pobreza; si es dulce, piadoso, recogido. La naturaleza engaña a menudo; el espíritu obediente canta siempre victoria» (III, 31).

La caridad

¿Qué decir del tercer atributo característico y fundamental de todo buen hermano, según San Francisco? El espíritu de catolicidad y de apostolado, cual San Francisco lo presentó a sus contemporáneos, lo dejó como preciosa herencia a sus hermanos después de haberlo sancionado como un precepto en la santa Regla que dominus lnnocentius Papa, vir gloriosus, doctrina quoque fluentissimus, sermone clarissimus, zelo justitiae fervens, después de madura reflexión aprobó y bendijo.

San Buenaventura, en su Legenda major et legenda minor, consagra páginas conmovedoras a la preparación de esta regla de apostolado misionero en vasta escala, que debía marcar la trama del trabajo conquistador de almas innumerables tal como habría de desarrollarse en el curso de más de siete siglos, por el difundido conocimiento, por el triunfo del nombre, del amor, del reino espiritual de Jesús crucificado, salvador del mundo.

Las abundantes, bibliotecas donde se recogieron en ricos volúmenes, antiguos y nuevos, las gestas a menudo teñidas de sangre de los misioneros franciscanos, no quieren ser honradas como coronas de laurel sobre las que reposan los herederos de tanta gloria, sino como aliento y ánimo que se hacen más vivos en esta circunstancia de conmemoración centenaria para aemulari charismata meliora.

Es una gloria ésta de las familias franciscanas que conduce, como se puede laudablemente comprobar, a una noble y santa competición con todas las demás fuerzas espirituales de apostolado misionero que prosiguen en distintos escuadrones, hoy más activos que nunca, las tareas más que ásperas y contrastadas que se presentan en las diversas partes del mundo.

La voz de San Francisco, siempre suave y poderosa, en concordancia armónica con los demás insignes padres del apostolado que son en el cielo especiales protectores de congregaciones misioneras por ellos fundadas, sea atrayente invitación para todos hacia una concentración de invencibles energías en todos los puntos de la tierra donde se trabaja, se sufre y se combate espiritualmente contra el espíritu de las tinieblas; para que la gran tribulación que azota en estos años a la Santa Iglesia se calme y se convierta en bendición para los mismos opresores de la libertad y de la verdad.

El Papa, terciario desde los catorce años

Y ahora, queridos hijos e hijas de las familias franciscanas y cuantos otros pertenecen a las innumerables asociaciones de caridad y de apostolado que se inspiran en este ideal, elevemos en santa fraternidad el himno de gracias por los setecientos cincuenta años de operante vitalidad de la Regula Sancti Francisci y añadamos la ferviente plegaria Ad multos annos, ad pacem et salutem animarum nostrarum, ad gloriara et benedictionem totius Ecclesiae Sanctae Dei.

Queridos hijos: Permitidnos añadir una especial palabra del corazón a cuantos aquí presentes pertenecen al pacífico ejército de los terciarios seglares de San Francisco. Ego sum Joseph, frater vester. Nos complace decirlo con ternura. Lo somos desde que teníamos apenas catorce años; el 1 de marzo de 1896 fuimos regularmente adscritos por ministerio del canónigo Luis Isacchi, nuestro padre espiritual, que era director en el Seminario de Bergamo; y queremos bendecir al Señor por esta gracia que nos concedió en feliz sincronía con el acto de iniciarnos, precisamente en aquel año y en aquellos meses, en la vida eclesiástica mediante la sagrada tonsura.

¡Ah, la alegría serena e inocente de aquella coincidencia! Terciario franciscano y clérigo camino del sacerdocio; ganado, pues, por los mismos hilos de la sencillez, todavía inconsciente y feliz, que nos había de acompañar hasta el altar bendito; que nos había de dar después todo en la vida.

Nuestros ojos, por otra parte, tuvieron como familiares desde la infancia la más sencilla visión del pequeño convento regular de los Hermanos Menores de Baccanello, que en la abierta campiña lombarda, donde habíamos nacido y crecido, era el primer edificio enteramente religioso que encontrábamos; iglesia, modesto eremitorio, campanario, y muy cerca, muy cerca, humildes hermanos que se esparcían por los campos y los modestos caseríos para pordiosear, difundiendo aquel aire de sencillez enteramente ingenuo que hacía tan simpático a San Francisco y a sus hijos.

Permítanos decir que tras de un largo curriculum por los caminos del mundo y habiéndonos acercado a tantas nobilísimas obras de aquel espíritu entre hombres doctos, ilustres y santos que honraron a las Ordenes franciscanas y a la Iglesia de Cristo en el nombre del Padre Seráfico de Asís, nada fue nunca tan dulce y delicioso a nuestra alma como volver a Baccanello, a aquella inocencia, a aquella apacibilidad, a aquella santa poesía de la vida cristiana, madurada en el sacerdocio y en el servicio de la Santa Iglesia y de las almas.

Precisamente dentro de estos recuerdos, el humilde terciario franciscano convertido en Papa y sucesor de Inocencio III, de Nicolás IV hasta León XIII, y sin perder nada de la primitiva sencillez, más aún, gustando más que nunca la dulzura; precisamente, decimos, inmerso en estos recuerdos gustábamos el pasado domingo en San Pedro una espiritual e inefable embriaguez al exaltar al nuevo santo de la Iglesia del Señor San Carlos de Sezze, modestísimo Hermano lego seglar de los Frailes Menores, a quien la gracia, la pureza, la sencillez, la inspiración labraron una corona tan fúlgida de dones celestiales aquí abajo, y de gloria sobrehumana para nuestra admiración, nuestro ejemplo y nuestra protección.

Al pequeño convento todavía agreste, pero tan querido de Baccanello, para evocación de recuerdos dulcísimos de toda nuestra vida, queremos enviar como regalo papal el relicario precioso que la Orden Seráfica tuvo a bien ofrecernos como recuerdo perenne del glorioso acontecimiento.

Como el gran patriarca Francisco, así su último Hermano menor glorificado San Carlos de Sezze, pauper et humilis, coelum dives ingreditur, hymnis coelestibus honoratur, alleluja, alleluja.

Queridos hijos en San Francisco: A Nos, a vosotros y a todos repetimos la gran advertencia que desde lo alto nos llega: ésta es la gran «Regla» que celebramos; éste es el camino que conduce a la vida, a la bendición. A la gloria. Alleluja, alleluja.

Bosquejo de la vida de san Antonio

Primeros años

Nació San Antonio en Lisboa, probablemente en el año 1195. Sus padres ostentaban la nobleza de la sangre y en especial la de la virtud, o sea la de una acrisolada rectitud. Según muchos, provenían del héroe de la primera Cruzada Godofredo de Bouillon.

Pasó una infancia cual la de otros niños, disfrutando las caricias y cuidados de su buena madre. Su educación fue cual lo exigía la tradición familiar: esmerada y rodeada de un ambiente de piedad.

San Antonio monje

Cuando llegó a la adolescencia optó por seguir el silencioso pero dulce llamado divino. Resuelto, renuncia a todos los atractivos humanos que le sonreían cautivadores, dada la situación destacada de sus padres y las cualidades de inteligencia y corazón con que estaba adornado y que le auguraban un porvenir espléndido.

Golpeó a las puertas del convento de los canónigos regulares de San Agustín, en Lisboa. Estos lo recibieron como regalo que les enviaba el cielo. Allí Antonio se propuso tres anhelos que le servirían como de alas para volar a lo que él tanto ansiaba, el regazo de su Dios, previa una elevada perfección. Los anhelos fueron: la oración, la austeridad de la vida monacal y el estudio. En todos hizo progresos admirables. Su oración era continua, en el sentido de que toda actividad se convertía en una verdadera elevación del alma hacia Dios, poniendo ya en práctica lo que después transmitiría a la posteridad. «Siempre ora el que siempre obra el bien»; y en el sentido de que dedicaba largas horas a la meditación y contemplación.

Respecto a la vida monacal, todo puede resumirse en la palabra «regularidad», o sea se sometió a todo con prontitud, precisión y alegría, de modo que su actividad era perfecta, pero sin llamar la atención por nada extraordinario o que tuviera visos de portento.

En los estudios aconteció algo parecido. Se dedicó a ellos con toda la avidez de su inteligencia privilegiada, pero con una modestia y candor que lo hacían, a la manera de la violeta, permanecer oculto, pero, sin embargo, embalsamaba el ambiente de un hálito de superación, distinción y aprovechamiento tal, cual convenía al que, con el andar de los años, sería digno de unirse al grupo de santos eminentes que ostentan con honor en su frente el título de Doctores de la Iglesia. Estudió y aprendió cuanto era enseñado en ese tiempo en su patria. Profundizó en forma especial la ciencia de Dios contenida en las Sagradas Escrituras en su doble aspecto: conocimiento de Dios y su acción en las criaturas, y conocimiento del sendero que ha de seguir el ser humano para ser perfecto y así llegar al regazo de su Dios.

En tal forma transcurrieron once años y San Antonio habría continuado por toda su vida, si un acontecimiento del todo nuevo para él y los suyos no hubiera conmovido su alma y hubiera puesto ante sus ojos nuevos rumbos no soñados antes.

Los mártires franciscanos

En el año 1220 llegan a Portugal cinco extraños religiosos. Su porte es despreciable. Caminan descalzos, su traje es raído, la sencillez y la humanidad se reflejan en su frente, su tesoro consiste en la más extrema pobreza. Tienen un solo ideal: llevar almas a Dios. ¿A dónde se dirigen?, a tierra de infieles, y ¿para qué?, para convertirlos dando testimonio de la fe de Cristo y ofreciendo sus vidas en testimonio de que Cristo es el único Dios y que fuera de El no hay salvación. Y Antonio los contempla, no comprende y se enfrasca en su sistema de vida apacible y santa. Pero he aquí que pocos meses después vuelve una nave de las costas del África.

Una noticia pone en movimiento a las buenas gentes de Lisboa, los extraños religiosos han vuelto, pero digo mal, sus despojos mortales han llegado a Portugal. ¿Murieron? Sí, pero no de muerte natural, fueron cruelmente martirizados... se cumplió su anhelo. ¡Fueron a sembrar la semilla de la Buena Nueva y para que germine la han regado con su propia sangre...! ¡Fueron martirizados por confesar a Cristo! Antonio se postra ante esas reliquias...; en su éxtasis aparece Cristo muriendo por darnos vida...; de sus labios brotan estas palabras: «Nadie manifiesta más amor que aquel que da su vida por el amado». Se conmueve, gime y deshecho en lágrimas ansia dar la misma prueba de amor. Pide ser admitido entre los franciscanos y lo consigue sin dificultad.

5

Visión de San Antonio de Padua

Adversidades y humillaciones

Antes del año, y cuando parecía a San Antonio que principiaba a disfrutar la felicidad, principian las adversidades y las humillaciones.

Se embarca para África con mayor entusiasmo que el desterrado camino a la patria, que el hijo ausente al regazo de la madre. Pero ¡cuán otros eran los designios de la Providencia! Una cruel enfermedad lo imposibilita en tal forma que no puede predicar ni hacer cosa alguna; y para salvarlo de la muerte los Superiores le ordenan volver a su patria. Antonio obedece resignado...

Mas, nueva adversidad. El mar se alza furioso y le niega sendero para volver a Portugal y arroja la navecilla en que iba el misionero derrotado a las costas de Italia. Allí peregrina, cual extranjero que nada posee y que sólo busca una humilde mansión donde servir al Señor, olvidado y despreciado, si es posible. Una circunstancia lo pone en contacto con autoridades de la Orden Franciscana...; se dirige al Capítulo o asamblea general...; siente inmenso placer espiritual al sentirse junto a tantos santos.

Pero de nuevo la adversidad...: todos son designados a diferentes lugares..., sólo él pasa inadvertido, nadie lo asigna a un pobre convento donde pueda servir al Señor. Finalmente, un Provincial le concede vivir en el convento de Fiorli. Allí sabe San Antonio ocultar en tal forma sus grandes cualidades intelectuales y morales que nadie sospecha lo que es. Su ocupación es la oración y el desempeño de los ejercicios más humildes del convento.

Principia a destacarse

La divina Providencia no olvida a su siervo; ya es tiempo que principie a destacarse. Una circunstancia fortuita presenta la ocasión. Falla el predicador y no hay quien lo reemplace. El Superior, en su apuro recurre a San Antonio, y sospechando que se disculpará, le ordena por santa obediencia que predique. El Santo obedece y cumple la orden en tal forma que dejó admirados a todos. Desde ese momento su nombre comienza a volar de boca en boca. Llega a conocimiento de San Francisco, el cual comprende el tesoro oculto que vive entre sus hijos. Al punto envía encomiástica carta en la que le nombra predicador y maestro de sus frailes.

¡Surgió la aurora y surgió radiante! Desde este momento Antonio tiene cuatro intensas actividades, predica con celo sin igual. Enseña en forma clara, profunda y elevadora; dedica largas horas a oír confesiones de las muchas personas que recurren a él en busca de perdón, tranquilidad o ansias de virtud. Aún más, los cortos momentos que le dejan sus actividades los consagra a escribir, dejando en esa forma verdaderos tesoros de ciencia y santidad que causaron la admiración en su tiempo y que con el andar de los siglos han movido al Sumo Pontífice a concederle el gran título de Doctor de la Iglesia.
En esas nobles misiones recorre San Antonio las regiones del norte de Italia oprimidas por la relajación de las costumbres y por discordias intestinas causadas por las luchas políticas y sociales de la época.

San Antonio en Francia

En el sur de Francia se deja sentir en forma especial la acción de misioneros sabios y santos, porque allí la herejía ha tomado caracteres tales, que son una amenaza para la Iglesia y aún para la sociedad civil. Se insinúa a la Orden Franciscana que envíe varones apostólicos, y ella pone los ojos en el gran Antonio y lo envía. Antonio, por su parte, siente un inmenso gozo, porque ve ante sí un dilatado campo de acción donde puede realizar su ardiente ideal de convertir almas para Dios y de exponer su vida al furor de los enemigos de Cristo y su Iglesia. No menos de cuatro años duró su apostolado en esas regiones. Allí, como en otras partes, dividió su tiempo entre la predicación, el confesonario, las clases, los escritos y la oración, aunque esta última, además del tiempo especial dedicado a ella, la tenía de continuo, esto es, toda actividad era convertida por el glorioso San Antonio en una ardiente oración dirigida a Dios, ya sea para adorarlo y darle gracias, ya sea para pedir por esas almas obstinadas en el error que no se conmovían ni siquiera ante los milagros.

Poco a poco va introduciéndose en el alma de ese pueblo, poco a poco fueron convenciéndose de que Antonio no buscaba sino el bien espiritual de ellos, y dominados por su,ciencia, su fe ardiente y su amor acendrado a Cristo Crucificado, abandonaron sus errores y volvieron al seno de la religión.

Es imposible detallar cuánto trabajó el celoso misionero en esos cuatro años, ya sea predicando, ya sea enseñando cual sabio maestro. Baste añadir que convirtió a innumerables herejes, y preparó una legión de discípulos que continuaron su obra, y dilató en esas regiones la nueva Orden de los Frailes Menores.

Vuelve a Italia

Aunque anheló dar su vida en tierra de herejes, la divina Providencia no se lo permitió, y por medio de sus Superiores lo llamó de nuevo a los campos de Italia. El celoso predicador obedeció resignado, y continuó su ministerio apostólico en lo que podría llamarse el corazón de la Iglesia. Allí predicó y enseñó por doquier, incluso ante la Curia Romana y los Sumos Pontífices. Tuvo que aceptar el cargo de Provincial, al cual pronto renunció para dedicarse de lleno a trabajar entre los pobres y necesitados.

Tristes presagios

En el año 1229 tuvo que dirigirse a Padua. Allí y en las comarcas vecinas continuó su grande obra. Ya no era el fraile desconocido, sino el santo admirable, cuyas palabras todo el mundo anhelaba escuchar, cuyos portentos y milagros todos deseaban palpar. Pero, ¡oh desgracia!, las fuerzas humanas de Antonio iban decayendo paulatinamente. El, que podía obrar tantos milagros en favor de los demás; el que sanó tantos enfermos y resucitó tantos muertos, llevaba en su físico el germen de la enfermedad y de la muerte que pronto arrebataría su alma inocente, encendida y santa, para llevarla al regazo de su Dios.
Sin embargo, no dejaba de predicar, confesar y escribir sus inmortales obras. Se diría: «porque sentía que se le iba la vida, quería rendir el máximo en favor de sus semejantes y de las generaciones futuras».

Ultima tarde

Era el día 12 de junio de 1231, Antonio predica y oye confesiones. Hacia la tarde siente ansias de soledad y llevado por esas ansias abandona la ciudad de Padua y se dirige al convento que los frailes poseían en las afueras de la ciudad. Llega muy fatigado. Se tira sobre el lecho, pero sus ojos no obedecen al sueño porque su alma está como sumida en Dios. Le rodean sus Hermanos temiendo que algo va a suceder... Pasan las horas de la noche y el ambiente del convento y en especial aquella pequeña celda va tomando aquella característica, más para sentirla que para explicarla con palabras, que surge en la humilde mansión de las almas santas cuando llega el momento de volar al regazo de Dios... Ni gemidos, ni lágrimas desesperadas, ni rebelión contra la visita de la hermana Muerte, sino ansias de cielo, surgir de nueva y admirable aurora, despertar a las insondables bellezas de la eternidad. Digo mal... hubo lágrimas, hubo gemidos, pero de admiración, de dicha, himno a las misericordias del Señor, que obró tales maravillas en su siervo. Lo demás no puede ser descrito por pluma pecadora.

El triunfo de Antonio

Amaneció el día 13. La ciudad de Padua despertó al nuevo día con el monótono ajetreo diario, pero he aquí que los niños, impulsados por una fuerza invisible, salen a las calles e inconscientes, corriendo por todas partes, van diciendo: «Murió el Padre Santo..., murió el Santo Antonio». Se conmueve la ciudad..., en gran número se dirigen al convento y se cercioran de la triste nueva. No es para expresar lo que aconteció entonces. Lo llevan a la ciudad y todo el pueblo desfila ante su cadáver haciendo oración, no para encomendar el alma de Antonio, sino para encomendarse a su protección, la cual de inmediato apareció radiante, porque si en su vida hiciera innumerables milagros, después de su muerte fueron mucho mayores. ¡Dios se complacía en manifestar la virtud de su siervo y cuán caro era a su Corazón!

Antonio en los altares

Lo más conspicuo de la ciudad rivaliza por manifestar su adhesión al noble extinto. Pronto llegan a Roma y a la Curia Pontificia los portentos del humilde religioso; el pueblo clama porque pronto se le coloque en el número de los santos. El Pontífice accede. Se hacen todos los trámites de rigor y antes del año (caso único en la historia), con gran solemnidad, es declarado por el Vicario de Cristo Santo, y como a tal se le tributan honores, se le invoca como a especial abogado y protector.

San Antonio corresponde aumentado los prodigios y constituyéndose en el verdadero Protector de las almas necesitadas.

Algunas enseñanzas

Tal es en síntesis la trayectoria trazada por el gran Santo, ahora Doctor de la Iglesia.

¿Qué impresiones, qué sentimientos, qué anhelos hace brotar en nuestro corazón? Ojalá sean muchos y muy nobles y de grandes beneficios para el alma. Yo me permito indicaros los siguientes:

Admiración

Todo lo grande hace nacer con espontaneidad una sincera admiración. San Antonio es grande bajo cualquier aspecto que se le mire: grande por la manera de encauzar su vida, grande por la acción bienhechora que realizó en favor de los necesitados, grande por los portentos que realizó y grande, especialmente, por el esfuerzo gastado en perfeccionar su alma.

Ostenta, pues, motivos para merecer nuestra entusiasta admiración. Tributémosela sin restricciones.

Devoción

Pero no basta admirar a San Antonio. Debemos consagrarle también nuestra filial y confiada devoción. Dios mismo lo está indicando en el sentido que ha elegido a San Antonio como instrumento para derramar en el corazón de los hombres sus gracias y favores; así lo están pregonando los milagros realizados en vida y que nunca ha dejado de realizar doquiera es invocado. Hagamos, por lo tanto, a San Antonio objeto de nuestra especial devoción eligiéndolo como abogado en todas nuestras necesidades.

Imitación

Y finalmente, esforcémonos por imitar a San Antonio. Cristo es nuestro principal modelo. El supremo ideal de toda criatura racional es transformarse en El a medida de la humana capacidad. Sin embargo, porque Cristo, a la vez que hombre perfecto, es todo un Dios, y por lo mismo su grandeza amilana a la débil criatura, propone a los santos como modelos intermediarios. Ellos fueron puras criaturas, ellos sintieron las dificultades que nosotros sentimos y las debilidades de que somos víctimas. Por lo mismo que están más cerca de nosotros, podemos tener más segura esperanza de que podremos ser como ellos son, pues ellos fueron como nosotros somos.

Imitemos, pues, a San Antonio; procedamos en todo como él procedió, para que tengamos la dicha de ser recibidos en su santa compañía.

Fr. Eduardo Rosales, ofm