Se hallaba, ya anciano, el ilustre literato y político francés Chateaubriand en Venecia. La belleza de los monumentos de que tan pródiga es dicha ciudad, el encanto de sus canales, la luminosidad de su ambiente, nada alegraba al famoso personaje. Estaba profundamente triste.
Cierto día que, sentado en la punta solitaria del Lido, aspiraba las brisas del mar que se extendía a sus pies, exclamó: «El viento que orea una cabeza calva no viene, no, de ninguna playa feliz.» Mejor habría podido hablar de «una cabeza cana», pues él estuvo dotado siempre de una poblada cabellera; pero, en fin, calva o cana, quiso expresar que en la vejez no se disfruta de la felicidad.
Efectivamente. Quien llega a la ancianidad ha debido sufrir ilusiones fallidas, pérdida de bienes de diversa índole, la separación por la muerte de seres queridos. Todo esto produce dolor.
Y aunque, como dice Platón: «Dios ha mandado al tiempo que adormezca el dolor», y el tiempo obedece, queda un sedimento de vacío y tristeza en el pobre corazón de todos los humanos. Cuanto más se vive aumentan en número los sinsabores y desgracias, por lo que hay que aceptar como verdadero aquel pensamiento del famoso autor del Genio del cristianismo.
Si toda nuestra vida acabara en este mundo, estarían justificados esa tristeza y desencanto. Y tendrían razón los paganos, que consideraban a quien moría joven como «un elegido de los dioses».
Pero acaso, «¿es la tierra el centro de las almas?», como hizo notar Bartolomé L. de Argensola en célebre soneto.
Ramón y Cajal, nuestro Premio Nobel de Medicina, en su interesante libro El mundo visto a los ochenta años, hace un estudio detenido de los desfallecimientos fisiológicos y síquicos que se advierten en los ancianos por causa de su edad. Por haber crecido notablemente la vida media, o sea el cociente de dividir la suma de los años de todos los muertos en un año por el número de ellos, que es en la actualidad de cuarenta y cinco a cincuenta años, el comienzo de la senectud empieza a los setenta o setenta y cinco; aunque reconoce que se «es verdaderamente anciano, psicológica y físicamente, cuando se pierde la curiosidad intelectual y cuando con la torpeza de las piernas coincide la torpeza y premiosidad de la palabra y del pensamiento».
La decadencia de los sentidos es inevitable cuando se vive mucho y todas las funciones fisiológicas sufren entonces detrimento.
Todo lo creado es caduco y perecedero, y tiende hacia la destrucción y su muerte. La muerte no es más que una descomposición de los elementos constitutivos del ser. Lo mismo morirán las estrellas del firmamento como nuestro sol, que los animales de cualquier especie.
Y también el hombre, aunque algunos ilusos
como el médico ruso, ateo, Metschnikoff, creyeran que se podía enmendar la plana al Creador y hacerle a aquél inmortal; estudiando el modo de conseguirlo sorprendió la muerte a este célebre e iluso bacteriólogo.
Pero la muerte de los seres creados (astros, vegetales, animales) no exige la destrucción de sus elementos constitutivos. Podrán subsistir para formar nuevos seres. O ser aniquilados por Dios, cosa dudosa por ser suma la bondad divina. En cuanto al hombre, a su muerte su cuerpo habría de correr la suerte misma de la materia que le forma; pero el alma, enseña la Filosofía, que por ser simple, sin partes, no puede descomponerse en ellas porque no las tiene: es naturalmente inmortal. Lo que confirma la Revelación.
«Quien desee vivir sano, sea viejo temprano», dice un refrán castellano. Y el que ya ha llegado a serlo, ¿qué deberá hacer?
Cajal, en su citada obra, dice que el viejo debe sujetarse a dos clases de exigencias: materiales y morales. Respecto a las primeras recomienda sobriedad en las comidas y bebidas. Los que como él sean arterioscleróticos apenas deben comer carne, tomar un solo huevo al día, usar preferentemente la leche, sin excluir el kéfir (leche agria), y además sopas, lacticinios, purés, legumbres y frutas. Cena sobria, reducida a un plato de sopa de ajos, no muy grande, un postre pequeño de leche y un plátano. Poco pan, medio vaso pequeño de vino de poco alcohol. Y nada de té o café, por ser excitantes, ni de licores. Una hora u hora y media antes de las comidas conviene, según él, suspender toda tarea intelectual, incluso la conversación reflexiva, puesto que cerebro y estómago son dos competidores egoístas que exigen para sí el máximo de irrigación sanguínea. Y la necesitan aquél para las tareas intelectuales y el estómago para la digestión.
Como todos los ancianos no tienen los mismos achaques les conviene sin duda seguir los consejos de un médico que a cada uno le marque el régimen de vida que ha de seguir para atenuar aquéllos o evitar que aparezcan otros nuevos.
Si siempre debe el hombre sujetar sus pasiones a las exigencias de la moral cristiana, no permitiendo que existan las que no deban, más obligado a hacerlo está en la ancianidad. Y no ha de forzar la naturaleza cuando ciertas funciones están amortiguadas. A este respecto dice Cajal: «De la voluptuosidad no hay que hablar. La vida sólo se da cuando sobra.» Y el anciano ha de evitar las emociones fuertes además.
El viejo que por su edad ha abandonado para siempre sus ocupaciones, puede ser víctima del hastío, el «inexorable hastío que constituye el fondo del alma humana» (Bossuet); pero más fundado cuando falta una ocupación que lo combata.
«Endulzarás el amargor de la vida y de la muerte —escribió Goethe— amando a la una y no temiendo a la otra, si crees en Dios y no pierdes la esperanza.»
Con esta idea, sin sentir la añoranza de la juventud y de los bienes perdidos, sin temer a la muerte que llegará cuando Dios disponga, puede el anciano hacer una vida morigerada, suprimir preocupación de bienes materiales, así como emociones fuertes, y prepararse a bien morir, que debe de ser su principal ocupación. Paseos, amena conversación con amigos de la misma formación intelectual, lectura de obras diversas según el gusto de cada cual, sin excluir las que alimentan la devoción (de Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Fr. Luis de Granada, etc.) y la práctica de obras de esta índole (Santa Misa, recepción frecuente de Sacramentos, etc.), podrán ocupar el tiempo de un anciano. Y quien tal sea y procure vivir en paz y gracia de Dios, mirará la muerte sin temor, pensando como Aparisi y Guijarro, «que morir para quien muere en Jesucristo es morir entre los hombres para despertar entre los ángeles».
Arturo Fosar Bayarri
Por amor de Dios
Sería el año 1930 cuando conocí Alcoy. La ciudad hervía con el bullicio de las fiestas de San Jorge. En aquel ambiente me encontré muy extraño llevando, en constante ir y venir por las calles durante una jornada, en mi alforja, colgada del hombro, al asilo las abundantes limosnas en especie recibidas de la caridad pública. Sólo hallé clima favorito en aquellas circunstancias entre los ancianos allí hospitalizados, que oían enternecidos nuestras pláticas (peregrinaba en bina en plan de mendicante) y se dejaban besar los pies. En lo restante de mi vida nunca he olvidado aquel mes de peregrinación mendicante que me enseñó a vivir resignado en la divina Providencia y a comprender el modo de ser de los verdaderos pobres. Con el espíritu de Cristo adoré a Cristo en ellos. Poco me tuve que humillar para hacerlo, considerada mi pequeñez frente a la grandeza del que, siendo Dios, no se desdeñó de tomar el camino del vilipendio para salvarnos a los hombres. El «se anonadó haciéndose obediente hasta morir muerte de cruz» lo entendí perfectamente. Amaba El infinitamente a los pecadores. Y por seguirle acepté gozoso aquella obediencia, a la que se resistía la carne y la sangre.
Hoy llevo aún grabados en mi alma los pormenores de aquella laboriosa urbe, pero con un detalle poco advertido entonces: el del sepulcro de Casimiro Barello y Morello, al que puedo llamar mi cohermano de la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís, magnífico ejemplar de desnudez espiritual, de penitencia, de adorador de la Eucaristía, hecho lámpara viva de amor encendido al Santísimo Sacramento que predicó con la elocuencia de sus éxtasis ante gran parte de los sagrarios levantinos con la suavidad austera de sus privaciones con que acentuaba su generosidad de santo.
Leída su biografía, advierto en su heroica ejemplaridad cuán fácil es llenar el seno del corazón de contentamiento cuando se ama con sincero amor a Jesús, Amor de los amores, dejándose abrasar de sus ardores. Sólo el amor de Jesús puede acabar con la vida de pecado y. asimilarnos a la vida de los bienaventurados por aquello de que «Dios es caridad y el que permanece en caridad permanece en Dios y Dios en él».
No hay duda que el fuego del amor de Dios todo lo purifica. El sólo explica la facilidad de los santos.
Casimiro Barello y Morello, peregrinando hecho retablo de mansedumbre, de sacrificio y de amor, sin causar la menor molestia a nadie, se dio al Amor de los amores, a Jesús, sin exigir otra retribución en su deseo que la imitación de su adoración rendida al Santísimo Sacramento. Por ese anhelo también en mi parroquia de San Juan Bautista, de Chiva, dejó el recuerdo de una noche pasada en vela, extático, arrodillado en el duro suelo, con los brazos cruzados sobre el pecho, haciendo la guardia al Sagrario frente a la única fachada (artística, monumental) del templo. Una nonagenaria me transmitió el hecho ponderándolo de gran suceso.
Enrique Barrachina Gil
Arcipreste de Chiva (Valencia)
Cantares de Nazaret
Canto primero: AMANECER.
La Virgen en la fuente
Qué amanecer más glorioso
para los seres divinos
que del mundo peregrinos
son del cielo soberanos;
nada más tierno y hermoso
entre los seres humanos.
Anda que andarás, ya llegan
con sus ánforas al brazo:
Eran Jesús y María
que al punto de amanecer
en la fuente se dejan ver,
la que en Nazaret había...
Al verse sorprendida la noche oscura
por el suave resplandor que allí emergía
en la tierra, alrededor de la fontana,
la noche a retirar se afana
los velos de la oscuridad que había;
y emite aún los tenues rayos rezagados
que a ocultarse con la noche no se avienen,
y ante la fresca fontana se detienen,
y mirando sorprendidos y pasmados
ven allí a los seres misteriosos,
si tan pobres al parecer, más hermosos
por la luz no del mundo, sino del cielo
envueltos y allí sumidos en su gloria,
lo que es cosa para el mundo más notoria.
Mas ya el cielo se ilumina,
la nueva luz aparece.
Era el alba que apacible y silenciosa
devanando iba la urdimbre de sus luces,
y esparciendo cual guedejas de luz pura
sobre el velo en que la noche codiciosa
absorber suele en sus ya negros capuces
esos rayos de la luz que ella fulgura,
y sorbidos los guardó la noche oscura.
Mas ya la claridad» se muestra hermosa
y ostenta en cielo y tierra sus matices
que dan gloria y se muestran ya felices
los seres de la creación gloriosa.
Todos ellos, con la luz que los exalta,
su faz vierten al rumor de la fontana,
donde el agua con amor sus loas canta
a su Rey y a su Reina soberana.
Allí están el Niño hermoso, Rey del cielo,
y en su mano el cantarito para el agua,
y su Madre que a pozar el turno aguarda
ocultando su hermosura un blanco velo.
Llega al fin, y ya la Madre, a pie desnudo,
chapoteando por el agua de la charca
sus santos y puros pies sobre ella marca,
y así ella llenar sus ánforas ya pudo
la suya grande y del Niño el cantarito,
que allí estaba junto al agua quietecito,
escuchando los rumores de la fuente,
que era un canto misterioso y bien patente
que ensalzaba de su Madre la hermosura
y las santas virtudes de su alma pura.
Solitarios ya los dos solos quedaron,
pues las lindas y graciosas nazarenas,
con saludos de su gracia y de amor llenas,
con sus ánforas repletas se alejaron,
y diciendo entre sí: «¡Qué hermoso Niño!»
«Sí, hermoso cual su Madre —dicen otras—,
ya lo veis vosotras;
ya no hay en el mundo otra más bella
y que sea hermosa y pura como es Ella»,
y así diciendo todas ellas se alejaron,
y María y Jesús junto a la fuente
mirando al cielo patente
bendiciendo al buen Dios solos quedaron.
Pasado ya aquel acto de oración,
la Madre dice al Niño: «Toma, Hijo,
a ver si llevas bien tu cantarico,
que no lo rompas, ten cuidado,
y poco a poco nos iremos andando
que tu padre José estará esperando.»
Tomando su ánfora la Madre
y el buen Jesús su cantarico,
van en busca del sendero:
María a pie descalzo, modo austero
como van las nazarenas,
y el Niño, lirio puro,
va siguiendo a la Azucena.
Pero no, allí el Niño se detiene,
y algo quiere averiguar de la fontana
que no será por cierto cosa vana,
y a su Madre le pregunta
lo que viene
y en el canto segundo se contiene.
Pío XI ha dado un paso más adelante proponiendo el salario familiar, es decir, el suficiente para el sostenimiento del trabajador y de su familia, teniendo en cuenta el número de seis hijos. Por lo demás, debemos hacer notar que el concepto de salario familiar está implícito en el concepto dé salario mínimo, propugnado por León XIII, porque generalmente el trabajador tiene una familia a su cargo, y aun cuando es célibe debe percibir una retribución que le permita formarla, si lo quiere y cuando lo quiera.
En la encíclica Quadragessimo anno Pío XI
escribe palabras explícitas, como éstas: «La retribución del trabajo debe darse según una medida correspondiente a la carga familiar, de manera que, al aumentar tal carga, aumente también el salario; y así, cuando ocurra, poder satisfacer también las necesidades extraordinarias.»
Pío XII repite este concepto en circunstancias semejantes, y especialmente en la encíclica Sertum Laetitiae, que entre otras cosas dice: «El salario de los obreros, como es conveniente, sea tal que baste a ellos y a su familia.» En el discurso a los obreros en la fiesta de Pentecostés de 1943 explicó todavía mejor este concepto, proclamando como exigencia fundamental de justicia y de concordia social «un salario que asegure la existencia de la familia, tal, que haga posible a los progenitores el cumplimiento de su deber natural de formar una prole sanamente nutrida y vestida; una habitación digna de personas humanas; la posibilidad de procurar a sus hijos una instrucción suficiente y una conveniente educación; de prever y proveer para los tiempos de estrechez, de enfermedad y de ancianidad».
Teniendo en cuenta estas exigencias, en algunos Estados se han concedido hoy a los trabajadores y a los empleados las llamadas pensiones familiares, que son pequeñas cuotas añadidas al salario, al estipendio ordinario en razón de las personas que tiene a su cargo: esposa, hijos menores de edad, padres, hermanos y hermanas. Este proveimiento al mismo tiempo que responde a un criterio de justicia social, contribuye eficazmente al incremento demográfico, reforzando dos factores decisivos: la nupcialidad y la natalidad.
La participación de las utilidades
Pero el salario no es la única manera de retribuir el trabajo. Pío XI, en la Quadragessimo anno, presenta otra más avanzada: la participación en las utilidades. Esta forma retributiva representa un complemento y un correctivo del salario.
Son muchas también sobre este punto las expresiones del Pontífice: «Las riquezas tan copiosamente acumuladas en este siglo del industrialismo, no están justamente distribuidas y aplicadas a las diversas clases de hombres. Es necesario que en lo futuro los capitales ganados no se acumulen sino con equitativa proporción en las manos de los ricos, -y se distribuyan con cierta largueza entre los trabajadores.»
A fin de que esto pueda verificarse más fácilmente, el Pontífice hace una proposición concreta, añadiendo: «En las actuales condiciones sociales juzgamos que es más prudente, en cuanto sea posible, que el contrato de trabajo esté templado algún tanto con el contrato de sociedad, como ya se ha comenzado a practicar de diversas maneras con no poca ventaja de los mismos obreros y de los patrones. De esta manera los operarios se interesan o en la propiedad o en la administración, y se vuelven copartícipes en cierta medida de los lucros percibidos.»
El contrato de sociedad, que hace del operario un socio de la empresa, ha sido propugnado también por el Papa Pío XII en el radiomensaje del 1.° de septiembre de 1944, cuando dice: «Donde la grande hacienda o capital se manifiesta actualmente productiva, debe de facilitarse la posibilidad de templar el contrato de trabajo con un contrato de sociedad.»
Esta forma de retribución es mejor que la forma de salario por las siguientes razones:
a) Permite al operario mejorar sus condiciones económicas, rompiendo el círculo de hierro del pauperismo.
b) Favorece una mejor distribución de las riquezas, haciendo que fluyan también entre la clase trabajadora.
c) Favorece a la misma producción, mediante el estímulo inmediato de los operarios; y
d) Favorece, finalmente, la armonía entre las clases y la paz social.
Florecillas del santo retiro de Chelva
VII.-
Guardián santo: Beato Nicolás Factor
La estela que el Beato Juan de Cetina imprimiera en las tierras de Chelva, no podía borrarse fácilmente. Su vida austera, mortificada y extática dejó un halo de beatitud que duró tiempo en las soledades de la santa cueva que le sirviera de celda, en la morada conventual que guardaba la santidad de sus ejemplares moradores y, sobre todo, en la villa de Chelva.
Dios, sin embargo, providente, y el Seráfico Padre, bondadoso, velaron por este recoleto convento, mandando otra silueta eminente en santidad para que el buen olor de Cristo y del Santo de Asís se dejara percibir en esta santa morada de Chelva. Fue el Beato Nicolás Factor Estaña, que nacido en Valencia y bautizado en la pila de la parroquia de San Esteban, en donde lo fue San Vicente Ferrer, que tanto prestigio y gloria le diera, muy joven tomó el hábito franciscano en el convento de la Observancia de Santa María de Jesús, situado a extramuros de la ciudad, para regentar después y bastante joven altos y distinguidos cargos: Guardián de Santo Espíritu del Monte, Superior del convento de Val de Cristo, Maestro de novicios, predicador general, confesor de las Descalzas Reales de Madrid, confesor del convento de Clarisas de la Trinidad, de Valencia, y sobre todo morador varias veces y Guardián del convento de San Francisco, de Chelva.
El Beato Nicolás Factor fue la primera figura valenciana que en el santo retiro franciscano de la villa de Chelva brilló por su virtud y milagros, ostentando más tarde, en el año 1786, el título de Beato. No sólo tenían que ser los discípulos de San Bernardino de Sena relevantes en este convento por su santidad asombrosa; ni tampoco el que en tierras de Granada derramó su sangre aragonesa, después de haber inmortalizado una de las cuevas que guarda Chelva, esto es, el Beato Juan de Cetina. Valencia era preciso que diera su tributo de santidad
eminente en este santo retiro franciscano, la Providencia se encargó de enviar un sublime extático, un eminente orador sagrado, un pintor místico de altos vuelos, un ejemplar sobresaliente en los cielos esplendentes de la santidad franciscana, el Beato Nicolás Factor Estaña.
Desde el primer día en que amaneció este esclarecido varón valenciano en este convento de Chelva, los hechos extraordinarios y las maravillas de la gracia y los dones sobrenaturales fueron escribiendo poemas de virtud excelsa y de santidad eminente. Primero como conventual y predicador del convento y después como prudente Guardián.
Era el año 1550. El convento de San Francisco de esta villa de Chelva tenía de
Guardián a este religioso eminente en toda clase de virtud. El día de la fiesta de Corpus Christi, el suelo estaba totalmente embarrado a causa de una intensa lluvia que durante la noche anterior. Se intentó suspender la procesión por las malas condiciones de barro en que se encontraban las calles. El Beato Nicolás se opuso confiando en que ningún entorpecimiento habría para que la santa Custodia iluminara las calles y plazas de la villa. Fue designado por el Rector de la parroquia para que el Beato Nicolás llevara en la procesión la Custodia.
El Beato Nicolás, que a la más insignificante insinuación espiritual, tenía sobrados motivos para perder los sentidos y arrobarse en el aire, no pudo contener su espíritu sin sentir al vivo toda la fuerza de su alma enamorada en los vivos amores de Jesús-Eucaristía. Salió la lucida procesión de la magnífica iglesia parroquial, y Cristo Jesús, bajo los velos de la Eucaristía, cortejado por todos los moradores de Chelva y en manos del Beato Nicolás, apareció delante de la grandiosa plaza repartiendo sonrisas a todos los vecinos de la villa, que le daban el debido homenaje de filial devoción y amor. El Beato Nicolás, en cuanto franqueó la puerta de la iglesia parroquial llevando entre sus manos a Jesús Eucarístico, quedó arrobado a los cielos, y durante toda la procesión tuvo su espíritu suspenso en Dios y sus pies no tocaron el barro, ya que estuvo arrobado durante todo el recorrido, mientras elevado dos palmos sobre el suelo iba caminando sin ensuciarse los descalzos pies ni mancharse con el barro que cubría las calles de Chelva. La villa contempló admirada y sobrecogida de fervor el gran milagro que había realizado en aquella célebre procesión eucarística el santo Guardián del convento de los Franciscanos.
La vida extática y heroica no sólo realizó milagros que pusieron de manifiesto sus fervores y sus ansias divinas, sino que llegó a poner de relieve su espíritu de conversión, uno de los cuales todavía tiene fuerza de actualidad, pues su recuerdo vivo se guarda indeleble en el corazón de los hijos de Chelva.
El célebre Rector de la parroquia doctor Vicente Mares, que en 1681 publicó su famosa Félix Toroyana, nos va relatando algo que como memorial de aquel entonces viene a prestar perennidad histórica a hechos y lugares que han desaparecido y que por el testimonio de dicho escritor reviven en la imaginación de los que hoy recuerdan con cariño todo lo concerniente a este histórico y célebre convento.
«Al lado izquierdo de la iglesia del convento hay —nos dice— una devota aunque pequeña capilla de la Virgen de Gracia... A la mano derecha está la portería del convento y donde el Beato Nicolás Factor, siendo Guardián, venció aquella fuerte tentación de una morisca que obligada del hambre llegó ofreciéndole una hija, doncella muy hermosa. Volvieron entrambas socorridas, la madre mortificada de la corrección y la doncella con el tesoro de la virginidad» (pág. 315).
Todavía hoy la villa de Chelva vive bajo la dulce y sobrenatural influencia de su antiguo Guardián Beato Nicolás Factor, que en las diversas veces que estuvo de conventual en dicho convento, ya con el título de predicador, ya con el cargo de Superior de la comunidad, llenó de perfumes las recoletas estancias de este convento, santo retiro de ejemplares y admirables religiosos franciscanos.
Nació en Bellreguart (Valencia) el 15 de octubre de 1880. Vistió el hábito de San Francisco en Santo Espíritu del Monte el 4 de octubre de 1908; emitió sus votos simples el 31 de octubre del año siguiente, y al poco tiempo de profesar fue enviado a Roma al servicio del Colegio Internacional de San Antonio, en donde ha permanecido hasta su muerte con gran estima de todos, honrando grandemente a nuestra Seráfica Provincia por su virtud y laboriosidad.
Fr. Leandro Pastor Pérez
En la mañana del 18 de mayo del año en curso dejó este mundo para ir a recibir el premio de sus setenta y ocho años de servicio, pues no fueron otra cosa sino servicio abnegado de Dios y del prójimo los días de su existencia terrena. Y esto hasta el último instante, hasta el punto de tener que dejarnos en herencia servicios que cumplir.
Fue quizá ésta la característica más saliente de Fr. Leandro junto con su gran desprendimiento e imperturbable alegría.
Su desprendimiento, que le llevó a vivir pobre, con menos de lo indispensable. Su alegría, que le permitió pasar contento por encima de todos los achaques de la ancianidad y bromear en la última enfermedad horas antes de la muerte.
Son cosas que podrán pasar casi desapercibidas a un espíritu superficial, pero que suponen convencimiento y temple. Y algo más importante: espíritu sobrenatural, profunda piedad, que era en él como el soporte de todo, lo que daba sentido a toda su vida, la explicación de todo su actuar.
Y basten estas líneas para recordar a cuantos pudieron experimentar la verdad de cuanto decimos, que también ahora puede y debe mostrarse el agradecimiento: una plegaria por el eterno descanso de su alma.
Johni
(Continuación )
En aquella mañana cualquier ruido les hacía instintivamente levantarse y correa hacia la puerta. Cuando se cercioraban, que todo había sido una ilusión se miraban en silencio y volvían a sus respectivos puestos. Por último encargaron a los niños que dieran la voz de alerta.
Sería media tarde cuando un lujoso- automóvil se detuvo en la explanada del jardín. La portezuela se abrió y un hombre vestido elegantemente bajó del automóvil. ,Su rostro estaba bronceado por el sol. Seguido a él bajó también un niño de color. Mientras tanto, en el interior de la casa reinaba un gran alboroto.
— ¡Ya está ahí...!—, decían unos.
—¡Por fin ha llegado...!, repetían otros.
La señora Berni, sin fuerzas para afrontar aquel golpe, permaneció sentada en el salón, pálida de alegría.
— ¡Abuelita, el tío Elicier ha llegado...!
—Trae consigo un esclavo—, dijo uno de sus nietos.
— ¡Un esclavo...!—, exclamó extrañada la señora Berni.
—Sí, abuelita, le hemos visto todos—, contestaron a coro los niños.
Mientras, Elicier subía rápido los peldaños de mármol de la escalinata y reprimiendo su impulso se detuvo ante sus hermanos que, inmóviles por la emoción, parecían estatuas. Entonces Elicier fue nombrándolos uno a uno mientras los abrazaba.
—Tú eres Miguel; tú, Luis; tú, Inés, y tú, Ángel.
Deteniéndose ante Paula, dijo:
—Tu no sé cómo te llamas, aún no habías nacido cuando yo me marché.
Ella, pálida de vergüenza, con voz débil, dijo:
—Me llamo Paula.
Elicier, acariciando las mejillas de su hermana más pequeña, la besó en el rostro. Luego añadió extrañado.
—¿Dónde está mamá...?
—¡La pobre está tan emocionada! Te espera en el salón—, repuso Inés.
Efectivamente, la señora Berni se hallaba aún sentada en el sillón. Elicier entró en el salón. Fue un momento de gran emoción. Un profundo silencio invadió la estancia mientras madre e hijo se estrechaban en un fuerte abrazo. Luego Elicier con dulzura besó el rostro de su madre. Ella le miró unos instantes con ojos interrogantes como queriendo adivinar toda su larga vida de ausencia. Finalmente Elicier volvió el rostro hacia el vestíbulo y vio a su pequeño acompañante cruzado de brazos mirándolo atentamente.
—Acércate, Johni—, dijo en inglés.
El pequeño obedeció rápidamente. Entonces Elicier dijo con voz firme.
—Mamá, te presento a mi hijo Johni.
Todos miraron al niño estupefactos. Su madre se sonrojó no pudiendo proferir palabra alguna de sus labios, y mirando aquellos ojos que con
tanta fijeza la miraban se inclinó y con frialdad besó sus mejillas.
—La abuelita es muy guapa, papá—, dijo Johni lentamente con voz dulce a la vez que hacía una cortés reverencia.
—¿Qué dice, Elicier...?—, preguntó la señora Berni oprimiendo la pequeña mano de color entre las suyas.
—Dice que eres muy guapa, mamá.
Entonces la señora Berni se inclinó nuevamente y besó otra vez las mejillas del pequeño.
—Bienvenido seas a esta casa, Johni—, dijo a la vez que apretaba nuevamente su manita tratando de ocultar la amargura de aquella violenta sorpresa.
Elicier pasó su mano con suavidad sobre la cabeza de su hijo. Johni sonrió y de su rostro desapareció el temor que en un momento sintió en su corazón al llegar a aquella casa extraña para él.
Pasado los primeros momentos toda la familia empezó a otorgarle afecto y simpatía al muchacho y más al ver que Elicier le amaba apasionadamente. Johni, aunque no comprendía aquel nuevo lenguaje adivinaba lo que querían decirle y si no consultaba a su padre. Mostraba siempre entusiasmo y admiración por todo cuanto le rodeaba. Era además condescendiente con sus primos, accediendo gustoso a todos sus juegos. Si organizaban un juego de capitanes piratas, Johni se convertía en el criado o esclavo, nunca se negó a obedecerles. Pronto empezó a comprender el idioma, pero notó que cuando hablaban de él lo hacían con desdén. No pudo nunca alcanzar un grado de capitán o jefe en aquellos juegos infantiles.
—Tú no puedes ser capitán, Johni —decían los otros muchachos—; tú eres negro y los negros sólo son esclavos o marineros.
Aquellas palabras entristecían profundamente a Johni. Entonces dominando su dolor se alejaba con tristeza de ellos y paseando silencioso por la avenida del jardín cubriéndose el rostro con sus manos y echándose a llorar.
—¿Por qué seré yo negro, Dios mío?—, exclamaba con rabia mirando su piel color del ébano.
Poseído por este sentimiento se creía inferior a todos por pertenecer a aquella raza que él odiaba intensamente. Abrumado por la pena iba poco a poco perdiendo la alegría. Elicier llegó a descubrir la tristeza de su hijo y alarmado se preguntaba qué le ocurría a su hijo. Johni, ante aquella insistencia de su padre se estremecía silenciando aún más su dolor, y era imposible arrancar de sus labios una palabra. Parecía como si anhelara morir para librarse de aquel gran dolor. Su padre pensó regresar de nuevo a Nueva Zelanda creyendo que era todo debido al cambio de clima. Preocupado ante la idea de perder a su hijo se desesperaba. El doctor se negó a dar su autorización. Johni se encontraba muy débil y él no podía asumir la responsabilidad de aquel
largo viaje.
(Continuará)
Olga Bauzá de Lloréns
Noticias
Bodas de diamante de la muerte
del penitente Casimiro Barello,
terciario franciscano.— Se celebraron en Alcoy con extraordinario esplendor, precedidas de cuatro días de exposición del Señor en la iglesia de San Jorge, impetrando su pronta beatificación, siendo multitud los fieles de Alcoy y forasteros que visitaron a Jesús Sacramentado y la tumba de Casimiro. A las ocho de la tarde, y en la parroquia de Santa María —llena de fieles, recordándonos aquellos días del 25 y 50 aniversario—, solemne triduo eucarístico con sermón por el doctor D. Santiago Giner. Nos habló el orador del mensaje de Lourdes, oración y penitencia, y el último día de la Sagrada Eucaristía, aduciendo sublimes ejemplos del Siervo de Dios.
Culminaron estos actos con solemne funeral el día aniversario, 9 de marzo. Todas las campanas de Santa María doblaron a muerto por la mañana, a medio día y por la tarde a las ocho, hora en que se celebró el funeral. El templo, como en las noches anteriores, lleno de fieles. En el presbiterio se hallaban la reverenda comunidad de franciscanos de Cocentaina, Hermanos de las Escuelas Cristianas, Padres Salesianos, párrocos de Alcoy y de otros pueblos y el reverendo Clero Parroquial. Fue presidido el acto por el primer teniente Alcalde don Jorge Vitoria Laporta y el Consejo de Caballeros, Actor
del proceso de beatificación. Ofició el padre Provincial de los Franciscanos de Valencia Fr. José Antonio Arnau Martínez. El mismo orador del triduo pronunció la oración fúnebre, que duró cincuenta y cinco minutos. Cuanto digamos sería pobre expresión de su belleza, de la elocuencia del orador y de la emoción que produjo en los fieles. Terminada, se cantó un responso.
¡Quiera el Señor que la celebración del centenario no sea fúnebre y que la oración sagrada sea panegírico!
«Holanda», en la nueva Guinea Holandesa.— Este Vicariato Apostólico está encomendado a la Provincia Franciscana de Holanda. En esta Misión trabajan 56 Padres, 8 Hermanos legos y 22 religiosas. En escuelas de diversas clases hay 7.883 alumnos y 625 maestros, de los cuales 59 son europeos y están subvencionados por el Gobierno; los 236 restantes son indígenas y están, subvencionados 133 por el Gobierno y los 103 restantes por la Misión.
Hay 19.745 católicos, de ellos 13.733 son papuanos, los cuales habitan principalmente en los valles de Tsingga y Noéma. La distancia entre estos dos puntos misionales es inmensa y de difícil recorrido. De tal manera que el misionero de Tsingga, si quiere visitar a su compañero misionero de Noéma, debe hacer un viaje a pie de siete días, y si el misionero de Noéma quiere ir a Tsingga, ha de hacer un viaje de cinco días a pie por caminos montañosos y luego tres días en nave. Esta es la razón de que en esta Misión se hayan introducido avionetas para los misioneros, pero hay gran dificultad en preparar aeropuertos.
Estudio Bíblico Franciscano en Tokio.— Nuestro Estudio Bíblico, bajo la dirección del P. Bernardino Schneider, O. F. M., y la colaboración del P. Joaquín Macgawa, O. F. M.,, ha publicado ya el primer volumen de la Sagrada Escritura, a saber, el Libro del Génesis en japonés.
Enorme ramificación del árbol franciscano.— Para darse una idea de la enorme ramificación que presenta en nuestro tiempo el corpulento árbol franciscano, baste decir que la Orden Primera comprende hoy, como ramas más antiguas y extendidas, a los franciscanos llamados conventuales; los observantes, denominados simplemente fraile? menores, y los capuchinos. A ellos hay que añadir la Orden Segunda, de las Clarisas, y la Orden Tercera, tanto secular como regular, con su pléyade de congregaciones masculinas y femeninas. Numéricamente se puede calcular el conjunto de la gran familia franciscana en 46.000 religiosos, 15.000 monjas y tres millones de terciarios, además de los terciarios regulares y de las religiosas de las congregaciones modernas.
¿Un milagro de Pío XII?.— La prensa de Río de Janeiro ha dado publicidad a un hecho extraordinario ocurrido en la Casa de Misericordia de dicha ciudad. En este centro benéfico la enferma de tuberculosis pulmonar María Luisa Goulart de Medeiros, de dieciocho años de edad, se encomendó a Pío XII poco antes de ser trasladada a la «ala de operaciones. Cuando el doctor José Teixeira se disponía a intervenir, comprobó con examen radioscópico que la enfermedad había desaparecido totalmente. Se ignora si las autoridades eclesiásticas abrirán una información sobre esta extraordinaria curación.
Ayuda a las Misiones en España.— En este año pasado la ayuda a las Misiones en España ha subido a casi los 50 millones de pesetas. La dirección 'de las Obras Misionales Pontificias ha dado la cifra exacta: son 49.754.372,44 pesetas. La mayor cantidad fue recogida en el día del «Domund». De 26 millones de 1957, el 1958 subió a 39 millones.
Un mapa doloroso para la Iglesia: China.— La situación de la Iglesia en China sigue siendo cada día más delicada y comprometida. Según la revista catódica Muki, en catorce diócesis han sido instalados obispos ilícitos, consagrando todos ellos bajo la presión del terrorismo comunista. Por la gran persecución sufrida anteriormente, casi la totalidad de las diócesis chinas se hallan sin pastores, porque o han sido expulsados, detenidos o muertos. Los comunistas, atentos a todo lo que pueda favorecer sus intereses, han dado estas diócesis a los vicarios o administradores de las diócesis y, por desgracia, la mayoría de estos vicarios, han cedido ante la presión comunista.
Bibliografía
La enseñanza de la Filosofía-Bachillerato por redacciones.— Está siendo bien recibido este método, seguido por el P. Domingo Savall, a juzgar por los juicios críticos emitidos por las más altas autoridades académicas, como se ve en éste, aparecido en Revista Calasancia, año V, número 18. Bibliografía. Madrid, 1959:
«Celebramos la buena idea que han tenido los profesores del Colegio de San Antonio, de Cáceres, de estimular a los noveles literatos con la publicación de las redacciones de los temas que se exponen por el profesor en clase y que los alumnos se ven necesitados de tomar al vuelo. Es buen ejercicio siempre naturalmente que se haga en las condiciones aconsejadas por la más sana pedagogía. Se puede juzgar de la buena calidad de los mismos con sola su lectura; los temas son de alta cultura y de no pequeño valor formativo. El ejercicio de redacción es de los más básicos y quizá de los más descuidados en la escuela española. Se ha de evitar en ellos términos científicos en demasía y buscar la formación de un estilo sencillo, enseñando a odiar toda ampulosidad y barroquismo. Aplaudimos, en cambio, muy sinceramente que se haga sentir a los alumnos del Colegio el espíritu franciscano y se les imbuya en el voluntarismo de Escoto.
Reciba nuestra felicitación el promotor de todo este movimiento pedagógico, P. Domingo Savall».