Ya que estamos en época veraniega y, por lo tanto, de vacaciones, vamos a tratar brevemente un par de aspectos de la educación familiar precisamente donde falla. Me refiero al ejemplo no siempre bueno que dan los padres a los hijos, los mayores a los pequeños. Y dejándonos de indiferencias, el ejemplo que no es bueno, es malo. Y el mal ejemplo es escándalo. Y de él dijo el Señor: «¡Ay de aquel de quien el escándalo viene...!»
Parece que exagero. Bien. Ahí van dos casos concretos que he prometido. Juzguen ustedes.
La familia está de veraneo a un par de kilómetros de la ciudad o del pueblo. Al pueblo se baja con frecuencia casi diaria por la compra, el correo, el cine... cualquier cosa. Y llega un domingo por la mañana en que no hay compra, ni correo, ni cine... y la familia entera se queda sin oír misa por ahorrarse la molestia de bajar al pueblo. El padre, quizá llegado cansado la noche del sábado a pasar el fin de semana con los suyos, lo justifica: «Si estando en el campo no hay obligación...» Ese par de kilómetros, el calor, el sol, lo justifican. Y acto seguido la familia se va a tomar el baño a la playa..., de la que quizá también se diste un par de kilómetros.
Decidme, en este caso concreto frecuentemente repetido, con ligeras variantes, ante sus hijos, ¿dan mal ejemplo los padres? ¿Hay escándalo en ello? No lo juzguemos nosotros. Yo sólo quería enfocarlo desde el punto de vista de la educación negativa y deformadora que implica.
¿Otro caso? Ahí va. Al llegar el verano, y concretamente las vacaciones, mucha gente deja de lado prejuicios y conveniencias sociales prescindiendo de ello como de una prenda de vestir que el calor hace innecesaria. Bueno, aquí iba yo a parar. A que mucha gente de ordinario pulcra y atildada so pretexto de comodidad llega a extremos inconvenientes en lo que a atuendo y maneras se refiere. La gente va en «playeros» por las calles, en pijama por la playa, en alpargatas a la iglesia, en pantalón corto a todas partes. Y todo ello con un desenfado que trasciende y guarda relación con el sistema todo de vida de esta época.
Dentro de ciertos límites es tolerable, pero, en general, decidme: la urbanidad, buenas maneras y costumbres, la cortesía que en nuestros hijos deseamos, la formación y educación toda que a lo largo del curso han ido recibiendo los niños en el colegio o escuela, ¿no se resentirá y amenazará deformarse peligrosamente ante este ambiente, medio y sistema de vida un poco «a lo loco»?
Yo creo que gran número de lectores me darán la razón.
Felipe G. Perles Martí
Florecillas del santo retiro de Chelva
VIII.
Un comisario famoso: Venerable Pedro Esteve
El convento seráfico de esta villa, desde sus inicios, fue escogido por la divina Providencia para ser remanso de santidad y buen olor de Cristo. Italia envió a unos de sus mejores religiosos para dejar huellas imborrables en toda clase de virtud.
Y la Provincia franciscana fue entregando a sus más ejemplares religiosos en toda clase de virtud y ciencia. Ya hemos hecho desfilar por estas páginas a varios de los que con su fama de santos han perfumado este convento.
Hoy aparece otro, que si no fue Guardián dotado del don de hacer milagros, como el Beato Nicolás Factor, fue religioso que casi recién ordenado vino a este convento para ejercitarse en sus primeras lides apostólicas y a empaparse de la santidad seráfica: nos referimos al Venerable P. Pedro Esteve, un apóstol en todo el sentido de la palabra.
Todo es admirable en la vida de este religioso. La ciudad de Denia fue la cuna de este famoso predicador y Comisario de Tierra Santa.
Pero pronto, todavía joven, después de llevar una vida ejemplar que a todos sus amigos admiraba, decidió abandonar el mundo, y queriendo seguir las huellas de muchos héroes, como la divina andariega avilesa
Teresa de Jesús y su hermanito, que se fugan de casa para que les descabecen en tierras de moros, nuestro religioso también se fugó de casa para ingresar en la Orden Seráfica, sin decir adiós a sus padres, como quien sale a tierras de lid y trofeos, que realmente logró muchos en su dilatada vida evangelizadora.
La odisea que el canónigo, hijo ilustre de Denia, Roque Chabás nos relata en su historia, publicada en 1880, con motivo de su despedida. Después de haber ayudado a misa, muy de mañanita, a su propio tío beneficiado de la iglesia parroquial mosén Juan Puig, sin decirle nada en absoluto abandona su ciudad natal para encaminarse a Valencia y cumplir su anhelo de ser religioso franciscano. En el trayecto encuentra a un amigo de su padre. Al verle éste extrañó mucho el que anduviera a pie y sin compañía ninguna y sin aprovisionamiento. Le preguntó ese amigo al lugar que se encaminaba, y con sencillez columbina y sin rodeo ninguno, le dijo que abandonaba el mundo para entregarse a servir a Dios en la austera religión del P. San Francisco. Se maravilló dicho amigo de su resolución y le puso delante de sus ojos que en su casa, y en compañía de sus padres, también podría servir al Señor. Repelió sus argumentos con una dialéctica contundente, y solamente le dijo para terminar que le prestara para el camino real y medio, con la seguridad de que sus padres se lo pagarían, si no pretendía hacerle esa limosna por el amor de Dios.
Así fue siguiendo los pasos de la Providencia; llegó a Valencia sin percance ninguno y se dirigió al gran convento de San Francisco para poder entrevistarse con el P. Provincial. Tuvo la suerte de encontrarle, y después de una larga entrevista con el P. Provincial fray Francisco Ramírez, fue admitido a la Orden, pasando casi a continuación al convento de Santa María de Jesús, a extramuros de Valencia, distante solamente una hora, en donde hizo el santo noviciado.
Roque Chabás nos cuenta con detalles y pormenores todo cuanto hizo este joven a la edad de dieciocho años en aquel santo
Noviciado, santificado por tantos y tan ejemplares varones franciscanos. Era asiduo en la oración, el primero en las humillaciones y desprecios y siempre constante en verse el último, cuando podía ser de los primeros, por su rara santidad. Pero tuvo que luchar de una tremenda tentación. Aquel arriesgado y valeroso muchacho, que despreció el mundo con sus halagos y no quiso despedirse de sus padres y hermanos, ahora siente una lucha tremenda. Cuantas veces acuden a su memoria sus padres y hermanos no puede contener las lágrimas, y la voluntad desfallece. Pero fue valiente y denodado. En la oración encontró fuerzas y energías, y después de resistir con bríos formidables, tuvo el consuelo de hacer la profesión religiosa, obteniendo los votos unánimes de toda la comunidad, que veían en él una esperanza segura de algo extraordinario en la virtud y en la ciencia.
Del convento de Santa María de Jesús, de Valencia, pasó para continuar los estudios, una vez terminado el santo noviciado, al convento de Santa Bárbara, de Alcira. Fueron la santidad y la ciencia los dos anhelos que movieron su voluntad decidida. Roque Chabás nos cuenta que «no tenía más que una túnica y hábito austero, bajo los cuales ocultaba un áspero cilicio que daba vuelta a todo su cuerpo; interiormente se cubría con unos paños menores del más rústico lienzo. A los ayunos forzosos de la Regla añadía otros, y no pocos días se contentaba con sólo pan y agua y se mortificaba con ásperas disciplinas con que encendía su fervor. Sus esfuerzos se dirigían a sujetar sus pasiones y hasta el más pequeño de los movimientos que éstas pueden causar en un joven. Tenía la dicha de hermanar una completa salud y se aprovechaba de ésta para poder practicar aquella vida tan austera» (Roque Chabás: Historia, pág. 15. Denia, 1880).
Pero la nota original y específica fue prescindir de sandalias, yendo constantemente desde su mocedad con los pies descalzos. Tendría que luchar por este motivo con no pocos que creían era más efecto de notoriedad que anhelo de ser un verdadero discípulo del Seráfico Padre en ese aspecto de la descalcez. Esta faceta de su vida austera y franciscana le darían un título que para él fue siempre timbre de honor. Se le llamaría vulgarmente el Frare Pere el descalç. Tanto en Alcira, en cuyo convento estuvo edificando a todos con sus raras virtudes, como en el de la Virgen de Rebollet, de Oliva, que fue el que le albergó después de haber permanecido más de un año en Alcira, su vida fue la que le granjeó notoriedad de santo verdadero.
De ese convento de Oliva pasó al de San Francisco, de Valencia, en donde continuó sus estudios, en los que hizo grandes progresos no
solamente en las ciencias filosóficas, sino también en todas las ramas de la Teología mística, dogmática, escriturística y moral. De ello tenemos dos grandes testimonios. El pavorde (1) Grau, que hizo el discurso en sus exequias, nos dice «que le había oído muchas veces y muchos años sin disonar en lo más mínimo en materias de filosofía, teología moral, escolástica y mística y también en la exposición de la Sagrada Escritura». Y el otro es del Arzobispo de Valencia Fr. Isidoro Aliaga, que afirmaba «que la doctrina de Fr. Pedro era sana y grave» (Roque Chabás, pág. 18).
Debidamente preparado, cantó su primera misa, y muy pronto le mandaron al convento de San Francisco, de Chelva, para que allí, en aquella soledad, se dedicara a la virtud, a la ciencia y a la obra evangélica, que debió ser sumamente provechosa para toda esta villa.
No hemos podido sacar nada extraordinario de cuanto seguramente hizo aquí. Tanto el Padre Cristóbal Mercader, que publicó la vida del Venerable P. Pedro Esteve, en 1677, unos veinte años después de morir, como la que refundió y pudo ilustrar el hijo de Denia Roque Chabás, apenas dicen nada de su estancia en Chelva. Se limitan a poner de relieve el cargo que le otorgaron de Predicador, el cual ejerció primeramente en Chelva, y que a la edad de treinta y dos años, el 1606, fue nombrado Comisario de Tierra Santa por voluntad expresa del P. Provincial Fr. Gaspar Menor.
Este nombramiento es índice de lo que en virtud y en ciencia brilló Frare Pere en la villa de Chelva. Roque Chabás, en las breves líneas que le dedica mientras estuvo en Chelva, da a traslucir lo que hizo y aprendió en una de las cuevas de los mártires de Granada que escogió por celda y oratorio. «Fr. Pedro escogió una de aquellas cuevas para retiro. Pasaba grandes ratos, yéndose allí a estudiar y meditar la Sagrada Escritura, los comentarios y exposiciones de los santos Padres y las glosas; de las cuales adquirió mucha noticia.
Al estudio juntaba la oración, y de tal modo alternaba estos dos ejercicios, que en la oración aprendía y estudiando meditaba.» "Verdad es que para hacer esto no hay mejor libro que la Biblia", y éste era justamente el que a todas horas rumiaba Fr. Pedro... No es para explicado los frutos de virtud con que nuestro religioso se enriqueció a sí mismo y a los demás en Chelva, donde con aplauso de todos vivió algún tiempo» (Roque Chabás, pág. 21).
Chelva nos ha podido ofrecer otra florecilla franciscana. Muere en Valencia en 1658, pero Chelva aspiró su perfume y contempló sus heroicas virtudes cuando era joven y predicador de rara santidad.
(1) Pavorde: En la Iglesia metropolitana y en la Universidad de Valencia, título de honor que se daba a algunos catedráticos de teología, cánones o derecho civil, que tenían silla en el coro después de los canónigos y usaban hábitos canonicales.
San Francisco, ladrón de herejes
Se ha publicado en Londres la autobiografía de la ilustre convertida al catolicismo Clara Sheridan, personalidad contemporánea del arte y de la vida inglesa. Prima hermana del antiguo premier británico Winston Churchill y de familia anglicana, confiesa en sus memorias la influencia que tuvo en su conversión el Pobrecillo de Asís San Francisco.
Extractamos algunos pasajes de su entrada en la religión católica, haciendo resaltar la influencia que siempre ha tenido el gran Santo de Asís sobre los extraviados herejes que han buscado la verdad, encontrándola tras las tinieblas de sus dudas y vacilaciones.
La puerta franciscana
Clara Sheridan sentía hace ya tiempo una fuerte nostalgia religiosa. Esta se agudizó en 1937 con la muerte de su hijo. Educada en el colegio católico de la Asunción, de París, tenía sus vacilaciones y sus congojas en abrazar y descubrir la verdadera fe. Cuando acabó la segunda guerra mundial —en 1945— experimentó una verdadera necesidad de entrar en la religión católica.
«Desde mi estancia en el convento de París la idea de ser católica —nos confesará en sus memorias— me asaltaba periódicamente. Mientras esculpía mi crucifijo de encina, esta idea llegó luego a ser tan vehemente que me condujo a las puertas del Monasterio franciscano de Rieti. Esta palabra, franciscano, provoca en mí todo un complejo de emociones y sentimientos: mis recuerdos de la inolvidable ciudad de Asís.»
«¡Qué camino más apropiado y más sublime para entrar en la religión católica el del espíritu franciscano! Era el mismo camino que había cogido Santa Clara, pero ella —a diferencia mía— no había tenido que llamar a ninguna puerta. Los mismos frailes habían venido a escoltarla con luz de antorchas. De una manera más humilde y menos espectacular pasaría yo también por el gran intermediario de conversos: San Francisco.»
«No era tampoco una cuestión de conversión, sino simplemente de colocarme en el lugar donde debía de estar. Una gran paz se apoderó de mí, la paz del corazón, la que nace de una decisión justa aunque por mucho tiempo haya sido retardada.»
Abjuración en Asís
En 1945, después de un difícil viaje que hizo Clara Sheridan a Asís, se verificó su entrada en la iglesia, punió culminante de todo su proceso de convertida. Nos lo narrará así bellamente descrito:
«De mañana me levanté y salí pronto de casa; subiendo la cuesta empinada de la pequeña calle de adoquines pregunté a la única persona que marchaba en la misma dirección cuál era el camino para la iglesia de Santa Clara. Casi siempre que me encuentro con extranjeros por casualidad me han caído en suerte hombres que merecen la pena en algún aspecto. Había rogado a San Francisco que me ayudara, y éste había colocado a aquel hombre en mi camino. Se trataba de un fondista suizo retirado y también —como me enteraría días después— terciario franciscano, quien ayudaba todos los días a la misa de seis en la tumba del Santo.
»Le pregunté si podría buscarme un sacerdote que hablara inglés o francés. Como él me instara a hablar con cualquiera de ellos, yo le confié la razón de mi viaje a Asís. "Es preciso informar al Obispo", me decía. Yo, por mi parte, no dejaba de repetirle que no era al Obispo a quien necesitaba, sino a un sacerdote. Mas él, mientras yo oraba en la iglesia de Santa Clara, descendió de nuevo la cuesta para llegarse a la Basílica y encontrar a alguno de los frailes que estuviera dispuesto a comenzar mi "instrucción"...
«Asís no es sitio donde se puede permanecer indiferente a aquello que a uno le rodea. Aun no habiendo ningún indicador de los benditos lugares, yo me preguntaba cuál era la razón de que sus habitantes puedan vivir tranquilos sin ser consumidos ante tantas bellezas de orden natural y sobrenatural que allí se respiran. Por todas partes encontraba una sonrisa angélica en los habitantes de Asís como saludo a mi venida. Perdí la noción del tiempo y del espacio orando en la cripta en aquella mañana del 11 de agosto, vigilia de Santa Clara.
»Por la madrugada, al otro día, al subir de nuevo la larga cuesta, estaba segurísima de que antes de que el sol se ocultara yo sería católica. A mi llegada al convento un mensaje me esperaba: el del Obispo de Asís, quien me anunciaba podría visitarle a las cinco de la tarde en la Catedral. Fui y el Obispo llegó con media hora de retraso (¡cuál no sería mi angustia en esta prolongada espera!). Las puertas de la capilla se cerraron. Yo me arrodillé en el reclinatorio y me sentí muy emocionada. No había, en verdad, nada de horroroso, ni aun de impresionante, en que una herética fuera recibida en la iglesia. Sorprendí a los asistentes escasos al acto leyendo mi abjuración en italiano y mostrando que no se me escapaba el sentido de ninguna palabra. El Obispo hacía constantemente gestos de aprobación y yo experimentaba placer en esta lectura. ¡La lengua italiana es tan bella! Pero de pronto ocurrió algo inesperado: el Obispo me dijo que debía confesarme, y como adivinara en el rostro mi inquietud, añadió sonriente: "Yo la ayudaré..."
Clare Sheridan tallando una imagen de la Virgen
«Después la ceremonia de la confirmación y para acabar la bendición del Obispo. Ya no me quedaban más que seis días. En el curso de los cuatro primeros recibí una instrucción intensiva en vista de mi primera Comunión. No me olvidaré nunca la noche última antes de la ceremonia. Vagué por el campo fuera de la ciudad y durante algunos instantes pensé en los cosas extrañas que me sucedían. No importaba. Era yo la que lo había querido. Pero, sin embargo, todo eso parecía trascender la escala de mi sola voluntad. En adelante todo había de ser diferente para mí: una nueva vida y yo otra distinta...»
La primera confesión
«Es una extraordinaria experiencia hablar con un extranjero y además consagrado a Dios, no ver su rostro y descargar una su alma sin pedirle nada de vuelta. El no sabrá jamás la impresión que me ha hecho, ni el coraje que supo comunicarme para afrontar el resto de mi vida de una manera enteramente nueva.
»En este estado de exaltación espiritual fue como bajé luego la sombría escalerita que conduce a la cripta, allí estaba Luigi, el fondista suizo que ayudaría a la misa al P. Nonni, religiosas y algunas terciarias y terciarios franciscanos a los que quizá ya no iba a volver a ver más en la vida, pero que, sin embargo, los consideraba verdaderos amigos. Llevaba en mi corazón innumerables amistades muertas y viva». Tenía una sensación casi física de su presencia, y es verdaderamente un sentimiento extraordinario el sentirse así, confiada y envuelta en esto. Cuando salimos de la iglesia con el brillante sol matinal, era el principio de una jornada de iniciación. Por la noche tuvo lugar otra ceremonia en la cripta, ceremonia muy simple, en el curso de la cual yo me enrolaría en las filas de la Tercera Orden Franciscana».
Luchas finales
«Yo no sospechaba que una versión tan deformada, lastimosa e incomprensiblemente de esta ceremonia apareciese en la prensa inglesa. ¿Qué podrían saber los periodistas de los terciarios franciscanos...? Mi hija Margaret fue despertada por teléfono a media noche para decirla que su madre se había hecho religiosa... ¡Cuando Margaret no sabía aún que yo era católica!
«Días más tarde, en el viaje de regreso, me detuve en Ginebra, Winston Churchill y su familia residían en el borde del lago en una casa puesta a su disposición por el Gobierno suizo. En el recibidor vino hacia mí con los brazos abiertos mientras me decía: "Estoy ya enterado de lo que has hecho" —en efecto, la noticia había sido anunciada por Radio Vaticano—; asaltada a preguntas permanecí confusa. Winston me hizo saber que él estaba en las mejores relaciones con el Santo Padre y de acuerdo sobre la mayor parte de las cuestiones políticas importantes. "La Iglesia —me dijo— representa el individualismo frente al comunismo." "Como hombre político estoy del lado de la Iglesia —continuó—, pero aún sigo defendiendo con Federico el Grande que cada uno tiene el derecho de escoger la ruta que le conviene para ir al cielo..."»
J. Weil
Confidencias
⇒ Que no haya ni un solo minuto que no esté consagrado a amar a Dios, y estaremos ciertos de haber hecho del tiempo el mejor uso posible.
⇒ No busquemos nunca nuestra perfección fuera o al lado del camino que nos toca recorrer.
⇒ La solicitud excesiva en nuestras obras es un desorden que urge remediar aun cuando sea difícil el hacerlo.
⇒ La excesiva solicitud nace de la pasión del deseo; y como es una pasión muy ardiente por su propia naturaleza, es difícil reprimirla. Pidámoslo al Señor en la oración.
⇒ No os quejéis más. Evitad el ocupar a los demás con vuestras penas y lograréis una admirable tranquilidad de espíritu. Que el amor a Jesús crucificado nos levante por encima de todas las cosas sensibles.
⇒ Jesús quiere serlo todo para vuestra alma, y así, mediante circunstancias independientes de vuestra voluntad, deja a la criatura que se retire y aparte... Desea que sólo su pensamiento y amor llenen vuestro corazón.
⇒ No te dé tanta pena lo que se piensa y dice contra ti; aun cuando el giro de los sucesos te parezca desfavorable. Hazte superior a todo, si tienes a tu favor el testimonio de la conciencia. Descansa en Dios. Fía en El.
⇒ ¡Dios mío!, libradme de obrar impulsada por un motivo imperfecto. ¡Dios mío!, ¡concededme la gracia de obrar siempre conforme a vuestra santísima voluntad!... ¡Qué hermosa oración!
⇒ Es un error el creer que el arrepentimiento y la humildad nos obligan a mirar siempre al «pasado»... Dios, que ya lo perdonó y olvidó, no permite que hagamos de ese pasado un motivo de inquietud que impida consagrar al «presente» toda nuestra atención y voluntad.
⇒ El estado de sufrimiento es siempre una gran oración. Pero no os alejéis jamás del Sagrario, ni interrumpáis vuestras oraciones por la razón de que sufrís mucho... Pensad que nuestro Señor ejerce sobre vuestra alma los derechos que libremente le habéis concedido para transformaros en su semejanza.
María de Santángel
Cantares de Nazaret
Canto 3.°: Canto de la natura a la Virgen su Reina pura
Jesús y María sentados junto a la fuente de Nazaret
Jesús. — El reposo y el descanso
en este suave remanso
bien nos hace recordar
las gracias de aquel cantar
con que el agua de la fuente
resonaba tiernamente
las loas de tu hermosura,
así parece ahora cantar
también por tu amor la natura.
Puesto que hablamos del cantar
bien será que reposemos
y con amor escuchemos
la ternura y los encantos
que sienten por ti los seres,
puesto que la Reina tú eres
de toda la creación.
María. — Si esa es tu decisión
hágase como tú quieres.
Jesús. — Ya verás tengo razón.
¿No has visto al amanecer
cómo los seres creados
todos de ti enamorados
te han mostrado su querer?
Las estrellas rezagadas
por verte ir a la fuente
no seguían al poniente
mirándote a ti aleladas;
y a eso por el oriente
una clara pincelada
de mil colores dotada
alumbró el valle y el monte
y esparció los mil colores
de su luz bella y hermosa
dando su gracia a la rosa
y a todas las otras flores.
Vistió con ampos de nieve
a los lirios y azucenas
y de ardiente color llenas,
movidas con soplo leve,
fueron mostrando las rosas
que eran flores preferidas
de la luz, reconocidas
como las reinas hermosas
de los valles y jardines;
y la celeste violeta
y el carmesí en los claveles,
como niñas y donceles,
era una fiesta discreta
que te ofrecieron las flores
de la luz en los albores.
Porque flores a María
con sus perfumes y aromas
cantaba en valles y lomas
el himno que te ofrecía
la creación mañanera,
de gracia y de luz toda entera.
Y el céfiro desprendido
de sus ocultas cabañas
mostró su aliento y sus mañas,
y juguetón y atrevido
removió las arboledas
despertando así a las aves,
que con sus cantos suaves,
regocijadas y ledas,
comenzaron su armonía
de mil variadas canciones,
y el arpegio de sus sones
siempre sonaba María,
como brotaba en las flores
en sus perfumes y aromas,
llenando valles y lomas
la esencia de sus amores
con esta suave armonía:
Flores, flores a María
y canciones a su amor,
y resaltó en la armonía
como lo hace cada día
el gracioso ruiseñor
cuando la luz ya invadía
la tierra con su esplendor.
Y por fin, con su llave santa
y con diadema de oro fino
abrió las puertas el día,
y el sol, rozando los montes
e invadiendo los valles,
con arpegios de luz pura
hizo sonar en la tierra
el canto del Avemaría.
¿Está ya ahora mi mamita
satisfecha y convencida
de que no sólo la fuente,
sino las flores y el día
y toda la creación patente
le cantan y la bendicen
y son con ello felices
de mostrarle así su amor?
María.— Loado sea el Señor
que así exalta y engrandece
a esta su humilde sierva
rendida toda a su amor.
Hijo mío, tuya es y a ti se debe
esta gloria y este honor.
Y estos cantares gloriosos
sean todos para Dios.