Tránsito de San Francisco

Era una tarde triste y silenciosa:
ya el mundo fatigado se dormía;
sólo una queja suave y amorosa
exhalaban los pétalos de rosa
al arrullo del aura que bullía.

Sollozaba la brisa en la enramada;
gemía el ave en amoroso arrullo,
y en vaporosa nube perfumada
se elevaba el aroma del capullo.

De los montes la cándida aureola
fulgentes perlas de rubí lucía,
y el astro que las tardes arrebola,
¡ay!, triste de la tierra se partía...

De la noche en el seno misterioso
ya su frente la tarde reclinaba,
y en desmayo amoroso natura
adormecida suspiraba.

Sobre verde colina
Asís allá a lo lejos aparece
cariciada del astro que la dora,
como el ave en la fronda se adormece
a los besos del aura arrulladora.

La Porciúncula gime... Recostado
está en el duro suelo, en agonía,
de sus dolientes hijos rodeado,
radiante de alegría,
Francisco, el Pobrecillo, el Padre amado.
Y cual su trino candoroso el ave
vierte del nido, al extender su manto
de grana y oro la fulgente aurora,
de amor Francisco un inspirado canto
eleva, al entrever de eterno día
los celajes de luz deslumbradora:

—Señor omnipotente, Dios eterno,
sea a Ti todo honor:
sólo eres digno Tú de excelsa gloria,
de amor y bendición.

Alábete mi hermano poderoso,
el esplendente sol:
él es imagen centelleante
y pura de tu eterno esplendor.

Alábente la luna y las estrellas
con su suave brillar,
y el viento, y los abismos, y los cielos,
y el claro manantial.

Alábete, Señor, la madre tierra,
el fuego, el hielo, el mar
y mi hermanita el agua humilde
y pura como tu dulce faz.

Alábete, Señor, la hermana muerte
con su grande poder,
que es dulce al que le teme
y te venera, y al malo como hiel.

El que humilde perdona por tu nombre
ultrajes y baldón
te alaba rendido y amoroso,
altísimo Señor.

¡Oh criaturas formadas por su mano
que en el mundo habitáis!
Servid a mi Señor eternamente
con amor y humildad.

Se inundó su rostro demacrado
de suave luz y angelical dulzura
y voló su alma centellante y pura,
entre celeste y luminoso coro,

a la mansión eterna del consuelo,
como atraviesa ardiendo el meteoro
las argentadas bóvedas del cielo...

Se rasgó entonces el cerúleo velo
que las regias mansiones encubría
y se vieron los santos y querubes
y se oyó su dulcísima armonía.

Tránsito de San Francisco

Tránsito de San Francisco. José Benlliure

Nubes de suave y perfumado incienso
al trono del Eterno se elevaban
y los cielos en éxtasis postrados
himnos de amor y júbilo entonaban.

Cesaron un instante las canciones.
Admirados los santos se dijeron:
—¿Quién es éste que sube coronado
más que el sol luminoso y esplendente,
de querubes radiantes cortejado,
con estrellas de luz sobre la frente?

La soberana voz en los confines
del cielo resonó
y de su trono de fulgente gloria
el Eterno así habló:
—Entra al divino gozo preparado
para ti, siervo fiel;
sube a ocupar el trono abandonado
del maldito Luzbel.

Y cual desata su sonora linfa
por la ancha vega el rugidor torrente,
ondas de luz y célica armonía
las celestes mansiones inundaron
y los santos un cántico entonaron...

Allá en la baja tierra
todo duerme en silencio...
el alto bosque, la montaña ingente,
al cielo elevan misterioso canto
por el dormido mundo delincuente
diciendo prosternados: «Santo, Santo»
Se oye tan sólo el murmurar del río,
cuyo eterno lamento va a perderse
en las oscuras sombras del vacío.

En la apartada celda del convento
los hijos del gran Padre gimen, rezan,
y sus santas estigmas reverentes
con lágrimas de amor bañan y besan.

Fr. Francisco A. Pávez P.

Muerte de san Franciso

Muerte de San Francisco de Asís. José Garnelo

Dos noches

Contamos casi dieciocho siglos a lo largo de la vía de la historia: algunos fúlgidos, por admirables eventos y acabadas formas de civilización; otros manchados en sangre y en barbarie, o túrbidos en el contraste de las ideas, o esperanzadores en la visión de un porvenir luminoso. Hechos que dividen dos noches densas de misterio y suaves por estivas fragancias; noches que podrán idealmente acercarse, mas sólo por un momento.

El verano se recoge en altos pensamientos frente al pálpito de las estrellas. Y la luz sideral, resbalando del infinito en silencioso torbellino, baña el alma de una criatura humana que ansia la verdad. Después no un grito de victoria, sino un tácito desasimiento, la grande renuncia.

Respira la eternidad sobre el inmaculado firmamento, mientras en el palacio real de Kapilavatthu, mayormente majestuoso en el plateado regazo de la noche, un joven príncipe, cubierto de delicados vestidos de Benares, sobre los que refulgen piedras preciosas, mira silencioso la última antorcha que ardía en la inmensa sala de fiestas, un momento antes colma de placeres, música y danzas, de dulces ilusiones, de despreocupación y sensualismos. Fasto, desorden y saciedad dominan en la fabulosa morada de Suddhadana del blanco arroz, del rajá del feliz país de los Sakya protegido por la opulencia de sus arrozales, en el azul encanto de sus mil riachuelos; en floridos jardines de enormes árboles en cuyas frondosas copas se cobijan las palomas y se esconde la insidia del reptil y del tigre. Lugar donde habitan los benignos gigantes del Himalaya nepálico, de cielo tibio y profundo como el pensamiento de Gotama, cuarto Buda de nuestra era cósmica, a quien los pueblos del valle del Ganges le dieron el nombre de «bendito».

Apareció entonces como una indomable llama que devorase un pesado telón. Y desde aquel instante el príncipe feliz, que Maya la esposa de Suddhadana, después de haberlo concebido, soñó le penetrase por el costado derecho bajo la forma de un cándido elefante, símbolo de la mansedumbre, es Tathagata, el hombre que posee la verdad.

El ve al su rededor repugnantes cadáveres y no hermosas doncellas. Las armoniosas formas de las danzarinas desaparecen en el sueño bajo los tapices asirios y babilónicos, entre cojines perfumados de sándalo, y no le provocan ya ningún deseo: es un goce hacia el cual Gotama siente repugnancia y horror.

Dentro de poco el Iluminado galopará sobre Kanthaka, cuyo color es igual al de las nieves perpetuas del Everest. Los dioses custodios del silencio ponen las palmas de sus manos bajo los cascos del blanco caballo. Los rayos lunares abren las puertas de la ciudad y Gotama entra en el todo y en la nada.

Al alba los ríos Anoma y Buddha se encuentran sobre la ribera de la suprema salud, donde el cielo hace encontrar el vestido amarillo del samana, del asceta mendicante, un puñado de limosnas, un fino cinturón de cuero y una navaja, alfileres y un colador para filtrar agua.

Nacimiento y dolor, vejez y dolor, enfermedad y dolor, muerte y dolor; dolor es la unión con aquello que disgusta, dolor es la separación de aquello que gusta, dolor es todo deseo frustrado. Gotama despoja aquello que quiere substraer al destino de los vivientes, el cuerpo sujeto a las pasiones, al mal, a la vejez y a la muerte; depone el magnífico vestido y perlas y rubíes caen sobre la tierra desnuda y desierta. Libre al fin, aunque pleno de sabiduría, procede suavemente más allá del tiempo, hacia el nirvana, su paradójica perfección.

Es a la cristiandad a quien pertenece la otra noche. Mil doscientos años desde la venida del Redentor, de espera del reino de Dios: adveniat regnum tuum.

Otra noche. Esta precede la radiante aurora franciscana. A la luz del Seráfico las eternas verdades del Evangelio fluirán en su primitiva pureza para confortar a las gentes sedientas de justicia y de amor, para la elevación de aquellos hombres, que ciegos igual que gusanillos se revuelven en la tierra después de haber perdido las alas del espíritu.

Armaduras y látigos, picas y mazas en Umbría como en todas partes. La ambición y el deseo de dominio y de oro levantan castillos, forjan armas, templan crueldad. Son pocos los que quedan al margen de las luchas. Los grandes pesan sobre las flojas espaldas de los humildes, la espada sustituye la balanza de Teni.

Amarillentas lucecillas y fúlgidas estrellas, croar de ranas y canciones de despreocupados trasnochadores. Asís sueña en las márgenes del feraz valle y el alud se confunde en la lejanía con el lamento de los búhos.

Un perfume intenso de heno y de bosques traspasando las murallas penetra en la ciudad, mientras al juego de las sombras y a lo largo de angostas callejas se oye la clamorosa algazara de un grupo de jóvenes. Son los pimpollos de nobles familias y ricos comerciantes, ebrios de ilusiones más bien que del dorado licor. Ríen y cantan, alzan sus himnos a las alegrías y a las esperanzas vestidas de sol.
Junto a los muros de defensa, la opulencia de la noche parece sorprenderles. Respiran junto a los efluvios de los campos y de los jardines un inesperado silencio.

Es tal vez el más despierto del alegre grupo quien se percata de la ausencia del hijo de Bernardone. El caballero vuelto no de la Puglia, sino de Spoleto, sin gloria y entre las chanzas y burla de los buenos amigos, siempre solícitos a criticar y a demoler, ha desaparecido. Y sin embargo, poco antes también él rompía el sueño de los asisienses haciendo algazara o suspirando entre lánguidos versos al sollozo de las cuerdas de instrumentos musicales.

«¿Dónde está Francisco? —se preguntan—. ¡Extraña criatura! Seguro que ha hecho alguna de las suyas.»

¿Quién es el que se separa del grupo y, en la búsqueda, afronta la subida entre rocas y una multitud de fosforescentes fantasmas?

Lo encontrarán inmóvil y ninguno logrará recordar el lugar. Y Francisco dirá más tarde: «Si entonces me hubiesen echado por tierra no me hubiese dado cuenta.»

Los compañeros creen poder conducirlo de nuevo a su alegre vida en el mundo. Mas se afanan en vano. «¿Qué te tiene lejos de nosotros?»

Ab illa hora coepit sibi vilescere, hubiese escrito Tomás de Celano. Y desde aquel momento el Seráfico comenzó a despreciarse. Sentía que sólo Dios es perfección.

Marino Matricardi


Florecillas del santo retiro de Chelva

IX. Un hijo de Chelva: P. Miguel Juan Martínez

Mientras hemos trenzado en el rosario místico de la historia franciscana de Chelva las distintas siluetas que han ido apareciendo en estas páginas, sentíamos una desazón por no encontrar en este suelo de privilegio y hondura mística y espiritual una florecilla que hubiese nacido en Chelva. La florecilla que presentamos en estas páginas es la que un día brotara en Chelva.

Nos referimos al P. Miguel Juan Martínez, que nació en Chelva, que en las postrimerías del siglo XVII y primeros del XVIII brilló en los distintos campos de la santidad, de la literatura y del apostolado franciscanos.

La obra del P. Joaquín Sanchis Santo Espíritu del Monte, editada el año 1948, cita a este ilustre Superior y casi Fundador del Colegio de Misioneros de Santo Espíritu del Monte. La escribió como trabajo que presentara durante los estudios de la Universidad Literaria de Valencia.

Dice textualmente: «Los nombres que más celebridad han dado a Santo Espíritu han sido los misioneros regionales. Algunos famosos por su oratoria, como el P. Onofre Quiles; otros celebrados por su unción y fervor, como el P. Miguel Juan Martínez... Pero entre todos debemos subrayar dos nombres, el Padre José Galiana y el P. Pedro Vives» (obra citada, página 101).

Hemos tenido suerte de recoger un libro raro, que el P. Joaquín Sanchis ni siquiera cita entre la bibliografía de Santo Espíritu del Monte, y ese es el que nos ha dado los datos que vamos a utilizar para tejer la florecilla que en este capítulo pretendemos ofrecer a los lectores.

La obra se titula Historia de los Colegios-Seminarios de la Regular Observancia de N. S. P. San Francisco existentes en esta Península de España. Su autor, el P. Fr. Domingo Parrondo, Predicador apostólico y Guardián del Colegio de Nuestra Señora de la Victoria, de Villarejo de Salvanés, de la Provincia Seráfica de Castilla. La obra está editada en Madrid el año 1818.

En esta obra, en la que se historia el origen de cada Colegio, aparece la serie de religiosos célebres de cada Provincia Seráfica, y entre ellos, al hablar del Colegio de Santo Espíritu del Monte, nos cita el primero, entre todos, al Padre Miguel Juan Martínez, que nació en Chelva y que estuvo de morador en dicho convento.

No podemos concretar la fecha de su nacimiento. Tal vez en el archivo parroquial de la villa de Chelva podríamos encontrar algo que pudiera darnos una buena pista para ello, pero hoy por hoy nos encontramos faltos de elementos para rastrear eso, que sería para nosotros de sumo interés.

Tampoco podemos concretar cuándo abandonó el mundo y entró en el claustro franciscano. Tan sólo sabemos que bastante joven, atraído por los ejemplos de los santos moradores del convento de Chelva, pidió el hábito de San Francisco, después de haber hecho el noviciado en el convento de San Francisco, de Valencia, y haber estado en distintos conventos estudiando y practicando la virtud; casi recién cantado misa permaneció varios años en el convento de su villa natal, en el que aprovechó no poco en las disciplinas eclesiásticas y en la virtud.

Su estancia en Chelva le abrió panoramas en los horizontes de la Teología y de la santidad. De inteligencia despejada y de constancia nada común para el estudio, aprovechó esos dos extraordinarios talentos que Dios le diera. Y después le vemos regentar distintas cátedras, llegando a conseguir el título de Lector Jubilado.

Después de haber logrado ese título le vemos en el convento de Santo Espíritu del Monte, que acababa de ser designado como Colegio de Misioneros. El P. Antonio Llinás había solicitado uno de los tres conventos que más condiciones tenían para ser Colegio-Seminario de Misioneros: Chelva, Requena o Santo Espíritu. Y el P. Provincial, Juan Rodríguez, con el consentimiento del Venerable Definitorio, le asigna el convento de Santo Espíritu del Monte por sus magníficas condiciones y por su historia. Después de la crisis que tuvo dicho Colegio al abandonar el P. Superior, que era mallorquín como su Fundador, en compañía de varios religiosos, que al ausentarse de allí lo dejaron en situación sumamente precaria y crítica, es este venerable Padre, docto y ejemplar en toda clase de virtud, el que principia a darle sostén y crédito por su santidad, su esclarecida ciencia y por sus escritos, que le colocaron en un lugar preeminente en la ciencia mística, que expuso en a prosa y en inspirados versos.

El año 1714, salvada la crisis le vemos nombrado Guardián del convento de Santo Espíritu. Antes de regentar ese cargo fue en dicha mansión recoleta uno de los principales que mantuvo la observancia y el espíritu misionero de aquel famoso Colegio, que tantos lauros lograra en el transcurso de los tiempo. No sólo descolló entre todos, como dice el P. Sanchis Alventosa, por «su unción y fervor» en la predicación, sino por su apostolado y por su vida de literato y selecto escritor místico, además de ejemplar religioso.

Fue el iniciador en dicho Colegio, que todavía perdura a pesar del tiempo transcurrido, de organizar tandas de Ejercicios espirituales para sacerdotes y demás eclesiásticos seculares, cuyas tandas dirigía casi siempre él como director experto y práctico, ya que estaba dotado de ciencia teológica profunda y de muchos conocimientos de la mística. Con este prestigio de que gozaba entre el elemento eclesiástico fundó una Hermandad entre ellos y el Colegio que, según nos dice el P. Parrondo, existió desde el año 1675 en que la fundara hasta el año 1725 en que falleció.

Su fama de hombre sabio y santo le llevó a ser elegido Definidor Provincial, cargo que ostentó por espacio de distintos trienios, y que seguramente su consejo y sugerencias fueron de sumo provecho para el desenvolvimiento y progreso de la Provincia.

Pero lo que más le valió el título y renombre de docto y santo religioso, además de los admirables ejemplos y los fervorosos y ruidosos éxitos espirituales en las misiones que diera durante su estancia en Santo Espíritu, fue las obras que escribió, todas de temple místico y todas llenas de fervor y unción que respiran las de nuestro Doctor Seráfico San Buenaventura.

Es opinión corriente entre los biógrafos, de dicho Padre que se inspiró en la doctrina de San Buenaventura, que conocía muy a fondo y que constantemente leía. Algunos de los pensamientos del Santo Doctor los redujo a inspiradas poesías, que si no son de la elegancia y temple místico y literario de San Juan de la Cruz, tienen ciertas reminiscencias.

Ha sido una lástima que este ejemplar y místico religioso franciscano observante de nuestra Seráfica Provincia de Valencia haya sido totalmente desconocido.

Como final, solamente queremos citar este hecho que retrata a este santo y sabio religioso.

En una de las tandas de ejercicios que se organizaron en el convento de Santo Espíritu del Monte acudió una persona que más por fuerza que por devoción había aceptado la proposición que le hicieron de que debía asistir a los santos ejercicios para sacar provecho espiritual.

Apenas franqueó la puerta de Santo Espíritu sintió un profundo estremecimiento que le conmovió profundamente. Principiaron los actos con pausa y devoción y sumo recogimiento. Esa persona asistía como una máquina, a pesar de que el principio fue sumamente provechoso. Oía las palabras del P. Miguel Juan Martínez que dirigía los Ejercicios. Había momentos que las lágrimas afluían a sus mejillas. En ciertos momentos el corazón parece que se conmovía, prorrumpiendo con intensos gemidos su alma encendida. Pero después de aquellos actos, que auguraban un éxito rotundo, llegó el momento de la confesión. Se postró a los pies de dicho Padre aquella persona que tan admirablemente preparada se encontraba, y en el instante que intentó decir su confesión notó que había quedado mudo totalmente. ¿Fue obra del diablo que pretendía frustrar toda la obra del santo religioso Director de los ejercicios? ¿O fue obra de la emoción y del arrepentimiento que le impedían modular palabra? Es lo cierto que aquella persona quedó muda. Y el P. Miguel, al ver cómo todos sus esfuerzos para que hablara eran inútiles, inspirado por Dios, conminó con tremendas palabras al ángel de las sombras que le dejara libre de sus garras, y apenas prorrumpió estas tremendas palabras: "Sal, demonio, de esta alma y déjala libre para que haga su confesión", notó un tremendo ruido y vieron confesor y penitente una figura que entre aullidos y espasmos huía, mientras llamas y fuego brillaban en el recinto de la iglesia.

La santidad de este santo varón se puso de manifiesto en este hecho. El penitente confesó toda su historia de sacrilegios y el santo varón le absolvió, dejando a aquella alma en paz durante toda su vida, llena de merecimientos y de virtudes.

Chelva nos ha ofrecido una florecilla brotada de su suelo: ha sido el P. Miguel Juan Martínez, que a pesar de haber sido Superior y morador de Santo Espíritu del Monte fallece en el convento de San Francisco, de Valencia, el año 1725.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

El filósofo sonriente

Leí: «San Francisco ha sido como una fuente cristalina en la que han bebido su sorbo todos los hombres preclaros.» Y por un sabio acatólico esto otro: «... su personalidad había estado tan compenetrada con todos que casi ninguno de nosotros podemos evadirnos de la influencia de sus enseñanzas», y casi sonreí creyéndola una afirmación hiperbólica. El tiempo me hizo callar aquella sonrisa, porque leyendo en adelante la vida de los grandes sabios me sorprendía de muchos esta afirmación: «amaba tiernamente a San Francisco» o «era terciario franciscano», y yo mismo he visto plasmado ese amor en el lienzo o en un ardiente párrafo literario de algunos de esos genios. Así en Joergensen, Schmit, Wercade, Chestehton, Goerres, Sofía Holten, F. Van Leer, T. Wartson, Luzana Mary, Zurbarán, Murillo, Luzatti, Adolfo Harnack, E. Tileman, Rubén Darío, Gabriela Mistral, etc.

Pero es más de admirar el entusiasmo que aún los mismos impíos demuestran a este vir catholicus. Renán afirmaba en honra de San Francisco: «Yo desafío a la civilización moderna a que vea si puede llevar a la práctica la parte más insignificante de los milagros sociales obrados por el mendigo de Asís.» En aquel entusiasmo le siguió su discípulo Sabatier: «Nunca hombre alguno soñó en una renovación más completa, y los sueños resultaron realidades porque causó una revolución nunca vista ni oída en bien de la humanidad, sin más artes ni medidas que el amor.»

Si exagerada me parecía aquella primera afirmación, más me sorprendió ésta —que no por eso es menos verdadera— del P. Aspurz: «De este entusiasmo han participado literatos, artistas, historiadores y hasta políticos y demagogos, sin excluir a los corifeos del marxismo, y han formado lo que Masseron llamó "Cuarta Orden", la de los franciscanistas... aunque no siempre arranca del verdadero manantial franciscano.» Pero con todo se ve apreciado el valor del espíritu de aquel «mínimo y dulce» Francisco de Asís.

Al azar unos ejemplos: Lenín: «Si yo tuviera tres frailes cual Francisco salvaría al mundo.» Y en otra ocasión, a unos de sus amigos: «Quizá me equivoqué. El pueblo hubiese necesitado una decena de hombres como San Francisco.» Julius Hart: «El más feliz de todos los hombres que han vivido en la tierra y la real y verdadera personificación de la dicha, San Francisco de Asís.» H. W. Vanloon: «San Francisco pertenecía a ese grupo reducido de gente que han sido los más gloriosos bienhechores de la humanidad: era un filósofo sonriente.» Axel Munthen, al ser preguntado sobre la figura que más le admira en la historia, respondió: «San Francisco de Asís.»

Al pasar Napoleón I por delante de una imagen de San Francisco de Asís saludó al Santo descubriéndose la cabeza con mucho respeto. Le preguntó uno de sus generales que blasonaba de filósofo por qué hacía a aquel fraile aquella reverencia; contestó: «Porque esté Santo dominó un ejército más numeroso que el mío y sin fusiles ni cañones ejerció en el mundo más imperio que yo.»

Su ejército actual: los tres millones de terciarios seglares, los noventa mil religiosos y religiosas de la Tercera Orden Regular, las quince mil clarisas y los cuarenta y cinco mil religiosos profesos de la Primera Orden en sus tres ramas.

Excluyendo del ejército, que con sólo el amor domina San Francisco, a las figuras de la Primera Orden en su historia, ya que sería inacabable, nombraré algunos valerosos capitanes que en este ejército han militado: Terciarios Franciscanos lo fueron: San Ignacio de Loyola, San Francisco de Sales, San José de Calasanz, San. Vicente de Paúl, San Francisco de Paula, San Juan de Dios, San Felipe Neri, San Juan Bosco, Isabel de Portugal, San Fernando, rey de España; Luis IX, rey de Francia; Isabel de Hungría, Pío IX, León XIII, San Pió X, Pío XI, Pío XII, Cristóbal Colón, Miguel Ángel, Galileo, Rafael, Lope de Vega, Calderón, Palestrina, Dante, Volta, Balmes, Gounod, Mozart, Bethoven, Donoso Cortés, Pasteur, Vázquez de Mella, etc., ya que enumerarlos todos sería imposible.

José Antonio Fernández


Johni

(Conclusión)

Cuando volví en mí me incorporé y traté de ordenar mis ideas. Vi con sorpresa sólo el cuerpo de una mujer joven tendido boca abajo en el fondo del bote, toda la tripulación había desaparecido. Me levanté para prestarle ayuda y vi que estaba muerta, la habían estrangulado. Recordé con espanto el naufragio y arrojé el cadáver al mar. Me dejé caer sin fuerzas al suelo y encomendé mi alma a Dios. Aunque el mar estaba tranquilo mi barca navegaba sin rumbo, no tenía brújula ni tampoco podía pensar en dónde me hallaba, no tenía fuerzas para nada. El cansancio me rindió y dormí profundamente, con seguridad tenía fiebre. Cuando desperté vi una nube de pájaros que volaban sobre mi cabeza, intenté ahuyentarlos, pero, no podía moverme, me faltaban las fuerzas, estaba hambriento, débil y enfermo.

Esperaba mi hora con resignación y creo que recé algunas oraciones, por más que en esos momentos no se piensa en nada. Sabía que aquellos pájaros cuando percibieran el olor a cadáver devorarían mi cuerpo. Tendido en el fondo de la barca esperé la muerte. De pronto un fuerte encontronazo sacudió la embarcación. Pensé que había chocado con alguna roca, intenté incorporarme, pero caí desvanecido. Cuando abrí los ojos hallé junto a mí a una joven hermosa, pero de color, que me sonreía con dulzura. La joven, incorporándose, saltó de mi bote a otro y después de hacer una fuerte amarra, remando ardientemente arrastró mi bote hasta la playa.

Luego, haciendo un supremo esfuerzo, me sacó de la barca, y tirando de mi cuerpo me llevó a rastras por la arena hasta unos cocoteros, ató mi cuerpo a una de aquellas altas palmeras y desapareció. Me estremecí al pensar que sería prisionero de alguna tribu. Traté soltarme de las maromas, pero no podía. De pronto oí cerca como unas pisadas, volví el rostro y vi a la joven que me llevó hasta la playa acompañada de un hombre blanco. Cuando se acercó aquel hombre lo examiné detenidamente y pude ver que era un sacerdote. Entonces él se arrodilló junto a mí y dijo en perfecto inglés:

—María vino a buscarme a la iglesia, creía que más que ayuda corporal la necesitaba espiritual.

Levanté mis ojos para mirar a María y le sonreí agradecido, la creía una enviada de Dios. Estaba al borde de la muerte y necesitaba reconciliarme con El, llevaba muchos años de abandono espiritual. Sujetando las manos del sacerdote imploré lleno de angustia perdón por mis pecados.

—Dios te perdona, hijo mío, serénate —dijo el sacerdote—. Dios es misericordioso. Todo aquel que le ame El le amará y le hará sentirse dichoso porque le hace partícipe de su gloria y de su reino.

Golpeé mi pecho en un acto piadoso de contrición y alabé a Dios por haberme concedido aquella gracia. Una vez confesado el sacerdote se levantó y tomando mi pesado cuerpo del suelo lo cargó a sus espaldas conduciéndome á su casa. Llamó al médico, luego me dio alojamiento y me prestó ayuda.

—Doctor —dijo el sacerdote—, ponga toda su ciencia en este hombre; yo creo que se salvará, Dios ha demostrado quererlo mucho, por esto nos lo ha traído hasta aquí...

María fue durante aquella terrible enfermedad mi enfermera. Era una mujer capaz de los más grandes sacrificios y por su humanidad una misionera; un alma sensible y pura, una mujer de una elevada moral cristiana. Cuando salí de mi enfermedad me sentí ligado a ella. Podía decir que le debía la vida. De no ser por ella habría muerto aquella mañana abandonado en el fondo de la barca. Yo quería demostrarle cuán grande era mi agradecimiento y le pedí que se casara conmigo. Al oír ella mis palabras las rechazó enérgicamente.

—Yo cumplí con mi deber, Elicier, olvide todo—, dijo ella con dulzura.

—Es que yo la amo, María.

—Usted sólo tiene una preocupación, Elicier, y esa preocupación de usted es su agradecimiento, que no hay que confundirlo con el amor.

—Se equivoca, María. Estoy agradecido, es verdad, pero además la amo.

—Es imposible, Elicier, yo soy negra y usted es blanco, hay un gran abismo entre nosotros.

—María, usted es una mujer cristiana y sabe como yo que para Dios no existen razas. Sólo el alma es lo que quiere El de nosotros. Si su piel es negra, María, su alma es blanca como una azucena. Por esto la quiero yo.

María no se dejó vencer de mis palabras y puso un largo plazo a aquella boda, que yo acepté gustoso para liquidar mis negocios en Australia. A mi regreso a Nueva Zelanda, después de ocho meses, nos casamos y fuimos muy felices; al poco naciste tú, hijo mío. Para qué seguir mi historia si tú has conocido a tu madre. Ella te enseñó a amar a Dios, a huir del pecado, a ser bueno. Conserva tu alma siempre pura, hijo mío, como ella te enseñó. No te avergüences de tu piel negra. Cometerías un pecado y tu madre desde el cielo lloraría sin consuelo. Dios que es el Rey del universo te abraza como hijo amantísimo y se te ofrece en la Comunión. ¿Qué somos nosotros comparados con El...?

Johni lleno de vergüenza se levantó del lecho y arrojándose a los pies de su padre lloró amargamente.

—Papá, no soy digno de ser tu hijo. Soy malo, muy malo. Quiero pedirle perdón a Dios y a mi madre por haberla ofendido y de ahora en adelante quiero tener mi alma blanca para que ella desde el cielo me perdone y esté contenta...

Elicier, con lágrimas en los ojos, tomó a Johni en sus brazos y le besó con ternura.

—¡Hijo mío, el papá te perdona y la mamá también! Ahora sé tú un buen hijo, tómate las medicinas y come mucho, así pronto te harás fuerte como tus primos. ¿Me lo prometes...?

—Sí, papá—, repuso Johni moviendo afirmativamente la cabeza.

Desde aquel día ya no fue preciso prodigarle a Johni palabras de cariño y súplicas para que tomara alimento. Poco a poco fue volviendo a la vida, Johni cumplía su palabra.

Un día su padre le llamó mientras jugaba con sus primos en el jardín.

—¿A qué jugáis, Johni, que armáis tanto escándalo...?

—Papá, jugamos a piratas —repuso Johni—. Pero yo no soy el capitán, ¿sabes?, sólo soy un marinero como tú fuiste. Los piratas son todos malos y yo quiero tener siempre mi alma blanca—dicho esto se abrazó al cuello de su padre.

Efectivamente, después de su enfermedad sus primos le ofrecieron muchas veces ser el capitán pirata, pues sabían que Johni deseaba aquel cargo ardientemente. Pero él ahora lo rechazaba con energía.

Abrazado aún al cuello de su padre dijo al oído muy bajito:

—No quiero, papaíto, no quiero ser capitán de corsarios; quiero ser soldado de Dios.

Noticias

Dice Juan XXIII.- «Ofrecer plegarias, sacrificios y medias para llevar la luz y el amor de Cristo a aquellos que todavía no le conocen, significa dar nueva linfa vital a las diócesis de antigua tradición cristiana y salvar tal vez a tantas parroquias que languidecen en la inedia.»

Misioneros franciscanos en Asia.-
En la Custodia de Tierra Santa: 234 Padres, 179 Hermanos legos y 30 estudiantes.
En Pakistán: 58. Padres holandeses, y 10 Padres, 7 estudiantes y 8 Hermanos legos indígenas.
En la India: 13 Padres ingleses, 11 Padres indígenas, y 9 Padres, 22 estudiantes y 6 Hermanos legos holandeses.
En Vietnam: 11 Padres franceses, y 27 Padres, 8 estudiantes y 29 Hermanos legos vietnamitas.
En Formosa: 28 Padres y 2 Hermanos legos alemanes, belgas e italianos.
En Japón: 149 Padres extranjeros, 16 Padres indígenas, 18 estudiantes y Hermanos legos y 37 terciarios.
En Hong-Kong: 20 Padres.
En Macao: 3 Padres. Uno de ellos, el P. Tomás Chén, hizo sus estudios en nuestra Provincia de Valencia.
En Corea: 8 Padres canadienses e italianos.
En las Islas Filipinas: 46 Padres, pertenecientes a cinco Provincias franciscanas, la mayor parte de ellos de la Provincia de Castilla.
En Sukabumi: 2-5 Padres holandeses y 3 Padres indígenas.

Misioneros franciscanos en África.-
En Rabat: 85 Padres y Hermanos legos.
En Tánger: 58 Padres y 2 Hermanos legos.
En Bangasi: 9 Padres y 2 Hermanos legos.
En Trípoli y Misurat: 30 Padres y 11 Hermanos legos.
En Egipto Superior: 20 Padres y 2 Hermanos legos extranjeros; 15 Padres indígenas, entre ellos uno Obispo de rito copto; 4 Hermanos legos, 13 estudiantes de rito oriental y 2 de rito latino y 34 aspirantes en el Colegio Seráfico, todos de rito oriental.
En Mogadiscio, en Somalia: 21 Padres y 5 Hermanos legos.
En Lulua, en el Congo Belga: 87 Padres y 17 Hermanos legos.
En Lago Moero: 23 Padres y 1 Hermano lego.
En Koksitad: 20 Padres y 5 Hermanos legos.
En Volksrust: 14 Padres y 1 Hermano lego.
En Guinea portuguesa: 9 Padres y 4 Hermanos legos de la Provincia Franciscana de Portugal, y 4 Padres y 3 Hermanos de la Provincia Franciscana de Venecia. Estos últimos atienden principalmente a los leprosos.
En Mozambique: 59 Padres, 4 estudiantes y 24 Hermanos legos.
En Togo y Costa de Marfil: En estos lugares del África Central se han hecho recientemente fundaciones misionales en las que ya misionan 11 Padres.

Profesión y vestición de Hábito.— En Santo Espíritu del Monte, en septiembre del año en curso, el día 6 hizo su profesión solemne en la Orden Franciscana el Hermano lego Fr. Rafael Esplá Jordán; el día 7 vistieron el hábito de novicio franciscano los Hermanos Rubén Camps Mezquida, José-Ramón Pascual Torró, Ramón-María Cobo Guzmán, José-Vicente Herrero Pedro, Atilano Marqués Civera y Salvador Lobato Martínez, y el día 8 hicieron su profesión simple en la Orden de San Francisco los novicios Fr. Cayetano Castro Barranco, Fr. Miguel-Ángel Sempere Calatayud y Fr, Santiago Ocón Gimeno.

Reciban todos nuestra enhorabuena y la promesa de nuestras oraciones para que Dios les conceda la perseverancia final.

El Rosario por la radio.— Contestando a una pregunta que se ha dirigido, la Sagrada Penitenciaría ha declarado que las indulgencias concedidas al rezo del Santo Rosario pueden ganarse incluso cuando éste se reza por la radio. Sin embargo, no se ganan las indulgencias cuando las oraciones radiadas no se reciten directamente, sino que estén previamente grabadas en cinta magnetofónica o en discos.

No soy comunista.— Un corresponsal del diario alemán Die Zeit se ha entrevistado con el escritor ruso Boris Pasternak, autor de Doctor Jivago, premio Nóbel de la literatura en 1958. En el transcurso de la entrevista Pasternak declaró: «No soy comunista y no creo en el materialismo dialéctico. Los siglos son escalón para los pasos de Dios.»

Nuestro colaborador Francisco de Paula García Sabater.— Destacamos en esta página la personalidad de nuestro colaborador Francisco de Paula García Sabater, que junto con sus habituales tareas periodísticas en el periódico Las Provincias actúa como colaborador en la emisora de Radio Manises. Siendo asimismo ganador hasta ahora de los siguientes premio: ganador del Certamen Literario de Elche; cuatro premios extraordinarios en los Juegos Florales de Meliana; premio extraordinario en Denia; dos accésits en Masanasa; premio extraordinario en Puzol; ídem en Torrente; dos más en Manises; mención de honor en Puebla Larga, etc. Por todo ello felicitamos cordialmente al citado colaborador de nuestra Revista, deseándole siga alcanzando en lo sucesivo los mismos galardones literarios.