Índice del número 370

Enero de 1960. Año 34. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

La estrella de los Magos

Ninguna fiesta quizá más emotiva y poética que esta de la Epifanía. Suceso insólito cuya memoria han registrado los siglos como la expresión más pura de la fe y el sentimiento adorativo del hombre. Porque la adoración de los Reyes en Belén entraña un significado altamente aleccionador; es la pleitesía del oro, el incienso y la mirra a quien conjuga maravillosamente dos naturalezas: humana y divina.

La Epifanía nos habla de tiempo pretérito y actual, entrañando estados de plenitud, definiendo el paralelismo existente entre el espíritu y la materia. Ya que son dos fuerzas homogéneas cuyos impulsos establecen en el individuo la más perfecta armonía. Y así ha venido actuando en el corazón colectivo de las generaciones situándolo en un plano de gracia capaz de provocar la divina Unión.

La Iglesia Católica, fiel tradicionalista, conservadora del espíritu sano de los sagrados episodios de su historia, nos brinda en estas fechas de gracia, de candor, pureza y verdad, la más hermosa de las lecciones: la del amor infinito a Dios. El Ser Supremo que hoy se muestra desnudo entre las cálidas pajuelas de un humilde establo, tierno como un capullo palpitante formado de puras fragancias; un niño que sonríe ante el tributo sencillo y sin afectaciones del alma rural que, a los pies de su bendito pesebre, se vuelca para brindarle su veneración y cariño.

La fecha del nuevo año, cuyos desconocidos umbrales hoy estamos atravesando, habrá de significar para todos, para cuantos comulgamos con las enseñanzas de Cristo, una verdadera ruta de riqueza y prosperidad espiritual. Ya que no se concibe al ser pensante, al hombre, desligado de sus auténticos orígenes de vida.

La Santa Iglesia Católica viene a conmemorar durante la Epifanía tres manifestaciones esenciales en Cristo: la adoración de los Reyes Magos, el bautismo en el Jordán de manos de Juan el Bautista y la conversión del agua en vino en las bodas de Caná de Galilea. Tres precisos momentos en la existencia del Salvador que nos definen su mística esencia.

Con respecto a la fiesta que nos ocupa, afirman varios autores que su antigüedad es de tradición apostólica, y San Felipe, mártir, que murió en el siglo IV, la denomina vetustísima.

Y tal efemérides, que goza en todas las edades de extraordinaria importancia, aparece celebrada incluso por los propios emperadores arríanos. Tanto es así que Juliano el Apóstata no se atrevió a dejar de rendirle tributo, según refiere Amiliano Marcelino.

Antiguamente se llamaba la Epifanía «Fiesta de la Estrella», «festum luminum» o de «luminibus», en recuerdo a aquel providencial lucero que en la noche venturosa conduce a los tres augustos monarcas hasta la humilde cuevecilla de Belén.

El color imperante en el rito de la Epifanía es el blanco, símbolo luminoso de la peregrina viajera del espacio y expresión de divinidad y pureza. Por ello bueno será meditar en el significado de una hermosa festividad que cada año llega para recordarnos nuestro inexcusable deber de cristianos. Una llamada de alerta a los corazones para que éstos comprendan y se solidaricen con la noble causa de Cristo.
¡Epifanía en la memoria, en el espíritu y, sobre todo, en los actos más sencillos de vivir diario, ya que son partículas que habrán de formar en el porvenir la obra gigantesca del bien y la espiritualidad!

Francisco de Paula García Sabater

Venimos bajando

Con este título encabeza Mons. Federico Kaiser, en su difundida obra Contesta la Biblia, un capítulo de interesantes observaciones histórico filosóficas. Nos hace ver y meditar cómo la humanidad, habiendo llegado a las cumbres de su cultura en la luminosa Edad Media, ha venido cayendo en abismos de negaciones y errores profundos en períodos matemáticos de doscientos años.

Así tenemos que en 1517 se produce la gran apostasía de la Iglesia. Lutero, corifeo máximo del protestantismo, levanta la bandera de rebelión religiosa, rechazando la autoridad magistral y gobernativa de la Iglesia.

Doscientos años después (1717) apostasía de Cristo. Se organiza en Londres la masonería. Esta secta dice creer en el Gran Arquitecto del Universo, pero no cree en Cristo como Hijo de Dios, como Dios mismo. A lo más lo admira como un gran filósofo, nivelándolo con Buda, Confucio o Sócrates, pero nada más. Quizá Jesús es hasta un formidable revolucionario social. De ahí no pasa. Para la masonería Cristo es lo más sublime que se puede pensar, pero no es Dios. Es un simple hombre. Eso sí, un gran hombre.

Pasan otros doscientos años (1917) y viene la apostasía de Dios. Se organiza en Moscú la Unión de los Sin Dios. Se levanta un monumento a Judas, en granito rojo..., y se proclama oficialmente el Estado ateo, y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas surge al grito de que Dios es sólo un producto de mentes débiles, de fantasías enfermas. El único Dios, afirman algunos políticos soviéticos, entre ellos Trotsky, es la evolución económica, inspirándose seguramente en Carlos Marx. Este y sus secuaces sostuvieron que el factor económico condiciona y rige todos los acontecimientos históricos. Lo cual es falso. Refutan esta tesis, entre otros, el pensador José Ingenieros, estudiando hechos históricos de trascendencia universal que no estuvieron condicionados por el factor económico y cuyas consecuencias repercutieron precisamente no en el orden económico. Por ejemplo: la Revolución francesa, que operó mutaciones notables más bien en el campo jurídico, fundamentando la Tabla de los Derechos del hombre.

Podríamos añadir que también el descubrimiento de América, el hecho histórico más notable después del nacimiento de Cristo, no se inspiró ciertamente en el factor económico. Al menos éste estuvo considerado en grado secundario. En este portentoso hecho primó ante todo un noble afán científico, un romántico sueño de saber, una intuición poética de redondear el planeta.

Tenemos, pues, las tres grandes apostasías producidas en espacios matemáticos de doscientos años: 1517, 1717, 1917. Negación de la Iglesia, de Cristo y de Dios. Puntos de apoyo de estas negaciones: protestantismo, masonería y comunismo ateo.

Observemos el proceso. Se produce de mal en peor. Primero, desobediencia a la Iglesia. Esta supone a Cristo su Fundador y Cabeza Invisible, pues negación de Cristo. Cristo es Dios, pues negación de Dios.
En el fondo, en último análisis, el caldo de cultivo —digamos así— de estas negaciones, la soberbia humana, imitando y haciendo eco a la soberbia diabólica. En el ambiente de estas tres colosales negaciones o apostasías flota el grito desafiante, pleno de rencor y odio de Lucifer: Non serviam: No serviré a Dios. ¡No le reconoceré como Señor... no le amaré...!

El hombre por su naturaleza es libre para tomar voluntariamente esta ingrata actitud contra su Creador. «La libertad humana —dice Lasserre— tiene la terrible facultad de resistir a todo, aun a Dios. Bien puede el sol alumbrar el mundo e iluminar los espacios en que giran los globos del universo, el que quiera resistir a su poder luminoso y anularlo para sí mismo no necesita más que cerrar los ojos. También el alma puede, lo mismo que el cuerpo, hacerse insensible al resplandor de la verdad. Las tinieblas no son producto entonces de una enfermedad en el entendimiento, sino resultado de un acto de la voluntad que se obstina y se complace en no ver...»

Bien. El hombre puede ser incrédulo, racionalista o materialista. Puede negar todas las verdades. Incluso la verdad suprema: la existencia de Dios. Pero hay una verdad terrible suspendida sobre él, como perenne espada de Damocles. Y es la realidad tremenda de la muerte. No puede negar esta verdad. No puede evitarla. Le roe la carne, las entrañas, los nervios, los músculos. Lo pulveriza...

Y esta verdad viene de Dios, Autor, Dueño y Repartidor de la vida y de la muerte. ¡Pobre hombre!, al fin es un gusano caduco, perecedero...

Y no piensa qué negando a Dios viene —consecuencia fatal— una serie de luchas, incomprensiones y maldades. Se produce el desequilibrio en todos los órdenes de la vida. El caso individual, familiar y social.
No hay caso: lo único valedero y digno es amar a Dios y sólo «vale la pena vivir aquella vida que nos sobreviva a la muerte», que dice Tolstoi.

Lo único que supervive, después de la desaparición del hombre, son las buenas obras. El perfume inextinguible del buen ejemplo. La perennidad inmortal del amor. ¡Del amor evangélico, del amor de Cristo!

Mons. Ignacio Arbulú P.

De comunista a fraile franciscano

aaErsilio Bravi, natural de Ancona, no era sólo un militante del comunismo, sino también un líder obrero tranviario de gran trayectoria de lucha y de sincera convicción. Formó parte de los millones de trabajadores italianos que asistieron al descalabro del fascismo, luchando contra él, y en la hora de la total derrota, a la que arrastró a Italia Mussolini, militaron o simpatizaron con el comunismo. Ersilio Bravi, trabajador bien instruido, fue de los escogidos de la dirección comunista. Se le captó con el consabido viaje a Rusia —que es el anzuelo—, y pronto alcanzó todos los honores del liderazgo, con frecuentes recorridos por otros países satélites. Excelente orador, austero y buen conocedor del marxismo, Bravi era uno de los genuinos proletarios de la posible implantación del comunismo en Italia. Ersilio Bravi hizo una detenida visita a Yugoeslavia y regresó, ya como dirigente, varias veces a Moscú.

Pero, de pronto, después de una larga residencia en la zona soviética, Bravi ha formulado una pública declaración: «Regreso a Italia fatigado, pero listo a buscar un diverso sentido de la vida». El comunismo, dice, no es ya un ideal de justicia para los trabajadores. Después de haber sufrido prisiones y torturas bajo el fascismo, siendo casi un adolescente, su ortodoxia stalinista fue causa de que en Yugoeslavia también fuera encarcelado. Y en la cárcel conoció a Milovan Gijlas, el teórico del comunismo, que desilusionado ha escrito el difundido libro La nueva clase, y comprobó que así como en Rusia hay millones de trabajadores disidentes convertidos en esclavos en los campos de concentración, así también en Yugoeslavia hay muchos otros en situación semejante.

Pero ante todo comprendió que Rusia es hoy un imperio del capitalismo de Estado bajo el cual la clase trabajadora vive sujeta a los salarios más bajos de toda Europa, sin derecho a protesta y menos aún a los reclamos sindicales y a la huelga. Por otra parte, Ersilio Bravi ha visto claramente que la política de la coexistencia es la negación claudicante del principio marxista de la lucha contra el sistema capitalista. Porque en vez de destruirlo, trata de coexistir con él. Y ha auscultado el verdadero pensamiento de las masas obreras cada vez más alejadas de la meta social que hace cuarenta y un años anunció la revolución rusa. Al volver a Italia lo ha dicho sin ambages. Ha hablado, con su elocuencia nutrida de hechos vividos, a la juventud obrera italiana y le ha advertido que los partidos comunistas hoy no son sino «quintacolumnas» organizadas bajo los mismos moldes que el Nacional-Socialismo de Hitler estructuró sus ciegas y suicidas puntas de lanza al servicio del frustrado imperio germano de la raza aria. Conocedor de todos los secretos de la dirección comunista, sus palabras han tenido enorme repercusión.

Y sus acusaciones han gravitado fuertemente en las masas del partido que día a día disminuyen en Italia. Pero Ersilio Bravi ha declarado que él no será un excomunista como los tantos desengañados que reaccionan contra su error conservando el espíritu servil para volverse mercenario de otras filiaciones. El traumatismo moral de su desilusión lo ha llevado a buscar a Dios. Desde el sacerdocio servirá mejor a sus semejantes, ya sin aspiraciones de poder, sin ambiciones escondidas y sin rezagos de inescrupulosidad política. En septiembre próximo pasado tomó el hábito franciscano. El latín no será para él una dificultad porque lo estudió en el Liceo. Bravi no pide que todos los comunistas desengañados se vuelvan sacerdotes, porque su caso es muy personal. Pero sí advierte que el comunismo no es sino un imperialismo ateo que niega la libertad del hombre y pretende esclavizarlo.

[La Nación, 8 nov 1959, pág 4)

¡El año 60...!

¡Atención, amigo, que la cosa es seria! Estamos a dos pasos de la muerte. El 1 de enero comienza el año 60, por si no lo sabía. Como quien no dice nada: ¡el 60! No el 59 ó 61, no; ¡el 60!, ni más ni menos. Y... «el año 60 vendrá una guerra de órdago: el año 60 morirá la tercera parte de la humanidad; el año 60 habrá cartas; el año 60 será el fin del mundo; el año 60...»

¡Pobres de nosotros los del 60! Y lo más grave del caso es que, desde hace años, la ilusión de los ancianos es «tirar» hasta el 60, «porque en ese año van a suceder muchas cosas». ¡Pobrecitos, pobrecitos de nosotros cuando tengamos que cargar a cuestas con ellos porque nos persiguen los enemigos!... ¡Yaya si van a suceder cosas y casos! Ya podemos preparar una libreta de Banco para nuestro «Diario» y algunos bolígrafos de repuesto, por si acaso. Por de pronto anticipamos que en el año 60 hará frío en invierno y calor en verano (esto, en serio); verdor en primavera y un melancólico caer de las hojas en otoño (y esto poético). Lloverá para abajo, y el que esté en la calle y no tenga paraguas se llevará un buen remojón. Por las mañanas saldrá el sol si no hay nubes; y se jugará a las «quinielas», porque no hay miedo que supriman el fútbol.

Ciertamente habrá entre las naciones una guerra fría. Nuclear pudiera ser, pero lo veo difícil: resulta más entretenido celebrar conferencias «de los cuatro» y «cumbre», aunque en realidad resulten «de los cuatrocientos pollos», y mejor si son sin cumbre, sin cresta, digo.

Que morirá la tercera parte de la humanidad es cosa casi averiguada. Porque la mayoría de nuestros viejos (que, según las estadísticas, abundan como nunca) llevan diez o quince años pidiendo se les alargue la vida «solamente hasta el 60; después, que me muera si quiere». No sé si constituirán un tercio de la población mundial, pero sí una buena parle. En consecuencia, el año 61 la humanidad quedará en cierto modo rejuvenecida a causa del generoso desprendimiento de la vida de estos ancianitos que se han comprometido espontáneamente a vivir sólo hasta el 60. Después, cantarán satisfechos el nunc dimittis...

Yo me 'limito en estas líneas a recordarles (por si les falta la memoria) el serio compromiso que adquirieron ante las leyes de la vida. Pero que conste que lo hago con el mayor cariño y respeto, que es lo que se debe a los ancianos. Por mi parte no tengo ningún interés en mandarlos «al extranjero»; al contrario. A mí me agradan los viejos, porque me gustan los niños. Pero como se empeñaron en no vivir más que hasta el 60, en su pecado llevarán el castigo. ¡Qué se les va a hacer! Por lo tanto, ¡a prepararse! Porque desde el 1 de enero estamos en el 60, señores...

En el año 60 ciertamente habrá cartas, y carteros, y carteristas también. En esto estoy plenamente de acuerdo.

Y hablando aún más en serio (por más que todo lo que yo digo es formal y serio, y si no miren la firma...), en el año 60 ¿acaecerán cosas raras? ¿Será el fin del mundo?

Yendo por la calle me he encontrado con una señora, menuda, fea y arrugada. Alterno:

—Buenos días, señora. ¿De compras?

—Sí, señor. ¡ Qué remedio!

—¿Y cuánto le ha costado todo?

—Veinte «calas».

—¿Justitas? ¡Qué casualidad!

—Justitas, no; eso en números redondos...

Al pasar por un quiosco he pedido un paquete de caramelos. Valía 8'25, pero el vendedor me ha alargado los céntimos: «Los picos para usted.»

Cuando volvía a casa he cazado al vuelo una frase de mi «tío» que hablaba por los codos: «Le he metido una trola más redonda que un cero.»

Y me he puesto a pensar. A la gente le gusta lo redondo. La vieja que vuelve de la plaza dice que la compra le ha costado veinte pesetas, aunque no sean justas. Al vendedor de caramelos no le gustan los «picos». El charlatán de la calle mete «trolas redondas como ceros...» ¡Ah, ya!... El año 60 es redondo también. Como que casi son dos ceros... En los años 59 y 61 no pasa nada de particular. Son años con «picos», y eso a la gente no le hace gracia...

Pero a mí sí el cerrarle el pico a todo el que se meta con el año 60. ¡Como si tuviera alguna culpa el pobrecito!

Fr. Formal de San Bruno, T. D.

Te bendigo, Señor

Te bendigo, Señor, que pusiste
en mi pecho el cordaje de un arpa
con sonido vibrante y sonoro,
tan sensible que todo lo canta.

Porque en todo yo veo tus huellas
pues que todo tu diestra lo abarca,
desde el ave que cruza la altura
al gusano que en tierra se arrastra;
en todo yo veo
tu sombra que pasa
dejando bellezas
que Tú sólo trazas.

Y sumido en un éxtasis dulce
que mi mente acaricia, mi alma
la derrite en un mar de dulzura,
saboreo la miel de tu gracia.
Pues siento en mi pecho
rumor de sonatas
que saben a rezos
a tu gloria santa.

Y en el blanco papel las derramo,
y las lanzo a los aires que vayan
a llevar por doquier mis sentires
como águilas raudas
que recorren los altos espacios
potentes, gallardas,
en vuelo atrevido
suprimiendo infinitas distancias.

Porque vean los hombres tu gloria,
porque sientan y digan palabras

de loor a tu nombre divino
en odas sagradas
de estrofas tejidas
con ritmos del alma.

Te bendigo, Señor, que pusiste
en mi pecho el cordaje de un arpa
que al sentir las caricias del arte
de su voz el cantar te consagra.

Y emulando a los ángeles bellos,
los que tañen con lira de plata,
compitiendo con sus galanuras
que del cielo a la tierra resbalan,
te digo con ellos
la bella sonata
que cantaron la Noche bendita
en que el Verbo a la tierra bajara;
que la gloria al Señor de los cielos,
que la paz a la tierra que te ama.

Y el día solemne
de fecha sagrada
que dejaste el sepulcro vacío
y a la chusma insolente burlada...,
en muy recio maestoso vibrante
en unísono fuerte te aclaman
tus leales, los fieles devotos
de María la Virgen sin mancha.

Te bendigo, Señor, que pusiste
en mi pecho el cordaje de un arpa;
sólo sabe de amores divinos
que del cielo a la tierra bajaran.

Vicente Monroy Alaguero
Redentorista

El instinto de los animales y la providencia de Dios

Si «los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos», como dice el salmista (Ps. 18), por la maravillosa organización y el orden que se advierten en el mundo de los astros, otro mundo de diminutos seres vivientes también contribuye a ella: el de los insectos (abejas, avispas, hormigas, cigarras, mariposas, moscas, mosquitos, libélulas o caballitos del diablo, etc.), cuyo número de especies excede del millón. En aquél, con sólo una ley (la de la gravitación universal) y un impulso inicial, con que dotó el Señor a la materia creada en el principio de los tiempos, se ha llegado de una esfera de colosales dimensiones a los numerosos astros actuales que siguen sus órbitas sin choques ni perturbaciones. Y que forman un grandioso reloj, que permite a los astrónomos fijar con anticipación y precisión fenómenos celestes, como los eclipses.

Los insectos, por su parte, dotados de instinto y sin tener inteligencia, obran en cada circunstancia de su vida del mejor modo posible en beneficio propio o de su especie.

El instinto es una misteriosa facultad de que están dotados todos los animales, lo mismo insectos que peces, las aves que los monos, que ocupan el lugar más elevado en la escala zoológica. El instinto es propio de la especie y la experiencia del individuo animal, que por sus sentidos puede adquirirla sobre objetos materiales determinados. Propiedades del instinto son: el ser innato y el ser específico o peculiar de la especie. Caracteres que le ponen en oposición con la inteligencia, que es universal, apta para comprenderlo todo y para establecer los medios adecuados para conseguir un fin. Y no sabe nada sin haberlo aprendido antes.

Experimentos realizados con animales superiores (el perro Van, el caballo Hans, los macacos Jill y Jack) han permitido, con la repetición de hechos semejantes, un adiestramiento o amaestramiento que parecía argüir inteligencia; pero no había tal. Si se les presentaban situaciones diferentes de las acostumbradas y que les obligaran a discurrir, no sabían hacerlo. Con una memoria sensitiva más o menos desarrollada, según los animales, se explican todos los hechos que parecen exigir inteligencia. Así se ha podido comprobar con toda clase de ellos: moluscos, peces, ranas, ratones, gorriones, etc.

Y sobre los insectos, Latreille, llamado por sus contemporáneos de principios del siglo pasado «príncipe de la entomología francesa», ha escrito: «...jamás la sabiduría del Ser Supremo se manifiesta más elevada que en ese instinto admirable y tan variado de que ha dotado a los insectos. Si existiesen apóstoles del ateísmo y detractores de la Providencia, les diría: Aproximaos a esta colmena...» «Las leyes que rigen las sociedades de los insectos... forman un sistema combinado con la sabiduría más profunda, establecida primordialmente, y mi pensamiento se eleva con un respeto religioso hacia esta razón eterna, que dando la existencia a tantos seres diversos ha querido perpetuar las generaciones por medios seguros e invariables en su ejecución, ocultados a nuestra débil inteligencia, pero siempre admirable.»

Y Juan Enrique Fabre (1823-915), el «Homero de los insectos», que con amenidad poco común en asuntos científicos narra las costumbres de éstos, observados en plena naturaleza, no sólo los observó, sino que experimentó con ellos. Espectador de los múltiples dramas del instinto, forró a esos diminutos seres a contestar las preguntas que les hacía para arrancarles sus secretos. Y a fuerza de ingenio, de paciencia y de tiempo (a veces al cabo de veinte años) consiguió lo que se proponía.

Todos sus estudios, reunidos en 70 u 80 volúmenes de Souvenirs entomologiques, le han confirmado la existencia de un «Arquitecto, autor de los planos sobre los cuales trabaja la vida», «de un Universal Geómetra, cuyo divino compás lo ha medido todo». Y a esa Inteligencia cuyos rayos «fulguran detrás del misterio de las cosas», a ese Geómetra, a ese Arquitecto, a esa Razón de las razones, como dijo en otra ocasión, no tiene ese naturalista «la pedante debilidad de regatear el nombre de Dios».

Si siempre resaltan la sabiduría y omnipotencia divinas al trazar los planos del instinto en los irracionales y al infundírselo para que con él resuelvan los problemas que se les presenten, son muy de notar aquéllas cuando se trata de alguno, como las abejas.

No vamos a ocuparnos de la organización social de esos himenópteros que en número de 60.000, a veces, forman un enjambre. Ni de la maravillosa labor que realizan para producir la cera y la miel y almacenar ésta para distribuirla entre todos, según las necesidades. Ni de la distribución del trabajo entre la reina, los zánganos, las obreras, los pajes y los centinelas. Quien tenga curiosidad por todo esto, puede leer la obra del P. Jesús Simón A Dios por la Ciencia, o La vida de las abejas, de Maeterlinek, no tan recomendable, pues tiene algunos errores filosóficos y religiosos; cualquiera de ellas satisfará su curiosidad.

Trataremos sólo de la construcción de las colmenas en la cual se ha resuelto un problema de cálculo infinitesimal, para entender el cual (en su planteamiento, desarrollo y solución) necesitó haber estudiado cuatro años de Matemáticas, en su carrera de ingeniero militar, quien firma este escrito.

Es sabido que la abeja común o doméstica (Apis mellifica científicamente) liba de las flores el néctar y el polen, que por procedimiento aun desconocido por el hombre, convierte en miel. Y algunas obreras comen la miel ya fabricada y al cabo de veinticuatro horas la convierten en cera en su estómago. Después sale en finísimas laminitas entre sus anillos abdominales, las que con sus mandíbulas trabajan mezclándolas con la saliva hasta convertirlas en verdadera cera de abejas. Esta comienza a fluir por su boca, como una fina tira que recogen las constructoras de celdas, para hacerlas con gran rapidez y habilidad.

La cera es costosa de producir, pues necesita consumir la abeja de 16 a 20 libras de miel para obtener una libra de cera. Por eso construye los panales con la mayor economía de este material.

Los panales los forman una serie de prismas hexagonales dispuestos en dos tongadas, que tienen en común unas pirámides de tres caras en las cuales se apoyan los prismas: de este modo se obtiene una serie .de celdas para almacenar la miel y albergar a toda la colonia. Y cuando lo quieren las abejas, cierran la boca de entrada de alguna celda con cera y polen, si han de poner en ellas huevos o ninfas, por ejemplo.

En razón de la economía de cera se construyen los primas adosados unos a otros con planta hexagonal, parque como se demuestra en Geometría, el triángulo equilátero, el hexágono y el cuadrado son las únicas' formas geométricas regulares que pueden quedar unidas en el mismo plano sin dejar huecos entre sí, y, por tanto, sin desperdiciar lugar. Y el hexágono es entre todas aquéllas quien tiene la mayor área, con lo que las abejas consiguen el mayor espacio en sus celdas con la menor cantidad posible de material.

A esto contribuye también el cerrar los prismas por una pirámides común a las dos tongadas, en vez de hacerlo con un plano. En esa pirámide, por ser de tres caras, sus planos respectivos al cortar al prisma hexagonal originan tres rombos, figura, como es sabido, formada por cuatro lados iguales, pero con sus ángulos desiguales: dos agudos y dos obtusos. Los agudos los construye la abeja de 70° 32' y los obtusos de 107° 28'. La diferencia entre las superficies del prisma si estuviera cortado por un plano perpendicular a su eje, y si está cerrado por la pirámide, como aparece en los panales, hace que la economía de cera sea de V51 de toda la empleada, según el matemático L'Huillier (1750-840).

Otro cultivador de esta disciplina en la mitad del siglo XVIII, Maraldi, interesado por las abejas, construyó una colmena de cristal para verlas trabajar. Se fijó en la base de las celdas y notó que era una pirámide de tres caras que encajaban en las seis del prima. Se interesó en averiguar si las abejas eran también matemáticas: tan exacta parecía su obra a simple vista. Y midiendo con gran cuidado los ángulos de los rombos, encontró para su graduación las cifras dadas antes.

Réacemur (1683-757), que conoció los cálculos de Maraldi, sospechó que la abeja obraba así con el deseo de economizar cera. Y para comprobarlo propuso al geómetra alemán, muy eminente en su tiempo, Kónig (1712-57) el siguiente problema:

«Encontrar cómo debe ser la construcción de un prisma hexagonal, terminado por un triedro compuesto de tres rombos iguales, de modo que el sólido pueda hacerse con la menor cantidad de material posible.» O en otras palabras: «Determinar los ángulos del rombo que han de cortar al prisma hexagonal, para formar con él la figura de menor superficie posible.»

Kónig, que desconocía las medidas de Maraldi, empleó el cálculo infinitesimal, encontrando que los ángulos del problema resuelto debían ser de 107° 26' y 70° 34', con una diferencia de 2' con los que construían las abejas. Maclaurin, matemático escocés, no se conformó con admitir un error por parte de las abejas, ya que éstas resuelven inconscientemente un problema que para ellas resolvió antes un matemático infalible, el mismo Creador: midió de nuevo y buscó la causa de aquella diferencia.
En ese tiempo un accidente que parece providencial dio la clave del enigma. Naufragó en las costas inglesas un buque salvándose la tripulación. En el expediente que se instruyó al capitán se defendió demostrando que en la tabla de logaritmos que había utilizado para determinar su posición había un error, que produjo el naufragio por choque con un arrecife. Maclaurin, que supo esto, corrigió las tablas antedichas, y repitiendo los cálculos de Kónig, halló que la abeja tenía razón, y no Kónig, que sin duda empleó las mismas tablas erróneas.

El lector aficionado a las matemáticas puede ver los cálculos que hizo este eminente matemático en la revista Ibérica, nº 199, de 27 de octubre de 1919, en un artículo suscrito por el P. Vicente Muedra, S. J.

¿Qué nos dice todo esto? Lo efímero de su existencia no permite a las abejas emplear un tiempo de que carecen para aprender Matemáticas superiores. Y aplicar ese conocimiento a la construcción de los panales, en los que además resuelven satisfactoriamente problemas de Mecánica. Como los resuelven de Química, muy complicados, en la fabricación de la cera, miel y própolis (substancia gomosa con que tapan las hendiduras de la colmena y recubren a los intrusos que logran matar y no pueden arrastrar).
Y no aprenden sus diferentes cometidos con un aprendizaje como el hombre, pues las abejas que empiezan su vida lo ejecutan todo desde el principio con igual maestría que las antiguas. Y sin tanteos ni equivocaciones.

Es preciso, por tanto, que una inteligencia poderosa, un divino Geómetra, Arquitecto y Químico, haya discurrido por aquellas bestezuelas, dotándolas del instinto desde la aparición en la tierra del primer enjambre, que entonces y siempre ha ejecutado las mismas obras admirables, sin variación.
Instinto de que están dotados todos los irracionales por el Creador, que todo lo ha hecho con «número, peso y medida» en bien de sus criaturas.

Con razón el eximio naturalista Linneo pudo escribir: «Sabía yo de un sueño cuando Dios pasó de lado cerca de mí: le vi y me llené de asombro... He rastreado las huellas de su acción en las criaturas, y en todas, aun en las más ínfimas y cercanas a la nada, ¡qué poder, qué sabiduría, qué insondables perfecciones he encontrado!»

Arturo Fosar y Bayarri


a

Florecillas del santo retiro de Chelva

Beato Francisco Pinazo

Han desfilado por esta ventana distintas personalidades en la santidad y en la ciencia. Todas las florecillas han sido de religiosos elevados a la dignidad sacerdotal. Tenía que aparecer también en esta procesión que ofrecemos a nuestros lectores la silueta simpática del Hermano lego, que sabe con su humildad seráfica, alcanzar la unión con Dios. La que presentamos reúne cualidades múltiples dignas de ponerlas de relieve. Es nacido en la misma diócesis de la villa de Chelva, es hermano que encuentra por vez primera la paz del convento en el santo retiro de los franciscanos en Chelva. Es modelo de religiosos por su eminente santidad y está, además, adornado con la palma del martirio, además de haber sido elevado al honor de los altares en época reciente; se llama el Beato Francisco Pinazo.

Alpuente, villa antigua y noble, fue la cuna de este religioso, en la aldeíta llamada el Chopo, una de las dieciocho que integran la villa, el día 24 de agosto de 1802. El archivo parroquial, en el libro octavo de bautismos, en el folio 31, contiene la partida de nacimiento de este santo mártir franciscano. El nombre de pila es el del propio santo, cuya fiesta se celebra en el día que nació: Bartolomé.

Desde niño destaca sobremanera por su índole apacible y por su condición sumamente dada a toda clase de actos de piedad y devoción. Asistirá a la escuela, aprenderá algún tanto a leer y a escribir con dificultad. Pero la ciencia de la virtud y de la santidad la aprende desde niño y la pone de manifiesto desde joven, ya que pronto deja la escuela para guardar el rebaño, y de esa manera vacar a la contemplación de la naturaleza, que le está hablando continuamente de Dios. Alpuente y sus aldeas fueron testigos de su piedad, de su mansedumbre, de su carácter bondadoso, mientras apacentando las ovejas se dedicaba en los ratos que tenía libres a contemplar las cosas de Dios.

Alpuente con sus aldeas verían un día alejarse de allí a aquel bondadoso alpontino, que con sus ovejas y sus trazas de futuro santo y mártir les iba dando ejemplos de virtud y de santo retiro. Las circunstancias críticas por las que entonces atravesaba la región obligó al padre del pastorcito vender sus ovejas y marchar a Bujaraloz (Zaragoza), en donde tendría que trabajar en compañía de su padre en las labores del campo. Estando allí falleció su padre, y él, el mayor de los hermanos, y en compañía de su madre, tuvo que abandonar aquel lugar para regresar de nuevo a su patria chica, aunque ya no al Chopo, sino al Campo de Abajo. La madre del que fue pastorcito, Esperanza Peñalver, casó en segundas nupcias con Domingo Cebellán, hombre laborioso y temeroso de Dios, con quien se comportó admirablemente, sin distinguirle de su verdadero padre.

En compañía de su padrastro trabajaba y daba ejemplo a todos los que con él convivían. Y así hubiera seguido, viviendo allí y trabajando allí, si la Providencia no hubiera preparado los acontecimientos para que el antiguo pastorcito fuera el religioso ejemplar que rubricaría su vida con la sangre del mártir.
Fue esta la ocasión. Con su compostura casta y ejemplar se enamoró de una muchacha llamada Blasa Cebellán, hermosa doncella por la que sentía especial cariño. Pero ella, después de algún tiempo de relaciones, rehusó el amor de Bartolomé por el de otro joven más acomodado en bienes de fortuna. Este tremendo desengaño fue el principio de su vocación religiosa, que Dios le concedió después de haber amado locamente a una mujer que le volvió la espalda. ¡De qué medios se vale Dios para llamar a las almas al camino de su santa casa! En nuestro valiente mártir fue el tremendo desengaño de una mujer.
Y el corazón de una mujer, ingrata y despreciadora de las hermosuras del corazón de un héroe, fue el medio providencial para que la Orden Franciscana tuviera otro mártir y la recoleta soledad del santo retiro de Chelva pudiera contemplar los fervores, las maravillas y las gracias sobrenaturales de un nuevo ejemplo de santidad y de perfección.

Aquel percance y aquel desengaño, levantaron su corazón aún más arriba de lo que estaba, y Bartolomé, conocedor de la austeridad y de la fama que gozaba el santo convento de los franciscanos de Chelva, decidió firmemente ingresar allí para no amar a otra, nada más que a Jesús, que no sabe de traiciones ni de cambios en el amor.

Un día claro y sereno sonó dulce y suave la esquila del convento al ser pulsada por las manos callosas de un joven que, con el corazón rebosante de júbilo y con firmeza de héroe, pretendía morar en la paz del convento para ser totalmente de Dios. Se le recibió con muestras de cariño y de suma complacencia, seguramente por entrever en él a un futuro santo que habría de santificar los claustros y las moradas en las que tendría que convivir.

De cómo se comportó en el convento el humilde joven recién llegado podemos deducirlo de lo que testifica uno que fue compañero suyo en el martirio y que conoció sumamente los quilates de su virtud y ejemplar santidad. Es el Beato Pedro Nolasco Soler, del convento de Lorca (Murcia), que en cierta ocasión afirmó de nuestro biografiado que «era la misma obediencia y que su alma era tan sencilla y dotada de tanta ternura que más bien parecía un niño que un hombre».

¿Cuánto tiempo permaneció en Chelva el hermano Bartolomé? Fue poco, pero lo bastante para dejar huellas imborrables de su virtud y de su ejemplaridad sencilla y franciscana. Estuvo desde el año 1825 hasta el 1830. Mientras estuvo en Chelva como hermano pretendiente se llamaba Hno. Bartolomé, y como tal —nos dice su biógrafo— firma recibos, escribe su testamento espiritual, renueva las promesas del Bautismo y redacta otros documentos de carácter piadoso que aún se conservan.

No hay que extrañar todo esto. Aunque embebido en las regiones del espíritu, que era el clima constante que respiraba la comunidad franciscana y él era uno de sus miembros, el Hno. Bartolomé ejercía el pesado y delicado oficio de limosnero. Tenía que salir con frecuencia de aquella santa mansión, en la que se sentía totalmente feliz y dichoso, y tenía que recorrer los caminos, las sendas y los pueblos de la guardianía. Pero a pesar de ejercer este oficio, que a tantos disipa y les roba la paz secreta del alma por el continuo trato con los seglares y los hombres del siglo, el Hno. Bartolomé conservaba en su alma esa paz y esa unción y esa soledad que dejaba traslucir al exterior cuando sus palabras fluían de su boca para pedir y desgranar una sonrisa cuando tenía que agradecer la caridad inmensa de los que largamente se la remediaban. Era la expresión de una vida interior y espiritual, y hasta diríamos mística, la que ponía de relieve en el trato con las gentes y en las conversaciones con los seglares.

La comunidad franciscana de Chelva quedó edificada de su ejemplar conducta, y hasta hubiera querido tenerlo siempre allí, pero era preciso que tomara oficialmente el hábito franciscano y pudiera hacer el santo noviciado en el convento designado en la Provincia. Y esa fue la causa de que dejara la paz y la soledad del santo retiro de Chelva para ingresar en el Noviciado, que lo hizo en Valencia, en el convento de San Francisco, bajo la dirección del santo y ejemplar P. Francisco Oltra, que era el Maestro de novicios.

Después de un año repleto de vivos ejemplos de virtud, el día 2 de febrero de 1832, en manos del P. Guardián Fr. Pascual Flores, pronunció sus votos de pobreza, castidad y obediencia. Y apenas profeso el P. Provincial Fr. Miguel Millá le extendió la obediencia a fin de que pasara al convento de Santa Clara, de Gandía, para que se ejercitase en el oficio de sacristán de religiosas clarisas. Así estuvo, dando muestras de virtud, al servicio de las monjitas, hasta que advino la infausta exclaustración de los religiosos el año 1835. Ante ese tremendo golpe revolucionario nuestro hermano no se arredró. Se despojó con lágrimas de amargura del santo hábito y vestido de seglar continuó ejerciendo el mismo oficio de sacristán y añadiendo otro, el de limosnero, recorriendo los pueblos de la feraz huerta de Gandía y ayudando a las religiosas en sus necesidades económicas.

Su vida ejemplar y heroica iba ganando almas a Dios con sus vivos ejemplos de virtud. Pero su alma anhelaba algo más. Quería de nuevo vestir el hábito y morar con sus Hermanos en religión.

Y como aquellos deseos en España no podía conseguirlos, en cuanto se le presentó la oportunidad se embarcó el año 1843 para Tierra Santa, regada por la sangre de los franciscanos. En octubre de ese año llegó a Tierra Santa, y durante los diecisiete años que moró en ella fue dando ejemplos maravillosos en las distintas localidades y conventos en los que providencialmente estuvo de conventual, para ejemplo y acicate de los que le trataban.

Tal vez debido a eso se debió el que le trasladaran tan frecuentemente de residencia, pues es un caso único de tanto cambio y trasiego. Estuvo primero seis años en Damasco, ejerciendo el oficio de sastre y cocinero. En el retiro del Santo Sepulcro los seis meses obligatorios. De aquí pasó, el 5 de abril de 1850, a la misión de Nicosia (Chipre) con los cargos de cocinero, sastre y sacristán. El año 1852 marcha de familia a Nazaret, el 53 sala para Jafa; de aquí es trasladado a San Juan in Montana, donde sirvió dos años la sacristía del santuario de San Juan Bautista. En 1856 le trasladan otra vez al Santo Sepulcro de Jerusalén, hasta que por fin, en 1858, los superiores le envían otra vez a Damasco para encargarse de la cocina y del refectorio, cargos que cedió en 1860 a su compañero de martirio Fr. Juan Santiago Fernández, para consagrarse al oficio de sacristán, tan en armonía con su carácter piadoso, en cuyo oficio encontró el martirio.

El 9 de julio fue asaltado a media noche el convento por una horda de turcos, proponiendo a los religiosos y seglares que lo habitaban que apostataran si querían salvar la vida. Los turcos encontraron a nuestro hermano en compañía de otro religioso en la azotea. Como no sabía el árabe comprendió bien lo que pretendían. Y con señas y actitudes puso de relieve su inquebrantable fe, arrodillándose, persignándose y levantando sus ojos y sus brazos al cielo en actitud suplicante. Comprendieron los turcos su fe y su actitud, y agarrándole uno de ellos descargó otro sobre él dos tremendos golpes de maza que le dejaron moribundo y tendido en tierra en medio de un charco de sangre. Todavía tenía vida. Y así, le arrojaron desde la azotea a la calle, muriendo con la tremenda caída que sufrió.

Tenía cincuenta y ocho años de edad, treinta de vida franciscana y diecisiete de servicios en Tierra Santa. Pío XI le beatificó el 10 de octubre de 1926.

El santo retiro de Chelva puede ofrecer otra florecilla franciscana: es el Beato Francisco Pinazo.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

Una golondrina en san Damián

Deberíamos creer que sea siempre la misma golondrina que vuelve, en primavera, al pórtico de San Damián.

San Damián El viento, en busca de dulzura, baja de las ásperas soledades del Subasio hasta Asís, anunciando en el claro firmamento, a través del valle vestido de hierbas y de cielo, el renacer de la natura. El recoge en su grácil seno la alegría y la inocencia de aquel pálpito alado. "Loado seas mi Señor por el hermano viento." Y desde las milenarias fibras de los olivos toda la bondad de la tierra arriba a la mágica palidez de las hojas sutiles, así como la golondrina al silencioso y acogedor pórtico.

Cantan las campanas de Asís, en una danza de palomas, por celestes praderas, y el tiempo arranca nuevos tesoros a las rojizas piedras, desde la Catedral de San Rufino hasta la Basílica de San Francisco, que son como éxtasis del genio vertidos en poemas arquitectónicos. Pero pertenece a la eternidad aquello que vive en las hojas y en las flores, el gélido estupor del agua bendita ante la agonía de una llamita, el zumbido de una abeja que se abandona feliz en el perfumado cáliz de una rosa, el paso de un pie descalzo que camina por angélicos senderos. Assise, mot prefiguré du Paradis.

Entre los áridos terrones de un campo de víboras y lagartos, donde un pesado golpe de azada podría revelar la perfección de una ánfora romana o la potencia agresiva de una marmórea cabeza de fauno, calla por momentos la armoniosa fuentecilla, para después ofrecer al pecho vibrante de luz y de espacio de la golondrina de San Damián límpidas gotas, semejantes a lágrimas de divino poder lustratorio.

El alma atenta del peregrino se desembaraza de toda pesadez cerebral, como la plaga del sofisma, ciertas luces racionales aptas sólo para hacer tinieblas (abortos de la humana presunción), para así mejor adentrarse en los itinerarios de ensueño de la solitaria golondrina, mientras las maravillosas figuras de Giotto en la Iglesia Superior parecen haberse librado del sortilegio del arte para componer, en un amplio respiro de horizontes, alabanzas a la gracia de aquel retorno.

Seráficos personajes de la epopeya evangélica, emancipados de los muros, donde el anhelo de belleza puro de un Cimabue o de un Simone Martini los había fijado en sus formas terrenas, se confundieron entre las rocas y cipreses, en el pequeño estanque poblado de rayos y de sombras, entre almendros y manzanos, en espera de la hermanita sedienta de azul, a quien el Señor dio un puñado de barro y de áureos hilos de paja para que construyese su nido allá donde otra criatura, Sor Clara, «tan santa y amada por Dios», con granitos de verdad erigió un edificio espiritual.

«Sí, a Sor Clara Cristo ha respuesto y revelado que su voluntad es que tu vayas por el mundo a predicar», dijo Fr. Maseo al Poverello de Asís. «Y andando con decisión, sin considerar caminos ni senderos, llegaron a un castillo que se llama Savurniano, y San Francisco se puso a predicar, y mandó a las golondrinas que cantaban que guardaran silencio, y las golondrinas obedecieron.»

Y después de haber vibrado al unísono con los seres y cosas que las rodeaban, por la palabra de vida eterna pronunciada por aquel viandante de aspecto miserable, debido al sayal de penitencia y a la barba descuidada, las hermanas golondrinas abrieron a centenares las alas, pequeñas alas, pero afiladas y lucientes como la espada de un ángel justiciero, para difundir el mensaje revolucionario del Asisiense, del místico poeta evadido de la cárcel de la materia, dándose a la humana sociedad, y en particular a los humildes y a los que sufren, a los oprimidos y a los perseguidos, como un reclamo a los cristianos olvidadizos del Evangelio y un aviso a los potentes hinchados de amarga hiel, a los adoradores del dinero, a todos aquellos que se agarran a las ilusiones en un necio horror de la realidad, a los alquimistas del espíritu y a los fanáticos de la carne.

Una golondrina volvió al pórtico de San Damián en el preciso momento que una fúlgida estrella aparecía en el infinito. Las clarisas estaban en el coro y los huertos unían a las voces de las vírgenes orantes, que parecían levantarse de ignotas lontananzas, el buen olor de los lirios.

Lloró en la noche la hermana Clara por la sangre vertida en el Gólgota e hizo suyos los sufrimientos de Cristo. En el éxtasis acogió entre sus brazos los despojos del Hijo divino e hizo suyo todo el dolor de María.

Clara vivió su infancia con la naturalidad y sencillez de millones de tantas otras criaturas humanas, pero no sabía que poseía un cuerpo, y sólo con el andar del tiempo lo conoció y consideró sus frágiles aspectos. Quiso mortificarlo sacrificando todo don suyo, y él se transformó en imagen de imperecedera belleza; le quitó preciosos terciopelos para cubrirlo de un tosco sayal, y el sayal correría los siglos en paradisíacas sinfonías de color; lo sujetó al ayuno y se robusteció por una larga y dura prueba; le dio las espinas del cilicio y brotó perfume de rosa.

Ella aparece con la bondad de un rayo de sol entre las oscuras nubes del doscientos, que goteaba odios y venganzas. La semilla de la revolución franciscana germinaban en las zarzas de Santa María de los Ángeles, y Clara aportó otra luz e intenso calor.

Era la gracia que asumía la suave semblanza de una virgen hermosa, una nueva manifestación del inigualable amor de Jesús por los exilados de este mundo, el bien que modelaba en carne viva una vida perfecta.
Sin atravesar el trastornado e insidioso terreno de la Filosofía, Clara llega, llevando una palma bendita, al lugar en el que el Crucifijo había hablado al Seráfico. Feliz en el rigor del ascetismo, libre en la pobreza, allí se puso a construir aquel edificio espiritual que debía señalar perennes caminos de salvación y celestes riberas, y todavía ahora se mantiene robusto, más allá de las densas brumas del materialismo y el humo de mil teorías, en la simplicidad de sus líneas lanzadas hacia lo eterno.

Y el retorno de una golondrina significa resurrección.

Marino Matricardi
Vertido al castellano por P. Raimundo Domínguez.