Como quiera que los padres suelen tener un concepto de la escuela «vista desde fuera», voy a intentar darles aquí una visión de la escuela vista desde dentro para que les ayude a comprender y valorar la función social de la enseñanza y, como consecuencia, estimar la labor de maestros y educadores para con sus hijos.
Dejando aparte el aspecto humano del profesional, sus problemas y preocupaciones, comenzaremos por admitir y afirmar que el que enseña (monjas, religiosos, maestros) está poseído de una vocación de enseñanza, en virtud de la cual le es grato y amable dedicarse a una tarea de por sí ingrata y que no compensa ni material ni moralmente el esfuerzo a ella dedicado.
En efecto, la incomprensión, el egoísmo muchas veces, hace que los padres vean en los educadores de sus hijos unos funcionarios que a cambio de una cantidad dedican unas horas diarias a enseñar a los niños y a sacarles de la ignorancia natural y ambiental.
Por fortuna hoy ya nadie considera que la escuela es simplemente el establecimiento donde se enseña a leer, escribir y contar a los niños. La escuela hoy tiene un concepto mucho más amplio en todos los sentidos. La escuela de hoy enseña para la vida. Los magníficos maestros que hoy salen de nuestras Normales tienen un bagaje cultural que les capacita para preparar a sus alumnos tanto instructiva como educativamente según las modernas exigencias y directrices pedagógicas. Si esta educación total falla a veces, es culpa del medio, de la incomprensión, del ambiente, de la falta de ayuda y apoyo tanto material como moral, pero es indudable que en un medio favorable se rinde más. La experiencia lo confirma.
Buena prueba de ello son las instituciones complementarias de la escuela que, donde han sido implantadas, rinden óptimo fruto. Citaremos como más importantes, desde el punto de vista social, las Colonias, Comedor y Ropero. Pero constituyen estas instituciones circumescolares un tema tan interesante y sugestivo, que preferimos dejarlo para el próximo artículo, limitándonos hoy, como decíamos al principio, a dar una impresión de la escuela vista por dentro.
Comienza la jornada escolar con la puntualidad. La llegada de un niño a clase con un cuarto de hora de retraso provoca una alteración de la sesión y una distracción general que hay que evitar a toda costa. Además de que, iniciado ya el trabajo o la explicación, hay que comenzar de nuevo o privarle de parte de él. Por todo ello encarecemos a los padres (mejor dicho, a las madres) procuren por todos los medios la puntualidad de sus hijos.
El que a un niño (y suelen ser más de uno) le falte la libreta, o el lápiz, o el libro, o la goma, son otros motivos de alteración. Hay que pedir un lápiz prestado, buscarle un libro o improvisarle una hoja de papel. Y no digamos del que se ha dejado en casa la cartera, que constituye ese día una rémora para toda la clase.
Salvados ya estos y otros pequeños obstáculos, la escuela presenta un aspecto y un runruneo de colmena en plena labor. El maestro explica, los alumnos resumen lo explicado, lo estudian, se resuelven dudas, se amplía algún punto o detalle, se llega a conclusiones lógicas y se enfocan problemas para su resolución. Además del «leer, escribir y contar» se estudian las fases de la luna, el manejo del termómetro o se redactan instancias, facturas y recibos. En las escuelas del litoral se practican los nudos marinos y los rumbos náuticos. En las de tipo agrícola se habla de abonos y semillas. Y en todas hay un aire de renovación que si la sociedad sabe aprovechar, fomentar y encauzar, cuajará en los más espléndidos frutos y harán de nuevo realidad la supremacía espiritual del español en el mundo.
Felipe G. Perles Martí
No les da el sol
Sin sol la tierra está fría,
y no crecen los sembrados,
y no hay flores en el huerto,
los bosques están ajados.
Está mustia la pradera,
no cantan las avecillas,
corre el río sin festones
de verdura en las orillas.
Falta luz, falta calor,
y no lucen sus primores
las montañas gigantescas
y los repuestos alcores.
No gozamos los encantos
de la aurora primorosa,
no gozamos las delicias
de la tarde deleitosa.
... Más frías están las almas,
más tristes los corazones
sin el Sol de soles, Cristo,
que dora las ilusiones.
Que tiene para el vivir
los consuelos inefables
que vierte sobre los suyos
en muy copiosos raudales.
El que abre los horizontes
de esperanzas inmortales,
el que brinda generoso
con los reinos celestiales.
El que sabe de amarguras,
que El las gustara primero,
en la de sangre montaña
espirando en un madero.
¿Dónde van las gentes de hoy
barridas por huracanes
de pasiones violentas,
de torturantes afanes?
Enfangadas en el lodo
de apetitos vergonzosos,
fascinadas por señuelos
que cautivan mentirosos.
Qué rastreras sus ideas,
qué bajos sus pensamientos,
no encuentran eco en la vida
sus desalados lamentos.
Sol pedimos, sol tenemos
los que miramos al cielo
con mirada de esperanza,
con ansia de alzar el vuelo.
Sol tenemos los que alzamos
los ojos a la Custodia,
loando al Dios verdadero
en reverente salmodia.
Sol tenemos los que alzamos
la mirada hacia el Calvario
y envolvemos el misterio
en volutas de incensario.
Sol tenemos los que fijos
clavamos nuestra mirada
en la belleza sin par
de la Reina Inmaculada.
Y allá van nuestras canciones,
nuestros gritos de esperanza,
donde van tan armoniosos
nuestras voces de alabanza.
Sol tenemos a raudales,
florean nuestros jardines
con pompa y con galanura
y cantan los colorines.
¡Nunca te pongas, oh Sol,
en los nuestros horizontes
hasta llegar a mirarte
del cielo en los altos montes!
Vicente Monroy Alaguero
Redentorista
XI. Un gran predicador: P. José Melchor Martí
Han ido desfilando las siluetas franciscanas que en la seráfica mansión de Chelva florecieron como místicas florecillas de subidos perfumes espirituales. Hemos querido a la vez hilvanar en sutiles hilos históricos lo que fue Chelva franciscana en el decurso de los siglos. De ahí que el orden cronológico se impusiera forzosamente para darle unidad a estos retazos franciscanos.
Hoy tiene que brillar con luz clara, y ha de perfumar con delicado aroma seráfico, el último de los religiosos que actuó en la comunidad franciscana de la importante villa de Chelva, precisamente en las postrimerías de su muerte, por la tremenda exclaustración del año 1835. Nos referimos al religioso que encabeza esta florecilla o mensaje seráfico, que fue una figura de destacado relieve en la santidad, en la oratoria, y en la historia de Chelva.
Gilet lo cuenta entre sus más destacados hijos. El día 10 de enero del año 1788 nacía un niño que en las aguas bautismales tenía que recibir al día siguiente el nombre de José, como hijo de Vicente Melchor Martínez y de Rosa Martí Torres.
De niño llamó la atención por sus prendas naturales de ingenio, docilidad y ternura de alma. Todos los amigos que le trataron supieron apreciar esas óptimas condiciones del niño José Melchor. Seguramente que la cercanía de Santo Espíritu fue para el niño un acicate a ser mejor y tratar con frecuencia con los religiosos franciscanos.
Joven ingresa en el convento de San Francisco, de Valencia, en donde sin duda alguna haría el santo Noviciado, con ejemplar edificación de los más veteranos religiosos.
Apenas ordenado de sacerdote, llama la atención su vida de intenso apostolado en el confesonario y en el púlpito, en el que cosecha éxitos y ruidosas conversiones en cuantos conventos actuó. Pero sobre todo fue Chelva el lugar donde llamó poderosamente la atención al ser nombrado Superior, en los posteriores años de vida franciscana, antes de la infausta exclaustración del año 1835.
Había pasado muchos años allí en Chelva, después de haber recorrido los pueblos de la feraz huerta valenciana, en la que fue sembrando el buen olor de Cristo, con su elocuente y encendida palabra. Pero sobre todo al ser nombrado Guardián de la comunidad franciscana de esa importante villa, su virtud se acrisoló, su espíritu de profecía se puso más de relieve, y su oratoria, elocuente y arrebatadora, rayó a una extraordinaria altura. Su nombre —en Chelva—, después de los años que han transcurrido desde que salió el año 1835 de la recoleta mansión de dicha villa, todavía perdura, y son muchos los que han oído de padres a hijos la santidad y la elocuencia del P. Melchor, trocadas en ruidosos hechos y en admirables profecías, que han tenido realización pasmosa.
Podemos afirmar, como también lo indicaba el P. Buenaventura Botella, O. F. M., que publicó en un librito mariano unas notas biográficas sobre este elocuente y santo orador franciscano, que después del Beato Nicolás Factor de ninguno de cuantos han desfilado por este convento se guarda tanta y tan gloriosa memoria como del P. Melchor. Cierto que fue el último de los que vivieron antes de la exclaustración, pero es que su vida y su actuación fueron tan relevantes que el tiempo no ha podido borrar tanto lustre y tanto brillo como envolvieron su silueta y persona singular en esta noble y distinguida villa de Chelva.
Tuvo el P. Melchor dos extraordinarias actuaciones que es posible no sé borren nunca de la mente de los buenos chelvanos. Aunque su vida de ejemplar religioso y de elocuente palabra era notoria a todos los moradores de esta villa y
todos le admiraban por ello, lo que más fama le dio, fue el caso que con motivo de los disfraces de Carnaval consiguió de una manera clara de la importante villa de Chelva.
Varias veces con sus elocuentes palabras había puesto de relieve las inmoralidades y las malas costumbres que se habían arraigado en dicha villa. Pero sobre todo clamó de una manera resuelta y valiente contra la mala costumbre de convertir el mes anterior a la Cuaresma en un largo y escandaloso Carnaval. Las caretas y los disfraces eran los medios de que se valían para cometer los más procaces hechos, y hasta a veces para realizar verdaderos crímenes. Aquella mala costumbre no debía medrar en tierra tan santificada por las más egregias figuras de la Orden Franciscana, que la habían santificado con su presencia mientras vivieron en Chelva.
El P. Melchor un día, inspirado por Dios, desde el púlpito de la parroquia en la que predicaba, contemplando la crítica situación por la que atravesaba el campo totalmente diezmado por una tremenda sequía que arrasaba cosechas y sembraba la muerte por doquiera, les dijo con elocuente y sentida palabra: «Si me prometéis entregarme todos los disfraces y caretas que tenéis para disfrutar y ofender a Dios en ese mes largo de carnestolendas, que le dedicáis al mundo, al demonio y a la carne, yo os prometo que vendrá pronto la lluvia, se remediarán vuestros campos y la alegría remará de nuevo en vuestra villa.» Todos, Autoridades y villa, le entregaron los disfraces y caretas en cuanto terminó el sermón.
Y allí en la plaza pública encendió una hoguera con tanto instrumento de maldad. Y en cuanto el humo subía a los cielos, que estaban serenos y brillantes, inmediatamente amanecieron negros nubarrones que en unos instantes cubrieron todo el cielo, cayendo torrencialmente el agua, que apenas les dejó abandonar la plaza ante su ímpetu y potencialidad.
Aquello fue de un efecto maravilloso. Los campos sedientos y yermos rejuvenecieron, la alegría renació de nuevo, y la mala costumbre de los disfraces y caretas desapareció totalmente, convirtiéndose desde entonces el Triduo de Carnaval, que había sido un lupanar y una antesala del infierno, en un verdadero Viernes Santo por su recogimiento y por su silencio y devota compostura de todas las gentes que frecuentaban el templo dedicándose a profunda oración y a intensa penitencia por sus pecados. Este hecho queda confirmado y registrado en la prensa de aquellos días, precisando la fecha, 15 de febrero de 1832, como recuerdo perenne y explícito de lo que era capaz un hombre aureolado con los destellos de la santidad y de la elocuencia sentida y arrobadora.
No es este hecho singular el que le dio fama de hombre extraordinario en la santidad y en la elocuencia. El P. Melchor tuvo que sorber las heces del cáliz de la amargura al ver triunfante la revolución y al tener que abandonar su recoleta soledad chelvana, por imposición de la malhadada exclaustración del año 1835. Era precisamente Superior de la comunidad, y aquella decisión de las Autoridades supremas de España, envenenadas por los principios revolucionarios y ateos,
tenía que herir profundamente el alma del P. Melchor. Con el corazón partido de pena, al abandonar aquella recoleta mansión que había sido testigo de sus afanes, de sus actividades, de sus heroísmos y de sus tremendos desvelos, cuando con lágrimas en los ojos cerraba la puerta del convento acompañado de unos cuantos amigos que compartían con él su tremenda angustia y dolor, inspirado por lo alto, al pasar por la tremenda y descomunal encina que junto a la puerta del convento se levantaba, como testigo callado de todo cuanto habían hecho los religiosos franciscanos en aquella villa por espacio de varios siglos, dirigiéndose a ella pronunció en voz profética: «Tú serás testigo de lo que afirmo: salimos del convento, pero tú esperarás que vuelvan otra vez los religiosos, y para muestra de lo que afirmo no harás más bellotas ni desaparecerás de ahí, aunque la impiedad y la saña se empeñen en destruirte y cortarte».
Pronunciadas estas palabras con tono severo y solemne y recogiendo la tierra empapada en sudores franciscanos las lágrimas que acababan de brotar de sus ojos, el P. Melchor abandonó el convento del santo retiro de Chelva, pero allí quedó flotando su profecía y allí permaneció la descomunal encina esperando el momento que volvieran los religiosos para dar de nuevo fruto, ya que en distintas ocasiones pretendieron cortarla y desmocharla y nunca lo pudieron lograr, ni las bellotas pudieron verse entre sus ramas. Los religiosos volvieron al cabo de sesenta años, y allí estaba enhiesta y firme la encina, y en aquel mismo año que volvieron los religiosos principió a dar de nuevo bellotas para que se cumpliera la profecía del P. Melchor.
El P. Melchor se retiró a su pueblo en donde ejerció su ministerio con ejemplar edificación de sus vecinos los hijos de Gilet, pero sus ojos y su corazón los tuvo siempre fijos y pendientes del convento de Chelva, que con gusto hubiera querido de nuevo volver a su recoleta mansión para sentir de nuevo la gracia y la dicha que tantas veces experimentó mientras permaneció en dicha morada.
El P. José Melchor Martí falleció en su pueblo natal, Gilet, el día 12 de febrero de 1855, a la edad de sesenta y siete años, sin poder contemplar la descomunal encina que tenía que ser testigo de la vuelta y llegada de los religiosos a su antigua morada. Pero seguramente cuando en el año 1908 regresaron de nuevo a su antigua morada los religiosos franciscanos, la encina que tantas veces habían intentado con hachas y fuego destruirla les saludaría y los recibiría con júbilo y con gozo intenso, pero el P. José Melchor, desde el cielo, no podría menos de sonreírse también devolviéndole a la encina el poder de hacer bellotas para que se cumpliera al pie de la letra la profecía que había hecho hacía más de sesenta años.
La última florecilla del santo retiro de Chelva antes de la restauración, nos ofrecerá otras que a raíz de esa fecha fueron perfumando el santo retiro de esta afortunada villa.
No hace todavía mucho tiempo —mediados de julio pasado— prensa y radio se hacían eco de la muerte de un ilustre personaje. El ilustre franciscano P. Agustín Gemelli, Rector de la Universidad Católica de Milán.
P. Agustín Gemelli
Ludovicio Necchi era el nombre de aquel joven jefe de los estudiantes católicos de la Universidad de Pavía. Eduardo Gemelli, a su vez, el de los incrédulos, enemigos de la Iglesia, tan numerosos en aquella Universidad.
Llega el servicio militar y, como por suerte, les corresponde el servicio en el mismo hospital. Allí pueden continuar sus estudios de medicina y... sus polémicas constantes sobre temas religiosos.
Todas las mañanas, muy de madrugada, el católico Necchi salta silenciosamente de la cama y baja a la capilla del hospital. Allí oye su misa y comulga. No había dejado de observar esto Gemelli, quien por fin un buen día se decide:
—Mira, Necchi; mañana, cuando te levantes tú despiértame. Quiero saber lo que haces. Te voy a acompañar.
—De acuerdo—, responde el otro.
Bajan, pues, los dos a la capilla. Gemelli se queda al fondo, detrás de los bancos, curioso, despreocupado, observándolo todo en silencio. Sale de allí frío e indiferente. Y la vida continúa... y sus discusiones.
Era el Jueves Santo de 1903. Gemelli, de improviso, se dirige a su amigo:
—Necchi, ven conmigo a la iglesia.
Necchi le mira, sorprendido. Pero en seguida se da cuenta:
—Ahora mismo, vámonos...
Cuando Necchi vio a su incrédulo amigo arrodillado en la iglesia, la cabeza entre sus manos, comprendió que la cosa iba en serio.
—Llévame a un sacerdote—, le dijo Gemelli.
Y desde aquel día comienzan sus visitas regulares a la iglesia, las entrevistas con el sacerdote... y la conversión. Abril 1903.
En julio de ese mismo año se hace terciario, y en noviembre solicita entrar en la Orden Franciscana. Tenía Gemelli veinticinco años.
Había nacido en Milán en enero de 1878, de padres totalmente abandonados en cuestiones religiosas. Por ello ya desde un principio se va formando en un ambiente de incredulidad, incluso de hostilidad hacia la Iglesia Católica.
Estudia medicina en la Universidad de Pavía, donde se doctora en 1902. Tiene de la vida una concepción totalmente materialista. Incluso funda ya un periódico de ideología socialista, que se denomina La Plebe. Se le encuentra siempre en primera fila en toda clase de manifestaciones subversivas y anticatólicas.
De esta juventud quería Dios sacar un apóstol. ¡Y qué apóstol!...
Su conversión al catolicismo y su ingreso en la Orden Franciscana causaron gran sensación en toda Italia.
Agustín Gemelli —este nombre había elegido al entrar en la religión seráfica— tuvo no poco que sufrir en sus primeros años, de la parte de sus antiguos, compañeros socialistas y, sobre todo, de sus propios familiares. Pero nada le arredró y siguió adelante en su entrega a Dios.
Ya desde sus primeros momentos de conversión una idea le preocupaba hondamente. Encargado por sus Superiores de pronunciar un discurso elige como tema: «Necesidad de una Universidad Católica en Italia». Lo que más tarde había de ser la obra de su vida.
Así lo comprendieron sus Superiores, quienes pronto le dieron al P. Gemelli la oportunidad de visitar las principales Universidades de la época: Bonn, Amsterdam, Francfort, Viena, París, Lovaina...
Mientras madura ese su plan de crear una Universidad católica, trabaja sin descanso.
En 1909 funda la Revista de Filosofía Neoescolástica. Poco después obtiene su doctorado en Filosofía por la Universidad de Lovaina.
En 1914 otra revista: Vita e Pensiero. Es movilizado, al estallar la guerra europea, como médico y como capellán. Y funda el primer hospital psiquiátrico de guerra. Poco más tarde un laboratorio de psicofisiología para selección de aviadores.
El P. Gemelli con el Papa Pío XII
Pero no olvida su idea más entrañable. Y al acabar la guerra comienza a trabajar en su tarea, creando en 1919 un Comité promotor de su Universidad. Son muchas las dificultades que encuentra a su paso, pero todo lo supera con tal entusiasmo que dos años más tarde —7 de diciembre de 1921— queda inaugurada la Universidad Católica del Sagrado Corazón, de Milán.
Es reconocida jurídicamente por el Estado italiano con todos los derechos y privilegios de las Universidades oficiales.
El Padre Gemelli, antiguo seguidor del socialismo y hoy lumbrera de la Iglesia, de la ciencia y de la Orden Franciscana.
Literalmente infatigable, el P. Gemelli no descansa un momento. Y va fundando sucesivamente:
Instituto Superior de Magisterio (formación de maestros).
Instituto Apostólico del Sagrado Corazón.
Varios colegios Universitarios.
Facultad de Agricultura en la propia Universidad.
Un Centro de Cultura María Inmaculada.
Una facultad de Matemáticas, etc...
Y esto tanto más de admirar cuanto que el P. Gemelli estaba estos últimos años casi totalmente impedido a consecuencia de un accidente sufrido en 1940.
Seguía siendo Rector de su Universidad, jefe asiduo de laboratorios, Consultor de la Sagrada Cátedra de Seminarios y Universidades, Presidente de la Academia Pontificia de Ciencias, etc...
La lista completa de sus libros, opúsculos y artículos sería inmensa. Medicina, Psicología, Moral eran sus materias preferidas. Y en ellas ha dejado obras maestras que han de servir de texto y modelo para generaciones venideras.
El P. Gemelli no era sólo una inteligencia privilegiada y una naturaleza infatigable. Era, sobre todo, un gran corazón. Todos le llamaban corrientemente «il Padre», el Padre. Nada tan hermoso.
P. Serafín Azáceta, ofm
Cuadro segundo
La mujer
Si grande y glorioso es, como en el primer cuadro se describe, el destino de la mujer en el desarrollo de la vida humana, no cabe duda que es dolorosa y execrable la impresión que nos da el desvío y el desprecio que en ciertas regiones de la humanidad han mostrado los hombres en su relación con las mujeres, pues bien es verdad que ha habido pueblos, sobre todo en la antigüedad, que rebajaron la dignidad de la mujer considerándola como un ser despreciable, envilecido, alejada de la sociedad y tratadas poco menos que como bestias.
Si en esos pueblos de tan indigno proceder hubiera habido hombres sabios y hombres héroes sería incomprensible que no hubieran comprendido que la mujer es su propia vida. No cabe duda que ese indigno proceder de esos pueblos era consecuencia de su ignorancia y de la vileza de su vida, que si hubiera habido seres inteligentes hubieran podido reconocer la importancia de la mujer de este modo:
¿Quién da vida a esos héroes y a esos sabios inteligentes?
Cuando los azares de la vida infantil de esos héroes y sabios agitan su débil vida, una mujer los alimentaba con el jugo de su pecho; una mujer los adormecía con el arrullo de su amor; ella les enseñó a pronunciar los nombres más venerables de toda la familia; ella les iniciaba en sus creencias religiosas, les infundía el amor a la patria y a sus tradiciones más veneradas por las que fueron ellos luego sus héroes y defensores. Sólo se explica ese desvío y desprecio de la mujer por el oscurecimiento con que los errores y falsedades de su espíritu habían perturbado la luz de su mente y pervertido la piedad de su corazón; y los nombres de mujer y de madre no eran bastante para hacerles latir su corazón de entusiasmo y amor.
Sólo la luz de Cristo y el amor del verdadero Dios han esparcido en la humanidad de aquellos pueblos el verdadero reconocimiento del mérito y grandeza de la mujer, y la gratitud y veneración que se le debe a la mujer por la sublime misión que la mujer ejerce en la vida. Por eso el cristianismo ofrece rasgos tan sublimes de la grandeza de corazón en las mujeres que corresponden a la dignidad que les da Dios, y a la veneración de todo ser humano bien concertado con la ley divina del Creador.
Las mujeres se subliman en la santidad y en toda virtud cristiana cuando reconocen el destino que les da Dios y ejercen su misión santa en la vida; y ese algo divino que ha puesto Dios en ellas se demuestra en el sacrificio no sólo de las grandes y heroicas mujeres sino hasta en las más humildes, que no dejan de ser grandes y heroicas por la virtud.
Así lo demuestra entre mil y miles heroínas cristianas la que fue calificada como la cocinera apóstol del Sagrado Corazón de Jesús.
Acababa de hacer su primera Comunión en el lecho un gran señor convertido, y con él comulgaba toda la familia. Concluido este acto se acerca al enfermo una pobrecita, una anciana que sollozaba, pero con evidente exaltación y júbilo de su alma.
—Patrón —le dice—, patrón, ¿permite usted a esta hora de cielo, permite usted a su vieja cocinera el abrazarle?
Y cuando el señor le tiende los brazos conmovido, ella, siempre llorando de alegría, exclama:
—Hace veinte y cinco años que yo oro, que sufro, que comulgo a diario, como apóstol del Sagrado Corazón pidiéndole una sola gracia, una sola: la de no morir, la de no gozar del cielo antes de haber visto al Señor del cielo triunfante, victorioso en esta casa, y ya le veo, ya me ha concedido el Sagrado Corazón el gran milagro, ya reina en ésta por la sagrada Comunión. Ahora si que puedo ya morir. Mi misión de apóstol ha concluido.
¿A quién no causará admiración la grandeza de esta mujer que sacrifica su vida, hasta los goces del cielo, por la conversión de un alma?