Índice del número 375
Junio de 1960. Año 34. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- San Antonio y la Eucatistía. Francisco de Paula García Sabater
El sacrificio Eucarístico. Joseph Jungmann, s.j.
Las dos vidas de José Mojica. Virginia Scully
Historia de la "solfa"... José Mª Gimeno Tichell
Pido imperio para Dios. Poema. Vicente Monroy Alaguero, redentorista - Ciencia y religión.
Por qué eligió el Papa el nombre de Juan
Reflejos de la vida de un gran santo. Estampas antonianas. F. G. S.
Florecillas del convento de Chelva. Fr. Bernardino Rubert, ofm - Sellos usados para las misiones. Fr. Camilo Jordá, ofm
El San Antonio verdad. Enrique Barrachina Gil
La Virgen Carbonerita (4). Olga Bauzá Lloréns
Noticias.
San Antonio y la Eucaristía
San Antonio de Padua profesaba un vivo amor a la Eucaristía. Era la simbología de esta hostia blanca la que llenaba de gozo y consuelo su corazón. No podía vivir lejos de ella, la necesitaba para subsistir físicamente y para cobrar nuevos bríos en el camino glorioso de la santidad. San Antonio de Padua, el santo universal cuya alma es como la blanca azucena que entre sus manos ostenta, amaba a Jesús con todas las potencias de su alma, y su figura dulcísima, redentora, augusta entre las majestades, era luz cegante cuando destellaba en el sacramento. Se cuenta de él que, hallándose fuera de los recintos del templo, oye levantar a Dios, se arrodilla, mira hacia la iglesia y ve, a través de los muros, el Pan Eucarístico. ¡Qué satisfacción tan plena no experimentaría su espíritu ante la concesión sobrenatural de este prodigio; con qué amor ardiente no se dilatarían las fibras más íntimas de su ser ante la celestial visión de esa forma purísima! Ella fue el talismán maravilloso que empleó durante su vida, la fuerza que impulsaba el ejercicio inefable de su santidad, el aliento en los instantes de dolor y, sobre todo, el arma poderosa ante la que' caía posternado el error o la impiedad.
Se cuenta igualmente que en una ocasión una santa religiosa «vio a San Antonio de Padua dentro del Corazón de Jesús brillando como una piedra preciosa». La comunión de dos amores entrañables, la fusión por gracia del Altísimo de dos potencias: humana y divina.

San Antonio hace que el mulo se arrodille ante la Eucaristía en vez
de ir a su comida.
De un códice antiguo
También, y esto es del dominio popular, aquella célebre sumisión de la bestia ante Jesús Sacramentado. Era el rendido tributo de un infeliz animal hambriento que al despreciar el codiciado manjar se dirige hacia la Eucaristía que el Santo sostiene entre las manos para arrodillado adorar el Pan de la vida. Y cuentan sus historiadores que tras aquel singular prodigio la gente siguió a Fr. Antonio cantándose el Miserere nobis en jubilosa procesión que presidía el Santísimo.
Por ello, en este mes consagrado a San Antonio de Padua, nuestro protector, el Director perpetuo de esta humilde Revista, todas las preces se encaminan a lograr de Dios paz y prosperidad para cada uno de los hogares cristianos. Impetrando del Altísimo luz y fortaleza que venza los rigores de una época entregada de lleno al más espectacular materialismo, que nos proporcione a todos parte de esa acendrada piedad del santo, que nos conforte en las necesidades del cuerpo y sostenga las flaquezas que van debilitando en nosotros el caudal espiritual, que haga redoblar en los pechos una devoción tan intensa hacia la Eucaristía como la sintió San Antonio de Padua.
Son tantas las mercedes, los dones, las gracias que en este mes jubiloso en que se conmemora la festividad del Santo de la Pureza desearíamos alcanzar, que no podemos por menos de alzar los ojos al cielo para que, entre su luz rutilante, adivinemos la huella ejemplar de ese espíritu guía y ejemplo para todo cristiano.
¡Volvamos los corazones hacia ese sol de vida capaz de envolvernos en la paz de los justos, llevémosle frecuentemente a los labios con el deseo sincero que jamás pueda abandonar el dulce abrigo de nuestros cuerpos santificados por la gracia, que sea protector, amparo, cobijo, agua y alimento de una naturaleza humana tantas veces sacudida por los trepidantes vaivenes del mundo! ¡Sea en nosotros camino seguro de perfección y de santidad!
Francisco de Paula García Sabater
El sacrificio eucarístico
Reflexiones ante el próximo Congreso Eucarístico Internacional en Munich
La Iglesia fue fundada por Jesucristo como sociedad visible. El la compara con una ciudad edificada sobre un monte, que no puede permanecer escondida y no admite se ponga bajo el celemín este candelabro encendido por sus divinas manos.
Podemos decir que esta metáfora ideal se había realizado hace pocos siglos en el orden visible no sólo por los numerosos santuarios de todos los países, sino también por los suntuosos templos de elevadas torres que se alzan sobre los edificios de las ciudades y representan la suma de toda riqueza y poder artístico en cada época. Sin embargo, actualmente se manifiesta un claro retroceso en este sentido. Las chimeneas de las fábricas se alzan por encima de las torres de las iglesias; los bancos, estaciones, teatros y grandes hoteles han dejado los templos en la sombra, y las ferias de muestras se han apropiado el nombre del Santo Sacrificio. (En alemán, lengua original del artículo, las palabras misa y feria de muestras se designan con un mismo término: Messe.)
A pesar de todo, la Iglesia ha sabido conservar siempre su visibilidad en todos los ámbitos de la vida social. Sus santuarios y casas religiosas se extienden como una red de viviendas humanas que va ramificándose cada vez más; sus campanas anuncian siempre el día; su domingo marca el ritmo de la vida social. Y la actual visibilidad de la Iglesia sigue creciendo e introduciéndose más y más en el elevado bosque de monumentos orgullosos edificados en la edad de la técnica; día a día se va colocando en primer plano llena de poder, celebra sus grandes fiestas, millares de fieles llenan el estadio en el «Día de los católicos» y las naciones se reúnen en una de las grandes ciudades para celebrar un Congreso Eucarístico Internacional.
Ciertamente existe un riesgo no pequeño en esta empresa. La Eucaristía es, por un lado, el tesoro más santo que la Iglesia posee, el más interior, el más íntimo, en el que un mundo invisible, incomprensible a los ojos de todos, conmueve la tierra. Parece que a este misterio le corresponde únicamente un santo silencio y recogimiento devoto. ¿No intentaron también los antiguos aislar del mundo su santuario, como se aísla el lugar consagrado del profano, y conservarle libre del contacto con lo tosco y vulgar? Y aquí se trata de una proximidad más profunda de lo divino, cuya presencia real se expresa por medio de figuras. Se trata del mysterium fidei, comprensible solamente por la fe, hoy tan debilitada en las almas, que a muchos parece difícil de adquirir y a otros absurda y ridícula en esta época de la ciencia experimental.
Pero, por otra parte, este tesoro interno aflora de nuevo al exterior en el mundo de lo visible. Es semejante al grano que brota de lo más oscuro de la tierra y se desarrolla en la plenitud del día. Sorprende la constancia con que el Señor habla en las parábolas acerca del reino de Dios —implantado a su venida al mundo— por medio de las imágenes del crecimiento y el auto-crecimiento; la siembra esparcida en el campo del mundo, la levadura que actúa desde dentro, la viña que dará fruto, el invisible grano de mostaza que llega a ser un árbol frondoso en cuyas ramas anidan las aves del cielo.
En la Eucaristía está resumido —en el espacio más pequeño, por así decirlo— el significado de la parábola del grano de mostaza; la venida del Hijo de Dios al mundo, la encarnación, lo humano y lo divino unido de la manera más misteriosa, sin confusión y sin separación, y la santificación del mundo. Jesucristo, en la Eucaristía, desciende de nuevo a la tierra —aunque de manera diferente— para ocultarse bajo el grano de trigo de nuestros campos y la uva de nuestras viñas y así permanecer más cerca de los hombres y manifestarnos su misericordia. Aquí no existe solamente la presencia personal del Dios hecho hombre, sino también su obra, el misterio de su Pasión redentora, de su entrega a la voluntad del Padre y de su ascensión a los cielos para prepararnos nuestra morada.
Así se manifiesta por doquier este grano de mostaza del Sacramento eucarístico a la luz del pleno día. Hay en ello algo de la maravillosa entelequia del grano, que nutriéndose efe la tierra circundante, germina, brota y queda formado. La Eucaristía reúne a los creyentes. En ella se cumple palpablemente la palabra del Señor: «Cuando sea levantado en alto, todo lo atraeré a Mí.» Por esto suplicaba la Iglesia del primer siglo: «Como estos granos estaban dispersos por los campos y ahora se han sumado y hecho Pan eucarístico, que así tu Iglesia, desde los últimos confines de la tierra, se reúna en tu reino.»
Hay una diferencia digna de ser destacada. Los primeros cristianos gustaban de considerar la Eucaristía ante todo como cuerpo místico, la Iglesia. Por el contrario, más tarde —principalmente ante la actitud de los protestantes, que negaban la verdadera presencia del Señor en el Santísimo Sacramento— se trató de comparar el misterio del Amor con la existencia de Jesucristo en la tierra, para acentuar de este modo la presencia del Hijo de Dios «verdadera, real y esencialmente», según el sentido tridentino: el mismo que caminaba por las ciudades y aldeas de Palestina está aquí presente. Hoy volvemos a la concepción espiritual de la antigua Iglesia para la mejor comprensión de la misma y de la Eucaristía.
Vemos de nuevo en la Iglesia la comunidad de fieles que han oído la palabra de Dios y se han reunido en torno a Cristo para, bajo su dirección, pasar la vida terrena y ganar la eterna y, como pueblo de Dios, preparar el camino a su reino. Ha aumentado el número de fieles, no el de aquellos que meramente «van» a la Iglesia y quieren «ser atendidos» por ella, sino el de quienes se saben Iglesia y juntamente con los sacerdotes llevan la responsabilidad de ella. La Iglesia no sólo ha despertado en las almas, sino que vive con nueva fuerza en centenares y millares de ellas.
Al mismo tiempo ha aumentado el conocimiento de la Sagrada Eucaristía. Uno de los primeros objetivos del movimiento litúrgico en nuestro país era precisamente el de renovar la comprensión del verdadero sentido del sacramento del Amor. Jamás siente el cristiano tan intensamente su dignidad de auténtico ciudadano del reino de Dios como en un acto eucarístico, en que todos, como «pueblo elegido», se encuentran ante el Señor para honrar al Santísimo Sacramento.
Esta misma fe animaba a nuestros antepasados cuando por respeto miraban la Sagrada Forma solamente de lejos, cuando pleiteaban por asegurarse un lugar conveniente en la iglesia para el momento de la elevación del Cuerpo adorable del Señor, cuando en lucha contra los que negaban la presencia sacramental del Señor aumentaban el número de actos eucarísticos con exposición de su Divina Majestad —herencia de la baja Edad Media— o cuando las corporaciones religiosas ponían al frente de su programa la adoración al Santísimo Sacramento.
Pero sería muy provechoso si nos diéramos cuenta de que no sólo debemos venerar la Sagrada Eucaristía, sino también honrarla, y no sólo adorar el Cuerpo del Señor, sino ante todo recibirlo. Y sería un paso más y, al mismo tiempo, un volver a la concepción primitiva, si nos persuadiéramos de que debemos honrar al sacramento del Amor en común, sintiéndonos Iglesia; no acercamos a la Sagrada Mesa privadamente, sino como Iglesia dirigirnos a Ella, punto central que nos congrega y mantiene unidos en la comunión de los santos; no oír la misa particularmente, pues el verdadero sentido de la Eucaristía se realiza cuando son muchos los que juntamente asisten a ella; no abstraerse profundamente en la propia devoción o en la lectura del misal, sino «ofrecer» juntamente; «tu santo pueblo», «tu Iglesia», «tu familia» pide, da gracias y te alaba.
En los primeros siglos del cristianismo se procuraba expresar mediante diversos usos y símbolos la solidaridad de los fieles como Iglesia. Así sucedía en las iglesias estacionales de muchas ciudades, pero especialmente de Roma. Según un ritmo que poco a poco fue determinando un ciclo anual, el Obispo celebra una procesión en determinados domingos y fiestas del año y especialmente en Cuaresma. Las iglesias más importantes de las diversas partes de la ciudad y sus alrededores van siendo por turno la sede del acto eucarístico dirigido por el Obispo. Asisten representaciones de los distintos templos de la diócesis para honrar juntos el misterio del Amor. Todavía hoy se citan en nuestros misales las basílicas romanas en las que en otro tiempo tenían lugar estos actos, que actualmente siguen verificándose durante la Cuaresma, aunque en forma reducida. En no pocas iglesias de la cristiandad se acusa actualmente un revivir de los antiguos usos, y sabemos que nuestro actual Pontífice Juan XXIII ha tomado parte personalmente en varios de los actos celebrados en las basílicas estacionales, lo cual es una señal significativa de que los usos primitivos despiertan con nueva fuerza.
También otra antigua concepción ha renacido hace ya largo tiempo. Desde 1881 van celebrándose diversos Congresos Eucarísticos Internacionales por toda la cristiandad. Primeramente eran quizá mera manifestación de fe, protesta sonora contra la secularización creciente, demostración de fidelidad para aquel que en el silencio del tabernáculo vive entre nosotros. El punto central era antes la procesión, que cuando se celebró en Viena en 1912, recibió el nombre de «fiesta internacional del Corpus». Pero en el transcurso de los años, las primitivas ideas fundamentales han ido pasando a primer plano, haciéndose más y más operantes, y hoy ocupa el centro el Santo Sacrificio de la Misa, donde la Eucaristía desarrolla su sentido pleno. Un Congreso Eucarístico no es, pues, un mero amontonamiento de multitudes que, favorecidas por las actuales facilidades de tráfico, se reúnen en una gran ciudad, es la Iglesia de Dios del siglo XX, es la Iglesia total, que encuentra aquí, como en los tiempos apostólicos, su representación visible.
Joseph Jungmann, S. J.
Las dos vidas de José Mojica
(Conclusión)
Poco había visto a su madre en todos estos años, pero acallaba su conciencia enviándole sumas generosas de dinero. La trajo a su casa de Hollywood y la encargó del cuidado doméstico. Volvió a practicar el culto religioso, y en 1933 la felicidad de Virginia Mojica fue completa al verlo ingresar en la Orden Tercera de San Francisco (Orden de laicos que, sin hacer votos, se esfuerzan por alcanzar la perfección cristiana de acuerdo con su estado civil). No faltaron los tropiezos, pero José sintió que al fin se hallaba en el verdadero camino. Puede decirse que todo el gozo que encontró en su nueva vida lo vertió en su mejor película: La cruz y la espada, hecha en 1937, que trata de la historia de Fr. Junípero Serra y la fundación de las misiones de California.
(De Modesto Lule)
Comprendió entonces que todo se lo debía a la fe inconmovible de su madre, y se dedicó a cuidarla. Cuando la salud de ésta comenzó a fallar, la llevó a Méjico. Construyó para ambos una mansión de tipo colonial, con amplios jardines y huertos, en la pintoresca ciudad de San Miguel de Allende. Allí pasó a su lado todo el tiempo libre que lograba distraer de sus ocupaciones. Pero sus compromisos lo llevaron nuevamente a Chicago. Una noche en que se disponía allí a cantar en el papel de Marraboth en la ópera Salomé, recibió la noticia de la muerte de su madre. Desempeñó su papel y salió luego para Méjico. Eso ocurrió en noviembre de 1940.
Con la muerte de su madre el intenso dolor de José vino a magnificar su lucha interior. La conciencia dolorosa de las tragedias de los demás hacía que le oprimiera el peso de sus propios bienes terrenales. «¿Por qué tengo yo una casa lujosa..., una cama blanda..., una piscina de natación, mientras hay millones de indigentes que carecen de todo?»
Así mismo había pensado y había hablado San Francisco de Asís. A José Mojica sólo le quedaba dar un paso más. Después de terminar una gira de conciertos por Sudamérica, hizo un año de noviciado en Lima y luego entró en el convento franciscano del Cuzco decidido a seguir la carrera del sacerdocio.
Al principio estuvo ligado por votos simples que lo dejaban en libertad de abandonar el estado religioso si así lo deseaba; mas al cabo de tres años, sin vacilar, hizo votos solemnes de pobreza, castidad y obediencia, según la Regla de San Francisco. En julio de 1947 se ordenó en Lima.
Ahora... no tenía nada y lo tenía todo.
Mientras fue novicio se enteró con profunda sorpresa de la escasez de sacerdotes en la América del Sur y de que había cerca de 40.000 parroquias sin pastor. Le encargaron hacer un estudio de esa situación. Dondequiera que iba la gente lo rodeaba y le pedía que cantara. Y cantaba en las plazas, de pie en el viejo automóvil que le servía para transportarse, o desde el portal de alguna casa donde llegaba con ánimo de descansar.
De ese estudio sacó en conclusión que era necesario fundar un Seminario en Arequipa para la instrucción de jóvenes aspirantes al sacerdocio. Costaría mucho dinero y José Mojica, el cantante, había dado cuanto poseía; el P. José Mojica era pobre como San Francisco. Pero no importaba: Dios proveería; El le enseñaría el camino.
Fue entonces cuando su voz vino a prestarle la más valiosa ayuda. Ya había pensado en esa posibilidad. Al abandonar el mundo había escrito: «San Francisco era a la vez un artista y un servidor de Dios; yo también quiero ser así.»
En diciembre de 1949 cantó ocho veces por Radio Belgrano de Buenos Aires. La emisora le pagó 60.000 pesos, que destinó a su proyectado Seminario. En su primera alocución por radio el Padre Mojica dijo estas breves y sencillas palabras:
«Nuestra juventud tiene puestos los ojos en las cosas terrenales y desdeña el sacerdocio. Pero yo, que he tenido en abundancia todo aquello con que sueñan nuestros jóvenes, os digo que todo el oro del mundo, la fama, el poder, los aplausos y los placeres no alcanzan a dar la satisfacción que da una hora en el servicio de Jesucristo.»
Durante los dos años siguientes vivió sujeto al horario más exigente de su carrera: se presentó en persona en siete países distintos para dar por lo menos tres conciertos semanales, además de frecuentes recitales por radio, funciones de caridad y sermones. En una gira de catorce meses lo oyeron cerca de 800.000 personas; su voz había llegado al máximo de la perfección. Su actuación en Cuba, en 1955, había sido calificada por la prensa como «su mayor triunfo». En 1953, por orden directa de Su Santidad Pío XII, volvió a actuar en el cine: fue en España, donde hizo el papel de maestro de capilla en una película que mostraba un coro de niños mejicanos en una peregrinación al santuario de Santiago de Compostela. Por esto le pagaron 50.000 dólares, dinero suficiente para terminar la construcción de su Colegio Seráfico de San Francisco.

(De Modesto Lule)
Construido en el fértil valle que sonríe al pie de la arisca montaña donde se halla enclavada Arequipa, el Seminario fue la realización del ideal por el cual había trabajado el Padre Mojica: fue el tributo tangible que sus ideas filosóficas rendían a la vida útil y feliz. Estaba abierto por todas partes a la luz del sol y pintado de alegres colores. Tenía campo deportivo, piscina de natación y equipos modernos de toda clase. «Quiero que los muchachos se den gusto», decía el Padre Mojica; pero en febrero de 1958 el edificio quedó casi derruido por un terremoto.
¿Sería posible reconstruirlo? Vaya que sí, dijo el hombre de fe..., y al cabo de pocos meses Dios le había mostrado el camino: una compañía cinematográfica mejicana adquirió los derechos para filmar su autobiografía, Yo pecador. Ya ha comenzado a rodarse la película en que fray José Mojica hace el papel que en realidad desempeña en la segunda etapa de su vida. Tomando en cuenta la popularidad del protagonista, se calcula que la cinta le producirá, por los menos, 150.000 dólares.
Sin embargo, el Padre Mojica no volverá a cantar en público. El final de su carrera de cantante llegó inesperadamente una noche cuando al salir al escenario no oyó la introducción del aria que le tocaba su acompañante, al piano, detrás de él. Se volvió e hizo repetir los compases. El concierto siguió adelante, pero el cantante comprendió que con aquella incipiente sordera terminaba su carrera artística.
Ya está envejeciendo y la sordera progresa con la edad, pero cuando canta, su voz vibra todavía con vigor juvenil. Según él mismo afirma, ya no tiene problemas. Su «carrera de afanes y sobresaltos» se ha ido quedando muy en zaga. Es un hombre que ha conquistado la paz interior. A quienes le preguntan cómo se llega a ella, responde con una sonrisa llena de confianza:
—Al que busca a Dios de buena fe y con ahínco, El le enseñará el camino.
Virginia Scully
(De Selecciones. Julio de 1959.)
Nuestra felicitación
Don Felipe G. Perles Martí, asiduo colaborador desde hace un año y medio en las páginas de esta Revista, acaba de obtener brillantemente por oposición el cargo de Director del Grupo Escolar de Denia.
Al mismo tiempo que le felicita por este ascenso, LA ACCION ANTONIANA se congratula de contar entre sus colaboradores al señor Perles Martí, que con tanto acierto lleva la página «Familia y Educación», desde la que orienta, informa y asesora a padres y lectores en la educación de sus hijos.
Semifusas con chichón
Historia de la "Solfa..."
Cuando Napoleón afirmó que la música era el mejor de los ruidos, probablemente lo hizo sin pensar que en los tiempos futuros aparecerían nuevas formas musicales (?), y no dudo que ahora después de escuchar algunos discos de los que ruedan actualmente cambiara de opinión...
Una cosa es innegable, y es que los sonidos más o menos bien ligados han influido notoriamente sobre la humanidad a través de todos los siglos.
Al principio dicen que tenía espíritu religioso. En las películas con Tarzán y caníbales hemos podido apreciar el maravilloso y enigmático influjo del «tam, tam» que, con su ritmo (una especie de chá chá chá, pero en basto), hace dar saltitos a los fanáticos negros. También en las cintas con chica, chico, saloon e indios, vemos a estos últimos hacer el ídem dando brincos alrededor de una hoguera al compás del rock and roll primitivo, quizá, quizá más civilizado que el de ahora.
Los principios de la música son muy remotos. Un amigo mío, bastante bruto por cierto, afirma que el primer instrumento musical fue el xilofón humano-prehistórico. Tiene la teoría de que en los tiempos primitivos, a pesar de no haber tratados de paz, la gente se zurraba también de lo lindo y, claro, cuando se liaban a tortazo limpio aparecía en medio de la trifulca un llamémosle "ambiente musical" producido por las porras al chocar con los cráneos de los enemigos. Un Beethoven neardhentalensis se dijo: «¡Eureka!», y cogiendo a unos cuantos prisioneros se dispuso a inventar el xilofón. En la primera prueba causó trescientas bajas, pero al fin vino el éxito. ¡Pom!, a éste le llamaré «do»; ¡¡pom!!, a éste «re», y así quedó oficialmente inaugurado el solfeo. De ahí viene eso de que donde hay «solfa» hay palo. Mas, como en todos estos casos, la envidia causó la ruina y desgracia de este genio. Los deudos de los fallecidos en los conciertos a consecuencia de la «solfa» se amotinaron y al eximio inventor y compositor lo deportaron a Siberia. ¡En toda época los genios son incomprendidos!
Cada vez este arte se fue perfeccionando y pronto aparecieron los conservatorios, al igual que otros instrumentos más civilizados. En estos centros de enseñanza musical se aprendía a ligar con gracia el do con el fa y con las restantes notas. Tras ímprobos esfuerzos y de estrujarse el cerebro como en un turmix, los compositores dieron a luz maravillosas composiciones y sinfonías, que sirvieron para deleite de los mortales y... para exhibir las señoras sus joyas, escotes y pieles en los descansos de los conciertos.
Todo marchaba sobre ruedas, hasta que apareció el perro filarmónico, que fue el predecesor de la música moderna. La cosa tuvo sus principios cuando un compositor empezó a quedarse flaco, ya que las corcheas y semifusas bien ligadas no alimentaban demasiado. Ya harto (y no precisamente de calorías), decidió desahogar su rabia, y para ello ató unos cuantos botes y cacerolas a un perro, le pegó una patada y... ¡ya está!: la música moderna acababa de inventarse. Malas lenguas dicen que dio la coincidencia de que por allí pasase una persona muy importante y, ¡oh casualidad!, en ese momento le cogió un fuerte ataque epiléptico. Varios transeúntes creyeron que el personaje en cuestión estaba danzando al ritmo de un nuevo baile y, ¡claro!, como aquel señor era muy chic, decidieron imitarle.
¡Viste mucho eso de ponerse a tono con cualquier último berrido de la moda!», pensarían, y el resultado fue que el baile a lo «epiléptico» cuenta ya con muchos prosélitos. Un compositor (?) se percató del mencionado snobismo colectivo y plasmó los sonidos de los cacharros, botes y aullidos del can en los papeles pautados. Luego, ya se sabe, vino aquello de impresionar discos y la masa se volvía loca bailándolo. Rompía sillas, se rasgaba los vestidos y... así estamos.
Total, que la música ha evolucionado tanto, tanto..., que en la actualidad es idéntica a la de los tiempos de los caníbales y dinosauros.
Más una cosa es innegable, y es que, pese a que ahora estamos muy civilizados, no por ello deja de sentirse el influjo del «tam, tam». Para comprobar esta afirmación basta que asistan a determinados bailes y podrán observar, entre los que danzan a su ritmo, ciertas reminiscencias de canibalismo...
¡Viva la civilización!
José Mª Gimeno Tichell
Pido imperio para Dios
Me llamean en la mente pensamientos arrogantes,
me rebullen en el pecho sentimientos de hidalguías
y desciendo hasta el palenque de la historia a bravear.
Y me alisto con los de Alba hasta poner mi pica en Flandes,
y me embarco con Juan de Austria y a rumbar hacia Lepanto,
y a Pavía con Pescara al rey de Francia a cautivar.
Pido puesto a los Pinzones en sus naves retadoras
de la mar medrosa; parto hacia lo ignoto, y dominando
la bravura de las olas, llego un mundo a descubrir;
y me apunto en las mesnadas de Cortés, bravo gigante,
nos entramos por las tierras del soberbio Moctezuma,
y... quemadas nuestras naves... a vencer o bien morir.
Y le aplaudo en los corrales a Fr. Lope cuando canta
con acento de epopeya nuestro honor caballeresco;
y me hinojo ante el Sagrario cuando rima Calderón;
cuando escribe aquella monja de moradas y castillos;
cuando gime el de Hontiveros por los montes y majadas;
cuando nombra a Cristo pulcro el gran maestro Fr. León.
Y le acecho al gran Velázquez, el de Cristos y de Lanzas,
cuando emula a Praxiteles puesto frente al caballete,
y medito ante los monjes del austero Zurbarán.
Voy a un carmen de Granada para ver a José Mora,
el que logra con su gubia los Dolores de la Virgen,
un verismo portentoso coronando tanto afán.
A Castilla voy a verla cuando va por las cañadas
la andariega monja siempre proyectando empresas grandes;
a Manresa a ver a Ignacio cuando idea su legión.
Y penetro allá en las aulas de Alcalá y de Salamanca
y le escucho al gran Vitoria disertando sobre leyes;
voy a Trento a oír a Laínez, a Toledo y Salmerón.
Yo no sé por qué mi mente vaga siempre a la querencia
de castillos y palacios, catedrales y museos,
pergaminos y legajos, las reliquias de un ayer
prestigiado por las glorias de creencias religiosas,
de heroísmos invencibles y geniales creaciones,
cuando todo se da cita en desbordante florecer.
Mis hidalgos castellanos, mis valientes extremeños,
mis rumbosos andaluces y arrogantes valencianos...
emulando vuestras glorias yo quisiera ir siempre
en pos
de vosotros que forjasteis el blasón de la divisa
más brillante que ha lucido en los anales de la historia...
¡Quiero imperio para España, pido imperio para Dios!
Vicente Monroy Alaguero
Redentorista
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