Dos caminos conducen a la incredulidad o al ateísmo: la concupiscencia y el orgullo.
Quien se deja dominar por sus pasiones, sobre todo por la sensualidad, encuentra molesto que algo ponga cortapisa a su conducta. Y por tanto, que un Ser superior, Dios, pueda castigarle por quebrantar las leyes del mundo moral por El establecidas. No es la razón, sino la carne, quien aparta de Dios.
«Quisiera —dice La Bruyére— ver a un hombre sobrio, modesto, casto, justo, diciendo que no hay Dios; hablaría al menos sin interés. Mas este hombre no se encuentra en ninguna parte.»
Y Malebranche escribió: «Si los hombres tuviesen algún interés en que los lados de los triángulos semejantes no fuesen proporcionales, y si la falsa Geometría fuese tan cómoda para sus inclinaciones perversas como la falsa Moral, podrían hacer paralogismos (razonamientos falsos) tan absurdos en Geometría como en materia de moral, porque sus errores les serían agradables y porque la verdad les estorbaría e incomodaría» (Investigación de la verdad, libro IV).
Y Taine, de modo semejante, dice que si los teoremas de Geometría se admiten por todos, es porque no ponen traba alguna a las pasiones.
Del Cura de Ars, San Juan Bautista Vianney, se cuenta que en cierta ocasión se le presentó un hombre con la pretensión de discutir con él combatiendo la religión. El Santo le indicó que se confesara, ante todo; contestándole aquél que iba a discutir, no a confesarse; pero ante la insistencia del siervo de Dios y tocado sin duda por la gracia, se confesó. Y cuando hecho esto fue invitado a exponer sus dudas sobre la religión, contestó que ya no las tenía.
Algunos cultivadores de la ciencia (pocos en número) por aquello que dice el Apóstol (1 Cor 8, 1): «la ciencia hincha...», engreídos con la suya, no quieren admitir nada que les sea superior, ni que exceda a lo que alcanza su razón. No piensan que por mucho que sepan es mucho más lo que ignoran. Y aun en la misma rama de la ciencia a que dedican sus afanes se encuentran con enigmas y problemas que no pueden resolver, ni nadie quizá
resolverá jamás. Ningún científico explica satisfactoriamente lo que son el calor, la luz, la electricidad, el magnetismo, la atracción universal, la afinidad química, etc.
El gran astrónomo Newton dijo al fin de su vida: «No sé lo que pensará el mundo de mis trabajos, pero a mí me parece que he sido siempre un niño jugueteando en la orilla del mar, encontrando a veces una china algo más tersa que las comunes, a veces una concha un poco más brillante, mientras que el grande océano de la verdad se extendía inexplorado delante de mí.» Y otro ilustre físico-matemático, Poincaré, a principios de este siglo escribió: «Por lejos que la ciencia lleve sus conquistas, su dominio será siempre limitado; a lo largo de sus fronteras flota el misterio, y cuanto más atrás se hagan aquéllas, más extensas serán.» Y en otro lugar afirmó: «En cuanto a descubrir científicamente la verdad total, absoluta, no hay que soñar: escapa a nuestras pesquisas.» Y un premio Nobel de Física en 1929, el príncipe de Broglia* ha afirmado: «Para un profano un rayo de luz es cosa muy simple y trivial. El científico, por el contrario, puede decir: sabríamos muchas cosas si supiésemos exactamente lo que es un rayo de luz.»
Efectivamente. La primera explicación científica de la luz la dio Newton; según ella, los cuerpos luminosos emiten en todas direcciones partículas materiales de diversos tamaños, según los colores. Y se mueven, independientemente del aire, en un medio homogéneo, el éter físico.
Al no poder explicar esta teoría de la emisión, el fenómeno de las interferencias (luz, mas luz, produce oscuridad al iluminar dos focos luminosos una misma superficie) fue sustituida por la de las ondulaciones del éter, semejantes a las producidas en el agua tranquila si se le arroja una piedra; defendida por Ibuygens, Young y Fresnel, ha durado hasta primeros de este siglo en los medios científicos. Otro fenómeno observado, el fotoeléctrico, la ha hecho desechar, según éste, un rayo de luz arranca electrones o átomos negativos del cuerpo que ilumina. Para esto es preciso que la energía luminosa esté concentrada en corpúsculos o cuerpos pequeños de volumen semejante a los átomos. Así lo admitió Einstein en 1905, imaginando la existencia
real de unos granulos de luz o fotones; esto era volver a la teoría de la emisión de Newton. Y como a ésta se oponen fenómenos que la derrocaron, se estaba en un callejón sin salida. Resolvió la dificultad el citado príncipe de Broglie, quien sugirió que todas las radiaciones (caloríficas, luminosas, las de la radiotelegrafía, rayos X, etc.) están formadas por corpúsculos y ondas. Y este dualismo (onda, corpúsculo) se ha extendido también a la materia; pero como la onda está sujeta a la probabilidad, concepto de matemática pura, por su carácter enteramente simbólico, dudan de su existencia objetiva algunos científicos de nota (Langevins von Lane, Enriques). Y la naturaleza íntima de la luz sigue siendo un misterio oscuro y desconocido.
Con razón el filósofo positivista Littré pudo escribir que «la ciencia (positiva) nada sabe de cuestiones de esencia y origen».
Y si los científicos ateos se encuentran con enigmas que no saben resolver en las materias que estudian, ¿qué autoridad tendrían en las que no son de su profesión?
En el estudio de la naturaleza dos grandes leyes demuestran que la organización actual del universo ha tenido principio: son la de la entropía y la de la expansión del universo. Según la primera, todas las energías existentes tienden a convertirse en calor y llegará un tiempo en que todo el cosmos estará en equilibrio de temperatura; como éste no se ha alcanzado, la organización actual ha tenido principio en el tiempo, pues si fuera eterna se habría alcanzado ya ese equilibrio. La expansión del universo, teoría ideada por Littré en 1917 y desarrollada por Friedman y el canónigo belga Lemaitre, explica la repulsión que se advierte entre todos los astros; según ella, retrocediendo en el tiempo, se llega a un punto de partida en que la atracción y la repulsión de toda la materia existente estaban equilibradas y ésta formaba una esfera de 1.070 millones de años de luz (9 billones de km.). Alterado el equilibrio, predominó la repulsión, como en la actualidad. Y como a la materia le es indiferente el reposo o el movimiento (ley de la inercia), ¿por qué o quién la sacó de su estado de quietud? Un camino como el de la entropía que nos conduce a Dios.
Los seres vivientes también han empezado a existir, pues en la tierra, al principio de su formación, su elevadísima temperatura de más de 1.000° (era azoica) hacía imposible la vida. Y como la generación espontánea o nacimiento de la vida sin
germen vital no se da en la naturaleza, pues la materia inorgánica no la produce, hace falta que intervenga un Ser exterior.
Y la ciencia humana ha de reconocer como verdadera aquella afirmación del Génesis (I, 1): «Al principio creó Dios el cielo y la tierra».
(Continuará)
Confidencias
Nuestro Señor suele quitarnos la gracia sensible y abandonarnos a nuestra propia debilidad natural, para hacernos experimentar hasta qué grado dependemos de Él en todo.
⇒ El abismo de nuestras miserias es más grande de lo que pensamos; pero el de la misericordia de Dios «es infinito» como el mismo Dios.
⇒ El conocimiento de nuestra miseria nos conserva en la «humildad». Y la vista de nuestras miserias nos mantiene en la «verdad».
⇒ No olvidemos nunca que la fe es el comienzo, el progreso y el término de la perfección.
⇒ La misericordia y el auxilio que encontramos en Dios constituyen el fundamento de nuestra esperanza. Los méritos de Jesús y nuestra solidaridad sobrenatural con Cristo, cabeza del Cuerpo místico, son nuestro más seguro y eficaz apoyo.
⇒ Dios es glorificado cuando en pleno conocimiento de nuestra miseria, creemos y esperamos firmemente en su amor.
⇒ Saber exponer humildemente nuestras miserias ante Dios es atraerse su gracia.
⇒ Nuestras relaciones con Dios están fundadas sobre la «fe» y no sobre el «sentimiento». Podemos estar muy cerca de Dios y «sentirnos» muy miserables.
⇒ En la sagrada Comunión Jesús opera en la parte espiritual de nuestra alma, lejos de los sentidos, y produce gracia y virtud sin que lo sepamos.
⇒ Hay quien se forma una conciencia a base de impresiones; conciencia que cambia a medida del viento que sopla... y Dios quiere que vayamos a El por la fe, sin impresiones, o a pesar de ellas.
⇒ En el plan divino todo el bien proviene del Calvario, del dolor. No hemos sido hechos para gozar en la tierra. Nuestra felicidad está allá arriba. Procuremos sonreír al dolor... mensajero de la voluntad divina.
⇒ Hagamos de nuestra vida un holocausto de amor unido a Jesús crucificado.
María de Santángel
Por qué eligió el Papa el nombre de Juan
Cuando se preguntó al Cardenal Roncalli qué nombre elegía como Pontífice, el ya Padre Santo respondió:
«Venerables hermanos: Vocabor Joannes [Me llamaré Juan]. Este nombre nos es muy querido, nos es dulce por ser el nombre de nuestro padre; nos es agradable por el título de la humilde parroquia en la que recibimos el bautismo; es nombre solemne de innumerables catedrales esparcidas por todo el mundo y, en primer lugar, es el nombre de la sacrosanta Basílica Lateranense, Catedral nuestra. Es el nombre que ostenta la primacía numérica en la serie de romanos Pontífices. En efecto, se cuentan veintidós Sumos Pontífices que llevaron el nombre de Juan, de legitimidad indiscutible. Casi todos ellos tuvieron breve pontificado. Es el nombre también del glorioso protector de nuestra querida Venecia, San Juan Evangelista, aquel a quien San Pedro, príncipe de los Apóstoles y primer Obispo de la Iglesia Romana, amó como a un hijo. Pero nos gusta el nombre de Juan, tan querido de nosotros y de toda la Iglesia, por su doble apelativo, por haber sido el nombre de los dos hombres que estuvieron más allegados a Cristo, Redentor divino de todo el mundo y fundador de la Iglesia.
»Juan Bautista, el precursor del Señor, no era, ciertamente, la luz, pero era el testimonio de la luz, era el testimonio de la verdad, de la justicia, de la libertad en la predicación, el bautismo de penitencia en la sangre por él derramada.
»Y el otro Juan, el discípulo, el evangelista, predilecto de Cristo y de su dulcísima Madre, que en la última cena recostó su cabeza sobre el pecho del Señor.
»Quiera Dios que los dos Juanes velen por la Iglesia, por nuestra humildad, por nuestro ministerio pastoral, que sucede a aquél llevado a tan buen término por nuestro venerable predecesor Pío XII y a sus antecesores en el ministerio de la Iglesia.
»Invitamos a los pueblos a colaborar en nuestra obra, pues deseamos preparar al Señor un pueblo perfecto. Haremos lo posible para que los caminos torcidos se enderecen y los ásperos se allanen y para que todo hombre vea la luz de Dios.
»Invocamos a Juan Evangelista para que, junto con María, Madre de Cristo y Madre nuestra, nos ayude y lleve la paz y la prosperidad a todos los pueblos.
»Hijitos míos: ¡Amaos los unos a los otros, amaos los unos a los otros!, porque éste es el gran precepto del Señor. Concédanos plenamente el Señor a Nos, unido con el mismo nombre que el primero de esta serie de Sumos Pontífices, San Juan I. para que, con la gracia divina, tener su misma santidad, tener su misma fuerza, tener su mismo ánimo hasta llegar, si Dios lo quisiere, al derramamiento de nuestra sangre.»
Estampas antonianas
III
La llegada a Monte Paulo del Padre Provincial Fr. Graciano, cambió por completo los destinos de una vida. San Antonio de Padua va a entrar de lleno en la misión activa del apostolado. Sus pasos ya no sonarán más dentro de los silenciosos recintos de un claustro, sino que serán ahogados por un clamor de colmena, por un rumor de humanidad. Empezará una nueva era para nuestro Santo, será llegada la hora prevista por la Providencia y los ojos del mundo contemplarán atónitos el maravilloso espectáculo de la santidad de Fr. Antonio.
Y he aquí cómo el Padre Provincial desea que le acompañe nuestro Santo para asistir a la ordenación de algunos Hermanos de la Orden. Un acto lleno de grandiosidad, hermoso, como la vid del Señor que va cubriéndose con el oro de los racimos de la virtud.
Era costumbre en aquellas santas asambleas, o a la hora de colación, dirigir a los nuevos ordenados una breve plática referente a la grandeza del ministerio que iban a ejercer y a los deberes que a él iban anejos. Se ofreció el uso de la palabra a los religiosos de Santo Domingo, también asistentes al acto. Estos se excusaron diciendo que no estaban preparados para ello, y entonces Fr. Graciano, movido, sin duda, por inspiración divina, ordenó a San Antonio que subiera a la cátedra y desde allí dirigiera la palabra a los nuevos ordenados.
Fue entonces precisamente cuando por primera vez los labios del Santo se mueven para dar paso a la más encendida y elocuente de las oratorias. Frases que se entrelazan, conceptos de elevada magnitud que vienen a confirmar las portentosas dotes de Fr. Antonio.
Pasmados y confundidos en asombro quedaron todos los asistentes al escuchar aquel portento de sabiduría, y más que todos Fr. Graciano, al darse cuenta de la extraordinaria humildad de aquel dulcísono siervo de Dios al ocultar los tesoros de ciencia que encerraba su entendimiento. Desde entonces quedó fijada la vocación apostólica de nuestro eximio orador y puesta sobre el candelero la luz brillantinas que había mantenido tanto tiempo en secreto. Y a partir de entonces no hubo fiesta religiosa, solemne función, en que no resonara la palabra del bienaventurado Antonio en la cátedra sagrada, exponiendo las verdades del Evangelio y exhortando a la penitencia y al fervor a cuantos yacían en los abismos del pecado.
Tal manifestación de aptitud no podía ser desconocida por el fundador de la Orden Seráfica, quien enviándole su bendición le ordenó se consagrara de manera absoluta a las tareas apostólicas. Bien hubiera querido el humilde franciscano volverse a su amado retiro de Monte Paulo para reanudar su vida de oración y de penitencia; pero obediente ante todo a las órdenes de sus superiores, hizo el sacrificio de sus anhelos. Y comenzó su fructuosa predicación en Roma, la Ciudad Eterna, dando a las gentes la gracia confortante de sus explicaciones evangélicas y asombrando a todos con la exposición de su gran conocimiento en ciencias sagradas.
Entraba por fin nuestro Santo en la vida pública, estableciendo contacto con el mundo, destronando el error y llevando en cambio a los corazones la imagen sacrosanta de la verdad.
Fomentaba estas admirables prendas un intenso, vivo y abrasado amor a Dios, y caldeado Antonio en el fuego de la oración y animado por la contemplación de las obras divinas, su alma era un volcán que arrojaba con ímpetu la lava arrolladora de sus verdades doctrinales. Y como donde hay mucho amor es fuerza que también haya celo, pues el celo es la flor de la caridad, y como tenía un profundo conocimiento de lo que valen las almas y de lo que su rescate costó a Cristo, es imposible decir con qué grado las amaba, el deseo que tenía de su salvación, los sacrificios que estaba dispuesto a realizar para convertir a los pecadores, el valor e intrepidez para afrontar los peligros en razón de sacar incólume y triunfante la virtud.
A estas sobrenaturales dotes de verdadero apóstol se juntaba las humanas cualidades que ennoblecen al orador. Tenía San Antonio todas aquellas buenas prendas naturales que caracterizan y dan relieve a la vida de un justo. El rostro agradable y con ese pálido matiz penitencial que prestaba a sus facciones correctas un tinte definido de sumisión absoluta a las leyes divinas; la voz bien timbrada, varonil, dulcemente persuasiva, y en los ojos la suavidad infinita de una mirada que se extendía sobre todas las criaturas con una contemplación fraternal.
El P. Cherancé dice de él: «Es orador por naturaleza y apóstol por vocación. De estatura mediana, color moreno, de complexión robusta, de fisonomía en la que predominaba una angelical dulzura, conservando siempre el encanto de una juventud que parece perpetua. En sus sermones los profetas parecen prestarle sus más ricos colores, los evangelistas sus conmovedoras parábolas, los Padres y los Doctores sus argumentos y su viril elocuencia...»
Una voz que movía a las muchedumbres a alcanzar esos senderos de perfección que hacia Cristo conducen; un amor para ejercer la caridad con sus semejantes, para ser antes que juez padre comprensivo que perdona y compadece el descarrío de sus hijos: ¡Seráfico San Antonio, alabado seas en este mes dedicado a ti!
F. G. S.
Florecillas del santo retiro de Chelva
XII.
Restauración del convento: P. Dionisio Boix
La profecía del P. José Melchor cuando al abandonar la santa morada de su convento dijo que los religiosos volverían de nuevo y la encina que sombreaba su puerta sería testigo de ello, tuvo total cumplimiento.
Apenas se restauró la Seráfica Provincia, todos los religiosos tuvieron puestos sus ojos en la santa morada de Chelva, que tantos y tan santos y seráficos recuerdos guardaba para los hijos del Santo Patriarca. No fue Chelva uno de los primeros conventos restaurados, pero sí el más notable, pues ninguno entre los que tuvieron la suerte de ver asomar de nuevo a los religiosos podía ostentar blasones y reliquias históricas como esta villa valenciana. La génesis para su restauración fue lenta y difícil. El convento era un montón de ruinas. La huerta extensa y relicario de las famosas cuevas de los Santos Mártires de Granada, totalmente destrozada y casi estéril por el enorme abandono en que se hallaba. Pero con el tiempo fue todo orillándose, las dificultades se allanaron, los obstáculos se vencieron y la Providencia triunfó gloriosa y patente en una serie de acontecimientos que dieron como resultado la restauración del antiguo convento y la casi total construcción de la iglesia gótica.
Después de muchas vicisitudes, la huerta y el convento quedaron en propiedad de la dignísima Sra. Dª Concepción Salazar de Ezpeleta, que a pesar de ser madrileña no por eso estaba desconocedora de lo que los religiosos franciscanos realizaban por tierras de Valencia en los distintos pueblos y ciudades en los que iban restaurando los antiguos conventos. Con un desinterés digno de toda loa puso en manos de los franciscanos de Valencia lo que un día fue santa morada de virtuosos religiosos, y lo puso de una manera desinteresada y gratuita.
El día 15 de noviembre de 1908 hizo su entrada la comunidad en esta mansión franciscana, bajo la presidencia del P. Dionisio Boix, que sería el primer Superior de aquella incipiente comunidad compuesta de cuatro religiosos.
El dinamismo del P. Dionisio, la juventud y el entusiasmo que siempre le caracterizaron, se pusieron de manifiesto desde el primer día en que entraron en la hospitalaria y franciscana villa de Chelva.
La vida en esa mansión, que era solamente un montón de ruinas, evocaba constantemente lo que otro día estaba pasando en Rivottorto, y en los primitivos lugares de la vida franciscana en Italia. Pero el tremendo entusiasmo del P. Superior y la cooperación constante de las Autoridades y de toda la villa que estaba llena de gozo al ver de nuevo en su tierra a los hijos de San Francisco, hicieron el milagro de unir las piedras y de reorganizar todo cuanto estaba deshecho y por el suelo.
Las antiguas cuevas, que sirvieron de morada a los Mártires de Granada y después a otros santos, como el Beato Nicolás Factor y Beato Francisco Pinazo, pudieron ser utilizadas para capilla provisional, mientras poco a poco se levantaban las paredes que faltaban en la iglesia y se reconstruía todo aquello que podría ser nueva morada para los religiosos.
La figura del P. Dionisio llenó por completo esta primera etapa de la restauración del convento de Chelva. Sus ejemplos, su sonrisa, su empuje vigoroso, su dinamismo extraordinario y su incansable actividad, fueron los que hicieron el estupendo milagro de ver pronto reconstruida la iglesia y levantadas las paredes para la humilde vivienda, que sería siempre, como lo es hoy en la actualidad, el mejor remedio de los primitivos tiempos de la observancia franciscana, por su estrechez, por su pobreza y por su expresión netamente pobre y seráfica en grado sumo.
En el año 1911 acordó el Venerable Definitorio fundar una Casa de santo retiro. La actividad del P. Dionisio no pudo permanecer encerrada en ese estrecho límite del convento de Chelva. Y desde ese año le vemos actuar constantemente en el trabajo apostólico, en la dirección de almas y no pocas veces en distintas comunidades como Superior, Vicario y Guardián.
No se borrará jamás la grata impresión que guardo de mi entrada en Santo Espíritu, como novicio franciscano, en el agosto de 1918. Aquella venerable comunidad era presidida como Guardián por el P. Dionisio. Precisamente en los pocos meses que estuve con él de Superior, por haberse realizado el cambio, con el Capítulo Provincial, hubo un acto que nunca olvidaré. La inauguración de una magnífica cruz de término, que labrada finamente, presidió el barranco que da antes de subir el camino lindante al huerto que se halla antes de entrar por las monacales hileras de pinos que conducen al santuario. El P. Dionisio bendijo la cruz, y pronunció elocuentes palabras. Al cabo de unos días nos abandonaba para acudir adonde la obediencia le destinó.
Después de esas fechas lo vi también de familia en el convento de Cocentaina, en donde se hallaba por los años 1925 la Facultad de Teología. Allí le escuché varias veces predicar y pude convencerme de que era un apóstol y un catequista eminente.
El año 1927 publicaba La Acción Antoniana esta gacetilla, precisamente en el mes de mayo y en la página 132: «Nuestro querido amigo el P. Dionisio Boix, hijo de esta Seráfica Provincia de Valencia, que marchó hace poco más de un año destinado a la Comisaría de Tierra Santa del Uruguay, ha sido nombrado Superior de la Casa de Montevideo y Comisario para toda la dicha República.»
El P. Dionisio desplegó allí su actividad apostólica, pero al cabo de unos años tuvo que volver a la Provincia y de nuevo tuve el gusto de verle en Carcagente, en el año 1933, en donde me encontraba, pues vino a predicar la Cuaresma de la parroquia de la Asunción, y de nuevo tuve que admirar el celo de apóstol.
Dios velaba seguramente por el P. Dionisio. Había sido el restaurador del convento de Chelva, y en los momentos más críticos de su historia, antes de que principiaran los trágicos acontecimientos que en el año 1936 se sucedieron en nuestra nación, el P. Dionisio volvía al convento de Chelva. El santo retiro, que fue siempre desde el año 1911 un ejemplo vivo de notables y extraordinarias virtudes, puestas de relieve por los santos religiosos que habitaban allí, no se hallaba en aquel primer florecimiento que tanta fama le daba, pero era aún nido de ejemplares virtudes y acicate a toda la Provincia franciscana para que se enfervorizaran mucho más con los ejemplos vivos en toda clase de virtud.
El P. Dionisio entró de nuevo a habitar en dicho convento. No como miembro formal de la comunidad del santo retiro, sino coma religioso que pretendía pasar una temporada en la paz y en el consuelo espiritual que allí se respiraba.
Eran precisamente los preludios aciagos que tenían que desembocar en la terrible matanza de todos los moradores de dicho convento franciscano.
El P. Francisco Lloréns, autor de Rutas de sangre, dolor y amargura, que en el año 1946 publicó en Valencia con unas palabras preliminares del P. Joaquín Sanchis, que casi recién elegido Ministro Provincial de la de Valencia mandaba se publicaran las noticias recogidas sobre los mártires de la Cruzada española.
Dice así: «Pertenecía de familia el P. Dionisio Boix Palanca a la comunidad de Santo Espíritu del Monte, y estaba accidentalmente en el sagrado retiro de Chelva preparándose para futuras tareas de apostolado. Era un espíritu amplio, dotado de simpatía natural y temple catequístico. Poseía el don de atraer y enfervorizar con su cálida palabra a las multitudes por la difícil facilidad de saber en todo momento amoldarse a la clase de su auditorio, siendo por ello popular y apreciado su nombre. Recorrió innumerables veces los pueblos de la huerta de Valencia, en uno de los cuales, Benifaraig, vio la luz de este mundo, dando misiones y ejercicios espirituales, ensayando cánticos, organizando excursiones a Santo Espíritu, y predicando en gran número de fiestas, siempre escuchado con singular complacencia.»
Hemos querido citar textualmente estas frases del Cronista oficial de la Provincia para darle mayor valor a lo que nosotros venimos redactando. Y con gusto continuaríamos lo que dice dicho P. Lloréns, pero no queremos alargar demasiado la presente Florecilla. Sin embargo, respecto a su casual circunstancia de estar en Chelva en el momento de la tragedia, el Cronista aporta datos que debemos citar.
«Se encontraba de morador en Santo Espíritu del Monte, y al iniciarse la tormenta revolucionaria en España, creyendo más segura su persona en Chelva, se trasladó al sagrado retiro, buscando con ello, además de un descanso a sus tareas apostólicas, acompañar a los religiosos allí moradores en su vida de abstracción y austeridad. Y ajeno a cuanto sucedía en el mundo exterior le sorprendió el Movimiento nacional.
«Detenido como los demás moradores por los dirigentes rojos de la localidad, y al serles desconocido completamente su nombre, no entraba en sus planes, calculados de antemano, no ya matarle, pero ni siquiera detenerle ni molestarle: "Tú no eres de éstos —le decían—; a ti no te queremos matar." Mas el animoso P. Dionisio, al ver desde el primer momento los malos tratos que los revolucionarios daban de palabra y de obra a sus buenos Hermanos de hábito, no pudo tolerarlo e increpó diferentes veces con frases duras y enérgicas su perversa conducta de atropellar a aquellos indefensos religiosos que nunca fueron en Chelva otra cosa que dar ejemplos de virtud. Y aquella indigna conducta él no podía tolerarla sin protesta.
»Cosa rara. Los esbirros del Comité nunca replicaron en forma destemplada a las razonadas palabras del intrépido P. Dionisio, y por el respeto que les infundía dejaron algunas veces de molestar a sus inocentes víctimas.
»E1 día que acordó el Comité inmolar a los inocentes moradores del santo retiro, que fue el día 9 de agosto de 1936, al ver el P. Dionisio que sacaban de la cárcel a sus Hermanos de hábito, se impuso a los rojos con enérgica valentía, y voluntariamente les acompañó hasta el último momento, pues era propósito suyo no perder la ocasión que se le presentaba de morir confesando a Cristo y derramar su sangre con aquellos benditos religiosos, entre los cuales había convivido en lazos, de mutua fraternidad. Su lema fue ese: "Juntos vivíamos, juntos nos han detenido, juntos hemos de morir para presentarnos juntos, como buenos Hermanos, ante el tribunal de Dios."
»En aquellos momentos de intensa emoción, el P. Dionisio abraza a los cinco religiosos que iban con él a morir; perdona a los criminales, entona el Himno Eucarístico, pone los brazos en cruz, se vuelve hacia los asesinos y cae herido en tierra por el plomo asesino, dando un sublime ejemplo de morir en defensa de Cristo y de la verdadera hermandad franciscana.»
La comunidad del santo retiro, que al ser restaurada en el año 1908 lo tuvo de Superior, le ha tenido de guía en el holocausto de ¡as vidas franciscanas de Chelva.