El Beato Francisco Pinazo
ínclito mártir de Cristo en Damasco

El Beato Francisco Pinazo, lego franciscano y mártir de Cristo en Damasco el 1860, es también un gran timbre de gloria para la Orden Franciscana y para nuestra Seráfica Provincia, ya que con el Beato Carmelo Bolta estos dos santos valencianos supieron dar testimonio de fe abrazándose generosamente a la palma del martirio junto con otros seis compañeros.

Existe entre estos dos mártires valencianos un paralelismo y afinidad notables, si exceptuamos el estado religioso, ya que el primero fue sacerdote y éste Hermano lego.

Así, ambos iniciaron su vida religiosa casi al mismo tiempo. En sus respectivos estados aparecen aventajados en virtud y sirven a todos de ejemplo. Ambos sienten la vocación misionera, primero el P. Bolta en su juventud, luego fray Francisco en plena madurez, prestando los dos valiosos servicios en Tierra Santa. En su vario apostolado ministerial el P. Bolta y en sus múltiples cargos y oficios Fr. Francisco, desempeñan competentemente su cometido con fidelidad sin igual. Ambos tienen el mismo afán: santificar su vida y salvar almas. Ambos, finalmente, se reúnen providencialmente en Damasco el año 1858 para vivir dos años juntos, volar el mismo día al cielo blanqueadas sus almas en su propia sangre y un mismo día, 10 de octubre de 1926, ser proclamados bienaventurados moradores de la patria celeste.

CUNA Y JUVENTUD DEL BEATO FRANCISCO PINAZO

Nuestro biografiado vino al mando en la villa de Alpuente (Valencia) al amanecer del día 24 de agosto de 1802, imponiéndosele el nombre de Bartolomé en el bautismo. De padres humildes, pero piadosos, hicieron de él modelo de escolar y cristiano durante el aprendizaje de las primeras letras, mas pronto se tuvo que dedicar al oficio de pastor para ayudarles en sus necesidades. Enviudó su madre cuando contaba Bartolomé doce años, mas a los dos años de viudez contrajo nuevas nupcias con un hombre igualmente temeroso de Dios que su difunto marido, a quienes continuó Bartolomé ayudando en las labores del campo y demás trabajos anejos a su oficio.-De vida piadosa acendrada, fue siempre para todos modelo de virtudes cristianas dignas de imitar.

Cuando frisaba los veinte años resolvió tomar estado matrimonial, pidiendo relaciones a una joven honesta del lugar, pero un día su prometida se decide, sin más, por otro joven, y por lo cual, debido a este contratiempo resuelve abandonar el mundo, ganando terreno en su corazón el deseo de entregarse a Dios, único amor que no sufre desengaño y que traicionado por muchos a menudo, a nadie traicionó jamás. El Señor le prepara así para conducirle por los caminos señalados por su divina Providencia.

POSTULANTADO Y NOVICIADO

La fama de los franciscanos moradores del santo retiro de Chelva por su santidad, hizo que Bartolomé encaminara hacia este lugar sus pasos con el beneplácito de sus familiares arrancado a fuerza de lágrimas, y su corazón en crisis encontró la solución tras madura reflexión, decidiéndose a buscar cobijo allí y dando un paso del que nunca jamás volverá atrás.

Alentaba aún en este lugar el espíritu de santidad del Beato Nicolás Factor y otros muchos moradores que impregnaron las vetustas paredes de aquella escuela viviente de perfección religiosa, resolviendo tomar como modelos sus virtudes, y ejercitándose tan valientemente en ellas pasó, no sin humillaciones de todo género, su postulantado echando hondas raíces de humildad, virtud básica en el edificio de la santidad.

Largo fue el postulantado, ya que duró seis años, mas los ejemplos recibidos durante el mismo y el afán de seguir más de cerca al Serafín de Asís, hicieron que cuando fue admitido al Noviciado en San Francisco, de Valencia, cambiara el nombre de Bartolomé por el de Francisco.

Carente de estudios, ingresó en el Noviciado en calidad de Hermano lego, tomando como patronos a San Pascual Bailón y al Beato Andrés Hibernón, y guiado por su P. Maestro adelantó de virtud en virtud, emitiendo sus votos simples al acabar su año de prueba, en febrero de 1832.

DESTINO Y APOSTOLADO

Emitidos los votos simples es destinado al monasterio de Santa Clara, de Gandía, como sacristán, donde había una pequeña comunidad franciscana formada por dos Padres y otro Hermano lego. Aquí vivió ocho años, viendo llegar la hora de la infausta exclaustración de 1835, que llenó de pena su corazón al tener que abandonar el hábito, pero no abandonó ni su cobijo de Santa Clara ni su oficio de sacristán. Fue durante este tiempo, además, hortelano y limosnero de las monjitas, cuidando de estos deberes y de ellas con gran diligencia. No obstante, estaba decidido a dejar este género de vida para vestir el santo hábito regular en Tierra Santa.

VOCACION MISIONERA

Este estado de cosas hizo que pensara en las Misiones y hacia ellas sentía atracción, sobre todo hacia la de Tierra Santa, por las noticias que recibía de los familiares del P. Carmelo, residentes en el Real de Gandía.

Mientras tanto, nuestro biografiado daba grandes muestras de ejemplo y virtudes en el desempeño de su misión en Gandía, predicando con su vida doquier que fuera, encaminando hacia el bien a todos por medio de sus consejos y refranes, de los que gustaba mucho.

Tenía nostalgia de la vida regular. Sentía, de un lado, dejar a sus monjitas. De otro, le tiraba con fuerza irresistible su vocación misionera, la cual acabó por triunfar.

En el verano de 1843 embarcó para Palestina, siendo el paso de Fr. Francisco por Tierra Santa como una bendición de Dios. Su primer destino fue Damasco, como sastre, durante seis años. Pasa luego a Jerusalén. Más tarde, en 1850, a Chipre, como cocinero, sastre y sacristán. Nazaret, San Juan de la Montaña y nuevamente Jerusalén. Por fin, en 1858, Damasco es su último destino, en donde se encontrará con el Padre Carmelo Bolta para partir los dos juntos al cielo.

MARTIR DE CRISTO

La causa de la invasión de Damasco por los drusos ya es conocida. Las turbas salvajes aullaban con espantosos gritos buscando a los cristianos para satisfacer su sed de sangre aquel 9 de julio de 1860. Llegó el turno al convento franciscano a la madrugada de este día, y Fr. Francisco y otro Hermanito lego habían subido a la azotea para otear mejor lo que ocurría. Uno tras otro fueron cayendo todos cuantos se encontraban en la iglesia, y notando los verdugos la falta de los dos legos se dieron a la búsqueda, hallándolos donde estaban. Les invitaron a apostatar de la fe, y por toda respuesta Fr. Francisco cayó de rodillas y se santiguó. La confesión de fe no podía ser más elocuente. Dos golpes de maza ¦* le dejaron sin sentido y para arrebatarlo lo arrojaron a puntapiés a la calle. Sólo la caída desde lo alto de la azotea hubiera sido mortal, mas no hubiera revestido toda la fuerza de un ilustre martirio como merecía Fr. Francisco Pinazo y sus siete compañeros. Su alma, santa y pura, acababa de entrar en la gloria bañada en su propia sangre.

Esta es sucintamente la vida del Beato Francisco Pinazo, gloria y prez de la Orden Franciscana y de esta Provincia, a quien rendimos este humilde homenaje, como lo hará brillantemente p el Real de Gandía al Beato Carmelo Bolta en este año centenario de su glorioso martirio por la fe de Cristo.

Fr. Francisco de Asís Boluda, ofm

Confidencias

No tengamos apego a la propia voluntad. Tener apego a la voluntad es colocar más o menos nuestra felicidad en la satisfacción propia. Qué error éste tan manifiesto. Un malestar interior lo revela pronto al alma.

⇒ La imaginación y la sensibilidad son ingeniosas en persuadirnos que debemos satisfacernos a nosotros mismos. Andemos con cautela. La ilusión que nos lleva a hacer nuestra voluntad más que la de Dios alcanzará pronto grandes proporciones en nuestro espíritu... Y entonces, a pesar de reconocer la soberanía de Dios, será fácil ceder a la propia voluntad.

⇒ No fiemos demasiado con la rectitud de nuestra intención. Hay que purificarla más y más de ese apego que tenemos a nuestras ideas, a nuestro juicio, a nuestra manera de «ver y obrar». Ese amor propio nos vuelve ciegos... No vemos que todas las obras por él solapadamente inspiradas, vienen a ser «nuestras» y no pertenecen a Dios, que quiere las hagamos con despego de nuestras miras personales.

⇒ Todos nuestros negocios terrenos han de ser levantados al plano sobrenatural. Nos preocupamos de muchas cosas pasajeras. Hay en nosotros demasiado lastre terreno, humano, y ha de ser transformado por completo. Tal es el trabajo de nuestra voluntad cooperando a la gracia divina.

⇒ Nuestra voluntad es libre. El mismo Dios la respeta. Mas no olvidemos que nuestro querer o no querer es el que determina y limita la actividad y operación de Dios en nuestras almas.

⇒ Muchos creen tener una santa indiferencia, una sumisión completa a la voluntad de Dios... Pero se nota en su pena y descontento ante las pruebas de la vida, que no tienen ese desprendimiento completo de todas las cosas, «aun de las santas», para ligarse únicamente a la voluntad de Dios.

⇒ Todo cuanto me acontece adquiere con el acto de mi voluntad su valor sobrenatural. Con mi obrar voluntario me transformo, me uno cada vez más con el «Bien eterno». Nada importa, con tal que en el puesto en que Dios me ha colocado y en cada momento que El me conceda, pronuncie yo un «Fiat, Señor», consciente, amoroso y espontáneo.

María de Santángel

Recuerdo glorioso

Todavía conservo en mis pupilas
aquel cuadro radiante de belleza...
¡Diez de octubre del año veintiséis!
Recogido en las sombras de mi celda
vi a los dos franciscanos valencianos
cómo el Papa ceñía en sus cabezas
de mártires e invictos campeones
valiosas y riquísimas diademas.

Fray Bolta y fray Pinazo, sonrientes,
entre lluvia de rosas y azucenas,
entonaban cantares jubilosos
al son de liras y sutiles cuerdas
que pulsaban Vicente Luis Beltrán,
Pascual, Bono, Hibernón, que en nuestra tierra,
con Inés y Factor, fueron sembrando
de santidad, destellos y preseas.

Fray Bolta y fray Pinazo,
radiados de luz y gloria inmensa,
se unieron a las trovas y alabanzas
que los santos de nuestra tierra bella
entonaban a coro jubilosos
por tener otros dos en su cabeza
la corona brillante y valiosísima
de santidad lograda en lucha fiera.

Muchos años pasaron —treinta y cuatro—
desde aquella notable y grata fecha.

Y hoy les veo otra vez cantando a coro
al son de sinfonías y de endechas
que los santos y santas valencianos
en honor de estos dos su dicha trenzan,
por celebrarse este año el centenario
de Bolta y de Pinazo, gloria nuestra.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Lérida, 10 de junio de 1960.

Aspectos del amor

El amor bien lo canta el ruiseñor,
porque el Señor de los cielos
puso en el mundo su anhelo
de ese don halagador,
y lo esparció en cielo y tierra,
y en los astros del espacio,
y no hay ni un ser reacio
de los que en el mundo encierra
que no ostente el buen amor;
porque es Dios el amor santo,
amor que en Dios no hay quebranto,
que es del mundo el Creador.
Todo lo llena el amor,
porque Dios que es amor puro
esparció en la creación
el esplendor de ese don
sostén del mundo venturo.
Es el aliento de Dios
que a todo ser le da vida
y en todo ser da cabida
a la luz del tierno amor.
¿Qué es el amor? Nadie puede
expresar lo que de él siente
que el hombre no es tan potente
que lo pueda conseguir,
porque aunque el amor se siente
no se puede definir.
Es el hombre poca cosa
para aclarar con holgura
secretos de la natura,
que es obra maravilla
el amor que en todo ser
el Buen Dios se deja ver
y brilla el amor con holgura.
Sólo, tan sólo el poeta
con la luz de su ilusión,
lo siente con emoción
y del amor su luz acierta.
Elevad la vista al cielo
y en un mar de inmensa luz
la luna en majestad y anhelo
va bogando sin capuz,
de Dios el amor la empuja
y es la reina del espacio,
porque el cielo es su palacio
y en el Dios su amor dibuja.
Y la blanca nubecilla
que flota en región de estrellas
es hermosa así cual ellas,
y aunque parece sencilla
el amor le da esplendor,
Dios puso su amor en ella
y si parece tan bella
de Dios refleja su amor.
Y la gota del rocío
que es desprendida del cielo
en el cáliz de la flor,
es el beso del amor
que aromatiza a las flores
y les da gracia y vigor.
Y el aroma de las flores,
y el murmullo de la fuente,
todo es amor patente
que sube a darle honores
al buen Dios su creador.
¿Qué armonías escuchamos
cuando amanece la aurora?
¿Y qué cantos a toda hora
llenan prados y jardines
que no es voz de los humanos?
Es arrullo dulce y tierno
de las tórtolas sencillas
que junto a sus avecillas
las abrigan en su seno
con su maternal amor;
¿y quién canta dulces trinos
junto al nidal de su dama,
la que su amor le reclama,
porque cantares tan finos
dan aliento a sus hijuelos
y dan gloria al Dios creador?
Porque el amor bien lo canta
el gracioso ruiseñor.
No es ciencia para todos asequible
esta ciencia del amor.
El corazón sobrehumano
en el que Dios soberano
ha puesto algo divino
podría de él hablar con tino
y con acierto galano.
Es el amor ala veloz
que Dios ha dado al alma pura
para volar hasta el cielo,
y el dulce sonido de su voz
en cielo y tierra fulgura
y alienta en el alma su anhelo,
anhelo de amor a Dios.
Si el amor es santo y puro
da frutos de santidad,
como fue Santa Teresa
escribiendo con verdad;
que Satán ya no sería Satán
si fuera capaz de amar,
y si el amor es mundano
como en Safo y sus secuaces
sólo del mal son capaces,
y el vivir triste y en vano
viene a llevarlos de mano
a la mayor perdición.
Todo amor es el buen Dios,
y esparció su amor al mundo,
que en los seres fue fecundo
y brillo en la creación.
Mas luego en la humanidad
Cristo Jesús Redentor
dio al mundo el último aspecto
del más tierno y santo amor
diciendo:
«Un mandamiento nuevo os doy:
que os améis unos a otros
como yo os he amado.»

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Ciencia y religión

(Final del II)

Y precisa es la intervención de Dios para explicar el orden admirable que en la creación se advierte y las numerosas leyes que lo salvaguardan. La casualidad o el azar no producen el orden. Un reloj despertador tiene 148 piezas, que si no las dispone adecuadamente un relojero, no funcionará como es debido. Y en el universo son más numerosas las partes que forman el gigantesco reloj que sirve para marcar el tiempo con precisión; en números redondos, hay 2.000 millones de estrellas conocidas con los actuales medios de observación. Son como nuestro sol, siendo numerosos también los planetas, satélites, cometas y demás cuerpos celestes. Todos se mueven con regularidad, sin choques ni perturbaciones que desorganicen el conjunto. Nuestro planeta debe sus condiciones de habitabilidad al sol y a la luna. Si el sol se extinguiera todos los vivientes morirían de frío. Sin la luna no habría mareas en el mar, que juntamente con las corrientes atmosféricas producen la aireación de aquél; sin ella los animales marinos perecerían.

Los vivientes tienen estrechas relaciones entre sí; los animales aspiran el oxígeno del aire y expulsan el anhídrido carbónico en su respiración, que es descompuesto por los vegetales que necesitan carbono para su vida propia. Los vegetales se apropian los elementos químicos del suelo y del aire para desarrollarse y vivir; los animales se sustentan de los vegetales, salvo los animales de presa, y aún éstos lo hacen en tal forma que no extinguen las especies que les sirven de alimento, con lo cual ellos, por su parte, habrían de desaparecer. Y el hombre, dotado de razón, es el rey de la creación que utiliza en su beneficio animales y vegetales.

Todos los seres vivos, que forman algunos millones de especies diferentes, pues sólo las de los insectos (moscas, mosquitos, arañas, saltamontes, hormigas, mariposas, etc.) alcanzan un millón, viven en admirable concierto no obstante lo numeroso de sus individuos.

Ya se examine el universo en su conjunto o en sus detalles, se advierte por doquier una admirable adaptación de los medios a los fines (tal el ojo humano, el oído, etc.), un ordenado encadenamiento entre todos los elementos que le constituyen, de tal modo que ya los griegos le llamaron con razón cosmos, esto es, sistema de belleza y armonía.

«Es evidente que la ciencia, a pesar de sus progresos —ha dicho Marañón, recientemente fallecido cristianamente—, no podrá nunca explicárnoslo todo. La razón fronteriza del saber, por muy lejos que se lleve, tendrá eternamente delante un infinito mundo misterioso a cuya puerta llamará angustiosamente nuestro "¿porqué?", sin que nos den otra respuesta que una palabra: Dios».

Sin El nada se explica. Y la ciencia atea que de El prescinde, además de la oscuridad que advierte en todas sus disciplinas propias, añade la que encuentra en el origen y finalidad de la vida humana. Esto produce angustia y tedio que nada puede curar. Y que nunca tenemos los creyentes en Dios y en la inmortalidad del alma.

Arturo Fosar Bayarri

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