«Domund» de la caridad

El mensaje del «Domund» es inagotable. La gran jornada de las Misiones, que el Cardenal Van Rossun definió certeramente como la «Jornada de la Catolicidad», es como una noria gigantesca que gira incesantemente y que con puntualidad geométrica vierte sobre un mundo reseco de egoísmos el agua del más puro Evangelio. Todos los años el mensaje permanente del «Domund» hace acto de presencia destacando en cada caso un aspecto diferente o un problema actual de la catolicidad: la esperanza, la sangre de los mártires, la Virgen María...

Este año el Día de las Misiones se anuncia con un título que a primera vista nos desconcierta: «Domund» de la Caridad. Pensamos que el Día de las Misiones siempre es día de la caridad. La obra misionera no es otra cosa que la realización más pura, profunda y auténtica del amor cristiano. Creemos, por consiguiente, que la caridad no puede ser consigna adicional del «Domund» porque pertenece a la medula misma de la catolicidad. La implantación de la Iglesia de un modo visible y orgánico en todos los confines, el universal bautismo de los individuos, de las estructuras sociales y de las culturas, está en última instancia impulsado por el amor de Dios, que por Cristo llega a los hombres y que por la Iglesia se difunde y establece en la humanidad entera para llevar a cabo la obra redentora.

Sin embargo, el lema de la caridad aparece este año unido al «Domund» por razones muy especiales, que confieren a este slogan, además de su permanente valor, un sentido táctico y un oportunismo apostólico. El «Domund» quiere orquestar su propaganda en torno a la caridad porque cree que este año precisamente debe exaltar la realidad central del mensaje y del vivir cristiano. Una referencia del calendario da a esta consigna un valor conmemorativo. Hace trescientos años moría el gran apóstol moderno de la caridad: Vicente de Paúl. Con la luz de su ejemplo y de su doctrina el «Domund 60» quiere unirse al gran movimiento actual de la caridad en el mundo para contribuir a la limpidez de la más bella idea que se ha predicado a los hombres y a la exaltación de la obra misionera como la más perfecta realización de la caridad en el mundo.

El «Domund», por tanto, quiere salir valientemente al paso de una moderna devaluación de la caridad, que no es difícil descubrir tanto en el mundo profano como en los cuadros interiores de la Iglesia Católica. Fuera del cristianismo existe una real desvalorización y un desplazamiento, dirigido en muchas ocasiones por inconfesables razones tácticas, de la caridad como fórmula ineficaz, incompleta y aun sectaria para lograr el ideal común de la unidad, de la paz, de la convivencia humana. Desplazada la caridad, han surgido las grandes ideas, que tratan de sustituirla: la solidaridad, la colaboración internacional, la coordinación y los contactos entre los individuos y los pueblos, el conocimiento mutuo de los planes de ayuda, la atención a los pueblos subdesarrollados, etc.

El «Domund 60» quiere denunciar una quiebra esencial en el combate que hoy se libra fuera de la Iglesia por un mundo mejor. Oficial y prácticamente los dos bloques antagónicos del Este y del Oeste, que, sin embargo, alzan a la faz de los pueblos una misma bandera de esperanza, coinciden dolorosamente en la supresión de la caridad como medio esencial para la realización de sus respectivos programas de paz y convivencia internacional.

En nombre del Derecho internacional, del bien común, de la justicia, del respeto a la entraña íntima de las conciencias, el amor cristiano y aún el simple amor natural, es el gran proscrito de nuestros días, una especie de apátrida rechazado por todos los rectores del mundo y de las naciones, que, a la hora de la verdad, no puede sentarse a la mesa de las Naciones Unidas. A la caridad le están haciendo la competencia, y en cierto sentido le están venciendo, otras ideas salvadoras de nuestro tiempo. Es alarmante la enorme seducción que hoy ejercen sobre la humanidad los temas de la justicia, del progreso científico y técnico, de la economía, de la cultura, de la libertad. El «Domund» es una nueva coyuntura para que una vez se alce vigorosamente la voz católica que afirma que nada de esto es válido si al fin no existe el amor que el Dios verdadero trajo a los hombres: la caridad.

Pero, además, en el ámbito cristiano y aún católico, otra impalpable y seductora amenaza se cierne sobre la caridad cristiana: el naturalismo de signo social. La presión dé lo social en nuestro tiempo es venturosamente irresistible; cualquier actitud antisocial está condenada al fracaso. Esta socialización del mundo alcanza también a los individuos, a las mentalidades y a las estructuras católicas. Pero existe el riesgo real de que una interpretación errónea, falsa o tendenciosa de lo social sacrifique en la práctica la estructura, las riquezas, los valores específicos, los objetivos finales y la eficacia histórica de la caridad. La seducción de lo social puede arrancar a la caridad su raíz sobrenatural, robándole su jugo vital y condenándola irremediablemente a la muerte.

Como remedio venturoso contra este peligro, la caridad misionera que el «Domund» exalta se ofrece a todos como la vivencia maravillosa del amor revelado. En la vanguardia la actividad misionera está primariamente impulsada por un amor sobrenatural y ordenada también primariamente a la caridad sobrenatural, que consiste, por encima de todo, no tanto en distribuir los bienes materiales, sino en la distribución de esa renta sobrenatural de los hombres, que es la Sangre redentora de Dios. El misionero, ante todo, va a propagar la fe, o sea a dar la verdad sobrenatural, la gracia, que es la vida de Dios comunicada a los hombres, las fuentes de la salvación, las riquezas sobrenaturales de Cristo. Levantará escuelas y dispensarios, se preocupará del sindicalismo cristiano y de la asistencia social, de la vivienda y del analfabetismo, de las sulfonas contra la lepra y de los remedios contra el cólera y la enfermedad del sueño. Pero todo esto lo hará después de buscar la salvación auténtica, la incorporación vital de los hombres al Cuerpo místico de Cristo.

Y en este planteamiento primario e ineludible del carácter espiritual y sobrenatural de la caridad, el misionero no podrá parlamentar jamás. Ni las amenazas de la persecución, ni los dólares seductores y abundantes de la filantropía, ni la prudencia de este siglo podrán hacer que los vanguardistas de Dios escondan el Evangelio entre los pliegues de sus viejos hábitos beneméritos para servir a los hombres tan sólo el alfabeto, el torno, la penicilina y los botecitos de leche condensada.

En un tiempo de alarmantes claudicaciones religiosas en la vida privada y pública, la insobornable fidelidad del misionero a la esencia evangélica de la caridad constituye para los hombres una lección de gallardía y un mensaje de esperanza. El «Domund» quiere publicar todo esto a los cuatro vientos; quiere, consiguientemente, estimular en la retaguardia un planteamiento individual y colectivo de la caridad misionera como la primera obligación de caridad y huyendo de fórmulas nebulosas y difusas; siguiendo la mente y el mandato del Papa quiere canalizar un ancho y ardiente impulso de caridad hacia la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe, que por su estructura y finalidad es uno de los organismos fundamentales de caridad que existen en la Iglesia de nuestros días.


Estampas antonianas

VI. Milagros de san Antonio

Ya en el número anterior analizamos algunos de los milagros obrados por San Antonio. Y ciertamente, la enumeración de todos y cada uno de los prodigios que realizó a lo largo de su fecunda vida habría de precisar un respetable volumen. Por ello aquí, en esta página antoniana, sólo iremos recogiendo aquellos que por su mayor interés puedan servimos de enseñanza, ejemplo o estímulo en nuestra vida.

Sabido es la gran pasión que el santo sentía por la Eucaristía. Era la sagrada Forma para él como un sol de verdad; pan dulcísimo en cuyo seno convergían todas las maravillas existentes; consuelo de puros y redención de pecadores. Hostia con una simbología exquisita para la cristiandad, que entraña afectos, humildad, amores y sacrificios; espíritu mismo en el que se vienen a condensar cuánta grandeza y excelsitud encierra la doctrina de Jesucristo. Pues bien, esa forma tan intensamente reverenciada por San Antonio es quien establece el factor principal de aquel popular y sabroso milagro tantas veces recogido por la literatura y el arte.

Siendo San Antonio guardián de Puy y predicando en la ciudad de Bourges, adonde solía ir por la necesidad espiritual de sus habitantes, tuvo el consuelo de convertir a un tal Guillardo o Gialdo, famoso rico judío y hereje que habitaba a la sazón en la citada ciudad. Este influyente personaje poseía un bien nutrido séquito de servidores y por su posición social era considerado en toda la ciudad.

Se negaba aquel hereje a reconocer la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Hostia consagrada, y el piadoso San Antonio, compadecido de su incredulidad y deseoso de ganar su alma, se esforzaba inútilmente en presentarle argumentos a que el hereje no podía contestar. Asediado de manera constante por el santo, quien le constreñía a responder o a confesarse vencido, apeló un día de las palabras al milagro, y para salir del paso, sin duda, dijo, burlándose, que si la mula que acostumbraba a montar adorase al verdadero Cuerpo de Cristo bajo la especie de pan creería entonces en la verdad del Sacramento del Señor bajo las condiciones que él mismo fijaría.

Movido el santo de espíritu sobrenatural, contestó que estaba dispuesto a aceptar ese juicio de Dios en defensa de la verdad y grandeza de la Eucaristía. El hereje propuso por condición que tendría a su mua tres días sin comer, después de los cuales acudiría con ella a la plaza y le presentaría delante un buen puñado de avena o cebada. Por su parte, San Antonio le habría de ofrecer el Santísimo Sacramento, y si hecho esto la bestia despreciaba el alimento por ir a postrarse y reverenciar la Hostia santa, entonces el hereje se daría por convencido. Con este singular trato se apartó del santo, quedando todos los ánimos suspensos sobre el resultado de este juicio de Dios.

Como se convino se hizo, y el incrédulo judío privó a su mua durante tres días consecutivos de toda alimentación, pasados los cuales acudió con ella a la plaza pública. Al mismo tiempo, dicen los biógrafos del santo, se acercó San Antonio llevando en sus manos un cáliz o custodia con el Cuerpo de Cristo, todo ello ante una multitud de personas ansiosas de conocer el resultado de aquel extraordinario compromiso por el religioso franciscano.

Llegado el solemne momento se encaró el santo con el hambriento animal, y hablándole con su voz dulcemente persuasiva, le dijo: «En nombre de aquel Señor a quien yo, aunque indigno, tengo en mis manos, te mando que vengas luego a hacer reverencia a tu Creador, para que la malicia de los herejes se confunda y todos entiendan la verdad de este altísimo Sacramento, que los sacerdotes tratamos en el altar y que todas las criaturas están sujetas a su Creador.»

Mientras el santo pronunciaba estas palabras el hereje echaba cebada a la mua para que comiese, pero el animal, sin hacer caso de la comida, avanzó pausadamente como si hubiera tenido uso de razón, y doblando respetuosamente las rodillas ante el santo, que mantenía alzada la sagrada Forma, permaneció en tal postura hasta que San Antonio le concedió licencia para que se levantara. Ante este hecho prodigioso el hereje cumplió su promesa y se convirtió de todo corazón a la fe católica.

Esta victoria le confirió al santo el sobrenombre de «martillo de los herejes», pues nadie como él era tan capaz de mover las frías piedras de la impiedad haciendo que en los corazones brotasen lozanas las rosas de la fe. Gracia de un santo que siempre tuvo en los labios el nombre bendito de Dios y con cuyo favor obró tantos y tan maravillosos prodigios. (Es de notar cómo algunos historiadores aseguran que el milagro eucarístico fue obrado en Rimimi, donde aún se conserva un templete conmemorativo en la plaza llamada «del mulo».)

Artísticas

Por José María Bayarri

F. Cabrera Cantó. Entierro de San Francisco de Asís

Entierro de San Francisco de Asís, pintado por F. Cabrera Cantó.

Siempre el franciscanismo, y ya desde el siglo XIII, ha tenido en los artistas extensión estética y profundo asentimiento. Nuestros mediterráneos pintores han llegado a la suprema exaltación pictórica y calado hondo en el tema atrayente.

Es hoy otro pintor también bueno y gran artista, Cabrera Cantó, de Alcoy, que iluminaba su paleta y su corazón con las áureas representaciones franciscanas, como esta obra que publicamos.

José Benlliure

Un joven ofrece unas tórtolas a San Francisco de Asís. Óleo de losé Benlliure

...¡Oh hermanas mías, tórtolas simples, inocentes y castas! ¿ Por qué os dejáis prender? Ahora quiero yo libraros de la muerte y os haré los nidos para que deis fruto y os multipliquéis conforme al mandato de Dios vuestro Creador.

Y les hizo nido a todas y, ellas los ocuparon y comenzaron a poner huevos y procrear a vista de los frailes. Y eran tan mansas y tenían tanta familiaridad con San Francisco y con los otros, como gallinas a las que hubiesen ellos dado siempre de comer; y no se fueron de allí hasta que San Francisco les dio libertad y bendición para marcharse...

(De las «Florecillas de San Francisco».)

José Benlliure

San Francisco predica al pueblo el evangelio de Cristo. Óleo de José Benlliure

...Eximio maestro de amores el sabio, Hermano Francisco, escucha este ruego: la ciencia de amar enseñe tu labio al mundo que muere, que muere de enconos, de rabias, envidias, soberbias; enseña, Francisco, la ciencia segura, la ciencia de amar, la ciencia más pura, que todos unidos, sinceros hermanos, diciendo vivamos con hondos anhelos, con ansias supremas de vida mejor: piedad, Padre nuestro que estás en los cielos, piedad de este siglo que en odios sucumbe, piedad de nosotros, piedad, oh Señor.

Fr. Damasceno Espinosa, ofm

Asís. Principio de una peregrinación

«San Francisco ha sido y sigue siendo una especie de apóstol in partibus infidelium, un misionero ad exteros, que ha enriquecido con notables ganancias al catolicismo. Su retrato de Cristo vivo..., un espíritu que miraba todas las cosas transformadas por la más alta poesía y ligadas en santa hermandad con el hombre, levanta corrientes de simpatía en los círculos más alejados de las ideas católicas.» (Capánaga). Exacto. La historia de las conversiones está llena del nombre de Francisco de Asís. El artículo de G, Barra, escrito hace tres años, lo atestigua una vez más.

Si vais en Asís al Santuario de San Damián os servirá de guía un fraile alto. Espaldas de atleta, ojos azules que reflejan el cielo, una sonrisa consoladora que le ilumina constantemente el rostro. Habla italiano con acento extranjero. A este fraile se le presentó hace algunos meses una señorita.

—Yo soy una convertida—, le dijo.

—También yo soy un convertido—, le replicó.

—Yo me llamo Clara.

—Yo me llamo Francisco.

—Yo soy una escultora.

—Yo he sido durante varios años escultor.

La señorita, Clara Sheridan, prima de Winston Churchill. El fraile, Harro Ammán, exescultor, actualmente fraile de San Damián.

Otro curioso encuentro. Llegó un grupo de turistas suizos calvinistas. Visitan con calma el santuario, teniéndolo a él por guía. En el acto de despedirse un mocetón quiso satisfacer una curiosidad que le atormentaba:

—Diga, ¿no es usted el que jugaba en el equipo de hockey de Lausanna?

Maravilla, estupor, asombro.

Se lanzan el uno a los brazos del otro.

—¿Así que tú estás definitivamente perdido para nosotros?

—¿Perdido? Mi verdadera vida sólo ahora es cuando comienza.

Los padres de Harro Ammán eran luteranos. La juventud la pasó sin incidente alguno religioso.

A los dieciséis años por primera vez se plantea seriamente el problema religioso. Pero sólo a los dieciocho comienza la investigación de la verdad. Ahora ya ha comprendido que la verdad no puede ser el luteranismo.

La peregrinación será larga y dolorosa.

Primera etapa: las filosofías indias y el budismo. A este fin emprende dos viajes a la India.

—¿Tiene usted, Padre, algún recuerdo particular de estos sus viajes orientales?

—Dos recuerdos malos que nunca los he olvidado. Los he recordado frecuentemente y los refiero siempre para hacer comprender la responsabilidad que incumbe a todos los cristianos. Un día, después de la visita a un templo hindú, quise conversar un poco con el sacerdote, el cual me habló muy mal de los cristianos. «He visto tantos europeos, pero ninguno verdaderamente cristiano. ¿En vuestra Biblia no está escrito que no debéis matar? ¿Cómo, pues, hay tanta guerra entre vosotros?» Otra vez quería visitar una célebre gruta, toda ella decorada con pinturas antiguas. Buscaba un guía. «No tome un mahometano o un hindú convertido, porque esos apenas tienen contacto con los blancos aprenden a mentir y a robar.»

Las palabras del Padre están cuajadas de dolor. Te dan la impresión que reviviera todavía el sufrimiento de aquel bofetón moral.

¿Cómo no pensar en Mauriac? «Muchos cristianos hoy día son piedra de tropiezo para aquellos que buscan el cristianismo.» Y en Berdiaef: «La más grande objeción contra el cristianismo son los cristianos.»

Bien pronto las doctrinas de Buda, del Yoghi, lo defraudaron.

Entonces se entrega a los estudios, primero de medicina, y después de arte. Sobre todo en la escultura llega a tener gran éxito. Hasta el punto que su maestro ya llega a concebir respecto a él las más halagüeñas esperanzas y lo invita a exponer sus trabajos en una exposición de París. Alcanza éxito y obtiene una medalla de oro.

Un profesor amigo suyo lo invita a Florencia.

Y un día lo lleva a un convento de Cartujos donde le hace admirar un bello pozo cuyo diseño había sido dibujado por el mismo Miguel Ángel.

El Padre cartujo que los acompañaba en un cierto momento pregunta a Harro Ammán:

—¿A qué se dedica usted?

—Soy escultor.

—¿Por qué no se queda aquí a terminar un trabajo que un Hermano nuestro no ha terminado porque le ha sorprendido la muerte?

—Pero yo soy luterano.

—Verá: un día acabará por convertirse e irá a hacer de escultor en un convento...

¿Quién daba a aquel hombre de Dios esta intuición profética? Los acontecimientos le dieron la razón.

Llega la guerra de 1940. Harro parte. Y hará el servicio militar como simple soldado.

—Me ha agradado siempre estar en contacto con el pueblo. Si hubiese ido de oficial no habría podido ya vivir en medio de la masa del pueblo.

—Durante la guerra ¿ha tratado familiarmente con algún capellán militar?

—Me encontraba en el hospital por una fractura del pie. Era Navidad. Vinieron a hablar el capellán militar católico y el protestante. Habló primero el conocido abate Bavet. Habló con tal convicción y con tan encendidas palabras, con tal seriedad y profundidad de argumentación, que quedaron todos asombrados y conmovidos. De modo que el mismo ministro protestante no habló ya. «Después de todo lo que ha dicho el abate Bavet no sabría ya qué cosa decir.»

Otra impresión que reportó de la guerra: el babel o confusión en que se debate el protestantismo. En un sector aún pequeño chocaban y se contradecían las más discrepantes ciencias religiosas. De frente a este babel se destacaba cada vez más el monolito de la fe católica en toda su unidad y compatibilidad.

En 1947 va por primera vez a Asís. Ya la tumba de San Francisco lo hiere profundamente. Pero San Damián lo transforma y lo revoluciona en todo lo íntimo de su ser.

En la historia de todo convertido hay mil cosas que lo enderezan hacia Dios. Pero hay siempre un momento en que se tiene una fulguración, una certeza. Entonces se dice: «Aquí está Dios.» Y desde aquel momento la decisión está tomada.

Para Harro Ammen aquel momento se llama San Damián. Es necesario reconocer que aquellos muros, que tienen la pátina de pobreza, de amor de Dios, de santidad, ejercen una fascinación irresistible. Para Harro este enamoramiento será tan arrollador que le hará decir: «Yo me quedaré siempre aquí.»

Pero el camino será todavía largo.

—¿Qué libros os han ayudado más en la investigación de la verdad?

—Si debiera colocarlos en orden de importancia, relativamente a mi historia, los dispondría en esta jerarquía: los Catecismos, del abate Gaume; el Evangelio de San Juan, los Pensamientos de Pascal, Thomas Merton, P. Lombardi.

—¿Y cómo nació en usted la idea de hacerse fraile?

—Esta idea se ha esbozado en mí el día que decidí hacerme católico. Católico y franciscano; me he visto al instante así. Me dirigí a los capuchinos de Locarno con los cuales tenía íntima familiaridad. Ellos desde el principio me desaconsejaron San Damián: «Demasiado rigor, demasiada disciplina para usted... No se va a avenir.» Pero yo en toda mi vida he estado siempre acostumbrado a la disciplina.

Pero a la realización de su sueño se interponía un obstáculo: la madre. Se había convertido ya antes que el hijo; vivía ahora sólo de oración y de caridad. Pero estaba paralítica. Habría sido una crueldad dejarla sola. Ahora está en Asís y el hijo la va a ver cada semana.

Harro se presenta al Obispo de Asís para pedir el bautismo. Lo acompaña un fraile menor.

—¿Está bien preparado e instruido?

—Sí, Excelencia—, responde el fraile.

—Preferiría que primero fuera examinado por dos frailes que no lo conozcan.

Un día del verano de 1950, en San Rufino, abjura; Bautismo, Confirmación, primera Comunión.

—La mañana del Bautismo tenía todavía varias dudas que me atormentaban. Se disiparon completamente en aquella misma mañana. Y desde aquel día un sentimiento vivo de paz, de orientación, de alegría ha dominado siempre mi corazón.

Efectivamente, al verlo, al escucharlo, se tiene la impresión de estar frente a un hombre que ha encontrado la felicidad. Por eso quiere comunicarla a los otros. Ha escogido a San Damián porque le parece una ocasión óptima. El ha encontrado la verdad en San Damián. Quiere hacerla encontrar a muchos que pasarán por San Damián.

Si el día de mañana escribiera sus memorias —ninguno ha escrito hasta ahora las memorias de un cicerone— saldrán a luz las más maravillosas aventuras de la gracia. Nos da en anticipo una de ellas:

—Ha llegado aquí hace poco una pintora. Venía de América e intentaba quedarse sólo pocos días para conocer el arte de Asís y hacer algunos cuadros. Después de algunos días me la veo regresar. «No acierto ya a partir —me dice—. No acierto ya a pintar. Desde que he visto San Damián, la pintura que hasta ahora era toda mi vida, no me dice ya nada, no me interesa más.» Es el don de Asís. Es la propiedad de Dios. El basta. El solo.