Ecos del curso XVIII de estudios en Asís

La relación sobre el Oriente y Roma

De la relación sobre el tema «El Oriente y Roma» habida por el Cardenal G. Amleto Cicognani en el curso XVIII de estudios cristianos, entresacamos lo siguiente:

La separación de una parte tan noble y grande del rebaño de Cristo, de la Sede Apostólica, es, sin duda, una realidad que afecta dolorosamente a la unidad universal querida por Jesucristo para su Iglesia; no obstante, conviene observar cómo en los espíritus más atentos y reflexivos ha quedado un verdadero deseo de unión, junto con el ansia con frecuencia renovada de pertenecer al Cuerpo místico de Cristo.
El punto de discusión lo constituye el Primado de Jurisdicción; ya que algunos estarían dispuestos solamente a consentir en un primado de honor.

No obstante, si nos trasladáramos a la propia historia de los primeros siglos, a la liturgia y escritos de los propios doctores y escritores eclesiásticos, a aquellos grandes escritores que ilustraron a la vez a Oriente y a la Iglesia católica, será fácil percatarse de que era una misma la creencia oriental y occidental.

San Policarpo, gran Obispo de Esmirna, discípulo de San Juan Evangelista, va desde su sede a Roma para que el Papa Aniceto le resuelva una cuestión debatida.

San Ireneo, desde Oriente, en el siglo II, señala a Roma como centro, y proclama que es necesaria la unión con aquélla por razón de su primado.

El anciano Alberto, Obispo de Gerápolis, emprende un fatigoso viaje a Roma, ya que «Roma es el centro de la cristiandad», y quiere tributar allí homenaje al sucesor de Pedro.

Son episodios elocuentes, prueba y homenaje de fe del antiguo Oriente, en la unidad de la Iglesia. Y tales pruebas podrían multiplicarse examinando los antiguos documentos litúrgicos orientales. Veámoslo.
En el canon en honor de San Silvestre, conmemorado en la Iglesia griega el 2 de enero, así rezan los hermanos separados:

«Tú, oh Santo Papa Silvestre, has aparecido en el mundo como una columna de fuego; guía a la Iglesia, y como nube protectora salva a los fieles de los errores de Egipto (alusión a Darío, proveniente de Egipto) y transpórtalo con tu doctrina infalible a la luz divina.»

«Tú —prosigue— apareciste como el corifeo de los apóstoles; tú, corifeo de los sagrados pastores, cerraste la boca a los herejes y estableciste el santísimo dogma» (Alusión al Concilio Ecuménico de Nicea, 325).

En la Anáfora —parte central de la misa que corresponde a nuestro canon— no podemos menos de notar el signo de la unidad en la conmemoración que hacen del Sumo Pontífice.

Benedicto XIV —prosiguió— observaba a este respecto:

«Nos basta poder decir que la conmemoración del Romano Pontífice y las oraciones que por él se ofrecen en el Sacrificio de la Misa, son consideradas, y lo son en realidad, un modo de declarar que se reconoce al Pontífice como Cabeza de la Iglesia, Vicario de Jesucristo / sucesor de Pedro, anhelando con el espíritu y la voluntad adherirse a la unidad católica.

»Por consiguiente, ¿cómo no llamaremos hermanos a aquellos fieles que han sido siempre depositarios de tales documentos?

»Rasgos semejantes revelan que se proviene de una misma madre: una creencia común en los Sacramentos, en el culto a la Virgen, en el Sacerdocio, en la Eucaristía. El misterio de la Santísima Trinidad penetra en su liturgia. Vuelven a la mente las palabras de Pío XI: "La primera gloria de la Iglesia de Cristo es el Oriente cristiano".»

Son menores ahora las dificultades doctrinales.

Muchas de las antiguas divergencias actualmente han quedado muy reducidas, y prácticamente subsisten solamente las que se refieren a la Constitución de la Iglesia.

La disputa, por ejemplo, respecto a la procesión del Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, Filioque procedit, que en el pasado apasionaba tanto los ánimos, hoy puede considerarse resuelta definitivamente. De hecho los mismos orientales profesan esta verdad, expresada en estos términos: «El Espíritu Santo procede ex Patre per Filium, o bien, ab utroque, "de uno y otro".» Entonces disgustó que fuera introducido el Filioque en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano (actual Credo de la misa), ya que en los Concilios se había establecido no tocar más aquella fórmula de fe. Por otra parte, nunca se abligó a los orientales aceptar la expresión del Filioque.

Las Iglesias orientales, sea por la fe, sea por la costumbre, y aun en sus manifestaciones de devoción, mucho se acercan a la Iglesia católica, de manera que podemos afirmar sin exageración que una misma piedad inspira a unidos y separados y los une fraternalmente.

Esta piedad infunde íntima esperanza en la posible unión, sobre todo teniendo en cuenta que María, Madre de Jesús y Madre nuestra, es invocada frecuentemente por los orientales con el glorioso título de «Toda Santa», refiriéndose a la brillante verdad de su Inmaculada Concepción, profesada en Oriente con devota e ininterrumpida tradición, mientras entre nosotros se convirtió, en un determinado período, en objeto de discusión.

¿Se realizará la unión? Los obstáculos a superar no son ni pocos ni leves; hay que reconocer que diez siglos de separación son un período demasiado largo, y en un milenio se ha desarrollado una historia distinta y, tal vez, en pugna entre el Oriente y el Occidente.

¿Y qué sabe la mayoría de pueblos de los sucesos pasados y de los grandes acontecimientos, como definiciones de Dogmas y Decretos, que la Sede Apostólica ha continuado enseñando y dictando en conformidad con la evolución vital de la Iglesia? Podría parecer una novedad arbitraria. Novedad ciertamente para quienes no han seguido viviendo en la unidad.

Existen algunos recuerdos, como las Cruzadas y la destrucción del Imperio de Bizancio, con las consiguientes violencias y rapiñas que, si se evocan, infunden en los ánimos profunda pena.
Nuestro deber es «conocernos, comprendernos y amarnos». Los deberes que nos unen a nuestros hermanos separados están claramente enunciados por el Concilio Ecuménico Florentino: «Es necesario conocernos, hace falta comprendernos, conviene amarnos». Desde entonces los Sumos Pontífices han repetido y acentuado este deber; recordemos particularmente la Rerum Orientalium de Pío XI, fechada el 8 de septiembre de 1938, que tantas simpatías y adhesiones suscitó, renovadas todavía en las palabras de Juan XXIII que mira a aquellos hijos con sentimientos profundamente paternales.

Y mientras estos contemplan al Vicario de Cristo con un afecto que constituye una tímida preparación de un acercamiento, es deber de nuestro apostolado sacerdotal y laico acelerar los tiempos del encuentro entre los hijos y el Padre. ¡Seamos conscientes!

Se está preparando el Concilio Ecuménico Vaticano II, y el Papa Juan XXIII, desde su primera Encíclica Ad Petri Cathedram, del 29 de junio de 1959, anunció así su finalidad:

«Promover el incremento de la fe católica y una renovación saludable de las costumbres del pueblo cristiano, poniendo al día la disciplina eclesiástica.

»Esto, sin duda, constituirá un maravilloso espectáculo de verdad, unidad y caridad, que al ser presenciado por aquellos que están separados de la Sede Apostólica, los moverá suavemente (así lo esperamos) a buscar y a conseguir aquella unidad por la cual Jesús dirige al Padre una fervorosa oración.»

¿Regresarán algunos? Deseamos que sean muchos. Ciertamente que existirán dificultades a causa de una compleja estructura, antigua y todavía existente; dependerá mucho de los dirigentes reconocer la necesidad de integrarse en la ruta de la unidad.

Dicha unidad, dice Juan XXIII, debe ser sólida, estable y segura..., como la posee ciertamente la Iglesia católica, cosa fácil de observar para quien se fija atentamente y sin prejuicios. Esta unidad se basa en tres notas distintivas: unidad de doctrina, de gobierno y de culto... Un solo rebaño guiado por un solo pastor.

Las mentes ilustradas sabrán ver que la verdadera Iglesia es Una, porque así Jesucristo lo estableció, constituyéndola en unidad orgánica y sobrenatural.

Es la luminosa «señal levantada en las naciones».

Que se realice, pues, la Oración-Testamento de Cristo: «Que sean uno», y que se actualice sobre aquella sólida y armoniosa base indicada por El mismo. «Que sean una sola cosa como yo y Tú, ¡oh Padre!»

Cardenal G. Amleto Cicognani
(Osservatore Romano, 1 de septiembre de 1960.)


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Florecillas del santo retiro de Chelva

XIII. Fundador del santo retiro: P. Nicolás Villanueva

La villa de Chelva había sido de nuevo, pasados varios lustros, nido de religiosos, que volvieron a distinguirse por su espiritualidad y su sencillez franciscanas.

El día 15 de noviembre de 1908 hizo su entrada solemne la primera Comunidad, formada por dos Padres y dos legos, bajo la presidencia del P. Dionisio Boix. Plácida y tranquila fue la estancia de esos religiosos en esa soledad seráfica, que de nuevo sentía el latir de los nuevos religiosos que, además de preocuparse de la restauración de iglesia y convento, se preocupaban de dar alimento espiritual a aquellos buenos chelvanos que siempre apreciaron a los religiosos y les trataron con respeto. La villa crecía, bajo los auspicios de tan ejemplares religiosos, en toda clase de virtud y santidad, pero tenía que vivir aún dentro de unos años vida más intensa y mucho más ejemplar con la fundación del santo retiro, que tendría lugar a primeros de enero de 1912.

El P. Rafael Brotóns, a la sazón Ministro Provincial, con su Venerable Definitorio, acordó fundar una casa de santo retiro en el mes de noviembre de 1911, y designó para tan loable fundación la residencia de Chelva. «Realmente —dice el cronista de la Provincia P. Andrés Ivars— era esta casa la más apropiada para el retiro por sus recuerdos históricos en la Orden, por los santos varones que allí se formaron, por su apartamiento de la población, por su espacioso huerto y porque todo convida allí a la contemplación, al silencio y al trabajo.»

Fueron muchos los religiosos de nuestra Provincia que solicitaron formar parte de aquella nueva casa, pero sólo fueron admitidos entonces los PP. Agustín Fortea, ex Ministro Provincial; Cándido Alcaina, Godofredo Aleixandre y Nicolás Villanueva, con los Hermanos legos Fr. Francisco Oliver, Fr. Daniel Albero, Fr. Francisco Picornell y Fr. Pascual Caldés, bajo la dirección del P. Nicolás Villanueva, que fue el primer presidente de aquella nueva comunidad del santo retiro, y como el alma y el fundador de aquella santa casa que tantos ejemplos dejó en la Provincia, y en la villa de Chelva.

No podemos negar que el espíritu austerísimo de este Padre fue el que imperó en aquella santa mansión. Este religioso, que podríamos parangonarle al propio Santo de Alcántara, fue el que impuso su espíritu y su vida de enormes austeridades a todos aquellos que intentaron restaurar en aquella santa casa las austeridades primitivas de nuestra Orden Franciscana.

Los que todavía conservamos en la memoria aquellas escenas podemos asegurar que fue el P. Nicolás el fundador y el propulsor de todo aquello que tanta fama le dio al santo retiro de Chelva. Es cierto que aquellos primeros religiosos que constituyeron la primera comunidad eran de temple semejante al del P. Nicolás, pero se veía a todas luces el temperamento y el ardor del P. Nicolás, que no cesaba en querer todavía más acentuar la vida de penitencia y de austeridad franciscana.

Los Estatutos generales eran severos, pero los aprobados por el Definitorio para esta casa lo eran aún más, y la influencia del P. Nicolás se traslucía de un modo patente. No podía recibir limosna de la celebración, y celebraban siempre por los bienhechores. No se encendía lumbre en la cocina mañana y noche y solamente para una humilde refección a medio día. No podían viajar en tren ni en carro, y siempre a pie y casi a diario con los pies descalzos. En el refectorio no tenían mesas y comían arrodillados en el frío suelo. Maitines largos todos los días y varias horas de oración mental.

El espíritu del P. Nicolás vibraba constantemente por doquiera, y en todas las intervenciones suyas se vislumbraba su afán de santidad y su anhelo de superarse más y más en ella.

Los que hemos tenido la suerte de convivir en Chelva podemos certificar muchas cosas que corren aún entre las buenas personas de esta villa. Muchas veces el P. Nicolás tenía que ausentarse para dar misiones por el arciprestazgo de Chelva y por el Obispado de Segorbe. Y siempre tenía que ser el viaje a pie descalzo. Y aunque hubo veces que tenía que alejarse hasta Madrid, siempre su recorrido fue a pie, comiendo lo que en el viaje le pudieran dar de limosna y durmiendo en el largo trayecto en pajares, pues nunca iba a posada ni fonda alguna.

Las gentes, que veneraban al P. Nicolás por su vida austera y por su santidad eminente y, sobre todo, por el halo de virtud que le envolvía constantemente, todavía recuerdan hechos prodigiosos que podrán ser más o menos verídicos, pero que corren de boca en boca como exponente de su virtud admirable y extraordinaria.

En una de las correrías apostólicas de dicho religioso ocurrió un caso sorprendente. Caminaba hacia Madrid, en donde tenía que dar unos Ejercicios espirituales en dicha capital de España. Se hizo de noche mientras a pie iba caminando por sendas polvorientas. Cuando las sombras se iban espesándose más y más y parecía que no había salida ninguna, una luz inmensa le envuelve y encuentra allí cobijo, sin que en aquel lugar hubiera persona humana alguna. Descansó y al día siguiente, antes de que clareara la aurora, abandonó aquel lugar sin que nadie le viera por no haber persona que pudiera contemplarle. Pero con el afán de que nadie le pudiera ver dejó olvidado el hatillo de sus humildes enseres: breviario, crucifijo y sandalias medio rotas. Volvió otra vez hacia atrás para recogerlo y no encontró casa alguna, sino allí, en medio de una explanada, el hatillo de sus cosillas. ¿Fue todo ilusión? ¿Fue un milagro? Humanamente no hubo explicación.

En Chelva me contaron varias personas que, en cierta ocasión, estaba predicando y quedó como suspenso en el aire. Después de haber permanecido unos minutos silencioso y en actitud reverente continuó, y supieron varios que había tenido el don de bilocación.

Yo no tuve el gusto de convivir con ese Padre. Recuerdo que siendo novicio, en agosto de 1919, nos dio los Ejercicios espirituales en Santo Espíritu del Monte. Tenía que ir todos los días a su celda para que me señalara los libros de lectura para el refectorio, en donde tenía que leer por estar de semana. Cuando entraba en su celda y tenía que hablar con él, muy pocas palabras por cierto y, sobre todo, cuando él me dirigía la palabra, me envolvía un halo de sobrenaturalidad y de extraordinaria belleza, que me creía estar en presencia de un verdadero Santo.

En 1921, siendo corista, se dio una gran misión en Cocentaina con motivo del centenario de la Virgen del Milagro. Fueron los misioneros, religiosos extraordinarios en virtud, los PP. Severino González, Vicente Verdaguer, Bernardo Verdú y Nicolás Villanueva. Las gentes contaron cosas extraordinarias de dichos Padres, pero del P. Nicolás contaban cosas milagrosas.

Su vida de austeridad, al tener que disminuir el ritmo de penitencia y rigidez en la casa, del santo retiro para que pudieran ingresar otros religiosos, que creían que lo de Chelva era casi inhumano, hizo que el P. Nicolás, que solamente soñaba en oración, en retiro y en total abstracción de lo humano, abandonara Chelva para ingresar en la cartuja de Aula Dei de Zaragoza.

Hace unos años tuve el gusto de visitar aquel remanso de paz. Pregunté por el P. Nicolás. Allí cambió el nombre de Nicolás que se puso en la Orden, después de haber ejercido el ministerio sacerdotal en la diócesis de Teruel durante varios años en memoria del Beato Nicolás, que santificó el convento de Chelva, siendo su Guardián y su gloria más preclara. En la cartuja se llama con el nombré de pila, Blas. No pude conversar con él. Me limité a verle cuando entraba en el coro y tocaba su ritual campanada para indicar que había dejado su celda. Le vi de esa manera, completamente envejecido, con sus noventa años y pico, pero con la misma rigidez, el cuerpo enjuto y el rostro envuelto de un halo misterioso de virtud y de santidad.

Del santo retiro de Chelva fue a proyectar luces a la cartuja de Aula Dei le Zaragoza, pero a pesar de permanecer tantos años allí y haber ejercido el cargo de Maestro de novicios y haber intervenido en la cartuja, el allí Don Blas es al que todos nombran como P. Nicolás, franciscano del convento del retiro de Chelva, que le tuvo de fundador, de Guardián y de misionero.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm


La Virgen Carbonerita

(Continuación)

—Estamos en un lugar sagrado, hijos, y ante la divina presencia de Dios —dijo el señor cura con energía señalando el Sagrario—. Hay que hablar con más moderación y prudencia. La Virgen puede hacer un milagro, pero eso de afirmar que ha venido aquí precisamente por eso, porque vaya a hacer ese milagro, es una barbaridad, una falta de respeto a la Virgen.

—Tiene usted razón, Padre. Nosotros lo dejamos todo en manos de la Virgen. Pero llevados de nuestra gran fe acudimos confiados a Ella.

—Está bien, está bien —repitió don Ramón—. ¿Queréis hacer una novena?

—Sí, queremos hacer una novena, pero también queremos bajar a la Virgen de la ermita.

En el rostro de don Ramón se dibujó una mueca de enojo.

—Si fuera don Ángel, que Dios tenga en su gloria, no hubiera hecho tantos aspavientos—, dijo una anciana con descaro.

Don Ramón carraspeó y miró hacia el grupo de mujeres sonriéndoles con benevolencia, y luego con serenidad dijo:

—Pensad que estamos en el rigor del invierno. Que la ermita está en la montaña más alta. Que el camino es malo, que el bosque en este tiempo está lleno de lobos y durante el trayecto no hay donde guarecerse en caso de peligro. No es tiempo, hijos, de subir allí.

—A los lobos no les falta caza en el monte, señor cura—, contestó un hombre.

—¡Hum, hum!, eso habría que discutirlo —repuso don Ramón mientras colgaba en la percha su sombrero a punto de caer en el suelo—. No quiero desilusionaros ni podría vivir tranquilo pensando en ese angelito —y añadió—; precisamente cada vez que la visito me hace la misma pregunta:

—Padre, ¿cuándo bajarán al pueblo la Virgencita? ¿Es guapa?—, insiste preguntando.

—Muy guapa, hija mía, muy guapa—, repito yo con dolor.

—¿Verdad, Padre, que la Virgencita me pondrá buena? Micaela dice que cuando la espiga del trigo se haga alta, así de alta, me pondré bien —y me señala con su manita blanca como la cera la altura—. Nicolás bajará la Virgen de la ermita para que yo la pueda ver. Por eso quiero que todas las mañanas me asomen a la ventana. Quiero ver cómo crece el trigo.

—¡Pobre criaturita!—, exclamaron todos los presentes mientras se humedecían sus ojos de lágrimas.
Don Ramón pasó su mirada de unos rostros a otros y dijo:

—Dios es misericordioso. ¡Quién sabe si aún hace un milagro!

Por la ventana penetró un deslumbrante rayo de luz que hirió los ojos de don Ramón haciéndole cerrar repentinamente los párpados. De no haber sido por esto habría visto sonreír de alegría y esperanza a aquellas buenas gentes.

—¿Le parece, don Ramón, que hablemos con Nicolás?

—Buena idea habéis tenido. Id y hablad con él; ya volveréis otra vez por aquí. No obstante, si cuando estéis de vuelta estuviera yo en casa almorzando me levantaré de la mesa para recibiros.

Cuando la puerta de la sacristía se cerró y el párroco quedó solo, entró en la iglesia y cayó de rodillas ante el altar.

—¡Dios mío...! —exclamó—, tened misericordia y bendecidles porque su fe es muy grande.

Luego rezó con gran fervor, permaneciendo de rodillas ante el Sagrario largo rato.

El regreso de la comisión fue rápido; aún estaba don Ramón en la iglesia cuando le dieron la noticia de que Nicolás subiría a la ermita. Aunque un súbito temor agitó su pecho, le llamó para darle la bendición y las gracias por su gran generosidad y apretó entre las suyas las arrugadas manos del viejo leñador. Afuera en la calle le esperaba la gente. Naturalmente que habían sus comentarios y también quien se brindó a acompañarle en el viaje, pero él gritó protestando:

—¡Aún tengo las piernas fuertes!

No era alegre aquel amanecer. Las montañas estaban cubiertas por un manto de niebla que ocultaba el verdor de los bosques y apenas se podía reconocer el sendero. El barranco llevaba agua roja de fuerte y reciente lluvia. Era como una muralla que se interponía en el camino y que Nicolás tenía que cruzar saltando charcos cenagosos y agarrándose a matorrales hasta buscar a tientas la estrecha vereda cubierta de maleza. Conocía bien el lugar, pero la débil luz del amanecer no dejaba distinguir la senda. El aire helado azotaba su rostro y tenía que encogerse cada vez más; aunque aún estaba fuerte comprendía que los años le habían hecho perder vigor.

Pensó en la pobre niña enfermita, que había quedado allá abajo en el pueblo con la esperanza de poder ver a la Virgen Carbonerita. Era una felicidad y alegría para él ser el portador de la imagen y también el consuelo de aquel pobre corazoncito dolorido. Andaba con la mirada fija en la alta montaña. Hubiera querido tener alas como un pajarito para remontar el vuelo. Recordó cuando era niño y su madre le contaba el cuento del «Águila negra», que cruzaba el espacio volando sobre las altas cumbres de las montañas de cristal de roca, llevando sobre su dorso al príncipe que, deslumbrado con los rayos del sol, buscaba a su amada princesa convertida, en serpiente por la maldición de la bruja.

Con estos pensamientos llegó al pie de la montaña. La ermita se veía majestuosa en medio de aquella gran selva. Los altos pinos parecían las columnas de un templo. Nicolás en vez de andar corría bajo la sombra de aquellos corpulentos árboles. Cuando llegó a los escalones del pequeño templo le faltaba el aliento. Abrió la pesada puerta de roble y penetró en el recinto. Se dirigió al altar y se arrodilló ante la Virgen Carbonerita. Después, con los ojos fijos en la pequeña medalla, se abandonó por entero a la meditación permaneciendo largo rato de rodillas. El cansancio al fin le venció y Nicolás se dejó caer en un banco. Como si un martillo golpeara sus sienes sintió un gran peso en la cabeza y quedó profundamente dormido. Cuando despertó estaba aterido de frío y haciendo un esfuerzo sobrehumano se levantó del banco. El sol se ponía ya tras las altas montañas. Con los ojos muy abiertos miraba en su derredor sin comprender por qué se encontraba aún allí. Pero pronto se repuso de su asombro, recordando todo lo que está ocurriendo y que había dormido más largo tiempo del que quería.

—¿Cómo he podido dormir tan tranquilamente? —se recriminó encolerizado—. Es preciso que marche en seguida. La noche se me echa encima y si no bajo son capaces de subir creyendo que me ha ocurrido alguna desgracia.

Olga Bauzá de Lloréns
(Continuará)

Noticias

El Padre General de los franciscanos y el Concilio.— La Comisión Central Pontificia Preparatoria del Concilio Ecuménico Vaticano II, compuesta por los más eminentes cardenales, arzobispos y obispos del mundo, tendrá en su seno también una representación de las Ordenes religiosas en las personas del General de los Franciscanos P. Agustín Sépinski, el Abad Primado de los Benedictinos y el Prepósito General de la Compañía de Jesús.

Gran Misión en el Ferrol.— En esta ciudad y pueblos comarcanos se celebró una gran misión, del 27 de octubre al 6 de noviembre del año actual, en la que intervinieron 120 misioneros: capuchinos, franciscanos, pasionistas, claretianos y dominicos. El P. Provincial Fr. José Antonio Arnau y el P. Andrés Lahera, ambos de la Seráfica Provincia de Valencia, misionaron en la iglesia arciprestral de Santa Rita Jubia. La impresión que tienen los misioneros es que se cosechó abundante fruto espiritual en esta misión.

Un terciario franciscano camino de los altares.— En los trabajos para la canonización del Siervo de Dios Arístides Leonori, terciario franciscano, se acaban de aprobar los escritos del mismo, por lo cual su causa de beatificación y canonización podrá ir siguiendo su curso.

Fallece un franciscano polaco golpeado por los comunistas.— El franciscano P. Vitalio, que se negó a quitar una cruz erigida con permiso oficial, fue golpeado por los comunistas y ha fallecido recientemente a consecuencia de las lesiones recibidas. Aunque murió hace ya más de un mes, sólo ahora ha llegado la noticia a Occidente.

De Roma. — Realizados los estudios del doctorado de Teología en nuestro Ateneo Pontificio de Roma, ha regresado a la Provincia el reverendo P. Jorge Sanchis, quien se ha incorporado a la comunidad de Teruel, donde radica nuestro teologado, del que, además de profesor, es socio del Maestro de coristas. Al darle nuestra cordial bienvenida le deseamos mucho acierto en el desempeño de su delicada misión.

De América. — En el pasado mes de abril llegó de nuestra Comisaría de la República Argentina el P. Fidel Presa, después de ocho años de servicio en aquellas latitudes. Y en los primeros días del pasado mes de octubre llegó asimismo de la Argentina Fr. Agustín Fernández, después de veintisiete años de permanencia en aquellas tierras. De ambos nuestra cordial felicitación.

Paracaidistas franciscanos españoles. — Dos misioneros españoles capuchinos del Vicariato Apostólico de Machiques (Venezuela) han establecido contacto por primera vez con los indios motilones, arrojándose en paracaídas sobre un territorio inaccesible por falta de comunicaciones y por la
ferocidad de los nativos. Previamente, durante varios años, se desarrolló una campaña de captación de los indios motilones, obsequiándoles desde el aire con víveres, vestidos, espejos y fotografías de los misioneros. Hasta el presente la audaz empresa de los misioneros ha obtenido un resultado satisfactorio, ya que, al parecer, no han sido atacados por los indios motilones.

A Tierra Santa. — De Roma han pasado a Tierra Santa para completar sus estudios escriturísticos en el Colegio de la Flagelación de Jerusalén los PP. de la Provincia Franciscana de Valencia Raimundo Domínguez y Gaspar Han. Les deseamos feliz éxito en su noble empresa.

Solemne novenario a la Purísima en Valencia. Con motivo de cumplirse este año el II centenario del Patronato de la Inmaculada Concepción sobre España (1760-960), los Padres franciscanos de San Lorenzo y su Archicofradía de la Purísima han celebrado tan fausto acontecimiento con un solemne novenario del 30 de noviembre al 8 de diciembre. Los actos se desarrollaron como sigue:

Días 30 de noviembre y 1 al 7 de diciembre, por la mañana, a las ocho, misa de Comunión general armonizada. Por la tarde, a las siete, exposición del Santísimo, Felicitación Sabatina cantada, Ejercicio de la novena, sermón, bendición eucarística y gozos a la Inmaculada.

Día 8, fiesta de la Inmaculada Concepción y último día del novenario, por la mañana, a las ocho y media, misa de Comunión general con plática y letrillas. Por la tarde, a las siete, la función religiosa como los otros días, pero más solemnizada, terminando con procesión por dentro de la iglesia durante el canto de los gozos, consagración de la Orden Seráfica a la Inmaculada Virgen María, Patrona de la Orden Franciscana, y sorteo de una hermosa Avemaria entre los asistentes a esta función.

Los sermones del novenario los predicaron con gran elocuencia y fervor el P. Provincial. José Antonio Arnau y los PP. Joaquín Ribes y Bernardo Llopis.

El día 9, a las ocho y media de la mañana, hubo misa con Ejercicio de almas por los difuntos de la Archicofradía.

Un Obispo franciscano entre los leprosos. — El día 26 de junio de este año 1960 el Obispo franciscano español P. Tomás Aspe celebró las bodas de oro sacerdotales. Fue electo Obispo de Cochabamba (Bolivia) el 8 de enero de 1931. El año 1942 renunció a su sede episcopal y pasó a ejercer el ministerio sacerdotal en la colonia Sammer (Argentina) para leprosos, donde aun hoy día permanece.