Índice del número 382
Enero de 1961. Año 35. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- Una estrella brilla en lo alto. Francisco de Paula García Sabater
Juan XXIII, el Papa de la Paz. John Casserly
El burro de Belén. Poema.
No llores. Poema al Niño Jesús. Vicente Monroy Alaguero, redentorista
Libertinaje e incredulidad. P. G. Gentilini
Figura del P. Agustín Fortea. Florecillas de Chelva (14). P. Bernardino Rubert, ofm
Conténtate con lo que tienes - En torno de Belén. Fr. Antonio G. Lamadrid
Los Reyes Magos. Poema. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Martillo de los herejes. Estampas antonianas (8). F. G. S.
Benjamín y la luz. Leyenda.
Fe en el género humano.
La Virgen carbonerita (9). Olga Bauzá de Lloréns
Noticias
Una estrella brilla en lo alto
¡Año nuevo, principio de esperanza! Un aldabonazo en la conciencia de todos los hombres para avisarles que allí, en el silencio amable de una cueva, sencillo, desnudo, sin el menor alarde de fastuosidad o grandeza, ha nacido un Rey en cuyas manos se halla incluso el propio destino del universo. Porque es en efecto la humanidad misma de Dios la que se concentra en el interior de aquellas humildes y palpitantes carnes; el molde glorioso ofrecido a las generaciones para que en él construyan las formas de su espiritualidad.
¡Una estrella brilla en lo alto, en la noche fría de enero, como la antorcha de fe que al cruzar por los horizontes va trazando sobre la lámina infinita del cielo una ruta de redención! Y es la vieja estrella que en una memorable jornada condujo a los tres peregrinos monarcas hasta la cueva de Belén. Les dejó al pie del mísero lecho, en cuyo fondo una masa de carne rosada experimentaba a veces los alfilerazos del invierno. Ya que estaba previsto que la naturaleza física del Redentor habría de estar sujeta a las comunes sensaciones de los demás seres. Por ello es que muchas veces escuchamos su llanto, el gemido desgarrado y tierno del infante, que sólo se calma sobre el regazo tibio de la madre; que ríe igualmente y extasía sus ojillos inocentes en el balanceo mismo de una lucecilla perdida sobre la superficie gruesa de las vigas. Jesús hombre siente, goza y sufre porque así lo reclama su naturaleza, sólo cuando la divinidad aflora a la superficie el niño es Dios y su sabiduría, su intuición profunda, sume a los sabios doctores en la perplejidad.
Y este poderoso Rey de reyes, este Creador absoluto, es ese Infante, la figurilla que todavía hoy contemplamos en los Nacimientos, aquella a quien dedicamos en la Nochebuena los más tiernos lirismos y nos subyugó por la dulce disposición de sus miembros en actitud de bendecir.
¡Una estrella brilla en lo alto, hoy más firme quizá que nunca, en los umbrales desconocidos de 1961, iluminando con su proyección divina las tinieblas del corazón, ayudándonos a disipar falsos conceptos ideológicos, cooperando a la salvación eterna del alma y siendo siempre, en suma, compendio de todas las virtudes!
Esa estrella, cuya purpurina se deshace sobre el escenario un poco cándido de nuestros Nacimientos hogareños, nos viene a señalar la auténtica y real paz; aquella que cantaran los ángeles sobre la superficie del mundo: «/Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad»
Lector de la Revista La Acción Antoniana, hombre o mujer que hoy detienes tu atención sobre estas líneas impresas, medita por un momento que el nacimiento de Dios, la adoración de los reyes, no es sólo una figura pretérita sin ningún ya positivo valor inmediato, sino una estampa inmortal, llena de luz viva, que se nos ofrece periódicamente para rememorar en nosotros la lealtad y la fe. Ya que si cada nuevo año es un paréntesis oscuro que se abre ante la existencia, tiene, en cambio, la virtud de ofrecernos otra nueva oportunidad de enmienda: es una moneda virgen con la cual podemos comprar fuego de sufrimientos y también bienestar y paz angélica.
Francisco de Paula García Sabater
Juan XXIII, el Papa de la Paz
Nadie como él captó tantas voluntades en tan corto tiempo
El 2 de julio del año próximo pasado Su Santidad Juan XXIII publicó su primera Encíclica papal Ad Petri Cathedram. En ella manifestó —en nueve mil palabras que venían preparándose desde su elección— los objetivos principales de su reinado. Estos objetivos son tres: VERDAD, UNIDAD Y PAZ.
Acerca de la verdad el Santo Padre dijo: «La fuente y la raíz de todos los males que afectan a los individuos, a los pueblos y a las naciones es ésta: la ignorancia de la verdad. El sincero amor a la verdad es algo esencial para todos, tanto para los ciudadanos comunes y corrientes como para los que tienen en sus manos los destinos de las naciones. Todos deben tratar de lograr esa armonía y esa paz, de las que puede surgir la verdadera prosperidad.»
Al referirse a la unidad expresó: «Os rogamos que tengáis en cuenta que, cuando amorosamente os invitamos a la unidad de la Iglesia, os estamos invitando no al hogar de un extraño, sino al vuestro propio, a la casa de vuestro Padre, que pertenece a todos por igual.»
Y al hablar de la paz, Su Santidad expresó: «Si estalla —Dios no lo permita— una nueva guerra, lo único que espera a los pueblos del mundo es la destrucción y la ruina. Nosotros pedimos a todos, y a los hombres de Estado en particular, que consideren con prudencia sus diferencias ante Dios, que es el Supremo Juez, y luego con verdadera buena voluntad traten de llegar al acuerdo que los llevará a la paz y a la unidad esencial para el mundo.»
El Sumo Pontífice declaró e hizo hincapié que en su Encíclica no «pretendía ofender a nadie», pero atacó al comunismo, porque trata destruir la libertad humana. No nombró específicamente al comunismo; sólo se refirió a las «falsas doctrinas», que S. S. Pío XII condenaba.
«La prosperidad de los pueblos no podrá lograrse nunca por medio de la violencia y la aniquilación de las mentes y de las almas de los hombres», fueron sus palabras. Oró porque llegaran mejores días para esas víctimas y predijo: «Donde quiera que los derechos de Dios y de la Religión sean ignorados y pisoteados, las bases mismas de la sociedad se desplomarán sin remedio.»
Las situaciones informales son las que más agradan a Su Santidad. Cuando recibió en audiencia a los famosos Globe Trotters de Harlem, y a la Troup china de San Francisco, ambos conjuntos lucieron sus habilidades asombrosas ante él. El Sumo Pontífice estuvo encantado, y al felicitar sonriente a los artistas, dijo suavemente al intérprete:
«Ojalá que todos los pueblos y todas las naciones se entendieran tan bien como ellos.»
Pero esos momentos representan sólo breves interludios en medio del abrumador trabajo que trae consigo el Papado. Uno de los actos más significativos del primer año de Su Santidad Juan XXIII como Sumo Pontífice, fue el llamado que hizo, el 25 de enero de 1958, para un Concilio Ecuménico Mundial a efectuarse en Roma. El Papa invitó abiertamente a los católicos ortodoxos y a otros «a volver al redil» de San Pedro. No sería extraño que este llamado pasara a la historia como el hecho más importante de todo su reinado.
Su Santidad celebra muchas entrevistas privadas que no se dan a conocer. Una de las más importantes y significativas de esas entrevistas fue la conversación privada que sostuvo en el Vaticano, en abril del año pasado, con el Arzobispo Iacovos, nuevo jefe espiritual de a Iglesia Griega Ortodoxa en Norte y Sudamérica. Fue la primera vez en 350 años que un Arzobispo griego ortodoxo tenía un contacto similar con el Papado.
El 29 de septiembre Su Santidad Juan XXIII hizo pública su segunda Encíclica. En sus primeras palabras recordó la gran devoción que Pío XII guardó siempre hacia la Virgen María. Luego el nuevo Pontífice exhortó a les católicos de todo el mundo a intensificar su devoción al Rosario y a rezar por la causa de la paz mundial.
El Santo Padre sabe también amonestar a su rebaño. El 10 de agosto pasado se dirigió a los 200 líderes del movimiento de Acción Católica Italiana, que alcanza a tres millones de miembros. Les ordenó lisa y llanamente que se mantuvieran alejados de la política. En cambio, debían concentrar sus esfuerzos en reconstruir la vida de familia, actuando como guadianes de la moral pública y tomando interés en los asuntos religiosos y sociales.
Luego el Sumo Pontífice otorgó a los obispos control directo sobre la Acción Católica. Este paso fue aclamado como el primero que daba el Vaticano para desentenderse de los asuntos domésticos de Italia.
Sin embargo, el Santo Padre no soportará el comunismo desde ningún punto de vista. Durante las últimas elecciones efectuadas en Sicilia, la Santa Sede previno a los católicos de las «serias consecuencias» que provendrían de ayudar a los rojos. Se estaba refiriendo a algunos demócratas cristianos y a otros que se vieron envueltos en el movimiento del cristiano demócrata «rebelde» Sidvio Milazzo. Esta advertencia significó ir más allá que combatir simplemente los votos en favor de los comunistas. También se pronunció en contra de los que asistían a los que estaban ayudando a los rojos.
Por otra parte, el Vaticano, con aprobación Papal, acabó con el movimiento de sacerdotes obreros franceses. Se estimó que el trabajo de estos sacerdotes en las fábricas no era compatible con sus obligaciones para con la Iglesia y con el trabajo normal de una parroquia. Su Santidad Juan XXIII está en favor de lo tradicional: un sacerdote debe estar en su confesonario, en el altar de su iglesia y enseñando el catecismo a los niños de su parroquia.
Su Santidad ha prestado siempre oídos al pasado. «Dejamos el futuro en las manos de Dios», ha expresado en varias ocasiones.
Los que le conocen bien afirman que su fe es así: simple y sublime. La bondad y el espíritu sencillo de su niñez en Sotto il Monte ni han abandonado nunca el alma de Giussepe Roncalli, quien cumplió setenta y ocho años el 25 de noviembre del año pasado, siempre ha guardado en un lugar muy especial de su corazón su cariño por \a tierra, por el trabajo y el sudor del campesino.
Al empezar su segundo año como el ducentésimo sexagésimo segundo Pontífice de la Iglesia Católica Romana, Su Santidad Juan XXIII tiene ante sí problemas enormes. Sin embargo, en los dos mil años de su historia, la Iglesia Católica nunca había sido tan fuerte, así en miembros como en empuje espiritual.
A pesar de la persecución comunista y de serios problemas internos en diferentes partes del globo, la Iglesia tiene en su seno a casi un quinto de la población del mundo y es la más grande de
todas las religiones de la humanidad. La fuerza de la Iglesia católica es evidente; por ejemplo, en Estados Unidos, su crecimiento supera al aumento de su población.
He aquí un breve resumen estadístico del casi medio billón de católicos en el mundo entero:
Latinoamérica, 171 millones; Europa occidental, más de 183 millones; Estados Unidos, 50 millones; Unión Soviética y sus satélites, 55 millones; Asia, 33 millones; A frica, casi 21 millones; Canadá, cerca de 8 millones; Australia, Nueva Zelanda y Oceanía, alrededor de 3 millones.
Puede ser que el total alcance realmente a más del medio billón; pero las cifras de más allá de la Cortina de Hierro, Asia y A frica ofrecen algunas dudas, debido a persecuciones, cismas y otras causas. Por lo tanto, la Iglesia prefiere dar la cifra conservadora de medio billón de creyentes.
Sin embargo, los problemas del Santo Padre son muy evidentes. La situación tras de la Cortina de Hierro se considera trágica. Hay persecución incesante en Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania, y no hace mucho que en Albania los rojos arrestaron y encarcelaron a dos docenas de sacerdotes. Tanto el Cardenal Mindszenty, en Hungría, como el Cardenal Stepinac, en Yugoeslavia, se hallan impotentes en manos de los comunistas.
En China roja la persecución se torna más despiadada cada día. Los comunistas han formado una Iglesia «Nacional» con elementos que, según la opinión del Vaticano, han sido consagrados por Obispos que fueron sujetados al procedimiento de «lavarles el cerebro». Todos son, por lo tanto, leales al régimen de Pequín Parece que se avecina un nuevo cisma.
A pesar de los 400 años de ímprobo esfuerzo por parte de los misioneros, menos del 12 por 100 de la población de Asia se ha convertido al catolicismo. Y en A frica, después de 300 años, los musulmanes pasan a los católicos en una proporción de 4 por 1.
Hay una desesperante escasez de sacerdotes y trabajadores religiosos en diferentes partes del mundo. Donde se nota más escasez —paradójicamente— es en Latinoamérica, a pesar de ser esencialmente católica. Pero el comunismo está logrando grandes adelantos, y Roma está francamente alarmada.
Tal vez el problema mayor del Santo Padre lo constituye Asia. El Primer Ministro Nehru ha desterrado a todos los misioneros extranjeros y se rehúsa, a pesar de todos los esfuerzos efectuados, a permitir que regresen. El Gobierno indonesio barrió virtualmente con todos los seminarios formados por sacerdotes católicos holandeses. Indochina es otra causa de angustia para el Vaticano, pues los comunistas han iniciado sus acostumbradas purgas religiosas en Vietnam, que es profundamente católico.
No hay duda de que la Iglesia católica se encuentra ante serios problemas en el Extremo Oriente, con la posibilidad de un cisma en China roja.
«Hay mucho que hacer», ha declarado Su Santidad. Y lo ha dicho sin esbozar siquiera la sombra de su acostumbrada sonrisa. Y se ha lanzado a la lucha con gran vigor y con mucha valentía.
Los que conocen los problemas inherentes han considerado su llamamiento a un Concilio Ecuménico Mundial como un acto valeroso. Aparte de otras consideraciones, la meta fundamental de este Concilio es ganar nuevamente para Roma y el Papado los 200 millones de católicos ortodoxos. Pero ante esto se presentan enormes barreras.
La Iglesia Griega Ortodoxa es, desde todo punto de vista, extremadamente nacionalista y muchos resienten la pretensión de Roma como dirigente de la cristiandad.
La Iglesia Ortodoxa Rusa —a pesar de la pretendida libertad religiosa de la Unión Soviética— se encuentra firmemente en el puño del Kremlin. Más aún, sus jefes han declarado ya que no asistirán al Concilio.
No existe ningún indicio de que los católicos ortodoxos se reúnan en el Concilio de 1961 en Roma. De hecho, las posibilidades de que esto ocurra parecen remotas. El Cardenal Agagianian, Director de las Misiones de la Iglesia, está llevando a cabo conversaciones al respecto; pero no hay muchas esperanzas de un acuerdo. Según informaciones fidedignas del Vaticano, el Concilio se llevará a cabo de todas maneras.
El Santo Padre y el Vaticano sostienen esta posición: están dispuestos a posponer sus esperanzas de una reunión católica-ortodoxa por años y hasta siglos. Pero es su deber sagrado tratar de llegar a una reconciliación paso a paso, palabra por palabra, hasta que se logre —finalmente— la tan deseada unidad.
Para llevar a cabo tantas tareas diferentes, el Sumo Pontífice ha distribuido el trabajo y la autoridad entre sus Cardenales. Fue una tradición del Papado durante siglos el crear nuevos Cardenales con cierta frecuencia. Pero esta tradición no se mantuvo durante el reinado de Pío XII. El difunto Papa convocó a dos Consistorios durante los diecinueve años de su pontificado, y en cada ocasión creó gran número de Cardenales. Se espera que S. S. Juan XXIII vuelva a la vieja tradición de nombrar pequeños grupos de Cardenales con breves intervalos.
El gran sueño de Su Santidad —como lo fue de Pío XII— es la paz del mundo. Esa es, más que nada, su diaria esperanza y aspiración.
El mayor poder de Su Santidad está en su capacidad para comprender, para consolar a un mundo fatigado, y también para llevar amor y sonrisas hasta los hogares. Su mayor enseñanza es que las verdades más profundas son en realidad muy sencillas.
John Casserly
El burro de Belén
Oh borrico sin igual Cuando miro que al Infante Cuando al escuchar su lloro Cuando contemplo, ¡oh borrico!, |
con la punta del hocico, Oh borrico afortunado, Oh burro del alma mía, No extrañéis si en adelante, |
Al Niño Jesús
Perdemos la seriedad, Con un Niño tan gracioso, Nos distanciamos del mundo Si es que es cielo, y esto tierra; Ay Niñito, mi Niñito, Pues quién puede resistir No llores, Niño gracioso, Que Tú ya bien nos conoces, |
Es que a tu cita de amor Tu Madre bien nos conoce; Y el glorioso Patriarca Acuérdate de Francisco, Acuérdate de Teresa, Acuérdate de la monja No llores, Niño Jesús, Por defender tu cunita |
Vicene Monroy Alaguero,
Redentorista
Haces de luz
Libertinaje e incredulidad
Son muy dignas de atención las palabras de un gran pensador, Balmes, el cual, entre las muchas y bellas verdades que escribió, puso ésta: «Las enfermedades morales tienen siempre origen en el corazón, porque nadie se declara librepensador sin ser un libertino.»
Es cosa muy sabida que el interés de las pasiones no sólo empuja al hombre a sacudir el yugo de la fe, sino que lo arrastra a pisotear hasta los dictámenes más claros de su misma razón.
«Si la geometría —ha dicho Leibnitz— se opusiera tanto a nuestras pasiones y a los intereses presentes como a la moral, nosotros no lo combatiríamos menos ni la violaríamos menos por eso, no obstante todas las demostraciones de Euclides y de Arquímides.»
«Si los hombres —ha dicho Malebranche— tuviesen algún interés en que los lados de triángulos semejantes no fuesen proporcionales y que la falsa geometría, al igual que la falsa moral y la falsa doctrina, fuese igualmente cómoda para sus perversas inclinaciones, bien podrían hacer paralogismos tan absurdos en geometría como en moral y en doctrina, puesto que los errores agradarían y la verdad no haría más que embarazarles, aturdirles y molestarles.»
Juzgad si hay criterio en esta contestación.
Preguntaban algunos impíos a La Harpe sobre su religión, y el célebre escritor les contestó de la siguiente manera:
—Soy cristiano porque vosotros no lo sois. Una religión que tiene por enemigos mortales a los más enemigos de toda moral, de toda virtud y de la humanidad, es necesariamente amiga de la moral, de la virtud y de la humanidad y, por lo tanto, es buena.
Chateaubriand se encontró un día en un salón con muchos letrados.
La conversación no tardó en recaer sobre las verdades de la religión, declarándose por unanimidad que la Iglesia propone a la razón tales cosas que es necesario abdicar el título de hombre para admitirlas y creerlas.
Chateaubriand, que no había hablado hasta entonces, tomó la palabra:
—Señores —dijo con noble franqueza, la mano sobre el corazón—, ¿rehusaríamos aceptar las verdades que la Iglesia Católica nos propone si tuviéramos el valor de ser castos?
Estos se llaman en filosofía argumentos ad hominem.
Bourguer era uno de los hombres más eminentes de su tiempo. A su muerte en 1758, D'Alembert exclamó:
—Hemos perdido la mejor cabeza de la Academia de Francia.
Y bien, el sabio Bourguer, al convertirse, hizo la siguiente declaración:
—Padre —dijo el ilustre académico al P. De la Berthonie, que le asistía y recordaba los mil y un motivos de credibilidad de nuestra fe—. Padre, vamos a lo más importante; no necesita tanto mi espíritu ser curado como mi corazón, pues no he sido incrédulo, sino porque he sido corrompido.
El mismo Padre hizo el relato de la conversión de Bouguer. Convengamos en que este testimonio vale por todo un libro. Hallo mucha verdad en estos pensamientos:
«Tarde o temprano vacila el edificio de las creencias si socavan de continuo sus cimientos las cenagosas pasiones.»
«El descarrío intelectual ordinariamente no es más que consecuencia del libertinaje moral.»
«Uno cree comúnmente mientras no tiene interés en que sea falso lo que se le dice. En cuanto las pasiones alborotadas empiezan por insinuar y acaban por exigir la abdicación de la molesta creencia, cede ante ese alboroto el entendimiento que debía señorear, y entonces este degradado soberano dicta a gusto de ellas nuevo símbolo de verdades que se adapten a los viles antojos de su plebe.»
«El ojo casto ve a Dios con la clara intuición de la fe; el ojo lascivo tiene ante sí las escamas del vicio que le impiden ver, o si algún rayo de luz penetra en sus pupilas, le hiere y mortifica, como hiere y mortifica la luz al ojo enfermo.»
«La fe da alas al espíritu humano para elevarse a las alturas del cielo.»
Hay una objeción que suelen hacer los incrédulos de mala ley; dicen:
«Yo abandonaría, desde luego —escribe el eminente Pascal—, los placeres si tuviese fe. Y yo os digo: vosotros tendríais, desde luego, la fe si hubieseis abandonado los placeres. A vosotros toca empezar. Si yo pudiese os daría la fe. No puedo hacerlo, y por esto no puedo tampoco saber si lo que decís es verdadero. Pero vosotros podéis abandonar los placeres y experimentar si es verdadero lo que os digo yo.»
El insigne P. Lacordaire exclamaba desde la cátedra de Notre Dame, de París:
«Todos los días oigo a personas que dicen: «Si es tan manifiesta la religión y si se halla tan bien establecida, ¿por qué no soy religioso? ¿Por qué no veo la verdad de la religión?» Oíd la respuesta. No sois religioso por la misma razón que no sois castos; no sois castos porque la castidad es una virtud, y no sois religiosos porque la religión es una virtud. ¿Os imagináis que la religión es una ciencia que se aprende y se ejerce como las matemáticas? ¡Ah, señores!; si la religión no fuese más que una ciencia bastaría para ser religioso tener en un cuarto una pizarra negra y un pedazo de lápiz blanco para borronear ecuaciones algebraicas.
Es cierto que la religión es una ecuación entre el hombre y Dios, entre la miseria y la riqueza, entre las tinieblas y la luz, entre la santidad y la corrupción, entre lo finito y lo infinito, entre la nada y el ser absoluto. Y esta ecuación terrible no se resuelve con el cálculo, con el talento; sólo se resuelve con la virtud, y no con la virtud que forman los sabios y los héroes del mundo, sino con la virtud de Dios, aceptada por nosotros, fruto de nuestro corazón y del suyo, incomprensible himeneo que está bajo vuestros ojos.»
Después de tantos testimonios, no nos cumple más que escuchar el de nuestra propia conciencia.
P. B. Gentilini
