De cuya fundación se cumplen ahora cuatrocientos años
A la villa condal de Cocentaina hay que ir siempre con el corazón levantado, con el espíritu despierto, para captar la recia originalidad del panorama circundante, en el que tan bien conjugan el pasado y el presente, la ilusión y la realidad, la naturaleza y la historia, para componer un conjunto urbano radicalmente distinto al de los demás pueblos y ciudades de la provincia de Alicante.
En mi frecuente deambular por las comarcas de la frontera de Aragón, por las tierras salmantinas y vallisoletanas; por las rutas, tan llenas de resonancias históricas, de Segovia y de la Alcarria; visitando Pastrana, Sigüenza, Brihuega, Aranda de Duero, Tordesillas, Cuéllar, Peñafiel..., me vino más de una vez a la memoria el nombre y el recuerdo del solar contestano, en el que hube de advertir notables analogías con las ciudades mencionadas.
Son los mismos campos en sazón donde se dan los más variados y provechosos cultivos; los restos de torreones y murallas que formaban el cerco defensivo de la población; la sin par atalaya del castillo, dominador de los más dilatados horizontes; la ermita de San Cristóbal, en la falda de la sierra Mariola, con su arbolado deleitoso y sus aguas saltantes; tan parecido todo ello a otros santuarios, a otras fortalezas, a otras murallas y otros campos que embellecen los recintos de las susodichas poblaciones.
Al final de un sendero deleitoso
El patrimonio artístico y monumental de Cocentaina, en el interior de la alcurniosa villa, se completa con el viejo templo parroquial del Salvador, de fina arquitectura neoclásica, como construido bien avanzado el siglo XVI; con la arciprestal de Santa María, monumento de gran luminosidad, amplitud y hermosura, considerado un tiempo como un auténtico museo en razón de las valiosas obras pictóricas allí conservadas, debidas principalmente a los diestros pinceles de los famosos pintores, nacidos en la villa, P. Nicolás Borrás y Jerónimo Jacinto de Espinosa; con el palacio condal, incluido el convento de religiosas clarisas, y el conjunto decorativo barroco de la hermosísima iglesia donde se rinde culto a la Patrona de Cocentaina, la venerada imagen de la Virgen del Milagro.
En las afueras de la población, cerca del antiguo arrabal dé la Morería, al final de un sendero deleitoso ornado de añejas arboledas, informando el católico vivir del pueblo contestano, existe otro venerable monumento: el convento de franciscanos de San Sebastián.
Durante mis estancias en el gran feudo del
almirante siciliano Roger de Lauria, encontré un auténtico placer espiritual en visitar aquel lugar de reposo y silencio, donde florecen de continuo los más sutiles y trascendentes aromas seráficos.
El feliz arribo
Cuatrocientos años se cumplen ahora desde que, transformado en realidad el deseo y las gestiones que llevara a cabo el primer conde de Cocentaina don Ximén Pérez y Ruiz de Corella, el más entusiasta colaborador de las empresas guerreras y políticas del monarca Don Alfonso V el Magnánimo, cuatro humildes hijos de San Francisco, a la cabeza de los cuales figuraba el piadoso Fr. Francisco Cuevas, en las postrimerías del año 1560 arribaron a la villa para iniciar su existencia de comunidad en el convento que la piedad de los sucesores del mencionado conde y de los vecinos de la localidad había construido para ellos.
El primer acto que llevaron a cabo los mencionados religiosos fue personarse en la capilla de San Antonio Abad, del alcázar de los condes, donde floreció el milagro de las Lágrimas; trasladándose a continuación al templo del convento de las clarisas para postrarse de hinojos ante la celestial imagen que fue protagonista del portento.
La vida religiosa del convento de franciscanos de Cocentaina se inició con aquel piadoso antecedente que vincularía para siempre el nombre y la memoria de la Mare de Deu del Miracle a los intereses espirituales de la comunidad.
El nuevo cenobio constituiría andando el tiempo un espléndido nidal de vocaciones seráficas, que tendrían repercusión en los otros conventos pertenecientes a la Provincia Seráfica y aun en los radicados en las tierras de América: en Méjico, en la Argentina, en Colombia, en tantas otras naciones del nuevo continente, donde el eco de los religiosos contéstanos encontraría siempre amorosa repercusión.
Descripción
En sus cuatro siglos de existencia el convento de franciscanos de San Sebastián, del que puso la primera piedra —en la que se hallaba incrustarla su sortija nupcial de oro y diamantes— la piadosa condesa doña Beatriz de Mendoza y Carrillo, ha sido objeto de sucesivas transformaciones que afectan tanto al interior como al exterior, aunque dejando siempre a salvo la estructura total del edificio.
Así, son de admirar, frente a una amplia replaza donde se levanta, sobre labrado graderío, una gótica y blasonada cruz de término del siglo XV, el conjunto del edificio, con su diminuta y graciosa torre; el frontispicio del templo, en el que sobresale el labrado portalón surmontado por un plafón de azulejos que reproduce la imagen del Serafín de Asís, y el ancho portal cubierto, inundado de sombra y de frescura, que facilita el acceso al sector del edificio donde se agrupan las celdas de los monjes, así como las numerosas estancias dedicadas a la recreación, al trabajo y al estudio, en una de las cuales estuvo instalada la biblioteca, numerosa y selecta, como resultado que era de la aportación de sucesivas generaciones de monjes a quienes acuciaba el afán de saber.
Las principales de tales estancias se encuentran distribuidas en derredor de un patio claustral coronado por sencillo cornisamento, cuyas galerías se ornamentan con pinturas ingenuas impregnadas de gracia y originalidad.
La luz del claro cielo contestano penetra en el recinto seráfico por el alto recuadro de este claustro de recios pilares blancos, que tiene una extraordinaria semejanza con el del convento de clarisas de la Santa Faz, de Alicante; con el de alcantarinos, de Orito; con el de San Antonio, de Ayora, y aun con el de Villarreal de los Infantes, donde vivió y murió el Patrón de las Asociaciones Eucarísticas San Pascual Bailón. Como en aquéllos, un pozo de abundantes aguas eleva su fina silueta, poniendo una acusada nota de frescura y humedad en el centro del patio.
El templo
El templo del convento que es motivo de este comentario fue reformado conforme al gusto artístico del siglo XVIII, y su espacioso presbiterio estuvo ornamentado con el artístico retablo que pintó, talló y doró en 1637 el notable artífice Francisco Agulló.
Como sucedió con las parroquias del Salvador y Santa María, los famosos pintores Jerónimo Jacinto de Espinosa y Fr. Nicolás Borrás contribuyeron al esplendor del culto en el convento de franciscanos de Cocentaina con diversas producciones pictóricas, que fueron causa de la admiración y de la devoción de los fieles.
La aportación de este último fue muy variada y valiosa, y parte de ella sobrevivió al transcurso del tiempo, a las reparaciones y transformaciones del templo, a los riesgos de la desamortización y al expolio que siguió a las jomadas revolucionarias de 1936. Pero como valiosas preseas debidas al pincel del predilecto discípulo de Juan de Juanes, son de recordar, encuadradas en los altares de diversas capillas, el retablo renacentista de la Sagrada Familia; el de la Santa Cena y San Diego; el de San Francisco, con la magnífica tabla del titular del templo San Sebastián ante la Virgen con el Niño Jesús, considerada como una de las más felices producciones del místico pintor contestano.
Alientos de eternidad
De 1560 a 1835 los franciscanos de Cocentaina alentaron en el convento de San Sebastián alimentados por el fuego evangélico, difundiendo con creciente entusiasmo las doctrinas del Poverello de Asís. Aquella savia evangélica floreció en la vida de penitencia y santidad que llevaron algunos monjes, cuyo recuerdo constituye un ejemplo y un estímulo para los demás.
El voto de estricta pobreza voluntariamente emitido alcanzó no sólo a los monjes, sino al todo del convento, cuyos medios de subsistencia quedaron reducidos a las munificencias de la casa condal y a las limosnas de los fieles.
Así hasta el mencionado año de desgracia de 1835, en que decretada por el Gobierno de don Juan Álvarez Mendizábal la exclaustración, los religiosos se vieron obligados a abandonar el cenobio, al que se reintegraron en 1879, para ser por segunda vez arrojados del mismo, con riesgo de muerte, durante las jornadas revolucionarias de 1936.
Finalizada nuestra guerra de Liberación, los franciscanos que sobrevivieron a los rigores de la revolución se reintegraron a la quietud de su convento, siendo acogidos con inmenso cariño por los hijos de Cocentaina, que colaboraron con ellos en la noble tarea de restañar los terribles daños que causó la contienda.
El espíritu religioso, expansivo y sobrenatural que en el siglo xvi dio vida al convento, alcanza su plenitud en el día de hoy, en que unos religiosos humildes, en admirable conjunción de aliento contemplativo y de apostolado seráfico, nos sorprenden con la fortaleza de una vida interior que muchos creían entibiada y que nosotros consideramos idéntica a la que alimentaba la sed de eternidad de los cuatro franciscanos que arribaron a Cocentaina en el mes de diciembre de 1560, es decir, ahora hace cuatro siglos.
José Rico de Estasen
(De Valencia Atracción.)
Aniversario y acción de gracias
Celebramos este año el trescientos cincuenta aniversario de la muerte de San Juan de Ribera. El día 6 de enero de 1611 nacía a la Vida el Patriarca de Antioquía y Arzobispo de Valencia en la humilde y recoleta celda de su Real Colegio-Seminario de Corpus Christi.
Unos meses antes de cumplirse este aniversario el Patriarca ha recibido la suprema glorificación en la tierra; y desde el mes de junio hasta hace tan sólo unos días en Roma, Valencia, Sevilla, Salamanca, Badajoz y otros pueblos y ciudades —donde el Santo dejara destellos imborrables de su virtud— se han ido celebrando sin cesar homenajes en su honor al venerarle como Santo de la Iglesia.
¡Qué más podemos decir de San Juan de Ribera después de tanto como se ha dicho! Ha hablado S. S. Juan XXIII en repetidas ocasiones y lo ha proclamado Patrono del próximo Concilio Ecuménico Vaticano II. Ha hablado el Sr. Arzobispo de Valencia, y como él otros reverendísimos prelados, en elocuentes y selectas cartas pastorales. Todos nos han trazado el camino a seguir imitando al Patriarca.
¡Qué más podemos decir del
nuevo Santo, sobre todo después de leer lo que nos dice el doctor D. Ramón Robres Lluch, biógrafo de la canonización, en su grandiosa obra!
Todo lo que podamos añadir ahora será poco, y por eso nuestras palabras tan sólo pueden y deben ser de agradecimiento.
¡Gracias a Dios!, porque en su Providencia ha querido que llegase la hora de canonización de Juan de Ribera y que fuéramos nosotros los testigos presenciales de la misma. i Muchos siglos y generaciones la habían esperado y no la consiguieron! ¡Cuánta honra para España y cuánta gloria para la diócesis!
¡Gracias a nuestro Santísimo Padre y a nuestro venerable y querido prelado y a todos los que han hecho posible la realización, desde el punto de vista humano, de esta noble aspiración de todos los valencianos!
San Juan de Ribera ha de ser en adelante un modelo para todos. Para los Obispos y gobernantes —lo dijo el Papa— y para los súbditos. En él tenemos reflejadas una excelente serie de virtudes, que por llegar a practicarlas en grado heroico ha conseguido el honor de los altares.
Esta ha de ser nuestra máxima aspiración.
Vicente Cárcel Ortí
Colegial de Beca del Real de Corpus Christi
Estampas antonianas
IX. Devuelve a la vida al hijo de un carretero.
Encontrándose San Antonio en Gémona le ofrecieron sus habitantes la construcción de un convento, cuya proposición fue aceptada inmediatamente por el Santo. Y se da la coincidencia que durante las obras del mismo se obró otro de los prodigios que tan comunes eran ya en la vida piadosa del franciscano.
A tal efecto vienen a contar las crónicas que han relatado todos estos singulares hechos, cómo hallándose cierto día San Antonio presenciando el avance de las obras acertó a pasar por allí un pobre campesino que conducía un carro tirado por una yunta de bueyes. Dentro del mismo le fue fácil divisar al Santo la figura de un hombre joven que yacía arrebujado entre unas mantas. Su aspecto era el de un cadáver a juzgar por su inmovilidad y la expresión terrosa de aquel rostro de facciones casi aniñadas.
Por ello es que cuando el Santo rogó al labriego que le ayudase a transportar en su carreta unos materiales, éste, deshecho en llanto, le respondió lo imposible de acceder a aquel ruego puesto que se dirigía al cementerio a dar sepultura a su hijo. San Antonio le miró largamente con una de aquellas miradas que a la vez que expresaban una gran dulzura eran capaces de profundizar extraordinariamente en la mente y en el corazón de los mortales. Y de tal manera, sigue diciendo el relato, que cuando el labrador se hubo separado del siervo de Dios se acercó al joven, que continuaba rígido dentro del carro, para decirle: «¡Le hemos burlado, amigo..., creía el fraile que íbamos a trabajar para él...!» Le zarandeó repetidas veces, en tanto en medio de continuas risas hacía alusión a aquella jugarreta. Sin embargo, el joven ni contestaba ni parecía dar señales de vida.
Fue entonces cuando, ya un poco alarmado el astuto labrador, fijó sus extrañados ojos en aquel rostro desfigurado por una mortal palidez; los miembros, al tocarlos, mostraban una extrema rigidez, y en torno a las pupilas, hundidas, se dibujaba un círculo violáceo. Sólo entonces comprendió el atribulado padre cuanto sucedía. El castigo del cielo le sumía en una profunda desolación, y por ello, tal vez, es que corrió enloquecido en busca del taumaturgo para de rodillas confesar su culpa pidiéndole con grandes muestras de desespero volviese la vida al hijo querido.
Compadecido San Antonio de la aflicción del infeliz labriego, se acercó al cadáver y haciendo sobre él la señal de la cruz le llamó por su propio nombre. Al acto se incorporó el joven, quien besando la mano del Santo se abrazó luego lleno de contento al padre.
¡Favores singulares de un religioso que siempre tuvo en los labios el nombre bendito de Dios; que fue capaz de conmover con su oratoria los espíritus más impíos y movía siempre, en todo momento, las conciencias de las gentes de su época!
De su estancia en Padua quedan sabrosos testimonios que hacen constar el celo y fruto de su labor apostólica. Tocaba a su término el mes de noviembre del año 1227, cuando al caer la tarde, en un día lluvioso, hacía el Santo su entrada en la rica ciudad italiana. Una urbe sacudida por el frenesí de los placeres, bastante olvidada de sus deberes con Dios, una sociedad que al olvidar los sagrados preceptos de la religión se abrazaba a los postulados del materialismo con una ansiedad ilimitada. Y continúan las informaciones que hacen alusión al recorrido evangelizador de San Antonio, cómo su presencia en las calles despertó entre los habitantes de Padua una extraña reacción. Había algo de fascinante y dulce a la vez en aquel frailecillo cuya fama ya estaba consolidada por los efectos de su virtud y el prodigio de su vibrante palabra. Así es que cuando convocó a las gentes para predicarles el éxito fue arrollador.
Cada sermón atraía mayor cantidad de almas; su palabra iba cayendo persuasiva y firme en la conciencia de aquellos hombres y mujeres tanto tiempo alejados de la senda fecunda del bien; les invitaba a la penitencia, a ser como hijos pródigos que tras el desvío vuelven de nuevo al seno de sus amores; como magdalenas que al llorar sus pecados hallan en el arrepentimiento la lluvia purísima de la redención y la paz; regaba con su semilla las tierras desecadas por la impiedad y en ellas hacía florecer lozanas flores de virtud. Pero este producto no fue conseguido de manera espontánea, sino que precisó de una gran labor redentora; estaban demasiado endurecidas las materias del corazón para que un simple dardo de luz fuese capaz de rasgar los viejos y tenebrosos estratos, por ello el Santo se dio con todo fervor al ejercicio de la penitencia y la mortificación, monedas de inestimable valor con las que de ordinario conseguía los frutos maravillosos de la conversión. ¡Santo extraordinario cuya pureza fue, es y será talismán que abre los resortes de todas las conciencias.
F. G. S.
Florecillas del santo retiro de Chelva
XV.
P. Francisco Palací Rusques
El Santo Retiro de Chelva no sólo dio a la Provincia Seráfica de Valencia, que fue una de las primeras de España que supo crear esas casas de perfección franciscana, hijos notables en toda clase de virtud, sino que fueron varios los que le ofrendaron también la verde palma del martirio.
La revolución española, que fue sembrando de sangre las calles, plazas y cárceles de nuestra nación, es decir, en la parte que quedó bajo la férula de los enemigos de Cristo, nos dio, sobre todo en este convento del Santo Retiro, toda una comunidad de mártires. Era sin duda alguna la que más fama tenía de santidad entre todas las de la Provincia. A simple vista se nos presenta aquí una tremenda paradoja. Una villa eminentemente cristiana, Chelva, es la que más mártires nos dio. La causa no puede ser otra que ésta: cuanto mejores eran los pueblos y las ciudades al estallar el movimiento, eran los enemigos de la Iglesia y de Cristo los que se encaramaban en el poder y realizaban las más inicuas y vandálicas persecuciones en los elementos de orden y religiosos. Chelva, que veneraba a su comunidad franciscana, tuvo la desgracia de tener suma confianza en que nada ocurriría en el trance de declararse la persecución y que no tendría que lamentar nada en absoluto en el momento en que estallara lo que todos predecían, la persecución sangrienta de los enemigos de Cristo.
Confiando los religiosos en esas condiciones de los moradores de Chelva, apenas se preocuparon de ponerse a salvo en cuanto el movimiento revolucionario estalló en el mes de julio del fatídico año 1936. Toda la comunidad en pleno quedó allí en espera de lo que ocurriera, sin pensar que llegaran los acontecimientos a tomar el curso sangriento que tomaron.
El P. Francisco Palací Rusques se encontraba entonces de Superior de la comunidad, y fue él uno de los que, dado su temperamento sumamente bonancible, no previo que los acontecimientos tomaran el curso sangriento y revolucionario que tomaron desgraciadamente. Será por este motivo, entre los cuatro mártires que allí rubricaron con su sangre su heroica vida, el que encabece la lista de los mártires.
Podemos afirmar que si ha habido un religioso sencillo, humilde, sacrificado, silencioso, despreocupado de todo lo humano y terrestre y totalmente embebido en las cosas de Dios, ese era el P. Palací. En cuanto en el año 1909 se dio permiso a los religiosos para que pudieran alistarse en el Santo Retiro, fue él precisamente el que entre los primeros dio su nombre. Y después tuvo la suerte y el honor de haber sido el único que entre todos no dejó más aquella santa morada desde el día que entró hasta que fue sacrificado horriblemente por las hordas rojas, veintisiete años de morador de Chelva.
Mientras la vida del incipiente Retiro necesitó de almas de temple para lograr el éxito que obtuvo, no se pensó nunca en poner al frente de la comunidad a este humilde y, casi diríamos, insignificante religioso. Fueron desfilando muchos, y de excelentes y notables prendas de carácter, virtud, ciencia y prudencia. Pero Dios reservó a esta alma sencilla, callada, humilde y, casi a los ojos de los hombres, inútil, para que en el momento del sacrificio fuera el Superior y el conductor.
Su vida se había deslizado, por espacio de veintisiete años, en la paz recoleta de este convento, perfumando con sus ejemplares y sencillas virtudes los claustros y los pueblos en los que iba de misionero como compañero de los notables oradores que sembraban en los pueblos la semilla evangélica. Sus condiciones intelectuales nada extraordinarias no le permitían ponerse al frente de nada que tuviera visos de relumbrón y de atracción oratoria. Pero con sus senicillos sermones catequísticos, prendidos entre su no muy segura memoria y pronunciados con un dejo apostólico y con los ojos cerrados y sin ningún aparato literario, conseguía efectos que muchos jamás pudieron conseguir. Era la unción divina y el halo espiritual el que resplandecía en su palabra sencilla, y en sus modestos y divinos encantos de su rostro medio transfigurado de luz celestial y de sus labios temblorosos, pero tocados por el carbón del fuego divino, los que sin nada humano, pero sí sencillo y divino, conseguía efectos extraordinarios, sobre todo en el confesonario, que fue el lugar preferido en sus correrías apostólicas.
El año 1933 se celebró el Capítulo Provincial. Aquella comunidad pasó por una crisis aguda. Las figuras de relieve, por sus actividades y condiciones extraordinarias, exigían un cambio radical en la marcha ordinaria del convento. Entonces fue cuando, con sorpresa de todos, asumió la Guardianía el P. Palací, que considerándose impotente para regirla, fue precisamente quien la puso en el debido lugar para que el Señor la escogiera como víctima en el supremo holocausto que España entera ofreció a Dios.
Durante los dos trienios que regentó la presidencia del convento su vida no cambió de táctica. Solamente más oración aún, aunque siempre vivía embebido
en todo lo divino, sin preocuparse jamás de lo que pudiera acontecer en el mundo de la política, ya que nunca se le vio tener en sus manos un periódico, por considerarlo como tiempo perdido y robado a la contemplación de las cosas del cielo.
El P. Palací aquel año fatídico de 1936, a últimos de julio, vivía al margen de lo que acababa de suceder en España. Las primeras noticias, cuando a todos, religiosos, sacerdotes y seglares, les alarmaban en gran manera, a él le sorprendieron, cuando otros religiosos de la comunidad más enterados de los funestos acontecimientos que se sucedían le indicaron que debían tomar precauciones. Ya no hubo tiempo. Se hallaba toda la comunidad en manos de los revolucionarios, que soñaban en hacer méritos, sin duda alguna, sacrificando la comunidad entera en aras del ideal revolucionario.
Como Superior fue objeto de persecución y de escarnio como ninguno. Pretendían apoderarse de los bienes de la comunidad, que suponían como Superior guardaría, ignorando, ¡desgraciados!, que esta casa religiosa era sumamente pobre y apenas tenía para sustentarse. Fue encerrado en la cárcel. Los vejámenes y los insultos fueron enormes. A bofetadas le hincharon las mejillas; le ensangrentaron el rostro, y en el furor del paroxismo, le hicieron saltar un ojo. El silencio fue la única venganza de este esforzado adalid de la fe. Y si lo interrumpió fue solamente para pedirles que, como Superior, descargaran sobre él todo su furor y rabia y dejaran a los otros.
Camino del sacrificio, sus labios temblorosos tejieron un poema de aliento y confianza. Con valentía enorme iba animando a sus súbditos, para que, firmes en el ideal, llegaran hasta la meta del sacrificio. Pero ese poema tuvo un epílogo sublime. Después de absolver a los religiosos que con él se hallaban cerca del cielo, a punto de cerrar sus ojos aquí para abrirlos allá, perdonó a todos, entre sollozos de ternura y emoción. Apenas sus labios pronunciaron, como Cristo, las palabras cumbres de la caridad, un tiro de pistola penetró en su cabeza, haciendo caer su cuerpo exánime en tierra cubierto con su propia sangre. El Superior había cumplido como un valiente.
Desde entonces Chelva tiene una violeta manchada en sangre. Es el P. Francisco Palací Rusques.
Nicolás sonrió y en los brazos del sacerdote quedó inerte entregando su alma a Dios.
—¡Ha muerto! —exclamó el párroco con amargura— ¡Oh! Dios mío, qué triste espectáculo, pero cúmplase tu voluntad, Señor. ¡Bienaventurado tú, Nicolás, por hallarte ya ante la presencia de Dios! Los ángeles conducirán tu alma ante la Madre de Dios, pues tú fuiste el escogido por Ella y serás un soldado más en su ejército celestial.
Le subieron en un carro y cubrieron su cuerpo con la gran capa de piel de oso. Las lágrimas empañaban los ojos de los que habían acudido a presenciar la marcha por las calles del pueblo hasta su modesta casa.
—Era un hombre extraordinario —decía la gente al verlo pasar—. Nunca tuvo miedo de exponer su vida, porque su corazón se conmovía ante el dolor ajeno. Era sencillo como los santos. Su recuerdo perdurará siempre en el pueblo.
Los niños que enternecidos escuchaban aquel relato, fascinados por el heroísmo de aquel hombre sin igual, querían ser valientes y buenos como él era y soñaban con llevar sobre sus hombros algún día en la procesión de la Virgen Carbonerita otra capa de piel de oso que fuera tan grande y bonita como la que cubría el cuerpo del viejo leñador.
El señor Ribalta detrás de los cristales del balcón había visto llegar a Nicolás de la montaña, que seguido de un tumulto de gente se dirigía a la iglesia. El también, aunque incrédulo, sintió deseos de seguir a aquella multitud, pero no podía abandonar a su hijita.
Cuando Micaela le contó el trágico fin del viejo leñador quedó aturdido, y creyéndose responsable de la muerte de aquel hombre, dijo:
—Yo nunca debí de haber dejado que subiera a la ermita, pues Regina se muere y es inútil luchar contra una fuerza tan poderosa.
Cuando don Ramón el párroco entró
en la habitación de la pequeña aquella trágica noche llevando consigo a la Virgen Carbonerita como voluntad del moribundo, el señor Ribalta creyó desmayarse y con gran emoción estalló en sollozos.
—Calma, hijo, calma; ya sé lo que has pensado y dicho, me lo ha referido todo Micaela. Haces mal al hablar así; tus palabras son ignominiosas y sacrílegas. Pero no se le puede tomar en cuenta a un corazón desesperado como el tuyo y yo te perdono, hijo mío. La Virgen está en esta casa porque Ella ha querido venir a visitarte. Nicolás ha muerto, es cierto que es muy triste para todos, pero él ha muerto dichoso pensando en el milagro que la Virgen Carbonerita haría al ponerla en presencia de la niña enferma, y sonriendo ante esta visión tan maravillosa entregó su alma a Dios.
Después el sacerdote dejó la medalla sobre la mesita de noche y se sentó en una silla junto a la cabecera de la cama de Regina. La niña, que estaba amodorrada, abrió ligeramente los ojos y fijándolos en la medalla, dijo:
—Papá, es la Virgen Carbonerita. Nicolás ha venido a verme cuando dormía y me dijo al oído muy bajito: «El señor cura te traerá a la Virgen Carbonerita, yo me marcho al cielo.»
Cuando oyeron aquellas palabras quedaron extrañados. El señor Ribalta con mirada temeroso observó al sacerdote. Regina deliraba seguramente y en aquel delirio decía todas aquellas cosas oídas mientras dormía. Don Ramón pasó la mano por la frente de la niña.
—No tiene fiebre—, dijo.
La pequeña Regina se incorporó en la cama, miró sobrecogida en torno a su lecho y dijo al señor cura y a los demás:
—Quiero besar la Virgencita.
El sacerdote no vaciló en llevar la medalla a los labios de la pequeña. Sus mejillas recobraron rápidamente el color de una rosa y sus labios antes morados parecían ahora dos corales.
—Papaíto, no llores; mira, estoy ya buena, puedo levantarme y tengo mucha fuerza; la Virgencita Carbonerita me ha curado, estoy ya buena, papaíto, buena.
—¡Milagro!, ¡milagro!, es un milagro.
—¿Un milagro?—, preguntó el señor Ribalta dudando mientras volvía la mirada al sacerdote.
—Sí, papaíto —dijo alegremente la niña echándole los brazos al cuello—. Es un milagro de la Virgen.
Don Ramón y Micaela no podían hablar, el llanto y la emoción no les dejaba articular palabra alguna. El silencio duró sólo unos instantes, porque el sacerdote, recobrando su dominio, extendió los brazos al cielo y dijo en alta voz:
—Señor Ribalta, su hija está curada. La Virgen Carbonerita ha hecho un milagro. Ella, la que con su bendita mano nos conduce hacia la morada eterna. Ella, que es el camino directo al cielo. Ella, que es nuestra Madre. Apiádate de nosotros, Virgen santa, y danos fuerza para que nuestro dolor se mitigue y se convierta en gozo, ya que no hay gozo sin dolor, ¡Madre mía!, ni dolor sin consuelo cuando se tiene el corazón y la mirada puesta en Ti.
Mientras el sacerdote hablaba así, de
los ojos de un hombre incrédulo brotaban abundantes lágrimas de gratitud.
Los hombres de corazón duro e insensible cuando Dios quiere permite que les hiera su influjo poderoso y éste les ennoblece haciéndoles sentir.
La gente de la montaña sencilla y noble que tiene por compañera a la pobreza hacen bueno y creyente al impío porque su conducta está inspirada por Dios.
Noticias
Consultores franciscanos
El Sumo Pontífice Juan XXIII, el día 19 de diciembre de 1960, se dignó nombrar Consultores de la Sagrada Congregación de la Propagación de la Fe al P. Hermes Peeters, Definidor General y antiguo Secretario de las Misiones, y al P. Alfonso Schnusenberg, Secretario de Misiones y antiguo Delegado General en Extremo Oriente durante unos veinticinco años.
Profesión religiosa
El día 14 de noviembre de 1960, en Santo Espíritu del Monte, emitieron sus votos simples, en manos del P. José Antonio Arnau, Provincial de la Seráfica de Valencia y Aragón, los Hermanos legos Fr. Domingo Gascó y Fr. Mauricio Muñoz Martín, a quienes deseamos la santa perseverancia.
Ordenación sacerdotal y primera misa cantada
En Valencia, el pasado día 1 de enero, fue elevado a la dignidad sacerdotal nuestro Hermano en religión Fr. Ismael Diez Álvarez, en el convento de la Puridad de Religiosas Clarisas, actuando el Sr. Obispo de Oporto.
Celebró su primera misa solemne en la iglesia del Seminario Franciscano de Benisa, de donde es profesor, el día 6 de dicho mes, siendo apadrinado por don Antonio García Sapena y su señora doña Pilar Vives de García —compadrinos de honor y de altar— y por el Sr. Arcipreste don Francisco Martínez y el P. Rector-Guardián de Benisa Fr. Juan Mª Nadal —compadrinos eclesiásticos—. Ensalzó las glorias del sacerdocio el P. Provincial Fr. José Antonio Arnau.
El coro del Seminario Franciscano interpretó maravillosamente la misa a dos voces del P. Vicente Pérez Jorge «Corpus Christi».
Le deseamos un fecundo apostolado.
Despedida del P. Daniel Han, ofm
El día 9 del pasado diciembre los estudiantes teólogos de la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón, en Teruel, tributaron una solemne despedida a su querido Padre maestro Fr. Daniel Han, que marcha destinado por los Superiores de la Orden Franciscana a Singapur.
Por la mañana, a las ocho, hubo misa solemnizada. Por la tarde, en el salón antoniano, velada en dos partes. En la primera: «Anotaciones», por Fr. Antonio Barceló, y actuación de la capilla del constado, que interpretó «L'emigrant», a cuatro voces, del maestro Vives, y «La fuente y el molino», a cuatro voces, de L. Aramburu, finalizando con unas sentidas palabras del P. Guardián Fr. Carlos Sáez ensalzando la labor formativa del Padre homenajeado, y en la segunda se puso en escena la obra de Muñoz Seca «La venganza de don Mendo».
Despedida P. Daniel Han: Alfredo Abad, Tarsicio Rubio, Daniel Han, José A. Llombart, Valentín Martínez
La despedida fue una elocuente demostración de la simpatía que el P. Daniel Han gozaba dentro y fuera del convento, simpatía que ya se manifestó en sus bodas de plata sacerdotales, celebradas con gran solemnidad el 4 de enero de 1960, con asistencia del Sr. Obispo de Teruel, del P. Provincial Fr. José Antonio Arnau y de las autoridades civiles.
El día 10 todo el coristado acompañó a la estación a su querido Padre maestro Fr. Daniel Han a quien nunca olvidará.
Fr. Félix Gimeno Jover, ofm
Enfermero de la Comunidad de Padres Franciscanos de Onteniente, el día 16 del mes en curso saldrá del puerto de Cádiz a bordo del "Cabo San Roque" rumbo a la Argentina, para cuidar, en el convento de Villa Mercedes, a los misioneros ancianos y enfermos que la Seráfica Provincia de Valencia tiene en su Custodia de san Antonio en aquella República.
Le deseamos feliz viaje y mucho acierto en su caritativa misión.
Exposición misional de arte chino
Durante los días 22 al 30 del pasado mes de diciembre tuvo lugar en nuestra ciudad de Valencia una «Exposición de arte chino» presentada por el P. Bernardino Ly, franciscano, en los locales del Consejo Diocesano de Mujeres de Acción Católica, que muy gentilmente fueron ofrecidos, para unirse a la obra de las Misiones, por la Presidenta y el Consiliario D. Baltasar Argaya.
Tuvo bastante aceptación, siendo visitada por el personal valenciano, que adquirió varios de los objetos expuestos, para que con la recaudación se pueda ayudar a los refugiados chinos de Hong-Kong, que era la finalidad de la Exposición.
Facultades a los ordinarios y misioneros
Acaba de publicarse la tercera edición de las «Facultades que los Ordinarios y Misioneros suelen tener», con breve comentario. La obra, pulcramente editada, es de mucha utilidad a los misioneros. Consta de 172 páginas y se puede adquirir en la librería del Pontificio Ateneo Antoniano, Vía Merulana, 124, Roma.