Índice del número 386

Mayo de 1961. Año 35. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

¡Virgen de los Desamparados!

Mayo enmarca con su polícromo tapiz a una de las efemérides más dulces y poéticas de nuestra tierra: la fiesta a la Santísima Virgen de los Desamparados. La imagen peregrina tan entrañablemente ungida de continuo por el amor y veneración de todos los valencianos; la rosa huertana que cada amanecer recibe los rocíos purísimos del recuerdo o la plegaria; el lirio que bajo las reverberaciones del cielo adquiere matices de inmarcesible pureza.

Por ello es que esa fe, de tan hondas raíces en el alma del pueblo, tiene su más esplendoroso florecer dentro de las jornadas de mayo, cuando en cada pecho se alza un altar, un recoleto santuario desde el que se elevan de manera incesante preces de encendida gratitud. Y ya no es la palabra, a veces un poco fría del ritual oracionero, sino la frase espontánea, abierta, con la generosidad, belleza y gallardía del sentir valenciano. Sentimientos que surgen y se plasman en diminutos fragmentos de poesía, madrigales desgranados al paso de esa Virgen soberana que tan firmemente ha logrado acaparar los entusiasmos, afectos y veneración de todos los valencianos. De tal forma es maravilloso el espectáculo dulcísimo que ofrecen las calles de la ciudad durante el día de la fiesta a la Patrona.

Cada año se repiten los festejos que, lejos de decaer, aumentan cada vez más en grados de fervor. Tanto es así que aquel quien haya presenciado una sola vez el traslado de la Virgen, desde su real capilla a la Catedral Basílica, habrá podido experimentar en su corazón el escalofrío de lo sublime; una explosión de incontenido júbilo, un vibrar de emociones ante la presencia tiernamente consoladora de esa sagrada imagen que parece incluso estremecerse bajo el agobio de tanto requiebro; placidez angélica de madre, la más dulce y hermosa de todas, la que se entrega al abrazo espiritual de unos hijos enfervorizados en castos y puros amores. ¡Reina soberana, "Mare beneída, velleta recolçada en el bastonet de un voler pie de veritats; vollguda moreneta en tots els colors del cel, a la que els teus filis entonen llaus, Verge dolça, Mare dels Desamparats..."

Esta imagen tan vinculada a la historia sentimental del pueblo valenciano viene a arraigar en el espíritu de la tierra a partir de aquel providencial instante en que un religioso, Fr. Juan Gilabert Jofré, logra que Valencia adoptase el patronato amable de una Virgen que nace bajo la dulce advocación de Nuestra Señora de los Inocentes. Abogada de cuantos infortunios quebrantan la paz de los espíritus; lenitivo para los pobres enajenados, seres que se agitan entre las sombras espesas de la inconsciencia; refugio de desamparados, almas vagabundas sobre caminos de soledad o desvío; beso de huérfanos, corazones que apenas abiertos a la vida sienten los vacíos helados de la orfandad. Y por ello, por deber y gratitud, los valencianos le erigen una capilla digna de tan "mayestática Señora siendo el 15 de junio de 1652, bajo el patrocinio pastoral del Arzobispo Fr. Pedro de Urbina, cuando en la antigua plaza de la Seo tiene lugar la colocación de la primera piedra de la Capilla en que actualmente se venera.

Desde entonces acá ha venido en aumento una devoción que siempre halló las envolturas maravillosas de la imaginación popular, que se fue tejiendo entre hebras, de leyendas y de poesía, augusta obra sobre la que Valencia depositó los sahumerios de su fe y que sirve para testimoniar plenamente la fuerza y plenitud venerativa de una raza fiel guardadora de sus más puros principios tradicionales.

Francisco de Paula García Sabater

Menos monjas y más madres

Lo primero, el título

Más de un lector se puede escandalizar del título. No se trata, sin embargo, de una campaña contra las monjas. No se piden más hogares ni se desean menos conventos. Dejemos las cosas como están. Con muchas más madres que monjas, con muchos más hogares que conventos. Sobre esa base, establecida por la providencia maternal de la Iglesia, vamos a intentar una más limpia delimitación de los campos mutuos de actuación. Nos referimos, claro está, a los conventos de religiosas dedicadas a la enseñanza. Madres y monjas tienen, de común acuerdo, la delicada tarea de educar a las hijas que aquéllas confían a los buenos oficios de éstas. En tan importante menester queremos insistir concienzudamente en el papel preponderante que a las madres les incumbe, no sea que, dejándose llevar de una complaciente seguridad, declinen en manos ajenas lo que de derecho les corresponde a ellas por ley natural.

Así aclarado, el título pierde algo de su virulenta desazón y nos deja en los justos límites de lo razonable.

Dos casos sintomáticos

La idea de tratar el tema me vino de dos conversaciones sucesivas, a corto plazo de distancia.
En las proximidades de Navidad, hablando con una piadosa madre de familia, ésta me expresó su desazón ante la proximidad de las vacaciones:

—Ya tenemos otra vez a los niños aquí —decía—. No debían de dar vacaciones en tres años hasta que los niños estén desarrollados. Donde mejor están es en el colegio; aquí en casa no se les puede vigilar, y por esas calles de Dios aprenden lo que no debían.

Pocos días después se repetía la escena en otro hogar cristiano. Ahora era el padre quien se lamentaba:

—No tenemos dinero para tener a las hijas como internas. Con este sistema de semipensionadas todo se echa a perder. Lo que aprenden en el colegio lo olvidan luego al salir a la calle. Es una verdadera pena.
Estos dos casos fortuitos me hicieron pensar con más amplitud en el tema de la enseñanza. Estoy convencido de que son muchísimos más los casos en que madres y padres se lamentan en términos semejantes. Todo ello sería razonable si tras las frases no se adivinara un estado de conciencia más peligroso que queremos descubrir y subsanar.

Padres demasiado tranquilos

Son muchos los padres que toman con excesiva tranquilidad la educación de sus hijos. No es que les tenga sin cuidado el porvenir de los mismos ni la formación que puedan recibir. La tranquilidad nace a la hora de asegurar para los hijos esa educación y formación. En vez de asumir sobre sus espaldas, sobrecargadas, la nueva carga de la educación de los hijos, optan por el fácil sistema de encomendarla, limpiamente, a los buenos oficios de las monjas. Hay a lo largo de la geografía de España una bien nutrida red de colegios de pago o de medio pago. Calibrando intereses y fortunas no resulta demasiado difícil encontrar para cada hijo o hija el colegio más oportuno. Así las cosas, se separa cuidadosamente a principio de mes las cuotas correspondientes a los colegios de los niños y de las niñas y el problema de la educación queda reducido a una simple operación financiera que corta de un tajo un sinfín de preocupaciones.

Todo se lleva a cabo con el mejor criterio y la más sana intención. La mayoría de los padres y madres españoles prefieren los colegios dirigidos por las monjitas a los institutos estatales. No es que sean más económicos ni de mejor solvencia científica. Aquí, como en todo, las cosas están, por gracia de los hombres y las circunstancias, más o menos divididas. Hay institutos buenos e institutos que no lo son tanto. Colegios bien dotados y colegios peor dotados. Los padres y madres saben todo ello, pero pasan gustosos por el riesgo de la elección a costa de salvar lo principal. Porque padres y madres creen que en los colegios de monjas sus hijas serán mejor educadas en lo principal, las envían gustosas a los colegios religiosos. Los padres y madres buscan la tranquilidad de su conciencia, la seguridad de la educación de sus hijas.

Los colegios son buenos, pero no tanto

Es de alabar este celo paternal al procurar para sus hijos y para sus hijas una educación esmerada. Si para todas las otras actividades se pusiera siempre al frente de la elección este esmerado criterio espiritual, las hijas y los hijos no frecuentarían lugares y personas de mucho más discutible temple moral. Nos atrevemos a asegurar que incluso se ha pecado en la elección de demasiado buenos. Porque, en efecto, los padres juzgan con harta frecuencia que los colegios de religiosas son mejores que lo que en realidad lo son. No es que vayamos a criticar el sistema educativo ni la validez y grandes ventajas de los colegios de religiosas. Es que muchos padres los tienen por lo que no son y les atribuyen ventajas y prerrogativas que ni tienen ni pueden tenerlas.

El mejor de los colegios no puede dar a las niñas una educación perfecta. La educación perfecta supone una serie de considerandos y premisas que en forma ninguna caen, bajo su totalidad, entre las tapias del colegio.

Aquí estriba el error de muchos padres. Creen que su hija, asimilando lo que las monjas tengan a bien enseñarla, logrará una perfecta educación. Y se equivocan de la manera más lamentable. Porque el colegio, en fuerza de su misma organización y funcionamiento, no puede nunca llegar al caso concreto de cada una de las alumnas, y la educación que en él se administra es, por fuerza, masiva, en serie, impersonal. Yo comprendo que su hija, la suya, no debe recibir la misma educación que la hija de su vecina. Son caracteres diferentes, diversos ambientes, familias muy distintas ambas. No es que sea mejor o peor su hija. Aun quedando en que ambas sean realmente buenas, resulta que son diferentes y que se les debe tratar de manera diferente. Pero sucede que lo que usted dice de su hija lo dicen, con más o menos razón, todas las madres que han enviado hijas al colegio donde estudia la suya.

Si las monjitas que dirigen el colegio fueran a hacer caso a todas las madres, tendrían que poner clases especiales para cada una de las alumnas. No lo hacen, sin embargo. Sus hijas, como las hijas de su vecina, son unas alumnas más del colegio entre las cientos y miles que por allí han pasado. A las monjas les trae sin cuidado mayor las enormes dotes o los pequeños defectos que usted pueda advertir en su hija. Ellas atienden de un modo general a todas las alumnas, sin meterse en más particularidades.
Todavía le diré una cosa a este respecto. La Madre Superiora tiene especial cuidado en vigilar la actuación de sus monjas con respecto a sus hijas y con respecto a las hijas de todas las madres. Si por casualidad viera que una de sus monjas guarda una especial predilección y atenciones particulares hacia una de ellas, se lo advertiría severamente y le recordaría con energía y gravedad lo que las constituciones y reglas ordenan sobre la total igualdad con que las monjas han de atender a las alumnas, sin distinción de ninguna clase.

Ya se deja suponer que una educación dada en estos términos no puede ser perfecta nunca. Se logrará, en el mejor de los casos, echar las bases de una perfecta educación; nunca, sin embargo, se llegará al fondo de la misma hasta el punto de satisfacer cumplidamente los requisitos últimos de la educación perfecta.

Los padres son insustituibles

No hay monja, por santa y perfecta que se la suponga, que pueda suplir a una madre. Si por exceso de celo ella quisiera entrometerse en terrenos ajenos echaría a perder incluso aquello que podía haber conseguido edificar. El cariño que sus hijas puedan profesar a «sus monjas» debe ser siempre vigilado con esmero. Sucede con demasiada frecuencia que las alumnas adquieren hábitos y mentalidades monjiles que más tarde tienen que abandonar con no pocos sinsabores. Ese apego' excesivo que las alumnas experimentan por el colegio puede a la larga ser tan perjudicial como el egoísta amor de tantas tías solteras que lograron un amor pasajero de sus sobrinas privándolas, en pago, del genuino amor maternal que nunca debieron suplantar.

Pero hay algo más delicado e intransferible. Por mucho que una monja o el colegio haya querido penetrar en el alma de su hija, no logrará nunca sustituir de manera eficaz y valedera a la educación que debía haberle dado la madre. Más de un padre y madre de familia se quedarían avergonzados y tristes si supieran las confidencias que sus hijos e hijas tienen que hacer a las monjas y a los religiosos. Verdades y realidades que la madre podría haber alumbrado con un simple gesto de sus ojos tiene que ser descubierto entre fatigas y miedos a través de no pocas vueltas y rodeos. Toda una larga práctica pedagógica será incapaz en muchos casos de adentrarse en el alma de la alumna. Para muchos de los problemas de la adolescencia no hay camino más llano y hacedero que el de la sangre. Por la sangre vienen muchos de dichos problemas y por el mismo camino natural se puede llegar a paso nivel al fondo de la cuestión.

La raíz del engaño

En la mayoría de los casos no se peca de mala fe. Proviene el mal de un exceso de confianza. Si los padres no creyeran que los colegios son tan buenos, si creyeran que los colegios no pasan de ser una ayuda en la tarea de la formación, cuidarían, a su abrigo, de completar lo que los mismos no pueden dar a sus hijos.

No se quiere decir con ello que el padre tenga que hacer de profesor adjunto de matemáticas
o que la madre tenga que ser una segunda maestra de geografía. La formación está más allá de la instrucción. Al margen de lo que sus hijas e hijos puedan aprender, los padres los han enviado al colegio para que se eduquen y formen. La educación está por encima de toda la instrucción, diluida entre los muros y las tocas de las monjas. Justo es reconocer que el criterio de los padres no va desacertado en este punto. El error comienza cuando los benditos padres y madres piensan que toda la educación está circunscrita a las tocas de las monjas y a las paredes del colegio y su capilla.

Hay amplios campos de educación y formación que son atributo privativo del padre y de la madre. Si ellos no se los dan, la hija, educada en el mejor colegio de la ciudad, será, al cabo de unos años, una triste muestra de la ineficacia de una educación parcial y ambigua recibida de forma gregaria en los años de juventud. Son muchos los padres que tienen que preocuparse a deshora y con incierto resultado de la educación que no quisieron compartir cuando era la hora. Son demasiadas las niñas que son tan buenas colegiales como no tan buenas muchachas. No ha sido, en ese caso, la culpa del colegio. A esa niña muy probablemente le han sobrado monjas y le ha faltado madre. Sobran muchas monjas y faltan muchas madres.

P. Xavier Iturgáiz

Ante el II Concilio Vaticano

El Papa llama a Concilio

25 de enero de 1959; S. S. Juan XXIII, elegido en el mes de octubre anterior como sucesor de Pío XII, en un discurso pronunciado en la Basílica romana de San Pablo manifiesta su decisión de convocar un Concilio Ecuménico.

Desde entonces, y a lo largo de los casi dos años transcurridos, se ha desplegado en Roma y en todo el mundo intensa actividad preparatoria. Nombramientos de obispos y teólogos que han de formar las Comisiones: cartas a todos los prelados del orbe remitiendo cuestionarios y pidiendo sugerencias. Y hace pocos días en la Basílica de San Pedro el solemne Pontifical de la Liturgia paneslava, como signo de unión entre lo? cristianos de Oriente y Occidente, y la primera alocución oficial del Santo Padre a los miembros de las Comisiones.

Concilios Ecuménicos o universales

Son todos aquellos que se han celebrado a lo largo de la historia de la Iglesia y que han sido convocados por el Papa o reconocidos por él. Los preside el Papa por sí mismo o por medio de Legados. Son llamados a formar parte del mismo con voto deliberativo todos los cardenales, aunque no sean obispos; los patriarcas, primados, arzobispos y obispos residenciales, aun los no consagrados; los abades o prelados nullius, los superiores generales de las Ordenes religiosas clericales exentas y los abades superiores de congregaciones monásticas.

La potestad del Concilio Ecuménico es suprema y universal. La jurisdicción que los Padres del Concilio tienen en toda la Iglesia no la reciben inmediatamente de Dios, sino que la tienen por participación de la suprema jurisdicción del Romano Pontífice. Para que sus decretos tengan valor no es necesaria la unanimidad: basta la mayoría de votos. En todo caso sus decisiones no obligan hasta que las haya confirmado el Papa y hayan sido proclamadas por su orden, naturalmente, en los casos en que el Santo Padre no asiste al Concilio. A lo largo de la historia se han dado casos en los que el Papa aceptó solamente parte de los acuerdos de un Concilio y rechazó otros.

Aunque se ha dicho que la autoridad del Concilio Ecuménico es la más grande y solemne de la Iglesia, no lo es más que la del Soberano Pontífice: ambas son igualmente supremas, pero la del Concilio está subordinada a la del Papa, puesto que aquélla depende totalmente de éste en la convocatoria, presidencia y confirmación del Concilio.

Los Papas convocan los Concilios libremente. Ninguna ley establece que deban ser convocados periódicamente.

Breve resumen de los Concilios

Aparte de la reunión de los apóstoles a la que se da el nombre de «Concilio de Jerusalén», tenemos en la historia de la Iglesia veinte Concilios ecuménicos divididos en dos grandes grupos: los Concilios en Oriente, del primero al octavo, y los Concilios en Occidente, del noveno al vigésimo.

Concilios en Oriente

I de Nicea (año 325), bajo el Pontificado de San Silvestre. Definió la consubstancialidad del Verbo con el Padre «consubstancial al Padre por quien fueron hechas todas las cosas». El hereje Árrio negaba esta doctrina y con ella la divinidad de Jesucristo.

I de Constantinopla (año 281), siendo Papa Dámaso. Definió la divinidad del Espíritu Santo negada por los herejes neumatómacos.

Éfeso (año 431). Pontífice, Celestino I. Definió la unión hipostática de la persona humana de Cristo con el Verbo y la Maternidad divina de María negada por los nestorianos. Fue el Concilio del triunfo de la Virgen. «Santa María, Madre de Dios...»

Calcedonia (año 451), bajo el Papa San León el Magno. Definió que en Cristo hay dos naturalezas, divina y humana.

II de Constantinopla (año 553), siendo Papa Virgilio. Condenación de doctrinas nestorianas.

III de Constantinopla (años 680-81), bajo el Pontificado de Agatón I. Definió que en Cristo hay dos voluntades: divina y humana.

II de Nicea (año 787). Definió ser lícito el culto a las imágenes y a las reliquias, negado por los iconoclastas.

IV de Constantinopla (869-70). Pontífice Adriano II. Liquidación del cisma de Focio.

Los Concilios de Oriente estuvieron principalmente dedicados a definir las principales verdades de la fe contra los herejes que las impugnaban. En los siglos sucesivos los Concilios en Occidente tenderían más bien a la reforma de los abusos aparecidos en la vida eclesiástica y a la condenación de doctrinas erróneas o falsos intentos de reforma.

Concilios en Occidente

I de Letrán (año 1123), convocado por Calixto II. Confirmación del Concordato de Worms con el Emperador; disciplina eclesiástica.

II de Letrán (año 1139), convocado por Inocencio II; disciplina y reforma de costumbres.

III de Letrán (año 1179), convocado por Alejandro II. Paz con Federico Barbarroja; condenación de los albigenses, valdenses, etc.

IV de Letrán (año 1215), convocado por Inocencio III. Cruzadas; condenación de varios errores. Disciplina eclesiástica.

I de Lyón (año 1245), convocado por Inocencio IV. Cruzada; deposición del emperador Federico II; reforma eclesiástica y disciplina interna.

II de Lyón (año 1274), convocado por Gregorio X. Intento de unión con los griegos; nueva regulación del Conclave; Cruzada; reforma interna.

Vienne (años 1311-12), convocado por Clemente V. Supresión de los Templarios; Cruzada; cuestión de la pobreza franciscana; condenación de errores doctrinales.

Constanza (años 1414-18), bajo los pontificados de Gregorio XII y Martín V. Composición del Cisma de Occidente; condenación de Juan Hus y desaprobación de la doctrina conciliarista (que sostenía la supremacía del Concilio sobre el Santo Padre).

Basilea-Ferrara-Florencia-Roma (años 1431-45). Desautorización del Conciliarismo. Unión con los griegos, armenios y jacobitas.

V de Letrán (años 1512-17), convocado por Julio II y por León X. Condenación del galicanismo y afirmación del poder supremo del Papa sobre los Concilios y sobre toda la Iglesia.

Trento (años 1545-63), bajo los pontificados de Paulo III, Julio III y Pío IV. La Revelación en la Sagrada Escritura y en la tradición; la Vulgata; el pecado original y la justificación; Sacramentos y Sacrificio de la Misa; Culto de los Santos, etc., contra los «innovadores» de la seudoreforma (protestantes); importantes y trascendentes decretos sobre disciplina, catecismo, seminarios, etc.

El último Concilio, I Vaticano

En el año 1869, en un ambiente mundial cargado de liberalismo, de materialismo y de filosofía racionalista, Pío IX convocó el Concilio que lleva el nombre de I Vaticano, vigésimo en la relación de los Concilios Ecuménicos.

El Concilio se convocó para definir y proclamar la verdad católica frente a los errores de la época. Así, en 24 de abril de 1870 se publicó el Decreto De fide catholica, en el que se condenaban los errores del ateísmo, racionalismo, materialismo, panteísmo, etc.

Pero el hecho que sin duda tuvo más resonancia del Concilio fue la promulgación de la Constitución De Ecclesia Christi o Pastor aeternus, en la cual se expone la institución y ejercicio perpetuo del Primado del Papa y se proclama su infalibilidad en las cosas de fe.

El estallido de la guerra franco-prusiana y la entrada de los ejércitos de Víctor Manuel de Saboya en Roma interrumpieron las sesiones del Concilio, que el 20 de octubre de 1870 quedó suspendido «hasta mejores tiempos».

El Concilio II Vaticano, ¿Concilio de la unidad?

Desde el 15 de enero de 1959, en que lo anunció solemnemente, una y otra vez en sus discursos y alocuciones el Santo Padre Juan XXIII se ha referido al próximo Concilio Ecuménico, señalando la esperanza de que fuera un paso para unir en el seno de la Iglesia a los cristianos que viven alejados de la Cátedra de Pedro.

La idea del retorno de los hermanos parece ir indisolublemente unida a la del Concilio II Vaticano. Es una esperanza iniciada ya en el Concilio II de Lyón, en el de Basilea-Ferrara e incluso en el I Vaticano. En estos momentos en que los enemigos del nombre de Dios cierran sus filas para sumergir al mundo en el materialismo ateo, ¿no parece más necesaria que nunca la unión de cuantos creen en Cristo?

Nuestra posición ante el Concilio

Una y otra vez ha repetido el Papa su consigna. Oración. Oración por el Concilio. Oración para que el Espíritu Santo asista a la Iglesia en momentos que han de ser trascendentales para la humanidad. Oración por los hermanos separados para que escuchen la voz de la gracia. Oración y sacrificio para alcanzar del cielo los fines universales del Concilio.

Y unidad. Para realizar la unidad de todos empecemos por realizar la unidad de los que vivimos en la casa del Padre. Todo lo que sea división, rencilla, rencores o grupos es un atentado contra la unidad. Si nuestros centros, nuestras parroquias, nuestras familias, no están unidas, ¿cómo podemos pedir una unidad mayor?

Oración y sentido de unidad. Esta es desde ahora nuestra aportación al Concilio.

La pequeña misionera

(otro cuento de Doña Fabiola, reina de Bélgica)

María tenía cinco años, y para su edad era una niña muy inteligente. Siempre le había gustado saber el porqué de todas las cosas. Y un buen día en que estaba su mamá separando muchos sellos en un sobre muy grande, le preguntó con extrañeza:

—¿Qué haces con esos sellos, mamá? ¿Para qué los metes en ese sobre tan grande?

Y su mamá contestó:

—Estos sellos son para las Misiones. Los misioneros sacan dinero por ellos para luego poder recorrer muchos poblados y bautizar a muchos negritos o indios.

Entonces se quedó María muy pensativa y dijo:

—Yo también quiero ayudar a los chinitos, pero no tengo sellos.

—No te preocupes, María, porque tú también puedes ayudar a los chinitos y negritos y contribuir a su salvación sin enviar sellos. No tienes más que hacer pequeños sacrificios; como dejar un juguete que te divierte a tu hermanito cuando te lo pida, pero sin enfadarte, o no comer una golosina que te gusta mucho, o cuando te duela algo decirle al Niño Jesús: «Este dolor te lo ofrezco a Ti por la salvación de los chinitos.» Y eso le gustará al Niño Jesús mucho más aún que los sellos.

A los pocos días cayó enferma María con unas anginas muy fuertes. ¡Cómo le dolía la garganta! Pero esta vez María no gritaba Como había hecho otras veces. Lloraba, eso sí..., pero silenciosamente, y apenas se quejaba. Su madre estaba preocupada:

—María, ¿por qué no te quejas? ¿Te duele mucho? ¿Qué le pasará a esta niña que siempre se ha quejado tanto por cualquier cosa y esta vez apenas lo hace?

Y no acertaba a comprender, porque no cabía duda que a María le dolía mucho la garganta. Apenas podía mover el cuello y además tenía 39° de fiebre.

Así pasaron dos o tres días y María empezó a ponerse buena. Al entrar su madre a verla una mañana muy tempranito, le dijo María:

—Mamá, ¿sabes que esta noche ha venido a verme el Niño Jesús?

—¡No me digas, María! ¿Y cómo ha sido eso?

—Pues verás, mamá... De repente entró una luz muy grande por la puerta y se iluminó todo mi cuarto y en seguida apareció el Niño Jesús con un negrito en el brazo izquierdo. La mano derecha la tenía levantada, con los deditos en alto, así. Y detrás de El venían muchos negros y muchos chinitos. ¿Y sabes lo que me dijo Jesús, mamá?

—No sé, hija, pero cuéntamelo tú.

—Me dijo: «María, ¿ves todos esos negritos y chinos? Pues los has salvado tú con tus dolores.» ¡Y desapareció!... ¿Ves, mamá? Jesús está muy contento conmigo, ¿verdad?

—Sí, hija mía. Procura que lo esté siempre.

Y su madre le dio un abrazo muy grande.

Esto, pequeñas lectoras, no es cuento. Le ha sucedido hace muy poquitos días a otra niña como vosotras.

«Tota pulchra»

Mirad a la Virgen,
la Virgen María,
ideal de belleza,
raudal de armonía.

Miradla ondeante
al viento su manto,
y el alma le pide
al arpa su canto.

Un canto que diga
la gran maravilla
de Aquella que al mundo
llegó sin mancilla.

De Aquella que toda
belleza compendia,
de Aquella que el alma
de amores incendia.

De Aquella que supo
con un solo rizo
del rey de los cielos
causar el hechizo.

De Aquella que el ángel
dijera la llena
de gracia divina,
de culpas ajeria.

De Aquella que canta
la Iglesia exultante
llamándola Pulchra,
la siempre triunfante.

Que al alto Querube
del cielo enamora
de tanta belleza
que su alma atesora.

La que es de los cielos
más bello florón,
la que es de la tierra
más noble blasón.

La que es más que nieve,
la que es más que flor,
la blanca y la bella,
del orbe primor.

La que es un dechado
cabal de hermosura,
espejo de toda
gentil donosura.

Cadencia y sonido,
aroma y fulgor,
murmurio de fuente,
ciprés soñador.

Ornato de cielo,
terror del abismo,
consuelo del mundo,
imán de Dios mismo.

Resumen de laudes;
decimos de Vos
que fuiste elegida
por ¡¡Madre de Dios!!

Vicente Monroy Alaguero, Redentorista


Insistiendo

A la conclusión del Sínodo romano del pasado año exhortó el Sumo Pontífice a los fieles a invocar y adorar a Jesús «en la triple luz del nombre, del corazón y de la sangre», y el pasado mes de julio publicó unas letras apostólicas presentando los medios para practicar la devoción a la Preciosísima Sangre, añadiendo más recientemente el mandato de que se inserte en los elogios que se rezan ante Jesús Sacramentado.

Evidentemente que S. S. Juan XXIII, calada la importancia de esa devoción en las almas y los magníficos frutos que produce, procede de esa manera. Por ende, deseando colaborar en el apostolado del Vicario de Cristo, vacío estas ideas.

Las tres devociones, que se cifran en una sola persona, traen a nuestra memoria el apostolado de personajes sobresalientes por sus virtudes y su acción benéfico-religiosa: la del Nombre de Jesús a San Bernardino de Sena; la del Corazón, las revelaciones de Paray le Monial. ¿Y la Sangre? Primero a Santa Catalina de Sena, de cuyos escritos, he leído, se podría sacar un verdadero tratado teológico de la Preciosísima Sangre en sus aspectos dogmático, moral, místico, pastoral y litúrgico, y, después, a su verdadero y más grande apóstol San Gaspar de Búfalo, que tuvo la valentía de responder a Napoleón cuando le exigía un juramento de fidelidad: «Yo no puedo, no debo y no quiero», prefiriendo el destierro al vilipendio de acceder a los deseos de dicho emperador.

Este santo, que por su amor y fidelidad al Papa sufrió las galeras y las deportaciones, logró encender una hoguera de amor a la Sangre de Cristo tan vehemente que ha pasado los mares mediante la Congregación misionera de la Preciosísima Sangre, que inspirado por Dios y acuciado por su inmenso celo por la gloria del mismo fundó no hace todavía muchos siglos. Ella, extendida por todas las latitudes, difundió el patrimonio doctrinal del nombre que le distingue por doquier como medio de redención y de salvación.

Y a la verdad que con sobrada razón, ya que del misterio de la Preciosísima Sangre —per sanguinem salvi facti sumos— y de su culto se pueden sacar los temas de meditación más profunda para todos y el arranque de un apostolado dirigido a despertar una vida cristiana modelo en las almas.

Motivos

Porque, ¿quién mirando el crucifijo sangrante no siente resucitar en sí la conciencia de la deuda infinita de la humanidad respecto al sacrificio del Hombre-Dios y llamado a una vida interior, a una rectificación de costumbres, a una solidaridad social encendiendo en todas partes nuevas luces de amor de Dios y del prójimo?

La devoción a la Preciosísima Sangre es arma de todos los tiempos y encierra todas las otras. Nos hace ver cuánto costó el rescate de nuestras almas y qué empeño debemos tener por salvarlas.

La divina Sangre se ofrece de continuo en la Santa Misa; se aplica en los Sacramentos; es el precio de la salud; el atestado del amor de un Dios hecho hombre.

También el amor a María debemos inundarlo de la sangre que Ella primero dio a Jesús. Este doble amor, que después era único, en el que se halla comprendido el cielo y la tierra, Dios y los hombres, lo quiso simbolizar San Gaspar en una pintura de la Virgen con el Niño en cuya derecha tiene un cáliz con la inscripción: Regina pretiossimi sanguinis. También San Bernardino de Sena, con su ejemplo y predicación, promovió como nadie la adoración a Jesús mediante la triple luz del Santísimo Nombre, del Corazón y de la Preciosísima Sangre, de suerte que, en torno a ese cantor del Nombre de Jesús, surgió una glorificación artística con reflejos de actualidad.

P. Deodato Carbajo


Estampas antonianas

X. Milagro del pie cortado

Cada una de las estampas que vienen a recoger particularidades de la vida de este gran santo, guardan como sabrosa esencia un espíritu de paz, bien y caridad. Porque San Antonio siguió siempre las reglas trazadas por el Seráfico de Asís, era el puntal firme sobre el que se apoyaban todos cuantos postulados habían sido establecidos por el Fundador. Así cuentan algunos autores cómo fermentando en la Orden Seráfica, después de la muerte de San Francisco, cierta divergencia en las opiniones acerca de la pobreza, San Antonio alza su voz autorizada para defender la total observancia de aquellos postulados dictados en vida por su ejemplar maestro. Y no hay en las palabras del santo la menor huella de lucha, sino que son más bien como el toque certero de atención que viene a señalar el camino sin torceduras de la humildad.

Por ello habla a sus Hermanos de Orden y les invita a seguir practicando las mismas reglas que hasta entonces habían regido sus monacales vidas. Tales labores conciliatorias no entorpecían lo más mínimo sus tareas apostólicas, pues inflamado cada vez más en la caridad evangélica San Antonio sigue esparciendo por pueblos, ciudades y aldeas la semilla redentora de Cristo. Es una pasión que embarga todas las potencias de su ser, que le incita a la lucha contra las tinieblas pavorosas del mal y es su bandera blanca, con los inmarcesibles colores de la virtud y la fe, la que de continuo se alza sobre los emblemas turbios de la impiedad: batalla coronada a diario por los triunfos redentores de la religión.
Por doquier iba San Antonio sembrando el bien, corrigiendo defectos y haciendo que en cada uno de los corazones resplandeciese el sol del sentimiento y la caridad.

a

El milagro del pie cortado. Sebastián Ricci. [De Preguntas al santoral]

Así cuentan las crónicas que han recogido pasajes de la vida de este gran santo, cómo cierto joven llamado Leonardo, confesándose con San Antonio, se acusó de que en un arrebato de cólera había pegado con el pie a su madre, y el santo, para representarle la enormidad de su pecado, le dijo: «Pie que se ha alzado contra su madre bien merecía ser cortado.» El penitente tomó estas palabras al pie de las letras, y cuando llegó a casa cogió un hacha y se seccionó con ella el pie. Cayó al instante como muerto en tierra, y al hallarle su madre tendido, mutilado y desangrándose se llenó de horror, y más cuando conoció el motivo y causa de tan extraña resolución.

Corrió, pues, desolada en busca de San Antonio y contándole el caso le reconvino por lo que ella creía excesiva severidad. Y cuentan todavía los relatos que han recogido tal suceso cómo el santo, después de explicar a la atribulada madre el verdadero alcance de sus palabras, la acompañó al lado de su hijo y conmovido ante su sencilla obediencia y profundo arrepentimiento de su pecado, tras incitarle a que hiciera un acto de verdadera contricción, tomó el pie amputado y haciendo la señal de la cruz lo unió a la pierna del arrebatado mancebo, dejándole completamente curado y en el uso perfecto de aquel miembro.

Aquella vez había triunfado la luz sobre la oscuridad. Una nueva alma se hallaba dispuesta para abrazarse de forma total y definitiva a las leyes evangélicas de Cristo. Ya que tras el arrepentimiento llegaban las radiantes auroras de un amanecer de plenitud espiritual: convicción en los innegables favores del cielo que de tan precisa manera venían a sellar con el prodigio la fe de cada una de las almas.

Y tanta era la fama del predicador que, según confesiones de algunos de sus biógrafos, «jóvenes, viejos, nobles y plebeyos, mercaderes y soldados, y aun las señoras más respetables despojadas de todo aspecto profano, venían en hábito humilde y muy de mañana a tomar sitio para ver y escuchar al predicador».
Había un deseo general de perfección, ya que él simple hecho de asistir a las predicaciones del santo equivalía de muy directa manera a la adquisición de bienes y otros dones espirituales.

El entusiasmo llegaba muchas veces hasta límites extraordinarios, dándose el caso de que al finalizar San Antonio una de aquellas sus célebres pláticas tenía que recurrir incluso a la custodia de los soldados, quienes trataban de contener la muchedumbre enardecida. Hombres y mujeres que maravillados ante la manifiesta santidad del religioso cortaban trozos de su hábito con el fin de conservarlos como inestimable reliquia. Y no hablemos de los frutos obtenidos mediante esta soberbia labor apostólica: «paces restablecidas entre familias, esclavos puestos en libertad, herejes y usureros convertidos a Dios y reducidos a bien vivir. Y fruto es también de la gracia del Altísimo que en medio de tanta honra, cuanta quizá ningún predicador tuvo, no se alteró en lo más mínimo la humildad de nuestro santo, ni se atribuyó nada a sí, sino que dio al Señor toda la gloria, conservándose en su bajeza y propio conocimiento».

Reverencia y sumisión hacia la divinidad, seguro que todos cuantos dones posee no son sino luz de aquel destello sagrado que de continuo adquiere el santo por efectos de su virtud y oración. Las dos fuerzas que le prestan gracia y son, en la historia de su vida, fuegos que inmarcesibles mantienen perennemente vivas las luces de su santidad.

F. G. S.

Madre de los Desamparados

Basta contemplar su cabeza inclinada para comprender con toda su grandiosa magnitud que en el mundo no puede haber desamparados, ya que no lo es quien tiene por Madre a la Reina del Cielo, a la Virgen de los Desamparados.

Si todos los títulos marianos con que se define a la Madre de Dios son sublimes, hay uno que por su significado resalta muy por encima de todos los demás. Este es precisamente el que usamos los valencianos para designar a nuestra excelsa Patrona.

Desde el pecado original el hombre es flaqueza, sufrimiento. El pecado nos arrastra por torcidos caminos. Muchas veces somos capricho de los vicios y de las circunstancias. Nuestra voluntad falla... Son múltiples las caídas. Otras veces la vida es como una tempestad que nos agita, dando tumbos y recibiendo golpes de tristeza y dolor. Somos pobres náufragos abocados a una trágica claudicación y muerte...

Pero Dios con su infinita misericordia nos lanza un cable esperanzador para nuestra salvación. Es suficiente asirnos a él para sobrevivir. La Sangre de Cristo nos libró primero del castigo eterno. Y no sólo quiso darnos su propia vida para salvar la nuestra, sino que nos ofreció a su propia Madre. Desde entonces la Virgen María está en continua espera deseando que le expongamos nuestros problemas, sufrimientos y aspiraciones, para transmitirlos directamente a su Hijo, Creador y Rey de todo. Nuestro gran consuelo es sentirnos comprendidos y luego auxiliados por una criatura hoy celestial que antes fue carne como nosotros.

Múltiples son los hechos por los cuales María, Madre de Dios, se la puede considerar como también Madre de los desamparados.

Por su maternidad espiritual, debido al consentimiento que prestó para la Encarnación. Gracias a Ella y a su Hijo, el hombre, falto de Redención, sumido en el desamparo terrible del paganismo y del pecado, se vio libre de los lazos de la perdición y de las tinieblas.

Porque cuando María comenzó a ejecutar su oficio de Madre de los hombres, es cuando Jesús abandona físicamente el mundo. Ella es quien entonces ejerce su función amparadora y maternal, dando consejo no sólo a los apóstoles, sino a los discípulos del Señor en la incipiente Iglesia.

La Virgen está intercediendo siempre por los pecadores, por los desgraciados, por los que sufren, por los que se declaran sus enemigos, por los que ofenden a su Hijo.

No obstante, el talismán más preciado con que contamos sus criaturas es su mirada.

«Nos mira desde que Cristo en la cruz le confió el encargo de amarnos como una prolongación suya.» «Inclinada amorosamente hacia nuestras miserias.»

Es fuente de consuelo cuando nuestros ojos se posan en los suyos. Cuando cansados de mirar las cosas de la tierra confiamos en su infinito amor.

Su comprensiva y maternal mirada penetra hasta lo más profundo de nuestro ser produciendo en nosotros una celestial sensación de confianza y de felicidad. Es decir, nos sentimos protegidos, amparados...

José Mª Gimeno Tichell