Índice del número 394
Enero de 1962. Año 36. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- Una estrella providencial. Francisco de Paula García Sabater
Luces en el misterio. Enrique Barrachina Gil, Pbro
Un miedo colectivo ante una posible guerra nuclear. Arturo Fosar Bayarri
La estrella de plata de Belén. P. A. Arce, ofm
Navidad, aurora de la vida. Poema. Fr. Bernardino Rubert, ofm
Un arzobispo franciscano valenciano. José Rico de Estasen - Los franciscanos en Marruecos. Fr. Camilo Jordá, ofm
Campanillas de Belén. Villancico. Jesús Galbis
Canción de cuna. Poema. P. José L. Micó Buchón, S. J.
Los Reyes Magos. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Los niños inocentes. Fr. Lawence
Influjos devocionales españoles en la isla de Elba. Fr. Deodato Carbajo, ofm
Ocho mil tumbas. José Mª Gimeno Tichell
El cuervo blanco. Olga Bauzá de Lloréns
Noticias.
Una estrella providencial
De todos los episodios de la humanidad, ninguno más lleno de tiernos lirismos que aquel cuya rememoración aún es capaz de inundarnos en cándido gozo. ¡Epifanía, voz maravillosa escrita sobre el libro del tiempo con tintas de fantasía o ensueño! Y es que, ¿cómo sustraernos al hechizo de este recuerdo? Fragmento por casi todos vivido, al que prestamos el calor de nuestros corazones porque en la fantástica noche soñamos una vez con magos, estrellas y dones incognoscibles. Fechas empalidecidas en el dietario de la conciencia, pero que todavía logran surgir con el frescor y la prontitud de un recuerdo muy dulce.
Desde entonces, ¡cuántas veces no hemos mirado a través de las empañaduras del cristal de la ilusión; en qué repetidas ocasiones no ojeamos el balcón vacío en los amaneceres del venturoso día...! Sin embargo, ya nada. Los reyes habían pasado de largo dejando intacto el rocío descorazonador de unas botas en cuyo interior no fulgieron las pajuelas de la inocencia o la candidez. Nosotros mismos, ahuyentamos a los medrosos camellos reales. Y no por el bagaje de los años, sino porque la vida hubo alimentado demasiado los tiernos resortes del cerebro. Quisimos aprender de prisa, conocer y rasgar vestiduras amables de misterio, ansiando al fin ser aquello que, precisamente en ese día del 6 de enero, anhelaríamos vivamente no ser: hombres.
Una estrella providencial brilla con perennes fulgores sobre el horizonte de la fantasía infantil. La idéntica luz que siglos antes conduciera a tres santos monarcas hasta el trono humilde de un Dios. El Cristo, que hecho carne, sangre, músculos y huesos, deseó también saborear los néctares de la ilusión más tierna que en la tierra existe. Por ello, esos tres Magos santos llegan a Belén con su cargamento maravilloso. Presentes que encierran un certero significado y habrán de quedar en lo sucesivo con categoría de símbolo: oro, incienso y mirra. El oro, que expresa lealtad a Dios y amor al hermano; el incienso, reuniendo todas las formas de orar o comunicarse espiritualmente con el Altísimo, y, por último, la mirra, representando a la austeridad y renuncia, el triunfo de la razón piadosa frente al ímpetu de los sentidos.
Dios recibiría sin duda alguna con visibles muestras de contento las dádivas de los tres monarcas de Oriente. El fue la piedra, el armazón que sostendría en lo sucesivo la esperanza e ilusión de todos los niños.¡Noche de Reyes, noche de escarcha y de nieves! ¡Con cuánta añoranza no te recordamos! Porque tú lograste imprimir en nuestros corazones una huella indeleble. Significaste el gozo de un feliz instante; momento que siempre habrá de acompañarnos para destilar una gota de dulzura en las hieles tantas veces presente en el existir humano. De tal forma ahora, cuando las láminas vírgenes de un año se ofrecen a los hombres, pidamos a Dios que El inspire en nuestros corazones un dictado de paz y de bien. Para que siempre esa estrella providencial que en lo pretérito condujo a los tres santos Reyes, nos ilumine el recto sendero de la perfección. Ya que sólo entonces, cuando vuelva a florecer en los espíritus el cayado del candor, lograremos vislumbrar los horizontes por el que cruzan esas tres amables formas de la ilusión.
Francisco de Paula García Sabater

Luces en el misterio
(Continuación)
—En verdad, yo le amaba, y él me fue infiel varias veces hasta abandonarme en vísperas de nacer mi hijo. Avergonzada salí de mi tierra y corrí a emboscarme en la ciudad con el fin de deshacerme cuanto antes de mis obligaciones y así dar más fácil solución a la vida. En cuanto nació, hice por llevarlo a la Inclusa; antes me di cuenta que llevaba una peca en la frente junto al ojo derecho, y me fijé bien por si algún día podía encontrarlo. Al momento de entregarlo, con sagaz ardid, di unos nombres y apellidos convencionales para encontrarlo en el caso de que alguien lo reclamara. Andando el tiempo volví al establecimiento para explorar su paradero y pude averiguar que fue pedido por un matrimonio de modesta posición del Romeral. Treinta y cinco años han pasado y ayer precisamente di con él de manera misteriosa.
—¿Cómo fue?—, le preguntó don Tomás picado de curiosidad.
—Un grito feroz me dio la clave.
—¿De un ser extraño?
—No; del propio gañán.
—¿Contra usted misma?
—No, señor; fue un grito de indignación contra un gavilán que cazó a un gorrión.
—¿Por tan ordinario suceso dio con él?
—Es que su voz era la misma que la de mi marido. Habló gritando como si fuera él. En cuanto oí aquel grito me pareció verlo resucitado. ¡Tan gran impresión me causó! Me acerqué corriendo inmediatamente al hombre que lo pronunció, clavé fijamente mis ojos en su rostro y advertí la peca a que antes me he referido en el mismo sitio descrito y un parecido a mi marido tan grande que poco faltó para abrazarme a él. No sé quién me hizo atrás y me obligó, con la misma prisa con que acudí allí, a retirarme a mi cabaña.
—¿Hizo más gestiones?
—Concebí sólo la idea de consultar el caso con usted.
—Precise, pues, los términos para poderle servir en el sentido que usted desea. No afirme nada que no pueda probar.
—Le puedo asegurar —dijo a don Tomás la leñadora— que el gañán del Remolino es mi hijo legítimo; de los que figuran en el Romeral como padres suyos es hijo adoptivo tan sólo.
Don Tomás se levantó y fue en dirección del armario que servía de archivo; de un cajón empotrado en la pared sacó un fichero y de éste leyó una ficha que intencionadamente tomó con su mano y puso a la vista con el fin de comprobar la verdad de lo que aquella mujer acababa de manifestar. Como hasta entonces nadie se interesó ante él sobre Társilo, no pensó en su situación jurídica ni se le ocurrió pensar que pudiera ser sólo hijo adoptivo del matrimonio con quien se había criado. Llevaba cosa de dos años en la parroquia que regentaba, a la que pertenecía dicho sujeto, y todavía no había localizado bien a todos sus feligreses ni hecho el estudio conveniente sobre cada uno de ellos. Por la ficha comprendió que la leñadora no le mentía, y exclamó:
—¡Qué difícil será llegar a vivir usted con él como verdadera madre!
—Yo creo que aún podrá lograrse.
—¿En poco tiempo?
—Aunque tarde, el caso es que se logre.
—¿Y con qué finalidad?
—Con la de saciar mi amor natural hacia él y desagraviarle cuanto pueda.
—No creo encuentre ya compensación por parte de él siendo usted tan humilde.
—Rico será mi hijo si llego a vivir con él.
—¿Con qué, si usted tiene tan pocos medios de vida?
—¡Ay don Tomás! No mire las apariencias. No lo diga, don Tomás. Mi fortuna es grande, aunque nadie más que ya y usted lo sabe.
Sacó la leñadora del seno un sobre y lo entregó, después de bien cerrado, a don Tomás. Dentro había una copia de su testamento hecho hacía años, antes de su llegada al Romeral. A don Tomás no le manifestó cuál era su contenido, así que él, al tomarlo, le daba vueltas con la mano derecha delante de sus ojos e hizo una mueca de extrañeza al verlo completamente cerrado y sin letras exteriores indicadoras de lo que encerraba. Pero ella, penetrando el pensamiento, le dijo resuelta:
—No sé lo que viviré; pero en cuanto doblen a muertos por mi defunción, usted, don Tomás, busque al gañán del Remolino y entréguele ese sobre y hágaselo abrir en su presencia. Con ello repararé una injusticia y daré a mi hijo el signo de la penitencia que he merecido y yo voluntariamente me impuse.
Don Tomás se quedó perplejo y apareció como ofuscado por espacio de unos cinco minutos con el sobre en la mano en el que clavó sus ojos con mirada imprecisa. Se deshizo repentinamente de aquella animosidad indecisa frotándose la frente con los dedos de la mano derecha en que hasta entonces sostenía el sobre, misterioso para él, que acababa de dejar en la mesa. Ella seguía interpretando internamente los gestos y la actitud del cura sin apartar los ojos de él y por fin le lanzó esta pregunta:
—¿Lo aprueba, don Tomás?
No fue tan espontáneo don Tomás en la respuesta como esperaba la leñadora. Tras otros tantos minutos de silencio y de reflexión arguyó a la misma:
—Bien por la buena intención; pero, ¿con qué medios ha alcanzado usted tanto?
—Todo es fruto de mi trabajo—, respondió la mujer sin titubeos.
—¿En negocio sucio?
—Bien limpiamente lo he adquirido y hasta con sacrificio.
Don Tomás se tornó escéptico en el gesto y salió con esta expresión:
—Pienso que en tocante a dinero hoy pocos milagros se pueden hacer.
—Pues debe saber que toda mi fortuna consiste en dineros—, insistió ella con la misma resolución que en principio.
—¿Podría saberse con qué capital cuenta?
—Mi fortuna raya a los ochenta mil duros.
Don Tomás mostró gesto de sorpresa y comenzó en su interior la lucha de sentimientos contrapuestos avivados por la noticia. De golpe varios juicios sobre la leñadora quisieron arrebatarle la buena voluntad con que había comenzado a dialogar con ella. Pero su espíritu sacerdotal pudo más que ellos y se impuso para poder continuar la entrevista con sinceridad y ecuanimidad. Mientras duró no le faltó la serenidad necesaria al caso. Y antes de fallar trató de explorar toda la verdad indagando las circunstancias. De momento le interrogó:
—¿Me asegura que nos ofrece duda su origen?
—Le aseguro que todo es de fuente limpia.
—¿No mendigó algún día?
—De repente me muriera si hubiera cometido tal delito.
—¿Tiene por delito el mendigar?
—Para acumular, sí, don Tomás. Y en mi caso, de haberlo hecho yo así, tendría que restituir a quienes les hubiera pedido.
—Mala acción se atribuiría de ser fruto de la mendicidad. Tan gran capital clamaría justicia contra usted.
—Fruto de ésta puede estar seguro que es.
—¿Todo lo ha hecho trabajando?
—Con el sudor de mi frente lo he ganado.
—Pero, ¿en tan poco tiempo?
—En treinta y tres años. Y le diré cómo ha sido.
Un ataque de tos muy violento la hizo enmudecer cosa de un minuto y, pasado, siguió animada narrando cómo adquirió el dinero:
—Al ser ajusticiado mi marido vendí cuanto en mi tierra tenía. Saqué de mi hacienda la friolera de cuarenta mil duros. Con ellos fui adonde he dicho. Negocié cuanto pude, siempre en los Bancos y Cajas de Ahorro, y a ellos sumé los intereses, más los ahorros que pude de lo que me daba mi trabajo, incluso una gratificación de 100.000 pesetas que me dio cierta señora de la que fui muchacha de compañía y a la que tuve que prestar todos los cuidados en su larga y penosa enfermedad.
Estaba el cura concentrado hasta el extremo de cerrar los ojos del cuerpo para mirar con los del alma las circunstancias del caso, y al terminar la leñadora el relato la miró con aquéllos muy abiertos y resuelto dijo:
—En ese supuesto, ciertamente que a usted le pertenece todo por venir de limpia fuente. Y por lo mismo, libre es usted para disponer de su dinero en beneficio de quien quiera.
Respiró fuerte la interlocutora creciendo su confianza en don Tomás, y respondió:
—Yo, señor cura, siempre pensé guardarlo todo para mi hijo.
—¿Pero cómo se lo transmite al gañán?—, interrogó don Tomás estrechando el entrecejo a la vez que levantó y ensanchó sus limpias y blancas manos que movía rápidas, acompasadas, a la altura del pecho y a corta distancia del mismo.
—Para eso es el sobre que acabo de entregarle. De su contenido se habrá de enterar algún día. Creo que usted se esmerará en realizar el encargo como se lo pido.
(Continuará.)
Enrique Barrachina Gil
Presbítero
El miedo colectivo ante una posible guerra nuclear
Está en la actualidad el mundo político dividido en tres grandes agrupaciones de naciones: la comunista, la anticomunista y la neutralista. Las de este tipo creen de modo egoísta que encerrándose dentro de sus fronteras podrán contemplar sin riesgo una guerra entre las grandes potencias cuando se produzca; el ejemplo de lo ocurrido a naciones neutrales en las dos últimas guerras europeas debiera sacarles de su error, pues Bélgica en la de 1914-18, y esta nación, Holanda, Dinamarca y Noruega, en la segunda, fueron invadidas por ejércitos extranjeros que las utilizaron como campos de batalla.
Varias naciones, voluntaria o forzosamente, forman el bloque comunista capitaneado por Rusia.
Y Estados Unidos de Norteamérica, tremolando la bandera de la libertad y democracia, agrupan a las naciones anticomunistas. Estas ideas debidas a la Revolución francesa han conducido como última consecuencia a la Revolución social y a la dictadura del proletariado implantadas en Rusia, que pretende extenderlas, como un nuevo Evangelio, a todos los pueblos de la tierra.
Según el comunismo, el Estado tiene todos los derechos. Y el individuo, su servidor, no tiene otros sino los que aquél se digne otorgarle, siendo así que, como observó el Papa León XIII, antes es el individuo que el Estado, representante de la colectividad; tiene por tanto el individuo derechos imprescriptibles que éste debe respetar (derecho a la vida, a la propiedad, a la familia, etc.).
Por otra parte, el capitalismo liberal, que impera en la economía, fundado también en la Revolución francesa, hace que esté mal distribuida la riqueza entre los hombres, iguales todos por naturaleza. «Ante Dios no hay acepción de personas», dice San Pablo (Rm 2, 11); pero en el mundo no reina como debieran la justicia y la caridad después de veinte siglos de cristianismo. Y la justicia no puede ni debe ser sustituida en las relaciones sociales por la caridad.
Mientras algunos pueden disfrutar de todos los refinamientos de la civilización y pasar una vida estúpidamente ociosa que al fin produce el hastío, otros obtienen su sustento con un trabajo penoso y constante que no les permite alcanzar aquellos refinamientos que sin embargo desean.
En unos países sobran alimentos (trigo o café) que se destruyen para no abaratar su precio (Estados Unidos, Brasil, Argentina). En otros (China, India) reinan hambre y miseria. En Estados Unidos y Canadá se consumen más de 3.000 calorías en la diaria alimentación individual de sus habitantes; en la India, en cambio, no llega a 2.200 la correspondiente por el mismo concepto, lo que es un régimen de hambre.
También la mayoría de los habitantes de Hispanoamérica viven miserablemente, mientras que algunos potentados compatriotas suyos o poderosas compañías extranjeras explotan las riquezas naturales (minas o productos de la tierra) que acaparan y permiten a sus poseedores una vida regalada.
En estas condiciones es fácil que los desheredados de la fortuna acojan con agrado teorías políticas que les prometen, si se implantan, un mejoramiento en sus condiciones de vida, un paraíso en la tierra.
El socialista Bebel pensaba así cuando en el Parlamento alemán se atrevió a decir en 1893: «Para todos los hijos de los hombres hay en el mundo pan en abundancia, y rosas, y mirra, y belleza, y goces, y confites; dejemos el cielo para los ángeles y para los gorriones.» Si levantara la cabeza desde su tumba vería que en vez de la abundancia disfrutan de la escasez de alimentos un 80 por 100 de los habitantes del planeta. Y guerras y revoluciones sustituyen en todo el mundo a los goces y bienandanzas que afirmaba existían
para toda la humanidad. El dolor, consecuencia del pecado original, nunca desaparecerá en ella.
Todas las formas de socialismo y anarquismo admiten como dogma el dicho de Marx: «La religión es el opio del pueblo»; todos sus partidarios (socialistas, comunistas, anarquistas) son ateos por consiguiente. Sin norma moral alguna, pues es moral —según ellos— todo lo que favorece la difusión de sus ideas, nuevo Evangelio de los proletarios, es lícito cualquier procedimiento que contribuya a aquélla: la subversión, el terror, la guerra, etc., deben y pueden emplearse por sus adeptos. Y Rusia, estado plenamente comunista, así lo hace al extender su acción a todo el mundo.
La bomba atómica, nuevo método de destrucción en masa, inventada por los norteamericanos con gasto de 1.600 millones de dólares (96.000 millones de pesetas), también la han conseguido fabricar los rusos; con menos gasto, pues sus espías les han proporcionado los datos necesarios para ello. El recuerdo de las víctimas de Hiroshima y Nagasaky, en que sendas bombas ocasionaron en el acto más de 100.000 muertos en cada localidad, seguidos por los que murieron después a causa de la radioactividad remanente, ha producido una sicosis de pánico en toda la humanidad ante una posible guerra nuclear entre Rusia y las naciones occidentales capitaneadas por Estados Unidos. Pánico en aumento si se piensa en la carrera de bombas nucleares, que ha conducido a aquella nación a experimentar una de 50 megatones, que equivalen a 50 millones de toneladas de trinitrotolueno, explosivo semejante a la dinamita.
Y la radioactividad que queda después de la explosión, si se pasa de cierto límite, puede originar en los que la sufran enfermedades semejantes al cáncer, hoy incurable, y producir monstruos en lugar de seres normales en los que han de nacer.
¿Qué será de nosotros y de la humanidad que sobreviva si estalla una guerra atómica?, piensan algunos. Y ese miedo alcanza también a los gobernantes de los pueblos civilizados lo mismo que a éstos.
Pero los cristianos no debemos alarmarnos excesivamente ante tal contingencia. «El hombre se agita y Dios le dirige», escribió Fenelón. Y así lo demuestra la historia. Y la Escritura dice que «no se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de Dios». En el mundo sólo ocurrirá lo que El permita para su gloria y bien de los humanos.
De Julio César se cuenta que siendo joven iba embarcado, cuando su frágil embarcación soportó una tempestad. El patrón estaba acongojado por su suerte y la de sus pasajeros, pero César le animó diciéndole: «¿Quid, times? ¡Cesarem vehis!» O sea: «¿Qué temes? ¡Transportas a César!», pues este personaje creía en su buena suerte que le depararía éxitos en su vida política, como los tuvo, por lo que no podía morir entonces; aunque toda su suerte terminara en su asesinato por Bruto y sus compañeros.
Los cristianos con mayor motivo tenemos la promesa de Cristo de «estar con nosotros hasta la consumación de los siglos» (Mt 12, 13-19). Y El mismo echó en cara a los Apóstoles su poca fe en su poder cuando la tempestad calmada (Mt 8, 23-27).
Luego por aquella promesa y esta muestra de su poder omnipotente podemos confiar plenamente en El. No permitirá que sus enemigos prevalezcan a la larga sobre sus fieles. Ni menos cuando «ante la cruz riña la humanidad su postrer batalla», como escribió Renán, evocado en elocuente discurso por el gran orador tradicionalista Vázquez de Mella.
La muerte, sea violenta o por enfermedad, a todos nos alcanzará, pues «es el estipendio del pecado», según San Pablo; pero para el cristiano que muere en Jesucristo, es como «dormir entre los hombres para despertar entre los ángeles», en frase de Aparisi y Guijarro.
Arturo Fosar Bayarri
La estrella de plata de Belén
El peregrino que penetra en la gruta del Nacimiento de nuestro divino Salvador lo primero que observa y le atrae es una hermosa estrella de plata, bien fijada en el suelo, debajo del altar principal que se ve al extremo oriental de la misma.
La razón primordial de la presencia de la estrella en aquel lugar nos la da el evangelio de San Mateo. Los Magos, guiados por ella, la vieron desaparecer a su llegada a Jerusalén; pero poco después, habida la respuesta de los sacerdotes y letrados en el palacio de Herodes, y ya en camino de Belén, la vieron reaparecer, llenos de gozo «yendo delante de ellos, hasta que, llegando, se posó encima, donde estaba el Niño». He aquí la razón suprema de hallarse donde se halla la estrella de Belén: es que allí estaba el Niño, es que allí había nacido Jesús.

En el portal de Belén ha habido siempre, al menos desde las Cruzadas, una estrella, de piedras preciosas o de rico metal; pero la que hoy besa —con emoción en el alma y a veces con lágrimas de ternura en los ojos— el peregrino llegado allí de luengas tierras no es la primera, ni la segunda, ni la... La actual lleva en relieve esta inscripción circular: HIC DE VIRGINE MARIA IESUS CHRISTUS NATUS EST. 1717. Es de plata y mide 560 mm. de diámetro total, de punta a punta de dos rayos opuestos; la piedra del centro tiene 188 mm. de diámetro; la corona circular de la que arrancan los rayos, 58 mm. de ancho, y los lados de éstos, 137 mm. de largo. El año «1717» no es el de la fabricación. La que fue modelada en 1717 con los «reales de a ocho» que a raudales mandaba España, desapareció en 1847, y la actual sólo tiene 107 años de existencia. De 1847 a 1852 no hubo estrella alguna en donde siempre la había habido.

[De Ferrell's Travel]
La estrella, colocada el año 1717, ya en 1842 habían intentado arrancarla los monjes griegos; por lo cual los franciscanos, en la noche del 3 de enero de 1843, la fijaron fuertemente con clavos en el pavimento. Mas tras nuevas tentativas desapareció definitivamente el 31 de octubre de 1847.
Los actos vandálicos del 31 de octubre de 1847, y sobre todo la desaparición de la estrella, pusieron en movimiento a monjes, diplomáticos y autoridades turcas.
Los franciscanos, sin tocar directamente la cuestión de propiedad —ya que la inscripción latina de la estrella sustraída era la mejor prueba— exigían que en lugar de la desaparecida fuera colocada otra igual, y aunque el Gobernador y las Autoridades de Constantinopla querían que ante todo se buscase la estrella y los ladrones, al fin, en vista de que esto no daba resultado alguno, aceptaron —en febrero de 1848— la propuesta de los franciscanos de colocar otra estrella idéntica a la robada: propuesta, naturalmente, sostenida por el cónsul francés de Jerusalén Hélouis-Jorelle y el Embajador francés de Constantinopla general Aupick, y en este sentido decretó el sultán Abd el-Megid, en 1852, que se hiciera.
Se hallaba entonces en Constantinopla, con el importante cargo de Superior y Comisario de Tierra Santa, es decir, representante de la Custodia ante la Puerta, el P. José Llauradó, de la provincia de Cataluña. El fue, pues, quien se encargó de hacer reproducir la estrella «según el modelo exacto de la robada» —como refiere él mismo en carta que tengo a la vista— dando la comisión al señor Jacomo Anderlich. El peso de la plata fue de 496 dracmas, y costó 3.300 pesetas turcas, es decir, unos 2.700 reales, que el dicho Padre Comisario pagó al señor Anderlich y consta del recibo de éste.
El sultán Abd el-Megid —sigue refiriendo Llauradó— pretende que la da él «como un solemne recuerdo de nuestra parte imperial a la nación cristiana», «que es decir —comenta agudamente Llauradó— que el sultán se la apropia y hace un don de ella a la cristiandad entera». Pero la historia, juez severo, prueba con documentos auténticos, testigos incorruptibles, que la estrella de Belén —la misma que hoy vemos y veneramos— se debe a la actividad y dinero aportado por un franciscano español, a quien mucho deben, por esta y otras acciones, los Santos Lugares.
La larga y trabajosa acción diplomática ante la Puerta Otomana fue llevada a cabo por el Embajador francés en Constantinopla Marqués de Lavalette, menudeando las propinas del Comisario Llauradó a los oficiales turcos, y la estrella fue colocada en el mismo sitio donde hoy se halla por el enviado del sultán, Afif-bey, el 22 de diciembre de 1852, hallándose presentes el bajá de Jerusalén con los miembros de su Divan; el cónsul francés de Jerusalén Paúl-Emile Botta y el Superior franciscano de Belén.
P. A. Arce, ofm
Navidad, aurora de la vida
No sé, no, lo que tú tienes, Cada año, cuando se extiende ¡Será el último!... Mi mente creyendo que ya su vida Así en el año pasado canción alada y divina Corren fugaces mis años en mis sueños y quimeras. |
no se rompe... y primaveras Y me ofrecen lindas flores... ¿Qué tienes tú, di, qué tienes Lo sé ya... Es un Nacimiento de nueva y gozosa vida. ¡Lo sé, Navidad gozosa! Y aunque pasen muchos años Y como un joven se canta, |
Un Arzobispo franciscano valenciano
Entre los prelados valentinos que profesaron más acendrada devoción a la Inmaculada, destaca el un tiempo discutido y en el día de hoy casi olvidado Fr. Joaquín Company, el franciscano de caridad ardiente a quien retrató Goya en un magnífico lienzo conservado en la sacristía de la iglesia parroquial de San Martín.
Tan insigne religioso falleció en el palacio arzobispal de Valencia el 13 de febrero de 1813. Pero con anterioridad al desarrollo de la enfermedad que le llevó al sepulcro, había exteriorizado una vez más y para siempre el amor que, como ya dije, profesaba a la Concepción Inmaculada de María, eligiendo para lugar de su sepultura, un espacio abierto en el centro de la capilla existente en la nave del Evangelio de la Catedral, al pie de la imagen que cinceló el diestro escultor José Esteve.
En distintas ocasiones, al visitar a esta Virgen en su altar, tras considerar la celestial hermosura de la imagen, sobre todo si la visita coincidía con la sacra conmemoración del 8 de diciembre, mis pensamientos se posaron siempre en la humilde lápida, debajo de la cual aguardan la resurrección de la carne los restos de aquel insigne varón, de quien con tanta razón se enorgullece la Orden Franciscana.
La naturaleza, la belleza y la historia
La lápida que comentamos, tras una larga cadena de conceptos laudatorios relativos a la vida y a la obra del gran Arzobispo, nos dice que Fr. Joaquín Company Soler nació el 3 de enero de 1732 en Penáguila.
Penáguila es una pintoresca villa de la provincia de Alicante, donde la naturaleza y la historia, desde la más remota antigüedad, parecen haber unido sus esfuerzos para dar vida a un burgo original, que se diferencia totalmente de cuantos se levantan en las comarcas circundantes.
La naturaleza y la historia. Y la belleza también, belleza que emana de la visión apacible del poblado, destacando las líneas geométricas de su caserío al final de un valle que ornamentan espesas arboledas; de los portalones de acceso al interior; de su recinto amurallado, en el que son de advertir interesantes reminiscencias medievales; de sus calles amplias, pobladas de caserones con escudos nobiliarios; de sus plazas silenciosas, donde monumentales palacios alimentan el sentimiento evocador de sus alcurniosas estirpes.
Un jardín romántico
Como complemento de tan secular grandeza, el señor de una de estas mansiones, influenciado por un afán, a un tiempo mismo religioso y romántico, en las afueras de la villa, en medio de una naturaleza desolada, agreste, hizo construir un jardín de estilo italiano, clásico; jardín artístico de gran renombre en la comarca de Alcoy; el «Jardín de Rico», que por la profundidad de sus estanques, el verdor de sus arrayanes, la gracia de sus laberintos de boj y de cipreses recortados; el acuático misterio de sus grutas y el gracioso complemento de los álamos, pinos, castaños, araucarias y cedros del Líbano, que pueblan sus alamedas, puede competir dignamente con nuestro viejo Jardín de Monforte, con el Jardín de los Frailes del Real Monasterio escurialense; con los que son ornamento de los Reales Sitios de El Pardo, Aranjuez y La Granja de San Ildefonso.
Verificadas las audaces explanaciones del terreno para dotar de agua a lugar tan ameno y deleitoso, don Joaquín Rico hizo construir un subterráneo que, teniendo su iniciación junto a la fuente que aflora en el macizo montañoso, colosal estribación de la sierra Aitana, donde perduran las ruinas del castillo, atraviesa los cimientos de la villa, y en una audaz aplicación de la teoría de los vasos comunicantes, transporta las aguas del encumbrado manantial al jardín que queda descrito.
Complemento de tan romántica floresta es el sendero particular que hasta su portal conduce; sendero de carácter seráfico, ornamentado por centenares de cipreses, de dos kilómetros de extensión, que partiendo de la casa solar de los Rico, radicada en la plaza principal de la villa, trepa por cabezos y cúspides, domina terraplenes, desniveles y escarpes, adquiere su mayor plenitud en las inmediaciones de la masía «de los Santos» y culmina los dos kilómetros de su recorrido en las puertas mismas del jardín.
En un ambiente de nobleza y de piedad
El 3 de enero de 1732, cuando el facultativo don Vicente Company vio aumentado el caudal de sus hijos con el que con tanto dignidad llevó su apellido y hubiese sido encumbrado a la jerarquía de príncipe de la Iglesia si las adversas circunstancias que fueron causa de la renuncia al trono de su real valedor, Carlos IV, y de la iniciación de la guerra de la Independencia, el «Jardín de Rico» no existía. Pero el ambiente de la población era el mismo que hoy se respira; estaba, como actualmente, saturado de belleza, de nobleza y de piedad, encerrado en el apretado cerco de sus murallas, presidido por la alta torre parroquial, donde se balancean las mismas campanas que repicaron gozosas cuando el futuro Arzobispo recibió las aguas regeneradoras del bautismo.
El hijo del médico de Penáguila, cuando su padre murió, cursó en calidad de interno las primeras letras en la antigua Universidad fundada por San Francisco de Borja, en Gandía, trasladándose luego a Valencia e iniciando su vida religiosa en el convento que los franciscanos poseían en la ciudad. Sus virtudes y méritos fueron ostensibles, y su ascensión rápida: catedrático de Artes, Guardián, Ministro Provincial. Definidor General, Obispo de Tortosa, Arzobispo de Zaragoza y de Valencia.
«¡Aquí nací yo!»
En los días venturosos de las Navidades de 1800 hizo su entrada solemne en nuestra capital. Años después llevó a cabo la santa visita pastoral al pueblo de su naturaleza.
Fácil es imaginar la emoción con que el bondadoso prelado realizaría aquel viaje. Hay una tradición local que nos lo presenta caminando desde el palacio ducal de Cocentaina a Penáguila, acuciado por una ansiedad ardiente que se desbordó en caricias, bendiciones y dádivas cuando descendió de la cabalgadura que montaba y rodeado por sus paisanos atravesó el portalón de acceso a la villa.
Adoró el Sacramento en la iglesia, enriquecida ya con su generosidad y munificencia, se ungió la frente con el agua remansada en la vieja pila donde fue bautizado y se postró de hinojos ante una imagen de la Purísima a la que, siendo niño, profesaba una profunda devoción.
Luego salió del templo y encaminó sus pasos en dirección a la calle que hoy lleva su nombre. En la iniciación de la misma perdura todavía el noble caserón donde vino a la vida. Sus padres ya habían muerto, pero el inmueble se conservaba igual, con sus dos balcones saledizos, sus más altos balcones diminutos y su amplio portalón coronado por una recia viga que sirve de sostén a una graciosa reja de medio punto.
Se detuvo el prelado ante la vieja morada, y con los ojos arrasados de lágrimas, se dirigió a los dignatarios eclesiásticos que le seguían solícitos, con estas emocionadas palabras:
—¡Bendito sea Dios que me permite evocar este capítulo de inefables recuerdos! ¡Esta es la casa de mis padres! ¡Aquí nací yo!
Y la voz del prelado, anciano, de más de setenta años, se quebró en un sollozo, que encontró apasionados ecos en el corazón de todos sus paisanos.
José Rico de Estasen
[Foto de Archivalencia, donde se encuentra una buena biografía de Fr. Joaquín Company debida a la pluma de D. Arturo Llin Cháfer]
Confidencias
Si nuestra vida de abandono en el Señor es verdadera, caminaremos por el camino de nuestra vida con sencillez, seguridad y alegría hacia la cumbre.
Nuestro progreso interior es un problema de aumento de la caridad. Creciendo el amor crecen todas las virtudes. Si tenemos amor, lo tenemos ya todo.
El amor nos fortalece para modificar los movimientos del amor propio. Es una potencia superior a todas las demás.
El ardiente amor a Dios, desapega al alma de sí misma, de las cavilaciones por su propio provecho. El yo se va desvaneciendo para ceder el puesto a Dios solo.
El amor hace que la oración del alma sea un amoroso y tranquilo reposo en Dios, que conoce todos sus deseos y necesidades aunque ella no se los presente uno a uno.
El verdadero amor no suprime el sufrimiento, pero santifica el sufrimiento. Con lógica divina continúa el alma caminando por el camino de la vida.
Mª de Santángel
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