Predestinación de San José para cooperar en la redención del linaje humano
El Señor, en su infinita misericordia, promulgó el decreto de nuestra redención, eligiendo en el tiempo todas las circunstancias que debían preceder, acompañar y seguir a su ejecución, determinando el oficio y orden de todos los que debían participar directamente en tan portentoso misterio. En la mente divina se hallaba la Virgen sin mancilla desde mucho antes de la creación del universo, según se lee en el Libro de los Proverbios, y escogió entre todas las mujeres a la que había de ser Madre-Virgen del Verbo y, por ende, entre todos los hombres, al que había de servir de padre legal al Hijo, de esposo virginal a la Madre y de sostén, custodia y defensa a entrambos.
De donde se sigue que si María debió de estar comprendida inmediatamente después de Jesús en el decreto de la Encarnación del Verbo y predestinada a ser augusta Reina y Madre del Hijo de Dios, también lo fue inmediatamente después la predestinación de San José, por ser así necesario para ocultar al mundo este misterio hasta que se realizara, así como para poner a salvo el honor de la Madre y el buen nombre del Hijo, era preciso que María fuera desposada con el varón más justo y humilde de la casa de David y adornado de las mismas cualidades de virginidad de aquélla. La recta razón no concibe la predestinación de la Virgen Santísima sin contemplar en el mismo paralelismo la predestinación de su castísimo esposo, el glorioso Patriarca San José. A este respecto San Bernardo afirma que no hay duda de que intervinieron causas muy importantes para que fuese desde la Eternidad dispuesto que María se desposara con José, ya que por este medio se esconde lo santo a los malvados y se comprueba la virginidad de María por su esposo; y en otro orden de apreciaciones, se la preserva a la Virgen del oprobio y se prevé a la integridad de su fama. Con sólo este maravilloso y sencillo arbitrio, se admite un fiel testigo en los decretos del cielo y se excluye de ellos al enemigo, conservándose ilesa la fama de la Virgen.
Algunos escritores piadosos aclaran este concepto apelando a una comparación altísima, diciendo que, así como la procesión del Verbo no puede creerse sin la fe en el Eterno Padre, del cual procede asimismo la generación temporal del Hijo divino, que se verificó de madre, sin concurso de varón, tampoco se puede conocer sin previa noticia de la Madre de Dios, así como tampoco se puede tener conocimiento de la Madre de Dios, tal como la predestinó el Altísimo, sin algún conocimiento de su castísimo esposo. De lo cual deduce el insigne P. Morales que, así como el nombre de Jesús es el primero que ab aeterno se escribió en el libro de los predestinados, como cabeza de todos ellos, y el segundo el dulce nombre de María, como Madre de Jesús, así en su proporción relativa debió de ocupar el tercer lugar el suave nombre de San José, como esposo de María y fiel guardián y sostén de Jesucristo.
San Bernardino escribe que San José, y sólo San José, con preferencia a los más santos y distinguidos personajes del Antiguo y Nuevo Testamento, fue constituido por Dios en la tierra coadjutor o cooperador fiel del gran Consejo, esto es, de la Encarnación del Verbo increado. San Bernardino de Sena encomia al glorioso Patriarca por haber sido elegido por el Eterno, con generosa providencia, guarda y defensor de sus principales tesoros, Jesús y María. Juan Eckio, debelador de Lutero, dice: «Así como la Virgen Santísima fue antes del tiempo predestinada a ser Madre del Hijo de Dios, así San José fue juntamente con ella escogido nutricio y custodio de Jesús y María.» Y Natal Alejandro añade: «José fue por Dios destinado a servir a la economía de la Encarnación.»
He aquí el origen y vena inagotable de las grandezas de San José: su predestinación eterna a ser cooperador del misterio más grande que adoraron los siglos. ¿Quién jamás, ni de los mayores justos de la tierra ni de los espíritus celestiales, tuvo participación tan inmediata en las obras más excelsas e inenarrables del Omnipotente? ¿No demanda tal cooperación una santidad superior a la de los demás escogidos? Con el P. Vallejo habremos de confesar que San José, por su predestinación divina a ser coadjutor de la obra del gran Consejo, se encumbró sobre todos los soberanos espíritus. A los ángeles hace Dios ayos y guardianes de los hombres; a los arcángeles encomienda la defensa de príncipes y reyes; a los principados sujeta naciones e imperios; mas a ninguno, ni de los más encumbrados serafines ni querubes, escogió para guarda superior de su Hijo, por más que muchos le acompañaron como siervos y ministros. Únicamente José, como canta la Iglesia, no solamente fue nombrado por el Todopoderoso ayo, defensor y custodia de Jesucristo, mas también siervo fiel y prudente, constituido por el Señor cabeza de su familia para que a su tiempo la sustentara.
¿Puede caber mayor gloria para una criatura mortal?
Había llegado el tiempo de la Redención. María Inmaculada, en quien se habían de realizar los más altos misterios, tenía que desposarse. ¿Pero qué hombre merecerá la mano de tan pura criatura? Según una piadosa leyenda, Dios lo reveló de esta manera: Congregados en el Templo los varones libres parientes y pretendientes de la soberana princesa, provisto cada cual de una vara de almendro seca, pedían al Señor, junto con los Sacerdotes, que se dignara manifestar a cuál de ellos tenía predestinado para ser esposo de María, haciendo florecer la vara del agraciado. Y Dios, accediendo a esta súplica, hizo florecer la vara de San José. — Fr. P. T.
San Vicente Ferrer, confesor
El glorioso y apostólico San Vicente Ferrer nació en Valencia el 22 de enero de 1350, de la noble familia de los Ferrer, y fue hermano de Bonifacio Ferrer, gran jurista y después Prior general de la Cartuja Desde su niñez juntaba a otros muchachos y les decía: «Oídme, niños, y juzgad si soy buen predicador», y haciendo la señal de la cruz, refería algunas razones de las que había oído a los predicadores en Valencia, imitando la voz y los gestos de ellos tan vivamente que dejaba admirados a los que le oían.
A los dieciocho años tomó el hábito del glorioso Santo Domingo y vino a ser un perfecto modelo de la vida religiosa. Se formó intelectualmente y enseñanza a la vez en los conventos dominicos de Valencia, Lérida y Barcelona y en las universidades de Tolosa y París, interpolando a su estudio y magisterio, cuando era diácono, una predicación tan devota y llena de celo que le conquistó merecidamente la fama de gran predicador.
Terminados sus estudios y ordenado de presbítero enseñó Teología en su convento de Valencia, obtuvo la magistral del Aseo y continuó su predicación evangélica con grande aprovechamiento de las almas, logrando de esta manera justificar la fama lograda cuando era diácono y reconciliar entre sí a los dos «bandos» que llenaban de malestar a la ciudad.
Pedro Luna, elegido Papa con el nombre de Benedicto XIII, en el conclave celebrado en Aviñón, le llamó a su sede el 1396 para que fuera confesor y consejero suyo, penitenciario apostólico de su corte, capellán doméstico y maestro del Sacro Palacio, cargos que regentó con gran crédito y consuelo del Pontífice hasta el 1399 que, con la bendición de Benedicto, salió de Aviñón y a pie regresó a España hasta Barcelona para reanudar su predicación y ser el apóstol de toda Europa.
En el espacio de veinte años sólo dejó de predicar quince días, y siempre fue grande el fruto de sus sermones no sólo en España, mas también en Francia, Italia, Inglaterra, Escocia e Irlanda.
Y predicando en lengua valenciana en estas naciones le entendían como si predicara en la lengua de aquellos países. En solo España convirtió más de 24.000 judíos y 18.000 moros. Siendo famosas las procesiones penitenciales de disciplinantes formadas por los muchos pecadores convertidos y otras gentes que le seguían de pueblo en pueblo.
El apostolado de San Vicente Ferrer tuvo como supremo objetivo la pacificación en Cristo: paz de cada cual en su conciencia, paz para las familias, paz en los Estados, paz entre los enemigos políticos y paz de la Iglesia con los herejes y gentiles mediante su conversión. Por eso se le llama el Apóstol de la Paz.
A la muerte de Martín el Humano, rey de la Confederación aragonesa, sin sucesión, se reunieron en Caspe nueve compromisarios o jueces —tres por las Cortes de Aragón, tres por las de Cataluña y tres por las de Valencia— para estudiar y resolver en justicia cuál era el verdadero y legítimo rey sucesor entre los varios que lo pretendían. De los tres diputados por Valencia, uno era San Vicente Ferrer, el cual con la declaración de su voto, movió a la mayoría de los diputados a votar a Don Ferrando el de Antequera, hijo del rey Don Juan I de Castilla y de Doña Leonor, hija de Pedro IV el Ceremonioso, rey de Aragón, nombramiento que contribuyó en gran manera a la unidad y paz nacional.
También asistió, invitado personalmente por Benedicto XIII, al Concilio de Perpiñán, pero no pudiendo lograr que Benedicto renunciara al Papado —medio necesario para abolir el gran «Cisma de Occidente» que afligía a la Iglesia— se separó definitivamente de él y continuó su apostolado por tierras de España, principalmente por las de Valencia, donde funda la Universidad, y reúne en la casa de los «Beguines», para que sean allí atendidos y educados cristianamente, los niños y niñas huérfanos de padres que vagaban por la ciudad; y luego por las tierras de Francia.
Los milagros que obró San Vicente fueron tantos, que de solo cuatro procesos que se hicieron en Aviñón, Tolosa, Nantes y Nápoles se sacan, sin contar los demás, 860.
Entregó su purísimo espíritu al Señor, el 1419, a los sesenta y cinco años de edad, en Vannes (Francia), acudiendo tanta gente a reverenciarlo que por espacio de tres días no se pudo sepultar. Fue canonizado por Calixto III en 1455. Y su sucesor Pío II expidió, en 1458, la bula correspondiente fijando la fecha 5 de abril como festividad del nuevo Santo, excepto en el reino de Valencia y su diócesis, que conmemoran a su Patrón el lunes siguiente al domingo in Albis.
La devoción a San Vicente se mantiene viva a través de los siglos. Se le considera Patrono principal del reino de Valencia y de su diócesis, Patrono de muchas ciudades y pueblos, Patrono de los canonistas y especial abogado contra la peste y contra las tempestades.
Sus restos sagrados descansan en la Catedral de Vannes, menos varias reliquias, separadas de ellos, de las cuales posee algunas la Catedral de Valencia, entre ellas, un dedo.
Interrumpimos la lista de los religiosos que cronológicamente van apareciendo en estas florecillas. La noticia de su fallecimiento la recibimos en estos momentos, en que todavía su cuerpo no ha recibido aún cristiana sepultura. Me cupo la suerte de tenerlo muchos años en el mismo convento en que me encontraba yo, y con ese motivo fui testigo presencial de todo cuanto voy a escribir.
Fray Andrés, alma sencilla, siempre abierto a la generosidad y al sacrificio, fue una verdadera fiorecilla de las que el Padre Seráfico en su vida trató y ensalzó como prototipos de la auténtica y candorosa vida franciscana.
Chelva recuerda todavía, después de varios lustros de ausencia, las sublimes virtudes y los admirables ejemplos durante muchos años que estuvo en ese convento.
Durante los muchos años que vivió en el santo retiro nunca llevó sandalias, caminando completamente descalzo por entre guijarros y espinas. Y sobre todo el hecho insólito y desusado de ir siempre acompañado de una ovejuela, que solamente le abandonaba cuando entraba Fr. Andrés en el coro, hincando sus patas delanteras en la puerta hasta que salía de allí, para continuar acompañándole de nuevo al lugar en que tenía que trabajar.
De Chelva —fueron algunos lustros los que pasó allí— le destinaron a otros conventos, pero Carcagente fue el lugar en donde ejerció un apostolado admirable de caridad y de suma ejemplaridad franciscana.
En dicho convento permaneció varios años antes de la guerra española, en momentos de República, en que tenía que quitarse el hábito para ir a la compra diaria como cocinero que era de la comunidad. No era preciso que ostentara el santo hábito para que todos reconocieran en él al ejemplar y santo religioso. Aunque llevaba blusa, sus ojos, su porte y su santa mansedumbre eran las notas armoniosas y sentidas que ponían de relieve su santa y ejemplar religiosidad de un modo especial cuando tenía que atender a enfermos y a pobrecitos, a quienes socorría con una alegría beatífica que le envolvía de cierto halo celestial y bienaventurado.
Después de la liberación volvió a Carcagente. Estuvo allí varios meses atendiendo a los niños que ocupaban el inmueble de nuestro colegio hasta que de nuevo los religiosos se encargaron de su dirección. Al reincorporarse los religiosos al colegio Fr. Andrés quedó, como antes, de cocinero, dando vivos ejemplos de caridad y de espíritu penitencial, pues nunca se servía comida ninguna, contentándose con lo que pudiera sobrar, y veces hubo que al sobrar algo eso mismo entregaba a los pobres, quedándose frecuentemente él sin tener nada que comer, contentándose con los mendrugos de pan y las sobras de los platos que había servido.
Pasó a otros conventos, a Cocentaina y después a Santo Espíritu, en cuyo convento tuvo que ejercer el cargo de portero. Más de una vez se le sorprendió, como a San Diego, con el halda llena de pan y de verduras para las personas pobres que algunas veces se acercaban a ese convento. Y si alguna vez el Padre Superior le sorprendía en ese menester, con sencillez franciscana respondía que el Señor a todo puso límites, menos en la caridad. No en balde más de una vez acudieron ciertas personas al convento preguntando al Padre Superior por un Hermanito lego y santo. La fama de su virtud y su santidad habían trascendido de las apartadas regiones del claustro a los pueblos y ciudades en donde vivían quienes visitaban el convento de Santo Espíritu.
Hace unos meses abandonó Santo Espíritu para pasar al convento de Pego con el cargo de portero. Allí le sorprendió la muerte, que fue verdaderamente envidiable, como toda su santa vida. Lo que había sido norma de su vida durante ochenta años tuvo su feliz y admirable complemento en su dichosa y santa muerte. Su vida de oración —continuamente se hallaba como embebido en dulce trato con Dios, sobre todo cuando estaba expuesto en el Tabernáculo— tuvo en sus últimos
días un tinte especial y más notorio. Parece como si se preparara para volar a los cielos. Lo que él con sumo candor había dicho muchas veces que sentía la presencia de Cristo en la Eucaristía de una manera sensible lo estaba demostrando de una manera palpable. Por eso el Señor se lo llevó a la gloria en el momento en que se encontraba en la iglesia. Dormía escasas horas. Muy de mañana, a diario, y casi como norma habitual, a las dos o tres de la mañana ya se encontraba en oración en la iglesia. Ese día, el último de su vida, como de costumbre, a esa hora ya estaba en la iglesia preparándose para la misa y la santa Comunión.
Se hallaba ocasionalmente allí el Padre Provincial, que celebraba casi todos los días muy de mañana. Ese día, viendo que estando Fr. Andrés en la iglesia no se disponía a preparar los ornamentos para la misa, fue a llamarle y la sorpresa fue enorme cuando le encontró en medio de un ataque que le había privado del habla, aunque no del conocimiento. Después de hacerle unas breves preguntas el Padre Provincial y que contestó con signos, porque el habla no podía utilizarla, fue conducido a su celda para recibir la Extremaunción, y desde la iglesia que abandonó unos instantes y desde su humilde cama hizo el vuelo a los cielos, en los que seguramente se encuentra, después de haber vivido ochenta y tres años sobre la tierra.
La villa de Chelva, en su glorioso retiro, le tuvo de morador y la villa de Pego guarda sus cenizas, que esperamos que sean visitadas por quienes se sientan doloridos y atribulados, confiando en que desde el cielo Fr. Andrés les atenderá, haciendo si es preciso milagros para demostrar el poder de Dios.
Son las nueve y media de la noche, me dispongo a trabajar un rato antes de ir a dormir. Una torrencial lluvia mantiene las calles fangosas y solitarias; de vez en cuando un relámpago se refleja sobre los charcos y sobre las turbulentas aguas del gran río. Una niña de unos doce años llama a la puerta de la casa-misión, está empapada hasta los huesos.
P. José Ramón Palací
—Padrecito, Padrecito, abra su puerta.
—¿Pero qué pasa, niña, con esta lluvia?
—Mi papá, Padrecito, está enfermo, dice que vaya.
—Ya, niña, ahorita estoy allí.
Tomo mi maletín y salgo tapado con un pedazo de lona sobre los hombros. Quince minutos por esas solitarias calles y veredas, oscuras como boca de lobo; a la luz de mi linterna consigo alumbrar un poco el camino que puede estar habitado de víboras, sobre todo cuando cae la lluvia. Llego a la casita, de cañas y techo de hoja de palmera; un pobre hombre estaba tumbado sobre una estera también de palma, flaco, pálido y con una fiebre alta. Entablamos el diálogo.
—¿Qué le pasa, buen hombre?
—No sé, Padrecito; aquí me duele y siento como que me muerden.
Y me indica con la mano en el estómago.
—Bueno, vamos a ver. ¿Son ustedes casados?
—Yo no, padrecito, pero mi conviviente sí, pero es viuda.
—Ya comprendo y supongo que estarán dispuestos a casarse.
—Bueno, Padrecito, pero yo ya soy casada y si me caso otra vez, ¿cómo será en el cielo con dos maridos?
Bueno, me pongo a reír a pesar del cuadro bien triste, le explico y por fin acceden. A los pocos minutos todo está en regla.
—Y este niño, ¿qué tiene en su estómago que está tan abultado?
—Bichos, padrecito.
—¿Y por qué no le purgan?
—No hay plata.
Felizmente tenía un remedio que me mandaron de España: «Velardón». Le entrego a la madre y le explico cómo debe administrárselo; juntamente le entrego un frasquito de «Ciusivol», vitaminas muy eficaces que me mandaron de Estados Unidos. Así se me hicieron las once de la noche; ya no llovía, pero todo estaba oscuro. Regresé a la misión después de indicarles que mañana volvería con el Santísimo para darle el Viático al enfermo. Llegué a casa caladito y embarrado hasta las narices; como el río está a unos 50 metros de la misión me enfilo mi pantalón de baño y al cabo de diez minutos estaba nuevo. Esa noche dormí poco, me preocupaba el enfermo; no estaba tan grave como para morir, por lo menos en unos días, pero siempre preocupa una situación así.
Al otro día salió el sol brillante, casi se me adelantó, pues dormí hasta las cinco y media. Después de unos minutos de oración celebré la Santa Misa y oré por el enfermo. Con mi monaguillo me fui a llevar el Señor al enfermo. Al entrar en la casa se presentó un cuadro pintoresco:
—Pax huic domui... Asperges me...
El enfermo estaba un poco incorporado en su estera, estaba comiendo un plato de arroz cocido. La señora, se me adelanta a decir:
—Padrecito, como tenía hambre le hemos dado de comer, tal vez no podrá recibir el Santísimo.
—¡Cómo no, señora! No tiene nada; sabe que a los enfermos no les obliga la ley de ayuno, así que dele un vaso de agua para que enjuague su boca y despeje un poco esta mesita para poner al Señor. La señora arrimó un poco los cachivaches que allí habían, que no eran pocos, aunque ninguno de ningún valor, y en una esquinita pudo extender un mantelito y los corporales. Este fue el altar en aquella casa para Dios: una mesa no muy limpia, al frente un cuadro del Señor crucificado, con un ramito de flores silvestres, bien mustias por cierto; unas cuantas botellas vacías y un plato de arroz a medio terminar. Creo que ni en Belén estuvo el Señor con tanta pobreza, pero es seguro que el Señor estaba contento entre tantos cachivaches. Le administro la Comunión como Viático, les hago a todos unas exhortaciones y regreso a casa.
Han pasado tres días, nuevamente me llaman, hoy con más urgencia, pero felizmente no llovía. Llego a la casa empapado de sudor y me encuentro un grupo de hombres medio borrachos, unas velitas y lamparines encendidos y a la viuda llorando. El niño de dos años estaba libre de sus parásitos, gracias a la medicina que le administré; su hermano de quince años, Alfonso, ya no tenía la cara hinchada a causa de una muela mala, la que le mandé sacar. Pero el pobre hombre estaba muerto; ya nada pude hacer sino rezar un responso y recomendara los presentes que en otro caso no esperen a que el enfermo se esté muriendo para venir a avisarme. Es muy necesaria la presencia del Padre en los últimos momentos de vida para hacer la recomendación del alma.
Así termina esta aventura, un poco triste, pero de lo que debemos dar gracias a Dios, pues este hombre, si en lugar de estar en Orellana hubiera estado en uno cualquiera de los muchos cientos de pueblos del Ucayali donde no hay misionero... En fin, Dios tendrá misericordia de esas pobres gentes, abandonadas material y, sobre todo, espiritualmente. ¡Señor, la mies es mucha... manda más operarios a tu mies!
Carta encíclica del P. Agustín Sépinski, Ministro General, de Orden de frailes Menores
dada el día 29 de noviembre de 1961 con ocasión del IV centenario del piadoso tránsito de San Pedro de Alcántara (1562-1962)
Fr. Agustín Sépinski,
de la Provincia Seráfica de San Pascual de Estrasburgo, Ministro General de toda la Orden de los frailes Menores y humilde siervo en el Señor.
A los PP. Delegados Generales, Ministros Provinciales, Custodios de Régimen, Superiores de las Misiones y a todos los religiosos, monjas, Hermanas y demás miembros de la Tercera Orden de cualquier modo sujetos a nuestro cuidado: Paz, salud y plenitud de todo consuelo en el Espíritu Santo.
Queridísimos hijos e hijas en el Señor:
El día 18 de octubre del año 1562, en Arenas, diócesis de Ávila, en España, exhaló plácidamente su último suspiro San Pedro de Alcántara, insigne promotor de la más pura disciplina en la Orden de los Menores.
Se quiere celebrar el cuarto centenario de su beatísimo tránsito, principalmente en aquellos lugares que tienen su solemnidad: tanto en la Provincia de Castilla de San Gregorio de las Filipinas, donde se guardan sus restos, como en la Provincia Bética donde subsiste el convento llamado comúnmente «El Pedroso». Hemos recibido esta noticia con alegría, y para nuestro regocijo se instituyó en España una comisión religioso-civil para recordar la memoria de tan insigne varón como él se merece.
Muy digno y laudable propósito es, a que con agrado asentimos. Así, pues, como sol que nace en tierras ibéricas, nuestro Pedro esparció los rayos de su luz para obligar a que lleguen a la cumbre de la santidad sus Hermanos de hábito y para mantener firme todo su esfuerzo de restauración religiosa de su siglo, y lo que de ninguna manera hemos de callar es que honró con sus escritos la literatura española.
En verdad, esta celebración encontrará buena acogida en toda la Orden, pues San Pedro promovió la observancia de la Regla y excitó el fervor del espíritu seráfico tan eficazmente que su obra comenzó a florecer como una nueva y fecunda primavera de santidad en la «herencia de la pobreza».
San Pedro, que no queriendo ser tenido por autor de la reforma de los Descalzos, sin embargo, habiendo llevado la reforma fuerte y prudentemente, habiéndola cimentado con sabias leyes, la protegió con la fuerza de su espíritu y con justicia se le reconoce por fundamento de la misma reforma, que por esta causa, al correr de los siglos, se le cambió el nombre por el de reforma Alcantarina. Y con tanta fuerza creció que después dio origen a muchas Provincias muy ejemplares en España, en Portugal, en Italia, en Méjico, en las Indias Orientales, en Filipinas y en el Brasil, donde en todas estas partes Pedro de Alcántara es venerado como Patrón por el Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos del 31 de mayo de 1826.
(Continuará)
Pedro el pescador
(Continuación)
Entró en la iglesia y fue directamente hasta el altar de la Virgen, dejó su cesta en el suelo y después de cerciorarse de que nadie le veía, trepó rápidamente en el altar y sacando del bolsillo de su chaqueta rota los recortes de hostia los puso en la mano de la Virgen.
—Virgen Milagrosa —le decía con su vocecita infantil—. Tú que eres la Madre de Dios y tienes tanto poder, bendice estos trocitos de hostia para que tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, entre en mi corazón.
Bajándose rápidamente del altar, se arrodilló ante la Virgen, no sin antes haber guardado los otros trocitos en su bolsillo, menos uno, que se lo puso en la lengua tragándoselo con suavidad. Después se quedó muy quietecito, muy quietecito, con el rostro entre las manos hablando con nuestro Señor.
Cuando salió de la iglesia el reloj marcaba las once; era casi medio día; no quiso aguardar a Paquito; era muy tarde. Apresurando el paso fue a comprar con sus ganancias la comida para aquel día y bajó al barrio de pescadores. Cuando entró en su casa, iba radiante de alegría; estaba seguro de que la Virgen había bendecido aquellos trocitos de hostia v que llevaba el Señor en su corazón. La sensación de paz y alegría que inundaba su alma se traslucía en sus ojos y en la sonrisa de su boca.
Preparó la comida para cuando viniera su padre; luego, más tranquilo, guardó en un rinconcito de un armario enclavado en la pared los otros trocitos bendecidos por la Virgen. Todos los días cogería uno y se iría con él a comulgar a la iglesia.
Aquel día su padre vino a comer más pronto y Pedro pudo irse a jugar a la
playa; sentándose sobre la arena se entretuvo jugando con sus conchas y caracolas: entre ellas tenía un cartílago de calamar muy grande y brillante. Al mirando a trasluz vio cómo en el fondo del cartílago se dibujaba la forma de una Virgen Milagrosa.
—¡Si es la Virgen! —exclamó con asombro—. No le veo la cara, pero tiene toda la forma »de la imagen de la iglesia. Mañana cuando suba al pueblo compraré una estampa y la pegaré aquí. ¡Qué bonita estará! Parece un altarcito de nácar.
Compró la estampa y con engrudo que él mismo hizo la pegó en el cartílago. Después, con piedrecitas blancas que buscó en la playa, arregló encima de una silla un altarcito, adornándolo con sus conchas y caracolas. Estaba contentísimo y tenía unos deseos locos de enseñárselo a su padre y estaba nervioso e inquieto y se asomó varias veces a la puerta a ver si lo veía venir.
—¿Te ocurre algo, Pedro?—, preguntó la señora Casilda al verle.
—No, no señora; estoy esperando a mi padre.
—Aún es pronto, muchacho. ¿No sabes que está en la taberna tomándose el aperitivo?
Pedrito no contestó; entró en su casa con la cabeza inclinada; se había puesto triste, fue junto al altarcito y poniéndose de rodillas rezó con fervor a la Virgen. De pronto, de un violento empujón, se abrió la puerta.
—¡Pedro, hijo mío, ya estoy aquí!—, gritó su padre.
Pedrito cuando le oyó se quedó perplejo unos instantes.
(Continuará)
Olga Bauzá de Lloréns
Noticias
Gran actividad de la Custodia de Tierra Santa
Gracias a la solidaridad del mundo católico y la comprensión de los Obispos y párrocos que, por medio de los Comisarios, les envían las generosas ofertas de la cristiandad, los 450 misioneros franciscanos esparcidos en Jordania, Israel, Egipto, Siria, Chipre, Líbano y parroquia de Constantinopla, además de atender sus numerosas actividades ordinarias en parroquias, santuarios, colegios de enseñanza media, escuelas parroquiales, orfelinatos, dispensarios y laboratorios, en estos últimos años han realizado también varias obras extraordinarias, de las que señalamos aquí algunas de las principales.
En Nazaret están construyendo la nueva Basílica de la Anunciación, con la esperanza de que a fines de este año se pueda ya celebrar.
En Jerusalén han iniciado los trabajos de consolidación de la Basílica del Santo Sepulcro, obras que durarán muchos años, dividiéndose los gastos entre las tres comunidades copropietarias: Custodia de Tierra Santa, los Griegos y los Armenios ortodoxos.
En Jericó han inaugurado un edificio nuevo para la enseñanza primaria.
En Belén están construyendo un nuevo colegio para la enseñanza primaria y secundaria.
En Emaús han construido un piso sobre el Colegio Seráfico, por haber aumentado el número de los seráficos orientales.
En Jacubie han construido una escuela y un convento para las Hermanas misioneras.
En Gasiane están construyendo otra escuela y convento con el mismo fin.
En Nicosia han construido un nuevo convento en sustitución del viejo, ya muy derruido.
En Kafr Dawar han construido diversos edificios para la nueva misión copta: una escuela, salón-capilla, locales y casa parroquial.
En Harissa han construido un colegio para el reclutamiento de vocaciones religiosas procedentes de Líbano y de Siria.
Y en Roma están construyendo un gran Colegio Seráfico para las vocaciones destinadas a Tierra Santa, por resultar muy pequeño el actual.
Para promover el turismo en Tierra Santa
El Ministro de Asuntos Exteriores jordano ha enviado a la sede de la Liga Árabe material adecuado sobre los Santos Lugares para su publicación en las revistas que editan los centros árabes de información en diversos países. Esta medida ha sido consecuencia de las peticiones que se han recibido de numerosas personas particulares deseosas de conocer el país de Jesús antes de emprender el viaje a Tierra Santa.
Misiones populares franciscanas
El equipo misionero popular de la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón va siendo cada día más requerido. Como prueba damos aquí noticia de algunas de sus actuaciones en este año.
En Arenas de San Pedro (Ávila). — Con motivo de la muerte de San Pedro de Alcántara se dieron unas misiones en todo el arciprestazgo, del 27 de febrero al 4 de marzo, en las que actuaron 35 franciscanos, entre ellos los PP. Salvador Perona y Pablo Ares.
Requena (Valencia).— En el arciprestazgo de esta ciudad se han dado misiones, del 28 de febrero al II de marzo. Y entre los distintos misioneros que han actuado figuran los PP. Bernardino Rubert, Gerardo Boluda, Bernardo Llopis, David Cervera, Buenaventura Oltra y Gabriel Andrés.
Ariza (Zaragoza). — Desde el 18 al 25 de marzo se dieron misiones en dicha ciudad, actuando como misioneros los PP. Bernardino Rubert y Buenaventura Oltra.
Villafranca del Cid (Castellón). — Del 7 al 15 de abril una gran
misión en esta localidad. Entre los misioneros, el P. Bernardino Rubert.
Valladolid. — Durante la Cuaresma se dio una gran misión, en la que tomaron parte los PP. Salvador Perona y Pablo Ares.
Vitoria (Álava). — La gran misión que se proyecta toma cada día más cariz y mayor importancia. Entre los misioneros que han de actuar están los PP. Salvador Perona y Pablo Ares.
Convocatoria del Concilio
Su Santidad Juan XXIII, a últimos del pasado diciembre, firmó el documento papal que convoca el Concilio Ecuménico para este año 1962. Vigorizar la fe, consolidar la unidad y abrir el camino a los hermanos separados serán los objetivos principales del Concilio convocado por el Papa, que firmó la bula de convocatoria con la pluma de oro que «L'Osservatore Romano» le ha regalado en el centenario del periódico.
Un Cardenal franciscano
Entre los diez nuevos cardenales que fueron elevados a la púrpura cardenalicia en un consistorio celebrado en el Vaticano el 19 de marzo del año en curso, figura Mons. Juan Landázuri Ricketts, peruano, Arzobispo de Lima, religioso de la Orden de Frailes Menores. Le felicitamos muy cordialmente como a Hermano nuestro en religión y nos felicitamos.
Noticias de China
Nos han llegado las siguientes informaciones sobre residentes en China:
El P. Andrés Kuo, O. F. M., aún está en la ciudad de Wulii guardando ganados y vive miserablemente. En Hukiachwang reside el sacerdote secular Wang, celebra misa todos los días muy de mañana en un santuario sobre el monte, predica, oye confesiones y dirige preces matutinas y vespertinas, como de costumbre. En el mes de mayo son muchos los peregrinos que acuden al santuario de la Santísima Virgen María de diversas localidades.
Seis cristianos de Hukiachwang aún están encarcelados en la ciudad, entre ellos el hermano del P. Andrés Kuo, O. F. M., por haber escondido en su casa un sacerdote. El P. Bernardo Chao, O.F.M., todavía está en la cárcel. El P. Matías Chao, secular, después de doce años de prisión, habiéndole sacado de la cárcel, habita ahora en Tsinan y ha pedido ropa para vestir a sus parientes.
Hay 8 Padres (2 Padres coreanos fuera de Corea), 3 Hermanos legos profesos y 11 Hermanos terciarios.
Los sacerdotes y la política
La «Semaine Religieuse», de París, ha publicado un comunicado del Cardenal Feltin, en el que se dice textualmente: «En el mundo agitado e inquieto en que estamos actualmente sumergidos, hay grupos, partidos, movimientos, que solicitan a los miembros del clero que participen en sus trabajos o que apoyen sus actividades. También estimamos que debemos recordar a todos nuestros sacerdotes:
1º. Que en sus actividades son, a los ojos de todos, representantes de la Iglesia y que ésta quiere mantenerse al margen y por encima de esas discusiones políticas, económicas y de partidos.
2º. Que tienen, por consiguiente, que abstenerse de asistir a conferencias, reuniones, coloquios, etc., a los que puedan ser invitados; y
3º. Que su misión propia es esencialmente la evangelización de las almas a ellos confiadas, según las directrices pastorales dadas por la Jerarquía.»
¿Restos humanos del paleolítico en Galilea?
Una misión japonesa de arqueólogos que ha emprendido excavaciones en las inmediaciones del lago de Tiiberías para estudiar las condiciones de vida del hombre prehistórico, ha encontrado un esqueleto casi completo que se cree pertenece al hombre Neanderthal. Restos humanos de esta época —antigua edad de piedra, denominada paleolítica, que supone unos 14.000 años antes de Cristo— se han encontrado varias veces en Galilea, aunque ninguno tan perfecto como el actual. De confirmarse la hipótesis de que el esqueleto pertenece al hombre Neanderthal, el hallazgo revistiría gran importancia.