La cruz y la horca
Un chillido agudo, metálico y continuo, que penetra como un venablo al alma, atraviesa la calle. El guardia de tráfico, nervioso,, silba. La circulación se paraliza al instante como un muerto. La nuestra, la de la sangre, parece también que se nos para. Se ve abrir con precipitación ventanas y gentes que corren por la terraza y sirvientas que con la bayeta del polvo se asoman al balcón y oficinistas que, cuartilla en mano, salen a la puerta. En aquel ambiente tenso, entre dos flancos de vehículos, un auto pasa veloz como el fulmine. La policía. Se persigue a un asesino. La sed implacable de la Justicia clama y gime lastimera, como un hombre herido, por boca de la sirena.
En Jerusalén la policía no es tan espectacular como en nuestro Occidente. Es que tampoco puede serlo. Aquí la única estrategia posible, la más convincente, seguirá siendo siempre el silencio, la redada secreta. Hace varios meses se propusieron saber cuántos habitantes tendría la ciudad vieja, la amurallada. No hubo más remedio que dar un toque de queda, como en los días de inseguridad pública. Así, estando todos recogidos en sus casas, pudo pasar la policía y hacer las cuentas, como el pastor al fin de la jornada recuenta sus ovejas en la majada. Jerusalén se presta fantásticamente al escondite. Callejas retorcidas, estrechas, en pendiente y con escalinata, terrazas en vecindad declarada, un cruce perdido en cualquier esquina, pero excelente para el extravío; todo, todo incita pasionalmente al juego, cómo la tentación.
En Jerusalén, como en Roma, como en París, seguirán vegetando siempre gentes de mala vida. Como las cucarachas buscan la cocina o las patatas, como los ratones se pasean a sus anchas por el sótano o por el desván deshabitado, así estas gentes anidan en las grandes ciudades, engordando a sus expensas como parásitos aventajados. Para honor de Jerusalén diré que tal gentuza es rara; mucho más rara que en nuestras urbes de Occidente.
Pena capital
Aquí, como en todas partes, la ley reserva una máxima pena para los mayores crímenes y se aducen también razones de estado, seguridad pública o escarmiento colectivo. Esta máxima suele ser la pena capital o pena de muerte, pese a que hoy muchos, navegando con los tiempos, voceen su crueldad y su injusticia y demanden una pena más benigna, como sería la reclusión perpetua. Pero ya desde la más remota antigüedad el hombre ha sentido esta necesidad de poner un remedio radical, de curar en sano la maldad o la locura de los otros hombres. Y hasta ahora no ha encontrado otro remedio más eficaz que la muerte, ante la que la hiena más sanguinaria o el áspid más venenoso se hacen animales inofensivos y mansos como corderos. La muerte, en efecto, entre los hombres es el olvido más perfecto y la ausencia definitiva. En la muerte el corazón del malvado calla y no volverá a maquinar asechanzas contra los hombres; en la muerte sus manos se agotan y no arderán más en malos deseos; en la muerte sus pies se inmovilizan y no aspiran más el polvo de los caminos.
Cada pueblo ha tenido un modo propio de infligir este máximo castigo. Los egipcios colgaban a sus malhechores cabeza abajo en las murallas; los asirios los empalaban como pértigas; los hebreos los apedreaban, y los hititas los desollaban vivos como nosotros pelamos una patata y con cuyo cuero se hacían excelentes tambores, ruidosos como el mar y resistentes sacos, que sus mujeres llevaban como trofeos de sus maridos a la plaza.
Hoy día sigue existiendo la pena capital, aunque desprovista de su aspecto torturante. El hombre sigue siendo el mayor enemigo del hombre. Privan por el momento la silla eléctrica, la horca, la guillotina y el fusilamiento. En Jordania, de cuyo estado depende Jerusalén (zona árabe), me refieren que la pena capital consiste en la horca por suspensión. El reo capital es subido a un entarimado de falso fondo, donde le es colocada al cuello la soga con el lazo resbaladizo. Un movimiento en el entarimado deja sus pies en el vacío; el reo da el salto trágico y queda danzando macabramente en el aire como un monigote.
El suplicio de Cristo
De la crucifixión no quedan ya rastros. Parece ser que la crucifixión fue introducida entre los judíos hacia el año 70 antes de Cristo. Los romanos la habían tomado de los cartagineses. A la crucifixión precedían dos tormentos: primeramente el reo era flagelado y a continuación llevaba el madero, ante el escarnio público, hasta el lugar del suplicio. La cruz se componía regularmente de dos maderos interpuestos: uno largo y central que era hendido verticalmente en tierra. Podía tener de 4 a 5 metros. El otro, de 1'50 a 2 metros, era llamado el patibulum. Era éste el madero que llevaba el condenado. La crucifixión podía realizarse con clavos o con cuerdas. La de Cristo fue sangrienta: los clavos cosieron como agujas sus manos y pies al madero. Primeramente agujerearon y sujetaron sus manos al patibulum. Una vez inmovilizado fue izado mediante cuerdas al palo central, hendido ya en la roca, y allí fue completado el suplicio, clavando cada uno de sus. pies al tronco central. La agonía de Cristo duró tres horas. Longinos certificó su muerte atravesando su costado con la lanza.
Inmersos en el mar de la vida, Cristo se nos presenta navegando sobre un Gólgota de dos palos. «Para los judíos la cruz es un escándalo; para los gentiles, una locura; para el creyente, un consuelo.» Cristo se hizo pasar por malhechor y se hizo pecado. Como el secante absorbe la tinta, así Cristo se apropió nuestros pecados. La comparación no es digna ni tampoco exacta, porque la tinta ennegrece y ensucia el secante, mientras nuestros pecados dejaron a Cristo tan inmaculado como al principio, como todo el humo de las chimeneas y fábricas no ennegrecerá jamás el cielo azul y resplandeciente. Cristo ofreció al Padre nuestro rescate, pagó nuestra deuda de pecado, por eso El es nuestro Redentor y nuestro Liberador. Con su muerte, Cristo nos trajo la vida con abundancia de fuente. Si grande fue el pecado, mayor fue la gracia, «pues como por la desobediencia de uno (Adán) muchos fueron pecadores, así también por la obediencia de uno (Cristo) muchos serán los justos».
Misterio de la vida y de la muerte
Nosotros no sabemos ni qué es la vida ni qué es la muerte, ni qué el bien ni qué el mal, ni por qué el dolor, el sufrimiento y la pena, ni por qué la alegría y la satisfacción. Somos las olas que el mar eterno de la vida empuja hacia la orilla. Navegamos en noche oscura, sin luna y sin estrellas. Por eso cualquier brillo o resplandor en la noche omnipotente nos fascina y nos atrae, como el imán atrae el metal, como los ojos desorbitados de la serpiente seducen el pajarillo. Diría que somos náufragos de la existencia eterna, navegantes y peregrinos de un mundo desconocido, extraviados y perdidos irremisiblemente en la vida. Pero no, en el horizonte lejano descubrimos una luz que crece y se infla voluminosamente como un globo, hasta convertirse en un foco potente de luz. Las tinieblas huyen y la noche oscura se transforma en día claro. Este foco de luz es la revelación y a su resplandor hemos de ver nosotros las cosas y la vida y sus ojos serán nuestros ojos y sus pensamientos serán los nuestros. La cruz más que ignominia es gloria; más que perdición es salvación; más que muerte es vida.
P. Carlos del Valle

Murillo. La Sagrada Familia del pajarito. [de Pinacoteca]
Protección en el cielo de san José
En «este valle de lágrimas»
buscamos risas y flores:
¿dónde se podrán hallar
esos divinos favores?
En San José, que es del cielo
el mediador y abogado:
de Jesucristo es el padre;
de María, esposo amado.
¿Quieres hallar luz y guía?
¿Deseas fin a tus males?
San José te alcanzará
esos dones celestiales.
¿Podrá Jesús no escucharle?
¿Estará sorda María?
San José lo obtiene todo,
porque en los dos él confía.
Todo cuanto el cuerpo anhele
y el alma apenada quiera
lo alcanzará San José
si acudes con fe sincera.
Vayamos a San José
en nuestras penas y llanto:
el lloro será alegría
y dichas nuestros quebrantos.
Con tan poderosa ayuda
—la de San José glorioso—
el cielo será por siempre
nuestra mansión y reposo.
Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

Florecillas del santo retiro de Chelva
XXII. P. Francisco Sanz Jover: Inquietud constante
Se encontraba el P. Francisco predicando en Villar del Arzobispo. Allí se enteró de la muerte del P. José María Gilabert. Creyó era un deber asistir al entierro de dicho Padre dada la corta distancia a la que se encontraba. El P. Provincial que presidió el entierro, y oyendo las voces de las personas piadosas que le pedían no les abandonara y les mandara otro Padre y Superior para sustituir al fallecido, les dijo con emoción sentida: «Ahí tienen al nuevo Superior y desde hoy morador de este convento chelvano.»
Ese fue el medio providencial del que se sirvió Dios para mandar un sustituto a este convento franciscano. De no haber asistido tal vez el P. Francisco no hubiera sido morador de esta santa casa. La Providencia lo ordenó todo sabiamente para que dicho Padre activo, predicador incesante y constante inquietud en los afanes de salvar almas, fuera Superior y morador de este convento franciscano.
Vino a Chelva cargado de frutos conseguidos en su incesante vida apostólica. Había nacido para predicar. Y toda su actuación religiosa la puso de manifiesto en este santo ejercicio de la predicación.
Le conocí de muy jovencito, cuando estudiando teología en el convento de Cocentaina se hallaba allí de morador y de predicador conventual.
Como era muy sencillo y humilde no desaprovechaba ocasión de ejercitarse en la humildad, postulando de pueblo en pueblo aceite y otras cosas, pero lo hacía también obligado por su tremenda inquietud de ejercitarse en la predicación. En los pueblos que visitaba con ese objetivo siempre solía llamar a la gente a la iglesia y les hacía un sermoncito en el que. después de exhortarles a la virtud, les explicaba el objetivo de su visita al pueblo, que era sobre todo por motivo de postulación.
Cuando vino a Chelva a tomar posesión de la prelacía ya pudieron percatarse de su instinto noble y santo de predicar. Aquí, mientras permaneció varios años como Superior y como conventual, estaba siempre preparado a predicar, a organizar tandas de Ejercicios espirituales a preparar fiestas y más fiestas en las que tenía siempre que dirigir la palabra.
Estando de Superior la primera vez, entre las varias que ejerció ese cargo, como encontró casi todo el convento desmantelado y apenas tenía nada sino solamente lo que pudo hacer su antecesor el P. José María en los escasos meses en que vivió después de la terminación de la guerra, se dedicó de lleno a la total restauración, y hasta escribió una extensa crónica de lo sucedido en el convento de Chelva, contando minuciosamente el martirio y lo que pudo encontrar de testigos fehacientes sobre la vida y detalles del martirio de los Padres asesinados por las hordas rojas. Sobre todo la historia detallada y sucinta de todo lo ocurrido en el convento.
Pero su más tremenda inquietud fue en algo más santo y sagrado. No creo que se haya dado un caso parecido. Después de varios años haber sido ordenado de sacerdote, le entraron escrúpulos de que no estaba ordenado. Sus tremendas inquietudes constantes no pudieron menos de inquietar también al P. Provincial, y para que cesaran sus escrúpulos fue de nuevo ordenado sub condictione a fin de que aquella tremenda inquietud finalizara.
Se hallaba de Superior en el convento de Benigánim. Acababa de celebrar solemnemente las bodas de oro, en las que tomó parte toda la franciscana villa de tanto raigambre franciscano. El mismo P. Provincial Fr. Joaquín Sanchis fue el predicador. Al cabo de unos meses fallecía santamente el bendito P. Francisco en la misma villa, dejando una estela de ejemplaridad y de virtud, como la había extendido constantemente en su prolongada vida, que fue una inquietud constante de apostolado y de edificación.
Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
La hija del soldado
La abuela está sentada junto a la ventana y tiene en su regazo a la nieta semidormida. Declina la tarde. Allá lejos el sol se hunde en la tierra poniendo tintes de fuego sobre la inmensa comba azul del cielo y dorando las hierbas del campo que dobla la brisa del sudoeste.
La abuela fija su mirada serena y triste sobre la cinta de polvo blanco que forma el camino ancho y torcido que une la aldea con la ciudad. Por ese camino se alejó el hijo hace pocos días, encorvado bajo el peso de la mochila, ajustadas las pantorrillas por las polainas y protegida la cabeza por el casco de acero. Ni una sola vez se volvió, y la viejecita le vio marchar lentamente, angustiada, con la respiración en suspenso, deseando que una vez siquiera detuviera el paso y agitara en el aire la mano. ¡Con qué placer besaría ahora esa mano del hijo, ancha, fuerte, que tantas veces le acarició los cabellos canos. Cuando partió le puso en los brazos a la hijita rubia, frágil como una muñeca, y le dijo:
—Sólo tú le quedas en el mundo; cuídala. Si vuelvo de la guerra... —Hizo una pausa y apartó de los ojos maternos su mirada llena de dolor—. Si vuelvo, yo velaré por ella, y si muero, tú serás su sostén, su amparo, su guía.
Sobre los rizos rubios de la nieta caen las lágrimas de la anciana. Ella ha contado los días desde que se fue el hijo y sabe que han pasado ochenta y cuatro; sabe que durante todos ellos han caído muchos soldados en el lejano frente de batalla; sabe que día y noche ruge el cañón y que de continuo acecha la muerte. Por eso llora, por eso sus pensamientos se confunden y le duele el corazón.
El sol se ha hundido del todo; el cielo se ha puesto negro y sobre la tierra oscura se ha borrado la cinta del camino y la hierba dorada. La nieta duerme con la cabeza apoyada sobre el pecho de la abuela. Una mano delgada, que tiene abultados los nudillos de los dedos, se mueve sobre los cabellos de la niña con tanta suavidad, que parece un manojo de plumas empujado por una tenue brisa. La anciana mira la cara de la niña y sonríe con infinita ternura.
* * *
—¡Malena! ¡Malena!
La voz un poco chillona de la abuela se oye en el jardín. La nieta contesta con una gran risa cristalina; se esconde tras un macizo verde y grita:
—¡Aquí estoy, abuela; encuéntrame!
Salta y corre con prodigiosa agilidad; su
risa se oye de pronto a espaldas de la anciana y de pronto a su frente; los zapatitos blancos pisan el césped o se esconden tras los malvones floridos.
—No puedo darte alcance, chiquilla traviesa.
—Corre, abuela; corre. Aquí estoy.
—Si no vienes...
—¿Qué, abuela?
—No leeremos la carta de tu padre.
De un salto Malena se pone junto a la abuela. En alto, la anciana agita dos pliegos llenos de letra menuda, la niña se pone en puntas de pie y alza los bracitos moviendo las manos regordetas.
Ahora Malena está sentada a los pies de la abuela, que lee con lentitud la carta del soldado. Los ojos de la niña se agrandan de asombro; los de la abuela se llenan de lágrimas:
«Pronto llegará Semana Santa; no olvides explicarle a Malena por qué murió Jesús en la Cruz.»
Estas palabras se graban de distinta maneara en los dos cerebros: en uno, con anhelante curiosidad; en otro, con preocupación y temor. Por la noche la niña pregunta:
—¿Lo explicarás ahora, abuelita?
—¡Mañana!
Malena se duerme y la anciana se queda mirando los labios infantiles que de cuando en cuando se mueven como si llamaran al padre ausente. A la noche siguiente se repite la pregunta:
—¿Ahora, abuelita?
Y la misma respuesta sale de la boca desdentada:
—¡Mañana!
Pero una noche la abuela no pudo postergar el relato y comenzó así:
—Jesús había nacido en un pesebre de Belén, donde le adoraron los Reyes Magos...
—Ese fue el Niño Dios.
—Sí, Malena. Cuando fue hombre predicó en Judea su religión de amor y de perdón. Anduvo por los caminos, cubierto con una túnica carmesí, apoyado en un bastón alto y recio, calzando anchas sandalias cuyas correas se incrustaban en su carne dolorida.
—¿Por qué, abuelita?
—Porque sus pies se hinchaban de tanto andar sobre el polvo calentado por el sol. Una vez llegó a la ciudad de Samaría, en Palestina, cansado y sediento; a una mujer que pasó a su lado sin mirarlo, le pidió de beber, y ella, mirándose en los ojos azules y apacibles de Jesús, sintió su corazón inundado de piedad y de amor. Fue hasta el pozo cercano, llenó su cántaro de barro y lo acercó a los labios del sediento.
—Tu agua es fresca y pura, Samaritana; apaga la sed.
Aquellas palabras deshicieron detrás de la frente de la mujer los pensamientos dolorosos que la atormentaban y se sintió feliz. Preguntó:
—¿Quién eres Tú que así me hablas?
—Soy aquel que esperan los tuyos.
—¿El Mesías?
—Tú lo has dicho.
—¿El Salvador? ¿El Ungido?
—¡Sí!
La Samaritana que acercó a los labios de Jesús el cántaro lleno de agua fresca, fue purificada y toda Samaría se arrodilló a los pies del Salvador.
—Entonces, abuela, ¿Jesús era Dios?
—Jesús era Dios... Otra vez se sentó a la mesa con los apóstoles en la última cena de su vida y partió con ellos el pan ázimo que era su cuerpo y les dio a beber el vino que era su sangre. Como uno de los apóstoles no le era fiel, Jesús pronunció estas palabras:
—En verdad os digo, que uno de vosotros me entregará.
Después María Magdalena le lavó los pies con aceites perfumados y los secó con sus cabellos. Terminada la cena, aquel de los discípulos que debía traicionarlo se acercó lentamente y le besó las mejillas. Entonces los esbirros tomaron preso a Jesús. El traidor se llamaba..
—Yo lo sé, abuelita: Judas.
—Judas Iscariote. Comenzó para Jesús su semana de pasión; fue vejado, golpeado, coronado de espinas. Condenado al suplicio, marcha por larga vía de dolor cargado con el madero de su propia crucifixión. No puede con el peso y cae una y otra vez y se levanta urgido por el látigo también una y otra vez. De la multitud que se burla se adelanta un hombre: Simón
de Cirene; se inclina y su mirada se cruza con la del Salvador; parece que éste quisiera decirle: «Tú eres mi hermano». Simón toma un extremo del madero y ayuda a Jesús. La madre de éste, que anda a su lado en todo el camino del martirio, sonríe al cireneo a través de sus lágrimas, porque no tiene otra manera de expresar su agradecimiento. Y la marcha penosa se reanuda.
Todo lo soportó Jesús para redimirnos. Clavado en su cruz de madera recibió lanzazos que abrieron su carne. Devorado por la sed, como a la Samaritana, pidió a los soldados que le dieran de beber; uno de ellos le pasó por los labios resecos una esponja empapada en vinagre. Murió. A los pies de la cruz estaba su madre. Ningún dolor más grande que el dolor de María, la madre de Jesús; ninguna soledad más triste que su soledad; ninguna angustia mayor que la de su corazón; ninguna amargura más potente que la de su alma. Ella vio como agonizaba el Salvador del mundo, cómo su cabeza herida por las espinas se inclinaba moribunda sobre el pecho. ¡Ella le vio morir!
—Abuela, ¿por qué le mataron?
La anciana guardó silencio. Súbitamente, la imagen de Jesús y su dolor se borró de su cerebro y se formó en su lugar la del hijo soldado, que acaso en este preciso instante moría o mataba allá en la trinchera. ¿Por qué se mataban los hombres? ¿Por qué los hombres morían?
La mirada de los inocentes ojos de Malena se quedó fija sobre las manos de la abuela que temblaban. Poco a poco un desconocido temor le fue invadiendo y de pronto, en un grito, preguntó:
—¿Dónde está papá?
La anciana se estremeció porque la pregunta infantil clavó como una espina en su corazón. Tampoco esta vez tuvo respuesta, pero sus manos temblantes ofrecieron las palmas y en ellas se refugió la carita angustiada de Malena. Las manos de la abuela se mojaron en ella. Cuando la niña levantó la cara llorosa, preguntó de nuevo dónde estaba su padre. La anciana respondió:
—En la guerra, luchando por su patria.
—No sé lo que es eso; no lo entiendo: sólo sé que en la guerra se hacen los héroes.
Después de una pausa preguntó:
—¿Mamita también se fue a la guerra?
—No; ella se fue al cielo. Una mañana, tú eras muy pequeñita, bajaron los ángeles para llevársela.
—Entonces, ¿ella está con Jesús?
—Sí.
—¿Y por qué tú y papá la dejasteis partir?
—¡Porque Dios lo quiso!
Malena guardó silencio porque la palabra Dios la intimidaba.
* * *
Metidos en el hoyo dejado por un obús, un grupo de soldados se guarece del incesante fuego de las ametralladoras enemigas. Hace ya una hora que las balas pasan sobre sus cabezas sin descanso; silban como alimaña hambrienta
y un poco más allá se hunden en la tierra húmeda. Acurrucados los soldados esperan que cese la racha para huir; no hablan; se miran uno a otro con un poco de rencor, como si pensaran: «Moriré antes que tú,» Uno de los soldados saca del bolsillo interior de su chaqueta un pliego de papel doblado en cuatro; cuidadosamente lo extiende sobre sus rodillas y lee su contenido moviendo los labios como en un rezo. La letra de la carta es grande y redonda, despareja; los renglones se tuercen hacia abajo y hacia arriba y a veces las letras de uno se confunden con las letras del otro:
...«ya sé por qué Jesús murió en la cruz...»
El soldado dobla de nuevo el pliego de papel; sus dedos manchados de pólvora quemada ponen sumo cuidado en realizar esa operación; luego levanta la cabeza y mira a sus camaradas; los ojos de todos están fijos en sus ojos, fríos, inmóviles. De pronto la voz de un soldado retumba en el hueco estrecho:
—Tú no morirás; debes vivir para tu hija; nosotros quizá nunca más salgamos de este hoyo, pero tú sí; cuando cese de pasar la muerte sobre nuestras cabezas; cuando las ametralladoras enemigas se cansen de disparar, el hambre no nos habrá dejado fuerzas para salir a la superficie.
Hace una pausa y luego continúa lentamente:
—Toma mi pan; toma el pan de todos nosotros. Conserva tus fuerzas.
Tiende el brazo y alcanza un pequeño trozo de pan negro que ha sacado de su mochila. El padre de Malena no lo toma; entonces el soldado que habló se lo arroja sobre las rodillas; los demás camaradas hacen lo mismo.
—Para salir del hoyo —continúa el soldado— sube sobre nuestras espaldas y echa a correr, bien agachado sobre la tierra, como si escarbaras en ella con tus uñas para arrancar un fruto. ¡Huye! ¡Sálvate! ¡Vive!
El padre de Malena toma un trozo de pan entre sus dedos y lo arroja blandamente al soldado que habla; luego, a cada camarada, devuelve su pan.
—Todos o ninguno—, dice.
De nuevo extrae la carta de la hija y esta vez la lee en alta voz. Lo camaradas escuchan: ...«ya sé por qué Jesús murió en la cruz...» Arriba continúan silbando las balas sin cesar. El sol aparece detrás de una nube y un rayo de luz cae sobre la carta de Malena que su padre tiene extendida sobre las rodillas. Los ojos de casi todos los soldados encerrados en aquel agujero de la tierra están llenos de lágrimas. En sus cerebros resuenan las palabras que imperfectamente trazó la mano infantil de Malena. Ellos ven la escena. Dentro del cono de luz que lanza la pantalla suspendida del techo, la cabeza blanca de la abuela y la cabeza rubia de la niña se inclinan sobre la mesa familiar; la manita nerviosa empuña el lápiz; sobre la hoja del papel blanco se van fijando las letras desiguales; la anciana lee a medida que la nieta escribe; la cabeza ensortijada se levanta y la abuela pone sus labios sobre los rizos de oro. La manita escribe de nuevo y de nuevo la abuela lee:
...«ya sé por qué Jesús murió en la cruz...»
Atilio D. Piano
P. Fernando Fabregat Morales, ofm
Falleció de vejez, sin dolor ni angustia alguna confortado con los Santos Sacramentos, a los ochenta y cinco años de edad, en nuestro convento de San Lorenzo, de Valencia, a las once horas del día 9 de febrero del año actual.
Nació en Benisa (Alicante) el 10 de mayo de 1878; vistió el hábito de San Francisco el 14 de mayo de 1893; hizo sus votos religiosos un año después y se ordenó presbítero el 21 de septiembre de 1901.
Su vida sacerdotal, referida en pocas palabras, transcurrió como sigue: Después de algún tiempo de enseñanza en nuestro Colegio de Onteniente y Coristado de Pego, fue Superior de Azul (Provincia de Buenos Aires, Argertina), Guardián de los conventos de San Lorenzo, de Valencia y de la Sagrada Familia, de Pego; Definidor Provincial y Director de las Asociaciones Antonianas de Valencia, a las que dio gran empuje, dotándolas de salón de actos y residencia de verano.
Hizo decorar las paredes de la iglesia de San Lorenzo, arreglar la capilla de la Comunión.
Dotado de la sensibilidad y ciencia competentes, se dedicó, a la vez, al alumbramiento de aguas, llegando a ser famoso por sus grandes éxitos en esta especialidad.
Unos diez años antes de morir perdió el habla a causa de un ataque cerebral, achaque que sobrellevó con admirable resignación cristiana.
De carácter comunicativo y jovial, conservó el buen humor hasta la muerte.
Los que le conocimos y todos nuestros lectores tengámosle presente en nuestras oraciones.
Hno Graciano Salvador
El día 26 de enero entregó su alma a Dios en el convento de Santo Espíritu del Monte, el Hermano Graciano Salvador, Terciario profeso de la Seráfica Provincia de Valencia, a los ochenta y cinco años de edad y Cincuenta y dos de religión.
Casi toda su vida religiosa estuvo en el convento de Segorbe como hortelano y limosnero y suplente en la cocina, sacristía y portería.
Entre sus virtudes brillaron principalmente la obediencia, la pobreza y la caridad franciscanas. R. I. P. A.
Natillas franciscanas
Bendición e inauguración de un seminario franciscano
El día 6 de febrero del año actual, el P. Ministro General Agustín Sépinski, O. F. M., acompañado de los PP. Definidores generales Joaquín Sanchis, de la Seráfica Provincia de Valencia, y Antonino de Guglichno, de la Provincia franciscana de la Inmaculada Concepción en los Estados Unidos de América del Norte, marchó a las Islas Filipinas a bendecir e inaugurar un Seminario franciscano interprovincial en Novaliches. Aprovechando esta ocasión visitó y confortó con su paternal bendición a los misioneros franciscanos en Hong-Kong, Taiwan y Tokio.
Delegación general en Oriente
Por Decreto del Padre Ministro General, O. F. M., del 12 de diciembre de 1962, ha sido nombrado Delegado general para las misiones franciscanas en los territorios de Taiwan (Formosa), Hcng-Kong, Macao y Singapur (Malaca) el P. Rodolfo Reiily, de la Seráfica Provincia del Santísimo Nombre de Jesús en S. F. A. S., al cual se le han dado como Consejeros o Definidores al P. Ludovico Negro, de la Provincia del Piamonte de San Buenaventura, en la actualidad Superior del distrito misionero de Taoyuan, en Taiwan, y al P. Teobaldo Diederich, de la Provincia franciscana de la Santa Cruz de Sajonia, en la actualidad Vicario, Discreto y Viceprefecto en el Estudio Bíblico de Hong-Kong.
Contribución a las Misiones Franciscanas
El año 1962 marcharon a las Misiones de nuestra Orden, Custodios de Régimen, Comisariados provinciales y Fundaciones, 104 religiosos, O. F. M., de los cuales 89 sacerdotes y 15 Hermanos legos.
Según su nacionalidad, eran: españoles, 28, de ellos 2 de la Seráfica Provincia de Valencia; italianos, 17; americanos (Norte), 14; alemanes, 10; canadienses, 8; irlandeses, 6; portugueses, 6; australianos, 4; Belgas, 3; franceses, 3; holandeses, 3; ingleses, 1, y de Malta, 1.
Marcharon: 65 a América, 17 a África, 14 a Asia, 7 a Oceanía y 1 a Europa, a Grecia.
Dos Misiones Populares
De gran éxito misional puede calificarse la Misión que los PP. Salvador Perona, Bernardo Llopis y Luis Giner, de la Seráfica Provincia de Valencia, dieron en Chelva (Valencia) del 31 de enero al 10 de febrero del año en curso, ya que obtuvieron numerosa concurrencia a todos los actos y copioso fruto espiritual. El «Perdón» y la «Ofrenda de flores de las madres a la Virgen» fueron muy emocionantes. Una enorme cruz de 13'5 metros de alta y 1200 kilos de peso, llevada a hombros de hombres en impresionante procesión penitencial al cerro del castillo, donde fue erigida, perpetuará la grata memoria de esta Misión.
Idéntico resultado obtuvieron los PP. Bernardo Llopis, Salvador Perona y Buenaventura Oltra en la Misión que dieron en Gata de Gorgos, pueblo de la provincia de Alicante, durante la segunda quincena de febrero de 1963. Nuestra enhorabuena y aliento a estos incansables misioneros.
Semana Bíblica en Taipei
Los Padres del Estudio Bíblico Franciscano de Hong-Kong celebraron en la isla de Taiwan (Formosa) una Semana Bíblica, del 3 al 10 de febrero de 1963, para divulgar el conocimiento de la Sagrada Escritura, principalmente entre los chinos.
Placa conmemorativa en Jerusalén a un ilustre franciscano argentino
El 11 de noviembre de 1962 fue bendecida por el P. Lino Cappielle, Custodio de Tierra Santa, una placa conmemorativa de la permanencia en Jerusalén de Fr. Mamerto Esquiú, ilustre prelado franciscano y prócer argentino del pasado siglo, que sirvió a la Custodia de Tierra Santa, en calidad de misionero, durante año y medio. Al acto asistió una nutrida concurrencia y tomaron la palabra para ensalzar la figura de Fr. Mamerto Esquiú, el P. Lino Cappiello, Custodio de Tierra Santa; el P. Salvador Fernández, representante oficial del Gobierno argentino para este acto; D. Carlos M. de Orense, Cónsul general de España en Jerusalén, y el P. Bernardo Ventrice.
En torno al Concilio
Crítica a los ortodoxos griegos
El profesor Hamílcar Alivisatos, profesor de Teología en Atenas y Vicepresidente del Comité común de la Iglesia y el Estado, y que está preparando una constitución de la Iglesia ortodoxa griega, ha afirmado en una carta publicada en un periódico ateniense, que «el hecho de haber rehusado las Iglesias ortodoxas, y en especial la griega, haber enviado observadores al Concilio Vaticano constituye una falta histórica inexcusable. Mientras, la ortodoxia rusa ha cambiado de táctica.
Esto debería haberse previsto y, según ya lo había yo solicitado al principio, el patriarca ecuménico y la Iglesia de Grecia deberían haber mandado sus observadores a tiempo. Ahora es demasiado tarde.»
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