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Textos del P. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm. Guía religiosa del Colegial. Todos los días se comienza con la oración preparatoria que figura aquí. Luego sigue una meditación y un ejemplo, propio de cada día. Y se vuelve aquí para la oración final, el responsorio y la oración.

El P. Joaquín Sanchis fue Rector del colegio de Onteniente, Ministro Provincial y Definidor General.

ORACIÓN PREPARATORIA

¡Dios de bondad y de amor, que muestras tu poder perdonando y tu grandeza derramando tus bienes sobre los miserables! Agradecidos a los inmerecidos favores que de tu largueza hemos recibido, y particularmente a la inestimable merced de habernos dado por guía y protector al glorioso San Antonio, a quien llenaste de los carismas y dones más extraordinarios y de un corazón misericordioso para todos los necesitados, venimos a alabarte y a honrar la memoria del gran Taumaturgo, publicando su santidad y poder, e imitando sus virtudes. Purifica, Señor, nuestro corazón y nuestros labios, como purificaste los labios del profeta Isaías, a fin de que sepamos dirigirte alabanzas dignas de tu Nombre y glorificar, como es justo, a nuestro patrón San Antonio. Por sus méritos, y muy particularmente por los de tu Inmaculada Madre, acepta este devoto ejercicio y despacha favorablemente nuestras súplicas, multiplicando con ello los motivos de nuestra eterna gratitud a tus misericordias. Amen.

Visión de san Antonio de Padua. La Virgen le entrega el NiñoDía 1. La protección de San Antonio a los colegiales.

Día 2. El deber del estudio.

Día 3. La virtud de la pureza.

Día 4. La lucha por la vida eterna.

Día 5. Jesucristo, tu ideal

Día 6. La pérdida del Niño-Dios

Día 7. Apostolado.

Día 8. El problema misional.

Día 9. Las obras de misericordia.

ORACIÓN FINAL

¡Oh glorioso San Antonio!, bendita prole de España, pavor de los infieles y nueva luz de Italia; atiende a la devoción de este Colegio, que hoy te honra, agradecido, con este devoto ejercicio. Gloria y honor sean dados a la Santísima Trinidad por habernos proporcionado guía tan diestro en la virtud. Nuestras infidelidades a tus santas inspiraciones nos contristan; pero no nos abaten ni quitan la confianza en tu protección.

 Con esta confianza pedimos con insistencia te acuerdes de este Colegio y lo conduzcas siempre de tu sabia y diestra mano. Ilustra las mentes de los estudiantes con las luces que irradia tu espíritu. Fortalece su voluntad de estudio, a imitación de la que tuviste tú en vida. Cuida en sus almas el lirio de la pureza. Sostenlas contra las tentaciones con la fuerza con que dominas las potestades tenebrosas del infierno. Enardécelas en el amor de Jesús, a quien llevas en tus, brazos. Infúndeles tus ardores apostólicos, que conviertan a estos tus devotos colegiales en valientes soldados de Cristo Rey. 

Haz, en fin, que broten en su espíritu las virtudes todas, y en particular aquel amor que sientes por los pobres y desvalidos; para que, encauzados en el Colegio por el ideal cristiano de la vida, no se aparten nunca de las enseñanzas aquí aprendidas. Extiende también, poderoso Taumaturgo, tu protección sobre todos los que dirigen, viven y trabajan en el Colegio, y sobre sus bienhechores. Haz que, siguiendo tus ejemplos de santidad, podamos todos alabar un día contigo en la gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

RESPONSORIO

Si buscas milagros, mira:
muerte y error desterrados, 
miseria y demonio huidos, 
leprosos y enfermos sanos.

El mar sosiega su ira, 
redímense encarcelados, 
miembros y bienes perdidos 
recobran mozos y ancianos.

  El peligro se retira, 
los pobres van remediados, 
cuéntenlo los socorridos, 
díganlo los paduanos.

El mar sosiega su ira...

Gloria al Padre, 
Gloria al Hijo, 
Gloria al Espíritu Santo.

El mar sosiega su ira...

V/Ruega a Cristo por nosotros, Antonio glorioso y santo,
R/Para que dignos así de sus promesas seamos.

OREMOS

Oh Dios, te suplicamos que regocijes a tu Iglesia con la solemne festividad de tu confesor San Antonio, para que, defendida siempre con los espirituales auxilios, merezca gozar los deleites sempiternos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 

Día 1º. La protección de San Antonio a los colegiales.

MEDITACIÓN

I. San Antonio es venerado como patrón de las juventudes. Si su corazón piadoso se abre con particular cariño a todos los jóvenes, ¿con que ojos de piedad mirará a la juventud que se educa en una Casa franciscana? He aquí por que los Superiores del Colegio, ya desde sus primeros años, pensaron colocar bajo la protección del Santo franciscano a los alumnos.

Y ¿cuál es la misión confiada a San Antonio en este Colegio? Una de las imágenes más repetida en su iconografía lo representa gráficamente. El santo paduano conduce a unos jóvenes y los presenta a María. Antonio, pues, simboliza en su persona la misión educadora y docente del Colegio. Nadie con mejor derecho que el a representar a sus hermanos de hábito que constituyen el cuadro del Colegio. Fue el, en efecto, el primer profesor y maestro de jóvenes estudiantes que tuvo la Orden franciscana. Si Antonio es, pues, símbolo del profesorado, su misión es la de encauzar el espíritu de la juventud que aquí se educa, en la ciencia y en la virtud, a fin de que la Virgen Inmaculada se complazca al contemplar a los colegiales a Ella consagrados.

Cuántas gracias debemos al Señor por este singular favor, y con qué muestras de devoción debiéramos corresponder a los desvelos del Santo! No seamos ingratos, y tributemos a nuestro protector el honor que se merece.

II. El mejor medio de honrar a San Antonio consiste en imitar sus virtudes. Dice San Agustín que alabar a los santos y no imitarles es adularles falazmente. Para que nuestra devoción a San Antonio no sea adulación, debe fundarse, por tanto, en la imitación de sus preclaros ejemplos de santa vida. Y porque intentamos que esta novena sea agradable al cielo, proponemos convertir estos días en otras tantas jornadas de ejercicios prácticos de aquellas virtudes de que el glorioso Taumaturgo da particular ejemplo a la juventud, y que vienen escritas con escritura gráfica en los símbolos que suelen adornar sus devotas imágenes.

Robustezcamos en este, primer día del novenario nuestra voluntad de seguir con denuedo las enseñanzas de aquel santo que nos quiere conducir de la mano hacia la cima de nuestros santos ideales, nuestra resolución de caminar por los senderos de la virtud. No hay tarea que mayor atención merezca, que la de subir por las sendas de la ascesis, la de superarse, la de alcanzar las cumbres del más elevado plano de vida en que pueden soñar los hombres, que es el de los valores éticos y sobrenaturales.  Joven que sueñas en hazañas de relieve, no te entretengas tanto en cosas que no van ni vienen, que en muchísimos casos son vanidad, y en otros no más que un montón de basura.  Ama y busca las cosas de eterno valor, lo que no pasa ni caduca. Sólo esto merece ser objeto de tu ambición.

Visión de san Antonio de PaduaEJEMPLO

En la vida de San Antonio llama poderosamente la atención el cariño que el Santo profeso a los niños y a los jóvenes Cuando ejercía su apostólico ministerio por las provincias de Francia e Italia, es fama que siempre iba precedido de multitud de inocentes niños, que, con ramos de olivo en las manos, entonaban alegres y religiosos cánticos. Consta también que, apenas la bendita alma de Antonio se separó de su cuerpo, numerosos grupos de niños paduanos, movidos de celestial impulso, recorrieron las calles y plazas de la ciudad, gritando: "¡Murió el santo! ¡Ha muerto San Antonio!"

Con este cariño de Antonio hacia la edad bulliciosa de la niñez y juventud van a la par los milagros que obro en su favor.  Baste aducir que el primer signo taumatúrgico de su vida pública fue a favor de un joven. Predicaba a la sazón el Santo en el templo de San Eusebio de Vercelli, y vio atravesar la iglesia una comitiva fúnebre, que llevaba a enterrar a un joven; y tanta compasión inspiro aquella triste escena a nuestro santo orador, que elevó una fervorosa plegaria al Cielo por el pobre difunto, terminada la cual rogó a los acompañantes del cadáver, que detuvieran la marcha.  Luego bajo del púlpito, y dirigiéndose al muerto, le llamo por su nombre, mandándole que se levantase.   Al sonido de su voz, se irguió el cadáver vuelto a la vida, y rompiendo las vendas que sujetaban sus miembros, se echó en brazos de sus parientes lleno de vida y salud, colmándolos de alegría.

Si tal compasión inspiró a Antonio la muerte temporal de aquel joven, ¿cuánto más hará por los jóvenes que ve en peligro de la muerte eterna?

ORACIÓN

Oh Dios!, que enriqueciste el corazón de tu siervo Antonio con una ternísima compasión hacia todos los desgraciados, despierta en nuestras almas una gran confianza en la protección de tu gran Taumaturgo, y confirma nuestra decisión de ser fieles discípulos de quien nos has dado por maestro y guía, a fin de que, conducidos de su mano, podamos ser objeto de las complacencias de nuestra Madre Inmaculada y dignos de entrar un día en tu reino. Amén.

Tres Padrenuestros para impetrar del Señor, por intercesión de San Antonio, la gracia. particular que se intenta alcanzar en esta novena.

Oración final, responsorio...

Día 2º. El deber del estudio

MEDITACIÓN

I. La imagen de San Antonio suele mostrar un libro, símbolo de la divina sabiduría que enriqueció el alma del Santo. Al colegial le dice algo más ese símbolo. Es como el programa de su trabajo, de la tarea que debe llenar su vida de estudiante. La ley del trabajo es ley general. Si en el Paraíso tenía la misión de procurar el desarrollo y perfección de las facultades humanas, después del pecado lleva, además, el carácter de castigo: "Con el sudor de tu frente comerás tu pan" (Gen. 3, 19). El niño comienza a entrar ya en esa ley general del trabajo. Su tarea no rinde momentáneamente su fruto. Es tarea de siembra. Pero por eso mismo, encierra una importancia que sólo se da a conocer cuando llega, el tiempo de la cosecha. Con el grano que queda ahogado, no se pierde un grano, sino una espiga. Así también con el minuto mal empleado no se disipa un minuto, sino todo el rendimiento del minuto en el tiempo y... en la eternidad. ¿Quién sabe lo que Dios tiene deparado de cada uno de, los alumnos que en estos instantes se ocupan en estos santos pensamientos? El porvenir es un secreto para todos. Pero lo que no es, secreto es que, donde no se siembra, no puede cosecharse; y que los designios de Dios sobre las almas se estrellan con frecuencia en la desidia humana. Colegial, que nunca escuches este reproche de labios de Dios.

II. El tiempo tiene rendimiento de eternidad. El hombre, en efecto, no ha nacido tan solo para ser un profesional eminente, sino para que, por ese medio, dé a Dios gloria en vida y merezca después el premio eterno.

Mide, pues, colegial, tu responsabilidad, el valor del tiempo que la Providencia coloca en tus manos, como un caudal del que tienes que beneficiarte. No pierdas tesoro tan precioso, del que depende tu porvenir eterno. ¿Qué es un minuto dentro de los 1.440 que componen un día?. Una; parte insignificante, como un grano en la siembra. Pero lo que durante el mismo sembrares en ideas nuevas y en resoluciones santas, saldrá  un día, multiplicado, a luz. De los niños que supieron apreciar, esos minutos, salieron siempre los hombres, del mañana, los que supieron encauzar su vida con sentido de eternidad. De los que olvidaron que debían sembrar continuamente, salieron los que prestaron al diablo el asidero del ocio y se pusieron en peligro -de perderse para siempre. No estés nunca con las manos cruzadas, para no dar lugar a que el diablo se aproveche de la tierra preparada de tu alma virgen, y siembre en ella su simiente, la cizaña de malos pensamientos, intenciones perversas, fatiga de obrar el bien, pasiones desordenadas. Pídete todos los días cuenta de cómo has aprovechado el tiempo. Considera como un don del cielo la oportunidad que tienes de educarte científica, moral y religiosamente en el Colegio, oportunidad de la que tantos otros, los más, carecen. No estés contento de tu esfuerzo, mientras el juicio mensual de tus maestros, de los forjadores de tu alma, no sea laudable.

San Antonio de Padua. Juan Valdés LealEJEMPLO

San Antonio fue, desde sus tiernos años, modelo de buenos estudiantes. Todavía muy niño, fue enviado a la escuela de la Catedral dé Lisboa, donde, a más de la instrucción primaria, estudió la gramática, la retórica y la dialéctica, es decir, las materias de lo que entonces constituían la Enseñanza media.

A los quince años de edad, vistió el hábito dé los canónigos regulares de San Agustín en el monasterio de San Vicente. Luego pasó de Lisboa al convento de Santa Cruz de Coimbra, principal centro científico de Portugal en aquel tiempo. Allí se dedicó con afán indecible al estudio de la Sagrada Teología, dejando mudos de asombro a sus maestros al ver lo extraordinario de sus progresos en el conocimiento de las ciencias divinas y lo prodigioso de su memoria, en la que retuvo, según se dice, toda la Biblia y los principales pasajes de los libros de los Santos Padres, sin que nunca más se le olvidaran.

Campo tan bien abonado dio magníficos y óptimos frutos. Sus contemporáneos, admirados de la sutileza y seguro tiento de su doctrina en la defensa de la ortodoxia, le llamaban «Martillo de los herejes». El celebre Maestro Tomás Gallo, abad de Vercelli, le denominó en una de sus obras «Lámpara ardiente y luminosa».  El Cardenal Guido Monfort le tenía por «Padre de la ciencia». El Pontífice Gregorio IX, asombrado de sus conocimientos en las divinas Escrituras, le apellidó «Arca del Testamento». El mismo Seráfico Patriarca ­¡magnífico testimonio!- extendió el año 1223, a favor de Antonio, el nombramiento de Lector y Maestro en Sagrada Teología -el primero de la Orden-, oficio que ejerció en Bolonia, donde a la sazón florecían los más esclarecidos ingenios. Y en nuestros días han sido reconocidos sus méritos como maestro de la Ciencia divina, al ser declarado por S. S. Pío XII en 16 de enero de 1946 «Doctor de la Iglesia universal». ¡Cuán sazonados frutos en tan pocos años como vivió! Todo porque la infancia y juventud fueron tiempo de rica siembra.

ORACIÓN

¡Oh Dios, autor de toda luz y principio de toda sabiduría y de la ciencia verdadera! Tú que esclareciste el espíritu del bienaventurado Antonio con los rayos de tu Esencia, ilumina nuestras mentes con la verdad, y haz que aprovechemos los talentos de que nos has dotado, a fin de que, empleándolos para gloria tuya en este mundo, logremos un día
gozar de la visión de la Luz verdadera, Jesucristo, Hijo tuyo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Oración final, responsorio...

Día 3º. La virtud de la pureza

MEDITACION

San Antonio de Padua. El GrecoI. El Patrón de las juventudes antonianas ofrece a sus  deyotos el lirio inmarcesible de la frescura de su alma, de la pureza, estimulando a todos solazarse en sus divinos aromas. He aquí la lección que en este día debemos aprender de San Antonio.

La pureza es la diafanidad del alma. Ella pone el espíritu humano en condiciones de que, los rayos divinos le penetren y envuelvan. Es, dice San Francisco de Sales, «el lirio de. las virtudes». Y como el lirio ábrese para recoger en su cáliz el rocío del cielo, así el alma pura está siempre abierta a las influencias celestiales. 

«Dios -escribe San Buenaventura- creó al hombre recto», es decir, con el rostro vuelto a lo alto; pero el pecado le encorvó, obligándole a mirar al suelo. La pureza es la virtud que nos devuelve la primitiva rectitud, el mirar arriba, el tener el, rostro vuelto al cielo. Por eso, si el pecado feo rebaja al hombre al nivel de los brutos, la pureza le asemeja a los ángeles. ¿A qué número quieres pertenecer tú, joven, al de los que empujan su cuerpo hacia las alturas, o al de los que arrastran su alma hacia las profundidades del vicio?

II. El joven siente atractivo hacia la pureza; admira su belleza; le fascina: el candor de unos ojos inocentes. Como si le recordasen el tesoro de inocencia que un día poseyó y ahora añora. También tú, colegial, posees este sentido cristiano. Sé que te atrae el ideal de la pureza, y quieres ser del número de aquellos jóvenes de mirada clara, de aspecto franco, de actitud enérgica y de ágil impulso, que están dispuestos a escalar el firmamento, a conquistar las altas cumbres de una moral sin tacha. Levanta, pues, tu rostro a las alturas. Con decisión y empuje, con optimismo alegré, con coraje santo, penacho al viento, emprende la carrera de tu vida, sofocando los intentos del hombre bajo que se esconde en los rincones de tu alma y se solaza arrastrándote hacia las bajezas del lodazal de las pasiones. No des entrada en tu corazón a sus rastreros intentos. No escuches tampoco la voz falaz, como de sirena, de un mundo vestido de oropel, pero que esconde la inmundicia del vicio bajo tan rico atuendo. Huye de los amigos que encarnan el rastrero ideal de ese mundo corruptor. Ríete de sus halagos, de sus engañosas promesas, de sus diversiones, que acaban en tedio, en hastío, en pecado y en muerte eterna. Aspira a las alegrías sanas de un santo y ordenado vivir, que incuba ya la alegría indeficiente de la Patria. Lucha por conquistarla. No cejes un momento en tu intento. Tu vida debe ser carrera de triunfo, camino de inmortalidad, conquista de una tierra de promisión, que te ha de dar la Generosidad divina, pero que has de ganarte también tú con la fuerza de tu brazo.

EJEMPLO

Dicen los biógrafos de San Antonio, que la pureza fue en él como una segunda naturaleza. Vino al mundo sellado ya por Dios; y por eso, antes de los seis años de edad, hizo voto de consagrar a Dios su virginidad. En su juventud, fue retrato acabado de un ángel en carne humana. Por eso el diablo, no pudiendo sufrir el dominio que aquel joven tenía sobre sus pasiones y la tranquilidad de que gozaba su alma pura  y candorosa, como fiera que acecha su presa, se le apareció un día en forma corpórea, mientras el adolescente subía la escalera del coro de la Catedral. El inocente mancebo, sin perder la serenidad. de su espíritu, hizo entonces con un dedo una cruz sobre la pared. El duro mármol cedió a la blanda presión del dedo de Antonio, y el enemigo malo huyó despavorido ante la señal de la Redención. Todavía hoy se muestra a los fieles esta cruz milagrosa, protegida por una verja. ¡Qué modelo tan perfecto para nuestra juventud! Y ¡cómo defenderá la pureza de sus patrocinados el que, con tanta facilidad ahuyentó al enemigo infernal y se burló de sus asechanzas!

ORACIÓN

Oh Dios, nuestro auxilio y protección, ven en ayuda de nuestra miseria y por la pureza admirable de tu bienaventurado confesor San Antonio, concédenos la gracia de que florezca nuestra carne y nuestro corazón con el vigor de la pureza y por la hermosura de la castidad. Devuélvenos lo que por el primer pecado perdimos, purificando con el
fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas; así lograremos servirte con casto cuerpo y agradarte por la limpieza del corazón. Por Cristo Señor nuestro. Amén.

Oración final, responsorio...

Día 4º. La lucha por la vida eterna

MEDITACIÓN

I. En el reverso de la medalla antoniana se halla inscrita la Bendición del Santo, que reza así: «He aquí la Cruz del Señor; huid, enemigos de la salvación. Venció el León de la tribu de Judá, la raíz de David. Aleluya». Junto al lirio, la cruz, espada del luchador, del que pelea por la vida eterna. Y es que la virtud no puede anidar en el alma, si ésta no lucha decidida contra los ardides del demonio.

"¡Es suerte trágica la de ser hombre! Ser hombre significa: amar el bien, y, no obstante, sentirse atraído por el mal. Ser hombre significa hacer nobles propósitos en medio de un entusiasmo ardoroso, y sentirse débil cuando se trata de cumplirlos. Ser hombre significa encaminarse hacia Dios, y quedar preso con frecuencia en medio del fango" (T. Toht.- Creo en Dios. Madrid 1939 pág 282). El hombre que quiere conservar su dignidad, necesita por lo mismo estar continuamente en pie de guerra. Ya dijo Job que «la vida del hombre sobre la tierra es milicia» (Job, 7, 1). Milicia contra las bajas inclinaciones; milicia contra las seducciones del ambiente; milicia contra las malas artes de Satanás. «No es sólo nuestra lucha, dice el Apóstol, contra la carne y la sangre, sino también contra los príncipes y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos que pueblan los aires» (Eph., 6, 17). Y Satanás toma como principales aliados e instrumentos a la carne y al mundo. No durmamos, pues. El cristiano debe estar siempre en pie de guerra; armado con las armas de los sacramentos, de la oración y de la mortificación. 

II. ¡La mortificación! Es palabra que creen muchos exclusiva de los claustros. Y, sin embargo, San Pablo la recomienda, a todos los cristianos, cuando escribe: «Mortificad vuestros cuerpos» (Col.,'' 35). Luego también tú debes tomar parte en esta mística procesión de «flagelantes», en este escuadrón de «cruzados». Mortifícate, aceptando las cruces con que tropiezas a cada paso: las inclemencias del tiempo, el malestar corporal, el trato con compañeros antipáticos. Mortifícate, sometiendo tu cuerpo y tu alma a la «disciplina» del cumplimiento exacto del deber: en el estudio, en las clases, en los. recreos, guardando el silencio y la compostura debida en los actos de Colegio, observando con minuciosidad todas las prescripciones del Reglamento. Mortifícate, apagando en tus labios toda palabra de queja: quejas de la comida poco sabrosa, de una reprensión que te parece injusta, de una orden desagradable. Mortifícate, privándote de una diversión lícita, prestando un favor, atendiendo a quien ves sufrir, renunciando de tu derecho por no herir a un compañero. Mortifícate también echando mano de esas mortificaciones corporales voluntarias que parecen pequeñeces, pero que dicen mucho al Señor, que lee la buena voluntad. Este ejercicio de la mortificación te enseñará a tener a raya tus pasiones, y con ello quitarás a Satanás el principal asidero que posee para penetrar en tu alma.

San Antonio de Padua. Escultura de Alonso Cano. MurciaEJEMPLO

Aunque Antonio era un ángel en carne humana, no dejó olvidados los medios que los, maestros de espíritu prescriben para ahuyentar los peligros de la tentación; y, así trató. su cuerpo con más rigor que haya podido hacerlo el mayor pecador arrepentido de la enormidad de sus culpas.

Su poder sobre el demonio era grande en vida, y ha seguido siendo igual o mayor desde que reina con Cristo en los cielos, realizándolo muy particularmente por medio de la llamada Bendición de San Antonio. Tiene ésta su origen en el siguiente relato histórico:

Una mujer se veía muy angustiada por el demonio, quien le sugería la idea de que, para merecer el, perdón de sus pecados, era necesario se arrojase al río. Cayó en la tentación y se dirigió al agua; mas entrando antes en una iglesia de franciscanos, se postró ante la imagen de San Antonio, pidiendo la salvación de su alma. Quedó dormida, y en sueños le pareció que el Santo la disuadía de su mal propósito, entregándole un papel que contenía el texto de la bendición antes reproducido. Le ordenó el Santo que llevase siempre consigo este papel; y al despertar, lo halló suspendido de su cuello, quedando al instante libre de la tentación.

Empleemos los medios que empleó San Antonio, y valgámonos del celestial remedio de su bendición, para ahuyentar al tentador y permanecer fieles a Cristo-Rey.

ORACIÓN

Oh Dios, que conoces la flaqueza de tus siervos, robustece nuestra voluntad en el bien, y debilita con la influencia de tu gracia el furor de las malas pasiones; y por el poder que concediste a tu siervo San Antonio contra los ardides del demonio, haz que sintamos su protección en nuestras luchas contra el poder de las tinieblas. Por Cristo Señor nuestro. Amén.

Oración final, responsorio...

Día 5º. Jesucristo, tu ideal

MEDITACIÓN

I. San Antonio es el Santo del Niño Jesús. Le lleva en sus brazos. ¿Simplemente para gozar de él? No. Si nos fijamos en la imagen que preside nuestro altar, notaremos que Antonio está en actitud de ofrecernos al Niño que posa en sus brazos. Más todavía. Jesús parece como que quiera escaparse del regazo de su amado Santo, en ansias de llegarse a sus queridos colegiales.

San Antonio de Padua. Jesús conocido, amado y vivido: he aquí el ideal de todo cristiano; he aquí el único ideal capaz de arrebatar en pos de sí al alma joven. Como en sus días mortales, Jesús se llega todavía hoy a los hombres, sus hermanos„ se llega cada día a ti. Contémplale. Lleva sobre sus hombros la cruz, y te invita con amabilidad a que le sigas. ¿Quién pudo jamás verle sin sentir el influjo fascinador de su mirada? Corre, pues, también tú en pos de El.

Su camino, en verdad, no es nada halagüeño. «Si alguien quiere venir en pos de Mí, dice El, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mat., 16, 24). Pero tú sientes vibrar juventud en tus venas y quieres transformar tu vida en epopeya.

Te exige sacrificios. «No es el discípulo más que su maestro» (Mat., 10, 24). Pero tú aspiras a lo heroico, y no te amedrentan las dificultades.

Su programa no admite titubeos ni medias tintas. «El que no renuncia a todo no puede ser mi discípulo» (Lc., 14, 33). Pero también tú odias las transacciones y abominas de las defecciones y de la falta de carácter.

Dile, pues, con franqueza y generosidad: «Heme aquí, Dios mío, dispuesto a cumplir tu voluntad.» Jura de nuevo su bandera, y promete seguirle con fidelidad hasta alcanzar la corona que El te señala: la vida eterna.

II. ¡Jesús conocido, amado y vivido! ¡Divisa sugestiva! Jesús conocido... Estudia a tu divino Modelo y Preceptor: lee y medita el evangelio; que sean sus divinas lecciones el objeto de tu meditación diaria. Jesús amado... Ámale con pasión, con delirio, con voluntad decidida al sacrificio, anteponiendo su querer a tus caprichos, el deber a la veleidad de tus gustos. Jesús vivido... Vive verdaderamente a Cristo, cuidando de retratarle en tus pensamientos, en tus palabras, en tus gestos, en tus obras, y no consintiendo que le arranquen de tu alma las olas tempestuosas del alborotado mar de la vida. He aquí una vida que merece ser vivida; un ideal, que merece ser él tuyo.

EJEMPLO

La imagen de San Antonio con el Niño en brazos tiene su fundamento histórico en la siguiente visión, que ha inmortalizado Murillo.

Se ospedaba el Santo una noche en casa del conde Tisso III de Camposampietro, conocido en las historias por el sobrenombre de El Borghese, en Padua, y notó éste que por las rendijas del cuarto salían rayos de extraordinaria luz. Corrió el caballero hacia el aposento con santa curiosidad, y vio al Santo abrazado a un preciosísimo niño -el Niño Jesús-, que dulcemente le acariciaba. Quedó Tisso sorprendido de admiración, advirtiendo los tiernos besos que el Santo daba al Niño y el dulce embeleso en que estaba absorto Antonio.

Vuelto el Santo del éxtasis, salió de su cuarto y se fue al amigo, dándole a entender que sabía bien había observado la aparición, y le suplicó con grande insistencia que callase; y, en efecto, calló mientras duró, la vida del Santo; pero después de su muerte, El Borghese la publicó, en honor de su amigo; y siempre. que se le preguntaba, la refería con tantas lágrimas que mostraba bien el efecto que en él había causado tal vista. Para Antonio, Jesús lo era todo; así como Antonio era todo de Jesús. ¡Qué dulce reciprocidad de afectos! Y tanto, que no fue ésta la única vez que Antonio gozo de la admirable visión del Niño-Dios. Imitemos, aquellos ardores.

ORACIÓN

Oh Señor Jesucristo, Luz viva e indeficiente, que envolviste de luminosos resplandores a tu confesor Antonio y le regalaste con tus dulces caricias; deja sentir a nuestras almas una partecilla de los ardores de caridad de tu Santo, y concédenos como premio de nuestro amor gozar un día de tus divinos abrazos en la gloria. Amén.

Oración final, responsorio...

Día 6º. La pérdida del Niño Dios

MEDITACIÓN

I. El Niño que ofrece San Antonio desde su imagen a los colegiales, nos da otra, enseñanza no menos divina. El Santo paduano es invocado como protector de los que encomiendan a su cuidado el hallazgo de las cosas perdidas. Verdaderamente la caridad de Antonio se demuestra constantemente devolviendo a sus devotos lo que perdieron. Pero no hay hallazgo más consolador para nuestro Santo, ni don que devuelva con más gusto, que el Niño Jesús, perdido con frecuencia por el pecado, y cuya restitución El ofrece continuamente a las almas.

San Antonio de Padua con San Francisco de Asís y otro santoRecuerda, colegial, que por el bautismo quedaste convertido en templo de Dios. El pecado mortal es un monstruo de ferocidad tal, que, después de profanar ese templo y arrojar de él a su natural Señor, erige allí mismo un trono al diablo. ¡Oh, qué tragedia tan horrible se desarrolla con ello en el alma! ¡Perder a Dios! La Virgen perdió un día la presencia corporal de su divino Hijo, y le fue buscando con lágrimas a mares hasta encontrarle. Tú le pierdes, y de una forma más triste y, a pesar de todo, ríes, y te diviertes, y comes, y duermes, como si nada infausto hubiese acontecido. ¡Qué incongruencias! Y ¿seguirás obrando tan locamente? Y ¿contemplarás aún impávido el caos que en tu alma introduce el pecado? Y ¿te atreverás a hacer migas con este monstruo de iniquidad? No, Dios mío. No permitas tal desgracia en tu siervo. «Alumbra mis ojos, para que no duerman el sueño de la muerte. Que nunca se gloríe el infernal enemigo de haber prevalecido contra mí» (Ps.; 12, 4).

II. San Antonio, con el Niño en los brazos, me enseña a apreciar el don de la gracia divina. En consecuencia, mi propósito de hoy será: Si alguna vez tengo la desgracia de perder a Jesús por el pecado, no descansaré hasta que vuelva a encontrarle. Mi consigna: ¡Nunca en enemistad con Dios! Mi decisión inquebrantable: No me acostaré noche alguna en conciencia de pecado mortal. Y caso de no tener proporción de confesarme, procuraré con todas mis fuerzas hacer un acto de contrición perfecta, con la resolución de llegarme cuanto antes al tribunal de la penitencia.

EJEMPLO

Morando San Antonio en Montpeller, admitió a un joven en la Orden. No pudiendo el novicio vencer la inclinación al mundo, se decidió a abandonar el hábito. No se atrevía a despedirse de su Santo Superior, por lo que pensó escaparse del convento. Así lo realizó; pero antes, movido tal vez de santa avaricia, pasó por la celda de Fray Antonio, y le tomó una obra que a la sazón estaba escribiendo sobre los Salmos, y se la llevó consigo. Al volver el Santo, notó con grande extrañeza la falta de su manuscrito. Fácilmente se comprende el sentimiento que debía producirle en su alma de escritor la pérdida del fruto de sus vigilias y meditaciones. Acudió el Santo a la oración, como solía, y con filial confianza suplicó al Señor tuviese a bien devolverle el libro, cuya composición había emprendido por su causa, y cuyas páginas El mismo le había inspirado.

No tardó en ser oído. En efecto, al pasar el novicio fugitivo un río, le detúvo. un espectro o visión, amenazándole con la muerte si no devolvía al punto el robado manuscrito. Aterrado por el miedo, desanduvo el camino, penetró en el convento, y, echándose a los pies del Santo, le restituyó su tesoro, pidiéndole le perdonase. El milagro fue doble: Antonio recuperó el libro desaparecido, y el novicio halló la gracia divina. Este último hallazgo es el que más alegró el corazón de Antonio y el que más alegra aun hoy día al «Abogado de las cosas perdidas». No le niegues, devoto colegial, esa grata satisfacción a tu protector.

ORACIÓN

Oh Dios, que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, multiplica tus misericordias sobre nosotros; y por la intercesión de tu siervo San Antonio, haznos aborrecer de tal manera el pecado, que huyamos de él como de la mayor desgracia. Y si alguna vez tuviera alguno de estos tus hijos la desgracia de pecar, atráele entonces fuertemente hacia Ti, no dejando en paz su conciencia hasta que vuelva al abrazo de tu misericordia por la penitencia saludable. Amén.

Oración final, responsorio...

Día 7º. Apostolado.

MEDITACIÓN

1. La imagen de San Antonio ofreciéndonos el Niño Jesús, es también símbolo del verdadero apostolado. El apostolado consiste, efectivamente, en dar a Jesús a las almas. Y si Jesús se desprende de los brazos de Antonio para entregarse a nosotros, es no sólo porque quiere prender en nuestros pechos su fuego, sino también para que irradiemos su. luz y calor.

El Señor necesita de apóstoles. ¿Quién no se prestará a satisfacer esta necesidad dé Dios? Son muchas las almas que hay que rescatar, y no bastan las manos de los sacerdotes para llevarlas al redil de los elegidos. ¿Quién de vosotros, colegiales, no se ofrecerá a ayudarlas, para que consigan lo que nosotros poseemos sin mérito propio?

San Antonio predicando a los Peces

El campo de apostolado es vastísimo. A cada apóstol el Señor le ha señalado una parcela determinada. Son las circunstancias las, que limitan esa parcela, las que definen el propio campo. No sueñes, pues, joven colegial, en apostolados fuera de tu alcance. Piensa en aquello que tú puedes hacer, en las posibilidades que la Providencia pone en tus manos, y ante ese cuadro determinado y concreto, oye la voz de Dios que implora tu ayuda en pro de la extensión de su reino, en el gran negocio de la salvación de las almas. Si entre tus amigos o conocidos sabes que hay alguna «oveja extraviada», forma tu plan de ataque, y no cejes en su asedio, hasta ganarle el corazón para ofrecérselo luego a Cristo, hasta devolverla al aprisco. Hay almas hermosas que serían ornamento de la corona de Cristo, si le conocieran. Proponte revelarles las secretas bellezas que desconocen, internarlas en los misterios del reino Dios, pegarles tu espíritu de santo proselitismo.

II. Este apostolado particular no agota tus recursos, ni explota toda tu fecundidad. Si la acción individual no va enrolada en un plan general, si a tu apostolado falta la «acción concertada», será menguado su rendimiento, y, en ocasiones, hasta perjudicial. El joven católico no puede andar «solitario» y luchar por su cuenta y con método de guerrillas,
cuando el enemigo, poderoso, astuto y taimado, lucha cha con las mejores armas modernas. De todas formas, tu actividad multiplicará su rendimiento, si viene encuadrada en un amplio marco. Ahí están las Juventudes de Acción Católica; ahí las Ordenes Terceras; ahí las Congregaciones, y, en general, todas las Instituciones religiosas que necesitan de la sangre hirviente del joven, esperando tu nombre. No tardes en darlo. Tus actos acrecentarán entonces su valor, y también su mérito, puesto que harás tuyos los méritos de la Asociación a que pertenezcas.

III. Pero si quieres irradiar a Cristo, es preciso que estés lleno de Cristo. Lleno de su vida; empapado de su doctrina; revestido de sus virtudes. El apóstol es como un instrumento en manos de Dios. Sin unión con Dios, no hay obra de apostolado. Cristo lo ha dicho: «Sin Mí, nada podéis hacer» (Jo., 15, 5).

El primer grado de unión lo constituye el estado de gracia, la ausencia de pecado mortal. Mas esto es para un joven fervoroso bien poca cosa. Esa unión debe intimarse y robustecerse por medio de la vida de oración.

Donde no existe vida de oración, resulta infecundo todo apostolado. Por eso dice un moderno escritor: «Un apóstol es un cáliz lleno, hasta los bordes, de Jesús, que, al desbordar, da ese Jesús a las almas.» Y añade: «Ante todo, pues, y sobre todo, gran vida interior. Y si dices que no tienes tiempo para orar mucho, pues entonces déjate de. apostolado, y en vez de cultivar almas, riega tu huerto, y así perderás menos tiempo y te expondrás a menos peligros" (P. Mateo. Jesús, rey de amor. Madrid, p 268)

No seas tú de los que renuncian, asustados, a empresa tan hermosa. Tu alma, que hierve por nobles ideales, no puede encontrar otro más alto que la conquista de almas. Entra ya desde hoy en esa falange de elegidos, ensanchando la base de tu «divina operación» por una vida de unión con Cristo. Pide a tu padre espiritual un plan de vida, y sométete a el. Entonces comprenderás cuán fecunda en alegrías internas y en resultados apostólicos es la vida interior. `

EJEMPLO

La virtud culminante de San Antonio fue el celo apostólico. Su intensidad sólo podríamos medirla descendiendo a la divina- fragua donde se alimentaba, sorprendiendo el incendio interior de su pecho abrasado en un amor inmenso a Dios y al prójimo. De ese amor brotaban aquellos ardores apostólicos a que daba rienda por medio de la predicación. Y en una ocasión en que la malicia de los hombres no le permitió desahogar su celo, se vió precisado y forzado a hacerlo ante la muda naturaleza.

Sucedió esto en Rímini, ciudad del Adriático, y asiento entonces de los herejes valdenses. No pudiendo estos estorbar que Antonio predicase allí, dieron a todos los vecinos la consigna de que nadie acudiese a oírle. De esta suerte, haciendo el vacío a su alrededor, y empleando la conspiración del silencio, lograrían, por fin, que se marchase.

Lleno de la mayor desolación, a causa de la obstinación de aquellos herejes, se levantó cierta mañana Antonio, y después de haber celebrado el santo sacrificio de la Misa en la iglesia desierta, se dirigió por inspiración divina a orillas del mar, junto a la desembocadura del río Marechia, y llamó, en nombre de Dios, a los seres que los habitaban, diciendo: "¡Peces del río, peces del mar, escuchadme! A vosotros voy a dirigiros la palabra, ya que estos pérfidos dos herejes no quieren escucharla".
Apenas hubo pronunciado estas últimas palabras, las aguas del mar y del río,-antes tranquilas, se conmovieron "instantáneamente, y por entre sus azuladas ondas comenzaron a asomarse, en variedad indefinida, multitud de peces, los cuales, colocándose por orden, delante los pequeños y detrás los más grandes, escucharon atónitos la encantadora plática del Santo Taumaturgo; y cual si fueran capaces de comprender su significado, meneaban las cabecitas, dando signos de escucharle con admiración y gusto.

Entretanto, se había reunido en la playa un inmenso gentío, lleno de asombro ante tan extraño acontecimiento. Entonces se volvió el Santo a los pertinaces herejes y les exhortó a que, siguiendo siquiera el ejemplo de los mudos habitantes del mar, hicieran reverencia a su Dios. Sus palabras tuvieron esta vez el deseado efecto: Rímini entró por el buen camino, y los efectos de la misión fueron asombrosos.

ORACIÓN

Oh Dios, que encendiste el corazón de Antonio con tales ardores de caridad que desbordaron en llamas de apostólico celo; rompe la dureza de nuestros corazones y derrite su frialdad; a fin de que, sintiendo los efectos de tu amor, se vean obligados a comunicar ese amor a los pobres mortales que no te conocen. Señor, concédenos la dicha de formar parte en el ejército de los que luchan por lograr conquistas para tu Nombre. Amén.

Oración final, responsorio...

Día 8º. El problema misional

MEDITACIÓN

1. Los artistas representan a menudo a San Antonio rodeado de algunos niños paganos. Esta imagen hace alusión a los entusiasmos misionales del Santo y a la protección que desde el cielo dispensa a los misioneros. Para nosotros es, a la vez, una lección y un estímulo.

El joven que al inclinarse sobre el mapa mundi no lee en él más que nombres de naciones, de montañas, de ríos, etc., no vive en su plenitud el programa de vida cristiano. El que, al fijar sus ojos en el Crucifijo no ve más que un Dios que padeció un día por la humanidad, no tiene el verdadero concepto de Cristo. ¿Qué hemos de hallar, pues -diréis-, en el mapa y en el Crucifijo?

En el Crucifijo... unas llagas divinas todavía sangrantes ; un corazón que palpita por hacer llegar su Sangre redentora a los mortales; un alma sedienta de conquistas, pero cuyas ansias se apagan al tropezar con la frialdad de los hombres; la Sangre de un Dios, en fin, que, después de dos milenios que brota del manantial abierto por la lanza de Longinos, todavía no ha logrado purificar y vivificar más que una pequeña porción de la tierra, ya que la mayor parte de ella continúa envuelta en las tinieblas del error y del pecado.

San Antonio de Padua. Francisco de Goya. San Antonio de la Florida.

El que así sabe mirar al Crucifijo, sabe también, al abrir el mapa, leer conceptos que al profano pasan inadvertidos. Aquí siente magníficas esperanzas; allá, duelos sin precedentes, tal o cual gobierno que pone diques a la extensión del reino de Dios; tal otro país, donde el reino de Cristo progresa. En resumen, halla un mundo que en su mayoría no conoce todavía a su Rey, ni tiene idea de lo que a ese Rey divino costó su rescate, ni de los afanes de Cristo por salvarlo. Los datos, en verdad, son abrumadores. Asia, con sus 44 millones de kilómetros cuadrados, donde vive más de la mitad de la humanidad, no tiene ningún país católico. Tampoco África, con sus 30 millones. Ni Australia, con sus nueve millones. Y en Europa y América, donde se conoce a Cristo, la mitad de sus habitantes no tienen concepto del Cristo verdadero; es decir, no pertenecen a, la Iglesia Católica. Más de media humanidad -y esto es verdaderamente imponente- está sumida en el paganismo. Y de la mitad restante todavía hay casi un tercio de judíos o mahometanos; y otro de herejes o cismáticos. Sólo la tercera parte que resta, está bautizada en católico. ¿Qué cristiano puede permanecer indiferente ante cuadro tan desolador?

II. Impresiona el pensarlo. Pero conviene que lo recordemos. Hay más de 1.600 millones de almas que se pierden, por no encontrar quien les lleve la luz, porque no hay quien pueda servir de canal que desde el costado de Cristo conduzca hasta ellas la Sangre redentora. Dios mío, y ¿permaneceré insensible ante cifras tan aterradoras, y sordo a los gemidos de tantas multitudes de infelices, e impasible a las ansias de mi Rey crucificado? El Profeta, al escuchar los tanteos del Altísimo en busca de un celador y promulgador de su ley, se levanta con decisión y dice: «¡Heme aquí, envíame!» ¿Por qué no ha de ser también ésta mi respuesta? ¡Heme aquí, Dios mío; envíame! ¡Quiero llevar tu luz a los gentiles; tu Sangre redentora a "las almas!

Joven, los caminos de la vida están todavía abiertos ante ti. ¿Serías capaz de consagrarte al servicio exclusivo de la causa de Cristo Rey? Y aunque no te sientas llamado a misión tan alta, atrévete, sin embargo, a decir también: ¡Heme aquí, Dios mío; envíame! Quiero ser misionero, al menos ayudando con la palabra, con la oración, con la limosna, con mis flacas fuerzas, a aquellos a quienes Tú sellas con el signo indeleble de la santa inquietud por salvar almas.

No es esto, querido colegial, ninguna hipérbole, ni metáfora. No hay cristiano que no tenga el santo deber de sentir el problema misional, así como no hay cristiano que no deba sentir con Cristo. Tú, que por tus juveniles años percibes más fuertemente el aleteo de nobles ideales, lo comprenderás, sin duda, mejor. Resta que procedas en consonancia con tu convicción.

EJEMPLO

El año 1219, y cuando contaba Antonio veinticuatro años de edad, llegaron a Coimbra, para embarcar rumbo a Marruecos, cinco religiosos franciscanos, enviados por el seráfico Padre San Francisco a misionar a los musulmanes. Providencialmente se hospedaron en el monasterio de canónigos regulares de Santa Cruz, donde a la sazón residía nuestro Santo. El trato con aquellos penitentes y apostólicos varones le edificó tanto, que, cuando dejaron el monasterio para proseguir su viaje, con ellos se fué también el corazón de nuestro fervoroso joven, encendido en anhelos de ser testigo de la fe, de derramar su sangre por Cristo, de convertir a la verdad a, los engañados secuaces de Mahoma.

En estos santos deseos se consumía su alma, cuando llegaron a su noticia las nuevas de sus gloriosos martirios, y recogidos después de grandes fatigas y pesquisas los cuerpos de los santos mártires por piadosos cristianos, fueron trasladados solemnemente a Coimbra y depositados en el monasterio de los Canónigos regulares de Santa Cruz. Los deseos del canónigo regular se convirtieron entonces en decisión firme de vestir el hábito franciscano, a fin de poder ir también a tierra de infieles y dar su vida por Cristo.
No era aquél un paso fácil. Hubo de romper muchos lazos de nobles y santos afectos. Pero la resolución era irrevocable. Así que el año 1220 pudo ya nuestro Santo llamarse Fray Antonio, y a fines del mismo año recibía la orden de trasladarse con otro Hermano a Marruecos.

Los ardores de Fray Antonio iban creciendo a medida que la nave le acercaba a las playas musulmanas. Allí, empero, aguardaba un recio golpe a sus entusiasmos misioneros. Apenas pisó la tierra africana, le postró en el lecho del dolor una grave enfermedad, que vino a demostrar no ser la voluntad del Señor que consumara el sacrificio de su vida en manos de los infieles, sino que tornase a Europa para convertir a los pecadores, enfervorizar a los tibios y edificar a los más perfectos. El joven franciscano aceptó resignado aquel fracaso, convirtiéndolo en triunfo de la causa pie Dios, y volvió a embarcar rumbo a su patria. 

Una fuerte tempestad se encargó de encaminar el bajel hacia las costas de Sicilia, preparando así el camino que la Providencia señalaba a sus conquistas. Antonio fue así misionero de hecho, por haber logrado publicar el nombre de Cristo, aunque desde el lecho en que estaba postrado, en tierras de infieles; pero sobre todo misionero de corazón, por los anhelos que acarició en su joven alma, de iluminar a las gentes. envueltas en las sombras del error y de fecundar con su sangre aquellos países de infieles.

ORACIÓN

Oh Dios, que quieres se salven todos los hombres v conozcan la verdad; infunde en nuestras almas los ardores misioneros que abrigaba el encendido corazón de San Antonio; a fin de que, impulsados por el afán de la extensión de tu reino y sintiendo verdadera sed de almas, pongamos todas nuestras fuerzas a contribución de la conquista del mundo para tu Nombre; y así tu verdad se difunda y sea glorificada, y en todo lugar de la tierra te sea sacrificada la Oblación pura, y todos los pueblos te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro. Que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Oración final, responsorio...

Día 9º. Las obras de misericordia

MEDITACIÓN

1. Una última lección vamos a aprender en nuestro glorioso patrón: su amor a los pobres. Pregónalo a voces la «obra del pan de San Antonio». Los artistas la han hecho popular al representar al Santo Paduano alargando a un pobre su limosna de pan.

Al partir Jesús de este mundo, se quedó entre nosotros, sacramentado. Pero también de una manera mística: en persona de los pobres y desgraciados. Por eso dijo: «Cuanto hiciereis a uno de éstos, a Mí me lo hicisteis».

Los desvalidos de este mundo son los que más al vivo retratan su figura. El Profeta le llamó, en efecto, varón de dolores. Y más que su figura, su vida. ¿Qué niño no tiene al menos un pobre lecho para nacer? Pues Jesús no tuvo más que un pesebre. Durante sus años de apostolado pudo afirmar: «Las raposas tiene guarida, y las aves del cielo nido ; mas el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza» (Mat., 8, 20). Y como nació, así murió: en la indigencia de una cruz por lecho.

San Antonio de Padua. México Nada extraño, pues, que en la sentencia que se dictará , en el juicio final, sólo se mencionen las obras de misericordia: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui peregrino, y me hospedasteis; enfermo, y me visitasteis; encarcelado, y vinisteis a verme» (Mat 25, 35). En estas obras de misericordia quiere encerrar el Señor, «toda la Ley y los Profetas». ¿Por qué? Porque en el pobre y desgraciado está místicamente personificado el propio Jesús. De ahí la sentencia del Espíritu Santo: «Aguarda un juicio sin misericordia, al que no usó de misericordia» (Santiago 2, 13)- Pero «la misericordia sobrepuja al juicio». Aplícate estas verdades, comenzando ya ahora a asegurarte la benevolencia del justo juez en el día de la cuenta.

II. Dios es tan providente, que ha dispuesto que el rico se salve por el pobre, así como el pobre salva su vida temporal por el rico. Hay un banco de la vida eterna, donde se pueden con seguridad depositar valores; con la particularidad de que los valores temporales se transforman allí en valores eternos. Ese banco está en las manos de los pobres.

Cuán prudentemente obra el que pone a buen recaudo sus bienes, favoreciendo a los desgraciados! Acostúmbrate ya tú, colegial, a granjearte amigos en los pobres, a constituir caudales seguros. Tenlo a gran honra y dicha poderte privar de un capricho para socorrer a un desdichado; rebajarte a prestar un servicio a un indigente; ayudar al desvalido; decir una palabra de consuelo al triste. Mira que el carácter se forja en la niñez. Si ahora cobras afición a hacer bien al necesitado, cuando tengas tu posición independiente sabrás cumplir tu deber de misericordia. Mas si ahora cierras tu corazón ante el indigente, el día de mañana no lo abrirás a remediar las necesidades. Hoy no podrás hacer grandes obras de misericordia; pero sí puedes ser muy misericordioso; y con ello caer ya bajo aquella bendición del Señor: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». (Mat., 5, 7).

EJEMPLO

En Marzo de 1890, una piadosa señora de Tolón, dueña de una modesta tienda de lienzos situada en la calle de Lafayette, al abrir su almacén observó que había perdido la llave. Llamado el cerrajero, probó éste cuantas llaves maestras tenía en su taller, y no logrando su objeto, trató de descerrajar la puerta; mas la señora Luisa Bouffier, que así se llamaba la dueña del establecimiento, acordándose en aquel instante de San Antonio de Padua, se sintió movida a ofrecerle una limosna de pan en favor de los pobres si se abría el almacén sin arrancar la cerradura.

--Aguarde usted, maestro -dijo-. Acabó de ofrecer una limosna a los pobres, si San Antonio hace un milagro; pruebe usted de nuevo cualquiera de las llaves que acaba de usar.

Lo hizo así, y la primera llave que introdujo, abrió la puerta, sin ofrecer la más pequeña resistencia.

Grande fue la sorpresa y la gratitud de la piadosa señora Bouffier, y no menos la admiración de las personas que presenciaron el suceso; tanto, que algunos días después eran ya muchas las qué acudían a San Antonio. en sus necesidades, ofreciendo limosnas de pan, y que, cumplidos sus deseos, se empleaban en la obra de misericordia de dar de comer al hambriento.

Una amiga de la señora Bouffier, testigo de los primeros milagros, hizo promesa de dar un kilogramo de pan diario durante toda su vida, si lograba que cierta persona de su familia abandonase un vicio que desde antiguo le esclavizaba. A poco, la gracia fue concedida, el vicio desapareció, y la señora, además de comenzar a cumplir puntualmente su promesa, compró una estatua de San Antonio y se la regaló a la señora Bouffier para que la colocase en un cuartito de la trastienda, convertido en improvisado oratorio.

A contar desde ese día, fueron innumerables las gentes que comenzaron a acudir a aquel rinconcito a pagar al Santo los favores y gracias recibidos. Algún tiempo después, ascendía a medio millón de francos el importe de pan que la señora Bouffier repartía mensualmente a los pobres. Pronto se estableció esta obra en las Iglesias, con los cepillos del pan de San Antonio. Y hoy día son innumerables los pobres que se ven socorridos en todo, el mundo gracias a la compasión del Santo Paduano. Es que nuestro Santo ha querido proseguir en el cielo la labor comenzada acá abajo. Fue en la tierra padre de pobres, y en el cielo, ha continuado ejerciendo su misericordia. ¡Qué estímulo para nosotros!

ORACIÓN

¡Oh glorioso Taumaturgo y amable protector nuestro San Antonio! En este día en que el Colegio se reviste de esplendores para publicar la devoción que por Ti siente, levantamos nuestras voces suplicantes, pidiéndote como fruto de este novenario con que hemos pretendido honrarte, lleves cuenta de nuestras almas, plantando en ellas la semilla de las virtudes que hemos admirado en la tuya, y cuidando de su desarrollo y crecimiento. Puesto que tanto celo tuviste por la salvación de las almas, no Te olvides de las nuestras. Que siguiendo tus santos ejemplos y copiando en nuestra vida aquella caridad que sentías por los menesterosos, logremos escuchar un día de labios del justo Juez aquella sentencia de favor: «Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino de los cielos». Amén.

Oración final, responsorio...