Índice del número 82

Abril de 1927. Año 8º. Director: Fr. Francisco Lloréns, ofm

Nuevo Académico valenciano

Con el corazón rebosante de alegría y la pluma temblando de emoción escribimos estas cuartillas. Nuestro muy amado Superior Provincial, Fr. Luis Fullana Mira, fue nombrado el 10 de Marzo, por unanimidad v sin contrincante, académico de la Lengua en representación del habla valenciana. ¿Quién con más títulos y mayores méritos que él para desempeñar este honroso cargo? No por esperada la noticia nos causó menor satisfacción su nombramiento que tan sólo ha sido el reconocimiento de su valía, de sus estudios filológicos, de su labor perseverante por la depuración del habla valenciana tan corrompida.

Luis FullanaValencia exteriorizó su alegría al tener noticia oficial de la elección de su nuevo académico. Todas las autoridades, presidentes de sociedades culturales y muchos particulares han desfilado por el Convento de Padres Franciscanos de San Lorenzo, para testimoniar su admiración y felicitar al humilde y sabio religioso que, por sus propios méritos y por su perseverancia indomable en el estudio, ha escalado el sillón de los «inmortales». Pero Valencia debe hacer más. Precisa tributar un homenaje sencillo, pero cariñoso, al que tanto la ha enaltecido, al que ha gastado las energías físicas v morales de su vida en abrillantar la gloria más pura de Valencia, que es su lengua, ya que el idioma vernáculo es el medio que sirve para comunicar los afectos del alma y exteriorizar los sentimientos del corazón. ¡Y nuestro pueblo sabe tan bien exteriorizarlos en la vigorosa lengua regional! Esperamos, pues, que el Ayuntamiento de la capital, Lo Rat-Penat, el Centro de Cultura Valenciana, la Academia Valenciana del Centro Escolar y Mercantil u otra entidad análoga, tomen la iniciativa que lanzamos y salde Valencia y su región la deuda contraída con el benemérito y popular Padre Fullana. ¿Qué menos podemos hacer, hoy que tantos homenajes se tributan?

Su pueblo natal, Benimarfull, rotuló hace ya algunos años la mejor de sus calles con el nombre del P. Luis Fullana y va ahora, con motivo de su nombramiento académico, a colocar una lápida conmemorativa en la humilde casa donde nació el docto religioso. También el Ayuntamiento de Concentaina le nombró en 1920 «hijo predilecto» en agradecimiento por haber escrito la «Historia de la Villa y Condado de Concentaina».

Sirvan estos datos de estímulo a Valencia, como capital del antiguo reino y en nombre de éste, para rendir el homenaje a que en justicia se ha hecho acreedor uno de sus más ilustres hijos.

Aún a trueque de herir la natural modestia de nuestro digno P. Provincial y sólo para que los lectores tengan idea de la vida y de la labor cultural que ha realizado el nuevo académico en el campo de las letras valencianas, damos a continuación sus principales rasgos biográficos.

El Padre Luis Fullana nació, como hemos dicho, en Benimarfull (Alicante) el 5 de Enero de 1871. Hizo sus primeros estudios en la escuela de su pueblo, y en 28 de Enero de 1888 ingresó en el Colegio de Benisa, recién entonces abierto por los Padres Franciscanos para el fomento de vocaciones religiosas. Allí estudió Humanidades. Sintiendo en su alma la gracia de la vocación que le llamaba al estado religioso pasó al Convento de Santo Espíritu del Monte, ingresando en el Noviciado en 26 de Mayo de 1889 y profesando al año siguiente. Cursó con brillantez los estudios de Filosofía y Teología, recibiendo el orden del Presbiterado el 19 de Septiembre de 1896.

Durante quince años fue profesor de Lenguas (latín, francés, inglés e italiano) en el Colegio de la Concepción de Onteniente, dirigido por los Padres Franciscanos, hasta que en Agosto de 1905, reconociendo la Seráfica Provincia de Valencia las dotes de gobierno del P. Fullana, lo eligió primero Definidor Provincial; un año más tarde, Vicario Provincial; y en 1.° de Agosto de 1907, Ministro Provincial, asistiendo como vocal al Capítulo general que celebró la Orden en Roma.

En 1913 fue nombrado Guardián del Convento de Valencia; en 1915, otra vez Definidor; y en 24 de Octubre de 1924 fue nuevamente elegido Ministro Provincial, importante cargo que desempeña actualmente para honor y prez de nuestra Provincia Seráfica.

La historia y la filología le son deudoras de numerosas obras, estudios y artículos periodísticos.

Recordamos los siguientes:

Es colaborador del «Diccionari de la Llengua Catalana» que dirige el Institut d' Estudis Cataláns y académico de la Nova Academia de la Llengua Catalana, y lleva entre manos una «Historia de los virreyes de Valencia», «La historia de Onteniente» y otros numerosos trabajos.

La sola labor de tantos años de dirigir la cátedra de Llengua valenciana en nuestra Universidad Literaria, son méritos sobrados para el galardón que tan justamente se le ha otorgado.

Lástima que esta hermosa labor no se imprima. Sería el mejor monumento levantado a la lengua vernácula.

Su carácter, modesto hasta la exageración, y afable trato, le han captado las simpatías de cuantos le han tratado, aunque sea sólo una vez.

La Acción Antoniana felicita efusivamente a su querido Padre superior, y se siente orgullosa de contarle entre sus colaboradores.

Comentarios de vulgarización jurídica

Estamos aquí de nuevo dispuestos a defender lo que, a nuestro leal saber y entender, es merecedor de defensa y propugnación, como también decididos a criticar e impugnar aquello que, según nuestro criterio, acreedor fuere de impugnación y de crítica.

Recuerden que nos quedamos el pasado mes en los comienzos del desglose relativo a las peticiones que el Club de señoras «Lyceum» dirigió al presidente de la Comisión de Códigos. Por cierto, que ya sabemos cosa que la vez anterior ignorábamos, y es que dicho Club radica en Madrid.

Solicitaba este centro se reconociera sin limitación alguna la facultad de la mujer soltera o casada para formar parte del consejo de familia, ser tutor, protutor, curador, albacea, etc. En cuanto a la palabra curador, no nos explicamos su inclusión en esas peticiones, pues la curatela es una institución puramente histórica, cuyo nombre desterró nuestro vigente Código civil, el cual ha fundido las dos guardadurías—tutela y cúratela— en una sola, que comprende a todos los que por edad, incapacidad, prodigalidad o interdicción, no se hallen en la plenitud de su capacidad jurídica.

Ciertamente que es un desdén legal más para la mujer el separarla de las funciones tutelares; esto significa, racionalmente hablando, su apartamiento forzoso e impuesto de aquellas funciones que la cotidiana experiencia nos manifiesta ser tales que, si para alguna actuación está facultada y capacitada la mujer, es para ellas, porque son esencialmente funciones de índole amorosa, solícita y maternal. Y aquí vuelve nuestro cuerpo legal a situar, enunciando a las personas ineptas para el desempeño de las funciones tutelares e ineptas para el ejercicio del cargo de vocal del consejo de familia, vuelve a situar, decimos, a la mujer al lado de quienes su condición social, abyecta o corrompida, impide la concesión del ejercicio de tal derecho. El Código señala, no obstante, algunas excepciones en las que, fundándose en la especial intimidad de parentesco (esposa, madre, abuelas, hermanas), habilita a la mujer para el ejercicio de la tutela legítima de los menores, locos y sordomudos, pródigos e interdictos.

Así, la tutela legítima de los menores, a falta de abuelo paterno y materno, corresponderá a las abuelas paterna y materna, por el mismo orden, mientras se conserven viudas; la tutela de los locos y sordomudos, así como la de los interdictos, en defecto de cónyuge y de padre, a la madre, y no existiendo éstos n¡ hijos, abuelos ni hermanos varones, a las hermanas que no estuviesen casadas, y la tutela de los pródigos se diferirá, faltando el padre, a la madre. Pero, como sabéis, la regla general es que la mujer, por el mero hecho de pertenecer a su sexo, queda incapacitada para el ejercicio de la tutela. La opinión moderna, influida por las corrientes de reivindicación feminista, demanda la supresión de esta incapacidad. El Código suizo prescinde ya de la misma, y el alemán la ha convertido en simple excusa, es decir, que la mujer se halla facultada para desempeñar tal cargo, si bien en atención a ser mujer, puede ella misma excusarse del ejercicio de la función tutelar.

En Aragón, la mujer soltera o viuda puede ser tutora y protutora, mientras no contraiga matrimonio, salvo acuerdo en contrario del consejo de familia, o que el nombramiento haya sido hecho por el padre o la madre, o en capitulaciones matrimoniales, en cuyos casos no caducarán tales nombramientos aunque la mujer nombrada contraiga ulteriores nupcias. Este es un criterio mucho más progresivo que el sustentado por nuestro Código general. Nosotros estableceríamos, sin embargo, la libre Facultad de la mujer soltera y de la viuda sin hijos para ser tutora, protutora y vocal del consejo de familia; exigiendo a la mujer casada, la licencia expresa marital, y a la viuda con hijos, la autorización del juez, todo esto en aras de la paz familiar, prestigio del marido y evitando —caso raro, pero posible— de abandono de los deberes maternos.

Respecto a la noción de albacea, ocioso consideramos explanarla, ya que todas vosotras perfectamente sabéis que es tal la persona a quien el testador encarga el cumplimiento y ejecución de todo o parte de su testamento o última voluntad. Aquí la ley española no nos parece tan injusta como en anteriores ocasiones, pues establece que la mujer casada podrá ser albacea con licencia de su marido, que no será necesaria cuando esté separada legalmente de él; de donde resulta que la mujer soltera y la viuda, lo mismo que la que se encuentre en la desafortunada situación de hallarse legalmente separada de su cónyuge, podrá desempeñar el cargo de albacea, exigiéndose, para que la perfecta casada pueda ejercer aquella función, la licencia marital.

Ayer leíamos en la prensa que en el Extremo Oriente, a donde, como a todas partes está alcanzando la ola feminista, los hombres se encuentran asustados al ver que las mujeres se niegan rotundamente a dedicarse a sus habituales y cotidianos quehaceres domésticos. Hoy leemos el siguiente telegrama que, textualmente copiado, así dice:

«Manifestación de maridos. — Hankow, 17 (por cable).— Los maridos de las mujeres emancipadas, han celebrado una manifestación de protesta frente al centro de la Unión General Laborista, gritando «¡Abajo la unión femenina!» Los manifestantes eran en su mayor parte obreros, los cuales se quejan de que desde la llegada de los nacionalistas, cuyos agentes predican la libertad de las mujeres, el amor libre y la emancipación, etc., las mujeres no vuelven por la noche a sus casas, pasándola afuera, de la misma manera que los gatos. Los maridos dicen que la nueva emancipación destruirá sus hogares, y piden la vuelta de sus mujeres a las antiguas costumbres.—Reuter.»

En manera alguna desearíamos que en nuestra patria se llegase a tal grado de desacierto, al que quizá se tiende en varias de las peticiones del Club «Lyceum». La autoridad del marido —la autoridad decimos, no la fuerza— debe presidir todas las determinaciones de la íntima y socialmente trascendental vida conyugal. No creemos que el legislador español se aventure a instaurar el absurdo reinado de la igualdad en el matrimonio. Vengan disposiciones que garanticen la persona, la honra y los bienes de la mujer, y habilítesele, siempre que no la requieran deberes conyugales o maternales, para los mismos derechos que, como mitad que es del género humano, le competen al hombre; pero menoscabar en monumentos jurídicos la intangible personalidad del marido, basándose para ello en el adocenado tópico de la igualdad ante la ley, eso nunca debe estatuirse. Por eso, cuando oímos que ciertas personas comentan con extrañeza y hasta con indignación la irritante desigualdad legal de la mujer pensamos que algo tiene el agua cuando la bendicen; en cambio no bendicen el vino. Y es que el agua no embriaga, pero limpia y sanea.

Joaquín María Aracil Barra.

Glosario místico

El poema de la Redención

El cielo se enrojece como un manto de fuego;
el sol es, en su ocaso, como una abierta llaga;
la tierra se estremece, la muchedumbre ruge,
y a la luz del crepúsculo parece ensangrentada...
...Y en la cumbre del Gólgota, desafiando el viento,
una cruz se levanta
en medio de otras dos, y del madero pende
el cuerpo ensangrentado, de carnes maceradas,
de un Hombre, que extendiendo sus brazos en el leño,
a todo el orbe abarca;
sus pies el suelo tocan,
su augusta cabeza, de espinas coronada,
llega a tocar el cielo, cuyo claror divino
baja sobre la frente del Justo, por besarla...

¿Por qué llora Natura?; ¿por qué ruge la plebe?...
¡Es que muere Jesús de Nazaret!... — Se rasgan
las nubes. En el cielo, el rayo pone un rasgo
de fuego cual si fuera el dolor de una lágrima
que llorasen los cielos, por la muerte del Cristo,
cuyas dulces palabras
florecieron cual rosas de paz entre los hombres,
todas llenas de gracia.
Las palabras divinas que sanaron enfermos,
perdonaron pecados milagros obraran;
las que fueron sublimes en la magnificencia
del bienaventurado sermón de la Montaña;
las palabras solemnes que amansaron los mares,
resucitaron muertos, pacificaron almas
trocaron el pan en la carne divina
del Rabí galileo de las bellas Parábolas,
que enclavado en la cruz, su santo cuerpo exangüe,
es blanco y transparente como la Hostia santa
que se ofrenda al Altísimo en holocausto augusto,
como propiciatoria Víctima de las almas...

Ya las últimas luces del crepúsculo han muerto;
el silencio ha caído sobre el inmenso espacio
cual funeraria losa que cubriese el cadáver
de la tierra, que tiene palideces de páramo.

¡Es que se cierra el«Libro del Viejo Testamento»
y se acerca la noche —la noche que es presagio
de otra aurora—, la noche en cuyas negras simas
se perderán las sombras del mundo encenagado
en la abyección infame
de la encendida furia de los Siete Pecados!...
Y tras la noche oscura brillará la divina
aurora del perdón de aquel Crucificado.

Y del pecho de Cristo
brota una luz divina, por su costado abierto,
la luz del corazón, que encendido de amor
por tos hombres, semeja una rosa de fuego...
¡ Y la luz de esa Rosa
alumbra con sus rayos de amor al Universo!...

ORACIÓN LÍRICA

¡Señor Jesucristo que amor te ha llevado
hasta la ignominia de morir en cruz,
y en su ara augusta fuiste el «Candelabro
de los Siete Brazos» por darnos tu luz!...
Para confirmar tu santa Doctrina
Siete Sacramentos nos instituiste,
y tu Testamento de amor lo sellaron
las Siete Palabras que en la cruz dijiste.
Tus Siete Palabras fueron siete versos
del Poema inmenso de tu santo amor...
¡Por tu santa sangre y por tus Palabras,
de Siete Pecados, líbranos, Señor!...

Luis Guarner

Cultura religiosa

La vocación de san Francisco

Francisco sigue fielmente la vocación divina. Deja el mundo, con sus vanidades y pasatiempos. Deja sus amigos y compañeros de diversiones, quienes llegan a tenerle por loco. Deja su casa, sus bienes, su pingüe herencia. Deja a sus propios padres, que tenían puesta en él toda su esperanza y era el porvenir de su familia. Todo lo deja por Cristo, cuya voz ha escuchado en el fondo de su alma.

Mas no creáis que para realizar actos tan heroicos no tiene que sufrir pruebas muy duras,, y sostener muy rudas batallas.

Antes de abandonar definitivamente su casa y familia, oraba una tarde en la pequeña y ruinosa iglesia de San Damián, situada a las afueras de Asís, en las faldas del monte Subasio. Y cuando más enfervorizado estaba en su oración, vio con asombro que el crucifijo ante el cual oraba, abría los ojos y los labios, diciéndole: «Francisco, ¿no ves que mi casa amenaza ruina? Ve, pues, y restáurala para mí.» A lo cual respondió el siervo de Dios: «Lo haré, Señor, muy gustosamente.»

Francisco, repara mi casa

Giotto. Francisco, repara mi casa

Y levantándose al momento, marcha presuroso a su casa, y cargando de mercancías su caballo, se dirige a la ciudad de Foligno, donde en público mercado vende cuanto llevaba.

Vuelve a su ciudad natal, y en llegando a San Damián, entrega su bolsa, llena de dinero, al capellán de la iglesia, encargándole que empiece cuanto antes la restauración de la misma. Mas el sacerdote, conociendo muy bien el carácter altanero de Pedro Bernardone, padre de Francisco, rehúsa recibir aquella cantidad; y nuestro santo joven, no queriendo retener tampoco aquel dinero que había ofrecido a Dios, lo arroja en un ventanal de la iglesia, rogando al sacerdote que le conceda vivir en su compañía, en aquel apartado retiro.

Muy pronto se entera Pedro Bernardone de la resolución de su hijo, y lleno de furor se dirige, con algunos compañeros, a San Damián; Francisco, al oír los gritos descompasadas de su padre, se esconde en una fosa, donde permaneció más de un mes dedicado a la oración y penitencia, sin salir de allí apenas más que para atender a las necesidades de la vida.

Mas al cabo de algún tiempo, fortalecido en la oración y en sus continuas comunicaciones con Dios, se decide valerosamente a salir de aquel escondrijo y a presentarse solo en la ciudad, sin temor a las iras de su padre ni a las burlas e injurias de sus compañeros. Y macilento, desfigurado el rostro y todo su cuerpo por el riguroso ayuno y penitencias, entra en Asís y recorre sus calles, atrayéndolas miradas de todos los ciudadanos, que acuden en tropel a contemplarle, siendo para unos objeto de ludibrio y escarnio, y para otros de compasión y de lástima.

En esto acude su padre, lleno de furor y de rabia, y lanzándose sobre su hijo, como una fiera sobre su presa, le insulta, le maltrata, le golpea, le arrastra hacia su casa, encerrándole en una prisión, atado de pies y manos, cual si fuera un criminal.

Pasados unos días, Francisco, en ausencia de su padre, y favorecido por su santa madre, logra romper las ataduras de la prisión y sale de su casa para dar cumplimiento a las órdenes del cielo. Antes es Dios que tos. hombres; - antes hay que obedecer a! Padre del cielo que al padre de la tierra. Mas al regresar Pedro Bernardone y ver quebrantadas sus órdenes, desbaratado su plan y frustradas sus esperanzas, se dirige de nuevo a San Damián para apoderarse de su hijo a todo trance.

Pero esta vez Francisco no se oculta, sino que se presenta varonilmente ante el autor de sus días, dispuesto a sufrir sus insultos y malos tratos por amor a Jesús crucificado.

El padre, dominado por la ira, insulta a su hijo, le acusa de desobediente, de pródigo y malversador de los bienes de su casa, y como tal le denuncia ante los tribunales de la ciudad, exigiéndole que presente todo el dinero que conserve en su poder. Y entonces Francisco, considerándose como perteneciente ya más a Dios que a los hombres, como más del cielo que de la tierra, apela del tribunal civil al tribunal eclesiástico.

Padre e hijo, con gran comitiva, se presentan ante el Obispo de Asís para que sea juez en aquella contienda.

a

Giotto. En adelante podré decir con más razón: Padre nuestro que estás en los cielos

El santo Prelado, Guido II, íntima con dulzura a Francisco que, para calmar las iras de su irritado padre, le entregue todo el dinero que tenga suyo. Y Francisco, inspirado sin duda por Dios se despoja de sus vestidos, coloca sobre ellos el dinero que tenía, y arrojándolo todo a los pies de su padre, exclama ante aquella asamblea, que asombrada, le contempla: «Oídme y escuchadme todas: hasta ahora he dado el nombre de padre a Pedro Barnardone; pero habiéndome propuesto servir a Dios, le devuelvo este dinero y vestidos que de él he recibido; y en adelante podré decir con más razón: Padre nuestro que estás en los cielos

El desnaturalizado padre recoge con afán vestidos y dinero; y el santo Obispo estrecha contra su corazón a Francisco, cubriéndole con su manto.

He aquí la actitud sublime de Francisco, única en la vida de los Santos, e inmortalizada por el Arte de todas las épocas y países, hasta nuestros días.

He ahí como empieza Francisco la carrera de la santidad, y cómo de un salto se coloca en la cumbre de la perfección, que consiste en vencerse totalmente a si mismo, renunciar a las cosas del mundo y seguir los pasos del Divino Maestro.

Miradle cómo desde los comienzos de su completa conversión a Dios es insultado, escarnecido, maltratado, perseguido, encarcelado y acusado ante los tribunales, a semejanza de nuestro adorable Redentor, y cómo se abraza con la cruz, hasta morir después en ella con Jesús crucificado.

«Vamos tras él; las huellas del Caudillo enamorado sigamos con fervor.»

Y si le seguimos en esta vida, le seguiremos también después de la muerte, para ser felices con él en la Bienaventuranza eterna.

Fr. Juan Bta. Botet, ofm

Reflexiones

Semana Santa

¿Qué representa la Semana Santa? ¿Qué mágica influencia ejerce en los pueblos católicos, que todos se recogen en los templos y durante ella se mortifican con privaciones y abstinencias?

¡Ah! La Semana Santa representa el acto más sublime, grandioso y divino que realizó Dios hecho hombre en su venida a la tierra para libertar al género humano. La Semana Santa representa la Pasión de Jesucristo, el sacrificio cruento de su cuerpo por nosotros, su muerte real para dar la vida a los hombres. Representa el acto de amor más excelso que se haya podido imaginar. ¡Derramar la sangre divina para salvar la humana! ¡Para redimirnos, cuando una sola gota de su sangre vale más que todas las generaciones! ¡Dejar que su sangre fuese hollada por los mismos a quienes estaba salvando, y permitir que su cuerpo fuese azotado por los hombres!

¿Ha habido ni puede haber amor tan grande? Imposible; no habrá jamás un ser humano que resista sufrir la cruz de los pecados ajenos. Mas, ¿qué digo?

¿Puede haber comparación entre Cristo y los hombres? Perdona, Jesús, que te haya comparado, pues conocida es tu excelencia y grandeza sobre todo lo creado.

Reflexionemos también acerca de la sublimidad del acto que representa la Semana Santa; de su divina grandeza. Recordemos el calvario que Jesús se impuso voluntariamente por nosotros; sus acerbos sufrimientos, que ya el mismo Salvador se creía sin fuerzas para resistirlos, cuando en el monte Olivete tuvo que acudir un ángel a fortificarle. Todo lo hi2o el Redentor por nuestro amor, y fue tanto, que en los últimos instantes de su vida llegó a exclamar: «Padre, perdona a estos desgraciados, que no saben lo que se hacen.»

Esto es lo que representa la Semana Santa; por eso los católicos, en agradecimiento, dedican esta semana a su recuerdo y a sufrir por El, imitando el último destello, la última prueba de su amor por nosotros.

Fernando López

(Colegial de Onteniente)