Índice del número 94

Abril de 1928. Año 9º. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm

Domingo de Ramos

1 abr 1928. Hoy, con el primer día del mes, empieza este año la Semana Santa llamada también Semana Mayor, porque en ella se conmemoran los más grandes misterios del Cristianismo, los misterios santos de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, Divino Redentor del linaje humano.

Y en la liturgia del día de hoy, resalta en forma dramática, la ceremonia religiosa de la bendición de palmas y ramos, que nos recuerda la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, con himnos y cánticos sagrados de los judíos, que le aclamaban como Hijo de David y Rey de Israel.

La solemnidad religiosa del Domingo de Ramos se remonta a los primeros siglos del Cristianismo. Y, según los autores de Liturgia más acreditados, el domingo antes de Pascua, se celebraban divinos oficios en Jerusalén, en la Iglesia del Calvario. A la una de la tarde, se reunía el pueblo delante de la gruta de Getsemani, para practicar unos ejercicios de devoción que duraban dos horas, rezando salmos, himnos y antífonas. A las tres, subían los fieles a la cumbre del Monte Olivete, para recitar nuevas oraciones y lecciones, propias del día y acomodadas a la ceremonia. A las cinco, se cantaba el Evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén, y el pueblo se dirigía en solemne procesión, llevando palmas y ramos de olivo, y cantando el Benedictus qui venit, Bendito el que viene en el nombre del Señor, desde el Monte Olivete, pasando por el valle de Cedrón, a la ciudad santa y a la iglesia de la Resurrección, cantaban las Vísperas y una oración de la Cruz.

Esta solemnidad dramática, que se celebraba en Jerusalén, se fue introduciendo poco a poco en la liturgia de todas las iglesias. En la Edad Media se celebraba en todas partes la procesión de los ramos, aunque sin la bendición de ellos. Esta se introdujo más tarde en los rituales galicanos, y aún no la admitieron todas las diócesis de Francia. En las regiones del Sur se usan palmas y ramos de olivo; en las del Norte, o bien ramos de olivo que se traen de los países meridionales, o bien ramos de acebo y de avellano. En Suiza se adornan largos mástiles con ramos de acebo, ramilletes de flores, con frutas y otros objetos. En la Edad Media y hasta tiempos muy recientes, se solían celebrar en este domingo, representaciones de la Pasión y juegos populares, llenos de sentido religioso.

La solemne procesión del Domingo de Ramos es la introducción a los oficios de Semana Santa. La iglesia reproduce en sus ritos y ceremonias el homenaje que el pueblo judaico tributó a Jesucristo, como Rey y Señor de los cielos y de la tierra, de los judíos y de los gentiles, de todas las edades y condiciones, de la naturaleza y del universo entero.

Al final de la procesión de las palmas, se cierran las puertas de la iglesia: los cantos y ceremonias que entonces se celebran representan la entrada de Cristo en la Iglesia triunfante, acompañado de la humanidad redimida, figurada por el clero y toda la procesión, que entra en el templo, después de haberse abierto de nuevo sus puertas, golpeadas con la cruz, que simboliza la apertura del cielo por los méritos de Cristo Crucificado. Esta es, en breve resumen, la historia de la liturgia del Domingo de Ramos. Mas ¿cómo es que Jesús, que siempre rehuía las ovaciones y aclamaciones populares que los judíos le tributaban por sus milagros, cómo es que ahora, en la ocasión que recuerda el Domingo de Ramos, parece que busca, ansia y desea esta ovación tan solemne y ruidosa? Es que esta ovación popular era la última que había de recibir en vida: se acercaba la hora de su muerte, iba a morir pronto en el ignominioso madero de la cruz.

Y antes de esto, quiere manifestarse a su pueblo como quien es; quiere manifestarse Rey de Israel, como el Mesías e Hijo de David, esperado tantos siglos; quiere hacer como una ostentación pública de su bondad y amor, de su poder y dominio sobre todas las criaturas. Y en aquella procesión solemne y larguísima que se formó a la entrada de Jesús en Jerusalén, hemos de observar, con los Evangelistas y Sagrados intérpretes, dos grupos de personas que acompañaban al Divino Maestro: un grupo que caminaba delante, y otro que seguía detrás, llevando en medio a Jesús. El grupo que caminaba delante figuraba el Antiguo Testamento con sus Patriarcas y Profetas y justos de la Antigua Ley, que simbolizaron y profetizaron al Mesías, y creyeron en El para salvarse. El grupo que caminaba detrás de Jesús, figuraba el Nuevo Testamento con todos los fieles cristianos y católicos que le habían de seguir, en el cumplimiento de sus leyes, preceptos y mandamientos.

Pero ambos grupos caminaban unidos con el Mesías, que es el lazo de unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: es el centro de la Historia, el eslabón que todo lo uñe, y la piedra angular sobre la cual descansa todo lo que existe, antes y después de nuestra Era. Ambos grupos cantaban unos mismos himnos, cánticos y alabanzas, porque ambos Testamentos fueron como dos coros que cantaban unísonos y acordes, pues la Iglesia de hoy repite el mismo Salterio y los mismos cánticos de la antigua Iglesia, la Sinagoga, en sus oficios, ritos y ceremonias. Solamente hubo un grupo discordante, un grupo que no se asociaba al júbilo y entusiasmo del pueblo, y que no tomaba parte en los cánticos y alabanzas de aquellos dos coros: era el grupo formado por los fariseos, que se atrevieron a pedir a Jesús que hiciera callar a sus discípulos y a la multitud que aclamaba, y a los cuales respondió el Divino Maestro: «Que si ellos callasen, las mismas piedras darían voces». Y este grupo fue figura de los herejes y cismáticos, los cuales no se asocian a los cánticos y alabanzas sagradas de los fieles cristianos, y no profesan la misma fe y dogmas de los católicos, ni cumplen los preceptos de Dios, y Mandamientos de la Iglesia de Cristo.

Y el grupo de los herejes y cismáticos no conseguirá nunca hacer callar a |os verdaderos cristianos y católicos, en sus cánticos y alabanzas a Jesucristo, ni en la confesión pública de su fe y de sus dogmas, porque la Iglesia saldrá siempre vencedora y triunfante de todos sus enemigos. Y así corno Nuestro Señor Jesucristo introdujo a su pueblo y a cuantos le seguían en la Ciudad Santa y en el Sagrado Templo, así introducirá también al pueblo cristiano y a cuantos le sigan en la Jerusalén celestial.
Sigamos, pues, a nuestra Madre la Iglesia en la celebración de sus oficios y ceremonias de la Semana Santa, hasta celebrar el triunfo y Resurrección de su Divino Fundador, que es el preludio y la figura de nuestra resurrección y gloria en el cielo.

Fr. Juan B. Botet, ofm

Domingo de Ramos

Domingo de Ramos. Héctor Rubio.

Suprema invención del Amor

El amor perfecto y cumplido es don mutuo, ilimitado, y encendido entre dos amantes, que transformando al uno en el otro, los reduce a unidad de vida y condición. Cuando los amantes son desiguales, el superior se baja al inferior y se iguala con él, pero para elevarle a su condición y dignidad, si es posible. Sólo una cosa repele y desecha el amor: lo que se opone a la unidad a que aspira.

Esta ley se cumple en Jesús. El amor ha llevado al Verbo a bajarse a nuestra condición humana y hacerse Jesús, y ha llevado a Jesús al fondo de nuestros dolores y a la humillación de nuestra muerte, hasta hacerle Varón de dolores y crucificado por nuestro amor. Pero Jesús ha bajado a lo profundo de nuestra miseria rebosante de vida divina para comunicarla a las almas. Ha tomado todas nuestras miserias, menos el pecado, porque el pecado, incompatible con El, es el obstáculo a la unión de amor entre Jesús y las almas; y nos ha dado lo que El tiene y es y a nosotros nos faltaba, la vida
divina, con que nos ha levantado a su condición y dignidad, haciéndonos dioses por participación. Para eso es hombre, padece y muere Jesús. Pero esa alta vida que nos da, no nos la comunica al punto con la espléndida y definitiva hermosura a que está destinada en el cielo: tan fuerte y radiante no la hubiera podido soportar nuestra condición actual. Es ahora un germen de lo que ha de ser, una vida velada destinada a crecer y alcanzar un día, llegada su hora, la transfiguración que la haga del todo conforme con Jesús, tal como El es en el cielo.

Juan de Juanes

La última cena. Juan de Juanes.

Mas esta vida así comunicada y poseída puede perecer y desaparecer en el alma. Jesús, que la ha injertado allí a costa de su Sangre, no la abandonará, al dejar El este mundo para volverse al Padre. El amor inmenso con que la ha traído a la tierra y comunicado a las almas, no lo permite, es imposible que le permita abandonarla a los azares y peligros de la existencia. La protegerá con el recuerdo de su amor y de su doloroso sacrificio; la sustentará con una fuerza y alimento que la corrobore, arraigue y desarrolle; la excitará y reanimará con una prenda de las inmortales esperanzas que lleva ella en sí misma encerradas. El amor siempre se parece a sí mismo. Cuando ha logrado despertar un corazón e infundirle su vida, busca el modo de hacerla inviolable y darle inmortalidad en el asilo que ha hallado. Rebusca en lo pasado, en lo presente y en lo futura lo más apto a sostenerla y nutrirla en el corazón amado, y se lo entrega en el momento de la separación, para mantener viva en él aquella vida de amor que es el anhelo, el descanso y el gozo del amante. El amor que ha reducido a Jesús a nuestra condición y le ha hecho comunicarnos su vida a costa de tantos dolores, le inspirará, en el momento de su partida del mundo, el modo de protegerla, nutrirla y excitarla. ¿Qué inventará el amor omnipotente de Jesús?

Un recuerdo vale tanto más, cuanto más tiene del ser que recuerda: si lo encerrase realmente tal como es, sería el mayor y el más precioso de sus recuerdos. Un alimento tanto es más eficaz, cuanto mejor responde a la vida que lo toma: si la misma vida se convirtiera en alimento acomodado al sujeto, no habría otro que lo igualase. Una prenda de esperanza es tanto más segura, cuanto más estrecha relación tiene con la posesión de lo que promete: si encerrase la misma realidad que se espera, no habría prenda que así confirmase y fortaleciese la esperanza. Esto vislumbra y sueña el corazón que ama, como el colmo de los recuerdos, del alimento del amor y de las prendas de la esperanza. ¿Qué hará el amor de Jesús en la necesidad de darnos un recuerdo que proteja su vida en nosotros, un manjar que la nutra y una prenda de lo que en el cielo ha de ser? Lo que el amor humano sueña y no puede realizar.

En la víspera de su muerte, en una inolvidable hora de intimidad con sus discípulos, cuando el corazón de ellos, hondamente conmovido, está mejor dispuesto para recoger y guardar las palabras del Maestro, pone Jesús el sello a las invenciones de su amor en favor de los hombres. Tomad y comed: éste es mi cuerpo, y dándoles el cáliz: Bebed todos de él. Esta es mi sangre. Haced esto en memoria de mí. Ahí están, en prodigiosa y estupenda unidad, el recuerdo, el alimento y la prenda de inmortal esperanza de Jesús a las almas. La Iglesia ha creído de esta inaudita invención del amor de Jesús a los hombres, y, de rodillas, fijos los ojos en la Hostia Santa, repite cada día con hondo suspiro de amor: O sacrum conviviré! ¡Oh sagrado banquete, en que los fieles se apacientan de Jesús, se hace memoria de su pasión, se hincha el alma de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera! La Eucaristía es la última y suprema invención del amor omnipotente de Jesús a las almas para proteger,, conservar y desarrollar en ellas la vida de caridad que les ha dado con tantos dolores. Cualquiera otra invención no hubiera respondido adecuadamente a lo que el amor quiere y sueña y el de Jesús quiere y puede.

Fr. Luis Colomer, ofm

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Oración del huerto. Salcillo

Llanto de Jesús

Jesús está en su Jardín
¡mas ay! y llora y suspira
pensando en otro jardín,
¡mas ay! el de las Olivas,
que ha de regar con sudor,
¡mas ay! de su sangre viva.

La lluvia de azotes ve,
¡mas ay! la de las salivas;
ve como cerca su frente
¡mas ay! corona de espinas.

Siente en sus labios la hiel,
¡mas ay! la hiel y la mirra,
y en sus espaldas la cruz
¡mas ay! que ya le fatiga.

Hollada su sangre ve
¡mas ay! que nos limpiaría,
y llora, si, el buen Jesús,
¡mas ay! y llora y suspira.

De su llanto al dulce riego
¡mas ay! nace una flor mística
que sus tristes pensamientos
¡mas ay! los copia en sí misma;
tiene como él frente hermosa,
¡mas ay! cercada de espinas,
y ostenta sobre su pecho
¡mas ay! la cruz por divisa,
rodeada de tres clavados
¡mas ay! y las cinco heridas.

La contempla el buen Jesús
¡mas ay! y llora y suspira.

Jacinto Verdaguer (Traducción del P. Luis Ángel)

Lágrimas

No llores, no llores,
que tu llanto la vida me amarga,
que tus lágrimas aguan mis ojos
y tus penas las mías arrancan.

No llores, Jesús,
Esposo de mi alma,
que contigo ya lloran las flores
y los pájaros tristes no cantan,
gimen los jilgueros
con voz delicada.

No llores, no llores,
no derrames lágrimas;
calma ya esos ardientes suspiros
que mi pecho de angustia taladran,
y dibuja en tus labios
pintados de grana,
amorosas sonrisas,
hechiceras, mágicas,
pues un ángel del cielo ha bajado
a aliviar tus torturas amargas,
yo con él también vengo Jesús
a endulzar tu dolor con mis lágrimas.

José Maylín, colegial de Onteniente

La semana del Amor

La Iglesia siempre sincera en la revelación de sus más profundos sentimientos, se nos manifiesta en estos días como inconsolable y transida de pena: «Mis ojos, canta con triste melodía, mis ojos no ven ya de tanto llorar, pues han apartado de mi a quien era mi único consuelo... Mirad, pueblos, si hay dolor semejante al mío,... y vosotros los que transitáis, deteneos un momento, fijad atentamente vuestros ojos en mí, y decidme luego si habéis visto aflicción mayor que la mía:.. Mirad, todos mis amigos me han abandonado y sólo me rodean los que me quieren mal;... me han arrojado al número de los malhechores, y todos, con ojos chispeantes y enrojecidos por la ira, piden mi muerte... Decidme, pues, si existe dolor semejante al mío».

Estos son los tristes acentos que vibran en los templos católicos durante estos días, y cuyos ecos llegan hasta lo más íntimo del corazón cristiano, y envuelven a las almas de un misterioso recogimiento, de una santa tristeza que las arrastra suave y silenciosamente al templo, para desahogar allí su pecho, derramando su afligido corazón en lágrimas de arrepentimiento, o en afectos amorosos a Jesús Crucificado.

Estos sentimientos, lector, serán también los que te llevarán al templo en esta semana, con más frecuencia tal vez, que en otros tiempos, y los mismos notarás que saturan el ambiente del sagrado recinto que tu visites... Pero... observa y medita... ¿A qué tanta tristeza?.. ¿Por ventura no son éstos los días de nuestra redención,... de la Eucaristía,... de las últimas é inefables finezas del amor de Jesús al hombre?.. Efectivamente, son éstos los días en que Jesús, habiendo de volverse al Padre, abre su pecho divino y manifiesta el amor que abrigó en él toda su vida, amor que, en sus últimas revelaciones, aparece, más que nunca, radiante de claridad y dulzura divina; son éstos los días en que Jesús instituye la Eucaristía, como memorial perenne de su amor; son estos los días en que Jesús se ofrece como víctima por los pecadores del mundo; son éstos los días... te lo diré en un palabra, son días del amor ¿no son para gozar y alegrarse en ellos?...

Así indudablemente seria si estuviéramos en un mundo inocente; pero no sucede así en el mundo prevaricado en que vivimos, pues en éste el amor solo raya las alturas de las finezas inefables cuando lucha con la infidelidad y la perfidia; solo llega al grado sublime de la generosidad cuando cae en el seno monstruoso de la ingratitud y solo encuentra su manifestación más cumplida en el sacrificio...
Y precisamente por eso son éstos los días del amor, porque lo son de la perfidia, de la ingratitud, del crimen más horrendo... En ellos el Unigénito del Padre, que apareció en el mundo lleno de gracia y de verdad, para comunicar a los hombres de la plenitud de su vida divina, es traicionado por uno de sus discípulos; es entregado a la muerte y atormentado por los mismos hombres a quienes ha venido a salvar y a admitir como hermanos suyos y herederos de su misma gloria... ¡Fineza sublime del amor de Jesús!.. ¡Horrenda ingratitud la del corazón del hombre!.. Ingratitud y fineza que constituyen una dolorosa antítesis, cuyos extremos, después de veinte siglos se presentan todavía con vivos colores a la imaginación de los cristianos, y convierten estos días de amor en días de tristeza y de pena.

No dejes, lector, de suavizar, en cuanto de ti dependa, esta dolorosa antítesis. En el Calvario la boca de Jesús respiraba amor, y, como si ésta no bastara para desahogar el que tenía en su pecho divino, cubrió su cuerpo de llagas, y cuando la muerte selló sus labios, el ímpetu de tanto amor abrió su pecho... Los hombres, por el contrario, con sus ademanes, con sus miradas, con sus lenguas no fabricaban mas que odio contra el Santo... Pero no todos los allí presentes odiaban. Junto a la Cruz había un grupo que también amaba... Únete a este grupo y así aumentarás el extremo del amor.

Fr. José Antonio Arnau, ofm