Índice del número 98
Agosto de 1928. Año 9º. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm
- San Luis, obispo de Tolosa. Fr. Luis Mª Torres, ofm
Súplica. Poema. Pepita Hernández Alfonso
Identidad completa en la vida eterna. Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm
El ciego de Betsaida. Fr. Juan Alventosa, ofm
¡Predestinada! Página mariana. Fr. Bonaventura Botella, ofm - Los derechos del niño (3). F. M. Morales, OFS
Rafael Berenguer Coloma, pintor.
A la Mare de Deu del Castell de Cullera. Fr. Buenaventura Meseguer, ofm
Fe ilustrada. Cultura religiosa. F. Juan Bta. Botet, ofm
Una limosnita... Ecos de las misiones. P. B. R.
A l'Asunció de la Verge. Poema. Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm - Divagaciones. Eliseo A. Vidal
La bendición del buen Dios. Fr. Manuel Berenguer, ofm
Celo maternal. Virtudes selectas. Fr. Francisco Lliteras, ofm
La mediación universal de la Santísima Virgen. Fr. León Amorós, ofm - Informaciones.
Crónica.
Bibliografía.
Fr. Francisco Picornell Lorente, ofm. In memoriam
Fr. Alejandro Aquino, ofm. In memoriam
Glorias franciscanas
San Luis, obispo de Tolosa
Gloria de la Orden de Frailes Menores que bastaría ella sola para engrandecerla, si no fueran tantas las que la esmaltan desde su origen, es San Luis de Tolosa, cuya fiesta celebra la Iglesia el 19 de este mes.
Hijo de Carlos XI rey de las dos Sicilias, abrió los ojos a la luz en Brigniles, ciudad de la Provenza, y si noble era por su sangre, más lo era por la santidad de sus ascendientes, entre los que contamos a San Luis, rey de Francia, Santa Isabel reina de Hungría y las Btas. Isabela, Conegunda y Jolenta.
La nobleza de la sangre no la conoció S. Luis sino para despreciarla.
Puso, en cambio, todo su esfuerzo en ser digno sucesor de la serie de santos de que descendía. En medio de la corte supo conservar puro su corazón, que mereció que la Iglesia le elogiara más tarde llamándole lirio cándido de virginidad. Su caridad con los pobres mereció ser favorecida de Dios con evidentes milagros. La oración fue, desde sus primeros años, la escuela donde aprendió a despreciar
al mundo y fortalecer su espíritu para sobrellevarlas adversidades de esta vida.
Apenas cumplidos los 14 años fue llevado en rehenes a Barcelona, a consecuencia de una batalla en que su padre quedó vencido. Siete años estuvo prisionero en nuestra patria edificando con sus virtudes, no sólo a sus hermanos que corrían la misma suerte que él y a los que se hallaban a su servicio, sino también a los Frailes Menores a quienes había elegido por directores y maestros.
La resolución de abandonar el reino y vestir el hábito franciscano fue tan firme, que, ni razones políticas, ni el disgusto que con ello ocasionaba a su padre fueron motivo para que vacilase en sus decisiones.
A los 22 años pudo por fin dar cumplimiento a sus deseos y profesó la regla seráfica en manos del Ministro General de la Orden Fr. Juan de Muro, siendo aquel mismo día preconizado Obispo de Tolosa. Durante su corto Obispado fue modelo de todas las virtudes. Víctima de fuertes calenturas murió pronunciando el dulcísimo nombre de María, el 19 de
agosto del año 1297 cuando solo contaba poco más de 23 años.
Su cuerpo depositado en Marsella en el convento franciscano fue trasladado a Valencia por el rey Alfonso V de Aragón y depositadas sus reliquias en la Iglesia Catedral donde actualmente se conservan encerradas en una hermosa urna, cubiertas por un lienzo de Vergara que representa al santo en el acto de renunciar al reino en favor de su hermano Roberto. En el día de su fiesta están de manifiesto al público las venerandas reliquias desde la víspera del oficio del Santo y son constantemente visitadas por los fieles valencianos de dicha Capital.
Siempre se le ha dado culto en esta diócesis de Valencia, desde hace tiempo.
Los religiosos franciscanos le profesamos tierna devoción por considerarle el Benjamín de la falange de Santos con que nuestra seráfica Orden ha enriquecido a la Iglesia y por la visible protección que dispensa a los que le invocan para conservar inmaculada la virtud de la pureza en que tanto se distinguió.
Fue canonizado por el Papa Juan XXII cuando aun vivía su santa madre.
Rosa de célico amor
De pureza lirio hermoso
Angélico Luis glorioso
Concédenos tu favor.
Súplica
| Dame Señor, la calma que no tengo. No puedo más sufrir. Tú ves mí corazón y mis angustias. ¿ Tendrás piedad de mí? En los momentos en que me hallo presa de terrible ansiedad, tengo miedo, Señor, de verme sola: ¿Tú no me dejarás? No permitas que caiga para siempre. Dame un firme sostén, que me ayude a llegar a Ti, Dios mío, que sola no podré. Y si no quiere nadie a quien yo acuda mi peso soportar, haz que sea insensible y no padezca, que no llore ya más. Haz que nada me importe de este mundo; que sepa el corazón ir sólo, sin buscar los corazones que no saben de amor. |
Que vaya a Ti, que Tú no lo desprecias,
. y en Ti descansará; que con el tuyo se confunda y viva, que sólo eso es amar. Haz que goce, feliz, de tus caricias puras cual su ilusión. Haz que guste la miel de tus amores que no causan dolor. Que arda en llamas de amor que no consume, porque eso no es morir; es dejar de existir él en si mismo para vivir en Ti. El quiere descansar en el camino y así tarda en llegar; y se hiere al buscar lo que no encuentra y sigue con su afán. Haz, Señor, que, por fin, sea dichosa sin a nadie querer. La paz, la perfección, yo, de otro modo, no las conseguiré. |
Pepita Hernández Alfonso
Divulgación teológica
Identidad completa en la vida eterna
Conformidad de voluntades (Continuación)
Mas esto nos es imposible realizarlo en esta vida, donde tantas y tan variadas ocupaciones relajan nuestra amistad con nuestro Amante y esposo de nuestra alma Jesús; por otra parte donde son tantos los enemigos de nuestra alma que pretenden separarla del amor con que está unida espiritualmente con Dios, y donde son tantos los lazos que se tienden bajo nuestros pies, que se nos hace casi imposible llegar a la identidad exigida por la ley del amor.
Además, nuestros actos, como efectos de una potencia limitada, cual es nuestra voluntad, nunca pueden guardar proporción con el amor con que nos ama la voluntad divina de nuestro Amante Jesús. Por consiguiente nuestro amor, mientras peregrinemos por el desierto de este mundo, nunca podrá llegar a saciarse completamente, sino que siempre estará hambriento de mayor amor, lo cual prueba que mientras caminemos por este duro suelo, nunca llegaremos a la identidad completa, a la conformidad suma de quereres y de acciones que exige la ley de amistad entre el Amante y el Amado.
Esto únicamente tendrá perfecto cumplimiento y realización suma, cuando libres de las ataduras de este cuerpo que nos embaraza para amar, ajenos a las influencias de los enemigos que pretenden separar nuestra alma de la amistad de Dios, goce sin límites y por siempre de la fruición y visión de Dios en la bienaventuranza eterna. Allí quedarán satisfechas las aspiraciones y ansias de nuestro amor; nuestra alma será inundada de celestiales consolaciones y de dichas inefables gozándose infinitamente de poseer eternamente a la Bondad suma, donde tiene asiento todo bien y toda belleza. En Dios encontrará nuestro amor satisfechas y cumplidas todas sus ansias y aspiraciones que continuamente ¡le asaltaban en esta vida y que tanta pena y sufrimiento le ocasionaban. Ya no sentirá más el ansia y el anhelo, pues, nada podía desear que no posea cumplidamente en la posesión eterna de Dios.
Y si nuestro amor para con Dios será perfecto en la gloria, no serán menos cumplidas y perfectas las aspiraciones que abrigaba la voluntad de nuestro Amante Jesús respecto de nuestro amor. En efecto: Nuestro empleo en la posesión de la gloria será cumplir la voluntad divina,permanecer eternamente unidos con El por el amor y conocimiento, que ninguno podrá estorbar; poseer y gozar de Dios; verle cara a cara con todas sus gracias y perfecciones; tal será la misión en que nos ocuparemos en la gloria por toda la eternidad. Ahora bien ¿puede imaginarse mayor conformidad de voluntades? No sin duda, ya que nuestra voluntad en la gloria será cumplir perfectamente la voluntad de Dios, que es verle y poseerle por siempre jamás.
Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm
(Continuará)
En torno al lago de Tiberíades
El ciego de Betsaida
Se acercaba Jesús hacia Betsaida, uno de los últimos días de su estancia en Galilea y a las orillas del lago, cercana su pasión, cuando, antes de entrar en la aldea, le presentaron un ciego, rogándole le tocara. Tomando de la mano al ciego, le sacó fuera de la aldea, le escupió en los ojos, puso sobre él las manos y le preguntó. — ¿Ves algo? Miró y dijo: — Miro y veo a los hombres como árboles que anduvieran. Le puso otra vez la mano sobre los ojos. Miró, y había recobrado la vista y veía y claramente todo. Le envió entonces a casa, diciéndole: —No entres en la aldea. (Mc 8, 22-26).
Es exclusiva de San Marcos la narración de este milagro; y como advierte muy bien el P. Didón (Jesucristo, t. I, capítulo X, pág. 492) es el eco de Pedro, uno de los tres apóstoles, cuya compañía agradaba más a Jesús, y a quien llevaba consigo, aun cuando se separase de la multitud y de los otros discípulos.
Se trata indiscutiblemente de un milagro, extraordinario, no en su esencia, pues de mayores leemos en los Evangelios, sino más bien en su forma.
Desde luego hay que admitir que el ciego no lo era de nacimiento, de lo contrario, al comenzar a ver, sin todavía distinguir bien las cosas, no hubiera comparado los hombres a los árboles; debió conocer antes los árboles y los hombres, para luego poder hacer comparación entre ellos mismos.
De ordinario, Jesucristo obra con la rapidez de un Dios en todos sus milagros. Dice y hace desde el hecho al imperio no existe mayor dilación que la necesaria para la producción creada.
Misterio encierra, pues, esta curación del ciego de Betsaida, cuando, para devolver la luz a sus ojos, se lo lleva consigo, lo segrega de los demás, lo saca de la aldea, y, una vez fuera, no impera a los ojos para que vean escupe en ellos y los toca repetidas veces, hasta que, gradualmente, ven y ven a perfección.
Todas estas circunstancias, escribe Venillot (Jesucristo, pág. 289, cap. IV), son muy instructivas v altamente útiles
para los encargados de anunciar la palabra divina y para los ministros del Evangelio. El Salvador, dice San Beda, el Venerable, toma la mano del ciego a fin de hacerle apto y capaz de practicar algunas obras; le conduce fuera de la ciudad, porque el hombre separado del mundo y del ruido de los negocios seculares medita mejor y con mayor fruto la doctrina revelada, y también porque todo aquel que desee estar ilustrado y alumbrado con las luces sobrenaturales, debe imitar al Señor y seguirle al desierto y a la soledad.
Sí Jesús no curó al ciego con una sola palabra salida de sus benditos labios, como pudo muy bien hacerlo, fue para demostrar la profundidad de nuestra ceguera y de nuestros extravíos, y para que los sacerdotes aprendan a no desanimarse en su celo ni a desesperar, sino a redoblar sus esfuerzos y el ejercicio de la oración y de la paciencia, cuando ven que el alma pecadora e ignorante marcha muy lentamente y por grados casi insensibles hacia la verdad y la virtud. También quiso el Señor emplear, juntamente con la saliva, la imposición de las manos, porque esa es su providencia ordinaria para con los hombres, enseñándoles siempre de dos maneras: una por los dones invisibles del Espíritu Santo, y otra por el Sacramento visible de la Encarnación.
Esta curación del ciego de Betsaida, dice el P. Didon (ap. cit. id. ibid) es el símbolo viviente de la acción progresiva de Jesús, conduciendo a la luz aquellos que no ven la verdad de Dios. Del mismo modo que al saciar al pueblo de un pan multiplicado milagrosamente, se revelaba a él como alimento de la humanidad, así, devolviendo la vista a los ciegos, se muestra como luz de las almas.
El hombre ha perdido la inteligencia del mundo divino, errando por entre las tinieblas, incapaz de comprender a Dios: Jesús se llega a él, le toma de la mano, y llevándolo aparte realiza una de las más necesarias funciones del Mesías, abriendo sus ojos poco a poco a la verdad eterna.
Fr. Juan Alventosa García, ofm
Página mariana
¡Predestinada!
Uno de los timbres más gloriosos de María Santísima es, sin duda alguna, el haberla predestinado Dios para Madre suya desde toda la eternidad; pues con esta gracia singular nos manifiesta la distinción tan honrosa que quiso hacer de esta hija de Adán y el lugar preeminente que siempre ocupó en su mente divina. Dios era infinitamente dichoso, y en las relaciones íntimas entre sus tres adorables Personas igualmente divinas e infinitas, tenía un alimento inagotable y, absolutamente digno de su actividad, de su sabiduría y de su amor; ninguna necesidad tenía, pues, de las criaturas para ser eterna e infinitamente feliz. Pero como la bondad es por sí y de supo difusiva, ese Ser infinitamente bueno quiso derramar fuera de sí mismo algo de sus perfecciones y de su felicidad; quiso que por lo menos algunos seres posibles que veía en su mente fuesen llamados a la existencia para que participaran de su gloria y de su dicha en la medida que les correspondiera como seres finitos.
Este Ser, repetimos infinitamente justo, deseó manifestar su justicia, infinitamente misericordioso quiso tener ocasión de practicar la misericordia. Por eso resolvió crear el mundo, que es el conjunto de todos esos seres posibles a quienes Dios ha querido dar graciosamente la existencia, espiritual a unos y puramente material a otros; pues, como dice un autor, «parecía más conforme a la sabiduría de Dios y al fin que se proponía de manifestar su gloria y hacer felices, crear un reinado donde los seres espirituales e inteligentes se encontrasen con los materiales, y así el poder de Dios se revelaba todo entero en sus obras». En este mundo compuesto de espíritu y de materia, de cielo y de tierra colocó al hombre que es como el centro y resumen de todo él, porque participa del uno y del otro.
Los primeros de estos seres posibles, al menos en la intención, los más nobles, los más excelentes y dignos, y para quienes fueron creados "todos los demás, son Jesucristo y su Madre santísima; divino humano el uno y puramente humano el otro, siendo Jesucristo el lazo que nos une con la divinidad y María Inmaculada la oficina, digámoslo así, o el sagrario donde se obró tan admirable y portentosa unión.
Mas esta unión hipostática de la naturaleza humana con la sagrada Persona de la Trinidad Beatísima, milagro de los milagros del poder, sabiduría y amor de Dios, si bien se realizó en la plenitud de los tiempos en el seno virginal de María, estaba va ab eterno preordenado en la mente divina, siendo este el pensamiento dominante de Dios, (permítansenos las frases) su más bello ideal y su obra cumbre ad extra como llaman los teólogos. En el seno virginal de María, hemos dicho, predestinada también desde toda la eternidad para ser el término preciso de los consejos del Altísimo en el tiempo, es decir, para ser el sagrario donde Dios realizara su pensamiento de hacerse hombre.
Fr. Buenaventura Botella, ofm
(Continuará)
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