Índice del número 111

Septiembre de 1929. Año 10. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm

El triunfo del Papa

El día 25 del pasado julio fue un día grande, solemne, triunfal, conmovedor, para el Papa y para toda la cristiandad.

El Sumo Pontífice Pío XI, hoy reinante, salió del Vaticano por primera vez, con la mayor solemnidad que puede imaginarse, sentado en la silla gestatoria, y llevando en sus manos el Santísimo Sacramento, con el mismo ceremonial de las procesiones del Corpus en que tomaba parte el Soberano Pontífice, para manifestar una vez más ante todo el mundo que la causa del Papa y la causa de la Iglesia están por completo y solamente en las manos poderosas de Dios.

Y ha querido el Papa salir por primera vez del Vaticano, en la festividad del Apóstol Santiago, y acompañado de millares de seminaristas de todo el mundo, para demostrar ante el mundo que ni él ni ninguno de sus antecesores, desde el gran Pontífice Pío IX, han tenido otro móvil al encerrarse voluntariamente en aquella prisión, que la gloria de Dios, el bien espiritual de las almas y los derechos imprescriptibles de la Iglesia de Cristo.

Y como la primitiva Iglesia salió triunfante y gloriosa del sepulcro de las catacumbas, donde había vivido sepultada por espacio de tres siglos, así ahora el Papa sale triunfante y rodeado de gloria y majestad, de aquella prisión, y se manifiesta como Rey y Soberano, cuyo reino, aun cuando materialmente pequeño, porque no necesita más, sin embargo espiritualmente es el mayor y más extenso de todos los reinos, el que cuenta con mayor número de súbditos en todo el mundo, y contra el cual no podrán prevalecer jamás ni las mismas puertas del infierno.

Y en aquel acto solemne, imponente, en el que había representantes de todo el mundo, no podía faltar una representación digna de nuestra católica España, y allí estábamos representados por más de 500 seminaristas de todas nuestras diócesis, que llevaban en sus jóvenes y entusiastas corazones, todos los anhelos, las ansias, las aspiraciones de millones dé españoles que han sido siempre y son tan amantes del Papa y de sus derechos y prerrogativas, y que en todas sus manifestaciones públicas de catolicismo y especialmente en todas sus peregrinaciones a Roma, han gritado con toda la fuerza de sus pulmones, sin temor a nadie: ¡VIVA EL PAPA REY!

Y en aquel acto solemne y conmovedor, en aquella procesión, en aquella plaza tan espaciosa, y especialmente en la persona augusta del Papa, que llevaba en sus minos el Santísimo Sacramento, se concentraban las miradas, los latidos de los corazones de todos los españoles, y ¡untaban todos sus manos para aplaudir, y corrían a raudales de todos sus ojos lágrimas ardientes, lágrimas de emoción, de gratitud, de amor, sangre del alma, como muestra de adhesión al Sumo Pontífice, y a su causa, y a su triunfo por el Tratado de Letrán, dando gracias a Dios y a su Divino Hijo Jesucristo, por la libertad de su Vicario en la tierra, y por haber triunfado tan solemnemente los derechos inalienables de la Iglesia de Cristo.

Todo lo que atañía a la solemnidad, majestad y religiosidad de aquel acto grandioso, que escribirá la historia en letras de oro, había sido previsto, ordenado y dispuesto por las autoridades de la Ciudad Vaticana y de Italia, y se habían tomado toda suerte de medidas para evitar todo incidente desagradable, teniendo en cuenta que habían de presenciar aquel acto más de 300.000 personas, entre los habitantes de Roma y los innumerables peregrinos que habían acudido de todas las partes del mundo.
Diez mil soldados cubrían la carrera de la procesión, y en ésta figuraban los seminaristas de Italia y del extranjero, la Guardia Suiza, los camareros secretos, los eclesiásticos regulares y seculares, los Obispos y Arzobispos y toda la Corte Pontificia. Al salir la procesión se dio señal para que fuesen echadas al vuelo las campanas de todas las iglesias de Roma.

En la gradería central de la gran plaza de San Pedro se levantó un altar de bronce dorado y mármol, desde el cual el Sumo Pontífice dio la bendición con el Santísimo a la inmensa multitud, que de rodillas la recibía, con lágrimas en los ojos y emoción profunda en el corazón.

Y el Papa, en la silla gestatoria, volvió a sus habitaciones del Vaticano, entre los aplausos de millares de católicos de todo el mundo, que le aclamaban Rey, Soberano, Padre y Pastor de toda la grey de la Iglesia.

Así terminó aquel acto solemne, grandioso, conmovedor, triunfal, que no olvidará jamás ni el Papa ni ninguno de los que lo presenciaron, ni católico alguno del mundo entero.

En aquel mismo día tan grande y de recuerdos imperecederos, el Sumo Pontífice había recibido amorosamente, en audiencia especial, a todos los seminaristas allí reunidos, con la asistencia de 10 Cardenales y 70 Obispos, entre los cuales se hallaba el nuestro de Coria, que representaba a todo el Episcopado Español.

Y el Papa, profundamente emocionado dirigió su augusta y elocuente palabra a los seminaristas, recomendándoles muy encarecidamente la piedad, la pureza de costumbres, la obediencia y la disciplina más absoluta, terminando con una Bendición especial para todos los seminaristas y sacerdotes allí reunidos y para todos los fieles del mundo.

También nosotros los españoles, estábamos allí representados, y también para nosotros era aquella Bendición de Padre, de Rey y Soberano y Vicario de Jesucristo en la tierra.

Recojamos, pues, aquella Bendición en nuestros corazones,con las enseñanzas que brotaron de los labios augustos del Papa, que también a nosotros iban dirigidas.
Nunca ha estado el mundo tan falto de las virtudes cristianas que recomienda el Soberano Pontífice.
La piedad, la verdadera piedad, no la falsa y de oropel, que hoy tanto abunda, aun entre la gente piadosa.

La pureza de vida, en las costumbres, en el vestir, en el hablar, en las diversiones privadas y públicas, pues la impureza y la inmoralidad llenan el ambiente de fétidos y corruptores miasmas.

La humildad, para que destruya la soberbia y el orgullo, y el egoísmo, enseñoreados del mundo.

La obediencia y sumisión a la autoridad, eclesiástica y civil, juntamente con la disciplina y el cumplimiento exacto de todos los deberes religiosos, éticos y civiles: he aquí la base y principio del orden, de la paz, de la justicia y del bienestar en todos los órdenes de la vida: paz con Dios, con los hombres y con la propia conciencia, que es el origen de la paz de los pueblos, de las naciones, de la paz de Cristo en el Reino de Cristo.

Pongamos en práctica este programa tan breve y tan vasto a la vez.

La Eucaristía en la vida de la piedad cristiana

Luego comiendo a Jesús se han de hacer poco a poco las almas como el alimento que toman, puesto que El las va indefectiblemente asimilándoselas, y necesariamente han de crecer en la vida y en el amor sobrenatural, que es la raíz que hace brotar y la savia que secretamente nutre las flores divinas de la piedad cristiana. Luego la Eucaristía, por lo que es, por lo que enseña y por lo que obra, es el foco activísimo y el centro poderoso de la piedad religiosa.

¿Qué extraño es que las almas aficionadas a Jesús le busquen en el momento del Sacrificio de la Misa, le visiten con frecuencia en el Sagrario y le coman a menudo en la mesa eucarística? Amar a Jesús sincera y ardientemente y no moverse y girar en torno del tabernáculo es imposible. Allí tienen el objeto de sus amores, el maestro divino de la vida, la paz del corazón, el pan y la fuerza para luchar y vencer en la ardiente arena de los combates de este valle de lágrimas.

Sin género de duda que han de brotar espontáneamente de las almas eucarísticas todas esas delicadas formas de piedad bendecidas y dirigidas por la Iglesia que miran a Jesucristo Sacramentado en el retiro y soledad de sus tabernáculos, en los días y horas de sus efusiones eucarísticas, en la solemnidad de las exposiciones y bendiciones,en el esplendor de sus paseos a veces triunfales, a veces acompañados de irreverencias por los pueblos cristianos, en su amorosa última visita a los enfermos que se despiden de la vida. Almas así necesitan visitar a Jesús en el tabernáculo, orar en su presencia, conversar amigablemente con El, comulgar y reparar, amarle y buscarle almas que le amen. Almas que viven de Jesús, con Jesús y para Jesús en la Eucaristía, necesariamente han de crecer cada día en el espíritu de piedad, han de hacerse cada vez más castas y puras interior y exteriormente y han de convertirse, aun sin pretenderlo, en apóstoles y voceros de Jesús, que con obras más que con palabras, van predicando a los demás las maravillas y tesoros de vida eterna que el amor omnipotente y misericordioso de Dios ha encerrado en el sagrado retiro del tabernáculo.

Señores, el Vicario de Jesucristo en la tierra, profundo conocedor de las necesidades espirituales del mundo,de la acción eficaz de la mujer cristiana, en el remedio de ellos y de la fuerza omnipotente de la Eucaristía para transformar a los hombres y renovar a los pueblos, al dirigirse a las jóvenes de Roma, y en ellas a las de todo el mundo, no podía menos de poner al frente de su programa de vida cristiana lo que ha puesto, a saber: que sean eucarísticamente piadosas, seguro de que si lo son, el fulgor de la pureza nimbará su vida y el ardor del apostolado lanzará calor de todas sus acciones, como del encendido incensario se desprende blanca y olorosa la hermosa nubecilla del incienso. Ahí tenéis el por qué de esa sapientísima norma de vida dada a las jóvenes por el Vicario de Jesucristo.

Termino, señores.

En la tremenda y obstinada lucha que de un cabo a! otro del mundo se extiende entre el espíritu del bien y el espíritu del mal, estas jóvenes doncellas que se han acogido al pabellón de María Inmaculada y Teresa de Jesús, y en las que tantas esperanzas teñía puestas su venerable Fundador, deben trabajar denodadamente por el triunfo de los intereses de Jesús en las almas,en las familias y en los pueblos. La ola de corrupción y naturalismo que, con espectáculos licenciosos, lecturas envenenadoras, modas inverecundas y costumbres indignas de pueblos redimidos por Jesucristo, amenaza hundir a la sociedad moderna en la disolución pagana, ha de tener en ellas un dique poderoso que la contenga y desvíe, al par que el espíritu de Jesús debe hallar en todas, miembros ágiles y bien formados que trabajen eficazmente en la restauración cristiana del mundo. Mas para lograr esto es de todo punto necesario que sean lo que el Padre común de los fieles quiere que sean, eucarísticamente piadosas, angelicalmente puras y apostólicamente activas.

Fr. Luis Colomer, ofm

El mártir del Alverna

17 de septiembre

A lo más alto del Alverna,
se retira el gran Francisco,
buscando la soledad
y abandonando el bullicio.

Allí quiere, enamorado,
entregarse todo a Cristo,
cuyas finezas de amor
le traen de amor herido.

Tiene por celda una brecha
en un eminente risco,
donde pasa día y noche,
en alta oración sumido.

Se muere el Santo de amores,
de amores por Jesucristo,
quien al verse tan amado
y de amores requerido.
A sus afectos responde
con otro amor infinito.

Más y más llama a los cielos
el tierno amante Francisco,
para que los cielos vean
y le sirvan de testigo,
cuál desfallece de amor,
que es el más cruel martirio.

Cristo le ve enamorado;
y en punto de amor herido,
le dice quiere mostrarse
amante galano y fino.

No tardó mucho a llegar
el obsequio prometido:
cierto día oraba el Santo
en lo más alto del risco.

Y antes que el alba riese,
cuando está todo tranquilo,
tiene el Santo una visión
de modo jamás oído:

Dos alas cubren el cuerpo,
dos los brazos extendidos,
dos hay sobre la cabeza
del que representa a Cristo.

Se rasga el azul de! cielo,
por que vea lo infinito
y desciende un Serafín,
en forma de crucifijo.

¿Qué lengua de ángel podrá
cantar tamaño prodigio?
¿Quién los arcanos profundos
que vio el glorioso Francisco?

Mirad al Santo dichoso
Y advertid que es otro Cristo,
según lo deja parado
el mensajero divino.

En manos, pies y costado
le ha dulcemente herido,
y muestra llagas de amor,
cual las tiene Jesucristo.

¡Oh qué prodigio más grande!
¡Oh qué portento inaudito!
¿Quién tal jamás pensar pudo,
pues esto jamás fue visto?

Yo os admiro, Padre Santo,
en un Cristo convertido,
de suerte que no distingo
si sois vos o Jesucristo.

Por eso me acojo a vos,
cual si fueseis Jesús mismo;
y por esas cinco llagas
con que el amor os ha herido,
pido que curéis las llagas
que nos abrieron los vicios.
Y que en cambio nos llenéis
de aquel vuestro amor divino;

Que nuestro pecho inflaméis
en amor hacia Dios vivo,
con aquel amor tan dulce
que os transformó en Jesucristo.

 

Fr. Roselló.

De la santa Misa

V.— Del fruto del sacrificio de la Misa.

Este fruto se puede considerar de parte del que ofrece la misa y de la víctima que se ofrece. Siendo el oferente de la misa Jesús (oferente primario) y el sacerdote (oferente secundario), doble es el fruto de la misa considerado de este modo. El primer fruto proviene de Cristo y lo llaman los teólogos ex opere operato, porque se recibe por virtud de los méritos de Cristo y de sus promesas. Desde este punto de vista considerado, aprovecha tanto la misa ofrecida por un indevoto y tibio sacerdote como la de un ejemplar y fervoroso, porque en ambos casos es Cristo el sacerdote principal. Así como podíamos decir que tiene tanta fuerza la firma del rey estampada con una pluma de caña como con pluma de oro montada en diamantes.

Si se considera el fruto de la misa de parte de la víctima, que también es Jesús, así también el fruto es infinito, porque los méritos de Jesús están deificados por la persona del Verbo, que sostiene su humanidad y está hipostáticamente unida a la naturaleza humana de Jesús. El fruto de la misa es triple: uno se llama general, y de éste participan todos los fieles cristianos esparcidos por todo el mundo, aunque en ello no piensen; pero se entiende del valor propiciatorio e impetratorio, mas no del satisfactorio, según la sentencia comúnmente, seguida por los teólogos. Y de este fruto más abundantemente participan los que asisten al sacrificio de la misa oyéndola, los que sirven al sacerdote celebrante, los que con mayor devoción la oyen, a todos éstos les alcanza también la parte satisfactoria de la misa.

El otro fruto se llama especial y les corresponde de lleno a los fieles por quienes aplica la misa el sacerdote. A éstos podíamos llamar los herederos de esta testamentaría; a los del fruto general legatarios, para hacernos más comprensibles. Estos son los que se llevan abundantemente el fruto y se aplica según las intenciones que tengan y por las que hacen celebrar la misa.

Y el otro fruto es el especialísimo, que le corresponde al sacerdote celebrante. Se discute entre los teólogos, si el sacerdote lo puede aplicar o si es alienable.

Nunca me han convencido las razones de los que niegan o sostienen que es tan suyo este fruto, al que no puede renunciar cuando le plazca. Porque si una comunión y cualquier obra buena la puede transmitir a otro y aplicar por sus intenciones, ¿por qué esta limitación al fruto que corresponde al sacerdote celebrante, cuyo fruto de la misa es tan suyo como lo es la obra buena y comunión respecto de los fieles que la practican? Además me persuado que aquí podía nacer la duda de confundir el mérito de la obra con su parte satisfactoria, impetratoria, etc. Y sabemos muy bien que los méritos son inalienables; pero es alienable la parte satisfactoria, etc.

¿Si el valor de la misa es infinito,anos-otros se nos aplica también como infinito? Salta a la vista que esto es un absurdo. Todos los hombres, por más que crezca su número, siempre tendremos que constituirán una cifra por sí limitada, finita.

Y lo infinito no se puede aplicar a lo finito, porque excede lo primero y nunca lo podrá abarcar y ceñir lo limitado. Pero, ¿no se podía aplicar este fruto infinito de un modo indefinido? Así lo sienten algunos teólogos y puede ser que otro día lo expliquemos, aunque existe otra corriente de opinión que asegura que se aplica el fruto de la misa de un modo limitado.

Y terminemos este artículo con el caso de aquellos dos trabajadores a quienes la fortuna sonreía de diferente modo: al uno todas sus operaciones le salían bien y prosperaba, mientras el otro cada día se encontraba más angustiado y contrayendo deudas.—¿Cómo te suceden tan bien todas tus cosas? —pregunta el segundo al primero. —Ven conmigo de mañana y te lo enseñaré. Y le llevó durante una semana todos los días a misa. Y al final, enfadado el segundo, dice: Camarada, yo bien sé el camino de la Iglesia, si quiero ir; lo que yo deseaba es que me enseñaras el arte que tienes para hacer prosperar tus asuntos. Y le contestó el primero: —Amigo, yo no tengo otro arte más que el oír misa todos los días y pedir la bendición a mi buen Padre Dios para que me oriente y guíe en todos mis trabajos; y todos los de mi casa me acompañan gustosos en esta empresa.

Desiderio.

Página mariana

Cartas a Mariófila

IV

Inolvidable Mariófíla en Jesús y María: Con profunda humildad y encendido afecto has rendido culto de veneración y amor a la excelsa Madre de Dios, felicitando, como dices en tu grata, a la humilde Esclava de Nazaret por su elección y encumbramiento a la divina Maternidad y por las íntimas relaciones que por ello tiene con las tres Personas de la Beatísima Trinidad. Muy bien me parece, cara Mariófila, y también yo te felicito por tus nobles sentimientos; y para que crezca el entusiasmo que sientes por la Virgen te voy a proponer en estas mis letras el segundo motivo que a su devoción y amor nos obliga, cual es el título de Madre de los hombres.

Por este nuevo título que la Iglesia da a la Virgen nuestra Señora, amada Mariófila, podemos decir tú, yo y todos los mortales: ¡La Madre de Dios es mi Madre! ¡Ah! ¿Cuándo hubiéramos podido soñar siquiera en semejante dicha? ¡Llamar madre mía a la mujer privilegiada y única que Jesús, el Verbo de Dios hecho carne, tuvo y llamó también madre! Gracia es esta tan especial y dicha tan suprema para el hombre, que jamás podremos comprender todo su alcance en este mundo sin un don singular del cielo.

La Maternidad humana de María se funda en su Maternidad divina; pues,como enseñan los teólogos, plugo a la misericordia del Señor compadecerse del género humano, abriéndole las puertas del cielo que tenía cerradas por el pecado de nuestros primeros padres Adán y Eva. Para ello determinó en sus eternos decretos, que el Verbo de Dios, o sea la segunda Persona de la Beatísima Trinidad, tomase carne en las purísimas entrañas de María Virgen, pues era voluntad del Altísimo que María cooperase a la redención en nombre de la naturaleza humana, por lo cual Dios pidió a la Santísima Virgen su consentimiento para que el Verbo se hiciera hombre en su vientre virginal; porque quiso Dios que el género humano, en cuanto fuese posible, se redimiese a sí mismo. Con este consentimiento de María para la encarnación del Verbo, dice Santo Tomás, se celebraron desposorios entre el Hijo de Dios y la naturaleza humana representada por María, y si Jesucristo había de ser Padre de las futuras generaciones y príncipe de paz, según el profeta Isaías, la Santísima Virgen debía ser Madre de aquellos a quienes se extendiera la paternidad de Cristo; es decir. Madre de todos los hombres en el orden sobrenatural.

De aquí se colige claramente, que al dar María su consentimiento con aquel misterioso Fiat con que respondió al Ángel cuando vino a explorar su voluntad en nombre del Altísimo, y quedó hecha Madre de Dios, nos engendró también a nosotros con el deseo de salvarnos, quedando hecha, asimismo, Madre espiritual del género humano. Nuestra Señora, dice a este propósito S. Buenaventura, engendró a Jesucristo carnalmente y a todo el género humano de una manera espiritual.

Pero la divina Virgen, mi cara Mariófila, no sólo tuvo la Maternidad humana por título de generación, sino de adopción y de donación. ¡Oh, nunca agradeceremos bastante la fineza que Jesús ha tenido con nosotros al darnos por madre a su propia Madre, ni a Esta el habernos recibido por hijos! Relatemos el hecho. Estaba Jesús agonizante y próximo a morir en el árbol de la cruz que se levantaba sobre la cima del Calvario, y viendo al género humano por el cual tanto había sufrido en su Pasión y gustoso daba su vida, que se quedaba huérfano de padre, nuevamente se compadeció de él, y dirigiéndose a su Madre que tenia a sus pies llorosa y desconsolada le dijo, señalándole a Juan: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu Madre. Y desde aquel punto se encargó de ella el discípulo, y la tuvo consigo en su casa, amándola y sirviéndola como a su propia madre, y María desempeñó su oficio de madre tierna y cariñosa para con su hijo adoptivo, pues de buen grado aceptaba el encargo de Jesús, no ya por consolarle en aquellos tristes y angustiosos momentos para su alma, sino también por el grandísimo deseo que sentía de ayudar al hombre y hacerle más eficaz, por su medio, los frutos de nuestra Redención, de los cuales quedaba depositaría y dispensera.

Pondera bien este hecho, carísima, y mide, si puedes, el valor de la prenda que Jesús nos otorga al morir, y la buena voluntad y afecto con que nos la da. Jesucristo se olvida por un momento, digámoslo así, de lo mucho que en treinta y tres años ha hecho por el hombre; olvida hasta los terribles tormentos que actualmente padece en la Cruz, y fijando su mirada en ese hombre ingrato que le está ocasionando la más cruel de las muertes, por toda venganza le regala la mejor prenda que tiene, la más rica joya que le queda; le da su propia Madre. Las palabras de Jesucristo, como palabras de Dios, siempre son eficaces para hacer lo que dice en la forma que él quiere hacerlo, como enseña un autor ascético, y cuando le dice a la Virgen: He ahí a tu hijo, señalándole a Juan, le dio un corazón grande, tierno y compasivo: le dio una voluntad eficaz para que recibiera a todos los hombres en representación de Juan, para que los amara, se compadeciera y bonificara como a hijos queridísimos de su alma. Por esto te repetiré una y mil veces, que jamás agradeceremos bastante la fineza que Jesús tuvo con nosotros al darnos por madre a su propia Madre, ni a María el habernos recibido por hijos suyos.

Aquí tienes, pues, amada Mariófila, el segundo motivo que te obliga a la devoción y amor de la Santísima Virgen, y aun te diré que por este titulo te puedes acercar más a Nuestra Señora y recibir mejor su influencia soberana, porque se te presenta con las ternuras de tu propia madre y la dignidad y poder de Madre de Dios. Diríamos que para las almas grandes y de generoso desprendimiento les atrae y les basta el solo título de Madre de Dios para enamorarse de la Virgen nuestra Señora y acudir confiadamente a su protección en demanda de gracias y mercedes; empero para las almas pusilánimes y egoístas cuales son la mayor parte^ más aún para los pecadores, necesitábamos de este nuevo título de Madre de los hombres en María para que también nos obligáramos a ella con la misma libertad y confianza, confianza y libertad que de otro modo no tendríamos,al menos en tanto grado, porque la dignidad de Madre de Dios nos aterraría, y tal vez nos alejara de su misericordia para siempre.

Aprovéchate, pues, carísima, de este nuevo titulo de María y arrójate confiadamente en sus brazos, ya que es tu madre tierna y cariñosa y te ama con amor casi infinito, cual no han podido tener ni tendrán ninguna de las madres del mundo, y puesto que los deberes de padres e hijos son correlativos y María cumple los suyos para contigo con tanta solicitud y fineza, has de llenarlos tú también para con Ella, amándola, sirviéndola, honrándola y dándole gusto en todas las cosas.

Así lo espera tu affmo. en Jesús por María,

Fr. Mariano.

Sumario. —Segundo motivo por que debemos amar a María. —La Madre de Dios es mi madre.—Fundamento de la Maternidad humana de María.—La Virgen es nuestra madre espiritual por generación.—Lo es también por adopción y donación.—Valor de esta dádiva.—Motivo de confianza.—Conclusión.

Cultura religiosa. Errores modernos

A la juventud antoniana

Mis queridos Antonianos: Después de las causas principales de los errores del Modernismo, habla el Sumo Pontífice Pío X en su Encíclica Pascendi, de los artificios de que se valen los modernistas para propagar dichos errores.

«De dos artes se valen, dice el Papa, para engañar a los demás: primeramente, procurando destruir los obstáculos que se oponen a sus intentos; y luego, buscando diligentemente los medios más adecuados para inculcar sus errores».

Y lo que primero intentan destruir son tres cosas que más se oponen a sus intentos. que son: El método Escolástico, la autoridad y tradición de los Padres, y el Magisterio de la Iglesia. Y contra estos tres obstáculos dirigen los modernistas constantemente sus más violentos ataques.

Bien saben ellos lo que se hacen; porque si realmente logran destruir estas tres armas poderosas, ofensivas y defensivas de la doctrina católica, muy fácilmente propagarían y extenderían sus errores, aún entre los cristianos incautos. Pero afortunadamente, se levantan aquellos tres medios de defensa, como tres fortísimos baluartes ante el alcázar augusto de la Iglesia, y no es tan fácil que puedan penetrar en su sagrado recinto, sin ser antes briosamente rechazados.

Desprecian y ridiculizan los modernistas la filosofía y teología escolásticas, ya por miedo, ya por ignorancia, o por ambas razones a la vez; mas es lo cierto, que, como dice el mismo Soberano Pontífice, es una señal clara de inclinación hacia los errores del Modernismo el aborrecer y despreciar el método escolástico, recordando muy oportunamente la reprobación del Papa Pío IX contra los que dicen: «el método y principios con que los antiguos doctores escolásticos cultivaron la teología, no conviene en manera alguna a las necesidades de nuestros tiempos y al progreso de las ciencias».

Craso error que ha sido causa de que muchísimos cayesen en la emboscada, tan falazmente preparada por los enemigos.

Y ¿qué es el método escolástico?, me preguntará tal vez alguno de vosotros.

El método escolástico es, mis queridos antonianos, la manera o modo de defender las verdades de nuestra fe contra los herejes, de que se valieron los doctores de la Iglesia, en la Edad Media, especialmente los insignes filósofos y teólogos Pedro Lombardo ,el angélico Doctor Santo Tomás y el Seráfico Doctor San Buenaventura, con todos los demás que les siguieron e imitaron.

El primer fin y objeto de la Escolástica, dice un eminente teólogo, es descubrir las verdades contenidas en la Sagrada Escritura y la Tradición, y deducir conclusiones de los principios de la fe revelada. Además tiene por objeto defender la fe contra los ataques de los herejes; y por último, se propone ilustrar, aclarar y aún confirmar, en cuanto cabe, por las ciencias humanas, la doctrina de Jesucristo y de su Iglesia.

¿Comprendéis ya por qué todos los herejes y enemigos de la Iglesia, y por tanto los modernistas, ridiculizan, desprecian y temen tanto el método escolástico? Es su mayor enemigo, que descubre y pone a las claras todas sus argucias y falacias. Y por esto tratan de destruirlo y aniquilarlo, si pudieran: mas no lo conseguirán. Continuaremos hablando de estos medios de defensa de la verdad católica.

—Vuestro affmo. amigo,

Fr. Juan Bta. Botet, ofm