Índice del número 125
Noviembre de 1930. Año 11. Director: Fr. Juan Alventosa, ofm
- Amparado por la Iglesia. Pío XI
El día de los difuntos. J. B.
En la soledad del templo. A. Jacinto Margarita
Un grito de la muerte. Fr. José Antonio Arnau, ofm
Las campanas. A la juventud antoniana. Fr. Juan Bta. Botet, ofm
El carro triunfal. Aromas antonianos. Fr. Manuel Balaguer, ofm
A las madres cristianas. Fr. Dionisio Verdú, ofm
Vida popular de Cisneros.
Iglesia de N. P. San Francisco de Teruel. Poema. Fr. Luis Ángel, ofm
Florecillas de Santo Espíritu del Monte. Fr. Juan Alventosa, ofm
Els tocs funebres. Poema. Fr. Bernardino Rubert, ofm - La noche de difuntos. Amenidades
Oferta descuidada
¿Qué es eso del purgatorio?
La caridad recompensada.
La bolsa perdida. - Oratorios, capillas e iglesias (IV). Fr. Francisco Lliteras, ofm
En sufragio. F. M. Morales
La primera santa mallorquina. Aguiló
Pesca de cangrejos. Episodios misionales. Fr. Manuel Navarro, ofm
Noticias
Amparado por la Iglesia
La historia testifica, cómo, particularmente en los tiempos modernos, ha habido y hay de parte del Estado violación de los derechos conferidos por el Creador a la Familia, y al par demuestra espléndidamente cómo la Iglesia los ha tutelado siempre y defendido; y la mejor prueba de hecho está en la especial confianza que las familias han puesto en las escuelas de la Iglesia, como escribimos en Nuestra reciente carta al Cardenal Secretario de Estado: «La familia ha caído pronto en la cuenta de que es así, y desde los primeros tiempos del Cristianismo hasta nuestros días, padres y madres, aun poco o nada creyentes, mandan y llevan por millones a sus propios hijos a los institutos educativos fundados y dirigidos por la Iglesia».
Es que el instinto paterno, que viene de Dios, se orienta confiadamente hacia la Iglesia, seguro de encontrar en ella la tutela de los derechos de la Familia, es decir, la concordia que Dios ha puesto en el orden de las cosas. La Iglesia, en efecto, aunque, consciente como es de su divina misión universal y de la obligación que todos,los hombres tienen de seguir la única religión verdadera, no se cansa de reivindicar para sí el derecho y de recordar a los padres el deber de hacer bautizar y educar cristianamente los hijos de padres católicos; con todo, es tan celosa de la inviolabilidad del derecho natural educativo de la Familia, que no consiente a no ser con determinadas condiciones y cautelas, en
que se bautice a los hijos de los infieles, o se disponga como quiera de su educación, contra la voluntad de sus padres, mientras los hijos no puedan determinarse por sí abrazando libremente la Fe.
Tenemos, pues, como lo declaramos en Nuestro discurso ya citado, dos hechos de altísima importancia: «la Iglesia que pone a disposición de las familias su oficio de maestra y educadora y las familias que acuden presurosas para aprovecharse de él y confían a la Iglesia por centenares y millares a sus propios hijos, y estos dos hechos recuerdan y proclaman una gran verdad, muy importante en el orden moral y social. A saber, que la misión de la educación toca, en primer lugar a la Iglesia y a la Familia, y que les toca por derecho natural y divino, y, por tanto, de manera inderogable, ineluctable, insubrogable».
Al Estado
De este primado de la misión educativa de la Iglesia y de la Familia, así como resultan grandes ventajas, según hemos visto, para toda la sociedad, así también ningún daño puede seguirse a los verdaderos y propios derechos del Estado respecto a U educación de los ciudadanos, conforme al orden por Dios establecido.
En orden al bien común
Estos derechos los ha comunicado a la sociedad civil el mismo Autor de la naturaleza, no a título de paternidad, como a la Iglesia y a la Familia, pero sí por la autoridad que le compete para promover el bien común temporal, que no es otro su fin propio. Por consiguiente, la educación no puede pertenecer a la sociedad civil del mismo modo que pertenece a la Iglesia y a la Familia, sino de manera diversa, correspondiente a su fin propio.
Dos funciones
Ahora bien; este fin, el bien común de orden temporal, consiste en la paz y seguridad de que las familias y cada uno de los individuos puedan gozar en el ejercicio de sus derechos, y a la vez en el mayor bienestar espiritual y material que sea posible en la vida presente, mediante la unión y la coordinación de la actividad de todos. Doble es, pues, la función de la autoridad civil que reside en el Estado: proteger y promover; y no absorber a la familia y al individuo, o suplantarlos.
Por lo tanto, en orden a la educación, es derecho, o, por mejor decir, deber del Estado, proteger en sus leyes el derecho anterior (que arriba dejamos descrito) de la Familia en la educación cristiana de la prole; y, por consiguiente, respetar el derecho sobrenatural de la Iglesia sobre la educación cristiana.
Igualmente toca al Estado proteger el mismo derecho en la prole, cuando venga a faltar física o moralmente la obra de los padres, por defecto, incapacidad o indignidad, ya que el derecho educativo de ellos, como arriba declaramos, no es absoluto o despótico, sino dependiente de la ley natural y divina, y por tanto, sometido a la autoridad y juicio de la Iglesia.—
De una Encíclica de Pío XI
El día de difuntos
De nuevo doblan las campanas a muerto, llamando al templo a los fieles cristianos para que recen por las almas de los difuntos, la tarde del día 1 de Noviembre.
Y si siempre son tristes los sones de las campanas cuando doblan a muerto, en este día parece que suenan más lúgubres? quejumbrosas como si quisieran evocar los aves, llantos, quejas y lamentaciones de todos los que perdieron algún ser querido durante el año, y aún durante muchos años atrás. Pues en este día se recuerdan sin gran esfuerzo los difuntos de nuestras familias y de nuestros amigos, vecinos y conocidos.
¡Misterioso influjo de las campanas cuando doblan a muerto!
Y en el día de difuntos, ellas son también las que nos llevan casi insensiblemente al cementerio, como si con sus lenguas metálicas nos llamaran nuestros difuntos, los que descansan en el Señor, los que duermen en la paz de los justos.
Y ¿que es lo que piden esas almas que tan clamorosamente nos llaman?
Piden oraciones, sufragios, rosarios, misas, comuniones.
Mirad esa procesión interminable que forman los que van y vienen del cementerio, los que allí pasan algunas horas, los que visitan los nichos de sus difuntos, y rezan y lloran, y recuerdan los rasgos más culminantes de su vida.
Mirad estos niños ¡cuán pequeños, de cuán corta edad volaron al cielo;! ¡angelitos!
Mirad aquel anciano venerable, ¡cuánto sufrió en vida! ¡cuán larga fue su última enfermedad! ¡cuánta resignación mostró hasta el último instante de su existencia!
Y todos, buenos y malos, amigos y enemigos, todos hacen los más expresivos elogios de aquellos cuyas lápidas mortuorias leen y comentan.
No veréis nunca, o rara vez, que se mencionen los vicios ó malos hábitos y los defectos de los difuntos; solamente se recuerdan sus virtudes, sus buenas cualidades, sus méritos y buenas obras. Esto es lo que perdura, esto es lo que sobrepuja y vence la acción del tiempo; y esto es lo que se recuerda siempre con gozo. Aún los mismos enemigos no se atreven a maldecir la memoria de los que fueron sus mayores adversarios. ¿Porqué esto? Porque el lugar en que reposan sus restos es un lugar santo, bendecido y santificado por la iglesia. Porque las almas de los difuntos han sido ya juzgadas por Dios quien da a cada mi el premio o castigo, según sus obras. Y ¿a qué juzgar nosotros con nuestros mezquinos e injustos juicios a los que han sido sentenciados por Dios?
¡Ah! si siempre obráramos movidos por el santo temor de Dios! si siempre respetáramos las almas de nuestros prójimos, absteniéndonos de juzgarlas! ¡cuántos pecados se evitarían! ¡cuántos juicios temerarios de menos! ¡cuántas palabras vanas, inútiles é injuriosas dejarían de pronunciarse!
Y ¿que es el cementerio?
Cementerio es el lugar de descanso, de paz y reposo para los muertos; es el dormitorio de los difuntos, según el significado de esta palabra de origen griego.
Y ¿porqué descansan allí los restos de los difuntos? ¿Hasta cuando durará ese sueño tan profundo?
La fe nos enseña que los restos de los difuntos están en el cementerio esperando el día de la resurrección de la carne, en el que se reunirán las almas con sus cuerpos, y resucitarán, y serán presentados ante el Juez Inmortal de vivos y muertos para recibir el premio o castigo definitivo que tuviesen merecido.
¡Misterio profundo, pero verdad indudable de nuestra fe!
Con las palabras «creo en la resurrección de la carne», confesamos que todos los hombres resucitaremos con los mismos cuerpos que ahora tenemos De aquí el respeto y la veneración que la Iglesia y todos los cristianos han tenido siempre a los restos de los difuntos. De aquí también las plegarias y sufragios que se elevan al cielo por las almas cuyos cuerpos reposan en nuestros cementerios. Porque la mayor parte de estás almas están sufriendo penas indecibles en la cárcel tenebrosa del Purgatorio. Roguemos por las almas de los difuntos. Requiescant ¡n pace. Amen.
J. B.
En la soledad del templo
Sabía que estabas solo, Jesús mío, y he venido a hacerte compañía por espacio de una hora. ¡Hora santa! ¡Hora de amor!...
¿Me esperabas, Dulzura exquisita?
Yo no quiero hacer esperar al paciente Prisionero del Sagrario.
¡Ah, Bien mío! Si yo supiera hasta tus menores deseos, cómo me daría prisa en satisfacerlos.
Porque ¿qué no haré yo por Ti, Amado, que por mi amor te has convertido en alimento de mi alma, y por mi amor ahí estás esperando que te comprenda y que te ame, y por mi amor prisionero te pasas la vida en el Sagrario?... Te comprendo y te amo.
Oigo tu llamada y te sigo.
Tú mi amor, Tú mi luz, Tú mi todo, a todo lo demás antepuesto.
Porque Tú has sufrido, yo soy feliz cuando sufro.
Porque Tú has llorado, yo bendigo las lágrimas cuando acuden a mis ojos.
Porque Tú has amado hasta la Cruz y amas en la Eucaristía, mi corazón no sabe hacer nada mejor que amar.
¡Sí, mi Bien amado, vendré tocos los días, que no quiero que estés siempre solo, siempre triste, siempre con los brazos abiertos sin el alma que estrechar contra tu Corazón hecho para amar y sangrando de dolor! ¡No sonríes, Jesús mío!
¡Ah, ya!...
Adoleces de soledad.
Te quejas de abandono.
Sientes amargamente no ser correspondido en tu amor para con las criaturas.
¡Oh, Señor!
Si mi corazón fuese lo suficiente grande para amarte por todos aquellos que te tienen en olvido, cómo te regalaría con mis dulces coloquios de cariño, mientras ellos, los sordos e indiferentes apuntan con sus miras humanas al campo de ¡o efímero, y batallan sin saber lo que quieren, y predican sin basarse en otros principios que los puramente naturales, y militan por falsos ideales en sus mentes levantados, que por el tiempo han de ser destruidos.
Míralo, no obstante. Vida mía, este corazón que tanto quisiera consolarte. Verás en él tanto deseo de servirte con un amor igual al que me profesas; tanta tristeza porque Tú estás triste que no podrás menos de sonreírle.
Véanla mis ojos, Señor, la tierna sonrisa en tus divinos labios, que ella de por sí basta para regalarme, y dilatar mi corazón lleno de ternuras, y extasiar mi alma en tu dulce amor... Pero a veces te veo llorar y lloro, que son tus amarguras mías y maceran mi propio corazón.
A. Jacinto Margarita.
¡Crucifícalo! [De Rorate coeli]
Glosad a la vida
Un grito de la muerte
¡Muera!... ¡Muera!...
Hace tiempo que estoy oyendo ese grito...
En un principio me estremecía algún tanto, cual si me anunciara la vecindad de la muerte; pero al fin, después de tantos mueras sin efecto, me he tranquilizado, y los oigo o los leo en la prensa, y me sonrío, nada más...
Sin duda, la muerte sabe que esos gritos son plenamente inconscientes y, por eso, no les hace el menor caso, o mejor, no le llegan a impresionar en lo más mínimo. Así que ella continúa su camino tranquila v serenamente, matando a blancos y a negros por igual, y se la ve constantemente volar, blandiendo a diestra y a siniestra su amenazadora guadaña sobre la revoltosa humanidad, sin atender a los estentóreos gritos de ¡viva!... y ¡muera!... que por doquier se levantan, requiriendo el golpe fatal sobre determinadas personas o instituciones...
¡Pobres!... se dirá ella, con frío sarcasmo y descarnada sonrisa,...¡no saben lo que piden!...
Sin embargo, no todos los mueras, que se oyen, son igual, ni todos arrancan la sonrisa del que los oye y se pueden tomar en broma...
Hace unos días que vi estampado en la prensa un grito, yo diría que de la misma muerte. Me consterné, y todavía me parece que suena a mi oído...
No te asustes, ni te escandalices si te lo escribo; digo esto, porque mi pluma parece quiere quebrarse, antes que estampar sobre el papel tamaña monstruosidad; este grito era... ¡Muera Cristo!...
¿Quién lanzó ese grito?... No lo sé y, aunque lo supiera, no lo diría....
Sin embargo, afirmo que, sea quien fuere el que osó gritar así, ese tal sirvió de vil instrumento a la misma muerte... Desairado papel, servir a la muerte...!
Y ahora, ante tal osadía, pregunto: ¿Creen los que así gritan que Cristo vive? No cabe la menor duda. Su grito de muerte es su más palmaria confesión, desesperante también, es verdad, pero sin embozo alguno, de que sienten vivir a Cristo... De no ser así ¿para qué gritar tanto: ¡muera!... ¡muera!...?
Si yo pretendiera alguna vez demostrar a alguien que Jesús vive, tan sólo le llamaría la atención sobre este hecho:
Veinte siglos que en la historia de la humanidad se estampa esta mancha de muerte, y sin embargo, Cristo continúa viviendo en las leyes, en las costumbres, en la moral, en la ciencia, en el arte y, sobre todo, en el corazón del hombre...
Sí, Cristo vive en la humanidad, en la que le ama y en la que le odia. Sin su realidad viviente, ni se explica el amor ni el odio que se le te tiene...
Hoy, como hace veinte siglos, suena aquella voz divina: « Yo soy la resurrección y la vida». ¡Duro será, pues, a la muerte gritar:... ¡Muera la vida!...
A la juventud antoniana
Las campanas
Mis queridos Antonianos: Continuaremos hablando de las campanas de nuestras torres, según los varios autores que tratan de esta materia.
Ofrece interés particular, nos dice el señor Conde de las Navas, el estudio de las leyendas o inscripciones que llevan las campanas; «mientras en algunas del siglo XIV, apenas se consignan más que el año y el nombre del fundidor, o del que la mandó fundir, en otras cubren casi enteramente la superficie exterior de la campana, consignando la fecha, los títulos y cualidades del instrumento, los padrinos, madrinas y testigos del acto solemne de su bendición, y algunas veces datos históricos acerca de lis campanas a que sustituyeron. Ejemplo de esto nos ofrecen varias, como la mayor de la catedral de Beauvais, la de Manuel en París, y en nuestra patria la grande de Toledo».
También en las inscripciones de las campanas se consigna el nombre del santo o persona divina a quien se dedicó; los de Jesús y de María, ya completos, ya en monogramas; invocaciones, el uso a que la campana estaba dedicada; máximas o instrucciones, tomadas, la mayor parte de las veces, de los libros sagrados; el nombre de la iglesia para que se fundió; el del eclesiástico encargado de la ceremonia de la bendición; y a veces se encuentran también consignadas noticias de historia general del país a que la campana pertenece. Llevan también adornos especiales, más complicados en las más modernas; representación de imágenes sagradas, escudos de armas, guirnaldas, festones, ángeles, vasos con flores, animales fantásticos; hasta la designación del peso; el de la campana mayor de la Catedral de Toledo es de 1.542 arrobas».
El material de fundición, durante la Edad Media y el Renacimiento, consistía en tres partes de cobre puro por una de estaño fino. Se dice que los fieles añadían cierta cantidad de plata con objeto de que la campana resultase más sonora.
Refiere Salazar de Mendoza, tratando de la Campana del Milagro, que se atribuyen los prodigios que hace a que se echó en la fundición una de las treinta monedas con que Judas vendió a su Maestro nuestro Redentor. Cuantos autores han tratado de dicha campana, y han sido muchos, están conformes en que alcanzó por toda España, y aun por todo el mundo, renombre y fama, a causa de la singular propiedad que le atribuía el vulgo de tocarse por sí misma en determinadas ocasiones, sin mediar para nada la mano del hombre; y ora creyesen, ora dejasen de creer en el prodigio, todos dan fe del ruido y sensación que causaba, hasta en muy lejanas tierras, cuando rompía su silencio».
El escritor Durando distingue seis clases de campanas, que su traductor Juan Galein reduce a cinco, que son: esquila, para llamar a refectorio; timbre, para llamar a claustro; nola, para llamar a coro; nolita, la del reloj; y campana, la de la iglesia.
En los pueblos civilizados la campana se halla relacionada con toda clase de derechos en el orden religioso y en el social, y con la producción de casi todos los acontecimientos notables. Adviértase que no estuvo desde el principio, unida al reloj.
La alabanza a Dios halla un medio muy apropiado en la campana, así al clamar con arrebatado entusiasmo en los volteos, como en el repicar y tocar artístico de muchas en combinación casi musical».
El conjunto de campanas, así acordadas, recibe en el extranjero el nombre de carrillón. Existe uno de estos en el Real Monasterio de San Lorenzo de «El Escorial», que no funciona en la actualidad, y que tiene su música propia escrita.
Ya veis, mis queridos Antonianos, cuántas curiosidades existen escritas acerca de las campanas, que continuaré transcribiendo para vuestra instrucción.
Vuestro afmo. amigo,
Aromas antonianos
El carro triunfal
Lentamente va chirriando un carromato por el pedregoso y destartalado camino, que desde el campo solitario de San Pedro, conduce a la gloriosa Padua. Va en él la joya más rica que entonces poseía la Orden Franciscana, un tesoro de sabiduría y de santidad; pues era San Antonio de Padua, que encontrándose próximo a la muerte, y habiéndole revelado Dios en aquel retiro el día de su tránsito, ya muy cercano, quiso que le llevaran a Padua para pagar con el tesoro de su santo cuerpo la benevolencia, el cariño y la devoción con que los paduanos se habían aprovechado de sus sermones y le habían atendido en sus necesidades y en las de sus frailes.
Los religiosos de1 Oratorio de San Pedro, llenos de pena por perder su santa compañía, le acompañaban y seguían el lento rodar de aquel carro con religioso silencio, cruzadas sus manos ocultas por sus largas mangas del hábito y cubiertas sus cabezas con sus pardas Caperuzas. Parecía ser el lento y religioso cortejo de una carroza funeraria dándole más parecido el monótono susurro de sus rezos en que los religiosos andaban abstraídos por su costumbre de vagar continuamente en la oración y por no distraer al Santo con sus indiscretas charlas, ya que San Antonio también dentro del carro se entretenía en las alabanzas divinas y en las dulzuras de la contemplación.
Anda que andarás se iba acercando ya el carromato a la vista de Padua, pero ya no se oía el murmullo del fúnebre cortejo religioso; sólo alguna exclamación de asombro solía interrumpir el silencio y se veía a los religiosos con ademanes de sorpresa extendiendo sus mangas, caídas en algunos sus caperuzas y restregándose los ojos para ver mejor. ¿Qué es lo que ocurría? El carro se había inundado de una luz esplendorosa que superaba la luz del sol y de vez en cuando fuertes llamaradas de luz más blanca que los campos de la nieve rompían por la toldera del carricoche y subían como pebeteros de divinos aromas hasta confundirse su estela con las inmensas claridades del espacio. El Santo estaba en íntima comunicación con Dios, y Dios le revelaba las inmensas gracias y favores que derramaría sobre Padua por conservar con pompa y religiosa estima el tesoro de su cuerpo.
La esbelta torre de la Catedral y los innumerables minaretes de la ciudad de Padua, se destacaron como por magia divina a la vista del carro, cuando el feliz jamelgo, que arrastraba aquel vehículo, tomaba aliento a las vueltas de un recodo del camino. Allí en lontananza se ostentaba airosa la agraciada ciudad, como engreída de la predilección que con ella había tenido el cielo, y como si rumoreasen por todo su ambiente de luz los ecos de aquellas plegarias de Antonio y de las promesas del cielo. Antonio se incorporó instintivamente al ver la ciudad, sus dos compañeros Fray Lucas y Fray Rogerio, que de cerca acechaban todos sus movimientos para acudir a su auxilio, se acercaron a él preguntándole que es lo que deseaba.
—Sacadme por unos momentos ahí fuera, les dijo Antonio.
Hecho esto, comenzó el Santo a poner sus ojos en el llano y gracioso asiento de la ciudad, y alegre en espíritu comenzó a alabar a Padua, diciendo que muy presto sería dotada y acrecentada de grande gloria; viendo en espíritu la grande honra que muy en breve había de alcanzar aquella ciudad después de su gloriosa muerte, porque desde aquella hora sería muy ennoblecida, glorificada y visitada continuamente de Dios, por los merecimientos de su siervo, y muy frecuentada de innumerables gentes que acudirían a ella para venerar sus santas reliquias y atraídos por los portentosos milagros de San Antonio.
Después de este santo desahogo volvió a rodar el pesado carromato en dirección a Padua; y como si una voz misteriosa hubiera dado el aviso, comenzó a afluir la gente a su encuentro ovacionando al Santo y rodeando aquel carro triunfal. Hubo, sin embargo, un religioso que le iba a visitar y viendo al Santo tan debilitado le aconsejó que fuera a alojarse en el Oratorio de Arcela que estaba a las afueras de la ciudad, pues eso sería más provechoso para la tranquilidad de su espíritu, y aceptado el consejo se dirigió allí el carro triunfal, donde se hospedó el Santo hasta la horade su muerte.
A las madres cristianas
VIII. De urgente necesidad social
Ya tenéis una idea aproximada de la sublime dignidad de vuestro hijo elevado a la condición de cristiano.
Si por naturaleza es hijo vuestro, por gracia es de Dios, es hermano, discípulo y reproducción viviente de Jesucristo, coheredero con El del eterno reino. No se puede anhelar mayor nobleza acá en la tierra.
Preciso es que atentamente consideréis esta consoladora realidad, para apreciar, como es debido, a vuestros hijos y cooperar a los designios de Dios para con ellos.
Interesante, sobremanera, aparece vuestra labor desde el hogar, pues habéis de cooperar a los designios de Dios con vuestros hijos, llamados a ser cristianos ejemplares y miembros útiles a la sociedad.
No creáis que esta es tarea fácil. Si bien se pondera es para estremecer a los más decididos corazones.
Sin embargo, con la gracia de Dios, podréis salir airosas en el desempeño de vuestra difícil obligación.
Y ¿qué inspira la gracia divina en las actuales y azarosas circunstancias en gran manera desfavorables para la educación sólidamente cristiana, que es la única educación verdadera y completa? De las madres que recapaciten, un tanto, sobre sus sagradas obligaciones y la eficacia incalculable de su acción educativa respecto al destino temporal y eterno de sus hijos, podemos asegurar que la divina gracia tocará sus almas con temor saludable, temor que les llevará a realizar con mayor esmero la obra más importante que les confía la Providencia y a adquirir mejor aptitud para el cumplimiento de su cometido.
El insigne pedagogo Manjón ha dicho, y nosotros lo trascribimos en uno de los anteriores artículos, que «la madre es la primera potencia educadora». Maestro mirando hacia dentro. Y esto es innegable cuando la madre reúne simultáneamente las dos condiciones de educada y educadora.
Nadie puede dar lo que no tiene, y si no es educada y educadora o si carece de uno de esos dos elementos su labor será infructuosa.
Y concretándonos al aspecto meramente cristiano: es imposible que eduque según los designios de Dios, que son formar hombres perfectos en Jesucristo, si la madre cristiana se forja un ideal mutilado y erróneo, y desconoce los encantos que adornan al verdadero Ideal que debe plasmar en sus hijos, o si conocido, no vibra en su corazón al impulso de vivo entusiasmo y amor a Jesucristo.
Realmente la madre es la primera potencia educadora; pero faltan madres que tengan profundo conocimiento de la dignidad y virtudes de Cristo, echamos de menos en la mayoría de las madres, incluso entre las que pasan por piadosas, un acendrado amor hacia Jesús, amor que las impulsaría a imitarle y a reproducir en sus hijos, con noble afán, las virtudes y encantos de Jesucristo.
Madres ilustradas en el difícil arte de la educación, madres que conozcan profundamente a Cristo y estén de El enamoradas, madres que encarnen en su vida y en todos sus actos exquisita educación y acendrada piedad, madres santas: ese el artículo de primera necesidad, ahora más que nunca.
Y será educadora la madre cristiana si conoce, con relativa ilustración, las leyes que prescribe la pedagogía; si, con acierto, atempera esas leyes a la psicología y temperamento peculiar de sus hijos y si, junto con eso, ama a Jesucristo, es piadosa, es santa.
Me es imposible resistir al impulso de trascribiros en este artículo unas enseñanzas memorables de Federico Ozanam. He aquí lo que escribía a una amiga participándole el nacimiento de su primogénito: «No puedo contemplar su dulce carita, resplandeciente de inocencia y pureza, sin ver en ella la imagen y el sello del Creador menos desfigurados que en nosotros. Ni puedo pensar en esta alma inmortal, de la cual me ha de pedir cuenta muy estrecha, sin sentirme más penetrado de mis deberes. ¿Cómo dar lecciones, si no las practico yo? ¿Pudo elegir Dios medio más amable para instruirme, corregirme y ponerme en el camino del Cielo?»
¡Admirables palabras que todas las madres deben meditar en interés de la familia y de la sociedad!
A la memoria del Cardenal Cisneros (8 de Noviembre de 1517)
Vida popular de Cisneros
En el año de 1438 y en un pueblecito de la vieja provincia madrileña, nació un chicuelo castellano que después fue regente, arzobispo, cardenal, doctor civil, general, conquistador y fraile.
Aquel chicuelo era flaco, vivaz y recto de costumbres, pero testarudo y desconfiado. Aprendió el latín en dos años, el griego en lino y el bachillerato en cuatro y medio. Tenía una inteligencia esclarecida y gustaba de atar rabos tras la ropa de sus condiscípulos; pintar gallitos en los pupitres de nogal y hacer pajaritos de papel para incrustarlos en las narices di sus compañeros.
Se le conocía por Gonzalo Giménez de Cisneros y era hijo de padres pobres, pero de hidalgo nacimiento.
Aquel chiquillo era el primero en los tumultos y el primero en las clases todas; pero cuando veía una injusticia sus manos se crispaban y salía de su boca un torrente de respetuosa protesta.
Había nacido en el pueblecito de Torrelaguna, y allí iba siempre a pasar las vacaciones al lado de los suyos. Y cuentan las crónicas de la aldea que una vez Gonzalo notó que en el pueblo había un pobre vendedor de mercancías que tenía la manía del saber, a pesar de ser un gran ignorante que hasta de esclarecido poeta dragoneaba. Este pobre diablo era objeto de la rechifla y burlas de todos los colegiales que estaban allí de vacante.
Cisneros llegó a conocerlo y de su mente brotó la ingeniosa idea de sugerir a sus compañeros el formar una junta de pilluelos para graduar a aquel monomaniaco.
Toda la aldea de Torrelaguna relata el famoso, día en que, reunida en la plazuela vieja la junta de estudiantes, fue examinado el monomaniaco y graduado de Doctor con toda solemnidad. Presidía gravemente el Tribunal examinador Gonzalo de Cisneros, y era de ver con qué continente serio le hacía las preguntas al examinado, el cual, lleno de gozo, respondía barbaridades sin cuento. Después,
en el pueblo todo el mundo llamaba Doctor a aquel badulaque...
Otra vez, (y esta vez fue en el Colegio de Henares), hubo un serio tumulto con motivo de que un premio de latín había sido mal conferido, según opinaban los estudiantes. El joven agraciado tuvo un violento altercado con sus otros compañeros y éstos lo atacaron a puño y piedras; y ya la situación del atacado era muy desesperante, cuando surgió Gonzalo a su lado, y con aquella potente voz que tenía, dominó el ataque y con fuertes imprecaciones logró la retirada de aquellos rabiosillos contrincantes.
Una noche, —era ya de madrugada,— se oyó en el campanario un violento agitar de bronces, que hizo cundir la alarma y perder el sueño a todo el mundo. No se podía saber quien era el autor de la fechoría y se culpó de ella a un mozo andaluz que tenía fama de travieso. Fue encerrado en una celda.
Gonzalo al ver castigado a aquel inocente, confesó ante el colegio su falta y ser realmente el autor, pero dada su constante buena conducta y seriedad no se le quería creer. Entonces se cruzó de brazos y erguido ante la comunidad, preguntó quién podía asegurar que sus labios habían mentido nunca. Aquello fue decisisivo y el enceldado fue devuelto a libertad entre los aplausos de los otros niños.
En Madrid vivía en la mayor pobreza la ilustre familia de los Bernaldes, caballeros todos que murieron al servicio de Castilla en las guerras contra los moros de la península. El gobierno jamas atendía los ruegos de aquella viuda con seis hijos, presos de la mayor de las miserias. Lo supo Cisneros, poco antes de ingresar en el convento de Franciscanos de Toledo, y desde ese día empezó a pedir limosna en todas partes «para una obra grande y dolorosa». Se proponía comprarles una casita a aquellos infelices y tal fue su empeño que logró reunir una buena cantidad.
(Continuará).

Iglesia de San Francisco de Teruel
La iglesia de N. P. San Francisco de Teruel
Qué impresión en el alma produce Cual Francisco de Asís, nuestro Padre, Cuanto más la contemplo, Del divino Cantar cual la Esposa, Siente un hondo placer, dulce encanto, ¿Cómo no, si es un himno de amores, Cuantas veces penetro Muy potentes resuenan las voces, |
que tan amplio y grandioso recinto Del coloso de piedra los brazos No los cansa ni rinde el esfuerzo, No es extraño que miren los santos El sol mismo parece se asoma, ¡Oh, qué espléndidas joyas! Devoción y piedad se respira ¡Oh, bendita la fe de aquel pueblo |

Interior de la iglesia de San Francisco [De Sipca]
Florecillas de Santo Espíritu del Monte
De cómo los frailes no pasan nunca por delante de la Ermita del Huerto sin rezar a la Santísima Virgen una Ave María y ofrecerle una flor.
¡Cómo sube la escalerilla empinada, aunque corta, del huerto a la balsa y del jardincito de los novicios a la explanada de la ermita! Yo no sé —dice el hermano Antón, ya muy viejo setentón y lleno de achaques, cómo los novicios la suben de dos en dos escalones y la bajan como cabritillos, juguetones y saltadores. A mí cada escalón me cuesta Dios y ayuda y aun así...
¡Mira, mira los novicios qué nardos más preciosos han plantado, aquí, en el rellano! Si no fuera porque... no sé, los habrán plantado para... Y es el caso que me viene tentación de coger uno, sólo uno... Oh, pero si todavía no hay más que uno abierto... muchos en capullo, sí, en capullo muchos... uno, dos, tres, cuatro... Qué haré Señor, qué' haré, ¿lo arrancaré?... ¡Es el primero!... Eso es, por eso mismo que es el primero, qué bien le vendrá a la Virgen de la Luz, a la de mí ermita! que Ella las cría todas y si no fuera por mí, no vería ni una. Sí, vamos, nardo precioso, vámonos a la Virgen. Tú el primero en salir... no perteneces a los novicios, serás de la que decía: «que la cubriéramos de flores porque enfermaba de amor».—

(Llegándose a la balsa).—¡Señor, Señor... qué poca agua hay! No sé si el hortelano tendrá bastante para el riego. El invierno ha sido bastante seco. Pero nunca cesó la fuente. Yo siempre la he conocido igual.—(Hacia el jardín).—Los novicios han tenido mucho gusto este año. Qué flores más lindas han plantado. El jardín parece una gloría. ¡Señor!... Cuando venga la votación les pongo a todos... habichuela; (1) y que sean frailes. ¡Si no fuera por estas pocas vocaciones que quedan! El mundo está tan mal... Ayer vinieron unos jóvenes de paella y se pasaron todo el día bailando y tocando el acordeón. ¡Qué mal está el mundo, qué mal!...
Ah, ya estamos. ¡Virgen mía cuánto me cuesta el arrodillarme! ¡Soy tan viejo ya!... «Dios te salve, María»... Mira, te he traído hoy un nardo, se lo he quitado a los novicios. Es el primero que ha brotado. Cómo te va a gustar. Ya lo veo, ya. «Llena eres de gracia, el Señor es contigo»... Hasta mañana. ¡Hay, que no me puedo levantar!... Bueno, ya está. Los peces están hoy muy juguetones. Aquel rojo y aquel otro el blanco... ¡el blanco qué bonito es! Lo blanco siempre es lo mas bonito. Es figura de la inocencia y de la pureza.
Mirando los peces y el huerto, el jardín, los montes, los pinos, cómo se abre el valle hacia Sagunto, su castillo, el mar... Fray Antón, sentado sobre el borde superior de la balsa, a la tibia tarde, siente sueño. Una cabezadita, dos...
Los novicios.—Uno: ¿qué se juega, su caridad, que es el hermano Antón el que nos ha quitado el nardo?
—Calla, responde el otro: que está allá, durmiendo... Vayamos por aquí, que no nos vea. ¡Si nos ve!... Nos da un haba (2) en la votación.
El hermano.—(Despertando)—Bueno, a la celda. Adiós, Virgen mía. Hasta mañana. ¡Qué bien hace el nardo! Por los novicios... Sino fuera por ellos... Cuando venga la votación les pongo una... habichuela a todos. Son tan buenos... Ay, Señor... ¡qué buenos son!
Fr. Juan Alventosa García, ofm
(1) La habichuela (voto blanco), en la votación de los novicios, significa la aceptación del mismo en la Orden.
(2) El haba significa voto en contrario, o repulsión del novicio.
Els tocs fúnebres
I. El toc d'albat Puríssim com blanc lliri, II. El toc de morts Quan mes hermosa estava |
La jove consumida peí dolor III. El toc d'ànimes Ab violenta sanya i crudel furia |
Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Terol octubre, 1930.
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