Índice del número 130

Abril de 1931. Año 12. Director: Fr. Juan Alventosa, ofm

Invocación

A vos, Señor Jesús, que con tan vehemente deseo quisisteis celebrar la Pascua del Cordero con vuestros Discípulos y ofreceros en sacrificio y holocausto cruento e ignominioso, para redimir con vuestra dolorosa Pasión y Muerte, la Humanidad caída en el pecado y prevaricadora sobre todo lecho de maldad; cautiva, en su desgracia, en las lobregueces de la inmunda prisión de sus vicios y culpas — ADORAMOS Y BENDECIMOS SOBRE EL MADERO DE LA CRUZ.

VUESTRA SANGRE, que lava las manchas de nuestros pecados, CAIGA SOBRE NOSOTROS Y SOBRE NUESTROS HIJOS; y en Vos, Señor Jesús, halle el mundo el camino de la paz, y la esperanza de su salvación, y diga:

¡AVE CRUX, SPES UNICA!

Estampas de Semana Santa

Jerusalén, la ciudad preñada de misterios e inquietudes, iba preparándose para las fiestas de la Pascua. Los forasteros que acudían a las magnas fiestas se habían instalado en las tiendas de campaña que, para aquellos días, se levantaban por los alrededores de la ciudad Santa, y, desde la lejanía, ofrecía el paisaje la ilusión de un mar de tonalidades verdes surcado por blancos veleros.

Mañana diáfana y clara con un cielo lleno de ilusiones y esperanzas. Por la blanca cinta del camino de Betania a Jerusalén avanza el Rab¡acompañado de sus discípulos. Han llegado a Betfagé al pie del monte Olívete, y el Maestro ha mandado a sus discípulos a la aldea de enfrente para que le traigan el pollino «sobre el cual aún no ha montado hombre alguno».

Jesús ha contemplado el paisaje, todo verdor, lozanía y vida y ha visto a la ciudad de Jerusalén con sus minaretes y cúpulas que se levantan gallardas, airosas, atrevidas, como un reto que lanzaran al espacio, y al contemplar a aquella ciudad fría, indiferente, ingrata a tantos beneficios como había recibido de sus manos, el Profeta de mirada dulce y sonrisa acariciadora se entristece y sus ojos sienten el rescoldo de las lágrimas que escaldan sus mejillas.

Sobre un mar de cabezas humanas y un torrente de entusiasmos y aclamaciones avanza el Profeta por las calles de Jerusalén. Delante de El miles de niños con palmas y ramas de olivo van pregonando su fama al ritmo suave del «Hosana al que viene en nombre del Señor». Cánticos y aclamaciones que suben a lo alto como un mensaje de felicidad. Por donde pasa el Nazareno van extendiendo los vestidos, los mantos, y s¡fuera posible, aquella multitud se arrancaría los corazones para que Jesús posase su planta sobre ellos. Y el Nazareno que siempre había rehusado las aclamaciones, los vítores, los aplausos, hoy se complace de esa manifestación espontánea, que va alarmando a los del Sanedrín que levantan planes de odios y venganzas.

Con pasos de coloso rodaba el tiempo hacia los acontecimientos de la Redención del género humano.

Jesús, quería dejarnos una prueba más de su infinito amor antes de abandonar este mundo y allá, en la intimidad de sus discípulos instituye y realiza el milagro; de los milagros: la sagrada Eucaristía, Con qué elegante sencillez nos narra el Evangelio esta escena todo delicadeza, todo ternura, todo amor de Cristo para con la humanidad: «Tomó el pan y lo partio y se les dio a sus discípulos diciendoles: Tomad y comed, este es m¡cuerpo que se da por vosotros. Haced está en m¡memoria».

Lector, aquí el poeta no encuentra frases para cantar la sublimidad del acto y el escritor se anonada ante la grandeza del misterio y ante la magnitud del amor.

La persona de Cristo está sentenciada a muerte por los escribas y fariseos del. Sanedrín.

Los valles de Jerusalén están sumidos; en el silencio de la noche. En el huerto» de Getsemaní los predilectos del Señor duermen. Por la mente de Jesús, que está en oración, pasan todas las escenas del
cruento drama de la Pasión y ante estos cuadros de dolor exclama: «Padre s¡es posible pase de m¡este cáliz, mas no se haga m¡voluntad sino la tuya».

Judas ha llegado; en la frente ardorosa de Cristo estampa un beso traidor y la chusma vil, canalla y cobarde se arroja sobre el Profeta.

Ya está satisfecho el Sanedrín; Judas ha recibido por su ¡heroica acción! los treinta dineros que arden en sus manos y queman su conciencia, como quemó el beso fatal la frente del Justo que ahora, en una noche de locura, es puesto ante las gradas de los tribunales de Jerusalén.

Sobre estas amarguras sintió Jesús la negación de Pedro que, a la voz de una mujer, en el patio de casa de Caifás, dice no conocer al Maestro. Y al amanecer de un nuevo día —contraste sorprendente de la gracia— mientras Pedro lloraba la negación de su Maestro, aparecía sobre la campiña colgando de un árbol el cadáver de Judas Iscariote, como una interrogación suspendida en el espacio funesta y macabra.

En su palacio el gobernador romano Pilatos queda agitado por las torturas de su conciencia que rabia de impotencia ante las exigencias de un pueblo, que en el paroxismo de su odio pide la muerte de Jesús; y Pilatos, cobarde, firma la sentencia, y como un hipócrita, se lava las manos para no mancharse con la sangre del Justo. ¡Parodia ridícula de la Justicia! ¡Caricatura grotesca del cumplimiento del deber!

Marcos Vilar.

El pacto de Judas

Mientras el divino Maestro se ofrece y se da en pan de eucaristía y en vino de amor a sus apóstoles en el Cenáculo, Judas Iscariote pacta con los enemigos del Maestro, lo entrega por treinta dineros.— Poco luego oirá de boca de Jesús: Amigo, ¿a qué has venido? ¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre?...

Por la falda del Olivete

Al pie del monte Olivete enfrente a la explanada del Templo judaico, donde se asienta soberana la maravillosa Mezquita de Ornar, al otro lado del torrente Cedrón y junto a la carretera de Jericó, se yergue, grave y majestuoso, un monumento consagrado a la oración y al dolor. Es la Basílica de Getsemaní recientemente construida por la Custodia de Tierra Santa sobre las ruinas de la que los fieles del siglo IV edificaron en memoria de la Agonía de nuestro amado Redentor y que ya había sido reconstruida por los Cruzados en el siglo XII.

El Getsemaní, cuyos olivos recogieron los amorosos suspiros de Jesús agonizante y cuya tierra se empapó con su sangre divina, fue siempre objeto de la veneración cristiana y meta de peregrinación de las almas atribuladas. Afirma Eusebio en su «Onomasticon» que allí iban los fieles a orar; y San Jerónimo dejó escrito que «a las raíces del Olivete está el lugar donde el Salvador oró antes de la Pasión, y que allí hay edificada una Iglesia», la cual, según el importante documento histórico «Peregrinatio S. Silviae» era elegante.

Apenas pasados dos lustros del siglo VII, el feroz Cosroas, general del ejército persa, devastó la Ciudad Santa, destruyendo sus innumerables monasterios y santuarios, entre los cuales, la elegante Iglesia de la Agonía. Bajo el yugo musulmán, que siguió a la devastación persiana, y que duró hasta los Cruzados, sólo ruinas de la hermosa basílica continuaban a indicar el lugar de los tristes sucesos que iniciaron la Pasión de nuestro Redentor, hasta que, a mediados del siglo XII, los Cruzados construyeron un nuevo edificio sagrado sobre las ruinas del primero, aunque no tan elegante y magnífico.

Poco duró, por desgracia, el eclipse de la media luna en Palestina; ya que a fines del mismo siglo XII, los Cruzados tuvieron que abandonarla Tierra Santa, cediendo el puesto a los Árabes. De nuevo el Santuario del Getsemaní quedó a merced del tiempo y de los hombres, hasta punto tal que, en el siglo XIV, el franciscano! Nicolás de Poggibons¡pudo escribir:! «que allí existió una Iglesia pero que a su tiempo estaba destruida».

Ya entrado el siglo XVII, los franciscanos consiguieron la propiedad del "Huerto de los Olivos", y solo en los últimos años del pasado siglo XIX y primeros del actual, fueron descubiertos los fundamentos del insigne Santuario de la Agonía. Vencidas muchas y serias dificultades, un Cardenal Protector de los Franciscanos, su Eminencia Giustini, puso la primera piedra el 17 de Octubre de 1919, iniciando así la construcción de la monumental Basílica, que cinco años más tarde, el 15 de Junio de 1924, fue solemnemente consagrada por otro insigne Protector de la Orden franciscana, su Eminencia el Cardenal Giorgi.

El maravilloso templo, que construido a expensas del mundo católico, viene a ser el relicario del dolor resignado, es el santuario predilecto de las almas que sufren; es un precioso oasis, entre las asperezas del Cedrón, que contiene el inefable gozo de la resignación cristiana. Podrá el dolor torturar nuestro pecho, podrá la congoja sofocar nuestra alma, pero, es cierto, que al entrar en la mística basílica del Getsemaní, se cae de rodillas, y al sentirse el eco de un suspiro que saliendo de la sagrada Roca, y recorriendo sus naves, repercute en nuestro espíritu: «Padre, no se haga m¡voluntad sino la tuya»... el alma y el corazón se sienten confortados y dispuestos a sufrir por Cristo y su causa hasta la muerte misma.

La Santa Gruta

Poco distante de la Basílica de la Agonía se venera desde la más remota antigüedad la llamada Gruta de la Agonía, pero que hoy debe llamarse del «Prendimiento» ya que aquí, precisamente, fue donde lo traicionó Judas y donde él se entregó a sus enemigos. En ella se retiraba habitualmente nuestro amable Redentor con sus discípulos para orar, para dividir con ellos su frugal refección y para descansar de noche de las fatigas del día. Este monumento, que ha conservado cas¡intacta su primitiva fisonomía, santificado por las frecuentes visitas de Jesús y sus Apóstoles, venerado sin interrupción en todos los siglos, como lo atestiguan documentos históricos, invita al recogimiento y a la oración. Las huellas arqueológicas de la misma Gruta nos dicen que los peregrinos han sentido predilección por este lugar. Los Franciscanos, que la poseen desde el año 1 392,la! cuidan con verdadero amor y afecto.

Nada, pues, de extraño que estos parajes sean muy visitados. Es m¡paseo favorito, porque dista apenas 15 minutos del Santuario de la Flagelación. ¡Encuentra el alma tanta resignación en las amarguras de la vida, orando en el mismo lugar donde agonizó nuestro amado Redentor! ¡Se experimenta tanta consolación reposando la cabeza sobre la misma piedra que encerró el virginal cuerpo de nuestra Madre querida! Además, ¡es tan dulce pensar que aquellos senderos los cruzó con tanta frecuencia nuestro Jesús amado!

Lectores devotos, con frecuencia en la vida cristiana se llora de gozo, No es raro este fenómeno en la mística Basílica del Getsemaní, particularmente, cuando al caer de la tarde, nos bendice Jesús-Eucaristía, mientras los niños del Orfanato franciscano de San Salvador cantan con devotas emoción: «Te ergo quaesumus, tuis faumulis subveni, quos pretioso sanguine redimisti».

Fr. León Villuendas, ofm

La Vía Dolorosa

Calle de amargura o vía dolorosa se llama el recorrido que nuestro divino Redentor hizo cargado con la cruz, desde el palacio de Pilato hasta la cumbre del monte Calvario, donde consumó el sacrificio de su vida en medio de mil torturas por la salvación del género humano. Y en verdad que fue cruel y por demás amarga y dolorosa para el Hijo de Dios esta jornada, s¡considerados, bien todas sus circunstancias.

Jesús de Nazaret había derramado su gracia y doctrina en bien de la humanidad y la fama de sus milagros era proverbial en toda la Palestina. Todos le tenían por un oráculo, todos reconocían su bondad, y no pocos fueron los que creyeron en él y le confesaron por Hijo de Dios vivo; y, sin embargo, es condenado a la muerte más cruel y afrentosa que se ha registrado en la historia del mundo; oidla, s¡no, de labios de Poncio Pilato: «Juzgo, sentencio y pronuncio que condeno a muerte a Jesús llamado de la plebe Nazareno, y de patria galileo, y por esta m¡sentencia determino que su muerte sea de cruz, fijado con clavos a manera de reo... Que se le pongan sus vestiduras para que sea conocido de todos, y la propia cruz en que ha de ser crucificado; vaya en medio de los otros dos ladrones, por todas las calles públicas, que asimismo están condenados a muerte por hurtos y homicidios que han cometido, para que de esta manera sea ejemplo de todas las gentes y malhechores». Y el pueblo judío, que tantos beneficios había recibido del divino Galileo, acoge con frenéticos aplausos tan injusta como cruel sentencia y se complace en ver condenado a muerte al Autor de la vida. Con tales preludios fácil será adivinar las penas y sinsabores que Jesús pasará camino del Calvario.

Salió, pues, Jesús del Pretorio de Pilato azotado, coronado de espinas, escarnecido y humillado, al son de roncas trompetas entre la vocinglería de la plebe que lleva con triunfo de libertad a Barrabás, hombre facineroso, para hacer más ignominiosa e infamante la muerte del Salvador. ¡Ah! ¿Es este aquel pueblo que poco ha cantaba el «Hosana al Hijo de David», reconociendo la santidad del que había pasado consolando tristes, sanando enfermos, resucitando muertos y haciendo bien a todos? Tamaña ingratitud llena de amargura el corazón de Cristo mucho más que la injusta sentencia que acaba de pronunciar el Presidente Romano. Y el divino Isaac avanza jadeante y fatigado por la vía dolorosa hacia el lugar del sacrificio, llevando sobre sus flacos y lastimados hombros el pesado madero que le hace sucumbir y caer dos y tres veces, porque sólo le quedan las exhaustas fuerzas que le dejaron los azotes, la coronación de espinas y la mala noche pasada entre las befas y escarnios de la soldadesca vil, con los abrojos y guijarros que ahora van pisando aquellos pies, cuyas plantas, en sentir de San Buenaventura, eran más delicadas y sensibles que la niñita de nuestros ojos; le acompañan en su camino los denuestos y atropellos de los soldados, el odio de los escribas y fariseos y las burlas y algazara del populacho.

Sin embargo, diremos que Jesús no está despreciado de todos en horas tan angustiosas para su alma. Un número, aunque reducido, de personas le siguen en su dolorosa subida al Calvario. La Verónica que enjuga reverente con un lienzo los esputos y el sudor de sangre de aquel rostro hermosísimo; el grupo de piadosas mujeres que lloran al verle tan afligido y lastimado, y María, su Madre santísima que al encontrarle en la calle de la Amargura le mira, y con esa mirada penetrante mide la profundidad del dolor que embarga el corazón de su divino Hijo, y queda también el suyo muy apenado. Los dos se comprenden sin hablarse, se consuelan y se esfuerzan al sacrificio de la vida por cumplir la voluntad del Padre celestial, porque los dos son enclavados y muertos en la misma cruz, el Hijo con muerte real, la Madre con muerte mística, pero dolorosísima.

Vayamos, pues, nosotros también para que muramos con ellos. Juntémonos al pequeño grupo de esas santas mujeres, sigamos a Jesús y a María camino del Calvario, llorando de compasión los dolores del Hijo y la triste muerte de la afligida Madre; pero jamás olvidemos que nosotros somos la causa de tantas penas y trabajos. Sintamos, sí, la Pasión del Señor y los Dolores de María; pero lloremos más bien nuestros pecados que fueron la causa de ellos, y s¡queremos consolarles en la vía dolorosa, llevemos con santa resignación las pruebas de la vida.

Fr. Buenaventura Botella, ofm