Las Siete Palabras del Señor sobre la Cruz

Introducción

Venid y subamos al monte del Señor, y a la Casa del Dios de Jacob, que él nos enseñará sus caminos, y andaremos por sus sendas, porque salió de Sión la ley y de Jerusalén la palabra del Señor. (Is 2,3).

El mismo soberano Señor, eterno Dios, que hizo germinar del caos de la nada, que suscitó del sueño de la no existencia, en el principio y a través de los tiempos los seres contingentes y posibles, al contacto de su voluntad eternamente creadora, porque eternamente en acción, es el que se impuso el deber de conservar perennemente aquellas preciosas obras de sus manos y de dirigir su desenvolvimiento y desarrollo, convenientemente, en cada una de la categorías del ser, al mismo tiempo que imprimía en todas ellas, conjunta como individualmente, una necesidad imperativa e irresistible hacia Sí, absoluto creador de ellas y único Ser necesario de quien los contingentes gozan participada existencia.

Sabio y oportuno en cada una de las determinaciones del ser, en la conservación y operar de las criaturas, ha sabido eslabonarlas, colocarlas gradualmente, de manera que se sirvan mutuamente de complemento y perfección.

Sólo una criatura, el hombre, entre toda la infinita gama de los seres materiales, es la que no posee la razón de su existencia en las demás. Sobre él, el Señor que mora en los cielos ejerce su inmediata acción. La ejercitó para formarle, sin interpuestas causas n¡evoluciones, la ejercita conservando en cada individuo humano la vida. Su dirección en busca de los grandes destinos y su enseñanza peculiar, como compete a sus elevadas dotes intelectuales se la reservó el divino Maestro. Dios es celoso de sus deberes como de sus derechos y no permitirá que el hombre vaya a mendigar la luz de la verdad a otro manantial de claridades que no sea su divina inteligencia.

Mas Dios Padre, eternamente conociéndose a Sí mismo, engendró el término inmanente de su conocimiento en la persona de su divino Hijo, y esa misma Segunda Persona fue la que, en la plenitud de los tiempos, encarnándose y recluyéndose en el purísimo seno de una Virgen, hizo su aparición humana por este suelo, para enseñar a la humanidad ávida de verdad, para disipar las tinieblas de la ignorancia y del error con la luz inmarcesible de la fe. Y Jesucristo enseñó desde su primer momento hasta su último suspiro, desde que pisó tierra hasta que volvió a los cielos, desde Belén hasta el Calvario, sobre los montes altos y en los profundos valles, a las orillas de los lagos como en los desiertos de la Judea, al brocal de los pozos como al borde del camino, a los que le amaban como a los que le odiaban; ninguna categoría social dejó de recibir, oportunamente, sus adecuadas enseñanzas, las enseñanzas del único infalible y divino Maestro.

Mas el que enseñó en su santa vida de vagabundo, haciéndose encontradizo a todos los que debían recibir ¡a luz de su palabra, sentó su cátedra solemnemente sobre la Cruz, en su postrer lección, y en torno suyo reunió a todos, a los amigos y a los que mal le querían, para darles en su postrer discurso la médula de toda su doctrina, la síntesis de toda la verdad, el Deuteronomio de la nueva Ley, de su predicación evangélica, en un breve pero importantísimo libro divino, de siete capítulos en siete palabras: «Siete palabras, escribe Mons. Bougand, (Jesucristo pág. 478) que terminan la vida de Jesús, como las ocho bienaventuranzas la habían comenzado; siete palabras que son como la traducción sangrienta de las ocho bienaventuranzas. Jesús había comenzado por enseñarlas al mundo, y muere practicándolas. Para levantar nuestras almas hasta esa altura, sube él antes. Pone sus labios en ese cáliz de dolor y amor y apura su amargo encanto hasta las heces». (Padre Aracil. Cuadros Evangélicos, páginas 397 y 398).

Subid, queridos lectores con el espíritu hasta el Calvario y preparaos, internamente, para escuchar la voz del Señor, su última lección, «las siete cláusulas de su testamento de amor», en frase de San Ambrosio. S¡así lo hacéis yo os prometo inefables dulzuras.

Fr. Juan Alventosa, ofm

1

Monasterio de Stavronikita (Stavroniketa), Monte Athos

Primera Palabra

"Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen" (Lc 23, 34).

«...Habéis oído que fue dicho: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian, rogad por los que os hacen daño, os ultrajan, os persiguen...»

Así habló Jesús en la Montaña, en uno de los días más memorables que registra la historia.

La humanidad oyó estas palabras; pero, por de pronto, no las comprendió. Aquellos mismos que estaban junto a él, sus discípulos, los que podían en cierto modo, haber percibido también, junto con las palabras, las palpitaciones del Corazón que las inspirara, quedaron sin entenderlas. Algún tiempo después el Maestro les hubo de reprender porque querían pedir que lloviera fuego sobre aquella ciudad que no les quiso recibir; y cuando Jesús iba a entregarse a la muerte, Pedro procedía con la espada contra los que prendían al Maestro...

Era ésta, una doctrina muy nueva y, a la vez, de sublimidad divina. La pobre razón humana, dejada a sus propias fuerzas, no podía crear, n¡aun soñar, un amor tan fuerte que fuera capaz de destruir el odio y de ocupar el lugar del odió. El corazón naturalmente amaba a quien le amaba, y odiaba a quien le hacía mal; hacer lo contrario le era violento. Por eso en la filosofía y en las religiones paganas, aún en las más puras, no tenía lugar el amor a los enemigos. La misma ley mosaica dejaba entrever este amor tan débilmente, que no pudo impedir se formara en el pueblo de Dios una tradición opuesta a este amor.
Jesús fue el primero que lo enseñó a la humanidad y, aunque violento a la naturaleza, lo impuso como obligatorio a cuantos quisieran seguirle, al mismo tiempo que decía: «M¡yugo es suave y m¡carga es ligera»... Misterio...

* * *

Otro día, el de la consumación de su obra, en otra montaña, en el Calvario, Jesús daba una explicación viva a este su mandamiento nuevo.

Cuando había culminado la obra de su amor a los hombres, amor que le llevó a la Cruz, le rasgó su carne y empujó su sangre, para que se vertiera sobre el mundo y regenerara a los hombres; éstos hicieron también culminar su ingratitud, su perfidia, su... odio. Estaban sedientos de la sangre de Cristo, no para glorificarla con su regeneración; sino para ultrajarla con su obstinación en el mal.

En estas circunstancias, cuando la misma naturaleza inanimada parecía prepararse para tomar venganza de tamaña monstruosidad, Jesús levantó sus ojos al cielo, y abrió su boca para orar...

Mientras, su sangre continuaba vertiéndose sobre el mundo, y los hombres aumentaban sus escarnios y blasfemias...

¡Ay! Al eco de su voz las siniestras nubes, que envuelven el Calvario, vomitarán rayos vengadores,.., la tierra se abrirá para tragar al hombre deicida...!

...No... Aquellas nubes se rasgaron y dieron paso a un rayo de luz muy suave, como de misericordia inmensa... Jesús había dicho: «Padre, perdónales, pues no saben lo que hacen»...

Ahora los hombres también escucharon atónitos esta palabra de Jesús, que era la realización más heroica de su precepto nuevo. Los que no eran de El no acogieron su voz y, como respuesta, dibujaron en sus rostros una sonrisa blasfema; los que le pertenecían la han acogido, y su eco les ha producido honda revolución en su pecho...

...Padre, perdónales, pues no saben lo que hacen. Los que han escuchado esta palabra han sentido profundo trastorno en su corazón de carne. Es ley de la vida.

Los actos de Jesús tienen trascendencia en todos los cristianos, que son sus miembros. Los actos del Calvario son, en síntesis, la potencia divina del Cristo poniendo en cumplimiento su nueva Ley.

Con esta palabra Jesús dio una nueva orientación al corazón de la humanidad que se ha unido a él por la fe y el amor; con un esfuerzo divinamente heroico corrigió un vicio que había venido, con el andar de los siglos, a formar naturaleza en el hombre. Este, s¡se aviene a permanecer unido a Cristo, ya no encontrará violento el cumplir la ley del amor a los enemigos; el primer impulso, que es el que cuesta, lo dio Jesús; el hombre no ha de hacer más que dejarse llevar del amor a Jesús. El amor a los enemigos es para el cristiano cosa natural, dentro de su unión vital con Cristo.

Los mártires así lo han atestiguado: la Iglesia así lo atestigua; las almas grandes así lo practican.
Jesús ha sabido y ha podido dominar el corazón del hombre de una manera completa. En la historia no se registra cosa igual.

Por eso, el Crucificado, que constituye un escándalo para el judío, y una locura para el gentil, desde hace veinte siglos está oyendo la confesión de millones de creyentes que, con su mano en el corazón, le dicen: «Tú eres el Cristo, Hijo de Dios vivo. Tú tienes palabras de vida eterna»...

P. José Antonio Arnau, ofm

Hoy estarás conmigo en el paraíso

Tiziano. Hoy estarás conmigo en el Paraíso

Segunda Palabra

«En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso».(Lc 23, 43).

Cuando más agudo y acerbo era el dolor que torturaba hórridamente aquella bendita y santificante Humanidad de nuestro adorable Salvador, más grandes aberturas se practicaban en Ella para salir potente y avasallador el represado torrente de su infinita misericordia. Al modo como Moisés de viva y dura peña abrió cauce regalado y manantial de frescas y cristalinas aguas, así, y por supereminente manera, ahora de las aberturas de las llagas de Jesús manaban torrentes inexhaustos de gracia y vida para nuestras almas. Que no al acaso el mismo Cristo había dicho. «S¡el grano de trigo al caer en tierra no se destruye y muere queda solo él, pero que al corromperse en el surco irrumpe en frondosa y abundante espiga».

La clase de generosos frutos que arrancan y radican en el seno de esa tierra divina y que fluyen de las aberturas de sus llagas, muestran qué clase de grano de trigo candeal es Cristo amoroso y doliente. Sí, Jesús, consumaba la gran obra de la Redención del mundo, al tomar sobre sí la carga del pecado, el castigo del pecado, el dolor y la muerte en toda su crudeza, o sea, en una naturaleza impecable, perfecta, divino-humana, triturada horribiblente en lo perfecto de su edad; y queriendo manifestar ala faz del mundo y por siglos sin fin la prestancia de los "frutos de su Redención: Padre, dijo, perdónales, porque no saben lo que hacen; o sea, perdona este el más grande de los pecados, el sacrificar a tu Hijo en Quien te has complacido, que por ellos me he entregado a t¡en precio de su rescate.

¿Lo queréis más claro todavía? A su lado se encuentra un malhechor cargado con cruz, con el suplicio público de su cruz, como ser indigno de vivir entre sus hermanos. Sus crímenes debieron ser pares con la ominosa y cruel pena a que se le sujetaba, según propia confesión del Crucificado: «Et nos quidem juste, nam factis recipimus».—Pero nosotros somos condenados en justicia, pues recibimos el castigo debido a nuestros pecados.-Pero llegó a la hora propicia de la expiación. Jesús era triturado y estrujado como uva en el lagar y daba el fruto generoso de santificación y redención. "Hoy estarás conmigo en el Paraíso".

Y s¡queréis otra prueba más definitiva de que Jesús alcanzaba la perfecta Redención del género humano la tenéis a renglón seguido, cuando pronunció aquellas sacramentales palabras: «Mulier, ecce filius tuus». —Mujer, he ahí a tu Hijo.— Ahora ya son míos, ahora ya están santificados, ya los he restaurado a m¡perfecta hermandad, ya vienen de m¡gracia, tómalos, son tus hijos de santificación. Yo muero, pero ellos son prolongación de m¡vida, ellos son otros, ya que son tus hijos. Benditos los que alcanzan esta filiación de María, Madre de la gracia; «Ella, la encargada de aplastar la cabeza del infernal enemigo los guardará en su seno, como un verdadero e inmaculado paraíso de gracia.

Pero... ¡oh misterio de la prevaricación humana! Con él fueron crucificados dos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Está en verdad el numerosísimo grupo de los santificados por la preciosa Sangre del Cordero sin mancilla, los entregados como prenda de conquista en los maternales brazos de María. Pero ¡oh! aun no hubo océano suficiente de gracias para anegar la rebelde y terca obstinación de gran porción de la humanidad. Todavía el enemigo, Satán, capitaneará servidores cerriles engañados a placer en las doradas mallas de bienes falsos y deleznables... Y el Cristo va a descender al sepulcro con la misión del Padre cumplida enteramente.

¿Qué se ha hecho tan plena redención? Porque hay que advertir que así como por el pecado de uno sólo, Adán, todos morimos a la vida de la gracia, así por la obediencia y sacrificio de otro, de Jesús, todos quedan justificados, que Jesús representa a todos y paga la común deuda del pecado. Pero aquí como allí siempre queda libre nuestra voluntad. Allí plantó Dios dos árboles para escoger: el de la vida y el de la ciencia del bien y del mal (el de la muerte). Allí Adán escogió el segundo, y murió y morimos todos a la vida de la gracia. Aquí Jesús planta otro de la vida, el que conserva después de morir: el de la Cruz, que es vida y resurrección de las almas. «El que coma de él vivirá para siempre».

¡Oh buen ladrón! Verdaderamente supiste ser buen ladrón hasta el fin. Robaste el Paraíso después de cansarte de robar en el mundo. Fuiste el primero que lo robaste porque supiste ser buen ladrón.
Y como en fruto de vida estaba sobre la tierra, alto, supiste valerte para robarlo de la escalera de la cruz. Sí, por muy pecador que uno sea con sólo participar de ese fruto de vida de la cruz se vivirá eternamente. Ya no está el cielo libre de ladrones desde que el Capitán lo ofreció el primero al ladrón. La puerta queda abierta y los que se esfuerzan un poco por entrar, pues es estrecha y alta, entran por medio de la escalera de la cruz. Basta compadecerse con Cristo paciente y unirse por fe y amor a su perfecto sacrificio en quien se contiene la vida plena y perfecta de todas las almas.

P. Gerardo Boluda, ofm

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Manuscrito iluminado del evangélio siríaco de Rábula, 560 d. C. Biblioteca Medicis Laurentiana.

Tercera Palabra

«Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre». (Jn 19, 26-27)

La tierra ha brotado al Salvador. Flor en la infancia, ha ido deshojándose a los múltiples golpes recibidos por el huracán de la vida. Por fin, fruto sazonado, se ve abierto ya sobre el árbol seco de la cruz. Abierto y dejando caer las semillas vivificantes de su palabra divina, que es recibida y guardada, como tesoro de valor inapreciable, en el campo roturado y mullido de los corazones que le aman y están allí sin que nada n¡nadie los arranque de aquel lugar de los sublimes contrastes, cumbre de la ingratitud y de la benevolencia.

El odio, la envidia, la rabia, la desvergüenza, la venganza, la ira, el orgullo, las pasiones todas mancomunadas y en un desbordamiento increíble habían levantado y plantado sobre la cúspide del Monte Calvario, al árbol que llevaba sobre sí el fruto de vida y de resurrección de toda la humanidad.

¿Hacia dónde dirigirá Jesús las miradas ansiosas e interrogantes de sus ojos atormentados? ¿En dónde fijará sus ojos que no topen con algo que le aumente el dolor? S¡mira el cielo, hállalo cerrado, s¡mira la tierra ve que ésta le ha arrojado de sí, s¡mira a la muchedumbre, ve que todos le fruncen el ceño. No sabe, pues, en donde poner los ojos, como la golondrina, a veces, no sabe dónde fijar sus pies.

Pero he aquí que en medio de aquella desolación, tropieza su vista con el objeto que le era más amado, con su madre, lirio entre espinas, que se había colocado, como fuerte varonesa, junto a la cruz de su querido Hijo. ¿Cómo una madre tan amante y solícita hubiera podido vivir lejos de su Hijo, cuando éste pendía de la Cruz? ¿Cómo un hijo tan bueno y tan poderoso hubiera permitido exhalar el último aliento lejos de su madre, de la madre que era su cielo?

Desde la Cruz, pues, Jesús ve a su Madre que le contempla hecha un mar de dolor. ¿Le hablará? ¿Qué le dirá? «Señora Madre, ahí tienes a tu Hijo», le dice señalando con su vista a Juan, su discípulo más amado. ¡Qué palabra! Palabra llena de amargura, por el cambio que suponía; palabra llena de dulcedumbre que revelaba la solicitud amorosa y preocupada del Hijo que muere; palabra llena de esperanza, porque hallaría en el discípulo predilecto el amparo, la compañía, la defensa y el consuelo del Hijo perdido.

Después, con mirada benevolente, dijo al discípulo que estaba junto a la Madre: «Ahí tienes a tu Madre». Cuando la palabra bajó desde el oído al pecho, se le llenó de inmensa ternura, pues se le daba por madre a la Madre de su Dios. No es fácil imaginarse lo que Juan sentiría entonces, pues la pena causada por el martirio de su Padre y Maestro se mezclaba con la satisfacción dulcísima de recibir en herencia el tesoro sin precio de la Divina Madre. Por eso el mismo San Juan, temiendo profanar el gran secreto de su corazón, sólo nos dice que desde aquella hora recibió a María por madre suya. ¡Dichoso discípulo que mereció tal privilegió!

Pero reparemos que Cristo estaba sobre la Cruz, junto a la Cruz su Madre, María, y junto a María, Juan, el amado de Jesús. Era, por consiguiente, justo y razonable que el Hijo pensase en su Madre y proveyese a su orfandad, como en efecto lo hizo. Pero ¿a quién había de hacer entrega de su Madre, su mejor tesoro, sino al discípulo cuya presencia comprobaba claramente que todavía, y a pesar de las ignominias de la Cruz, perseveraba en su amor?

S¡envidiamos a Juan y quisiéramos para nosotros el mismo bien, podríamos conseguirlo s¡fuésemos como él: s¡nuestra conducta nos hace merecedores de la predilección de Jesús, y s¡en todo cuanto atañe a los intereses de Cristo, nosotros nos colocamos de parte suya, como estuvo San Juan al pie de la Cruz y junto a María, también, como a Juan nos mirará Jesús con ojos de benevolencia, y nos dará en recompensa a nuestro amor y fidelidad, su mejor tesoro, el tesoro de su Divina Madre, que nosotros recibiremos por nuestra y será nuestra fortuna.

P. Juan Bta. Gomis, ofm

a

Cuarta Palabra

¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me habéis desamparado?—(Mt 27, 46).

Jamás se ha escrito un poema de estrofas tan sublimes, armoniosas e inspiradas sobre el amor, como el que Jesucristo, desde la cumbre del Calvario escribió con la sangre de sus venas en el libro de la Cruz. Las tres palabras que desde esa cátedra divina dulce y amorosamente ha pronunciado, vienen a constituir los tres cantos sublimes y originales del grande poema del amor que nunca jamás ha encerrado tanta armonía, belleza, dulzura y dolor al mismo tiempo, que cuando lo escribió en aquella tarde memorable. Las tres plegarias ardientes que han exhalado sus labios moribundos, como suspiros amorosos escapados furtivamente de su corazón encendido, el perdón a los deicidas, la promesa del cielo al ladrón afortunado y el legado de la maternidad divina, vienen a constituir el triunfo del amor, la exaltación suprema de esos cantos sublimes, la apoteosis del original poema del amor de un Dios a sus criaturas.

¿Permanecerá ya silencioso, dejará pasar el tiempo mientras permanece suspenso en la Cruz, sin abrir sus labios, sin revelar nuevos misterios, sin dar otras lecciones, sin pronunciar otras palabras, sin escribir otro poema? No: hasta ahora con esas tres palabras ha dejado escrito el poema del amor, que todo él ha ido encaminado principalmente al hombre. Ahora escribirá el poema de su personalidad, de su vida íntima, de sus dolores y amarguras; el poema propio y exclusivo suyo. Por eso, cerca de la hora nona, después le permanecer ya largo tiempo sufriendo las angustias y los padecimientos del patíbulo, a impulsos del dolor acerbo que sufre, prorrumpe con toda la fuerza de alma, en un grito desgarrador, que resonando de entre las espesas nubes que envuelven a la Cruz, se deja oír claramente: ¿Deus meus, Deus meus, ut quid dereliquist¡me?

¿Qué significan esas palabras? ¿a qué obedecen esas voces? ¿qué misterios encierra esa angustiosa exclamación, síntesis admirable del poema de sus dolores? Aunque la teología afirme que Jesús como Verbo del Padre era impasible, como hombre-Dios, podía padecer, sentir los dolores y apurar hasta las heces el cáliz de la amargura. No tienen otro significado esas misteriosas palabras.

En aquel momento aciago, en que nuestro amoroso Jesús está levantado entre el cielo y la tierra como víctima de propiciación, siente con amargos dolores, las más acerbas penas que se pueden concibir. No sólo le aquejan los clavos, las espinas que taladran sus sienes, las llagas que abrieron los azotes, las heridas que lastiman sus miembros, la sed que abrasa sus fauces, la fiebre que le devora, la agonía que se le acerca. Sus dolencias más que físicas, que le han constituido en Varón de dolores, según frase del Profeta, son morales. El, la misma pureza se halla desnudo: la misma cordura tratado de loco, la misma santidad contado entre ladrones, la misma verdad calumniado como engañador. Y como s¡todo eso fuera poco, lo tiene que sufrir a la vista de su madre, que transida de pena le contempla desde el pie de la Cruz.

No es extraño pues, que Jesús exclame condolido: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me habéis abandonado? Más aún cuando en aquellos momentos pasan por su mente todos los pecados y maldades que habían de maquinar los hombres, las profanaciones, las deshonestidades, las negaciones contra la religión, las impiedades y sobre todo la ineficacia, para muchos obstinados, de su sangre que estaba derramando.
Cargado con todos esos pecados aparecía ante la presencia de Dios, y como síntesis de sus amarguras, pronunciaba la cuarta palabra, poema sublime de dolor, que escribía para amaestrar a los hombres en los misterios de las penas y dolores.—Cuando el dolor nos visite no rehusemos su encuentro: es él su más dulce caricia y el eco dulcísimo de su palabra: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

P. Bernardino Mª Rubert, ofm

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El Bosco. Cristo cargado con la cruz

Quinta Palabra

¡Sitio!... ¡Tengo sed! (Jn 19, 28)

Al leer el Evangelio, y dar con estas palabras sentimos arder algo en nuestra cabeza, y pronto aparece viva y sangrante una imagen que años ha grabó la fe en nuestras almas. Una tarde tormentosa; un sol, que repliega prematuro sus rayos, por no iluminar el escenario en que se cumple la sentencia criminal de la causa más honda y transcendente de los siglos; una tierra que tiembla, como para dar a entender a los hombres, que sus fuerzas no alcanzan ya a llevar tamaña culpa... y dominando todo este conjunto, una roca fría y sobre ella una cruz de la que pende un hombre moribundo.

A sus pies hormiguea una muchedumbre, insensata y cruel como todas, que con roncos bramidos celebra el cumplimiento de sus más bajos instintos. Por en medio de aquella erupción de injurias y gritos apasionados se abre paso como una azucena entre las escorias de un muladar, limpia, pura, preñada de amor una palabra escapada de los labios de aquel moribundo, una palabra que es la última apelación al último resto de humanidad de aquellos pechos de roca: «¡sitio!... ¡tengo sed!...-»

Nuestro pecho creyente se rebela ante farsa tan infernal, y nuestros labios se abren, tal vez, para pronunciar una palabra de condenación y de reproche hacia aquellos infames... tal vez levantamos los ojos al cielo y decimos: «¡Señor!... ¡quien me diera haber podido apagar tu sed con m¡sangre!...»

Pero... ¿que sed es esa que abrasa el pecho de Cristo? ¿Es agua la que mendigan sus labios, o es, tal vez, amor lo que piden precisamente en los momentos en que la omnipotencia divina hacía un último y supremo esfuerzo y acumulaba en el pecho de aquel moribundo las aguas divinas del eterno consuelo que pronto iba a dar a luz la punta de una lanza?

Cristo mismo, su muerte en la cruz, nos responde, sin palabras, pero con harta elocuencia, a esta nuestra pregunta. Para redimir al hombre no precisaba que Cristo diera su vida por nosotros, n¡que la diera muriendo de muerte tan afrentosa. «Per inobedientiam»...» Por la desobediencia de un hombre entró la muerte en el mundo. Un hombre desobediente cortó las rosas del paraíso, y nos dejó con solas las espinas. Bastaba, pues, un sólo acto de obediencia del Dios-hombre para volvernos a la vida, para hacer brotar de nuevo más hermosos que antes los rosales del paraíso. De aquí que un segundo Adán deba prestar a Dios la obediencia que el primero le negara; y, como ese segundo Adán es hombre y Dios a un tiempo, da, como Dios, valor infinito a sus actos como hombre. Y aquí se dirá: si, pues, como Dios pudo Cristo redimirnos con un solo acto de obediencia, de valor infinito porque lo hacía él, ¿qué falta hacía morir de muerte tan afrentosa?

A la verdad, no precisaba tan grande sacrificio, pero ¿cómo saciar aquella sed abrasadora sino yendo más allá del amor de aquel «que da la vida por los amigos», dándola él por sus mismos enemigos, y en el momento preciso en que ellos le clavaban entre afrentas en un palo, sin saber, ¡infelices! que eran meros instrumentos de la divina Providencia, que no hacía sino servirse de aquel deicidio que permitía, para encaminar lo que desde toda una eternidad había dispuesto? Esa, que no otra, era la sed que abrasaba a Cristo. No es sed de agua, sino sed de amor. Pues ¿cómo podía tener sed de agua material él, que en el principio de los tiempos creó y dividió las aguas, que hizo saltar agua de una roca para apagar la sed de un pueblo extraviado en el desierto, que humedeció las fauces secas de Ismael y derramó el agua de sus consuelos en el pecho de Agar, que no hizo sino querer, y se trocó luego en vino el agua de Caná...

No era allí el hombre, sino Dios quien tenía sed. "De cruce siles et de sit¡clamas..." ¿Callas el tormento de tu cruz, y te quejas de tu sed? Algo más fuerte, más subido que tus dolores era lo que pedías. ¿Y qué hay más fuerte, de virtud más subida que tus dolores sino el amor mismo con que los sufres? Amor es lo que pides, nuestra voluntad, nuestro corazón, lo único de que somos dueños, s¡bien sólo para podértelo regalar. ¡Tómalo,! Señor! Sacia en él tu sed. Consuélate, danos el consuelo de poderte consolar, Baña tus labios, divino ciervo sediento en el manantial regalado de nuestro amor sin reservas, y deja que apaguemos nosotros nuestra sed "con gozo en las fuentes del Salvador" (Isaías).

P. Manuel Reig, ofm

Sexta Palabra

«Consumado está todo».(Jn 19, 30).

Cuando Jesús hubo gustado la bebida exclamó. Consummatum est. Todo está consumado. Grito de triunfo, al mismo tiempo que de obediencia. Palabra reveladora de ingente virtud y de inmensos trabajos.

Todo está cumplido. No ésta o aquélla obra, sino todo lo que respecta a m¡persona, a m¡vida y muerte...

Colmados están mis dolores y angustias, cumplidos los decretos del Padre Celestial y las profecías de cuarenta siglos, pagado el precio del rescate y justificación del hombre, compensada la gloria de Dios, vencido el demonio, consumada la victoria...

Consummatum est... Consumado está el deicidio. ¡Quien lo dijera! La benignidad y paciencia de Jesús llegan a un exceso inconcebible: el hombre sacia en él todo su furor, toda su rabia, su crueldad inaudita... él le prende, le abofetea, le juzga y le condena... y Cristo sufre y calla y consuma su obra de paciencia y misericordia, aún para con aquellos que le crucifican... ¡Oh, asombroso misterio de bondad y abnegación!

Consummatum est... Consumado está; el sacrificio. El hombre sacrificaba víctimas, levantaba altares, para aplacar la justicia divina; ninguno de estos sacrificios compensaba debidamente los derechos de Dios. Sólo tenían una fuerza figurativa. No quisiste sacrificios n¡ofrendas. Holocaustos por el pecado no te agradaron. (Heb. 10, 5 - 6). «Convenia, pues, añade el mismo Apóstol, que Aquel para quien y por quien son hechas todas las cosas, habiendo de admitir muchos hijos a la gloria, consumase por medio de la pasión al autor de la salvación de los mismos». (Heb 2, 10). Y llegó el día en que cesaron todas las hostias y sacrificios antiguos, porque Jesucristo ha consumado el supo en el ara de la cruz y ha creado una hostia pura, sin mancha; y esa víctima pura y ese divino sacrificio expresan enérgica y cumplidamente el amor, la adoración, gratitud, alabanza y satisfacción por la creación entera.

Consummatum est. Se ha dado fin a los más augustos decretos divinos.

La Encarnación del Verbo, su Pasión y Muerte era el decreto final de la Divina Sabiduría, el ápice de sus obras.

La Creación es para la Encarnación: Omnia et in ómnibus Christus. Jesucristo es el centro y consumación de toda la obra de Dios. Todas las cosas son para el hombre, éste para Cristo y Cristo para Dios. Mas el hombre, en la actual economía, no puede ser de Cristo, n¡para Cristo, s¡no media una regeneración, que despojándole de la imagen de Adán pecador lo vivifica y configura con Jesucristo. Y esta obra estupenda se efectúa por la Pasión y Muerte del Salvador, causa meritoria de la vida divina: Del árbol del Paraíso se originó la muerte, dice la Liturgia, del árbol de la Cruz resurgió la vida. Y el Apóstol dice a este propósito: Con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los que ha santificado. (Heb 10, 14). —Todo está consumado. He aquí la causa de estar Jesús sentado a la diestra de Dios, vencedor de sus enemigos.

Consummatum est... Ineludiblemente todos hemos de pronunciar esta palabra: «Todo se acabó». Hemos llegado al término de nuestra jornada acá en la tierra.

Y el justo dirá en aquella hora suprema. He trabajado en el negocio más importante de m¡existencia; cumplí la divina voluntad, que es m¡santificación; combatí contra el mal, luché contra los enemigos de m¡eterna salvación; de la mano de Dios recibí, con resignación y agradecimiento, la adversidad y la prosperidad; s¡ofendí a la Majestad infinita, me he lavado en la sangre del Salvador, que brota en el sacramento de la penitencia; acabo de recibir los últimos auxilios para hacer el tránsito a la eternidad..., sólo me queda morir... y muero con la frente iluminada por la fe de m¡Salvador y Glorificador y con el corazón henchido de dulce esperanza y amor... ¡Venturosa alma!

Por el contrario, el pecador, con el alma hondamente acongojada, exclamará: Todo se pasó... placeres, riquezas, honores, convites, diversiones, etc... y ahora solo queda el pecado... con sus tristes y horribles consecuencias.

Piadoso lector: La obra cristiana de nuestra vida debe ser formar en nosotros la imagen del Crucificado, y sólo entonces podremos exclamar con seguridad: Consummatum est.

P. Dionisio Verdú, ofm

a

Hno Pablo Scioti, ofm

Séptima Palabra

«Padre, en tus manos encomiendo m¡espíritu». (Lc 12, 46).

La muerte no es la condición natural del hombre. La muerte nos sobrevino como accidentalmente, enseña la teología cristiana, en consecuencia del pecado: Per peccatum mors, dice el Apóstol San Pablo.

Jesucristo, que por esencia no conocía el pecado, tampoco podía estar sujeto a la muerte. Jesucristo de ley ordinaria y natural no podía morir, solo su amor logró llevar a cabo el gran milagro de su muerte. El Salvador para morir tuvo, naturalmente, que mandar a la muerte, y así, en llegando la hora postrera del Redentor, cuando el sol oculta sus rayos, y la noche con sus lúgubres crespones entenebrece la tierra, nos dice el Evangelio que Jesús, lanzando un fuerte grito, clamans magna voce, dejó oír su soberana y majestuosa voz diciendo: Padre, en tus manos encomiendo m¡espíritu; Pater, in manus tuas commendo spíritum meum.

Clamans magna voce. Esta fuerte voz lanzada por Jesús, al pronunciar su última palabra en la Cruz, era como la voz de mando por la que ordenaba a la muerte que podía acercarse a él; y la muerte, en efecto, obedece a la voz imperiosa de Jesús, y en el Gólgota se encuentran frente por frente, en lucha sangrienta, titánica y cruel las dos grandes majestades de la tierra: la majestad de la vida y la majestad de la muerte; Mors et vita duello conflixere mirando.

Empero el Autor de la vida alcanza ante la muerte una victoria nueva y gloriosa, pues Jesús, muriendo en la cruz, cambia la estructuración y los ejes, del mundo. La vida humana con el pecado dio entrada a la muerte en el mundo; la muerte divina, debeladora de la culpa, abre paso a la vida en la tierra. En el Calvario sucumbe el mundo de prevaricación, y se alza esplendente el mundo de la luz y de la gracia.

Una nueva era comienza en la tierra con la muerte de Jesús, es la era del espíritu. La era del espíritu de Cristo, de ese Espíritu que al morir vuela a las manos del Padre, para al tercer día volver a vivificar la sagrada Humanidad del Verbo; la era del espíritu de Cristo, que queda en la tierra, mientras encarna y alienta y fortalece el cuerpo místico de su Iglesia, marchando de un confín a otro confín del orbe a formar otros espíritus, a enseñar su doctrina salvadora, a difundir el Evangelio, gloriosa escuela de los espíritus de donde dimana la paz, la vida y la prosperidad de los pueblos; la era del espíritu de Cristo, que hace brotar en el corazón flores que el tiempo no marchita,y que vivifica con su aliento inmortal esas bellezas soberanas esparcidas a montones en los veinte siglos de cristianismo, apareciendo en las cumbres más excelsas del heroísmo, coronadas por la cruz, ocupadas por los mártires de Jesucristo, y brillando también esplendente en el cielo purísimo e inmaculado de la ciencia, porque de Cristo es la ciencia, y enemigas de Cristo todas las aberraciones de la misma. De Cristo es, sí, la ciencia; de Cristo son San Agustín, Santo Tomás, San Buenaventura, Copérnico, Newton, el Dante, Raimundo Lulio y Santa Teresa de Jesús; de Cristo son la poesía y la elocuencia, las leyes y los tronos, la beneficencia pública y las universidades, los conquistadores y los misioneros, porque al píe de la cruz y al amparo de Cristo nacieron, y a Cristo van buscando siempre, mientras en anhelos infinitos van siguiendo la estela luminosa, que trazó en los cielos aquel Espíritu que, de lo alto de la Cruz, voló un día a perderse en los senos inmensos del Padre Celestial.

P. Samuel Leal, ofm

Epílogo

Ha plegado Jesús sus labios, ha cerrado sus ojos e inclinado su cabeza. Se ha extinguido la voz del Verbo. ¡Padre eterno! ¿a quién vamos a oír en adelante? ¡Oh dolor! la palabra redentora se ha callado; se ha callado Jesús, a quien el Padre nos mandó haber de oír; se ha callado la voz dulce del Maestro, que pidió agua a la Samaritana para lavar el alma de ella perdida; se ha callado la voz amable, que dijo a la mujer adúltera: mujer, yo no te condeno, aunque pretendan los hombres malvados condenarte; se ha callado la voz del amigo, que dijo a Zaqueo: hoy comeré contigo; y a Mateo, publicano: ven y sígueme; y al paralítico: levántate, y anda.

Ha callado el Hijo del Padre, el Verbo creador, la Palabra de vida. Ha callado en la Cruz, después de haber dicho sobre sus enemigos verdugos: Perdónales, Padre, pues no saben lo se hacen...; después de haber dicho al ladrón suplicante: hoy estarás conmigo en el Paraíso... ¡Oh, dolor; oh miseria suma la nuestra! ¿Y no hemos de oír ya más la Palabra que nos salva...? Callad, criaturas; porque la voz del Verbo no es posible se pueda extinguir... Callad, oh cielos, porque en nuestros abismos ha de resonar por fuerza la Voz creadora del Padre; calla, ruidosa tierra, que nos aturdes; callad, aves canoras; callad, armonías coreadas; calla, sol esplendente, y extingue tu bulliciosa luz. Ven, noche oscura, tranquila y callada; apaga mis ojos y aquieta mis oídos; ocupa m¡mente con tu profundo silencio, y deja que m¡alma oiga; que oiga la voz del Verbo; que oiga la palabra salvadora de Jesús; que oiga a quien no puede en manera alguna callar, pues su silencio sería nuestra muerte fatal.

Siete palabras ha pronunciado el divino Maestro en la cruz, y en la séptima ha descansado; mas no porque ya no hable, sino porque su palabra séptima: m¡obra está cumplida; consummatum est, ha quedado eternamente sonando en el corazón de los hombres; ha quedado como palabra perpetua y voz del Verbo que no se extingue; ha quedado llamándonos siempre, y levantándonos con su voz poderosa, y diciendo en todo momento a nuestras almas, como a Lázaro: sal afuera. Pero esta palabra eterna de Jesús no se oye entre el ruido del sentido bullicioso. Hay que callar y entrar en el silencio de la noche, hay que salir de los sentidos gritado res y remontarnos a la noche tranquila y serena de la fe, de la esperanza y de la caridad, por las que el Hijo del Padre eternamente nos habla y nos dice, como al buen Ladrón: Hoy, cuando termine este momento duro de la cruz, de la vida penosa de acá, estaréis conmigo en el Paraíso.

P. Antonio Torró, ofm

La Cruz es la escala para el cielo

¡Cuan necia, oh alma ingrata, cuan necia eres,
S¡habiendo un Dios por t¡muerto de amores,
De su cruz los trofeos gozar quieres
Sin pasar por sus penas y dolores!

S¡no dejas del mundo los placeres,
No aspires, no, del cielo a los favores;
Pues convino que el mismo Dios penase
Y que a su gloria por la pasión entrase.

Quejas amorosas de Dios

¡Ved s¡hay dolor cual es el dolor mío!
A Mí, que soy la fuente de agua viva,
Y de deleites abundante río,
Del hombre desprecio la sed lasciva.

¡Ay, s¡cesando ya tu desvarío,
Quedases, alma, de m¡amor cautiva!
¡Oh, s¡oyeses la voz con que te llamo!
¡Oh, s¡a mí me amases como yo te amo!

Fr. Antonio Panes, Franciscano.