Índice del número 135
Abril de 1932. Año 13. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- Abril. Selgas
¡S¡conocieses el don de Dios!...
San José, guía de los caminantes. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Sentir con la Iglesia. A la juventud Antoniana. Fr. Juan Bta. Botet, ofm - El manto de San José. F. R
Noticias
Nuestro viaje Roma — Yen-an-fú (China). Fr. Fabián Castellá, ofm
Episodios del negrito Marabá. Fr. Manuel Balaguer, ofm - El Emaús evangélico. Fr. León Villuendas, ofm
De viaje desde Cádiz. Fr. Gerardo Boluda Ureña, ofm
Abril
El mes de Abril es la primera sonrisa de la primavera, el primer movimiento de la Naturaleza que hace esfuerzos por salir del sepulcro. ¡Ah! ¡El invierno la había enterrado viva!
Viene a ser como la voz del ángel que anunciara a la tierra desolada la resurrección de los muertos.
A su paso las semillas se estremecen en el fondo de sus sepulturas, se hinchan como s¡sintieran en sus entrañas el poder de una nueva vida, se deshacen en raíces que escarban, extendiéndose en busca de agua que las alimente, mientras el tallo va poco a poco rompiendo las ligaduras que le aprisionan y brota al fin sobre la tierra, encuentra el aire que lo estaba esperando, y respira como el que resucita, como el que nace.
Los árboles, a su vez, parece que se desperezan, n¡más n¡menos que s¡se despertaran de un sueño profundo y comienzan a vestirse a toda prisa, cubriendo de hojas que se ven crecer, los vástagos desnudos. Los botones se abren, las flores se anuncian y los frutos cuajan; los montes verdecen, los valles se alfombran y el misterio impenetrable de la vida pasa como un soplo y todo resucita, todo renace y todo vive.
Un poder invisible va abriendo silenciosamente los estrechos sepulcros donde yacía depositada la larva de los insectos, y dicho y hecho, nubes de alas impalpables flotan en el aire, reflejando colores nunca imaginados, que brillan como relámpagos, que ondean, que huyen y vuelven, que aparecen y desaparecen. Los pájaros fabrican sus nidos y van y vienen cantando para celebrar los afanes de tan dulce tarea.
Asoma el día por los airosos contornos de las cumbres lejanas o brota del seno profundo de los mares y la aurora, que lo trae de la mano, como la madre al niño que comienza a dar los primeros pasos por la vida, va bordando, con el hilo fugitivo de su luz de oro, la alfombra azul y sonrosada de las nubes que se abren para que pase.
La tierra se deshace en perfumes; el cielo se cubre de encajes y la mañana se eleva por el horizonte, llenando el espacio de vivos reflejos, de vagos matices, y trae, para cada flor, para cada vástago, para cada hoja, un aderezo de gotas de rocío que brillan a los rayos del sol lo mismo que las perlas...
Abril es el espíritu misterioso que infunde en la Naturaleza el secreto de todas sus maravillas; él es el que pone en movimiento las fábricas ignoradas y los talleres desconocidos, donde una industria impenetrable teje los encajes de las nubes, recorta los innumerables caprichos de las hojas, dibuja los contornos de las flores, alfombra las llanuras, matiza los valles, platea el agua, abrillanta el aire y dora las cumbres de los montes.
Abril viene a ser la gran Exposición que anualmente abre la Naturaleza a la admiración de los hombres.
Su palacio es el mundo.
Abril... ¡Ah! No solamente encierra un misterio de la Naturaleza, sino también un misterio del corazón, porque la juventud es el Abril de la vida y el amor el Abril de la juventud.
Decir Abril, es decir juventud; decir juventud, es decir amor, y al amor bien podemos llamarle la primavera del alma...
Abril es la primavera en la Naturaleza y el amor en el alma.
Primavera que pasa pronto por la tierra. Amor que pasa pronto por la vida.
Abril, en el lenguaje de la Naturaleza significa:
Auroras sonrosadas.
Valles floridos.
Montes que verdean.
Amor, en el lenguaje habitual del mundo, quiere decir:
Un sueño de oro.
Una mentira de color de rosa.
Un cuento verde.
En el mes de Abril se encierra la historia del género humano. S¡suprimís el Abril, el mundo no tiene principio, porque es la primera época del tiempo, el primer momento de la incubación universal, el primer instante de la vida.
Sin Abril no hay paraíso; sin paraíso no hay género humano.
Es más todavía: Es un cuadro que todos los años dibuja el pincel de la Naturaleza, una copia admirable de la creación en el momento mismo en que acaba de salir de las manos del Artífice divino...
Selgas
S¡buscas milagros, mira
Un reloj de Oro
San Antonio es, como todos saben, el fiel abogado de las cosas perdidas y raro será el caso que se le invoque para hallar la cosa perdida y que no aparezca.
Un reloj de oro había desaparecido; el caso ocurre en la ciudad de Teruel. La devota del Santo, doña Generosa Sancho, lo tenía confiado a su custodia y tenía que dar cuenta de él, pero sin saber cómo, se le había perdido y todas las pesquisas realizadas para encontrarlo fueron inútiles. Comunicó el caso a una amiga suya, y ambas, con grande devoción, recurren a San Antonio, como abogado de las cosas perdidas, y redoblan sus súplicas y demandas para que el Santo no defraude sus esperanzas.
La susodicha amiga renueva con fervor su súplica antes de acostarse, con la plena confianza de que el Santo no dejaría de escucharla. Sumida estaba en la profundidad de su sueño, cuando despertó sobreexaltada. ¡Algo insólito había ocurrido! El Santo, entre las penumbras del ensueño, se muestra un momento, como una ráfaga de luz, y le indica el lugar donde se halla el reloj de oro perdido. "¿Será verdad?", se dice a sí misma la devota del Santo.
Cuando amanece, sin pérdida de tiempo, va en busca de su amiga, y con la natural ansiedad se encaminan y revuelven el sitio que el Santo les había indicado. ¡Cuál no sería su sorpresa al encontrar efectivamente allí el reloj que tanto habían buscado! Las dos amigas se postraron de rodillas para dar gracias al Santo de los milagros y ratificaron su promesa de publicar el prodigio y agradecerlo con alguna limosna para el pan de los pobres y para la Buena Prensa que trabaja para engrandecer al Santo y publicar sus milagros.
¡S¡conocieses el don de Dios!...
Jesús y sus discípulos iban desde Judea a la Galilea y contra la general costumbre de la nación atravesaban por las tierras de Samaría, pues llegaba hasta tal punto el odio y la prevención de los judíos contra los samaritanos, que cuando tenían que ir desde Galilea a Jerusalén, por no pasar por Samaría, rodeaban por la tierra del otro lado del Jordán...
Era por el verano; el calor se dejaba sentir sofocante a la hora del mediodía, cuando la comitiva del Redentor llegó a las inmediaciones de la ciudad de Sichar o Siquen. Estaba en aquel paraje la fuente o pozo de Jacob, del que se surtían do agua los habitantes de Sichar, muy apreciado por su origen, por sus aguas puras y cristalinas y por lo escasa en aguas que era toda la región samaritana.
Junto al pozo crecían algunos árboles que daban apariencias de oasis delicioso al sitio aquel, en medio de la monótona y seca llanura de Samaría.
Como dice San Juan, fatigado Jesús por el largo camino, sudoroso y sediento por los ardores de aquel sol abrasador, y abochornado por el sopor ,de aquella hora enervante del mediodía, se sentó a descansar a la sombra de los árboles junto al pozo de Jacob. Sus discípulos habían subido a la ciudad a buscar víveres para la frugal comida del Maestro y de ellos mismos.
A esa hora solitaria y cálida de la siesta llegó al pozo una mujer de la vecina ciudad y se puso a sacar el agua.
Jesús la miró, con esa mirada de infinita bondad por la que trasmitía los efluvios de su caridad inefable y con la que seducía irresistiblemente a las almas, y con dulzura sublime la dijo: "Dame de beber".
Quedó sorprendida la mujer Samaritana de ver que un judío a pesar de sus odios y prevenciones le pedía de beber, y con una emoción extraña que ablandaba todos sus rencores, le dijo, como prueba de su sorpresa: "¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?"
Jesús se desentendió del sentido de aquella pregunta y pronunció estas misteriosas e inefables palabras; "S¡tu conocieses el don de Dios y quién es el que te dice dame de beber, de cierto que tú le pedirías a él y él te daría a beber agua viva".
La Samaritana replicó:
—Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es muy hondo; ¿de dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Por ventura eres tú mayor que nuestro padre Jacob que nos dio este pozo, del cual bebió él mismo y sus hijos y sus ganados?
—Todo aquel que beba de esta agua dijo Jesús —volverá a tener sed; pero el que bebiere del agua que yo le daré, nunca jamás tendrá sed. El agua que yo le daré se hará en él una fuente de agua que saltará hasta la vida eterna.
—¡Oh, Señor —exclamó la Samaritana—; dame de esa agua para que no tenga sed n¡tenga que venir aquí a buscarla Entonces comenzó a descubrirle Jesús todos los secretos de su vida, lo que hizo exclamar a la Samaritana: "¡Señor, veo que eres un Profeta!". Y después de haber oído al Señor, encantada de la familiaridad y cariño con que la había tratado, así como de las cosas que le oía decir, y sobre todo, de haberle oído la categórica afirmación de que él era el Mesías, fue a la ciudad, contó lo sucedido, y muchos samaritanos vinieron al encuentro del Salvador y creyeron en Él.
Dichosos aquellos que, como la Samaritana, merecen conocer el don de Dios, que es la fe, y pueden beber en la fuente de la gracia, que les ha de dar la vida eterna.
San José, guía de los caminantes
El día estaba frío por demás. Las crestas de Serrella y la mole inmensa de Aitana, hasta sus estribaciones, estaba todo cubierto de nieve. El cierzo inclemente, después de juguetear por los altos ventisqueros, descendía al valle para fustigar y herir con sus flechas de hielo a todo aquel que cruzaba, forzado o gustoso, los senderos de la campiña.
Dos frailes, Fray José, alto y fornido y de aspecto severo, y Fray Silvestre, pequeño y endeble y risueño como el agavanzo, habían salido de buena mañana de su convento de Cocentaina para mendigar el pan de la caridad que tiene la' Providencia reservado para sus hijos. Cargados con sendas alforjas, calada su capucha y con los pies descalzos, tomaron rumbo hacia el valle de Zeta, blanqueado en aquellos momentos por la densa escarcha, que en la fría noche, se había cernido sobre la tierra.
Embebidos en su oración pasaron largo trecho sin dirigirse la palabra; y enardecidos en Dios, como alentaba en su pecho el fuego de la caridad, no se daban cuenta del frío intenso que congelaba el ambiente.

Amaneció el sol pálido y triste, como empañado por los fríos vapores de la tierra, y Fray José, como mayor, dio fin al silencio y a la meditación con estas místicas palabras: Deo gratias. Miró atentamente al sol Fray Silvestre, que se las daba de meteorólogo, y alzando su carita risueña para mirar a la cara a Fray José, que era más alto, le dijo con aire de suficiencia:
—Mal día se nos prepara, Fray José; tendremos agua y chubascos, y que no sea nieve o granizo, que cual se presenta la mañana...
—Todos los días son buenos—le atajó Fray José—, pues ya sabe, hermano, que nada ocurre sin la voluntad de Dios y lo que Dios dispone debemos tomarlo por bueno.
—Así es ciertamente—repuso Fray Silvestre—; cúmplase en todo la voluntad de Dios, y dispongámonos a ejercitar y gozar de la perfecta alegría que nos enseñó nuestro Seráfico Padre, pues hoy habrá motivo de sobra para ello.
—S¡es así, loado sea Dios, que nos considera dignos de sufrir por su amor.
Así continuaron platicando los dos siervos de Dios; y anda que andarás llegaron al valle de Zeta, y con su alforja al hombro iban recorriendo las diversas aldeas esparcidas por aquel valle.
Sus moradores no se habían atrevido aquel día a salir al campo, todo cubierto de escarcha, y pasaban el tiempo a la lumbre en sus hogares, y de sobra está el decir la admiración y pasmo que les causaba la vista de aquellos frailes, descalzos y sin abrigo que con tanto valor desafiaban al frío.
En todas las casas se les invitaba a entrar para calentarse, pero ellos siguieron su plan trazado sin entrar en ninguna. Comieron más tarde, en el campo, de lo que habían mendigado, y los pronósticos de Fray Silvestre se vinieron a cumplir por la tarde, pues mientras ellos comían comenzaron los chubascos y rachas de nieve cernida, que arrastraba el cierzo desde el monte o caía con el agua desde el pardo firmamento.
Soportaron nuestros hermanos el mal tiempo con santa resignación para experimentar la perfecta alegría; y ya al atardecer, cuando calmó un poco la tormenta, decidieron pasar la sierra de Almudaina para pernoctar en una de las aldeas que se extienden a sus faldas.
La noche se precipitaba más veloz de lo que ellos habían previsto, y envueltos en una densa niebla perdieron el camino, y andaban al azar por aquellos vericuetos sin salida.
La situación era en extremo angustiosa, la noche sería horrorosa y cruel en aquel monte, donde habrían de perecer tal vez cubiertos de nieve, andar a tientas era expuesto a caer en un abismo. Fray José se detuvo, y alzando sus ojos al cielo, decía a Fray Silvestre:
—Hermano, Dios sobre todo; sólo desde el cielo podrá venirnos el remedio, suframos esto por su amor, que en esto está la perfecta alegría. Pongámonos bajo la protección de San José y él que sea nuestro guía. Vamos andando al azar y recemos con entera confianza.
Comenzó Fray José a rezar los siete dolores y gozos del Santo y caminar por entre la oscura niebla, y cuando ya los rezaban por tercera vez, oyeron una voz misteriosa que de lejos les avisaba: "Hermanos, no paséis adelante, volved hacia la izquierda y andad seguido."
Esa voz les llenó de asombro, y poniendo entonces atención pudieron escuchar el rumor de una corriente que se precipitaba por un cauce profundo. Estaban al borde de un barranco, donde hubieran caído de seguir adelante.
No cabe duda que fue San José quien veló por ellos y les libró del peligro.
Comenzaron a descender hacia la izquierda, y al poco rato vieron entre la niebla el resplandor atenuado de unas luces; era una pequeña aldea, donde los dos buenos frailes encontraron caritativo albergue para pasar la noche y dar gracias a su Protector San José.
A m¡hija Consuélito
La monja Terciaria Franciscana
Junto a las gradas del altar santo, A t¡me acojo, ¡oh. Virgen pura! Del mundo astuto yo los halagos Su voz escucha la tierna Madre, Es necesario, para ser Monja, |
también da pruebas en grado sumo, Siendo de Cristo su esposa amada, Es de la infancia maestra y madre, La Franciscana Monja Terciaria |
Gaspar Mira
A la juventud Antoniana
Sentir con la Iglesia
Mis queridos antonianos: S¡de veras amáis a la Iglesia, nuestra Madre, debéis acompañarla en sus tristezas y gozaros sus alegrías, como todo buen hijo acompaña a su madre en sus gozos y en sus penas.
Hace pocos días hemos contemplado a la Iglesia llorando desolada la muerte de su Divino Esposo; y ahora, en el tiempo Pascual, la vemos alegre, jubilosa, celebrando el triunfo de su mismo esposo Jesús, quien con su Resurrección triunfa de todos sus mayores enemigos: los judíos, la muerte, el pecado y el mismo infierno.
Y realmente, motivos tiene la Iglesia para cantar, transportada de júbilo y alegría, la Resurrección dé Jesús, porque este hecho portentoso es el principio de su regeneración, de su nueva vida, de su mayor victoria y de su transformación más completa.
"S¡Jesucristo no hubiese resucitado —decía San Pablo— vana sería nuestra fe, vana nuestra Religión y vano nuestro apostolado; pero habiendo resucitado Jesús, es firme nuestra fe, cierta nuestra Religión, eficaz nuestro apostolado y segura nuestra victoria."
Y el triunfo glorioso de Jesús resucitado es el triunfo del Cristianismo, es el triunfo de su Iglesia, porque la Iglesia Católica es su obra, es su continuación, es su prolongación, es su cuerpo místico.
Y s¡Cristo ha resucitado con vida gloriosa, la vida inmortal, vida que no le podrá arrebatar ya la muerte, también la Iglesia tiene esa misma vida, también la Iglesia tiene vida inmortal. Tampoco la Iglesia podrá ser herida de muerte: ningún poder humano, ninguna fuerza natural, n¡las mismas furias del averno podrán jamás destruirla.
Y ese es el triunfo y la victoria que canta y celebra la Iglesia estos días en todo el mundo.
La muerte de Jesús fue el triunfo completo sobre la misma muerte; con la muerte de Jesús quedó destruida la muerte, perdiendo ésta su dominio y su imperio, pues era antes la dueña del mundo. Y con la Resurrección de Jesús no sólo ha sido destronada la muerte, sino que además se ha inaugurado una nueva vida, una vida inmortal para la Iglesia y para todos sus hijos.
Mas ¿significa esto que los hijos de la Iglesia no morirán? No; morirán sí, como todos los hombres, porque es la muerte sentencia del Divino Juez y ningún hombre queda libre de ella, pero los cristianos mueren con el germen de la vida, con el germen de la inmortalidad, que les infundió Jesús en su muerte y en su Resurrección gloriosa. Y este germen de vida y de inmortalidad les hará resucitar del sepulcro en el día del juicio final.
Pero ¿es que los malos no resucitarán también en aquel día terrible? Sí, resucitarán también, pero no de la misma manera que los buenos. "Todos en verdad resucitaremos —dice San Pablo—, pero no todos seremos mudados en hombres celestiales". Los réprobos, los que murieron impenitentes fuera de la Iglesia, resucitarán para tomar otra vez su cuerpo corruptible y vivir con él en un fuego eterno; sentirán eternamente los efectos de la corrupción que son la pesadez, la fealdad, la fetidez y el dolor, sin ser nunca del todo aniquilados, y éste será uno de sus mayores tormentos.
Mientras que los buenos, los que mueren dentro de la Iglesia Católica, resucitarán en un estado incorruptible, adornados sus cuerpos con las dotes de los glorificados. "Necesario es —dice el Apóstol— que este cuerpo corruptible sea revestido de la incorruptibilidad, y que este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad."
Ved ahí, mis queridos antonianos, el triunfo glorioso que obtuvo Nuestro Señor Jesucristo en su muerte y Resurrección contra la muerte y el pecado ¿Que hay muchos hoy que niegan estas verdades? También negaban los saduceos la Resurrección en tiempo de Nuestro Señor Jesucristo, y a pesar de ello resucitaron muchos en aquel tiempo, quedando aturdidos y desconcertados los incrédulos; resucitó Lázaro, obedeciendo a la voz omnipotente del Divino Maestro; y sobre todo, resucitó Nuestro Señor Jesucristo, después de tres días de haber muerto, levantando por su propia virtud la pesada piedra que cubría el sepulcro. Y la Resurrección de Jesucristo es prenda segura de la nuestra, porque s¡Cristo ha resucitado, como resucitó, es cierto que los muertos resucitan y s¡El resucitó, también resucitaremos nosotros que somos los miembros de su cuerpo místico.
"Y en esto habrá un orden admirable —continúa diciendo San Pablo—. Cristo el primero y después los que son de Cristo y que han creído en su venida. Después será el fin del mundo, cuando Jesucristo habrá entregado su Iglesia a su Eterno Padre y cuando habrá destruido todo imperio y toda potencia y toda dominación."
¡Cuán grande será el poder, el imperio y el triunfo definitivo de Nuestro Señor Jesucristo!
Avivemos nuestra fe en estas profundas verdades, tan terribles y a la vez tan consoladoras.
Hermana soledad
| Ven, hazme compañía, hermana soledad; ya tiempo que te invoco, te espero con afán. Yo soy un fugitivo del ruido mundanal; errando por doquiera, buscándote al azar, siguiendo a los labriegos camino a donde van, sembrando la campiña, comiendo su yantar, durmiendo en la montaña, rezando siempre igual lo mismo sobre el cerro que abajo en el maizal, donde se yerguen altas las varas del cañar; de pie, sobre las breñas del río montaraz, que baja y se detiene y se vuelve a bajar, |
por sendas quebradeñas; bebiendo del caudal de su espumosa agua tan rica al paladar... Entrándome en el bosque, tan quieto de verdad, poblado de avecillas que cantan sin cesar, de vuelos de aguiluchos, de arrullos del torcaz, de llantos de kakuy, insomne, triste, mal... poblado de horcomolles, de cedro y arrayán, de matos, de virazos, de helechos y otras más especies vegetales que cría el Tucumán... ¡Ay!, soledad, te busco y no te puedo hallar... que hay dentro, acá, en m¡alma... ¡no sé qué es lo que hay! |
Fr. Juan Alventosa, ofm
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