María y los niños

Me encanta ver a María,
cual Murillo la veía,
rodeada de angelitos.
¡Dulce y grata compañía
la de esos sus favoritos!

Con cuerpecito o sin él,
los retrata su pincel
entre nubes luminosas;
girando siempre en tropel,
cual inquietas mariposas.

Linda guirnalda semejan
de María alrededor;
día y noche la cortejan,
y en obsequiarla no cejan,
ebrios de su santo amor.

Cuando cantan sus loores
y le dicen sus amores
al son de sus instrumentos,
de los tiernos ruiseñores
palidecen los acentos.

Entre ellos mil niños giran
con graciosa ligereza,
y por copiar su belleza
en el espejo se miran
de su virginal pureza.

Cuerpecito en verdad tienen;
mas, con alas delicadas,
a las celestes moradas
suben y allí a brillar vienen
como purísimas hadas.

La Virgen es, por fortuna,
el sol que los ilumina,
y así, sin mengua ninguna,
aun más que la bella luna,
brillan con luz que fascina.

Mientras su alma permanezca
ante Ella, cual limpio espejo,
no temáis que se oscurezca;
esperad más bien que crezca
su purísimo reflejo.

No apartéis, pues, al infante
de ese foco tan brillante,
de la Virgen sin mancilla;
el que de Ella es fino amante
de pureza con luz brilla.

Y si acaso, Dios no quiera,
lejos de Ella, al fin se viera,
en la niebla del pecado,
vuelva a esa luz hechicera,
vuelva y será iluminado.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm

Purísima Xiqueta

[De Parroquia de Benisa]

La Purísima «Xiqueta»
Patrona de la villa de Benisa

Que llamen en otros pueblos
a la Virgen como quieran;
nosotros, aquí en Benisa,
la llamaremos Xiqueta.
Nombres tiene que son dulces,
como el nombre de Azucena;
los tiene de gran respeto,
como el titulo de Reina;
tiene nombres hechiceros
que enamoran y embelesan,
y nombres tiene a granel
en el Cielo y en la Tierra;
pero el que le da Benisa
es el que mejor expresa
el abrazo que nos une
estrechamente con ella.
Nosotros somos pequeños,
la Purísima es Xiqueta;
luego somos de una raza
y es una nuestra excelencia,
que brilla en su corazón
y en el nuestro reverbera.
Nuestra Purísima es luz
que ilumina Cielo y Tierra;
su pequeñez es divina,
una pequeñez inmensa
de tanta gracia, virtud
y arrebatadora fuerza,
que a nosotros nos seduce
y hasta el Cielo nos eleva.
Pues que la invoquen los pueblos
con los nombres que prefieran;
para nosotros será
la Purísima Xiqueta,
que vivirá en nuestros pechos,
habitará nuestra iglesia,
dominará en nuestras casas
y será nuestra riqueza.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

Un cesto de flores

Cuento

Juanito era un niño todo lo que ustedes quieran de travieso, pero tenía buen corazón y sabía reconocer sus travesuras, y lo que todavía es mejor, se arrepentía y las enmendaba. Con esto y saber que su cara era una de las que entran muy pocas en libra, con aquellos dos luceros de sus ojos que la inundaban de luz¿ vida y alegría, y la rubicunda fresa de su boca, que, al abrirse, desgranaba, con bulliciosas cascadas de perlas, las argentinas notas de su voz, y las candorosas y regocijadas carcajadas de su risa...; con todo ello, digo, que tiene ya el lector cuanto necesita para aficionarse a este pimpollo de chico, tan mimado y consentido de su abuelita y que, entre todos los individuos de casa, era ella la única que hacía de su nieto cuanto quería. Pero eso dentro de casa, que íbera de ella, Juanito era lo que suele decirse vulgarmente: un río que se sale de madre. Y, precisamente un río y una madre son dos ¡factores en tornó de los cuales se desenvuelve este cuent Verán ustedes.

Salió Juanito de casa cierto día del mes de Mayo en busca de sus amiguitos. Muy pronto dio con ellos quienes marchaban muy bulliciosos hacia un huerto cercano a cortar flores, cantando estas bellísimas flores de Mayo:

Venid y vamos todos
con flores a porfía,
con flores a María;
que Madre nuestra es.

—Vamos, Juanito—le dijeron ellos tan pronto como le vieron—; ven con nosotros, que vamos a coger flores al huerto de Cristián, que como sabes está lleno de florecidos rosales.

—¡Ba, ba!; hoy no quiero coger flores; id vosotros si queréis,, que yo me bajaré ahí al río a ver si pesco unos cuantos pececillos, como ya el otro día tuve la suerte de pescar.

—Pues, ¡adiós, chico!, y buen provecho que te hagan —le contestaron sus amiguitos, alejándose de él en dirección a dicho huerto y reanudando el anterior cántico.

Juanito se va al río, y de una manera muy rudimentaria al par que inverosímil, se dispone a pescar, pero con tan mala suerte, que se cayó en él y donde más rápida era la corriente, que le arrastró entre sus turbulentas aguas. "¡Socorro!, ¡socorro!", gritaba Juanito tratando de agarrarse, mas sin conseguirlo, a matas y arbustos, que rozaban el agua. Luchando por no ahogarse, ve de pronto flotar cerca de sí un objeto bastante voluminoso, al cual instintivamente se abraza de seguida : era un cesto de bellísimas y variadas flores, que arrastrado por la corriente, había venido a enredarse entre unos grandes zarzales que crecían a la orilla del río. "¡María! ¡María! ¡Virgen santa, salvadme!", fue el grito Suplicante que se escapó del pecho de Juanito, tan pronto como, asido de aquel cesto de flores, pudo sacar toda la cabeza del agua.

Y la Madre de Dios, la Virgen María acudió al punto a su llamamiento angustioso en la persona de un buen hombre, que, no lejos de allí, estaba trabajando y. había oído los gritos desesperados de Juanito, que al instante fue sacado del agua envuelto entre algunas ramas del zarzal y el cesto de las flores, providencialmente caído en el río por mano de la Virgen, sin duda para que Juanito se lo ofrendara en la función vespertina, que, el próximo domingo, se celebraría en la iglesia parroquial del pueblo.

De seguro que fue la Virgen quien socorrió a Juanito de modo tan extraordinario; pues su abuelita, de quien era aquel cesto de flores, que ella misma había cortado del huerto cercano al río, de regreso para casa, al pasar por el puente y sin que lo pudiera remediar, se le cayó en él el cesto de las flores, que sobre la cabeza llevaba, siendo al punto arrastrado por la corriente.

"¡Virgen María!—clamó la pobre vieja—¡Esas flores eran para mi Juanito, quien te las ofrecería a ti! ¡Devolvédmelas a mí o haced que vayan a parar a sus manos!"

20

Este es el mes de las flores, y ellas a Ella consagradas, a la Reina de las Reinas, en homenaje sentido a su divina protección...

Y la Virgen accedió a sus súplicas, pues ya hemos visto cómo y de qué manera tan providencial y maravillosa había ido a parar a las manos de Juanito aquel cesto de flores, que, cual ofrenda de dos reconocidos y rendidos corazones, en la Punción de las flores de la tarde del próximo domingo presentó y depositó Juanito ante el altar de María con esta inscripción bien visible, que, hecha con letras de flores, decía: "Recibid, Virgen María, estas llores, que lían sido mi salvación."

Moraleja: En la rápida corriente del alborotado río de las pasiones humanas, las flores de las virtudes, con la devoción a María nos ofrecen a todos los mortales segura áncora de salvación.

Fr. Juan de Dios Sala, ofm

Eficacia del Avemaria

Monseñor Dupanloup contaba a sus oyentes el siguiente rasgo: "Me acuerdo de haber encontrado una vez en mi vida un ejemplo de la eficacia del Avemaria, que no olvidaré jamás. Era al lado de un lecho de muerte, recogiendo y bendiciendo el último suspiro de una joven a quien yo había preparado para recibir la Primera Comunión. Tenía costumbre de no preparar a ningún niño a la Primera Comunión sin recomendarle al menos la fidelidad a esta sencilla y poderosa oración, el Avemaria.

Esta joven (apenas tenía veinte años y hacía poco más de uno que había bendecido su casamiento), desde su Primera Comunión, había sido muy fiel a mis consejos, y también, según otra de mis recomendaciones, rezaba todos los días algunas decenas del Rosario, y hacía cuatro años todo entero. Era hija de uno de los mariscales del Imperio, y de los más célebres, adorada de un padre, de una madre y de un marido, rica, joven, brillante, feliz, en fin, por haber dado a luz un hijo. Y bien, ¡en medio de toda esta dicha presente y de estos sueños de porvenir, de pronto, a los veinte años, es menester morir!

Acababa de ser madre, herida por una de esas enfermedades inexorables de las que 110 se salva nadie... ¡Es menester morir! Yo entré. Su madre estaba desolada, su marido desesperado, su anciano padre abrumado más aún que su madre: esto no es raro; he reparado más de una vez en los grandes dolores que las mujeres cristianas, a pesar de una gran sensibilidad, sobrellevan con más valor su pena que los guerreros más valientes. Entré, pues, a través de todos estos dolores, y no sabía cómo dirigirme a la enferma. Me quedé atónito cuando me acerqué a la cama y la vi con la sonrisa en los labios. Sí; esta joven que iba a ser arrebatada tan de pronto a todas las esperanzas más brillantes, a toda la felicidad más legítima, a todos los afectos más tiernos, más vivos, más puros, me sonrió. La muerte se adelantaba a paso de gigante, lo sabía, lo sentía; hasta tenía un brillo en el rostro que revelaba que estaba próxima, y se sonreía con cierta tristeza dulce, en la que sobrenadaba la alegría. No pude menos de decirle:

—¡Oh, hija mía, qué golpe!

Y ella con acento inexplicable:

—¿Es que no creéis, padre mío—me dijo , que iré al cielo?

—Hija mía—le respondí—, tengo mucha esperanza.

—Y yo replicó ella estoy casi segura.

Le dije:

—¿Qué es lo que os da esta seguridad?

—La tengo por un consejo que me habéis dado hace tiempo.

—¿Y cuál es ese consejo?

—Cuando hice mi Primera Comunión nos recomendasteis que dijéramos todos los días el Avemaria, y decirla bien. La he dicho todos los días, y también, hace cuatro años, no he faltado un sólo día en rezar mi rosario. Y por esto estoy casi segura que iré al cielo.

—¿Y por qué?—le dije yo.

—No puedo creer —añadió ella con gravedad—, y este pensamiento no me deja desde el momento que lo he tenido; no puedo creer que habiendo rezado por espacio de cuatro años cincuenta veces todos los días el Avemaria a la Virgen Santísima, en este momento en que voy a morir no esté ella a mi lado. Estoy segura de ello; pide por mí, y ella es la que me va a introducir en el cielo.

Tales fueron sus palabras y presencié entonces un espectáculo que nadie podrá retratar: una muerte verdaderamente celestial. Vi a una tierna y débil criatura, arrebatada en la flor de su edad a todo lo que es felicidad en este mundo, dejando en la tierra un padre, una madre, un marido que le adoraba y a quien ella adoraba, un pobrecito niño, prenda tan deseada y tan querida; dejando todo esto, no sin lágrimas, pero sí con radiante serenidad, consolando a sus ancianos padres, bendiciendo a su pobre niño, animando a su marido; y, en medio de todos estos lazos que se rompían, de todos estos abrazos que ensayaban vanamente retenerla, no viendo otra cosa que el cielo, no hablando más que del cielo; y por fin su último suspiro fue una sonrisa a la gracia y a la gloria eterna...

Este recuerdo es para mí inefable."

Nosotros añadiremos que en ningún pueblo es más antiguo ni frecuente el uso de esta salutación angélica que en España, pues desde tiempo inmemorial, se ha acostumbrado saludar al entrar en una casa diciendo "Ave María Purísima", y contestando sus moradores o circunstantes: "Sin pecado concebida", y en muchas casas, especialmente en el campo, se ve junto a la puerta un azulejo con la inscripción Ave María. Aunque los espíritus fuertes que están de moda procuren alejar semejante salutación, los católicos debemos procurar conservarla.


Episodios del negrito Marabá (14)

La pesca en el Ogún

La vida de Djerua y Marabá se deslizaba tranquila en la casa patriarcal de Inés donde tan vivo se mantenía el rescoldo de la caridad cristiana. Marabá era asiduo en su asistencia al catecismo, progresando con la misma pasmosa facilidad con que había empezado; y también su madre había aprendido de María lo suficiente para poder alternar en las oraciones de la familia.

Se hacían de cada día más atractivos y amables por su carácter bondadoso, por su docilidad, por la gratitud con que siempre correspondían a sus bienhechores. Tomaban parte en los trabajos y quehaceres de casa y también del campo, y Marabá gustaba de ir muchos días a la pesca con Güezo y con Sungi; y al volver a casa, regocijaba a su madre y a la demás familia relatando sus proezas.
Un día llegó muy complacido porque se había divertido mucho; él había visto la lucha entre los monos y un cocodrilo, espectáculo algo frecuente en aquellos grandes ríos.

El caso fue así: Aquel día legaron las piraguas pescadoras hasta internarse en el ancho cauce del río Ogún, en busca de una especialidad de peces grandes de color, que solo en aquellos remansos del río suelen encontrarse. Los cocodrilos suelen ser también más numerosos por aquellos lugares, y por eso los bateleros y pescadores meten mucho ruido al llegar para ahuyentarlos; conseguido esto, tienden sus redes, y salen a las orillas donde amarran las piraguas. Por los márgenes del río crecen árboles gigantescos, como vigías o mojones del inmenso bosque, que parte desde allí para perderse en los senos recónditos de las selvas vírgenes. Cerca de donde atracaron los pescadores había algunos de estos árboles, queseros y baobads, Por los que anidaban una multitud de monos; y al pie de aquellos árboles solían tener sus madrigueras los cocodrilos en las cuevas que formaban las raíces al internarse en las aguas. Uno de esos cocodrilos mostraba su enorme cabeza fuera del agua, bajo las ramas que se extendían hacia el río.

Caza del mono por el cocodrilo

Bien pronto comenzó una escena divertida y muy apta para dar a conocer los instintos y costumbres interesantes que ha puesto Dios en los diversos animales que creó sobre la tierra. Un grupo de monos advierte su presencia, y procuran, al parecer, ponerse de acuerdo para un juego atrevido.

Se acercan poco a poco, bajando hacia el tronco, o dejándose caer por los gruesos tallos de las lianas y bejucos que cuelgan de las ramas, como fuertes maromas, y empiezan su juego, siendo sucesivamente actores y espectadores. Uno de los más ágiles o más imprudentes, saltando de rama en rama, llega a bastante proximidad del cocodrilo, se suspende de una pata, y con la destreza característica de su razs, ya avanza, ya retrocede, y tan pronto da una manotada a su adversario, como finge dársela, para engañarle, mientras la bestia, con sus grandes mandíbulas abiertas, va dando mordiscos para cazarlo.

Otros monos, a quienes entran también ganas de divertirse, quieren tomar parte en el juego; pero hallándose demasiado altas las ramas, tienen que asirse unos de otros y eslabonarse para formar cadena, colgados de las patas. Se balancean todos de esta suerte, mientras el que está más cerca del animal anfibio comete con él mil travesuras. Sucede algunas veces que la terrible mandíbula se cierra, pero sin hacer presa en el atrevido mono, y entonces son indescriptibles los gritos y los saltos de la turba espectadora, y algunos le arrojan pellas o frutas enteras que arrancan del árbol donde están.

Mas algunas veces sucede también que una pata queda cogida en la boca terrible del cocodrilo, y el mono es arrastrado al fondo con la Velocidad del relámpago, como ocurrió esta vez en que Marabá estaba presenciando este regocijado espectáculo. Toda la turba se dispersó entonces chillando y gimiendo, lo que no impide que algunos días y tal vez algunas horas después repitan el mismo juego.

La pesca fue aquel día bastante copiosa, lo que dio a Marabá motivo de volver orgulloso a la morada, como si fuera debido a su suerte o singular trabajo.

El mercado público

Djerua solía ya mostrarse en público con Lucila o con María, pasando como pariente de la familia, que había venido a estarse una temporada con ellos; y gustaba mucho de ir al mercado de Mabán o de Oba y de otros poblados vecinos, ya para vender las cosechas del campo, ya para comprar telas u otros géneros necesarios.

El mercado público de aquellos poblados lindantes con las grandes ciudades marítimas recuerda algo los bazares orientales, y ofrecen algún interés que puede agradar al lector, por lo que no quiero omitir su ligera descripción. En una plaza grande, que suele estar cercana al embarcadero del río, crece alguno o algunos de los árboles gigantescos de aquel clima tropical, que tienden sus ramas largas sombreando todo aquel suelo. Las autoridades se cuidan de ir colocando soportes debajo de sus gruesas y largas ramas, para impedir que se rajen y para que se mantengan formando aquel inmenso umbráculo con su frondosidad. A lo largo y por debajo de esas largas ramas se construye una doble fila de miserables tenduchos de bambú en que el vendedor, o por mejor decir, la vendedora, porque las mujeres son en general las que venden, está sentada en medio de grandes calabazas llenas de sus mercancías. Allí se vende casi todo lo que es necesario a la vida de aquellos pueblos: arroz, aceite de palma, sal, géneros de algodón, bujerías de vidrio, y hasta hay tiendas de más empaque donde algunos extranjeros exponen géneros de más valor; telas de seda o de algodón fino, alhajas de plata y de oro o de bronce, como brazaletes, collares, etc.

Hay también fondas o tiendas de comestibles, al aire libre, donde se despachan al parroquiano, que las consume en pie, ciertas preparaciones culinarias, entre las cuales representa el principal papel la carne de perro guisada de diferentes maneras. De este gusto que a nosotros nos parecerá repugnante, participan muchas poblaciones africanas La harina de yuca o de cazabe humedecida con agua, dividida en pelotillas del tamaño del puño y cubiertas con un pedazo de hoja de plátano o banano, desempeña el mismo papel que el pan entre nosotros. Se consume también mucha carne de buey, cortada en tiras estrechas y secada al sol, que se come de este modo sin otro aderezo o condimento, para lo cual es necesario estar provisto de verdaderas mandíbulas de caníbal.

No suelen vender en el mercado bebidas espirituosas ni aguardiente, al que son tan aficionados los negros, que se embriagan cuantas veces tienen ocasión de hacerlo; y es que los negros no beben durante la comida, y solo al concluirse ésta apagan su sed, y siempre con agua pura, a no ser en casos raros, como hemos visto en la casa de Inés, que se prueba el vino, también muy raro, que se extrae de las escasas viñas.

La moneda usada en el mercado es el cauris, que es una almejilla univalva del género de las porcelanas (cyprea moneta de Linneo), de un color blanco amarillento uniforme y del tamaño de una avellana. Se encuentra en abundancia en las costas del Océano Indico, de donde la hacían traer los traficantes. Su valor no era considerable, pues se necesitaban unas veinte para componer un sueldo o medio real de plata. Así es que se encontraban de ellas montones enormes en las casas de los comerciantes, cuyas transacciones eran algo extensas y las factorías de importancia empleaban exclusivamente en contar cauris a muchos hombres. En los pueblos del interior se usan más como adorno que como moneda, haciéndose de ellos collares, brazaletes y hasta toscos bordados en las cartucheras, talabartes y demás piezas de equipo de los guerreros.

Todo este ajetreo y trajín de compradores y comerciantes le distraía a Djerua y le hacía más llevadera la vida.

Fr. Manuel Balaguer, ofm
(Continuará)

Juan Jaurés y el estudio de la religión

Es de suma importancia, en estos días en que tanto se persigue el estudio de la religión, la siguiente carta que escribió Jaurés a su hijo.

La carta dice así: "Querido hijo: Me pides un billete que te exima de cursar la religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de tus condiscípulos, y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre sin convicciones religiosas. Ese billete, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás.

"No es que desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las ideas que te expondrá tu profesor. Cuando tengas la edad suficiente para juzgar serás completamente libre: pero tengo empeño decidido de que en tu instrucción y educación sean completas y no lo serían sin el estudio serio de la religión.

"Te parecerá extraño este lenguaje después de haberme oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son, hijo mío, declaraciones buenas para que arrastren a los hijos de los demás, pero que están en pugna con el más elemental buen sentido.

"He dicho que quería que tu instrucción fuera completa. ¿Cómo lo sería sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las que todo el mundo discute?

"¿Quisieras tú, por ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre este asunto, sin exponerte a soltar un disparate?

"Pero dejemos a un lado la política y las discusiones y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables para un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender la historia y la civilización de los griegos y romanos, y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización?

"En el arte ¿qué serán para ti las obras maestras i de la Edad Media y de los tiempos modernos si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que contienen? En las letras ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, de Maistre. Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente en cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra, a todos esos grandes maestros que deben al cristianismo sus más bellas inspiraciones?

"Si Se trata de derecho, de filosofía, o de moral, ¿puedes ignorar la expresión más clara del derecho natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal?—este es pensamiento de J. J. Rousseau. Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión. Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampére era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia, la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas. ¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en tus estudios?

"Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de nuestra civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una inferioridad manifiesta al no querer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencias preclaras.

"Y ya que he hablado de educación; para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia. No te diré más que lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente; y con demasiada frecuencia hay que llorar por los que no las tienen en cuenta.

"Pero no fijándose más que en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas, si no estamos obligados a imitarles debemos, por lo menos, comprenderles, a fin de guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que le son debidos.

"Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable, sin nociones religiosas.

"Esta carta te sorprenderá; estoy persuadido de ello; es necesario, hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a sus hijos. Ningún compromiso podría excusarme si permitiese que tu instrucción fuese incompleta y tu educación insuficiente."

Granitos de felicidad

El balance

III

No hay mayor preocupación en un comerciante que el Debe y el Haber de sus negocios.

Pasa las noches enteras compulsando sus libros, revisando sus facturas, pesando febrilmente todo aquello de que depende su fortuna o su ruina.

Continuamente le asaltan estas preguntas: ¿Cuánto he ganado? ¿Cuánto he perdido? Y su vida está en suspenso por el resultado de estas preguntas. Su anhelo es conocer lo que fue el ayer y lo que será el mañana.

El misterio de lo porvenir se ilumina para él con la experiencia de lo pasado. ¿Cuánto he perdido? ¿Cuánto he ganado?

Lo demás no le interesa: todo lo demás se diría que está encerrado en esas dos frases de su destino comercial.

¿Cuánto he ganado? ¿Cuánto he perdido? ¿No creéis vosotros que de esto depende también en gran parte nuestra felicidad?

La dicha no está en los bienes de la tierra; en cuanto a ellos la felicidad es muy relativa. Uno puede sentirse feliz por un momento con la posesión de una peseta, mientras otros habrá que con miles y miles no logran sentirse dichosos.

En cambio hay otro negocio que nos asegura la felicidad y para el cual debemos tener bien asegurado nuestro balance. El alma cristiana debe ojear cuidadosamente las cuentas en que se liquida el gran negocio de la eternidad; y ha de verse dominada, como el comerciante, por el temor de la quiebra.

"¿De qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma"? Ahí está la quiebra. Con esta sentencia del divino Maestro se ve bien claro donde está el mayor negocio al que debe dirigirse nuestro balance. ¿Qué has ganado? ¿Qué has perdido? en ese negocio de la eternidad, de la felicidad del alma?
Se pierden tantas cosas... En primer lugar se pierde el tiempo, desperdiciándolo en vanas ocupaciones, o en frívolas y culpables distracciones...

El tiempo es más precioso que el oro, y al perderlo, perdemos nuestra mejor riqueza...

Hemos perdido mil ocasiones de hacer el bien con lo que hubiéramos podido aumentar el tesoro de nuestra verdadera felicidad.

Nos escandaliza ver como prodigan sus riquezas ciertos ricos tirando el dinero en mil despilfarros o en bagatelas... Más culpables somos no cuidándonos de recoger las monedas de oro sembradas en nuestro camino por la divina Providencia, que son todas las ocasiones de hacer el bien.

¿Qué hemos ganado? Tan poca cosa que la página del Haber casi está en blanco. Tal vez algunas parcelas de las virtudes, algunos méritos de abnegación, de caridad, de obras de misericordia.

Comparemos el Haber con el Deber y no desperdiciemos el tiempo En la hora menos pensada rendiremos la cuenta de nuestra alma y únicamente el bien será acreedor a la eterna felicidad.

Noel

Alta distinción al P. Gemelli

La Sociedad Filosófica de Lovaina, integrada por las personalidades más eminentes de la filosofía internacional, ha ofrecido el puesto vacante producido entre sus miembros al P. Agustín Gemelli, sabio Franciscano y magnífico Rector de la famosa Universidad Católica de Milán.

Bibliografía

Ramillete Seráfico, por el P. Vicente Verdeguer, O. F. M.

Magnifico devocionario de más de 330 páginas, esmeradamente impreso y con muchas y devotas láminas. Indispensable para la vida espiritual de todo buen Terciario Franciscano.

El Alimento Eucarístico, por el P. Luis Colomer, O. F. M.

Un tomo de 412 páginas, en 4.° menor.