a

Sala Moltó, Juan de Dios.
Sanz Tortosa, Rafael.
Sendra Gil, Gil.
Sendra Puigcerver, Justo.
Sendra Sendra, Diego.

Juan de Dios SalaFr. Juan de Dios Sala Moltó
+17 dic 1946

R 925

Natural de Cocentaina. Sencillo de costumbres y enfermizo de complexión. Pagó su tributo a la muerte a los 62 años de edad, 47 de hábito y 28 de sacerdocio, en Cocentaina.

(No figura ningún dato en el libro de registro)

Artículos publicados en Acción Antoniana

Afectos a la Madre de Dios en el mes de mayo. Poema. Fr. Juan de Dios Sala, ofm. Nº 148
Un cesto de flores. Cuento. Fr. Juan de Dios Sala, ofm. Nº 148
El sol de Navidad. Fr. Juan de Dios Sala, ofm. Nº 155

 

Fr. Rafael Sanz Tortosa
1885-1983

R 228 nec-346

El 21 de julio del año 1983, en Villa Atuel, bello pueblo de la campiña vinícola en las estribaciones andinas de la provincia de San Rafael, en la República Argentina, el Padre Rafael Sanz, cumplía 98 años de edad. La Parroquia de la Inmaculada Concepción, a la que él dedicara los postreros treinta y cuatro años de su vida, le tributaba un merecido homenaje, de gratitud y reconocimiento, el domingo siguiente, día 24. Será de los pocos y el último homenaje que se le hará y que él aceptará, por eso, porque lo presiente el último y no quiere desairar, en su franciscana sencillez, a aquellos feligreses que tanto le quieren y le deben. El día 30 de septiembre, le visitaba la Hermana Muerte, que le llevaba el abrazo del padre.

aNació el padre Rafael en Onteniente (Valencia-España) el día 21 de julio de 1885. A los 15 años de edad vestía el hábito franciscano en el real Monasterio de Santo espíritu del Monte, el día 16 de septiembre del año 1900, emitiendo la Profesión Temporal el 17 del mismo mes del año siguiente. Cursó con aprovechamiento los estudios de la carrera sacerdotal, juzgándole idóneo los Superiores para admitirle a la profesión Solemne y perpetua de la vida franciscana, el día 27 de noviembre de 1904, siendo promovido a la ordenación sacerdotal el 18 de septiembre de 1909.

Durante veintitrés años desempeñó con celo los ministerios que le encomendara la obediencia, en distintos conventos de la provincia Franciscana de Valencia (España), destacándose por su humildad, sencillez, espíritu de sacrificio, generosidad en todo, y para con todos, y, muy especialmente, por su don de oración, que tal vez fuera "altísima contemplación".

Su seráfica obediencia le llevará a aceptar, con generosidad, la obediencia que, el 7 de abril de 1932, le traslada a la Custodia que la Provincia Franciscana de Valencia tiene en la República Argentina. Allí fue por obediencia y allí permanece obediente, hasta la muerte.

Serrano, en la provincia de Córdoba, Villa Mercedes, en la de San Luis, y Villa Atuel, en la de Mendoza, serán los principales escenarios de su callada, pero perseverante, acción pastoral. Melo, Buchardo, Italó, Javita, Reuca, Malargüe, Monte Comán, Real del Padre, Jaime Prats, Atuel Norte, y tantos otros pueblos y lugares, serán los beneficiarios de su celo apostólico y acendrada piedad, porque por todos ellos "pasó haciendo el bien", como buen discípulo de Francisco de Asís y, con él, imitador fiel de Jesús. Peregrino incansable, como lo atestigua la extensa geografía que recorre -sirva de ejemplo la distancia entre Malagüe y Villa Atuel, que durante muchos años forman un mismo distrito parroquial-. Anciano, vigilante, será el presbítero atento a las necesidades de su querida grey, de Villa Atuel, cuando exigencias pastorales alejen del lugar a los otros religiosos, sus hermanos y compañeros.

Para todos tiene siempre palabras de consuelo y sonrisas de comprensión. Y todos encuentran en el Padre Rafael al padrecito a quien acudir, en quien consolarse y a quien admirar y querer.

Lo pude comprobar la Noche de Navidad, de 1982, la última Noche Buena que celebraba el padre Rafael, en la tierra, y yo, por fortuna, con él. En la Eucaristía de medianoche quisimos que ocupara un lugar visible, en el presbiterio, ya que sus 97 años y su estado de salud no le permitían el concelebrar, porque el pueblo le quería ver, pero hubiéramos tenido que quebrar su humildad, forzándole a ello, y tuvimos que admitir que, como tímida paloma, celebrara la Noche de paz, escondido en el tras-sagrario, junto con aquella paloma blanca que soltara una niña al entonar el "Gloria a Dios en las alturas" y que allí fuera a refugiarse, hermanando, con el padre Rafael, el Gloria a Dios nacido, con la cándida sinceridad y sencilla humildad. Pero allí acudió el pueblo, terminada la ceremonia religiosa, para dar a su anciano padre el abrazo de paz y de reconocida gratitud.

En cas¡cuarenta años, sólo una vez vino a España: a visitar a sus familiares y a conocer a gran parte de religiosos de la Provincia, que ya no conocía. "Por obediencia vine a la Argentina y sólo por obediencia saldré de aquí", solía decir el P. Rafael. Efectivamente, por obediencia, el P. Carlos Sáez, entonces Custodio, vino con él a la provincia el año 1970. Los Superiores dejaron a su opción el quedarse en la Provincia, o regresar a la Custodia de Argentina. El padre Rafael, encarnación de la obediencia, no tomó opción. Siempre había querido cumplir la voluntad del Señor, manifestada a través de sus Superiores. Y los Superiores tuvieron que optar porque volviera a su querida Villa Atuel, en Argentina, cuando ya contaba sus 85 años de edad, porque intuyeron que aquel era el lugar que había reservado la Providencia para terminar sus días, ya que aquel pueblo, a cuyos habitantes había visto nacer, en su gran mayoría, necesitaba todavía de sus ministerios y, sobre todo, del calor de su ejemplo sacerdotal.

Allí transcurrieron serena, pacífica e ininterrumpidamente los días de los últimos años de su vida, hasta que -nos escribe el Padre Francisco Palací, actual Superior y párroco de Villa Atuel- "a finales de mayo (1983) cayó en cama y ya no se levantó. La última vez que se levantó y estuvo presente en la Eucaristía fue el día 21 de julio, día de su cumpleaños. El 30 de agosto se agravó y la medicina lo entregaba a las manos de Dios. El 30 de septiembre salió puntual al encuentro de la Hermana Muerte y marchó a la casa del Padre para allí celebrar y vivir la Pascua Eterna.

Durante ese mes que estuvo luchando entre la vida y la muerte, nunca estuvo sólo. El pueblo lo quería y lo sigue queriendo. Fueron numerosas las oraciones que el pueblo elevaba a Dios, pidiendo que no nos lo arrebataran, pero que se cumpliera su voluntad como el padre Rafael siempre había enseñado. Por otra parte, siempre había alguien a su cabecera, día y noche.

Hacia mitad de mes, ya se negó a comer. Hubo que recurrir al suero. La Neumonía que tuvo en el pasado mes de enero volvió, pero ya nada se pudo hacer. La noche del 29 de septiembre entró ya en la agonía. Estuvimos desde las 12 de la noche hasta las 4 de la madrugada dándole masajes al pecho con el fin de arrancarle a la muerta los máximos minutos que pudiéramos. Logramos hacerlo revivir. El 30 por la tarde recurrimos al oxígeno, pero ya no había nada que hacer. Eran las 7'50 de la tarde cuando entregó su alma al Señor. Su muerte fue serena. Al momento desaparecieron de su rostro las marcas del sufrimiento, para mostrarnos su rostro sereno, tranquilo, que irradiaba paz, felicidad.

La capilla ardiente fue en la iglesia. A las 11 de la noche, las campanas repicaban, anunciando a la población y a la parroquia, el fallecimiento del padre Rafael.

El día 1 de octubre, a las 10'30 celebrábamos la misa solemne por el eterno descanso. Por la tarde, a las 18 h. celebramos el solemne funeral, presidido por el Sr. Obispo diocesano y en el que estuvieron presentes los hermanos de San Rafael, el P. Jesús, y el Párroco de Gral. Alvear. Gente de Malargüe, Atuel Norte, Real del Padre, Jaime Prats, muchos villatuelinos residentes en otros sitios se hicieron presentes para tributar su último homenaje a quien era conocido como "el santo padre viejito". Fue inmensa la gente que estuvo presente en el funeral y en el acompañamiento al cementerio. Sus restos mortales descansan junto con los del P. Ismael en el cementerio local.

Descanse en paz quien ha sido un ejemplo de vivir franciscano y un ejemplo de vida entregada a los demás y siempre cumpliendo la voluntad del Padre.

Fr. J. Benjamín Agulló, O.F.M.


Elogio de la humildad. Semblanza del P. Rafael Sanz de Onteniente y Villa Atuel

Escribe Santiago Morandin¡(Rep. Argentina)

Oraciones, Oraciones... Pues aquí estoy, ¿dónde s¡no? ¿Cómo qué hago? Pues, lo de costumbre. ¡Oraciones!, he ido a dar la Misa de siete al colegio, y ahora voy a la Iglesia. Lo de costumbre...

Así respondía aquel santo sacerdote , de diminuta contextura física pero de una grandeza de alma incomparable. Así les respondía a los alegremente asombrados vecinos que tempranamente aquella mañana, salían a las veredas a saludarlo...

Y claro que era lo de costumbre. El P. Rafael Sanz, diariamente celebraba Misa a las siete, en el colegio de las Hermanas Misioneras de la Consolata, en Villa Atuel, pueblo que el franciscano tuviera ya desde varios años como destino de su misión, y tierra que él había elegido para que algún día descansaran sus restos...
Era lo de costumbre. Mejor dicho había sido lo de costumbre desde, mucho tiempo. Prácticamente desde 1960, en que un grupo de religiosas italianas se instalaron en el pueblo.

Pero, como ocurre a menudo con los religiosos, suelen ser trasladados para ir llevando el mensaje de Cristo a sus hermanos, y cuando los años comienzan a hacer mella, a veces vuelven a sus respectivos países, a vivir con la mayor tranquilidad posible los últimos años, como merecido descanso a tanto trabajo, siempre lejos, siempre distantes...

Ocurre que el Padrecito Rafael (el Padre "viejito" como cariñosamente muchos le llamaban), después de transitar kilómetros y kilómetros del sur de Mendoza, recorriendo parroquias y capillas como mencionaremos más adelante; después de llevar el Evangelio a tantos, a tantos, y cuando a él también los años se le hacían sentir, con una evidente generosidad y como reconocimiento a su labor, es trasladado a su España natal, pues sus superiores consideraban que ese era el mejor premio para el padre Rafaelito...

Y así un día, dejando lágrimas en los ojos de tantos feligreses, viajó a España, "definitivamente", según se decía.

Pero, a los pocos meses, su querida figura aparecía de nuevo por las calles atuelinas. Con el mensaje salvador en sus labios... "lo de costumbre ¡Oraciones!", como humilde y sencillamente respondía esa temprana mañana.

-«Estuve en España un tiempito, pero pedí que me trajeran aquí de nuevo. Es m¡deseo que aquí, en estas tierras, queden mis huesos. Que aquí culmine m¡vida cuando el Señor me llame. Aquí, en este pueblo. Pues este pueblo una vez me salvó la vida.

"¡Oraciones! ¡Oraciones!" pronunciada con la "c" como "z", y la "s" soplada, bien español, bien peninsular. Era lo que hoy denominamos una "muletilla" ¿Qué quería decir en realidad el P. Rafael con aquel término? Era tan común en él...

Y así fue. Muchos años vivió el P. Rafael Sanz desde entonces en la Parroquia Inmaculada Concepción de Villa Atuel. Mientras su ya pequeña estatura se iba chicando por el paso del tiempo, también con el tiempo su grandeza de bien crecía y crecía...

Obediencia, humildad, fe, sencillez.... Algunas de sus tantas virtudes. A su aceptación total a los designios de Dios, su acatamiento permanente a disposiciones superiores fueron cabales ejemplos del espíritu franciscano. Algunos tuvimos el orgullo de ser sus acólitos, los monaguillos que ayudaban en las misas y demás celebraciones. Resulta relativamente fácil ahora suponer el esfuerzo humano que le deben haber demandado algunos cambios, como los del Concilio Vaticano II en la liturgia, por ejemplo. Después de prácticamente toda una vida con costumbres, el necesario "aggiornamento", la puesta al día de la Iglesia en los tiempos de Juan XXIII y Paulo VI, deben haber costado sacrificio a los sacerdotes algo ancianos. No obstante, ¡nunca una queja se oyó del P. Rafaelito!.

Cuánta grandeza en el espíritu del sacerdote. La aceptación plena de los planes de Dios, sin retaceos, sin objeciones...

Y siguiendo el ejemplo de San Francisco, el P. Rafael solía por allí hablar de "la hermana muerte"...

"Aquí estamos esperando...." respondía a veces cuando uno le preguntaba simplemente "¿cómo le va, Padre...?"

Cierto día del verano de 1976, una señora asidua a las actividades parroquiales, llevando en sus brazos a su pequeña nieta de sólo algunos meses de edad conversaba con el P. Rafael...

- Y aquí estamos esperando, esperando...
- Pero padre, todos estamos esperando...
- Oh no, no... Tú sabes a que me refiero. Esta pequeñita también espera, pero no como yo... Tú sabes...

Antes de ir al encuentro del Señor, como iremos viendo en las siguientes páginas, Dios le dio tiempo para bautizar a tantos... para reconfortar a tantos... Y de esos pueblos que tanto quiso, Villa Atuel, Real del Padre, Jaime Prats, Atuel Norte... vio también surgir a un franciscano más, el P. Sebastián Carballo, ordenado en 1981.... Y en estas tierras, como él lo quiso siempre, descansan sus restos, y su alma desde el cielo nos brinda una especial bendición.

Gratas memorias del P. Rafael Sanz

Muchos años tuvimos los villatuelinos, el gran privilegio de tener entre nosotros, a un hombre, una verdadera personalidad de tan relevante vida espiritual, el P. Rafael Sanz.

Nacido en Onteniente (Valencia-España), el 21 de julio de 1885, llegó a nuestra Parroquia Inmaculada Concepción, allá por el año 1949. Era Cura Párroco en ese entonces, el Reverendo Padre Juan José Ángel, de la Orden franciscana.

Gran parte de la agreste y entonces poco habitada zona del sur de la provincia de Mendoza, debía atender esta Parroquia. Su jurisdicción abarcaba desde el lejano Chos Malal a Malargüe, y también Villa Atuel, Monte Comán, y todo el sector que hoy conforma el este del departamento de San Rafael. Luego de muchos años, esta jurisdicción fue circunscrita a Villa Atuel, Real del Padre, Jaime Prats y Atuel Norte, para una mejor atención de los feligreses de esta zona.

Para quien conozca este sector de la provincia de Mendoza, y se traslade mentalmente en el tiempo a aquellas épocas de mitad de siglo, no le resultará difícil valorar el arduo quehacer de aquellos dos misioneros franciscanos.

Las distancias entre un pueblo y otro, lo limitados medios de transporte, el afán de servir sacerdotalmente a tan dispersos hijos de Dios, hacía que los abnegados padres franciscanos debieran dividirse en su tarea. Escaso tiempo permanecían juntos.

Tanto uno como el otro, dejarían en nuestro medio los mejores años de sus vidas. años de juventud y madurez volcados intensamente en su esfuerzo evangelizador, y en un ambiente social y religioso que -debemos confesarlo- muchas veces no resultaba nada cordial. Y aquí podemos mencionar la frase de Moisés al señalar: "Pueblo de dura cerviz".

¿Con qué medios doblegar a un pueblo así? ¿De qué manera llegar a lo profundo de esos duros corazones para que se acercaran e integraran el rebaño de Cristo?

A m¡diminuto entender, diría que el arma más poderosa para conseguir ser muy querido, no sólo por los católicos prácticos o piadosos, sino por todos -incluyendo a ateos o quienes practican otras religiones-, el instrumento más eficaz, es la HUMILDAD. Y quienes conocimos al P. Rafael, estamos seguros -sin alguna duda posible- de esa su intachable virtud, la humildad. El conocimiento de nuestra condición humana, de nuestras limitaciones, bajezas y miserias, y obrar conforme a esto, fue característica permanente de este verdadero rey de la modestia, sencillez y sumisión de nuestros tiempos.

Humildad y obediencia

¡Cuánto podemos recordar del diminuto pero grande Padre Rafael...! ¡Cuántas anécdotas y ejemplos de vida! Los que tuvimos la suerte de vivir cerca de él, lo recordamos con cariño y con gran admiración.
Resulta verdaderamente hermoso y gratificante hablar del P. Rafael, recordar sus máximas, su forma de expresarse, sus salomónicos consejos y ¡hasta su forma de caminar! y andar por esas calles atuelinas en las que tantas mañanas a primera hora lo viéramos...!

Todo ello refleja permanentemente su humildad. Y quizás en esto se note su mayor grandeza. Su humildad ¡siempre! Porque bueno es entender que el sacrificio verdadero está en sobreponerse a nuestros instintos naturales, soberbia, orgullo, egoísmo. Poder desterrar de nuestro interior el YO, dejar paso al TU. Tú m¡superior, tú m¡hermano, tú m¡dios... Y el P. Rafael no era un hombre de yeso, de arena o de acero. Era un hombre muy normal, de carne y hueso. Y como tal corría por sus venas la sangre del Yo, del orgullo...

Pero gracias a su fe, a su estudio y contemplación de lo divino, dominaba perfectamente su EGO. En el interior de su corazón, reinaba el TU, su amor al prójimo por amor a Dios.

S¡alguna vez pudo traicionarlo su YO -en su carácter hosco y duro-, llegando el momento de su reflexión y meditación, afloraba su fuerte espíritu de humildad. Y como s¡hubiese cometido un crimen, se inclinaba a pedir perdón a quien creía haber ofendido...

Jesús que aceptó que Juan el Bautista le bautizara, a aquel Jesús que lavó los pies de sus apóstoles...!

Y dentro de esa inmensa suerte que tuvimos quienes conocimos y vivimos cerca del P. Rafael, abundan las anécdotas que nos ilustran tan bien su carácter y forma de ser. Esta es una de ellas, que seguramente jamás podré olvidar.

Como hombre, este franciscano era para mí un ser superior al que se podía recurrir, un amigo, así, con mayúsculas. Como sacerdote franciscano, el P. Rafael llenaba todas las aspiraciones de un católico.
Fue m¡director espiritual, m¡confesor, fue quien suministró el sacramento de la Extremaunción a m¡padre, y luego a m¡madre en su lecho de muerte.

En muchas ocasiones, tuve el gran honor de ser su acólito. Y un día su Yo lo dominó. Me trató en forma poco agradable. Nada más y nada amenos que en el altar, mientras celebraba la Santa Misa y yo le ayudaba.

El notó en m¡silencio que su proceder me había dolido. ¿Y cuán grande fue m¡sorpresa y admiración (s¡hasta sentí cómo se aflojaban mis piernas), cuando al día siguiente, con esa humildad que transparentemente se reflejaba en su rostro, ese diminuto hombre mayor que yo en más de 35 años, me miró fijo a los ojos, y bajando la cabeza me pidió PERDÓN...

Acudieron a m¡mente las famosas e imborrables palabras de Santa Isabel: "¿Quién soy yo para que la madre de m¡Señor venga a visitarme?".

Me sentí tan pequeño, tan humillado. ¿Quién era yo , miserable pecador que hacía ostentación de orgullo, de vanidad, prepotencia, para que los cansados ojos de aquel Santo bajaran sus párpados? ¿Quién era yo para escuchar ese pedido de su trémulos labios, ese PERDÓN que brotaba de su mismo corazón...?

-Gracias por esa hermosa lección, m¡siempre querido P. Rafael.

Firme y fuerte en su postura

Así fue Santo varón. Suave en su humildad, pero firme como una roca en sus decisiones en defensa de los sagrados ritos y obediencia a la Santa Madre Iglesia.

Y en esta sucesión de recuerdos, de anécdotas, les cuento lo ocurrido una vez a un policía -de marcado aspecto arrogante-, que evidentemente poco conocía de la religión católica, y menos aún se imaginaba quién era el Reverendo Padre Rafael.

El día 26 de julio, es la festividad de Santa Ana. En la historia reciente, de nuestro país, ese día falleció Eva Perón, la esposa de quien fuera presidente, Juan Domingo Perón. Luego de que este fuera derrocado, sus adictos trataban de agruparse, aunque fuera clandestinamente, para rogar por el alma de la extinta. Y esto ocurrió un 26 de julio, en un aniversario más de la muerte de Eva Perón.

El gobierno que sucedió a la segunda presidencia de Perón, había dado órdenes a sus fuerzas de seguridad, de disolver toda reunión o aglomeración que se efectuara relacionada al peronismo. Y es aquí que sucedió este enfrentamiento entre el físicamente diminuto -pero gran apóstol de la Fe-, P. Rafael, con el policía.
Ese día 26 de julio, una piadosa señora, Ana de nombre, parienta mía, de muy buena actividad católica, por devoción especial y haciendo honor a su nombre, había encargado una misa. Esto lo hacía todos los años en acción de gracias a Santa Ana. M¡padre y m¡madre -lógicamente- aquel día asistieron a esa misa, que el P. Rafael celebraba a las 10,30.

Recordemos que en ese tiempo -antes del Concilio Vaticano II- la Santa Misa no se oficiaba de frente al público, como en la actualidad.

Ocurrió que el Sr. Oficial a cargo de las fuerzas de policía, viendo que se reunían muchas personas -principalmente mujeres-, frente a la Iglesia, tomó cartas en el asunto, y envió a un agente con órdenes de suspender el acto religioso.

Cuando el agente llegó, el P. Rafael ya había comenzado la Santa Misa. Sentíase el tenue taconear del policía que se dirigía dispuestamente hacia el altar. Claro que él no conocía que cuando el P. Rafael llegaba al altar y comenzaba la Santa Misa, su tarea allí no era otra cosa que la de revivir la última Cena. Tema superior a cualquier otro.

No obstante, el policía se acercó hasta el altar y trató de hablar con el sacerdote. Firme ante el comulgatorio - que en ese tiempo se ubicaba entre el altar y los bancos de los feligreses- vio que el celebrante no le dio la más mínima importancia. Confundido y un tanto atemorizado, decidió volverse y llevar la novedad de su fracaso a sus autoridades, ante el oficial. Este se sintió molesto por la inoperancia del agente, y entonces mandó un cabo con orden de suspender el Santo Oficio.

El mismo trémulo taconear, la presencia de otro policía que llega hasta el Comulgatorio, y que ocurre la misma suerte que con el anterior.

El Reverendo P. Rafael no recibiría órdenes de las fuerzas armadas del mundo entero incluso. N¡aún cuando un cañón de gran calibre lo amenazara, él suspendería el ritual. Sólo recibía órdenes de Cristo Jesús. Fracasaba el segundo intento policial.

La Santa Misa continuó su desarrollo normal. Cas¡al final, ya el taconear por el pasillo central de la Capilla, era de dos policías. El oficial arrogante y altanero venía acompañado con un agente para desalojar el templo y suspender el acto religioso.

"Veremos s¡este cura necesita toda la policía para que obedezca todas las órdenes de estos imbéciles agentes", decía en voz alta.

Mientras el agente amonestaba a todo el público concurrente en tono bastante áspero y pedía abandonar el recinto, el oficial se encargaba del sacerdote, que en ese momento impartía la bendición dando por finalizada la Santa Misa. Sin darse por aludido de lo arrogante y el tono imperativo del oficial, El P. Rafael se trasladó a la sacristía. Una vez despojado de los ornamentos, apareció la pequeña figura del sacerdote.
El oficial fue invitado al despacho parroquial. Su contextura fácilmente triplicaba a la del P. Rafael. Con ojos atónitos, miraba al sacerdote que con voz firme y lacónicamente le preguntaba: "¡Qué desea, Sr. policía?"
Y el diálogo siguió así:

-Padre, usted sabe que está prohibido todo acto político en este día y Ud...
-Espere un momento, señor, policía. ¿A qué acto político se refiere usted?
-Al que termino de hacer desalojar de este recinto, de hacer salir a los feligreses de este acto, donde no se acataron las órdenes de suspensión.
-Veo y estoy persuadido, Sr. policía, que Ud. no conoce absolutamente nada del manejo de los actos religiosos... -No tengo por qué conocer otra cosa que no sea m¡carrera, y s¡Ud. ha aceptado y dirigido este acto político, tendrá que atenerse a sus consecuencias.
-Mire Ud. Esto es el oficio de una Santa Misa, no de un acto político como lo llama Ud. Y esta Santa Misa está solicitada y perfectamente anotada como lo puede comprobar, por una señora que se llama Ana - en el día de Santa Ana, que es hoy- y yo no necesito darle más explicaciones. ¡Proceda como Ud. quiera!

Cuando el policía comprobó su ignorancia y que estaba ante un ser chiquito de cuerpo, pero muy grande de espíritu, dio media vuelta y desapareció. Este desafortunada actuación del policía, cas¡le cuesta el puesto...

Así fue el P. Rafael. Humildad, pero firme en una postura, hasta el sacrificio.

Fuerza de persuasión

Acompañando a su innegable humildad, su amabilidad con los niños estaba siempre presente en el ejercicio de su sacerdocio. Su buen trato con los chicos lo conseguía hablándoles siempre en forma diminutiva.
Había en él una poderosa fuerza de persuasión, que hacía que también los mayores se entregan a sus amables requerimientos. Cas¡nunca pedía nada. Sólo sugería la necesidad que lo apremiaba. Y en esa forma, con su ejemplar vida, conseguía el beneplácito de muchas personas que resultaban a veces desconocidas, pero que lo apreciaban. Quizás sin saber por qué, pero lo apreciaban.

Y para reafirmar estas convicciones, trataré de describir un pasaje de los muchos de su vida.

Conozco poco de los reglamentos de los ferrocarriles, pero creo que una locomotora no puede detenerse en cualquier lugar, a no ser que haya razones de fuerza mayor que lo justifiquen. Sin embargo, grande fue la admiración que provocó a no pocas personas, que la locomotora con el llamado furgón de cola, se detuviera en varias oportunidades en el paso a nivel frente a Bodegas Arizu. Y allí descendiera el sonriente P. Rafael. ¿Cómo se atrevían esos empleados del Ferrocarril a cometer esa infracción? Muy sencillo.

El P. Rafael se encontraba prestando servicios en Monte Comán. Como su equipaje era pequeño, una vez desocupado se acercaba a la estación para ver s¡había algún tren de pasajeros a Villa Atuel. No pedía, sólo preguntaba. El empleado que lo atendió, hizo gala de respeto y buena educación.

-No padre, hoy no hay trenes de pasajeros a Villa Atuel.

El Reverendo P. Rafael se sintió un poco contrariado, y afloró de sus labios esa expresión tan propia de él.

-¡Pero che, che che, carambis! ¿Tendré que quedarme hasta mañana? ¡Y la casa sola, che, che...!

El empleado lo escuchaba con preferente atención. Al ver que el Padre se notaba muy preocupado, le propuso algo, ¡aunque arriesgando que fuera sancionado por aquello.

-Padre, no sé s¡debo, pero... en fin. Dentro de algunos minutos saldrá una máquina a Villa Atuel para traer vagones cargados. S¡Ud. está con tanta urgencia, y quisiera hablar con el maquinista y demás, a lo mejor...

El Padre Rafael vio la sana y buena intención de aquel funcionario, y se sintió atraído por la oferta. Pero sus gran espíritu de humildad y el no molestar a los demás... Cas¡prefería dejar sin efecto su regreso. Y con sus clásicas palabras y forma de ser, le contesta...

-Che..!! No, no ...¡Yo no quisiera incomodar...!!

Pero el empleado ya lo había entendido y arremete su propuesta. Dando voces en alto llama a un fulano N.N., y con algunas señas le dice.

-Miró, el Padrecito Rafael...

Pero sí, padrecito... Siempre que Ud. se sienta cómodo. Y el padrecito que contesta:

-¿Yo? ¡oraciones! Pues sí -y asoma su sonrisa agradecida. -Suba y vamos ya -le ordenaba el maquinista haciendo señas con su brazo.

¿Quienes eran esos simples y bonachones empleados del Ferrocarril, que de alguna manera se arriesgaban a una amonestación, por llevar al ilustre pasajero?

Ya en viaje de Monte Comán a Villa Atuel, cómodamente instalado en el furgón de cola, se entabló un diálogo con el empleado señalero, que le preguntaba con mucho afecto y de todo corazón:

-Padrecito, ¿lo esperan en la estación de Villa Atuel...? y con habitual sonrisa le contesta:

-Sí, por supuesto... los pajaritos y conejitos del campo...

El empleado, preocupado, sigue con las preguntas:

-Entonces, ¿se irá a pie hasta el pueblo? Llegará Ud. muy cansado, pues la estación está muy retirada.

Con firme decisión, comienza a transmitir señales al conductor de la locomotora. Este, que le entiende de inmediato, con mucho gusto detiene la máquina en el paso a nivel. El diálogo se interrumpe y con muy buenos modales y simpatía, le ordena:

-Apure, padrecito. No podemos demorar. Baje, y hasta la próxima...

-Che... che...!! ¿Por qué hacen esto conmigo? Bueno, Dios les premiará...

Y así sucedió tantas veces... su llegada a la estación de Monte Comán, y la voz que decía: "Padrecito, vamos..." y su amplia sonrisa dibujaba su agradecimiento.

¿Y esto no es fuerza de persuasión?.

Modales y costumbres

Muchos matices curiosos de sus costumbres y modales, hacen que narremos algunos pasajes de su vida íntima y social. Ilustramos así su sencilla y sana manera de conducirse, siendo agradable para quien lo trataba o recibía el regalo de su visita.

S¡era invitado a banquetes, se conducía con sobriedad. Pero, para quien lo conocía bien, se dejaba traslucir que no sentía cómodo. Todo lo contrario era cuando la invitación era a una casa de familia. Su aspecto, su sonrisa, su amabilidad con los más pequeños de la familia, todo reflejaba cuan a gusto estaba en la casa.
En su alimentación fue siempre muy ordenado. Pero, con el fin de no causar molestias o desagrados, había que tener cuidado en exigirle que comiera más, como por costumbre se practica con los invitados.

El consideraba una ofensa no aceptar cuanto le sirvieran en el plato. Y así comía y comía tanto que era de admirar su escaso físico con lo que engullía. Nada dejaba de gustarle, y ninguna comida le caía mal. Solía ser muy halagüeño para la cocinera o ama de casa, con palabras muy sencillas y cargadas de simpatía. Muy afecto a las sobremesas. Claro que se guardaba muy bien de no ser molesto, y pronto se despedía y con paso largo, se encaminaba directamente a su habitación.

Estos pequeños desarreglos en la comida, los balanceaba con una dieta de varios días, y así quedaba su estómago perfectamente bien.

Por supuesto para él no era novedad la dieta. Lo hacía muy a menudo. Salvo compromisos de algún acto de presencia, todos los viernes del año hacia abstinencia y ayuno, y duplicaba sus oraciones. Llegando el tiempo de Cuaresma, su ayuno y abstinencia eran cas¡totales. Con este sistema de alimentación, agregando su metódica costumbre de acostarse y levantarse temprano, lograba conservarse en muy buen estado físico. Mas no por eso, dejó de padecer el sufrimiento de algunas enfermedades y debió también someterse a dolorosas operaciones, ya en su edad avanzada.

Y recordando pasajes y cosas de aquel gran sacerdote, de pequeño cuerpo, me llega a la memoria su corte de pelo. Tarea nada fácil para el buen peluquero que, como todo vecino, se desvivía por atender en su casa particular, nada menos que al P. Rafael.

Su corte de cabello tenía que ser rigurosamente el primitivo estilo franciscano. Sin patillas, rapado la parte superior, dejando una corona en todo el contorno de la cabeza. Y así sin ser calvo (porque fue de mucho cabello), ostentaba la desnudez de su cabeza. Jamás usó nada para cubrirse del fuerte sol; muy a menudo -en las horas del medio día- lo veíamos transitar por nuestras calles, llevando la sagrada comunión a un enfermo o tramitando algo referente a la parroquia. Sólo cuando lo sorprendía una fuerte lluvia, cubría su cabeza con la capucha franciscana.

Con el correr del tiempo, ya en las décadas del "60 y 70", muchos sacerdote comenzaban a usar ropa civil y se despojaban del hábito o sotana cuando salían de la Parroquia.. Al Rvdo. P. Rafael, jamás lo vimos con ropa civil. Allí donde estaba él, estaba el hábito franciscano con su cordón en la cintura.

Respetaba y admiraba a todo los animales. Sin duda San Francisco de Asís estaba en él, en esa su admiración permanente por la naturaleza. Claro que había una excepción. Vaya a saber por qué, el P. Rafael era poco afecto a los perros, quizás alguno lo asustó cuando pequeño. Pero, a decir verdad, no había buenas relaciones con el llamado mejor amigo del hombre. Se extasiaba mirando a los pájaros; pero al que más observaba y despertaba gran simpatía, era el humilde gorrión.

Todos sus actos dieron siempre la nota de su predilección por el pobre, el desvalido, el más pequeño, el prójimo en sí. ¡Cuántos testimonios de Santidad...!

Resignación y obediencia

Siguiendo de cerca la vida de un sacerdote, no podemos menos que meditar acerca de su vocación. Indudablemente existe algo, una fuerza sobrehumana, que lo empuja a la decisión de seguir una carrera religiosa.

No es cosa fácil desprenderse del mundo, ¡y vivir en el mundo!. Sentirse atraído por esa inmensa felicidad de saberse siervo, pastor del rebaño de hijos de Dios. ¡Qué sería del mundo s¡no existieran los sacerdotes! Benditos hombre y mujeres que sienten ese llamado de Cristo Jesús y pueden llevarlo a cabo: "Apacienta mis ovejas". "Los pecados serán perdonados a los que Uds. se los perdonen, y serán retenidos a quienes Uds. los retengan..."

Sólo Cristo Jesús puede pronunciar ese mandato. ¡Dichoso el que lo reciba!

En una oportunidad, un gran amigo de Malargüe nos llamó urgente. El P. Rafael se encontraba prestando sus servicios religiosos en esa localidad y había que trasladarlo urgente a San Rafael. La potencia de un terrible ataque renal, había superado sus fuerzas físicas. Sus ofrecimientos de dolor al dios de sus oraciones, había llegado al límite de la resistencia de un ser humano, y se quejaba, retorcido y transpirado de dolor se entregó a la voluntad del buen amigo, para que solicitara que fuéramos en su ayuda. No perdimos un sólo instante, aunque organizar un viaje a Malargüe desde Villa Atuel recorriendo más de 250 Km., llevan su tiempo. Con un buen coche de alquiler, partimos y pasamos por la Iglesia de san Antonio para dar la novedad. Como el cura párroco fr. Juan José Ángel no se encontraba en la zona nos acompañó un sacerdote franciscano. Y así emprendimos el viaje a las diez de la noche. No encuentro suficientes fuerzas de redacción, para describir ese momento. ¡Qué triste nos parece por momentos, la vida de un sacerdote! Lejos de sus padres, hermanos, familiares o parientes en general; en tierras extrañas, lejanas en tiempo y distancia de su Patria natal. Y con su cuerpo lacerado por terribles dolores. Sus ojos poblados de gruesas y blancas cejas, decían todo lo que ya sus labios no podían decir...

Pero no era ese el momento aún de una partida hacia el cielo. Dios no lo tenía previsto así. Un largo camino en bien de la cristiandad debería recorrer todavía el P. Rafael. Y con la ayuda de ese Dios Todopoderoso, su fuerte y bien conservado físico, resistió una intervención quirúrgica, y así, con gran alegría, volvimos a tener para muchos años más a nuestro querido P. Rafael entre nosotros. Y al salir de esa operación, fue cuando brotaron de sus labios, públicamente, esas palabras que resultaron ser toda una profecía, que Dios quiso se cumpliera:

"Es tal el agradecimiento que debo a Villa Atuel, que s¡Dios no dispone lo contrario, m¡deseo es que mis humildes huesos sean sepultados en este lugar'.

Responsable del deber

La habitación que habitualmente el P. Rafael usaba como dormitorio, da sobre la calle pública al Noroeste de la Parroquia. Pocos muebles llenaban el frío recinto: una humilde cama, una mesita de escritorio, una silla, y el infaltable palmatoria sobre la mesa para una vela.

Allí estuvo muchos años. No quería dejarla, pues temía que quizá alguien a altas horas de la noche, pudiera necesitarlo para la atención de algún enfermo, y él -al estar más cerca de la calle- podía así brindar una atención más inmediata.

Con el tiempo, el padre Ismael Calatayud -siendo párroco-, logró convencerlo para que ocupara una habitación contigua a la suya. Con permiso especial del Sr. Obispo, Monseñor León Kruk, se habilitó ese cuarto para que ya el anciano sacerdote pudiese celebrar Misa, con un sagrario y la permanencia del Santísimo. Y precisamente, ante el Santísimo el P. Rafael permanecía en oración la mayor parte de las horas del día. Cas¡en los umbrales de su centenario, las fuerzas empezaron a flaquearle, y ya no le permitían oficiar la Santa Misa en el altar de la Iglesia. Su vida práctica, intensamente activa, comenzaba a apagarse. Sin parientes cercanos, lejos de su Patria, sólo al amparo del cariñoso padre Ismael.

Y cuando todo hacía suponer que el anciano padre Rafael encaminaba sus últimos años por el luminoso camino hacia la Casa del Padre Celestial, y que lo haría en paz y tranquilidad sobradamente merecidas, aún restaba una fuerte prueba para aquel franciscano que ya había cumplido sus 96 años.

He destacado en varias ocasiones, su fortaleza espiritual, su resignación, paciencia o obediencia. Pero era también un ser humano, con su sensibilidad, sus penas, sus alegrías. No estaba exento de sentir las fuerzas emociones que a veces nos llegan a todos...

Retrato del P. Ismael Calatayud

El Rvdo. P. Ismael Calatayud es el que comparte con el P. Rafael su última morada. Sus restos descansan juntos en la misma sepultura.

Y aquí podemos detenernos a meditar un poco, sobre los designios de Dios en nuestra existencia.

El Rvd. P. Ismael Calatayud fue un sacerdote que, gozando de sus 36 años, se perfilaba como un digno sucesor del P. Rafael. ¡Cuán similares su forma de ser, su humildad, su espíritu de servicio!

El joven Cura Párroco, compartía el ejercicio de sus funciones con el P. Rafael, que ya contaba sus 96 años. Así pues, la Parroquia de Villa Atuel contaba con el sacerdote quizá más anciano de la Argentina, y el sacerdote Párroco más joven de la Diócesis.

¿Quién podía entonces suponer que Dios llamaría antes a su eterno descanso al padre Ismael? Ante la sorpresa, confusión y pena generalizada de todos, el día 22 de octubre de 1981, terminaba la vida terrena del franciscano Rvdo. P. Ismael Calatayud. Aunque aparentemente gozaba de buena salud, un ataque cardíaco produjo el desenlace.

Dos médicos del pueblo -que como buenos médicos rurales son ante todo grandes amigos de los paciente- llegaron en el acto, cuando el Hermano José Luis -que prestaba servicios también en la Parroquia- los llamó con verdadera desesperación. Los vecinos fuimos llegando. El cuadro que se presentaba ante nuestros ojos, era conmovedor. Sobre la cama yacía el cuerpo de aquel esbelto y dinámico padre Ismael. A la hora aproximadamente, llegaron los sacerdote franciscanos de San Rafael; el rumor que se iba adueñando de Villa Atuel, y causando la sorpresa que es de esperar, fue ratificado después por las noticias de la radio.
Había muerto el P. Ismael. El joven, el Párroco, el padre Calatayud.

Ese que sólo unas horas antes había estado practicando deportes, revisando algo de las tareas de catequesis, o de revisar en su agenda alguna visita pendiente a algún anciano, ya que por ellos tenía una predilección especial.

Y el anciano P. Rafael, venido desde su lejano continente, allá en Valencia; que dedicaba su vida por entero a estas regiones cuyanas al pie de los Andes, que sabía de privaciones y sacrificios al por mayor,debía ahora aceptar también el cáliz amargo de ver partir a quien significaba todo su apoyo en la Parroquia y en esta etapa de su vida.

En tantos años que tuve la oportunidad y gran satisfacción de acompañar al P. Rafael, incluso en momentos de suma tristeza y emoción, nunca había visto sus ojos cubiertos de lágrimas. Para él, todo había sido siempre, resignación y obediencia al mandato supremo de Dios. Mas ante la muerte de su compañero y Superior Ismael, no sólo vimos cubiertos sus ojos de lágrimas, sino por primera vez vimos llorar con toda congoja al Rvdo. y muy anciano P. Rafael.

¿Cómo no contagiarse ante ese cuadro que nos presenta la vida humana? En m¡mente aquel pasaje del Evangelio, la resurrección de Lázaro, cuando lloró con amargura. Y el comentario de quienes murmuraban: "Evidentemente quería y amaba a su amigo Lázaro".

Desde entonces, y en adelante, comenzó la decadencia física del gran amigo.

Y ante esa inesperada muerte y sepultura de su compañero Padre Ismael, cas¡dos años más tarde, también el P. Rafael iría por el mismo camino.

Quien más, quien menos, todos los feligreses, todos, el pueblo en general, veían y conocían estos detalles de las sacrificadas vidas de estos grandes sacerdotes, verdaderamente santos. Sacerdotes que entregaron sus vidas en favor de la cristiandad de Villa Atuel, Real del Padre, Jaime Prats, Atuel Norte. Y antes el P. Rafael, también de las comunidades de Malargüe y Monte Comán.

Todos sentimos sus muertes y nos conmovimos... Pero, a fuerza de ser sinceros, ¿realmente hemos sabido valorar con cuánta gracia Dios nos premió al darnos estos verdaderos Santos de nuestro tiempo? Quizá debiéramos confesar con tristeza, que también nuestro pueblo es como aquel de "dura cerviz" que mencionara Moisés. Menciono esta frase de Jhon Kennedy: "De Dios y del soldado, cuando tenemos necesidad nos acordamos, y cuando la necesidad pasamos, de Dios y del soldado nos olvidamos".

Gracias a Dios, no todo es negativo. Estos recuerdos, estas rememoraciones traslucen la estela de gratitud hacia el P. Rafael, que queda indeleblemente marcada en el océano de su bondad.

Decadencia y camino a su fin terrenal

Después de la muerte de su compañero Ismael, el P. Rafael comenzó a sentir el peso de los años. Ya se notaba en todo su ser el agobio del largo camino recorrido. Su caminar no era ágil, arrastraba sus pies, no cuidaba ya el tradicional corte de pelo franciscano, y sus palabras - a veces- no era fácil entenderlas. Sus oídos -que ya una vez le habían amenazado, años antes- ahora iban progresivamente percibiendo cada vez menos. Sus ojos denotaban cansancio, la fatiga de vivir.

P. Francisco Palací

El digno sucesor del Párroco Ismael Calatayud, llegó directamente de España a nuestra Parroquia, a los pocos días del fallecimiento de su anterior.

Los feligreses quizá esperaban algún sacerdote más bien maduro y experimentado. Pero, ante la sorpresa de todos, llegó un curita joven, delgado, algo bajo de estatura, y de un contagioso dinamismo que producía una alegría especial, de solo verlo. Era el P. Francisco Palací. El P. "Paco", como gustaba que lo llamaran. Supo granjearse la simpatía y buen concepto de todos, principalmente por su preocupación y cariño por el P. Rafael, muy simpático en su forma de ser, y de un profundo conocimiento teológico.

El panorama que se le presentaba en Villa Atuel no era sencillo. Una extensa Parroquia que atender, y el cuidado del anciano padre Rafael.

Extranjero, recién llegado, con una vasta y poblada zona por atender. No podía disponer de todo el tiempo necesario para el cuidado del P. Rafael, cuya salud iba en decadencia, al punto que ya estaba cas¡todo el día en cama y sin poder valerse por sí mismo.

El buen Padre Paco no daba abasto. Y el buen Dios debe haberlo entendido así, porque oportunamente le tendió una mano importantísima.

Existen personas que tienen un don especial para con los ancianos. Y más en este caso particular del P. Rafael quien -ya sea por su resignación para soportar incomodidades y dolores, o por su avanzada edad- a veces era reacio al suministro de medicamentos. Y es aquí donde aparece esa persona con el don especial: el farmacéutico del pueblo, su gran amigo. Este señor - cuyo nombre no es necesario dar, pues su humildad no lo permitiría- dominaba con facilidad todas las ñañas y caprichos del venerable padre. Lo que el buen farmacéutico le sugería u ordenaba, era bien aceptado. Así resultó que este buen amigo no se hizo esperar en la atención directa y total a su cargo, del P. Rafael. Lo trasladó a su casa de familia, donde Dios había dispuesto que finalizara su vida terrena.

¡Cuántas veces lo vimos a este buen señor, conducir al Rvdo. P. Rafael desde la Parroquia hasta su casa, pasito a pasito, para que se tomara el desayuno después de misa, los domingos!.

S¡bien es cierto que tener en casa al P. Rafael era un verdadero regalo de Dios, también demandaba sacrificios. Justo es reconocer aquí la dedicación y sacrificio que toda la familia dio día y noche, sin reparos de ninguna índole. Todo con amor y cariño al santo sacerdote.

Quienes estuvimos cerca de los últimos días del querido P. Rafael, podemos dar testimonio del caluroso afecto que esta buena familia brindaba a quien queríamos tanto. Más de un mes prácticamente en estado de coma. Se iba así apagando la última llamita de vida, de quien dejara en nuestro pueblo ejemplos de servicio al prójimo, y de HUMILDAD, el arma más poderosa del que la sabe usar. Entregó su alma al Señor, el 30 de septiembre de 1983, a la tardecita, a la hora de la oración, como se dice en estas tierras...

Colaboración

Transcribiendo anécdotas y solicitando testimonios que avalen la estadía que nuestro P. Rafael, nos brindara entre nosotros, cabe mencionar el grato recuerdo que Real del Padre, guarda en sus memorias y una familia que muchas veces le dio albergue y gustó de su visita, fue sin lugar a duda la familia Román Esplendiu. De este Sr. podríamos decir que fue piedra angular del templo que este pueblo le construyó en honor a nuestro Dios, para su eterna gloria. Dios lo llamó a su eterno descanso y nuestra plegaria se une a ese deseo. Su señora esposa, doña Pilar, en representación del afecto y cariño que Real del Padre le dispensara el P. Rafael, colabora en forma amplia y descriptiva, con algo que, con mucho afecto y agradecimiento, adjunto a esta humilde pero sincera memoria de este Santo sacerdote.

Recuerdo del P. Rafael Sanz (Franciscano)

La muerte le abrió las puertas de la eternidad, por eso al dedicarle hoy nuestro sencillo homenaje en estas líneas, no cabe la tristeza sino la reflexión, el recuerdo, el ejemplo y agradecimiento a lo que fue la vida de nuestro querido padre Rafael. Su humildad anonadaba, obediencia sin límites, su serenidad, paz interior, y santa alegría, eran virtudes al alcance de las manos del Padre Rafael, destacándose su amor a la Virgen y su vocación por excelencia a la Eucaristía, comunicando con su propio fuego a todos los que estábamos cerca de él, el amor a la Iglesia de Cristo, que ardía en su corazón.

Lo conocimos unos días antes del 12 de octubre de 1961, el P. Rafael nos contaba que con anterioridad a esta fecha, viajaba a pie desde Villa Atuel, a la estación de ferrocarril de Real del Padre, la mayoría de los domingos, para celebrar la Santa Misa en Monte Comán y hasta la hora del tren descansaba de su caminar en la casa más próxima a la estación, que era de la Sra. Hermenegilda de Ramírez. Un día en el año 1961, el primer Obispo de San Rafael, Monseñor Primatesta, a petición de un grupo de señoras, en representación de la comunidad de Real del Padre, incluye esta localidad, a la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Villa Atuel. ALABADO SEA EL SEÑOR, ya Cristo cada domingo se iba hacer presente en la Eucaristía y tendríamos la dicha de ir a buscar al Padre en muchas oportunidades que con su característica actitud de servicio y entrega al Señor, siempre estaba dispuesto a llevar el consuelo a los enfermos, moribundos y necesitados, cualquiera fuera el día o la hora. A veces su apostolado era todo el día, lo que dio lugar a que nuestra casa la aceptara como su familia. Puedo contar sus muchos actos de sacrificio y humildad, por ejemplo; un día de verano de mucho y fatiga por el recorrido de visitar enfermos, se le preparó para que descansara, pero su humildad, espíritu de sacrificio, austeridad y pobreza, pudo más que la comodidad y se limitó a reposar sobre una silla.

Pese a su avanzada edad, era jovial y alegre, su entrada a la casa después del saludo "Ave María Purísima" y "Paz y Bien", era cantando por todo lugar. Con los niños jugaba a la mancha, como ellos, se daba el mensaje del Evangelio, pero entre juego y juego les enseñaba los nombres de Jesús y María. Al atardecer nos juntábamos para rezar el Ángelus. Pudiendo observar su dedicación a la meditación y rezos.

Del siglo 19, pero actualizado al 20, todo lo aceptaba como venido de la providencia Divina, lo que le daba seguridad y naturalidad en sus juicios, aceptaciones y consejos, con la palabra justa en todos los aspectos, tanto naturales, morales, doctrinales o espirituales.

Su meta era Cristo y su Patria donde Dios lo había puesto, por que ser sacerdote, es seguir la voz del que ha dicho "Déjalo todo". Y a la vez marcha y gana todos los hombres.

Hace varios años, un sábado por la tarde, nos presentamos en la parroquia con varios neófitos para bautizar, aquella alegría de entonces por aumentar el número de los hijos de Dios, a través de los años, se va transformando en voces y gozos, y no sabemos lo que el P. Rafael está intercediendo ante el Cielo, ya que el Espíritu Santo, está obrando sobre ellos y... "déjalo todo y sígueme". Que el Señor siga premiando con su gran obra en la perseverancia de sus elegidos.

Siempre pensaba en los hijitos de San Francisco y pedía muchísimo para que Real del Padre escuchara la voz del Seráfico Padre y siguiera sus huellas. También tenemos que dar gracias en esto. No se llegó a concretar la Orden Tercera como él tanto anhelaba, solamente quedó en el postulantado, pero sí están en el cielo junto a el, los que pertenecían a ésta doña Primitiva y Román.

El trece de abril de 1968, bautiza solamente a m¡hija, María José de Monserrat, a los pies de la Virgen de Lourdes, en San Rafael y el 10 de marzo de 1983, ante los pies de la Inmaculada Concepción, ofrece al Padre, su última misa con motivo de los quince años de m¡hija, teniendo el privilegio de recibir toda la familia, el sagrado manjar, de sus manos jóvenes, -aunque parezca una contradicción- y firmes en su sacerdocio. Ya en el lecho de dolor su figura era dulce, pacífica, serena, sonriente, ojos de color cielo penetrantes como llegando ya en la tierra al más allá, siempre recuerdo aquel beso, que me estremeció, dado con humildad, reverencia, amor y dulzura por Román sobre la frente de un santo PADRE RAFAEL:

Dios te dio como premio bodas de plata,
de oro, y casi platino,
por tu hermosa labor sacerdotal;
pero la alta bondad, que así lo quiso
nos trocó la fragancia cristalina
por algo más preciado y más preciso,
tenerte junto a EL, gracia divina,
en la gloria eterna del Paraíso.

PILAR.

Real del Padre, 8 de setiembre de 1986. Día de la Virgen.

Conclusión y pensamiento

En estas memorias, tratando de reflejar en parte, algo de la vida de un sacerdote franciscano, que, haciendo honor a su vocación, dejó a su paso por este terruño, su ejemplar abnegación y sacrificio en favor del prójimo. Así cumplió su promesa al Señor, que lo eligió entre muchos para que apacentara sus ovejas.

El querido P. Rafael Sanz dos dejó su testimonio del camino elegido. Así piensa de él el pueblo de Villa Atuel, Monte Comán, Malargüe, Real del Padre, Jaime Prats, etc... todo el sur mendocino.

Fr. Gil Sendra Gil
1906-1965

R 360 nec-295

P. Gil Sendra GilEl día 10 de diciembre de 1965, a las doce horas, plácidamente, confortado con los Sacramentos de la Iglesia y demás auxilios espirituales, entregó su alma al Señor, en el Convento de San Lorenzo de Valencia. Contaba a la sazón 59 años de edad, 42 de vida religiosa y 35 de sacerdocio.

Alma sencilla e inquieta, encajó maravillosamente en el marco franciscano, cuyo hábito vistió desde su infancia, con la naturalidad del que vive y se desenvuelve en lo suyo. Nacido en Pego (Alicante) hace sus estudios de humanidades en Benisa, su Noviciado en Santo Espíritu del Monte, donde también emite sus votos religiosos el 18 de septiembre de 1923, pasando después, sucesivamente, a Onteniente y Cocentaina, donde cursa los estudios de Filosofía y Teología, para ser ordenado sacerdote el 22 de junio de 1930.

La obediencia le destinó desde un principio, a la ardua labor de la educación de los niños, y sus actividades se desarrollaron en nuestros colegios de Carcagente, Teruel y Onteniente, entre cuyos antiguos alumnos, el P. Gil goza de grato recuerdo y merecida simpatía por la dedicación y alma que, sin regateos, por su abnegada labor educativa de más de 20 años.

El Movimiento nacional le sorprendió de morador en el convento de Teruel, en cuya defensa bélica jugó destacado y heroico papel, s¡bien es cierto que su abnegado y valiente gesto no fue por todos igualmente interpretado, aunque sí reconocido en todo momento su temple genuinamente franciscano.

Después de la Guerra de Liberación cursó oficialmente los estudios de pintura en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, dejando una rica herencia de paisajes y retratos, fruto de sus pinceles, que fueron aplaudidos por aficionados y profesionales, en varias de las exposiciones de sus obras que hizo en Valencia y Zaragoza.

Supo compartir muy bien el arte con la vida religiosa. En los últimos 20 años, después de haber desempeñado tres años el cargo de Superior del Convento de Zaragoza (1952-1953), su valiosa actuación se ha desenvuelto ejerciendo el ministerio sacerdotal en el Convento de San Lorenzo de Valencia, sobrellevando, a la vez con ejemplar paciencia, los achaques de su quebrantada salud, herida de muerte en el frío cerco de la ciudad de Teruel.

(Nota del P. José A. Arnau)

Fr. Justo Sendra Puigcerver
1879-1967

R 176      nec-303

P. Justo Sendra PuigcerverTras larga enfermedad soportada con ejemplar resignación, auxiliado con lo Santos Sacramentos y confortado con la presencia suplicante de sus hermanos de hábito, en la madrugada del 14 de junio del corriente año 1967, entregó plácidamente su alma al Señor, en el Convento de la Purísima Concepción de Benisa, el P. Justo Sendra Puigcerver a la edad de 88 años, con 69 años de vida religiosa y 63 de sacerdocio.

El P. Justo Sendra nació en Benisa el 12 de diciembre de 1879; sus padres, de acrisolada religiosidad le educaron en los más puros cánones de nuestra Santa fe por lo que en su bondad natural de manifestaron pronto las señales de su vocación al estado religioso y a los doce años entró en el Colegio Seráfico que la Provincia Franciscana de Valencia había un par de años antes  establecido en el mismo convento de Benisa.

Allí, por tres año, estudió con notable aprovechamiento las humanidades y en septiembre de 1896 pasó a Santo Espíritu del Monte, donde tomó el hábito franciscano el 11 del mismo mes; pasado felizmente el año del noviciado, profesó el 12 de septiembre de 1897.

Pasó luego a los diversos conventos en que la Provincia tenía los estudios de Filosofía y teología que cursó con gran tesón y sincera voluntad, mereciendo recibir la sagrada orden del Presbiterado el 5 de junio de 1904 en la Iglesia del Convento de Benisa, de manos del Excmo Sr. D. Francisco de Asís Corero, obispo de Segorbe, que invitado por la Comunidad había ido a Benisa para presidir la solemne fiesta de Corpus de tradicional y extraordinario esplendor allí, desde la restauración de la Orden en aquella franciscana villa.

Dotado el P. Justo Sendra de un temperamento bondadoso, sensible, de transparente ingenuidad, supo encuadrar bien estas bellas cualidades en el marco que la espiritualidad franciscana le proporcionaba tan adecuadamente, por lo que su vida discurrió, siempre y en todos los órdenes, dentro de la más pura corriente de cordialidad y simpatía con cuantos le trataron.

Sus actividades se desenvolvieron con gran fruto en las escuelas de Benisa y Pego, y en los colegios de Onteniente, Carcagente y Teruel.

Desempeñó los cargos de Guardián de Pego, Beniganim, Agres, Benisa, Cocentaina, superior y rector del Colegio de Serrano (Argentina) durante seis años y Visitador General de Misión del Ben¡de Bolivia, cosechando siempre y en todas partes la simpatía y aprecio, que su genuino espíritu franciscano supo granjearle con la mayor naturalidad.

Los últimos años de su vida fueron probados con un pertinaz y doloroso acuso de gota, que supo llevar con paciencia ejemplar y que acrisoló más y más su pura y transparente alma.

P. José Ant. Arnau

 

Fr. Diego Sendra Sendra
1877-1956

R 158

Nació en Orba (Alicante) en 1877. Emitió su profesión temporal en 1896. Todo bondad y dotado de excelentes aptitudes, se ocupó sucesivamente en los múltiples quehaceres de los conventos de Benisa, Santo Espíritu del Monte y Agres, distinguiéndose, principalmente en la dirección de la imprenta de San Lorenzo de Valencia.

Durante 50 años de penosa dolencia de varices, dio alto ejemplo de paciencia y de conformidad en la voluntad divina.

Se durmió en el ósculo del Señor el día 6 de marzo de 1956, a los 79 años de edad y 61 de profesión, en el convento de Agres.