Índice del número 179
Diciembre de 1935. Año 16. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- Los Nacimientos. F
Primum vivere. Galo Recuero García
Inmaculada. Fr. Juan Alventosa, ofm
Los dos nidos. Fr. Manuel Balaguer, ofm
La devoción popular al beato Andrés Hibernón. José Vila García - Gandía. F. de Paula
¡Nochebuena en Belen!... Fr. León Villuendas, ofm
P. Antonio Margil de Jesús. Fr. Francisco Lliteras, ofm
Noticias.
Bibliografía.
Para las fiestas de la Navidad
Los Nacimientos
Muchos escépticos sonríen delante de los anacronismos de los Nacimientos o Belenes que en las próximas fiestas de Navidad reflejan Hasta el fondo de nuestros hogares, en ondas de Paz, ondas de júbilo de la Gloria que cantan los Ángeles. Sonríen.
No pocos de estos sonrientes aplauden con seriedad en el teatro de Shakespeare, por ejemplo, la llegada de unos barcos de Bohemia, como pudieran aplaudir la llegada de unos barcos a Burjasot. O bien, s¡a tanto llega su cultura, se muestran dispuestos a justificar los anacronismos más absurdos de Voltaire, de Rousseau y de los demás patriarcas del saber revolucionario, en nombre del arte y los bautizan con los motes de procronismo, paracronismo, metacronismo, hipercronismo...
Una advertencia ha de hacerse a estos sonrientes y también a otros que en su sonrisa no ponen la malicia de la incredulidad o del escepticismo. Los Nacimientos de nuestros hogares representan dos cosas: Una el hecho histórico y otra su significación. El hecho histórico salva su verdad histórica en la Gruta de Belén. Todo lo demás, salvada en lo principal 1a verdad histórica, entra en la significación. V la significación es toda la filosofía y toda la teología del hecho histórico, que son toda la teología y la filosofía de la Historia Universal.
Hay en los Nacimientos, además de los pastores, agricultores, molineros, panaderos, carpinteros...; todos los oficios de la agricultura y de la industria, cuyas granjas y fábricas se ven acá y allá, junto a los arroyos que serpentean por la escarpa de la cordillera de corcho o en la llanura de la vega. Se ven reyes con su séquito aristócrata y militar, cuyos palacios contrastan con las cabañas y las casitas humildes, se ven gitanos, castellanos, sacerdotes y hombres de todas las razas. El panorama tal vez está salpicado de bombillas eléctricas y de peregrinaciones que van a adorar al Niño —por quien son amables todos los niños— en la Gruta, que es ahora hogar de la Sagrada familia —por quien son amables todas las familias y los hogares todos—, agotando todos los medios de traslación locomotiva, desde la carreta de bueyes, hasta el ferrocarril, la bicicleta, el automóvil y el aeroplano... «¡impropiedad! ¡Anacronismo!», exclaman los sonrientes.
No se dan cuenta de que todo eso, con ser tan vario y múltiple, no es más que un aspecto del universo de mundos que tiene por centro el Sol de la Gruta de Belén. No oyen la voz de esa Fuente, exhalando la invitación profética: «Omnes sitientes, venite ad aguas»... Venid a las aguas vivas de la Verdad y del Bien todos los sedientos. Todos, pobres y ricos, sabios e ignorantes, súbditos y rectores, patronos y obreros, maestros y discípulos, justos y pecadores, enfermos y sanos..., de todas las naciones, de todas las lenguas, de todos los climas, de todas las razas, de todos los tiempos, con todo vuestro ser y vuestra actividad.
La significación de nuestros Nacimientos es la expresión, tanto más conmovedora cuanto más anacrónica, del canto litúrgico de la Navidad:
| «Hunc astra, tellus aegnora Hunc omne, quod Coelo subest, Salutis Auctorem novae Novo salutat cántico.» |
Los astros, la tierra,
los mares,
cuanto debajo de la capa del cielo se cobija, saluda con un cántico nuevo al Autor de la nueva Salud. |
Estos son los Nacimientos; panoramas del dogma de la incorporación; dogma por el cual todos los hombres se unen en un solo cuerpo para vivir unidos y «progresar en todo género de perfecciones en Jesucristo, Cabeza de todos», como dice San Pablo.
«Nadie n¡nada se excluya, dice San León Papa, de la participación de esta alegría de la Navidad». Y esto hacemos en nuestros Nacimientos. Y cuanto más empeño ponga en excluir de la Redención a los hombres y las cosas esa peste del laicismo, en que van del brazo lo satánico y lo ignorante de las revoluciones modernas, más hemos de blasonar nosotros de anacronismo en los Nacimientos, llevando a la Gruta de Belén cuanto hay debajo de la capa del cielo para que sobre todo se extienda la Paz, la Libertad, la Redención que esparce desde el Oriente de esta Gruta de Belén la LUZ que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
F.
Rápida
Primum vivere
Lo primero es vivir, se dice en derecho como principio fundamental del ser hombre; porque sin vida no hay sujeto capaz de derecho.
Este principio apropiado por el materialista a su conducta, le induce a anteponer su estómago a los principios inmutables de moralidad, no mirando que s¡éste es como la caldera generadora del vapor que ha de mover la máquina, hay otro generador de la verdadera vida, que es la voluntad siempre dispuesta a obrar rectamente, sin salirse de la norma que la ley moral marca.
Vive el enfermo grave y sin embargo, entre esa vida y la que tenía cuando disfrutaba de buena salud, hay una diferencia tan grande como entre la luz de una bujía y la resplandeciente del astro del día. Tal vivir, es un simulacro de vida.
Los utilitaristas someten todos sus actos a su conveniencia y no a las reglas de moralidad, de donde resulta, que en cuanto huelen como el animal el pesebre allí se dirigen sin tener en cuenta s¡es para ellos o no. Viven una vida espiritual como la del enfermo grave, pensando como el hético en proyectos que nunca verá realizados.
Es tan poco firme la base de su moralidad como lo son las cosas caducas, que si no tuvieran otra tara que esa, ya sería bastante para despreciarla, ya que tan infiltrado está en nosotros el deseo de inmortalidad, que una de las razones de nuestra repulsión a la muerte, es la apariencia de no continuidad del ser. Los que se dicen no creyentes en otra vida, no se resignan interiormente a aceptar su terminación con la muerte corporal; les sucede lo que a los ateos, niegan a Dios con la boca, pero lo sienten en su corazón y al mirar los seres nota que vocean su existencia.
En buena lógica, pues, s¡lo primero es vivir, no entendamos por vida la material como exclusiva, porque s¡bien no podemos existir como compuesto, menos podemos existir como seres morales sin esa vida espiritual en que la voluntad hace de nosotros entes de honor, de honradez, etc., que son los verdaderos valores humanos, tan despreciados hoy por algunos y cuyas consecuencias tanto se dejan sentir. Vida de enfermo es media vida, vida sin normas morales es un simulacro de vida.
Lo primero es el garbanzo, dicen los materialistas; lo primero es el cumplimiento del deber, aunque sea a costa del garbanzo.
Galo Recuero García
Inmaculada
¿Pudo Dios hacer inmaculada a la Santísima Virgen? ¿Convino que la hiciera así? S¡convino y pudo, la hizo, pues.
A estos capitales principios se reducen los argumentos que la escuela franciscana esgrimía como arma invencible para defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, desde los orígenes de la Orden hasta el día glorioso en que Pío IX zanjó con su autoridad infalible la discusión de las escuelas.
Quizá la familia franciscana no haya sido totalmente justa al repartir los laureles de esta victoria dogmática que le es tan suya, a uno o muy pocos de sus maestros con exclusión u olvido de los demás. Fue toda la Orden Franciscana, fueron todos sus maestros, diría hasta sus hermanitos legos, quienes acumularon a la defensa de la Inmaculada su granito de razón y de entusiasmo, la que juraban todos defender y algunos con un cuarto voto religioso. El Beato fray Gil de Asís, lego achacoso y lleno de años y de indignación, volvería a levantar, airado, su bastón para no dejarse arrebatar impunemente la parte de mérito que le corresponde en esta gloriosa victoria, que ya presentía su devoción, por más que sus menguadas luces intelectuales no acertaran a explicar las razones de su corazón. Fueron Alejandro de Alés, Buenaventura, Mateo de Aguasparta, Juan Duns Escoto los promotores, y éste, entre ellos, el glorioso, acérrimo e invencible paladín de la Sorbona y en las escuelas, mas toda la familia seráfica forjaba los argumentos que ellos llevaban a la cátedra. Ellas no eran más que su eco claro y fiel, la sabia palabra del pensamiento común.
El pueblo, en cambio, más justiciero, ha cantado siempre:
A la religión sagrada
de San Francisco debemos,
que en alta voz os cantemos
el blasón de Inmaculada.
Y el veros así, ensalzada,
es su gloria principal.
Sois concebida, María,
sin pecado original.
Expongamos el pensamiento franciscano y espiguemos sus dichos, que son eco de las Santas Escrituras y de los escritos de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia.
El poder de Dios es infinito y eterno porque ambos atributos son de su naturaleza divina. Pues bien, «el Verbo estaba en Dios y Dios era el Verbo» (1). Con estas palabras el apóstol San Juan nos describe la generación eterna del Hijo de Dios, y puesto que el Verbo era Dios, tan infinito sería su poder como el de su Padre Eterno. Llegada la plenitud de los tiempos «el Verbo de Dios lo fue en María» (2), como afirma Duns Escoto, y esta segunda generación del Verbo no podía n¡debía ser menos perfecta y santa que la primera, por eso Jesucristo diría, luego:
—«¿Quién de vosotros me tildará de pecado?» (3).
En virtud de su poder divino el Verbo eligió Su Madre en la persona de la Virgen María para tomar de su castísimo seno su humildad; así dice el Credo de nuestra fe:
—«Se encarnó por obra del Espíritu Santo y nació de la Virgen María» (5). «La eligió con preelección» (6), y «en Ella la Sabiduría edificó su casa» (7), por eso Ella exclama alborozada, en las Santas Escrituras:
—«Quien me creó descansó en m¡tabernáculo» (8); «El Señor me poseyó en el comienzo de todos sus caminos» (9), «y nací de la boca del Altísimo» (10). De todo lo cual concluye Santo Tomás: «La bienaventurada Virgen María fue divinamente elegida para ser Madre de Dios» (11).
Ahora bien, s¡así fue elegida para ser Su Madre, quién podía elegirla tal, ¿cómo convino y pudo hacerla, para que al tomar de su cuerpo su humanidad no recibiera menoscabo su divinidad?
—«Convino hacerla, dice San Buenaventura, como la merecía tener, tal que de Ella jamás se avergonzara» (12); «como convenía para Sí mismo, según su divino saber» (13), contesta San Bernardo. «Pues Dios, nuestro Señor, añade San Bernardino de Sena, a los que para cualquier cosa elige, así los prepara y dispone, que sean idóneos para su fin» (14).
Pues bien, la carne de Cristo había de ser carne de María (15). S¡esa carne hubiera sido mancillada alguna vez por el pecado, «la ignominia de la Madre redundara en el Hijo» (16), y a Ella se podían aplicar
las palabras del Levítico: "La carne mancillada por las bestias no la comáis, arrojadla a los pérros" (17). Ella convenía, pues, que fuera hecha como le canta la Iglesia: «Toda hermosa eres, María, y sin mancha original» (18). Interiormente, quiero decir en su alma, porque la otra hermosura, la del cuerpo, «es vana hermosura» (19). María había de ser concebida «como aquel talló de la raíz de Jesé», que profetizara Isaías (20), «cuya generación ¿quién podría jamás dignamente narrar?» (21). «Obra del Altísimo, omnipotente creador, quien la creó en el Espíritu Santo» (22). Por consiguiente, como afirma Duns Escoto: «En el vientre, santísima y ya en su concepción, santísima» (23). ¿Cómo se realizaría este misterio? Algo así como en los ángeles, escribe San Agustín: «creando la naturaleza y otorgando la gracia a un mismo tiempo» (24). S¡había de quebrantar la cabeza del infernal enemigo, no podía haber sido nunca miembro suyo n¡sujeta al mismo (25). Había de ser «espejo sin mancha de la majestad de Dios» (26). Por lo que escribe San Buenaventura: «En la misma concepción el río de gracia de los ángeles entra en María y con él todos los demás ríos (dones y gracias naturales y sobrenaturales) entran en María» (27). Así y no de otra forma, debía el Verbo de Dios hacer y crear a Su Madre. La mancha original en Ella podría haberla borrado la gracia, «pero la deshonra de haber sido una vez manchada no la quitaría ninguna gloria posterior», en expresión de Mateo de Aguasparta (28).
Ahora bien, ¿podía Dios hacer a Su Madre inmaculada, tal como convenía? Negar len El este poder sería lo mismo que no reconocerle como Dios, y Dios es omnipotente. Además, el infinito valor de su sangre había de borrar la mancha del pecado en los hombres y con su muerte redimir a la humanidad. Pues bien, según San Bernardino, "Cristo vino más para redimir a la Virgen, Su Madre, que por ninguna otra criatura" (29), y como quiera que, según San Agustín (30) "hay un doble modo de redimir: redimir al caído y redimir al que va a caer, antes de que caiga", y éste, según San Antonino, «sea más noble que el primero» (31), hemos de concluir, que en previsión de los méritos de Cristo Redentor, a la Santísima Madre de Dios, por lo menos, se le había de otorgar el privilegie de ser redimida antes de caer, antes de ser mancillada por la culpa original; de lo contrario, concluye el invito paladín de la Inmaculada, Juan Duns Escoto, la redención de Cristo fuera incompleta, pues de esta nobilísima redención o
preservación de la culpa nadie gozaría. Fue por ello que, en atención a su maternidad divina y por los méritos de Cristo Redentor, siguiendo la escuela franciscana, Pío IX, promulgó el dogma de la Inmaculada Concepción.
Fr. Juan Alventosa García, ofm
(1) Et Verbum erat apud Deam et Deus erat Verbum (Jn 1, 1)
(2) Verbum erat apud Mariam.
(3) Qu¡ex vobis arguet me de peccato (Jn 8, 46)
(5) Et incarnatus est de Spiritu Sancto, ex Maria Virgine (Credo).
(6) Elegit eam Deus et preelegit eam (Del oficio de la Santísima Virgen).
(7) Sapientia aedificavit sib¡domum (Prov 9, 1)
(8) Qu¡creavit me, requievit in tabernáculo meo (Eccl. 24, 12).
(9) Dominus possedit me in initio viarum suarum (Prov 8, 22).
(10) Ex ore Altissim¡prodiv¡(Eccl 24, 5).
(11) Beata Virgo fuit electa divinitus, ut esset Mater Dei. 3 p. q. 17, ar. 40.
(12) Cristus Matrem talem sib¡elegit, qualem meruit habere, de qua non erubesceret.
(13) Talem sib¡scivit eligere, qualem et se decere sciebat. Serm. 2.
(14) Quia illos, quos Deus ad aliquod elegit, ita praeparat et disponit, ut ad id, ad quod eliguntur, inveniantur idonei
(15) Caro Christi, caro Mariae. S. Agust.
(16) Ignominia Matris in Filium redundaret. S. Antón: Duns Escoto.
(17) Carnem, quae a bestiis fuerit praegustata, non comedetis sed projicietis canibus (Ex 22, 30).
(18) Tota pulchra es María et macula originalis non est in te.
(19) Vana est pulchritudo (Prov, 13).
(20) Egredieiur virga de radice Jesse (Is 11, 1).
(21) ¿Generationem ejus quis enarrabit? (Is 53, 8).
(22) Unus est Altissimus, creator omnipotens, ipse creavit illam in Spiritu Sancto (Eccl¡I, 8).
(23) In útero, sanctissima, et in conceptione, sanctissima.
(24) In angelis erat Deus condens naturam et largiens gratiam.
(25) Justum est, quod Regina coeli, Magistra Angelorum contrivenit caput serpentis, id est, infernalis inimici, ut non sit illo tempore membrum suum, et subjecta ejus. Apost. Serm. de Concep.
(26) Speculum sine macula De¡majestatis (Sap 8, 26).
(27) Flumen gratiae intrat in Mariam... omnia flumina intrant in Mariam.
(28) Hoc dedecus nunquam hactenus consequens posteritatis gloria potuit delere.
(29) Christus plus pro redimenda Virgine venit, quam pro omn¡alia creatura. Tom. 4.
(30) Dúplex est redimend¡modus; unus redimendo lapsum, et álter redimendo jamjam lapsurum, ne cadat. In Ps. 85.
(31) Nobilius liberatur, et redimitur, cu¡providetur ne cadat, et servitutem incurrat, quam ut lapsus erigatur, et factus servus redimatur. I par.
8, cap. 2.
Nuestros cuentos
Los dos nidos
Había en cierto pueblecillo de no sé dónde dos hombres que eran vecinos, trabajadores del campo y cargados uno y otro de mujer y numerosa familia, y sólo para alimentarles tenían el fruto de su trabajo, con lo que podían vivir bien justamente.
Uno de ellos, más cabiloso y desconfiado, comenzó a inquietarse con esta tenaz preocupación: «S¡yo muero, se decía, o caigo enfermo, ¿qué será de m¡mujer y de mis hijos?» Este pensamiento no le dejaba un momento, royendo su alma, como roe al fruto el gusano escondido en él.
También el mismo pensamiento había ocurrido al otro vecino, mas él no se detuvo en ello, n¡le causó preocupación, pues se decía a sí mismo: «Dios que conoce a todas las criaturas y vela sobre todas ellas, tendrá también cuidado de mí y cuidará de m¡mujer y de mis hijos». Así vivía éste tranquilo, mientras el primero no gozaba un momento de reposo n¡de alegría interior.
Estaba un día, ese hombre cabiloso, trabajando en su campo, triste y abatido por aquel importuno temor, cuando vio que en un matorral cercano unos pajaritos no cesaban de entrar y salir, chirriando continuamente en sus continuas idas y venidas. Picado en su curiosidad quiso ver lo que allí ocurría, y vio pegados a una rama de un arbusto dos niditos muy lindos, puesto el uno al lado del otro, y en cada uno de ellos varios pajaritos acabados de salir del huevo.
Vuelto el buen hombre a su trabajo, se detenía de vez en cuando para mirar a las madrecitas que con incesante anhelo iban y venían llevando en su piquito el alimento para sus tiernos hijitos.
Cuando he aquí que al llegar volando una de esas madres con el bocadillo en su pico, un gavilán, que por allí revoloteaba, se lanzó sobre ella y asiéndola con su garra remontó el vuelo, mientras el pobre pajarito se debatía entre sus zarpas dando gritos lastimeros.
Al ver esto aquel hombre se sintió inmensamente abatido y más preocupado que antes; pues decía: «La muerte de la madre será sin duda alguna la muerte de todos sus hijitos que quedarán abandonados en su nido. Los míos, pensaba entonces, no tienen otro sostén más que yo; ¿qué será de ellos s¡yo llego a faltar?» Y todo el día anduvo cabizbajo y triste, y n¡por la noche pudo dormir, presa su alma de esta preocupación.
Al día siguiente, al volver a su trabajo se dijo: «Quiero ver en qué han parado aquellos pobres pajaritos que se han quedado sin madre, algunos de ellos, sin duda, habrán perecido.» Y se encaminó al matorral. Pero vio con sorpresa que todos estaban campantes y nutridos, sin que ninguno de ellos hubiera perecido. Admirado de esto se escondió cerca del matorral para observar lo que pudiera haber ocurrido. Al poco rato oyó un ligero chirrido y poniendo atención, vio que la segunda madre, la del otro nido, iba y venía con su piquito lleno de alimento, y lo iba distribuyendo indistintamente a los pajaritos de uno y otro nido, habiendo para todos; por lo que los huerfanitos no quedaron abandonados en su desgracia.
Por la noche ese padre tan desconfiado de la Providencia contó a su vecino lo que había visto; y éste le dijo: «Pues ¿por qué inquietarse tanto en lo que pueda ocurrir? Ya ves la lección que nos dan los pajaritos. Dios jamás abandona a los suyos. Su amor tiene secretos que a nosotros nos son desconocidos. Creamos, esperemos, amemos y sigamos nuestra ruta en paz.»
Desde entonces los dos se convinieron en esto: «S¡yo me muero antes, dijo éste, tú serás el padre de mis hijos; s¡mueres tú, yo seré el padre de los tuyos, y s¡uno y otro nos morimos antes de que lleguen a edad de poderse valer ellos mismos, entonces ellos tendrán por padre al Padre que está en los cielos.»
Breves lecciones de Liturgia
Comenzamos de nuevo el año eclesiástico. El Adviento es la primera época litúrgica que celebra la Iglesia Católica, y en ella quiere que sus fieles hijos se preparen para celebrar la conmemoración del Nacimiento del Hijo de Dios en la tierra. Dura el Adviento cuatro semanas incompletas, que simbolizan los cuatro mil años, durante los cuales estuvo la humanidad esperando la venida del Mesías y Salvador del mundo. Leed el breviario y el misal romanos, en la parte que corresponde al Adviento, y allí veréis expresados los profundos sentimientos de ansias, deseos y esperanzas con que los verdaderos israelitas pedían al cielo que les enviase a su Rey y Redentor. «Ven, Señor, y no tardes. Lloved nubes al Justo. Ojalá rompas los cielos y bajes.»
Terminado el Adviento, celebra la Iglesia la solemnísima festividad del Nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, festividad que a todos nos enternece y anonada a la vez, al considerar que el Dios de la Majestad y de la Omnipotencia nace como un niño pobre y desvalido sobre las frías pajas de un pesebre.
En el día octavo después de esta festividad, se conmemora la Circuncisión del Niño Dios, hecho hombre, y pocos días después la Epifanía, que comprende varios actos de la vida de Jesús en la tierra antes de su vida pública. Porque Epifanía significa Manifestación, y por tanto nos recuerda no sólo la manifestación de Jesús a los reyes Magos, sino también la huida a Egipto, la vuelta a Nazaret, la ida al Templo de Jerusalén, en compañía de sus padres María y José, su bautismo en las aguas del río Jordán y su presencia en las bodas de Caná, donde manifestó gloriosamente su Omnipotencia con la realización de su primer milagro público.
Terminado el tiempo litúrgico de la Epifanía, en el que se conmemoran todos estos prodigios, sigue la época llamada de Septuagésima, que precede a la Cuaresma, tiempo de preparación para celebrar la mayor de las festividades de la Iglesia, la Pascua de Resurrección, el día más grande y solemne del año eclesiástico. Esta festividad forma el punto culminante de todo el año eclesiástico: es la festividad a la cual miran y se refieren todas las demás. Por esto es la primera que se determina en el cómputo eclesiástico, porque de ella dependen todas las demás festividades.
Esta festividad lleva detrás de sí la época litúrgica, llamada Tiempo Pascual, durante el que se celebran solemnemente las grandes festividades de la Ascensión de Jesús a los cielos y la venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés. En el sábado que sigue a esta festividad se cierra el Tiempo Pascual, y en el día siguiente se celebra la fiesta de la Santísima Trinidad como síntesis y compendio de todas las festividades y misterios celebrados, y para dar gracias al Dios Trino y Uno por todos los beneficios recibidos.
Siguen después la solemnísima festividad del Corpus Christi, la del Sagrado Corazón de Jesús, de la Santísima Sangre, de la Transfiguración del Señor, algunas de la Santísima Virgen, de los Santos Apóstoles, de San Juan Bautista y la de todos los Santos, que hermosean el año eclesiástico, y son como luminosos jalones que señalan el camino que seguimos los cristianos a través del tiempo con rumbo hacia la eternidad.
El domingo en que se celebra la fiesta de la Santísima Trinidad, y todos los domingos siguientes, son llamados posteriores a Pentecostés, porque son como un eco y prolongación de esta festividad solemnísima, en la que se acabó de formar la Iglesia Católica con la infusión del Espíritu Santo a la Santísima Virgen, a los Apóstoles y a los discípulos, reunidos en el Cenáculo, como había de ser también infundido después a todos los fieles cristianos, con la recepción de los Santos Sacramentos.
Y terminados los domingos después de Pentecostés, cuyo número es variable, finaliza el Año eclesiástico para empezar de nuevo con el Adviento, que ahora celebramos.
Esto es el Año eclesiástico. Y en todas sus festividades y en todos los actos del quito católico, es siempre el centro N. S. Jesucristo, a quien van dirigidos, en primer término, todos los actos de la Sagrada Liturgia. Y así como la tierra gira alrededor de su centro, que es el sol, en medio de las múltiples y variadas constelaciones del zodíaco, que señalan su órbita por el espacio y que constituyen el año civil, así también la Iglesia Católica gira alrededor de su único centro Nuestro Señor Jesucristo, celebrando sus variadas y solemnes festividades y épocas litúrgicas que constituyen el año eclesiástico.
Caminamos, pues, en esta peregrinación continuada de las fiestas y días del año eclesiástico, teniendo siempre por centro y por guía a N. Divino Redentor, a quien debemos dirigir todos los actos de nuestro culto y todas las intenciones y aspiraciones de nuestro espíritu.
El Adviento es la primera jornada. En la liturgia del Adviento predominan sentimientos de tristeza y de alegría a la vez, de temor y de esperanza. Por esto la Iglesia, juntamente con las terroríficas descripciones del Juicio final y de las señales que precederán al último día del mundo, entona solemnemente las antífonas llamadas de la O, y celebra al principio del Adviento la solemnísima festividad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, Divina Aurora que precedió al Divino Sol de Justicia, Cristo Jesús, y llena nuestros corazones de consuelo y de esperanza.
Sigamos, pues, ahora y en todo el año, a la Iglesia nuestra Madre, y penetrémonos profundamente de su divino espíritu, tan bellamente expresado en todas las partes del oficio y de la misa de este tiempo de Adviento, preparándonos santamente para la celebración del Nacimiento del Hijo de Dios en este mundo.
29 noviembre. Todos los Santos de la Orden franciscana
Por vía de consulta teologal
me pregunto: ¿Qué pasará en el cielo
este día? ¿Qué tal será el desvelo
de quienes el seráfico sayal
vistieron como prenda celestial?
Pretendiendo realizar un vuelo
con el fin de satisfacer m¡anhelo,
requiero un autogiro individual,
lleno de esencia la imaginación
y a volar, a volar... Mas ¡ay de mí!
que a poca altura me faltó presión,
aterrizo y aún me tenéis aquí.
¿Qué es lo que pasará hoy, pues, allí?
Lo podéis meditar en la oración.
Fr. Atanasio Jordá, ofm
Hospital de Cachuela (Bolivia)
La devoción popular al beato Andrés Hibernón
En la ciudad de Gandía se veneran, respetuosa y cariñosamente conservados, unos despojos de alto simbolismo y gran valor espiritual. En el templo del ex convento de San Roque, en una capilla magnífica, reciben culto devoto los restos del humilde frailecito Andrés Hibernón.
Las Hermanas Franciscanas de la Purísima cuidan del venerable tesoro y exaltan la devoción que por el lego alcantarino siente la poblada comarca de Gandía y profesan infinitos conocedores de sus milagrosas dádivas...

Beato Andrés Hibernón (media.evangelizo.org)
En una urna sencilla aparece tendido en ropajes propios, bordados, el cuerpo de este bienaventurado Andrés Hibernón. La mascarilla, que cubre y suaviza el horror del cráneo descarnado, muestra la placidez en la propia muerte cuando por ella se alcanzó la vida. Con los ojos cerrados duerme su cuerpo en descanso de una vida de sufrimientos que le acarrea la práctica de todas —absolutamente todas— las virtudes en grado heroico, escalando por el sufrir la máxima gloria, el fin del hombre.
E impasible, inmóvil, recibe miles y miles de visitas. En su camarín se desgranan miles de plegarias en petición de valimiento; acciones de gracias de quienes recibieran un favor. Allí se evaporan lágrimas de agradecimiento de los consolados en sus tribulaciones. Los murmullos de las súplicas son himno en loor del humilde Andrés, que prodiga favores sin cuento.
Así posee legión innúmera de fervientes devotos: «¡Ay, Beato!» —es el Beato por antonomasia—, se oye exclamar en un apuro a quien le tiene por valedor, y, en efecto, el Beato intercede solícito por quien le invoca.
Como ex votos siempre tiene ardiendo su lámpara y cirios y las monjitas exhiben, como prueba y testimonio fehacientes de la milagrera intercesión del Beato, los más diversos objetos y figuras de cera que allí dejaran los por él favorecidos, patentizando el cumplimiento de una promesa al Beato: Vestidos de sayal, muletas, mortajas allí dejados dicen de hechos prodigiosos....
* * *
Las Hermanas Franciscanas cuidan a unos niños y ancianos asilados. Algunos de éstos, cada semana, con cepillo que lleva al frente una imagen del Beato, recorren pueblos aledaños y la ciudad pidiendo limosna en nombre del Beato y es de ver con qué unción, después de haber depositado en el cepillo la limosna, es besada la imagen por el donante.

En pleno mercado, los sábados, cuando más concurrido se halla dé gentío del distrito gandiense en el corazón de la ciudad, un anciano, limpio en su indumentaria, simpático él, ostenta en su mano el cepillo portador de la imagen del Beato y entre la gente "Capta" la limosna "pa'l Beatet".
* * *
Cada año en la capilla del Beato se celebran solemnes cultos en su novenario. Nave de la Iglesia de San Roque y capilla del Beato Andrés Hibernón, se halla repletos. Y cada tarde, al fin de la función religiosa, un sacerdote ofrece a la veneración de la fiel concurrencia una reliquia del Beato en una manuable teca, al propio tiempo que, a son de órgano y voces delicadas de niños, se cantan los gozos.
Letra y música de esta popular composición adquieren valor emotivo. A coro canta el pueblo los versos de los gozos mientras espera turno para besar la reliquia.
Cada año, nuevo fervor, nuevos devotos en renovación constante y los gozos, en tonada folklórica, resuenan en el camarín cantados por una Hermana y coreados por los visitantes que como ex voto cumplen el «cantarl¡els gojos al Beato en el camaril».
* * *
Y entre los gitanos cuenta muchos devotos Andrés Hibernón, a quien llaman el Beatico Y más de un gitano hemos advertido que se dirigía «al Beato» —así se llama también la iglesia donde se venera— con los pies descalzos...
* * *
He aquí unes apuntes someros de la intensidad de esta devota simpatía hacia el murciano Andrés Hibernón que supo vivir despreciándose y ganando la inmortalidad aureolado con la de los santos.
Y, continuamente, oye el clamor de los atribulados o el musitar de la oración, del agradecimiento de quienes le invocan, aquellas versos de su letrilla:
Pues que vuestra intercesión
tanto vale allá en el Cielo,
dadnos favor y consuelo,
Beato Andrés Hibernón.
José Vila García
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