Índice del número 206
Del mes de febrero de 1946. Director: Fr. José A. Arnau, ofm
- Nuestra paz. Comentario-editorial. Fr. José A. Arnau, ofm
Habla el Papa de la Tercera Orden Franciscana.
El secreto de la paz de España. De la revista "El Mensajero del Sagrado Corazón"
San Antonio de Padua, doctor de la Iglesia. Federico García Sanchiz
Fray Pascualet. Florecilla seráfica. Fr. Luis Mestre, ofm
Estampas evangélicas. Este es m¡ Hijo predilecto. Fr. Rafael Fuster, ofm. - Las hermanas Franciscanas Terciarias de la Inmaculada en Fontilles. Juan Moll.
- Consultorio religioso. Fr. Agnello
Informaciones. Canonización de Fr. Junípero Serra. Postguerra en Alemania - Raquel, la betlemita. Fr. León Villuendas Polo
Comentario
Nuestra paz
Harta razón asiste a nuestro Caudillo al decir recientemente que «el mundo no está muy agradable para asomarse a él». En otra ocasión ya se expresó de la misma manera. Lo lamentable es que desde entonces han transcurrido varios meses y el desenfreno de las pasiones, provocado por la guerra, no acusa amaine alguno; más bien diríase que aumenta la tensión.
¿Por qué será?
S¡nos colocáramos en un plano puramente natural, abstrayéndonos por unos momentos de la realidad sobrenatural de nuestro destino, nos veríamos precisados a confesar que la humanidad está presa de uno de los absurdos más monstruosos que registra la historia y la ciencia natural. Tantos millones de muertos en el campo de batalla y tantísimos de desgraciados trashumantes por los desolados pueblos de Europa, con la suma fabulosa de deudas y destrucciones irreparables; el hambre, la miseria, la peste, la muerte cerniéndose sobre nuestro desventurado continente como genios apocalípticos ele destrucción...; todo, a la luz natural de la razón, debería haber despertado el instinto de la propia conservación y aunar a los pueblos para hacer frente a la más terrible crisis que los amenaza; pero no, diríase que un genio maligno les domina y juguetea sádicamente con ellos, como el viento otoñal con las hojas secas.
Lejos de entenderse, acrecientan sus recelos y pretensiones, sin apreciar que tras sus intrigas y desavenencias se desarrolla la tragedia más vasta, más intensa y más inicua ele los tiempos.
Pero colocándonos en el único plano que corresponde al hombre, en el que plugo a Dios constituirlo, el sobrenatural, vemos que esta confusa y absurda situación de los pueblos es castigo de su orgullo, que los aleja de Dios, y por consiguiente, de la paz verdadera. «¡S¡la paz pudiera conseguirse con sólo pronunciar: ¡Paz! ¡Paz! Pero no es así —dice S. S. Pío XII—. Lo que aquel gigante de la inteligencia, San Agustín, elijo de los individuos, puede aplicarse a las naciones: "Nosotros estamos hechos, Señor, para Ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en. Ti."
Ahí ha de fijarse la mirada para descubrir la causa de la trágica anomalía en que parece empeñarse persistir la humanidad, con inminente riesgo de perderse con el inmenso caudal de cultura logrado en tantos siglos de civilización. Y por lo mismo, s¡se quiere encontrar el único camino de la paz, hay que colocarse en el plan divino y abrazar en su totalidad el mensaje sobrenatural, que puede exclusivamente colmar las aspiraciones humanas. "El único —ha dicho también el Santo Padre— absolutamente dispuesto y deseoso de conceder al mundo la paz y la concordia es Dios, pero los hombres han de saber merecerla y aceptarla de sus manos, acercándose a Él por los caminos de la verdad, la justicia y la caridad. Los verdaderos amigos de la paz tienen su ruta claramente señalada."
Nuestra Patria, sabiamente gobernada, en medio de tan terrible vendaval, por un hombre de corazón recto y generoso y dotado por Dios de un temple recio, a lo español, sin petulancias n¡osadías, tiene el singular privilegio de verse al margen de la contienda. Por eso puede contemplar al mundo con serenidad, y s¡permanece fiel a sus tradiciones, trabajar eficazmente en la obra regeneradora de la paz cristiana.
Mas para ello los españoles debemos percatarnos del significado profundo que da a la misión de España el sentido católico de la vida, que es su estilo, y por consiguiente, posponer todo interés egoísta y circunstancial a la defensa de los valores espirituales, que ha constituido en todo tiempo el afán noble de nuestra nación.
Los enemigos de la paz de Cristo así lo comprenden, y apelar a la calumnia, a la intriga, al fraude, para denigrar a la España auténtica, y no reparan en emplear toda suerte de armas y ardides para arrojarla a la vorágine de la confusión, y así eliminar del concierto del inundo a la única nación que, en medio del incendio de odios, injusticias y claudicaciones, clamó con la palabra y con el gesto por el imperio de la única ley que puede traer la paz al mundo: el Evangelio de Jesús.
Unidad, adhesión al providencial Caudillo, confianza ciega en la Providencia Divina: he ahí lo que asegurará nuestra paz en la patria y la hará resplandecer allende nuestras fronteras.
Habla el Papa sobre la Tercera Orden Franciscana
«Lo que escribieron Nuestros predecesores León XIII en su Carta "Auspicato", y Benedicto XV, en su Encíclica "Sacra propediem", significando sus vehementes deseos a todos los Obispos del orbe católico, eso mismo, Venerables Hermanos, Nos prometemos del fervoroso celo pastoral de todos vosotros, a saber: "que favorezcáis de todas las maneras posibles a la Orden Tercera de San Francisco", y por vosotros mismos, o por medio de sacerdotes bien preparados y hábiles para el ministerio de la predicación, enseñéis a vuestros fieles cuáles son los fines ele esta Orden de hombres y mujeres seculares; cuánto ha de ser estimada; cuán fáciles son el ingreso en ella e la observancia de sus santísimas reglas; cuántos los privilegios e indulgencias concedidos a los terciarios, y finalmente, "cuán grandes provechos reporta la Orden Tercera a cada uno de sus miembros y a toda la sociedad. Los que todavía no hayan dado su nombre a esta insigne milicia, dénselo este mismo año", y persuadidles a ello vosotros; y los que por su poca edad no puedan hacerlo, inscríbanse como aspirantes cordigeros, para que desde niños se aficionen a esta santa institución.» (Encíclica Rite Expiatis de Pío XI.)
Debe saberse
El secreto de la paz de España
Extractamos de «El Mensajero del Sagrado Corazón» las siguientes noticias:
«...Más tarde se trató de restablecer, en mejores condiciones a las anteriores a la República, el presupuesto de Culto y Clero. Al presentar esta ley don Esteban Bilbao al Caudillo, éste se disponía sin más a firmarla, por ser aquel día de mucho despacho. Entonces le dijo el Ministro: "Quisiera que Vuestra Excelencia oyera el preámbulo, porque en él hago afirmaciones un poco atrevidas: condena el liberalismo y la desamortización y uso las palabras de Menéndez y Pelayo: el inmenso latrocinio." El Caudillo (¡cuántas veces he contado esto, y siempre con la misma emoción!) le interrumpe: "Mira, Bilbao, todos los días pienso que tengo que dar cuenta a Dios, y que aquel día me puede decir: Tuviste en tus manos el hacer una España católica y no lo hiciste." Y después de una de esas características pausas que él intercala en sus conversaciones, continuó: "Bilbao, yo te aseguro que haré una España católica."
»Acabo de cumplir, ¡triste tiranía del tiempo!, veinticinco años de catedrático. Durante estos años, en los cuales he recorrido diversas cátedras, he podido comprobar que hay clima muy diferente entre la juventud actual y la de hace años; por eso, a los pesimistas, a los que juzgan de la situación por la Banca y se asustan porque bajan las Acciones dos o tres enteros, les digo que no teman, que yo estoy en contacto con fuerzas vivas de la nación y sé que nada debemos temer.
"También nosotros estamos en contacto con las fuerzas vivas: la Banca", me contestan. Las fuerzas vivas de la nación es la juventud, replico; ella hizo el Alzamiento, la Banca se limitó a dar el dinero, cuando Franco se lo pedía, s¡es que no lo regateaba. S¡hoy Franco se pusiera al micrófono y dijera a los jóvenes: "La Patria está en peligro, estancos ante un nuevo 18 de julio más trágico", todos los jóvenes acudirían en masa. Por eso el extranjero nos respeta y sabe que s¡quisiera hacer algo en España, se encontraría con una nueva y más formidable Numancia. Nos reducirían a cenizas, pero no lograrían someternos.
»Pero no tengáis el menor miedo. No bajo a detalles. Nuestra situación se consolida cada vez más. Y sobre todo: S¡faltara lo humano, contamos con lo divino. La Providencia está con nosotros. Pero Dios, que no hace las cosas a medias, hará que tampoco nos falte lo humano.
»Y una de las cosas que a mí me da más seguridad son las cualidades de Franco, adornado de una pureza de costumbres tan admirable, que le da esa clarividencia en todo. Ya lo dijo Jesucristo: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios; su confianza en la Providencia, su entrañable amor a la Virgen y a la Eucaristía. Fe eucarística de Franco que revela este hecho que os voy a relatar, y que se ha repetido ya, cuatro veces. La última fue hace dos o tres semanas.
»Había que dar una respuesta de importancia a los Estados Unidos, y al llevarle el Ministro la nota, Franco le contestó: "Mañana contestaremos." "Pero parece, Excelencia, que urge...". Mañana contestaremos.'' El Ministro salió, y el Caudillo llamó a su capellán "Expóngame el Santísimo." Después de la Exposición y Pange lingua, Franco dijo al capellán : "Ya le avisaré cuándo ha de venir a reservar." Y allí, en la capilla de El Pardo, permaneció el Caudillo de rodillas durante cuatro horas en oración. Como digo, es la cuarta vez que se repite este hecho, aunque nunca con la extensión de ahora. Pasadas las cuatro horas, llamó al capellán para que reservase; y al caía siguiente se daba a los Estados Unidos una respuesta que dejó a todos maravillados y que fue muy bien acogida.
»Esto es lo que a mí me da más fe en la seguridad de España. Contamos con lo divino. Que sigamos así unos años, y realmente, como dijo Franco, tendremos una España católica...» (El señor Puigdollers, Director de Asuntos Eclesiásticos, en la Universidad Pontificia de Comillas el 11 de junio de 1945.)
Otros dos rasgos para la historia
Semejantes al referido líneas arriba por el señor Puigdollers, son los dos que ahora nos cuentan personas íntimas al Caudillo ele España.
Era cuando nos vino Von Moltke como Embajador del Reich alemán. Eran días de guerra y de amenazas de guerra. El enriado de Hitler se presenta a Franco y le exige inapelablemente que España, antes de las cuarenta y ocho horas, entre en guerra a su favor. Dice que, de lo contrario, las divisiones germanas que están al otro lado de los Pirineos invadirán la península cuando expire ese plazo.
El Caudillo de España dice que debe pensarlo y consultarlo despacio... Enterados de las pretensiones del alemán, se le presentan los Embajadores de Inglaterra y de los Estados Unidos, diciéndole, a modo de respuesta para Von Moltke, que sus ejércitos son los que invadirán España s¡ésta no entra, en guerra a su favor antes de cuarenta y ocho horas...
El Caudillo a todos ha prometido responder. Al quedar solo, llama a su capellán y le pide que exponga el Santísimo en la capilla de su palacio. Permanece en oración silenciosa, intensa, largo tiempo, más de una hora. Se canta el Tantum ergo, se tiene la Reserva y queda tranquilo.
Antes de las veinticuatro horas, a Yon Moltke le da un ataque de apendicitis y muere cas¡de repente, cayendo por tierra todas sus amenazas, con lo cual cesa también la contraamenaza de las Naciones Unidas. ¡Y nadie invadió a España en aquellas cuarenta y ocho horas, superadas por una hora de oración... !
Era cuando traían las ondas espantosas noticias sobre los ataques contra Berlín. De un momento a otro se temía la catástrofe. Un servidor leal vigilaba en El Pardo junto al aparato receptor. Y a las dos de la madrugada captó la triste noticia: «Berlín ha caído. Alemania se derrumba...»
¡Cuántos temían que aquel derrumbamiento acarrearía trastornos y ruinas interiores en España! Al coger la noticia, comprendió el secretario particular que se trataba de un momento muy grave, y llamó a Franco por el teléfono interior. El Caudillo contestó: «Llame al capellán y que exponga el Santísimo en la capilla.» Hizo oración en aquella madrugada amenazante con muy pocas personas de su intimidad. Y al terminar les dijo que podían retirarse, que no pasaría nada a España...
Las historias que nos cuentan las vidas de los santos reyes antiguos (San Fernando, San Luis, San Wenceslao, San Enrique, Santa Isabel... suelen decir que sostenían y defendían sus reinos más con oraciones que con la fuerza de las armas. No es preciso ir a las historias antiguas para admirar casos semejantes.
Egoísmo
De todas las pasiones humanas la más destructora es el egoísmo. Dispersa el hogar, desintegra la sociedad, y en consecuencia, enciende las guerras, que devastan las naciones.
El egoísmo, que es desamor a la humanidad, perjudica asimismo a los que por él accionan, porque quien niega la luz a sus semejantes, apaga en su espíritu el destello que embellece la vida.
San Antonio de Padua, doctor de la Iglesia
Por Feferico García Sanchiz
(De la Real Academia Española)
Una muchacha, cas¡niña, una matrona y una anciana, rezan a San Antonio al pie de su altar, que está pegado a uno de los muros laterales de la capilla de las monjas, panal de dorado barroquismo —y así es miel la piedad que allí se respira— en el más duro barrio, todo sillares medievales, de esta ciudad de Castilla la Vieja, donde circunstancialmente me encuentro.
No puedo menos de sonreírme, porque adivino, o creo adivinar, las respectivas súplicas de las tres devotas: se refieren, sin eluda, al novio y a cosas perdidas, capítulo en el que incluiremos desde la ternura del marido, echado a perder, hasta el huevo de madera, indispensable para remendar calcetines.
¿No se habrán enterado de que el Papa ha concedido a San Antonio un título, que parece incompatible con las menudencias en que se acostumbra a mezclar al taumaturgo? Sí; el Papa confirmó recientemente el voto de la Congregación de Ritos, por el que se declara Doctor de la Iglesia a San Antonio de Padua.
Sólo da Roma tal privilegio a los santos de mayor profundidad en la defensa o la enseñanza de nuestra religión. Indispensables eran para conseguirlo las siguientes condiciones: canonización, sublimidad de doctrina y mucha obra del tintero y la pluma. Y vedada está la categoría de máximos a los que no pertenezcan a época remota, la de San Agustín, la de San Jerónimo. Ante la llegada de un Santo Tomás o un San Buenaventura, creáronse preeminencias especiales, como la de calificar de Angélico al dominico y de Seráfico al franciscano. Demuestra, en fin, la singularidad del galardón, el hecho de que por la lengua castellana únicamente lo haya obtenido San Juan de la Cruz. No Santa Teresa, n¡mujer alguna, alcanzáronlo, s¡bien la autora de Las Moradas goza, extraoficialmente, de la consideración suprema en cuanto a los negocios del alma.
Digo que las devotas de la capilla ignoran el feliz suceso, y sospecho que, al enterarse, su asombro se convertirá en espanto. Ellas no se imaginan a San Antonio sino jugando con el Jesusito; y por otra parte, los santorales que hoy día se imprimen, aquello que de preferencia ensalzan es la santidad en diminutivo. ¿Cómo atreverse ya a irle a un Doctor de la Iglesia con bobadas y pequeñeces? Sin contar que, en los pueblos no con exceso cultos, la sabiduría asusta y despide cono la fiereza y el orgullo.
Observen, sin embargo, mis amigas, que el propio Murillo, inigualado maestro de la proverbial escena, pinta siempre al Niño sobre un libro abierto, ora de pie, ora sentado en las hojas, detalle que no guarda en composiciones semejantes, por ejemplo, la dedicada a San Félix de Cantalicio. Tal grado y copia de conocimientos atesoraba el bienaventurado, discípulo en sus primeros años de los agustinianos canónigos de Lisboa y Coimbra, sumergido después en los estudios bíblicos, allá en las soledades de Monte-Paulo, que San Francisco, que se resistía a que la Orden se apartase de su fundamento, que es la oración, le obligó a explicar Teología en público. Después de su temprana muerte, se le llamaba Pater Scientiae, y a los pocos meses de acaecida, Gregorio IX ya lo invocaba con la antífona Oh doctor optime...
Cerca de medio siglo hace que se editaron sus Sermones Dominicales y sus Sermones de fiestas y de santos, sedimento y condensación de los que predicaba con un fuego que resucitaba el tiempo de los Apóstoles y adelantaba el de San Vicente Ferrer. A nadie se parecía, n¡en lo escrito n¡en lo hablado, rasgo que desorientaba al vulgo y a los pedantes, mas no al Patriarca n¡a los auditorios con sensibilidad, quienes lo preferían a los retóricos; y la rareza de entonces ha venido a ser norma en el transcurso de los siglos. Siete lleva, en realidad, de doctorado, pero —dicho sea sin irreverencia— se le extravió el título,
atento a recuperar las prendas de la gente, no se preocupó nunca de su olvidarla riqueza.
Para España, el voto de la Congregación de Ritos, y su aprobación por el Papa, ha de significar un entrañable júbilo, porque en el oficio de San Antonio de Padua, por toda la redondez del mundo, a partir del siglo XIII, se le designa como Proles Hispaniae. Y tan españoles son, en efecto, los portugueses —el santo, según nadie ignora, nació en Lisboa—, como los demás naturales de la Península. Harto lo demostraron ilustres lusitanos en memorables ocasiones, y Menéndez y Pelayo en su famoso Discurso del Retiro, cuando el Centenario de Calderón.
Vosotras, la niña, la matrona y la anciana, seguid solicitando del taumaturgo esos pequeños favores, ajenos a la Escolástica. Así como no se concibe el grande hombre que se desentienda de sus contemporáneos, tampoco comprendemos a los santos que en el cielo pudieran no acordarse de la tierra. ¿Y qué vamos a pedirles nosotros, simples y pobres criaturas anónimas?
Florecilla seráfica
En el pasado octubre La Acción Antoniana se encabezaba con un oportuno y lindo articulito de P. Gila en loor del hermoso y ameno libro titulado Florecillas del glorioso Padre San Francisco y sus frailes.
Del titulo mismo de este libro se deduce que todavía no se ha escrito su último capítulo. Mientras dure el mundo, durarán las Ordenes de San Francisco, según promesa de Jesucristo al Santo; y mientras haya franciscanos, se abriran en esta tierra de dolor florecillas de virtud, cual aquellas primeras que en el citado libro exhalan su perenne y fragante aroma.
Véase, para muestra, esta florecilla, que apenas abierta ha sido cortada de su airoso tallo por mano discreta y piadosa, de la cual la recibo yo, agradecido, para presentarla a la admiración e imitación de mis cristianos lectores.
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Alforjas al hombro, cabeza cubierta con la capucha y caminar mesurado, ya por atajos para seguir el camino más corto un frailecito franciscano. Es menudito de cuerpo, de cara bondadosa que semeja la de un niño, o quizá la de un ángel. Sus ademanes son modestos y corteses; su hábito muy usado y remendado, pero aseado y limpio. Su mirar es candoroso; su hablar, quedo, lento, escaso y discreto; siempre puntual, servicial y obediente cuando está en el convento; siempre edificante y devoto cuando sale a la calle, va para recoger limosna, ya para otros menesteres que le encargan sus superiores.
En este momento en que posamos en él nuestra mirada, se dirige desde Santo Espíritu a Fontilles, donde tiene a su madre gravemente enferma. Se le ha dado licencia para ir a visitarla y consolarla, y allá se dirige un tantico reconcentrado o ensimismado, rezando a ratos, sentándose alguna vez a la vera del camino para tomar descanso y aliento, y apretando el paso cuando le falta tiempo para llegar a donde se propone.
No lleva gran peso en las alforjas unos enseres cotidianos, y pan con naranjas de Santo Espíritu, que han de servirle de manutención en su viaje.
Ocurre esta escena allá por los años de 1920. Ya entrada la mañana, y llena de encantos la naturaleza con los esplendores que derrama en ella el sol triunfante sobre el horizonte, llega el frailecito junto al carro de un labriego que lleva su mismo camino y, dirección. Un rato lleva andando a pocos pasos del carro, cuando, al advertirlo el carretero, comienza a pensar, en voz alta, como s¡quisiera que el hijo de San Francisco conociera sus pensamientos
—¡Cuánta gente huyendo todos los días del trabajo! ¡Cuántos haraganes hay de sobra en el mundo! ¡Ahí viene ese fraile! Y el caso es que hay mucha faena por hacer; pero cualquiera hace trabajar a esos frailes. ¡Cuándo será el día que acabemos de una vez con ellos! Pero no tardarán, no, en caer todos bajo la guillotina o en ser arrasados con ametralladoras...
Tales expresiones, estridentes y nerviosas, salían de aquella boca de carretero pervertido entrecortadas por interjecciones y palabrotas que pluma decente no puede consignar. Entretanto, el frailecito seguía con su andar mesurado, su mirada dulce y modesta y sin apresurar n¡retrasar el paso. Diríase que una fuerza superior le mantenía allí cerquita del carro.
—Mire, hermanito —dijo el carretero después de su impertinente soflama—, los que trabajan, almuerzan, y por eso voy yo a almorzar, que va es hora. Conténtese usted con mirar y callar, ya que no quiere trabajar.
Y almorzó guapamente el desalmado del carretero, sin ofrecer nada, n¡por cumplimiento, a quien había estado escuchando todos sus dicterios.
—Ya ve, hermanito; s¡a usted le gustara el trabajo, hubiera almorzado conmigo; pero a los maltrabajas no les doy yo nada; que se lo ganen como me lo gano yo.
Se relamió entonces los labios de puro gusto, pasó por ellos el dorso de su derecha y añadió, muy satisfecho y zumbón:
—Ya ha terminado m¡almuerzo.
—Pues tome esto para postre —le dijo el frailecito alargándole dos naranjas que sacó rápidamente de su alforja, ofreciéndoselas con inequívocas muestras de sinceridad y bondad.
Este gesto inopinado y jamás visto por el carretero, le ablando el corazón y le produjo un repentino cambio de disposiciones y sentimientos.
—¿Usted me ofrece a mí, que estoy bien comido, lo que necesita usted para su viaje?
—A mí aun me quedan otras dos naranjas. Tome usted éstas.
—¡¡Cómo he de atreverme a tornarlas!! Lo que haría es darle yo de lo mío s¡no me lo hubiera comido. Suba usted al carro y siéntese aquí, a m¡lado, que no puedo permitir vaya usted a pie con lo cansado que debe de estar. Suba usted; suba y no se excuse.
Y acabó siendo admirador de aquel frailecito el que estuvo imbuido de falsos prejuicios contra los frailes.
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El protagonista de este relato, auténticamente histórico, el tallo, diríamos, de esta seráfica florecilla de paciencia y de caridad, es Fr. Pascual Nadal, conocido corrientemente en esta región valenciana por Fr. Pascualet. Natural de Pego, vistió en su juventud el hábito franciscano, pasó su noviciado en el convento de Santo Espíritu, y allí hizo profesión de ser religioso todo el tiempo de su vida. Después de haber edificado con sus virtudes a cuantos aquí le conocieron, pidió a los superiores de la Orden ser enviado a las misiones de China, para ponerse allí al cuidado de los leprosos. Fue, en efecto, enviado al vicariato deTatsienlu, donde le destinaron, según sus deseos, a la leprosería de Monsimien, regida por franciscanas misioneras de María y por Padres franciscanos. Allí sirvió con abnegada caridad cristiana a los leprosos, tanto católicos como paganos, faltos de lo más elemental en materia de higiene y de alimentación.
Invadida la Misión y la leprosería por chusmas comunistas, fue obligado Fray Pascualet a constituirse enfermero de la soldadesca, con la cual ejercitó desde entonces la caridad expuesto a continuos y graves peligros. Por mucho tiempo estuvimos aquí sin noticias de él. Por fin supimos que había sucumbido por la fe a manos de los mismos comunistas a quienes había curado sus heridas y asistido en sus enfermedades. Ignoramos todavía las circunstancias de su muerte; pero nos consta que se ha acrecentado desde entonces la fama de virtud en que se le tenía, que le recuerdan con veneración y cariño cuantos le conocieron, y que no falta entre ellos quien, al verse atribulado y sin posible socorro humano, invoca, con feliz éxito, la protección y ayuda de Fr. Pascualet.
Estampas evangélicas
"... Este es m¡Hijo predilecto, escuchadle"
La fama de Juan había llegado ya a Galilea, y esta fue, sin duda, la consigna de Jesús para poner fin a su vida retirada y oculta.
José, el carpintero, desde mucho tiempo había desaparecido de la escena, y María estaba seguramente al corriente de los planes de Jesús. Y ¡qué ambiente más a propósito... ! Había gran expectación por el Mesías, que, según todas las señales, estaba ya por llegar.
Yo bautizo en agua, mas detrás de mí viene Aquel cuyo bautismo será de espíritu y de fuego. Juan era consciente de su misión. Su papel era de «Precursor»: toda su actuación se reducía a preparar el camino del Señor según lo habían anunciado los profetas: He aquí que yo envío a m¡ángel antes de m¡ llegada... Eso era Juan, el mensajero de Malaquías... Yo soy la voz que resuena en el desierto, como dijo Isaías el profeta... El reino de Dios no estaba lejos, pues su mensajero estaba lanzando el pregón de anuncio.
Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea a dejarse bautizar por Juan el Bautista. El itinerario seguido por Jesús fue, sin duda, el que solían recorrer las viejas caravanas de galileos en su peregrinación anual a Jerusalén. A juzgar por su viaje de regreso, el nuevo peregrino siguió el curso del Jordán, hasta llegar al vado del mismo que hay frente a la región de Jericó. Iba seguramente con otros piadosos paisanos, deseosos de escuchar al predicador del desierto. Jesús se confunde entre los miles de judíos oyentes de Juan, y ¡qué lejos se hallaban de sospechar quién fuese aquel devoto peregrino que acaba de llegar de la región norteña!
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Había llegado el turno a Jesús para entrar en el río, cuando el espíritu del Señor habló al oído a Juan, revelándole que Aquel que iba a entrar en las aguas era el más fuerte..., cuya sandalia no era digno de desatar. La sorpresa del Bautista creció de punto al verse vencido en el forcejeo iniciado al punto sobre quién debía bautizar. Con esto quedaba sentado el primer principio del Reino de los cielos, cuya finalidad era cumplir la voluntad de Dios. Es necesario que empiece yo a llenar toda justicia, es decir, la voluntad del Padre.
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El Precursor había terminado su carrera... Su predicación había sido como un toque de atención para reunir a todo Israel. Los caminos del Señor quedaban ya expeditos y el bautismo de penitencia dejaba muchos corazones abiertos al arrepentimiento. En torno al Jordán había muchos hombres de buena voluntad dispuestos a seguir a Juan, que reclutaba ya muchos discípulos. El momento no podía ser más solemne para la gran teofanía: Y al salir Jesús de las aguas se rasgan los cielos a su vista y el Espíritu Santo viene a posarse sobre Él a manera de paloma, y otra voz, la voz del Padre, resuena por los aires proclamando el principio de la era mesiánica: "Este es m¡hijo prediclecto, escuchadla".
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