Índice del número 238
Octubre de 1948. Director: Fr. José A. Arnau, ofm
Domingo Mundial de las Misiones
El 24 de octubre se celebra este año el Día de las Misiones, oficialmente llamado Domingo Mundial de Propagación de la Fe, que en España es conocido con el popularisimo nombre de DOMUND.
Siendo San Antonio de Padua, ante todo, un gran misionero, no puede menos esta dirección que solicitar la cooperación entusiasta de todos los lectores de nuestra Revista, en favor de esta gran Jornada Misionera.
En este día consagrado a la caridad misionera, dediquemos un recuerdo cariñoso y agradecido a los impertérritos heraldos de Cristo. Roguemos para que el Señor les asista y haga cesar pronto el huracán de odio, desencadenado sobre tantas Misiones. Ayudemos también a éstos con la oferta de nuestra generosidad.
Muchas iglesias, residencias, seminarios y colegios esperan la hora de su reconstrucción. Otras obras en particular las escuelas y las imprentas deben reorganizarse, con la mayor rapidez. En Roma, es el Colegio Urbano, que cuenta con 200 alumnos de todo el mundo. Contiguo a éste, se construye actualmente el Seminario de San Pedro, destinado a albergar a los sacerdotes de los países de Misión, durante sus estudios eclesiásticos en Roma.
La vasta obra encomendada a la S. C. de Propaganda Fide se desarrolla
sin cesar. Se crean nuevas Misiones y se encomiendan otras muchas a la jerarquía local, integrada por clero indígena.
Acaso nunca han tenido las Misiones tanta necesidad de ayuda como hoy. Asistimos a una crisis de la civilización, que pone mayor urgencia en el dilema tan repetido por el Santo Padre Pío XII: o con Cristo o contra Cristo.
Laboremos, pues, con toda generosidad para que Cristo restaure entre los fieles y difunda entre los infieles su Reino Santo: reino de paz, de trabajo, de libertad, de amor y de fraternidad humana y cristiana.
El gran misionero Paduano
Entre las muchas y excelentes virtudes que brillan en San Antonio de Padua, culmina el celo por la gloria de Dios y la conversión de las almas.
En efecto, Antonio dejó el mundo y se hizo religioso; vistió el hábito de la Orden franciscana; marchó a Marruecos a predicar a los moros; y misionó el resto de su vida por tierras de Francia y de Italia, tan sólo por la gloria divina y la salvación de las almas. Llevar a Dios a la mente y al corazón de los hombres, y a los hombres al corazón de Dios, fue el móvil principal de todas las enseñanzas, de todos les escritos, de todos los sermones y de todos los actos de San Antonio.
Por eso, Dios, que tan generoso se muestra con todos los que trabajan en la propagación de su reino, premió los afanes apostólicos de Antonio con grandes prodigios y numerosas conversiones.
Hacia el año 1292 —unos sesenta y un años después de la muerte del Santo—, encontrándose un viejo con un religioso franciscano le hizo la siguiente confidencia: «Yo era un ladrón de caminos, un bandido famoso que, juntamente con otros cinco compañeros, cometí toda suerte de delitos, vejámenes y violencias, hasta el día en que, oyendo hablar de Antonio, de su predicación y de los milagros que obraba, decidimos todos ir a oírle.
En un día determinado en que sabíamos iba a predicar el Santo, nos disfrazamos, para no ser reconocidos, y nos fuimos a escuchar al nuevo Elías, del cual se contaban tantas maravillas. Le oímos, en efecto, y fue tal la impresión que nos hizo su palabra, que parecía iba dirigida a nosotros personalmente, que, apenas terminado el sermón, nos presentamos ante él para hacer nuestra confesión, resueltos a cambiar de vida, a costa de cualquier cosa y por áspera que fuese la penitencia que hubiésemos de cumplir. Nos oyó el Santo a todos, uno tras otro, y, después de habernos
prometido el perdón del Señor y la vida eterna si perseverábamos en nuestra buena voluntad y, pon el contrario la eterna reprobación si volvíamos a recaer de nuevo, nos dio la absolución, imponiéndonos la penitencia de hacer por doce veces la peregrinación a las tumbas de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.
No perseveraron todos en el bien comenzado, y terminaron por esto miserablemente, como Antonio había predicho; mientras que los otros, que siguieron viviendo honestamente, tuvieron una muerte tranquila en la paz del Señor. Yo, que soy el único superviviente de los doce, vuelvo ahora de la duodécima peregrinación con la firme confianza de que el Señor habrá aceptado mi penitencia, por los méritos de su fiel siervo, con la esperanza de alcanzar pronto la eterna salvación».
Pero no es este caso sólo, son muchos los hechos prodigiosos que se leen en la vida del gran Misionero Paduano: el del mulo que, a la voz imperiosa de Antonio, se postra y adora a Jesús Sacramentado; el de los peces que escuchan atentos el sentido sermón que el Santo les hace; el del joven que le dio un puntapié a su madre y, afeada su acción por Antonio, se corta la pierna que luego se la restituye milagrosamente el Santo, y tantos otros que dieron grande gloria a Dios y convirtieron muchas almas, que nos son imposible aquí siquiera enumerar.
Y es que su predicación, tan semejante en todo a la de Cristo, como aconsejaba San Francisco a sus hijos, cosechó también frutos parecidos a los que obtuvo Cristo con su predicación: atraía a las muchedumbres, alumbraba las inteligencias, enardecía los corazones, apaciguaba las discordias, sanaba a los enfermos, liberaba a los endemoniados, inducía a restituir lo mal adquirido, movía, en fin, a dejar la mala vida y convertirse de veras a Dios.
Fr. Pacífico Torres, ofm
Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia
XVI. Ejemplo vivo de caridad heroica
En una de estas «Florecillas» apareció ya el nombre del P. Severino González, misionero en China. Hoy me, parece conveniente decir algo de sus andanzas misioneras. No haré más que copiar unos párrafos de una carta del P. Gonzalo Valls.
«El P. Severino, como usted sabe, se encuentra como Custodio del Santuario de la Virgen en una región limítrofe de las zonas blancas y rojas. Los rojos van con frecuencia a aquel Santuario, aunque nunca en actitud bélica, sino sólo de paso, para descansar de sus marchas forzadas o para pedir asistencia médica al P. Severino, quien les prodiga los tesoros de su ciencia y caridad.
Los soldados regulares, que conocen bien la oposición de los rojos al Cristianismo, no acaban de explicarse cómo el P. Severino pueda continuar viviendo tanto tiempo en aquellos parajes, sin ser molestado por aquéllos y hasta en cierta armonía y concordia con ellos.
«Hará cosa de cuatro meses, los regulares en una correría de exploración por los montes del Santuario, se encontraron con una columna de comunistas que venían en sentido contrario. Lucharon por ambas partes, y cuando aquellos escaparon, un grupo de los regulares bajó al Santuario suponiendo, aunque erróneamente, que los rojos venían de allí.
»En el campo estaba a la sazón trabajando un criado sordomudo. Cuando éste vio a los soldados se echó a correr sin oír la voz de «alto» que se le había
intimado; por lo que se le disparó contra él, aunque sin tocarle. Al oír el estampido el P. Severino, salió al encuentro de los soldados, preguntándoles qué deseaban.
—Tenemos orden, respondió el jefe, de llevar con nosotros y presentar ante nuestros superiores, que esperan en la cumbre a todos los criados de esta casa.
—Está bien, dijo el P. Severino; la orden será cumplida, pero yo también iré con ellos.
—No es necesario —repuso el jefe—; contigo no hay ninguna sospecha.
—Y como yo —añadió el Padre—, tampoco la tengo de mis subordinados, necesito informarme de lo que sucede en mi casa.
Y todos juntos marcharon y comparecieron ante las autoridades militares. El primero en hablar fue el P. Severino, declarando con energía que, aunque no llamado, se presentaba por ser él el único responsable de lo que acaecía en el Santuario, mientras sus criados eran meros ejecutores de lo que él mandaba. Si alguien debía ser juzgado, castigado o encarcelado, era sólo él. Su conciencia de cristiano y de sacerdote se rebelaba ante el pensamiento de que algún inocente sufriese por su culpa.
»En vano le rogaron aquellos jefes que se retirara; él persistió que no abandonaría un momento a sus subordinados, y que por deber de gratitud debía al menos condividir su suerte.
»El mayor de aquellos jefes llamó al P. Severino, y ya en tono familiar le hizo algunas preguntas, a las que aquél respondió con tanta claridad y entereza que, al menos por aquella vez, se convenció de que en el Santuario no
había ninguna convivencia con los rojos, y así los dejó libres a todos.
»De este modo terminó felizmente este juicio, que debía ser el primero de otros que le seguirían después.
«Efectivamente; en los comienzos de mayo llegó al Santuario, ya pasada la media noche, un grupo de 7 comunistas, los cuales, conocedores ya del lugar, sin los previos permisos y sin duda por no interrumpir el sueño de sus moradores, se retiraron a descansar de sus fatigas, sin tener la precaución de montar la guardia.
»Al amanecer y con mucha cautela se presentaron improvisadamente los regulares. Cuando los rojos se dieron cuenta, ya el recinto del Santuario estaba totalmente circundado militarmente.
«Viéndose perdidos, intentaron huir disparando contra los soldados, estableciéndose la lucha, y convirtiendo en campo de batalla aquel oasis de paz.
«¿Resultado?... 2 rojos y 1 regular, muertos; 1 rojo prisionero, y los demás lograron escaparse.
»Esta fue la primera fase de la jornada. Luego pasaron revista a todo el personal del Santuario, y mientras el jefe de la expedición con aspecto severo daba orden al P. Severino de prepararse a seguirles para comparecer ante un tribunal militar, a los criados les propinaron sendas palizas.
«Poco tiempo después el P. Severino ya estaba en marcha siguiendo alegre y tranquilo a los soldados, mientras los criados se daban a la obra de misericordia de enterrar a los muertos.
»Aún no habían terminado esta santa obra, se presentaron de nuevo los rojos para informarse de lo acaecido. Los varapalos recibidos por los criados y la deportación forzosa del P. Severino acabaron de convencer a aquéllos que no había mediado alguna denuncia de parte del Santuario.
»Entre tanto el P. Severino comparecía ante el tribunal militar, el cual insistía en averiguar de donde nacían las buenas relaciones del Santuario con los rojos.
«El acusado respondió llanamente que el carácter y situación inerme de aquel lugar imponían ser corteses con todos y hacer buena cara incluso a aquéllos cuyas ideas no se condividen.
»Se le preguntó también porqué no se retiraba de aquel lugar tan expuesto a peligros. Contestó que el centinela debe permanecer en su sitio y defender hasta la muerte la posición avanzada que se le ha confiado. La Sma. Virgen, cuya casa defendía y cuyo culto mantenía, desde allí protegía y bendecía al ejército misionario que luchaba por la dilatación del Reino pacífico de Cristo. De nuevo se le quiso reprochar la asistencia médica que prestaba a los rojos, a lo que repuso que obrando así no hacía sino cumplir los principios de la caridad cristiana, que impone la obligación de considerar a todos como hermanos y hacer bien a todo necesitado sin distinción alguna como no sea para con los enemigos, a fin de vencerlos prodigándoles el bien.
Ante la franqueza y simplicidad de tales respuestas los jueces quedaron admirados de la doctrina católica y convencidos de la inocencia del misionero, por lo que le dejaron libre y aún le pidieron perdón por la molestia.
El segundo proceso terminaba así, con un triunfo.
Entre tanto el comunista procesado venía condenado a muerte, pero antes del fusilamiento recibía el bautismo por intervención del P. Severino.
Dicho padre estaba estos días entre nosotros, pero nos ha dejado precipitadamente al saber que durante su ausencia, sus criados han sido maniatados y llevados a la cárcel, dejando abandonado el Santuario. Va a defenderlo todo».
Cómo San Francisco fue a convertir al Sultán de Babilonia
Movido San Francisco del celo de la fe de Cristo y del deseo del martirio, pasó una vez al otro lado del mar con doce compañeros suyos muy santos para dirigirse al sultán de Babilonia, y llegando a un país de sarracenos, donde guardaban los caminos unos hombres muy crueles, que a ningún cristiano dejaban pasar con vida, quiso Dios que no fueran muertos, sino apresados, maltratados, atados y conducidos ante el Sultán. Allí San Francisco, enseñado por el Espíritu Santo, predicó la fe católica con tal devoción, que en confirmación de ella quería entrarse en el fuego.
El Sultán le cobró mucha afición, ya por la constancia de su fe. ya por el desprecio del mundo que veía en él, pues siendo pobrísimo, no quería aceptar ningún regalo, ya por aquel fervor y ansia tan manifiesta de martirio. Y de allí en adelante, el Sultán le escuchaba de buena gana; le rogó que volviese a verle con frecuencia, le concedió que pudiese predicar libremente él y sus compañeros donde quisiesen, y les dio una contraseña para que nadie pudiese molestarles.. Con este permiso, S. Francisco envió a sus compañeros de dos en dos a predicar la fe de Cristo en diferentes países sarracenos, y él, con otro de los compañeros, tomó un camino, y llegando a una casa, entró en ella para descansar.
Y, viendo San Francisco que no podía hacer más fruto en aquella tierra, determinó, movido de revelación divina, volverse a país de cristianos con todos sus compañeros; y habiéndoles reunido, fue a despedirse del Sultán y a tomar su licencia. Entonces el Sultán, le dijo:

Nicolás Francés (m. 1468): «Retablo de La Bañeza (La vida de la Virgen y de san Francisco). San Francisco ante el sultán». [de Centro Virtual Cervantes]
—Francisco, yo me convertiría de buena gana a la fe de Cristo, pero temo hacerlo ahora, porque si éstos lo advierten, me matarán a mí y a ti con todos tus compañeros; y como tú aún puedes hacer mucho bien, y yo tengo que arreglar asuntos de gran peso,
quiero evitar ahora tu muerte y la mía; pero enséñame cómo podré salvarme, porque estoy dispuesto a hacer lo que me digas.
—Señor —respondió San Francisco— ahora yo me marcho de aquí; pero, llegado que vaya a mi país, cuando después de mi muerte me halle, por la gracia de Dios, en el cielo, te mandaré dos frailes conforme a la voluntad de Dios, y ellos te bautizarán y te salvarás, según me lo ha revelado mi Señor Jesucristo. Mientras tanto, procura desprenderte de todos los impedimentos para que, cuando llegue la gracia de Dios, te halle dispuesto a la fe y a la devoción.
Y así lo prometió y lo hizo.
Regresó San Francisco con aquel venerable colegio de sus santos compañeros y, pasados algunos años, entregó su alma a Dios. Cayó enfermo el Sultán, y esperando la promesa de San Francisco, hizo poner guardias en determinados caminos con orden para que si pasaban dos frailes con hábito de San Francisco, inmediatamente se los trajesen. Por el mismo tiempo se apareció el Santo a dos frailes y les mandó que sin tardanza fuesen a procurar la salvación del Sultán, conforme a la promesa que le tenia hecha; y ellos marcharon al instante, y, habiendo pasado el mar, fueron conducidos por los dichos guardias al Sultán, el cual recibió grandísima alegría al verlos, y dijo:
—Ahora sé de cierto que Dios me ha enviado sus siervos para mi salvación, conforme a la promesa que me hizo San Francisco, por revelación divina.
Y habiendo sido instruido por los dichos frailes y regenerado en Cristo, murió de aquella enfermedad, y se salvó su alma por las oraciones de San Francisco.
En alabanza de Cristo bendecido. Amén.
Florecidas de san Francisco
Tránsito de san Francisco
Era una tarde triste y silenciosa:
Ya el mundo fatigado se dormía;
Sólo una queja suave y amorosa
Exhalaban los pétalos de rosa
Al arrullo del aura que bullía.
Sollozaba la brisa en la enramada;
Gemía el ave en amoroso arrullo;
Y en vaporosa nube perfumada,
Se elevaba el aroma del capullo.
De los montes la cándida aureola
Fulgentes perlas de rubí lucía
Y el astro que las tardes arrebola
¡Ay! triste de la tierra se partía...
De la noche en el seno misterioso
Ya su frente la tarde reclinaba,
Y, en desmayo amoroso,
Natura adormecida suspiraba.
Sobre verde colina
Asís allá a lo lejos aparece
Cariciada del astro que la dora,
Como el ave en la fronda se adormece
A los besos del aura arrulladora.
La Porciúncula gime... Recostado
Está en el duro suelo, en agonía,
De sus dolientes hijos rodeado,
Radiante de alegría
Francisco, el Pobrecillo, el Padre Amado.
Y cual su trino candoroso el ave
Vierte del nido, el extender su manto.
De grana y oro la fulgente aurora,
De amor Francisco un inspirado canto
Eleva, al entrever de eterno día,
Los celajes de luz deslumbradora:
—Señor omnipotente, Dios eterno,
Sea a Ti todo honor: |
Sólo eres digno Tú de excelsa gloria,
De amor y bendición.
Alábete mi hermano poderoso,
El esplendente sol:
El es imagen centelleante y pura
De tu eterno esplendor.
Alábente la luna y las estrellas
Con su suave brillar
Y el viento y los abismos y los cielos
Y el claro manantial.
Alábete, Señor, la madre tierra,
El fuego, el hielo, el mar.
Y mi hermanita el agua humilde y pura
Como tu dulce faz.
Alábete, Señor, la hermana muerte
Con su grande poder,
Que es dulce al que te teme y te venera,
Y al malo como hiel.
El que humilde perdona por tu nombre
Ultrajes y baldón
Alábete rendido y amoroso
Altísimo Señor.
¡Oh criaturas formadas por su mano
Que en el mundo habitáis!
Servid a mi Señor eternamente
Con amor y humildad.
Se inundó su rostro demacrado
De suave luz y angelical dulzura
Y voló su alma centelleante y pura,
Entre celeste y luminoso coro,
A la mansión eterna del consuelo,
Como atraviesa ardiendo el meteoro
Las argentadas bóvedas del cielo... |

Francisco bendice paternalmente a sus discípulos antes de fallecer
Rasgóse entonces el cerúleo velo
Que las regias mansiones encubría
Y se vieron los santos y querubes
Y se oyó su dulcísima armonía.
Nubes de suave y perfumado incienso
A trono del Eterno se elevaban
Y los cielos en éxtasis postrados
Himnos de amor y júbilo entonaban.
Cesaron un instante las canciones.
Admirados los santos se dijeron:
—¿Quién es éste que sube coronado
Más que el sol luminoso y esplendente,
Do querubes radiantes cortejado,
Con estrellas de luz sobre la frente?
La soberana voz en los confines
Del cielo resonó
Y de su trono de fulgente gloria
El Eterno así habló:
—Entra el divino gozo preparado
Para ti, siervo fiel;
|
Sube a ocupar el trono abandonado
Del maldito Luzbel.
Y cual desata su sonora linfa
Por la ancha vega, el rugidor torrente,
Ondas de luz y célica armonía
Las celestes mansiones inundaron
Y los santos un cántico entonaron...
Allá en la baja tierra
Todo duerme en silencio...
El alto bosque, la montaña ingente
Al cielo elevan misterioso canto
Por el dormido mundo delincuente
Diciendo posternados: Santo, Santo.
Se oye tan solo el murmurar del río,
Cuyo eterno lamento va a perderse
En las oscuras sombras del vacío.
En la apartada celda del convento
Los hijos del gran Padre gimen, rezan,
Y sus santas estigmas reverentes
Con lágrimas de amor bañan y besan. |
Fr. Francisco A. Pávez, ofm
Estampas evangélicas
Rema mar adentro
Una vez que la gente se agolpaba en torno a él para oír la palabra de Dios, estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: "Rema mar adentro y echad vuestras redes para la pesca".
Respondió Simón: "Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes".
Y puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: "Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador".
Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Y Jesús dijo a Simón: "No temas; desde ahora serás pescador de hombres".
Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron (Mt 5, 1-11).
Pequeños comentarios
1) También hoy las gentes ansían oír la palabra de Jesús. En lo hondo de su espíritu, incapaces quizás de expresarlo en fórmulas concretas, sienten hambre de Verdad. No en vano fueron formados a imagen y semejanza de la Santísima Trinidad. Entre ellas se cuentan los mil cuatrocientos millones de almas que aún no conocen a Jesucristo. Miles de sacerdotes paganos dedicados a la oración y a la contemplación en la Birmania y en la China y en la India; los ayunadores, los penitentes los mendigos en expiación de sus pecados, organizados en sectas de purificación; los parias con sus oblaciones ante sus dioses inferiores; los que para pedir perdón de sus pecados o en súplica de gracias para sus cosechas o en defensa de sus planes acuden llenos de piedad a los sacrificios humanos y hasta se ceban en las carnes de las víctimas en comidas rituales religiosas; las masas imponentes humanas, siguiendo anhelantes a los grandes maestros... todos inconscientes, pero insistentemente buscan la doctrina de Jesús, la liberación.
Además, en todos estos pueblos, debido en parte a las comunicaciones, se siente una tragedia, la de la crisis de su vida religiosa. Cuando más profundamente la miran, más vacía la ven, mayor es su desilusión y con más ansias y más vertiginosamente corren hacia su salvador.
2) Jesús desea predicarles, a eso vino al mundo; pero no quiere que ello sea obra personal exclusivamente suya. Para ello fundó la Iglesia, por eso exige la colaboración de sus discípulos. Poder tenía para sentarse sobre las olas y predicar desde allí, pero buscó una barca y suplicó a una buena voluntad libre entre sus apóstoles. No se lo impuso. En tareas de amor la imposición escuece el alma. Cuántas veces el Señor posa su mirada en los medios modernos de comunicación, para sentándose dentro predicar desde ellos al numeroso concurso; ¡Y cuantas se opone a sus deseos nuestra pereza y mezquindad! Le pidió a Simón que le desviara un poco de la tierra. Simón le obedeció sin excusas; ni siquiera la limpieza y el repaso de sus redes puso a la consideración de Cristo. ¡Ay de mi tacañería, ridículamente apostólica!
La luz de la obediencia de Pedro descubre muchas manchas de egoísmo en mis trabajos de apostolado.
3) Escena aleccionadora para nosotros: Jesucristo, cuando cesó de hablar dice a Pedro: «Guía la barca mar adentro, a alta mar. Pedro, asombrado miró primero a sus compañeros de barca y, dirigiéndose al Señor, le dice con sencillez y como argumento aplastante: «¡Pero si toda la noche hemos estado fatigándonos y ni un sólo pez hemos podido pescar!»
La escena se repite entre nosotros y Jesucristo. Unas veces por las Encíclicas de los Papas; otras, por sus discursos y actividad misionera; otras, por las Pastorales de los Prelados. Aquí, por hechos que se repiten en la vida de la Iglesia; allí por las vocaciones misioneras que Dios se digna sembrar en el espíritu de vuestros hijos mañana, por un acontecimiento misionero; siempre y continuamente por la liturgia de la Iglesia y por la historia de su vida y por los dogmas de Cristo y por el deber de caridad y por las exigencias de nuestra fe, esencial y universalmente comunicativa... Cristo, constantemente nos está diciendo por activa y por pasiva: "Rema mar adentro".
Nuestra contestación es la del egoísmo, la de la desconfianza en la palabra de Dios: «aquí hay misiones, aquí hay necesidades urgentes, necesitamos limpiar las redes porque aquí hemos de pescar; es nuestro Seminario, son nuestros suburbios los que nos esperan; la vida de piedad de nuestros buenos cristianos agotan las fuerzas de todos nuestros apóstoles... ¿no veis, Señor, cómo trabaja la Acción Católica y las Asociaciones toda la noche y nada hemos cogido? Si algo se consigue, son peces, en general, esmirriados, enclenques, secos y, sobre todo, exigentes. ¿No veis los hijos espirituales que absorben la vida de todos los padres sin que jamás se atrevan a llegar a la mayoría de edad, a caminar por su cuenta y confiados en vuestra bondad? Esa o parecida es nuestra contestación. Pero San Pedro, el pescador de profesión, a quien la experiencia había enseñado a conocer en donde se encontraban los peces que buscaba, después de exponer su razón «hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada», contestó así: «por tu palabra, echaré las redes». Buena lección para nuestra poquedad, para nuestra desconfianza, para nuestra miseria, para nuestro desconocimiento práctico, de lo que es y de lo que exige nuestra fe si ha de vivir en vigor y lozanía.
4) San Pedro tuvo razón. El milagro de la pesca fue un premio de su confianza y de su generosidad. Nuestro apostolado tendrá eficacias divinas si guiamos nuestra barca a alta mar. Si los motivos de nuestra vida cristiana, y las finalidades son universales, si formamos a nuestros cristianos, a nuestros hijos, en el dogma fecundísimo de la catolicidad. Como los apóstoles en la pesca milagrosa, los misioneros suplican que corramos en su ayuda, porque las redes peligran. Y se llenará la barca en tal forma que nosotros y todos nuestros jóvenes y fieles traerán ante Jesús para decirle desde lo más íntimo del alma «Apártate de mí, que soy un hombre pecador» y nuestro asombro se transformará en alegría al oír las palabras de Jesús: «desde ahora serás pescador de hombres». ¿Qué otra cosa buscamos con nuestros trabajos apostólicos. Verdaderamente que el espíritu misional, vivido, forma «pescadores de hombres».
5) Una vez más y en forma emocionada la Iglesia por medio de este Domingo Mundial de la propagación de la fe, les dice: «Rema mar adentro». Dejad por un día vuestros problemas, sed generosos, salid con vuestra oración, con vuestra penitencia, con vuestra propaganda, con vuestras conversaciones, salid a alta mar, mirad a las Misiones, unidos todos en la O. P. de la Propagación de la Fe, para la cual y solamente para ella, constituyó el Papa este gran Jornada Misionera. Sed generosos, confiad en Cristo y vuestros problemas se resolverán y vuestros jóvenes serán apóstoles y millones de almas glorificarán a Dios.
Asís
De los muchos lugares de Italia que ofrecen cautivadora atracción al viajero, hay uno que bien pudiera llamarse «Un pedazo de cielo en la tierra», al menos para toda alma franciscana: Asís.
En lo externo dos aspectos impresionan: la hermosura y lo dilatado del valle con sus suaves ondulaciones y abundante vegetación; y la ciudad misma de Asís, edificada en la falda de los cerros con su marcado tinte de antigüedad en el estilo y color de sus moradas, de manera que es tal vez la ciudad italiana que más sabor de antigüedad tiene.
Pero la mayor atracción de Asís radica en su historia y en sus santuarios. Tanto éstos como aquélla no sólo están impregnados del espíritu de San Francisco, sino que están íntimamente ligados a su persona.
En el corazón del valle y apenas distante un centenar de metros de la estación del ferrocarril se levanta airosa la Basílica de la Porciúncula o de Nuestra Señora de los Ángeles. En su interior está la pequeña capilla, testigo de tantas escenas de la vida de San Francisco y de sus primeros compañeros. ¡Qué bien se ora allí, si parece que aun se sintiera el aletear de los ángeles y sus célicas armonías. Contiguo a la Basílica está el convento, un edificio moderno y amplio. Se ha procurado conservar una parte del antiguo, al menos aquella que sirvió de mansión a tantos Santos que hoy ocupan los altares. Se conserva con especial cuidado el rosal en que Francisco laceraba su cuerpo cuando los ángeles le anunciaron que en la capilla lo esperaban Cristo y su Sma. Madre.

Basílica de San Francisco en Asís [de Ciudad redonda]
Desde la Porciúncula va recto el camino que conduce a Asís. Se hace más o menos en media hora a pie. Poco antes de llegar a la ciudad, una inscripción indica el lugar, desde donde Francisco contempló por última vez su muy amado Asís y pronunció sus hermosas palabras de bendición.
En el extremo de la ciudad se alza la gran Basílica construida por Fr. Elías en honor de Francisco y para que albergara sus reliquias mortales. En el extremo de la cripta está el venerado sepulcro y sobre él, en sencillo altar, seis artísticas lámparas con sus tenues luces dan ambiente de recogimiento y misticismo al recinto.
Atravesando la ciudad, casi en el centro de ella, se destaca la iglesia de San Jorge. Allí se conserva el cuerpo de Santa Clara, admirablemente conservado. Sus hijas le hacen guardia. En un lugar especial se conserva el cráneo de Santa Inés de Asís, reliquias personales de San Francisco y el famoso crucifijo que le hablara en S. Damián.
En el extremo opuesto a la Basílica de San Francisco, descendiendo al valle unos 15 minutos a pie, aparece apenas sobresaliente de los olivares que le rodean, la cautivadora iglesia de San Damián. ¡Qué admirable es! Se conserva casi como la dejó San Francisco y Santa Clara. Es un poco más amplia que la Porciúncula. En medio está el altar mayor, detrás el coro que usaran las religiosas de Clara y que ahora usan los franciscanos. Al lado derecho y
parte anterior se conservan los aposentos en que viviera Clara y sus hijas, la pequeña ventanita desde la cual Santa Clara adoraba al Señor, oía misa y recibía la S. Comunión. Al lado izquierdo y detrás de la iglesia está el convento que ocupan actualmente las religiosas. El comedor es el mismo del tiempo de Francisco, una pieza más o menos amplia a cuyo alrededor hay toscas mesas y más toscos asientos. En el extremo de una de las mesas hay un puesto que nadie ocupa, pero que está siempre preparado; un pequeño florero coronado de frescas flores está diciendo que es el puesto principal, el corazón del comedor... ¡Era el puesto de Clara, a la cual se le considera aun presente y Señora de ese santo lugar.
Todo en Asís eleva el espíritu, pero creo que nada cautiva tanto como el pobre S. Damián. Allí los ojos no se encuentran con grandiosidades, ni con objetos de exquisito valor artístico y por lo mismo ceden su lugar a la imaginación que recorre los siglos y se localiza en los días gloriosos de Francisco, el cual con sus manos y pecho herido, con su rostro aureolado de amor divino, muestra el S. Crucifijo cuyos labios modulan: «Anda y repara mi casa, la casa de tu alma, como la reparo el buen hermano Francisco»... y el corazón, como herido por un rayo, se deshace en ternuras tales que, es imposible salir de ese santo lugar sin anhelos inmensos de vivir en amor y sacrificios como vivió el Llagado del Alvernia y lo pide el Llagado del Calvario...
Pensamiento
Aunque es temeraria toda comparación entre los Santos, Nos parece, sin embargo, que podemos afirmar no haber existido persona alguna, en quien hayan brillado como en San Francisco de Asís, tan vivas y manifiestas la imagen de Jesucristo y la forma de vida evangélica. Pío XII.
Escenas paradisíacas
Escenas paradisíacas
hoy de nuevo se repiten,
cuando por campos y pueblos
graciosa pasa la Virgen.
Tortolitas y palomas,
amantes, doquier la siguen,
cual nieve blancas las más,
y otras de varios matices.
Procuran que con su manto
la Señora las cobije,
y a picotazos defienden
el puesto que allí consiguen.
Sólo de allí se separan
cuando el Sagrario distinguen,
y a adorar a Jesús
vuelan con ansia indecible.
Desde Francisco de Asís,
y el gran Antonio, no existe
escena tan atrayente,
tan extraña y tan sublime. |
Irracionales criaturas
de María al trono asisten
por ver si los racionales
cual Reina y Madre la eligen.
Una clara intervención
prometió un día la Virgen
y hasta en los pueblos peores,
aquélla se hace visible.
Apariciones hay varias,
los milagros se repiten,
crecen la fe y el amor,
y la religión revive.
Seguid, Madre, interviniendo,
así en todos los países,
y que Rusia se convierta
como un día prometiste!
Volad, volad, palomitas;
buscad el nido apacible
de esa Virgencita blanca
a quien hoy nadie resiste! |
Fr. Luis Ángel Roig, ofm
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