Índice del número 243

Marzo de 1949. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

San José Patrón de la Iglesia universal

El 8 de diciembre de 1870, el augusto mandato del inmortal Pontífice Pío IX, proclamaba al Patriarca San José Patrón de la Iglesia Universal, y esta proclamación se hacía, precisamente, en los difíciles momentos en que tomada Roma por las fuerzas de Garibaldi, quedaba el Papa despojado de sus dominios temporales y prisionero en las mansiones del Vaticano.

De este modo, el humilde Carpintero de Nazaret, a quien el mismo Pontífice llama "Custodio de los preciosos tesoros de Dios", quedaba constituido defensor y guardián de la Santa Iglesia da Cristo, a la que es justo y conveniente, según escribía años más tarde León XIII, que él cubra y defienda con su patrocinio" como cuidó y defendió en todo momento a la Sagrada Familia, colocada por la divina Providencia bajo su paternal tutela.

Añadamos a esto que el egregio Esposo de la Inmaculada Madre de Dios, por su condición de artesano consagrado por entero al servicio de María y de su divino Hijo, es el-mejor modelo de todos los que en leste valle de lágrimas necesítanos ganar el sustento de cada día con el sudor de nuestra frente.

Y puesto que son grandes las calamidades y angustias de la pobre humanidad en estas horas de cruda materialismo, de ambiciones desenfrenadas, de odios implacables y de tremendos desquiciamientos económicos, redoblemos nuestra confianza en el excelso Patriarca, seguros de que en sus benditas manos se verá libre de toda mancha de error y corrupción, según la ardiente plegaria de León XIII, tantas veces recitada en nuestras iglesias, la escogida descendencia de Jesucristo, a la que por el bautismo tenemos la dicha y la gloria de pertenecer.

La actual cuestión de Palestina
y el peligro de los Santos lugares

(Continuación)

4.° El peligro de los Santos Lugares

Sería problemático pronosticar quienes vencerán en la contienda, si los árabes o los judíos. Es verdad que los árabes cuentan con la muchedumbre, con los jinetes del desierto, con nómadas fanáticos... pero también es cierto que los judíos poseen la técnica, la economía y el oro, y éste pesa mucho ante los Gobiernos del mundo. En esta lucha puede cifrarse uno de los mayores arcanos que celosa guarda la esfinge de la historia. Tanto más que en ella entran los designios de Dios sobre Israel, que fue su pueblo escogido, pero que apostató, dando la muerte a su Hijo, pero que volverá a Él arrepentido.

No olvidemos que después de la total dispersión de los judíos, impuesta por el emperador Adriano el año 136, en castigo de la intentona de restauración nacional provocada por el seudo-Mesías llamado Bar Kochba (el hijo de la estrella), los conatos de restauración de la nación judía fracasaron. Fracasó el intento del emperador Juliano el Apóstata, que en el año 363 trató de reconstruir el templo y de reunir al disperso pueblo judío. Fracasó más tarde la intentona de restauración nacional provocada en 933 por el judío David Alroy. Gran resonancia tuvo la agitación mesiánica suscitada por un descendiente de judíos españoles llamado Gabbatai Zebi, que murió acusado de agitador político en 1676. ¿Fracasará también el sionismo moderno que cultiva la idea de la restauración de Israel? El sionismo, después de un período de preparación en lo que va del siglo XX, mediante el establecimiento de colonias judías en Palestina, hoy ha obtenido ya el reconocimiento por muchos Gobiernos del Estado de Israel. ¿Lo consolidará?

Mientras la esfinge no nos aclare el arcano, permitidme que yo os hable de la suerte de los Santos Lugares en el caso de que, vencedores los judíos, se establezca definitivamente un Estado judío en Palestina, con el de los árabes o con exclusión de ellos.

Belén actual

Belén. Lugar donde nació Jesús

Os lo digo en seguida. Humanamente hablando, los Santos Lugares serán no sólo profanados, sino totalmente destruidos. La raza que un día, apostatando de la elevada misión que Dios le había dado, despreció, persiguió y asesinó al Mesías, al Hijo de Dios hecho Hombre...; la raza que, después de casi veinte siglos, permanece obstinada en su tremendo crimen, ¿creéis que respetará esos lugares que nosotros llamamos Santos y que para ellos, para los hijos de esa raza, no son otra cosa que los sitios donde nació, vivió y murió ajusticiado el seudo-Mesías, el revolucionario, el blasfemo Jesús de Nazaret?

¿Creéis que si los judíos de hace veinte siglos pidieron a gritos la muerte de cruz para Jesucristo y le crucificaron entre risotadas y escarnios, sus descendientes de hoy, que han heredado de aquéllos el odio satánico a Jesucristo, respetarán esos Lugares que proclaman ante el mundo su enorme pecado? Lo repito, humanamente hablando, la suerte de los Santos Lugares, dentro de un Estado judío, está decidida: serán profanados, serán destruidos. En mayo de 1933 me encontraba yo en la plazuela del Santo Sepulcro. Unos cuantos judíos sionistas que paseaban junto a mí, clavaron sus ojos felinos en la Basílica y exclamaron a coro: «Se acerca el tiempo en el que este edificio y los demás que recuerdan a nuestro enemigo el seudo-Mesías, serán destruidos.»

Es verdad que el llamado «Estado de Israel» establecido el 11 de mayo de 1948 en Tell-Aviv, reconocido inmediatamente por el presidente de los Estados Unidos, lanzó la siguiente proclama: «Libertad de cultos, de conciencia, de cultura y educación; inviolabilidad de los Santos Lugares de todas las creencias y religiones.» ¡Inviolabilidad, cuánta farsa! ¿Queréis saber la sinceridad de esta proclama? Seguidme atentos:

El 14 de mayo de 1948, por iniciativa del Comité Consular de Jerusalén, árabes y judíos firmaron una tregua de ocho días dentro de la Ciudad Santa. En cumplimiento de este acuerdo, el comandante árabe ordenó el cese de operaciones. Sin embargo, los judíos, aprovechando la oportunidad, ocuparon inmediatamente los principales puntos estratégicos y se lanzaron a la conquista de la ciudad. Los árabes tuvieron que defenderse y Jerusalén se convirtió en campo de batalla sangrienta. ¿Consecuencias? Destrucción a grande escala; iglesias arruinadas, conventos incendiados, santuarios damnificados, muchos muertos y heridos, entre los cuales, hombres civiles, mujeres y niños. Ante la protesta enérgica de la «Unión Cristiana» de Palestina por el bombardeo del Santo Sepulcro, por la ocupación de la Delegación Apostólica y del Monasterio benedictino de Sión, etc., ¿sabéis cuál fue la contestación del Gobierno sionista de Tell-Aviv? Que todo era maniobra de propaganda política en favor de los árabes...

Hay más. En las regiones adjudicadas por la O. N. U. a los judíos, y en las que después ellos han usurpado a los árabes, hay una importante masa de cristianos y, concretamente, en la Galilea septentrional, el Estado judío ha desencadenado una ofensiva contra los cristianos.

¿Deseáis algún otro dato? Pues, mirad, no hace mucho el Nuncio de Su Santidad, inglés de nación, comunicaba desde el Cairo al periódico «The Herald Catholic», de Londres, los atropellos cometidos por los judíos en Caifa y en otras partes contra las iglesias, las imágenes de Cristo y de la Virgen, y añadía: «El plan de los judíos es la destrucción de la cristiandad en Palestina.»

Semanas hace, recibí yo una larga relación de un Padre residente en Jerusalén, fechada el 4-XI-1948. De ella entresaco los siguientes párrafos: «He de notar que en las personas religiosas no se han ensañado todavía, más por política que por otra cosa, pero en cuanto a edificios religiosos han cometido verdaderas atrocidades. Precisamente en el Santuario de la Dormición de la Virgen, celebraron los judíos una grande fiesta, consistiendo uno de los actos en cortarle los brazos a un Crucifijo que estaba en el altar mayor; y en otra bacanal, le cortaron la cabeza.» Otro párrafo: «Con un oficial de la Haganah, visitamos nuestro Convento de Caifa. ¿Qué es lo que allí vimos? Habían robado todo: los cuadros y crucifijos habían sido destrozados sacrílegamente y arrojados por el suelo; la Santísima Virgen del Rosario la encontramos en el jardín con un brazo solamente... Habían arrancado los Cristos de las cruces y después habían roto las cruces y los crucifijos. En todas las imágenes de Jesús se han entretenido en sacarles los ojos.» Otras profanaciones sacrílegas y sucias narra el documento, que yo, por respeto a mis lectores, cultos y piadosos, las omito.

Lugar del sermón de las Bienaventuranzas

Capilla que recuerda el lugar de las Bienaventuranzas

5.° Derechos de la Iglesia Católica en los Santos Lugares

En 1219, San Francisco de Asís fue a Egipto, de paso hacia Palestina, y obtuvo del sultán Melek-El Kamel la libertad para sí y sus hijos de permanecer y venerar los Santos Lugares. En 1309, intercediendo los príncipes cristianos de Europa, el sultán Bibars II, en virtud de un firman, ordenó que en el Cenáculo, en el Santo Sepulcro y en Belén morasen sólo los Franciscanos. En 1333, el sultán Mohamed cedió a los Franciscanos el derecho de permanencia, de uso y culto de los Santuarios de Jerusalén. Con el andar del tiempo, estos derechos se extendieron a todos los santuarios de Palestina. En 1342, el Papa Clemente VI, con dos Bulas, la «Gratias agimus» y la «Nuper carissime», dada» en Aviñón, anunciaba al mundo cristiano con toda solemnidad que los Franciscanos quedaban como custodios oficiales de todos los Santos Lugares en nombre de la Cristiandad, a quien pertenecían.

Los Pontífices han defendido siempre con firmeza y tesón los derechos de la Iglesia y de la Cristiandad sobre los Santos Lugares. Me place subrayar sólo las palabras de Pío XI en el Consistorio Secreto del 11 de noviembre de 1922: «Ahora que, según se ha dicho, la Sociedad de las Naciones volverá a ocuparse próximamente de Palestina, hacemos Nuestra la súplica y voluntad de Nuestro Predecesor, de que, llegado el día de arreglar definitivamente el asunto de Palestina, se respeten y mantengan incólumes los derechos que tienen allí la Iglesia y el mundo cristiano; más aún, por conciencia de Nuestro Oficio Apostólico, queremos que «los derechos de la Iglesia Católica —que son claramente superiores a otros derechos— queden firmes e inquebrantables, no sólo con preferencia a los hebreos e infieles, sino a todos los grupos cristianas de cualquier nación y pueblo.»

La Sociedad de las Naciones de entonces se hizo sorda a las justas reclamaciones del Vicario de Jesucristo, y en vez de arreglar con justicia la cuestión, canonizó el bochornoso e injusto «Statu quo», según el cual se conceden los mismos derechos a los legítimos poseedores, es decir, a los católicos, representados desde hace más de seis siglos por los Franciscanos, que a los usurpadores de esos derechos, a los cismáticos griegos, armenios y coptos, etc.; en una palabra, confirmó y dio valor legal a los robos y expoliaciones que a través de los siglos perpetraron las otras iglesias cristianas en los Santos Lugares.

El actual Pontífice Pío XII, en el conflicto de Palestina, ante el peligro que amenaza a los Santos Lugares, publicó hace meses una Carta Encíclica, «Auspicia Quaedam», pidiendo oraciones para que el Divino Príncipe de la paz solucione el conflicto. Después, el 24-X-1948, en otra Carta Encíclica, repitió la petición de oraciones para una justa solución del problema de Palestina.

Viendo el Santo Padre que, por ahora, ni cesa ni se calma el conflicto, después de encargar a los que rigen los destinos de los pueblos que traten de restituir la paz y la justicia, dice:

«Es muy conveniente instaurar en Jerusalén y sus alrededores, donde se conservan los monumentos venerandos de la vida y muerte del Divino Redentor, un régimen fundado y sólidamente establecido en un derecho internacional, el cual parece, el más apto para conservar esos; mismos sagrados monumentos. Con el mismo derecho internacional será conveniente confirmar la seguridad y libre acceso a los Santos Lugares, restaurar y garantizar la libertad del culto divino y conservar incólumes las tradiciones de nuestros mayores.»

Católicos españoles, ante todo, oremos mucho por la paz de Palestina y por la conservación de los Santos Lugares, coma nos pide el Santo Padre. A la oración acompañemos una campaña por la reivindicación de los derechos de la Iglesia Católica sobre los santuarios de nuestra Redención. ¿Dejaremos que este rico y sagrado patrimonio, conservado por tantos siglos, para los cristianos a costa de tantos sacrificios y de tanta sangre por los hijos del Serafín de Asís, y a los que nuestra querida España ha protegido siempre con tanta piedad y largueza, sean ahora profanados y destruidos por los descendientes de aquellos que hace veinte siglos, renegando de nuestro amado Redentor, le crucificaron?

Yo quisiera poseer el espíritu vivaz, la mirada penetrante y la arrebatadora elocuencia del famoso Pedro el Ermitaño, para predicar una nueva Cruzada en favor de Tierra Santa.

Como final de mi conferencia, yo os recuerdo al Papa de las Cruzadas, Urbano II. Era el 18 de noviembre de 1095, al aire libre, ante una inmensa muchedumbre, después de haber descrito el apuro de los cristianos que vivían en Tierra Santa y cómo los Santos Lugares se habían convertido en cuadras para los caballos, exclamó conmovido: «Armaos, hermanos queridos, con el celo de Dios, ceñíos vuestras espadas... socorramos a nuestros hermanos... rescatemos los Santos Lugares de las sacrílegas manos de los infieles. Quien tenga celo por la causa de Dios, que se arme Cruzado...» Millares de voces, concordes, poderosas como el trueno y clamorosas como el bramido del mar, gritaron: ¡Dieux le vult! ¡Dios lo quiere! Hecho el silencio, añadió el Papa: Dios lo quiere: Esta palabra sea vuestro grito de guerra en todos los peligros, y la Cruz vuestra insignia que os dé fuerza y confianza.

Sí, lectores, orad por la Palestina y la conservación de. los Santos Lugares: ¡Dios lo quiere! Esto os repite hoy el Obispo de Teruel.

Fr. León Villuendas, ofm

San José

San José, varón justo

Libre de toda imperfección moral, y lleno de la gracia de estado para el oficio, de Padre Adoptivo del Hijo de Dios en la tierra, San José es nombrado en el Evangelio con el nombre calificativo de Varón Justo.
Predestinado por Dios para tan alto ministerio, como lo fue María para Madre del Verbo Encarnado, pusieron ambos de su parte, como un acto de virtud heroica, la semilla del voto de virginidad, que Dios había de fecundar con la abundancia de sus divinas bendiciones.

Al consagrar a Dios su virginidad, ¡cuán lejos estaba del pensamiento de ambos esposos que su desposorio, con voto virginal, había de ser bendecido por Dios dándoles un hijo, que sería el Hijo del Altísimo!

El misterio de la muerte de San José durante la vida oculta de Jesús, descorre el velo de la vocación de este Varón Justo. Jesús, modelo universal de todas las almas, hace de su Padre Adoptivo el modelo universal del padre de familia, sacerdote del hogar. Toda su eficaz actividad es, como suele decirse, de puertas adentro, de vocación y apostolado interior, silencioso y fecundo: Sacrificio y vigilancia; trabajo personal y confianza en la Providencia; prudencia y discreción; mansedumbre y resignación; formación interior, humildad y oración; paciencia, modestia, sencillez y pobreza de espíritu y de condición social; mucha fe, mucha esperanza y muchísima caridad; todo ello en santo equilibrio, que es la armonía del espíritu, el Derecho de las almas, resumido en la Justicia de la Ley eterna de Dios.

Todas esas virtudes, que por ser internas son fundamentales, penetran hasta la entraña de nuestro ser, y el que logre ejercitarlas hallará el «maná escondido» de la felicidad inalterable y la paz de la conciencia; la paz y el bien personal y social que trajo al mundo Nuestro Señor Jesucristo, y que San Francisco calcó para su Tercera Orden.

He aquí por qué razón ha permanecido oculta por tantos siglos la excelsa figura de San José en la Sagrada Liturgia, hasta que llegado el tiempo determinado en los designios divinos, la Iglesia lo ha colocado esplendorosamente junto a María sobre todos los Santos.

No nos toca a nosotros penetrar en la teología josefina, que trata de la subida excelencia de San José en el plan divino de la Encarnación; pero se van moviendo las plumas de los grandes doctores de la Iglesia al vislumbrar al mismo tiempo para el Patriarca Santo y Varón Justo un horizonte dilatado en la solución de la permanente cuestión social, como Patrono universal de lo que constituye el fundamento y piedra angular de la sociedad: el Trabajo y la Familia.

No somos, pues, ajenos a esa cuestión, que es la nuestra, sobre todo como Tercera Orden inventada por San Francisco para organizar prácticamente la santificación de la familia y del hogar, como remanso de Paz y Bien, y dique al mismo tiempo contra el desbordamiento y descomposición social.

El tema es profundo, amplio y siempre de actualidad, y no conviene abandonarlo ante la conmoción social que padecemos.

F. M. Morales, T. F.

L'ànima de València

Qui vullga cercar la essencia
de l'ánima de Valencia,
puc dir-li on la de trobar:
en la festa de les FALLES,
que es llum, sátira, rialles,
joia, obtimisme i cantar.

Te Valencia dins sa historia
festes que l'omplin de gloria,
de fama y clara llum:
la de la VERGE enynorada,
rosa que s'obri en la albada
del maig, brollant de perfum.

La del CORPUS, santa festa,
que amb ses ROQUES, i sa gesta
escriu un himne fervent:
la que'l poblé amb llum eterna
crema a tots i els enlluerna
cantant-li al PARE VICENT...

Pero cap tan valenciana
—puix a tots ens agermana
un mateix goig i voler—,
com la FESTA de les FALLES,
traca, música i rialles,
que omplin el cor de goig ver.

Tots el pobles tenen MARE
que en sos abrulls els ampare,
i els acarone en son mant;
tots, al CORPUS —llums i ofrenes—
i als PATRONS; amb les mans plenes
de flors, obsequien, cantant.

Pero cap poble al mon dona,
mormolanta i corrent ona
d'art. rialles, goig i amor,
com la que Valencia ofrena,
en ses FALLES, forta vena
on corre sa sang millor.

La FALLA es sóls de Valencia,
i es la que descriu ¡a essencia
de s'ánima i de sa fe;
ánima que riu i canta,
i al mon asombra i espanta
per el art, que ella sóls té.

La FALLA es ánima i vida
de Valencia, que enardida
desfulla rises i flors;
teix encants i maravelles;
i encen de l'art les estrelles,
i aviva el goig en el cors.

Fa que en el BARRI, eixe día
haja soroll i alegría,
com en tota la ciutat;
lo més tipic allí esclata,

i a la tristesa la mata
i la retira a un costat.

Festiu prel·ludi, i albada
de la clàssica jornada
del gran día, es la PLANTA;
i el enginy dels seus artistes
dona visións, jamai vistes,
que a tots de goig omplirá.

Quan el sol, pel cel apunta,
Valencia joiosa munta
al cadafal de la llum...;
i la DESPERTA l'atrona,
i traca... i música sona
sens que manque foc i llum.

I amb les claredats del día
lluís la policromía,
de BANDERES, gallardets,
colorades bambalines,
i vistoses percalines
que a tots deixen satisfets.

I onejant al vent, banderes,
—que son les animes veres
dels bullanguers valenciáns—,
hi han jolives oronelles
que desgranen maravelles,
—MUSIQUES— plenes de afáns.

La TRACA joiosa empenta
a tots, puix no se contenta
d'espetar un sol moment;
viril tróna a totes hores,
i porta llums brilladores
i encen el cor de content.

I amb rises de la FALLERA
i del fum que la BUNYOLERA
per tot arreu va llençant,
el ánima de Valencia
posa sa vida i sa essencia
en l'acte més important.

Llums. cruixits, franca alegría,
rises i policromía
d'espurnes pujant al cel,
es la CREMA, que al cor porta
per regións, on la llum forta
glatix, el goig i el anhel.

Joia, soroll, rises vanes
i de gojar noves ganes,
es l'anhel del valenciá:
i tot aixó viu i resta
en lo que es final de festa,
en la excepcional CREMA.

Qui vullga cercar la essencia...

Fra Bernard Mª Rubert, ofm

El trabajo

«Puso el Señor al hombre en el Paraíso del deleite para que lo labrase», dice el Génesis en su capítulo II, con lo que se prueba que el trabajo es una ley de Dios, que obligaba al padre del género humano, aun antes de pecar. Entonces no era penoso sino agradable, como ocurre ahora con el dedicado al deporte, grato para sus cultivadores, aunque no exento de fatiga como estaba aquél.

Pecó Adán y todo cambió: «Ganarás el pan con el sudor de tu rostro hasta que vuelvas a la tierra de que fuiste formado» (Gn 2, 15), le dijo el Creador. Y al punto, además de la gracia santificante que elevaba al hombre al orden sobrenatural y que entonces perdió, se vio sujeto al dolor, las enfermedades y la muerte, triste cortejo que le acompañará en este valle de lágrimas.

Y el trabajo penoso, se le presentará, siempre que quiera satisfacer sus necesidades, luchando con la Naturaleza.

Antes del Cristianismo era el trabajo despreciado; cultivado por los esclavos en la sociedad pagana, y mirado algo mejor por los judíos, sólo Jesucristo lo ennobleció, como con su doctrina restituyó su dignidad a los débiles (mujeres, niños, esclavos). El mismo quiso ser trabajador manual antes de empezar su predicación. Elegido por Dios, como padre adoptivo de su Hijo encarnado, el patriarca San José, a quien el Evangelio llama justo, en su humilde taller de carpintero, trabajó el Redentor como un obrero, la mayor parte de su vida. Y en el hogar de Nazaret, estaba sujeto al matrimonio formado por la Virgen y San José, tesoro de virtudes domésticas, en que la naturaleza y la gracia concurrieron a la par, resultando de la mutua conformidad de gustos, genios, carácter e inclinaciones, el formarse una familia feliz, que puede tomarse como modelo.

Ya en su vida pública, los primeros discípulos de Jesús fueron pescadores. Y entre los esclavos y los proletarios se reclutaron los primitivos cristianos, tejedores, sastres, zapateros, como les reprochaba el filósofo pagano Celso.

Después muchos trabajadores se han santificado en el trabajo, siendo en gran número los Santos, héroes del Cristianismo que alcanzaron las cimas de la santidad en oficios penosos y serviles. Entre ellos contamos a San Isidro, labrador, como San Hilario y San Mario de Aventico; un pastor como San Marcos martirizado hacia el año 300; zapateros como San Adriano, Santos Crispín y Crispiniano y San Diosdado que lo eran de calzado nuevo y San Porfirio de Gaza, remendón; un carbonero, San Alejandro de Comana; un cocinero, Fray Eufrosinos; tres herreros, Alejandro, Alfeo y Zósimo; dos Santos tintoreros, Menigno y Anastasio, de quien escribe su hagiógrafo: «Su tienda fue convertida en iglesia; en el sitio en que se lavaban las manchas de los vestidos, se lavan hoy, merced a la gracia, las manchas del alma».

Hay muchos santos hortelanos y jardineros, que lo mismo que las flores y legumbres, cultivaron las virtudes de su alma como Focas de Sinope, Corrón de Mandonia y Sereno, mártires los tres; un albañil, San Antonino mártir; los hay picapedreros como los cuatro Santos Coronados, muy célebres en la antigüedad y en la Edad Media, Claudio, Nicóstrato, Castor y Sinforiano, mártires. Y muy modernamente tienen incoado proceso de beatificación, Mateo Talbot, cargador de Dublín, que murió en 1925, y Margarita Linelaix, humilde obrera escocesa, muerta en el mismo año, habiendo publicado un erudito alemán, el doctor Neubner, las biografías críticas de trescientos cincuenta Santos obreros.

Y es que el trabajo es una ley divina y cumpliéndola tendremos ocasión de satisfacer por nuestros pecados, si sufrimos con paciencia las molestias que nos ocasione. Y de ese modo mereceremos algún día vivir como aquellos Santos, en la celestial Jerusalén, donde no hay trabajos, dolores ni molestias compañeros constantes de nuestra peregrinación sobre la tierra y cuya compañía no podemos huir.

Arturo Fosar Bayarri

Necesidad de la Cruz

«Por el padecimiento y la persecución quiere Jesús consolidar su reino en las almas.»
(Santa Teresita)

Camino de Damasco, adonde se dirigía Saulo persiguiendo a los cristianos, fue derribado de su caballo por una luz celestial y oyó palabras de Jesús que trocaron en otro su corazón. Desde aquel momento ya no fue perseguidor de cristianos, sino discípulo de Cristo. Expresión sincera de su cambio interior fueron aquellas humildes y rendidas palabras: «Señor, ¿qué queréis que haga?» (Act 9, 6)

La luz del cielo le había dejado ciego para la luz del sol y fue menester que tomándole de la mano, le guiaran sus compañeros hasta Damasco, donde estuvo tres días en ayuno y oración pidiendo a Dios perdón de sus pecados. Entretanto, el Señor daba a su fiel discípulo Ananías las señas de Saulo y lo enviaba a que lo curase de la ceguera corporal, pues lo tenía elegido para que anunciara su nombre a las naciones y a los reyes. Y añadió el Señor: «Yo le haré ver cuántos trabajos tendrá que padecer por mi nombre.» (Act 9, 16)

Años después refería el mismo San Pablo a los corintios algo de lo mucho que tuvo que padecer por Jesucristo enseñando su doctrina a toda clase de gentes: fue azotado, apedreado, pasó frecuentes peligros en largos viajes, peligros de ríos, de ladrones, de falsos hermanos, de judíos, de gentiles; sufrió trabajos y miserias, vigilias y desvelos, hambre y sed, frío y desnudez; fue encarcelado y se vio distintas veces en peligro de muerte. (2 Cor 11, 23 ss)

Cada cual en su medida, todos los buenos cristianos han participado de la cruz de Cristo como San Pablo, pues el llevar la cruz es ley de la vida cristiana formulada así por Jesucristo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y lleve su cruz cada día y sígame; pues el que no carga con su
cruz y no me sigue, no puede ser mi discípulo.» (Lc. 9,23 y 14,27)

No se puede estar cerca de Jesús sin participar de su cruz: «Todos los que quieren vivir virtuosamente según Jesucristo, han de padecer persecución», nos dice San Pablo (2Tim 3,12). Al vivo nos lo pinta Jesucristo con estas palabras: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Por tanto, habéis de ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Recataos empero de tales hombres, pues os delatarán a los tribunales, y os azotarán en sus sinagogas, y por mi causa seréis conducidos ante los gobernadores y los reyes para dar testimonio de Mí a ellos y a las naciones... y vendréis a ser odiados de todos por causa de mi Nombre; pero quien perseverare hasta el fin, éste se salvará.» (Mt 10,16 ss)

A la Vble. María de Jesús de Ágreda le decía el Señor preparándola a una fuerte tribulación que se le avecinaba: «Te manifiesto, poco a poco y por grados, lo que has de padecer, porque si te lo manifestara todo junto, del susto te morirías.»

No permite el Señor las tribulaciones de sus buenos discípulos, sino para bien de ellos y bien de las almas. Muchos hay en el cielo que deben a 1a tribulación la felicidad de que allí gozan. Muchos se salvaron por la cruz que se habían extraviado y perdido mientras carecieron de ella. La tribulación continúa siendo en el mundo el gran artífice de la santidad: evita y expía grandes pecados; cimenta y acrisola sólidas virtudes. «A nuestra naturaleza le repugna el dolor; pero ¡cuántos tesoros reportamos del sufrimiento! Padecer con amor es el camino del cielo.» (Sta. Teresita.)

Por esto las almas que aman a Jesús han estimado la cruz y el dolor como prendas del amor de Dios y como medios para ganarle almas.

«A mi entrada en el convento —dice Santa Teresita— el dolor me salió al encuentro y lo abracé con amor. Vine al Carmen para salvar almas y para rogar por los sacerdotes. Cuando se quiere un fin hay que poner los medios para alcanzarlo, y habiéndome dado a entender nuestro Señor que en cambio de la cruz me concedería muchas almas, cuanto más cruces tenía, mayor era mi deseo de padecer.»

«Abrazo esta cruz —escribía Santa Margarita María— con todas las otras con las que le place a mi divino Maestro regalarme. Os aseguro que si estuviera un momento sin sufrir, creería que mi divino Maestro me había olvidado y abandonado.»

«Os afligís por vuestras penas interiores —escribía la misma santa a una religiosa—, y yo os aseguro que en eso mismo debéis encontrar el mayor consuelo. con tal que las sufráis con paz, sumisión y abandono en el Sagrado Corazón de Jesús. Os las envía precisamente por un exceso de amor a vos y quiere que lo sepáis para que le estéis agradecida.»

Con acciones de gracias llegaron los santos a recibir el dolor. Penitente en grado heroico fue el P. S. Francisco de Asís, sin tener complexión robusta ni excelente salud, pues ya de joven padeció fiebres persistentes, a las que se añadieron varias enfermedades que atormentaron con vivos dolores todos los miembros de su cuerpo en sus últimos años. Se recrudecieron los dolores al acercarse la hermana muerte, exclamó el santo en un ímpetu de amor: «Gracias te doy, Señor mío, por todos estos mis dolores, y te pido que los centupliques si así te place, pues en el cumplimiento de su santa voluntad encuentro yo los más inefables consuelos.»

En verdad son las tribulaciones de los justos más numerosas y más terribles de lo que pueden ellos calcular. Dios se las oculta en un principio para que no retrocedan asustados al columbrarlas, y se las presenta para que las abracen con amor, cuando los tiene ya fortalecidos y preparados para sobrellevarlas santamente. Día llega, por fin, en que de toda tribulación los libra el Señor, que estuvo continuamente con ellos mientras peleaban y mientras padecían: «Porque el justo esperó en Mí, lo libraré y lo protegeré. El elevó a mí los clamores de su corazón y yo le escuché lleno de bondad; con él estoy en tiempo de tribulación; lo libraré de ella y le daré en recompensa la gloria eterna.» (Salmo 90.)

Las últimas palabras de N. P. S. Francisco, ungidas de fe y de ardiente amor a Dios, fueron dirigidas al Padre Celestial. a cuya amorosa bondad se entregaba: «Saca mi alma de la cárcel del cuerpo para alabar tu santo Nombre, pues me están esperando los justos hasta que me des tu recompensa.»

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Jerusalén desde el Dominus Flevit

Jerusalén desde el Dominus Flevit, el lugar donde lloró Jesús a la vista de Jerusalén

Cruzada por los Santos Lugares

¿A quién no ha llegado la noticia del estado peligroso en que se encuentran los Santos Lugares? Triste sobremanera y angustiosa es la suerte que atraviesan aquellos Lugares santificados por la vida y muerte de nuestro divino Redentor. Parece que el Señor haya dispuesto en los planes inescrutables de su Providencia que aquel país bendito no gozara de paz estable y duradera como hasta el presente jamás la ha logrado. Sólo hubo dos momentos en la larga serie de siglos transcurridos desde la muerte del Señor en que el arco de iris de la paz y prosperidad religiosa cobijó el país de Jesús: fueron éstos el siglo de Constantino el Grande y el efímero reino de Jerusalén, fundado por los Cruzados. Fuera de estos dos breves paréntesis estuvo allí siempre izada la bandera de los enemigos de la cruz. La mayor parte de este largo período de dominación anticristiana responde a los musulmanes, quienes se establecieron en Tierra Santa el año 636 y desde entonces hasta la fecha fueron sus dueños. Cuál fuera la actuación de estos señores y conquistadores lo saben muy bien los misioneros franciscanos, testigos seculares de su fanatismo religioso y su codicia insaciable.

Las cosas parecían haber tomado otro sesgo y se gozaba de cierta paz relativa cuando otros enemigos aparecieron en escena y amenazan desplazar a los primeros y enseñorearse de este suelo bendito: es el pueblo judío, que errante y esparcido por todas las naciones, quiere resucitar su hogar patrio formando la nación judía con el pomposo nombre de Israel.

No sabemos cuáles serán los designios de Dios, pero los de las naciones más poderosas de la tierra han sido de favorecer esa ambición y sueño dorado de los judíos, que por fin va siendo una realidad. Después de un prolongado forcejeo bélico, los judíos, con su dinero y el apoyo moral que aquél presta, han logrado imponerse con las armas a la población árabe de Palestina, que ha quedado reducida a situación precaria, y hoy cuenta Israel con la mayor parte del territorio palestino y con un Gobierno central instalado provisionalmente en Tell-Aviv, según dicen, porque sus planes son de residir en la Ciudad Santa.

Si el conflicto terminara ahí, no pasaría de ser ésta una de tantas vicisitudes políticas por que ha atravesado Tierra Santa. Mas entra en juego el porvenir religioso de este singular país, que aparece muy sombrío con el nuevo cambio político, dado el carácter ateo, si no sectario, de ese pueblo.

Enemigo del nombre cristiano, es de esperar que hará lo posible para impedir el culto cristiano o, al menos, coartará por todos los medios la libertad de ese culto en el país donde tuvo su origen. Eso es lo que se vislumbra, según los cálculos humanos. ¿Lo permitirá Dios en sus planes providenciales? ¿Permitirá Dios esta nueva prueba de su Iglesia en los Lugares santificados por su pasión y muerte?

Que la actuación del pueblo judío sea hostil a la religión cristiana ha quedado bien de manifiesto en la guerra llevada a cabo contra los árabes, pues mientras éstos respetaban las personas y edificios religiosos, aquéllos parecen haber tenido como consigna la profanación y destrucción de edificios religiosos y el inferir agravio a las personas. Así, por ejemplo, según testigos fidedignos, las bombas y granadas caídas sobre el Santo Sepulcro fueron lanzadas por los judíos, y los religiosos dicen haber recibido de ellos trato hosco y descortés.

No entramos en pormenores ni damos más datos de este proceder impío de las fuerzas judías porque rebasaría los fines de este artículo; pero de lo dicho, ¿qué cabe esperar de estos nuevos directores de los destinos de Tierra Santa? Es ésta una de las serias preocupaciones que pesan hoy sobre el Vicario de Jesucristo, según aparece en el radiomensaje de Navidad última: «...¿Cómo no ha de dirigirse nuestro pensamiento hacia aquella tierra de Palestina, donde el Hijo de Dios hecho hombre pasó su vida terrena; Palestina, donde a pesar de la suspensión de hostilidades no aparecen todavía seguras bases de paz? Ojalá se encuentre, por fin, una feliz solución que... satisfaga, al propio tiempo, los anhelos de toda la cristiandad, ansiosa de salvaguardar los Santos Lugares, haciéndolos libremente accesibles y protegidos...», por medio de la constitución de un régimen internacional.

Fr. León Villuendas. Obispo de Teruel, inició no hace mucho una Cruzada en favor de los Santos Lugares que ha encontrado eco en muchos corazones. Esa Cruzada tiene por objeto interesar a los Poderes públicos de las naciones cristianas para poner a salvo los derechos de la Iglesia sobre aquellos Lugares Santos. Todos pueden formar en esa Cruzada, con sus oraciones, pidiendo al Señor por la libertad del culto cristiano en el país de Jesús. El Santo Padre alienta y bendice esa cruzada espiritual en favor de los Santos Lugares.

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm.