Artísticas

Cristo crucificado. José Mª Bayarri

Cristo crucificado. Talla del autor de este artículo

Procedente en estos días hablar de estos o sobre estos temas que siempre fueron parte a resoluciones cordiales en las muchedumbres.

Arte de expresión dominante ente cuando el sentido dramático en la representación plástica está indeleble surmontando proporcionalmente el de la mera forma, y tan atrayente para el contemplador colectivo popular.

Es que el dualismo permanente, en la apreciación de la creación se impone, en épocas enteras si que también en nuestras opciones individuales; y es de estos dos modos como la comprensión de la obra de arte llega a ser gozada.

De una parte el «interés de expresión»: cuando significando menos el rebuscar de la forma concentra, la causa eficiente, sus actividades en el hallazgo de la fuerza dramática, expresiva, funcional.
Distintamente el «interés de forma» que se ofrece con un amor del objeto en sus aspectos lineales, morfológicos, epidérmicos, diríamos; y ello sin una descomposición o dispersión, de módulos y ponderaciones.

Cuando con evidente y exagerada proporción cada una de esas tendencias o efectividades se manifiesta, la obra es defectuosa por falta de serenidad o de esa condición «esplendor del orden» que se diputa necesario para la existencia de la belleza en la obra de arte: el arte clásico.

Toda esa teoría está patente en el «interés de expresión» que han procurado los talladores de imágenes de «figuras de la Pasión» durante largas épocas.

Ya, temáticamente, prestan motivos; también la razón técnica de nuestros artistas: fuerte individualidades, que instintivamente sintieron y representaron las figuras de Nuestro Señor Jesucristo y su Dolorosa Madre «Stabat Mater».

Expresión y Forma ponderándose: he ahí el ideal.

Aspiración —fácil de recomendar— y tan íntimamente atormentadora para los buenos artistas.

José Mª Bayarri

La Madre Dolorosa en el Descendimiento

Al expirar Jesús sobre la Cruz, termina su cruel y amargo suplicio. Pero a los pies del sagrado madero, un corazón maternal continúa sufriendo. El Descendimiento coronará la historia de su Calvario. Al contemplar la Madre de Dios tan cerca de sí el Cuerpo desollado de su Hijo, todos los pasos de su Vía dolorosa volverán a renovar sus heridas mortales. María con el Hijo muerto en sus brazos es, en verdad, la imagen acabada de la Corredentora, no sólo porque como suprema Sacerdotisa de la humanidad levanta entonces la Hostia de valor infinito para ofrecerla al Padre, sino también porque es aquél el misterio de su supremo dolor. Nosotros no podremos apreciar la intensidad de sus sufrimientos, pero sí nos es posible señalar algunas de las razones que los hicieron más sensibles y dieron a su corazón una como cuasi-inmensa capacidad para unirse al Calvario de Jesús.

1. Las naturalezas más perfectas son, como dice San Buenaventura, más sensibles. ¡Qué sensibilidad sería la de aquella naturaleza virgen, formada sin corrupción alguna, siempre lozana, en que el Creador concentró todas las perfecciones distribuidas entre los demás hijos de Adán!

2. La maternidad es de lo poco que ha quedado en pie después de la caída de nuestros primeros padres. La mujer, como hija de Adán, tendrá muchos defectos; como madre, en cambio, ocupa un lugar aparte. Frente al hijo olvida la mujer todos los egoísmos, desaparece ella para no acordarse más que del fruto de sus entrañas. Por eso su corazón sufre más aún que el propio hijo al que contempla entre dolores. ¡Qué penas serían, pues, las de la Madre más perfecta, la mejor de las madres, Aquélla que no había sufrido el trastorno que el pecado original introdujo en la naturaleza!

3. La madre comparte con el padre la parte que a ambos cabe en el hijo. Por consiguiente, comparte también el amor. No así en María. Jesús le pertenecía totalmente. Toda su naturaleza humana la debía Jesús a María. No compartía, por tanto, esta madre con nadie su cariño. ¡Cómo sería, pues, el dolor resultante de este amor!

4. María amaba, además, a su Jesús como hijo de Dios, con la capacidad amativa que recibió ya en el instante de su Concepción en grado superior a la de todos los ángeles y santos, capacidad que fue creciendo por instantes, particularmente en los momentos de más íntima comunicación con la Divinidad. ¿A qué grado habría llegado en la hora en que quedó consagrada en Corredentora? ¿Cuál sería, pues, su dolor al contemplar al Hijo de Dios entre torturas?

5. La Virgen tenía ciencia infusa del Calvario de su Hijo. Conocía los pormenores de los sufrimientos íntimos del Rey de los mártires. ¿Qué de extraño que en el Gólgota quedara convertida Ella, asimismo, en «Reina de los mártires»?

6. La Venerable María de Jesús de Agreda añade otra nota peculiar del Calvario de María. Afirma que, por gracia especial, le fue concedido sufrir no sólo en su alma, sino también en su virginal cuerpo, todos los tormentos de la Pasión de su Hijo. No nos extraña esta hipótesis. Si es lógico que concedamos a María cualquier privilegio de que ha sido hecha partícipe criatura alguna, y, por otra parte, sabemos que hay almas que han gozado de ese doloroso privilegio, debemos concluir que no pudo menos de poseerlo María. Así quedó la Madre íntegramente unida al sacrificio del Hijo. La espada que traspasó su alma purísima, atravesó asimismo su virginal cuerpo, quedando constituida María cumplidamente en Corredentora de la humanidad.

El Ángel llamó a la Virgen llena de gracia. El pueblo cristiano, estableciendo una acertada analogía, la ha apellidado llena de dolor. María con el cadáver de su Hijo en los brazos es verdaderamente la Madre llena de dolor, y puede apropiarse aquella palabra profética: Que' é repleta de amargura y embriagada de dolor (Lam 3,15).

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm

a

Soledad de María

La dulce Madre, pálida azucena,
que el dolor enrojece su blancura,
al dar al Hijo muerto sepultura,
no muere, por milagro, de la pena...

El rostro de Jesús, de besos llena
el rosal de su boca ardiente y pura,
mientras baña sus ojos la amargura,
teñida en sangre, de la triste escena...

Sellado ya el Sepulcro del Cordero,
el mar de llanto, que su pecho arrasa,
inunda de tristeza aquel sendero...;

Y en la terrible Soledad de casa
un fino dardo de quemante acero
su Corazón dulcísimo traspasa...

Jesús Galbis
Buenos Aires, febrero de 1949.

La Virgen y la serpiente al pie de la Cruz

Leyenda

Entre la frondosidad exhuberante de aquel paraíso terrenal, en el que Dios colocó a nuestros primeros padres, resaltaba el árbol de la ciencia del bien y del mal. Debiera ser, sin duda alguna, el árbol más atractivo y frondoso, y su fruto excedería en dulcedumbre y belleza al de todos los otros árboles;
por algo nuestra madre Eva sentía atracción hacia aquel árbol, y ante él quedaría extasiada contemplando su belleza. Vino la prueba de Dios, y sobre él caería el mandato, puesto que la privación de gustar aquel fruto supondría mayor sacrificio y mayor rendición a la voluntad del Creador, No iba Dios a probar su obediencia sobre el fruto mezquino de la endrina ni en las nueces drupáceas del espino, ora el fruto más sabroso y el árbol más espléndido del Paraíso.

Esto explica que nuestra madre Eva gozaría de reposar bajo su sombra y apetecería gustar con más ansia de aquel fruto; pero vino la prohibición, y ya empezaría entonces a notarse el cosquilleo que produce en la voluntad el ansia de apetecer lo prohibido, y andaría la madre Eva rondando frecuentemente por el ámbito de aquel árbol, sin prever el peligro de la caída; y es que todavía no se había escrito aquella sentencia del Eclesiástico (3-27): «El que ama el peligro perecerá en él»; y en él pereció la mujer porque el peligro estaba en el pie del árbol. Era la serpiente de la tentación.

Allí se encontraron la mujer y la serpiente; la mujer se dejó engañar, comió el fruto prohibido, lo hizo comer al hombre. La humanidad quedó envuelta en los estragos de la prevaricación. Al pie del árbol se engendró el pecado. Al pie de otro árbol, que creció tal vez en el mismo sitio, se habría de engendrar la gracia. Ese árbol era la Cruz, y al pie de la Cruz vuelve a encontrarse la mujer y la serpiente.

La mujer era María. Según una antigua leyenda. Noé, después del Diluvio, habiendo guardado hasta entonces los restos mortales de los progenitores de toda la humanidad, Adán y Eva, quiso depositarlos en un lugar conveniente y seguro para que cuando llegara el momento de descender al mundo la gracia de la redención, cayera preferentemente sobre aquellos restos mortales que, con su prevaricación, fueron la causa de nuestros males; y sintió como una inspiración que le atraía hacia el monte Gólgota, como lugar más oportuno, como si viera en espíritu que allí se levantaba otro árbol frondoso de gracia divina que esparcía sus resplandores sóbrela tierra.

Vino, pues; al monte Gólgota, y entre las hendiduras de sus rocas, abrió una cueva que transformó en sepulcro, colocando en ella los restos venerados de nuestros primeros padres. Ocultó luego su entrada con grandes losas y quedó luego tranquilo, dejando en reposo aquellos restos sagrados hasta la venida del Prometido Redentor, que haría resurgir aquellos huesos a la nueva vida de gracia. Esto dice la leyenda, pero que al adueñarse de nuevo la maldad sobre la tierra, la serpiente infernal, recordando su primer triunfo, vino a establecerse de nuevo sobre aquellos parajes y completó su gozo estableciendo en aquella cueva una madriguera de serpientes. En la época de Cristo, grandes serpientes y víboras eran el terror de aquellos lugares y nadie osaba exponerse a su furor en la oscuridad de la noche.

Llegó el momento trágico de la muerte de Cristo Redentor y sobre aquella fatídica cueva vino a levantarse la cruz salvadora de la redención del hombre. Parace ser, si aquello fuera cierto, que sobre las cenizas del hombre caído o de los rescoldos de la corrupción humana, surgía el hombre nuevo con la nueva generación de la gracia para dar a la humanidad nueva vida; como el Ave Fénix del amor divino, que de las cenizas de aquella obra malograda por el pecado, en que perdió el hombre toda su gracia y su esplendor, surgía el Ave Fénix del hombre nuevo con la vida de la gracia lograda por la redención en el árbol de la Cruz, obra que vemos gráficamente demostrada, levantándose la cruz de Cristo, teniendo a su pie la calavera de Adán.

Y cuentan los Santos Evangelios que en aquel momento sublimemente doloroso de la muerte del Redentor, un espantoso terremoto conmovió toda la tierra, y aquel monte del dolor, que sostuvo con espanto la cruz del suplicio, se conmovió de tal modo que sus peñas se rajaron descubriendo sus entrañas y dejando al descubierto sus senos y madrigueras, de donde salieron aullando y con lúgubres silbidos las fieras de sus abrigos. Así, rabiosas y bravas, con siniestra irritación, fueron arrojadas de su madriguera las serpientes, y víboras del sepulcro, causando espanto y temor a todo viviente, puesto que eran venenosas y terribles.

Sólo un ser humano fue osado para acercarse a la cruz desafiando el peligro. Fue María. Nos refieren unánimemente todos los Evangelios que Jesús, después de morir en la Cruz, fue sepultado en un sepulcro nuevo abierto en la peña y que este sepulcro pertenecía a José de Arimatea, hombre rico y discípulo de Cristo, y perteneciente al Sanedrín, aunque no había convenido con sus designios sobre la muerte de Jesús; éste fue a Pilatos y consiguió el cuerpo de Cristo para enterrarlo en su sepulcro; y nos dice San Juan que en el lugar donde había sido crucificado Jesús había un huerto; era precisamente el huerto de José de Arimatea, en el que también tenía edificada una casita, que daba precisamente al frente de la cruz.

Terminadas las ceremonias de la sepultura del divino Maestro, no quiso José de Arimatea que la Virgen se apartara de aquel lugar, quedando como para velar a su, divino Hijo, como era el deseo de la Virgen dolorosa, y le ofreció su casa del huerto, que la Virgen aceptó de buen grado. Se refugió en esa morada, quedando en su compañía, además de José, Marta y María Magdalena, San Juan y Pedro, que permaneció allí llorando amargamente sus negaciones, y algún otro de sus amigos. Poco después, entrada la noche, llegó José de Arimatea llevando envuelta en un finísimo lienzo la Corona de Espinas, y Juan era también portador de los Clavos que atravesaron los sagrados miembros del Cuerpo de Cristo. Fueron depositados en una mesa, y alumbrados por una explendente lámpara, y ante ellos la Virgen se postró en adoración, imitándola todos los presentes; más tarde se consiguió también la túnica inconsútil, que depositada en el mismo altar, fue objeto de la misma adoración.

Transcurrió así la triste noche y amaneció el sábado con su ambiente de tristeza y de dolor. Llegó, por fin, el término del Gran Sábado. Con sonido cada vez más destemplado sonaron las trompetas de aquel templo ya caduco, como si presintiera su ruina. Los bazares y tiendas de. la ciudad, abrieron sus puestas, y comenzó el vaivén de las gentes para hacer sus compras. Como todo buen israelita no era capaz de quebrantar la jornada sabática, que no permitía caminar en sábado más de un kilómetro, ninguno de aquellos amigos se atrevió a abandonar la compañía de la Madre; pero llegado ese momento, comprendiendo José que la Virgen deseaba quedar sola, dijo a las mujeres que salieran a la ciudad a comprar las aromas e ungüentos necesarios para embalsamar de nuevo el santo cuerpo del Maestro, y a Magdalena le encargó comprara los más preciosos aromas. A Juan le dice que se llevara a Pedro a su morada, y de la Madre él cuidaría de atenderla.

Después de esto cebó con buen aceite la lámpara de la estancia y dijo a la Madre: «Señora, la lámpara queda nutrida hasta el amanecer, yo quedaré recogido en la estancia del atrio. Nadie perturbará vuestro recogimiento», y besando reverentemente la mano de la Señora, se retiró.

La Madre Virgen, viendo cumplido su anhelo de darse toda ella a su dolor, anegada en un mar de lágrimas, se postro en oración ante aquellas sagradas reliquias. Oró largo rato, sumida en el trágico recuerdo de la pasión de su Hijo amado. Se levantaba de vez en cuando para contemplar aquella cruz santa que, erguida entre el cielo y la tierra, le recordaba los designios de Dios puestos en aquella cruz para salvar al. mundo, y brotaban de sus labios estas palabras: «Hágase tu voluntad.»

Su corazón se agitaba con su vehemente deseo de volver a besar la cruz, y abrazada a ella rendir a Dios toda su voluntad para dar su vida al fruto de la redención. Tomó por fin su manto y cubierta con él salió cautelosamente de la estancia. Cruzó el corto espacio que la separaba de la cruz y logró verse abrazada a ella. Besaba con amor ardiente el es pació donde había reposado su sagrado cuerpo, sostenidos los pies de su divino Hijo en aquellos duros clavos. Por largo espacio quedó allí pegada a la cruz como la estatua del dolor.

La luna, que ya respuesta de la conmoción espantosa del viernes, había colmado su plenitud, subía entonces esplendorosa entre el piélago de luces que irradiaban las estrellas, y en llegando a su cenit y mirar de nuevo a la cruz quedó sorprendida. ¿Qué era aquello que llenaba de nuevo a la Cruz antes ya desierta y solitaria? Cebó con presteza el seno de su lámpara grandiosa, agitó las pavesas de su pábilo y su luz brilló con más vigor; con la blanca sábana de su luz cernida envolvió la cruz y todos sus aledaños, y fijó su mirada en aquel grupo de dolor.

Era la Madre del Crucificado que, abrazada en el madero, derretía su alma pura, sin consuelo en su triste soledad. Sintió la luna anhelos de volverse a teñir en sangre, pero algo raro la hizo mantenerse en su esplendor. De pronto se oyó un siniestro estruendo en la cueva cercana al pie de la cruz. Una gran serpiente salió de la madriguera irguiendo su cabeza y haciendo sonar sus cascabeles, y furiosa se arrastraba hacia la Cruz con ansia de morder a la Señora.

La Virgen, al darse cuenta, se desprendió de la Cruz y, serenamente, la esperaba; miráronse con fijeza; la gracia y el pecado se volvía a encontrar al pie del árbol. La escena del Paraíso se reproduce, y recuerda la serpiente aquella sentencia del Creador, con 1a eterna amenaza de su lucha y enemistades con la mujer, y tembló ante el peligro de ver aplastada su cabeza. Pero se rehace, y con furor y rabia se inclina para herirla en el calcañar. María, sin temor ninguno, le espera, y al ser acometida en el calcañar levanta su pie y le aplasta la cabeza. Así se cumple la sentencia del Criador: «Pondré enemistades entre ti y la mujer; pero ella aplastará tu cabeza.» Vuelta María a la casa se sintió fatigada, y tranquilamente se durmió. La luz explendorosa de la Resurrección vino a despertarla.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Consultorio religioso

Deseo saber qué es, para qué se usa y qué significa el santo crisma.

En la liturgia católica, santo crisma es la composición o mezcla de aceite de olivo y bálsamo vegetal, que el Obispo bendice solemnemente el día de Jueves Santo.

Se usa en la administración de los Santos Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, en la consagración de
Obispos y ordenación de Sacerdotes y en otras ceremonias sagradas, tales como la consagración de iglesias, altares, cálices y campanas.

El aceite significa la fortaleza que la gracia divina comunica a los ungidos, y el bálsamo simboliza el aroma del buen ejemplo que esparce entre sus fieles la gracia de Cristo.

Fr. Agnello

Y resucitó al tercer día

¡Resucitó! ¡Es un grito de victoria!

Lo dijeron los ángeles en una hora solemne, después de tres días de la tragedia del Gólgota.

¡Resucitó!. Es un grito de pujanza.

Los enemigos de Jesús le creyeron vencido cuando le dieron afrentosa muerte; pero Jesús, con su poder, abandona el sepulcro, radiante de gloria, vencedor de la muerte.

¡Resucitó! ¡Es un grito de vida!

No busquéis al que vive entre los muertos, dijeron los ángeles a las piadosas mujeres, porque ya abandonó el lugar de los muertos.

¡Resucitó! ¡Es un grito aterrador!

Sí, aterrador para los soldados que al escucharlo caen desvanecidos de espanto.

¡Resucitó! ¡Es un grito regenerador!

Sobre el sepulcro, señal de muerte, epílogo de la derrota, florece una sociedad nueva, la Iglesia Católica, que bebe en ese sepulcro la savia de vida inmortal.

¡Resucitó!. Y ese grito de victoria, ese grito de pujanza, ese grito de vida, ese grito aterrador para los enemigos de Jesús, ese grito regenerador que dieron los ángeles después de la tragedia del Calvario, sigue aún hoy, después de diecinueve siglos y medio, alentando e infundiendo valor a los corazones cristianos. Puede la Iglesia ser perseguida, puede tener su calvario, puede llegar la hora del sepulcro, pero es cabalmente entonces cuando hemos de acercarnos a ese Calvario y a ese Sepulcro para verla surgir llena de vida y para oír el canto de los ángeles: Ha resucitado', para ver a sus enemigos vencidos; para ver sobre los escombros de destrucción que en torno suyo acumularon los impíos, reedificar las nuevas instituciones en que deben perpetuar su misión.

Resucitó

¡Resucitó!

Sellaron el sepulcro... y, desconfiados,
pues que le oyeron resucitaría
triunfante de la tumba al tercer día,
obtienen de Pilatos, que soldados

la peña sepulcral velen armados...
¡Y la guardia grosera sonreía!...
Mas, al, sentir que al mundo sacudía
terrífico temblor, y, horrorizados

al ver un ángel destapar la tumba,
que aparece vacía a sus miradas,
cobardes huyen... Y la voz retumba

del ángel por los montes y hondonadas:
«¡Resucitó!...»; y de imperios los vestidlos
gritan: ¡Resucitó!.., ¡Siglos tras siglos!...

Damasceno Espinosa, ofm.

San Vicente Ferrer

San Vicente Ferrer. José Mª Bayarri

Sant Vicent Ferrer

En Abril, Primavera;
en les hórtes i en l'anima.
En els hórts gemes s'óbrin
i als jardins hi ha florada...

Allavors que natura
en l'ambient i en nóstra ánima
les ventures ordena
i el doser hi prepara,

Sant Vicént, el Sant nostre,
—de Valencia— acompassa
sa arribada i, magnífic
entra en triomf en sa Patria.

I Valencia, joiosa,
ab sos gaudis i gracia,
reb al fill predilécte
i celebra sa parla.

Sant Vicént somriu pare
i ab la llengua vernácula
«Bóna gent —diu— seguiume;
al cél fem caminada.»

J. Mª Bayarri

Correspondencia misional

Hankow, 28 enero de 1949.
P. Joaquín Sanchis, ofm
Ministro Provincial.
Valencia.

Muy amado Padre: Consecutivamente, y a poca distancia entre sí, he recibido las suyas del 15 diciembre 1948, desde Onteniente, y 6 enero 1949, desde Valencia.

Me apresuro a contestar porque, humanamente pensando, nuestros días están contados. Los rojos se encuentran ya en Nankin y saben que su avance, donde quiera que vayan, será sin resistencias y como un paseo triunfal. Ambos combatientes están convencidos de que los gubernamentales no tienen fuerza, y por lo mismo toda la nación está a merced de las condiciones que impongan los rojos. Se trata de saber si los conquistadores seguirán el curso del río Azul desde Nankin abajo hasta Shanghai, o hacia arriba hasta nosotros en Hankow; pero de todos modos, nuestra suerte está ya decidida: dentro de poco seremos rojos. Ya se informarán de ello por la prensa que, ciertamente anunciará lo que hubiere. ¿Cuál será nuestra situación bajo el nuevo régimen?

Es prematuro aún predecirlo, pues las noticias hasta ahora recibidas de los lugares ocupados ya por los rojos no indican uniformidad en el trato con la Iglesia, pues en algunas partes, como en las provincias del N. E., recientemente conquistadas, se concede a los misioneros la libertad de acción de los buenos tiempos, mientras en otras del Norte, como en mi antigua del Shansi y Tai-yuan-fu, condenan al misionero a vivir en las catacumbas y se apoderan de las iglesias para convertir, las grandes, en salas de teatro, y las pequeñas, en establos para sus bestias. Tal vez dependa de las autoridades locales, y así todo dependerá de las que nos mandan para regirnos; pero de todos modos, no nos las prometemos muy felices, ya que tenemos a nuestro cargo la educación de la juventud, cosa que ellos juzgan de su absoluto monopolio.

Como sea quedamos todos muy tranquilos, como le decía en mi anterior, y nos hacemos la cuenta de que nuestros adversarios tendrán que entedérselas con la Providencia que vela por los suyos. Puesta nuestra confianza en Dios, seguimos adelante nuestro camino, pero necesitamos de muchas oraciones; ayúdennos con esa limosna.

Del P. Severino poco le puedo decir, porque apenas si tenemos comunicación con Tái-yuan-fu, que, a su vez, sitiada, no puede ponerse en relación con sus misioneros de fuera. Por Navidad mandé para él una carta mía a Tái-yuan-fu con el encargo de trasmitírsela si era posible. Me han contestado de allá, anunciándome que dicha carta la habían entregado a un mercader amigo y cristiano, quien con toda seguridad y cautela la haría llegar a manos del destinatario. Como noticias de él, por los días de Navidad, me comunicaban que continuaba en su sitio gozando de libertad para asistir a los cristianos de aquella comarca que aún podía comer bien, pero en el modo de vestir y en el trabajo debía conformarse con todos los demás labriegos. Si algún día recibiera yo contestación suya o noticias especiales a él referentes, no dejaré de comunicárselas a V. P.

Nada más por hoy. Saludos a todos y lo que quiera de su affmo.

Fr. Gonzalo Valls, ofm

a

A los hijos de Cocentaina

Lo Virgen del Milagro y Ntra Sra de Fátima

Honrada bajo mil títulos,
es una e Inmaculada
la Emperatriz de los Cielos,
la Madre de nuestras almas.

Vuestra Virgen del Milagro
no es otra que la de Fátima;
la que un día aquí lloró,
allí se vio acongojada.

Uno mismo es el motivo
de su tristeza y sus lágrimas,
y es la ingratitud del hombre,
que a Dios ofende y le ultraja.

Ella ve que sobre el mundo
la ira del Señor descarga
y que mayores aún son
sus terribles amenazas.

El dice que va a destruir
a las naciones ingratas,
que a las mismas del Diluvio
en maldad aún sobrepasan.

Como tierna y dulce Madre,
de aplacar al Señor trata,
y a este fin Ella nos pide
sacrificios y plegarias.

Los tres santos pastorcitos
bien supieron consolarla

con muy duras penitencias
y oraciones prolongadas.

Ofreciéronse cual víctimas
para salvar tantas almas,
que si no fuera por eso,
pronto al infierno bajaran.

Dadle el nombre que queráis;
mas de corazón amadla
y cumplid, con diligencia
lo que esa Madre os demanda.

Sus esperanzas ha puesto,
Según dice, en nuestra patria,
y el que Rusia se convierta
y haya paz, cosa es de España.

Si es cosa, pues, de nosotros,
lo es también de Cocentaina,
que tiene el mayor milagro
del poder y de la gracia.

Dad consuelo a vuestra Madre,
enjugadle así las lágrimas,
y una celestial sonrisa
lucirá al fin en su cara.

Y con sonrisa tan dulce
vendrá la paz suspirada,
que nos tiene prometida
nuestra Señora allá en Fátima.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm

Ovejuela de Dios

Fray León, franciscana
ovejuela de Dios,
de su vida hace un predio
como su corazón,
y este predio y sus frutos
los ofrece al Señor:
su heredad pace y pace
la ovejuela de Dios.

Por los bellos collados,
por los valles en flor,
por las verdes glorietas
de su azul corazón,
la heredad franciscana
con celajes de amor,
pace y pace sencilla
la ovejuela de Dios.

¡Oh, qué gozo en el predio
que le diera el Señor!
¡Oh, qué lindos los pastos
con arroyos y sol
qué sutil, sutilísimo,
con seráfica unción,
fray León, ama y pace...
ovejuela de Dios.

«Santo Alvernia del Monte»
—franciscana Sión—
es la parva porciúncula
que el señor deparó
para pastos celestes
de este azul corazón:
fray León tiene y mística
ovejuela de Dios!

J. Mª Bayarri
Sto. Espíritu, 24-1-49.

Bibliografía

Santo Espíritu del Monte. Historia del Real Monasterio
Por el P. Joaquín Sanchis, ofm, Ministro Provincial

Un nuevo libro del P. Sanchis es este recientemente salido de las prensas valencianas. Un nuevo regalo para los incontables amantes del admirable Monasterio, y para los selectos espíritus del mundo de la cultura patria.

Un nuevo libro, que entre el acervo cultural que forman los publicados por el P. Sanchis, aun incluyendo el importante dedicado a estudiar, a relacionar escuelas místicas... nos seduce particularmente, porque nos contamos entre aquellos incontables amantes de «Santo Espíritu».

El libro es un buen fragmento —fragmentos— de historia valenciana desde los años de la Baja Edad Media en que dan comienzo las aportaciones documentales.

En los 27 capítulos que integran la extensa monografía, los epígrafes ya son de sí incitantes a la lectura y sugerentes de seguras emociones. Desde la «Fundación» hasta el «Epílogo», buen acopio de datos y noticias de «primera mano» y sensato y científico historiador «degollando historias» como hacía y decía nuestro Padre Tosca, el primero de nuestros serios historiadores regnícolas modernos. Así, el P. Sanchis, en esta obra, necesaria, oportuna y deleitosa, pues que no podía exilar de su labor el sentido artístico de su autor, como afirma su ilustre prologuista el catedrático de la Universidad de Valencia, don Pablo Álvarez Rubiano, asignándole «primor y elegancia de su sobrio estilo» obra, en fin, «impregnada de poesía, religión y veracidad», como concluye el prestigioso catedrático. No se puede pedir más a un autor al objeto.

Ya la obra en sí lleva el «espaldarazo» del laurel «premio en los Juegos Florales de Valencia, 1948» tan merecidamente.

Muy bien editada en los talleres de «Semana Gráfica», ofrece una portada artística a dos tintas, obra de J. Mª Bayarri, y forma un volumen de 250 páginas, que se leen ávidamente.