Índice del número 248

Agosto de 1949. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

  1. Artísticas.
    La Asunción de la Santísima Virgen. Fr. Joaquín Sanchis, ofm
    A la Virgen de Agosto. Poema. J. Mª Bayarri
    Desde Alcoy. El cronista
    La Virgen en Fátima y Jesús en Heede.
    La familia verdaderamente cristiana. B. G. P.
    Correspondencia misional. Fr. Gonzalo Valls, ofm
    Prácticas económicas para aliviar los riesgos estivales. Fr. Eusebio Arbona, ofm
    Noticias.

Catolicismo integral

Si se analizaran a fondo las causas del malestar que sufre la humanidad en los aciagos tiempos que vivimos, encontraríamos indudablemente que la falta de integridad en el catolicismo de muchos es uno de los factores que determinan este desasosiego universal.

Integridad en el catolicismo. Es decir: Fe robusta, ilustrada, completa, informando la vida total de los católicos: su vida interior de filial y afectuosa relación con Dios y su vida exterior de cordiales y justas relaciones con sus semejantes. Una fe así de viva y recia y unas obras en todo consecuentes con esa fe es lo que la humanidad pide a gritos de todos los que vos llamamos católicos.

Nada de medias tintas ni mucho menos de tintas falsas en asunto de tantísima monta; porque practicar la religión de una forma tan acomodaticia que ella no quebrante nuestras ruines pasiones, ni corrija el desenfreno de nuestra avaricia, ni domine la insensatez de nuestro orgullo, será a lo sumo ostentar un catolicismo de fachada, todo lo aparatoso y deslumbrante que se quiera, pero triste y lamentablemente vacío de verdad y de vida evangélicas.

Hemos de obrar como católicos en nuestro hogar, en nuestras amistades y relaciones, en nuestros negocios, en nuestra política, en todas las actividades de nuestro ser. ¡Cuán otra cosa sería la humanidad si hubieran muchos católicos de este temple!

Aprestémonos nosotros a ser de estos, para que a la hora de rendir la cuenta suprema de nuestros actos, cuando ya no serán posibles las rectificaciones ni cabrá tampoco ninguna clase de simulación, fraude, ni soborno, acredite la hoja de nuestra vida su perfecta concordancia con el glorioso títulos de Hijos de Dios, recibido con el Bautismo en los mismos albores de nuestra existencia.

Nostalgias

Un momento volved, sólo un momento,
Oh infantiles risueñas ilusiones,
Vaporosas y célicas visiones
Que allá entre Sueños en mi infancia vi.
Bajad de! cielo adonde huyendo os fuisteis
Y desterrad mis penas un instante
Y sostened mi paso vacilante
Que ya las ansias de vivir perdí.

Oh, si, volved, encantos de inocencia.
Volved de nuevo a mi, como las aves
Con sus trinos canoros y suaves
La selva volverán a acariciar;
Volved, y, como en tiempos más felices,
En vuestros blandos senos delicados,
Dejadme con los ángeles alados
Mis dormidos ensueños recordar.

¡Ay! mi valle, las fuentes, la enramada...
Cuando en los brazos de mi tierna madre
Contemplaba el semblante de mi padre
Tranquilo y bondadoso sonreír...
0uando sin pena ni dolor ni duelo,
Recorría en las tardes de verano
El bosque, la arboleda, el huerto, el llano,
Bajo un cielo de plata y de zafir...

Cuando vagaba libre en la pradera
Aspirando las auras y el aroma
Con que entre flores y follaje asoma
Primavera su rostro virginal;
Cuando en las tardes, al morir el día.
Escuchaba los cantos amorosos
Del ave, del pastor, de los esposos,
Al divisar el encendido umbral.

¡Con qué gozo escuchaba embelesado,
Entre las ramas de la selva umbrosa,
Los gorjeos del ave querellosa
Y el murmurio del agua en su correr!
¡Ay! no pensaba que los tiernos goces
Que la primera edad de dicha irisan,
Como argentadas ondas se deslizan
Y huyen cantando para no volver.

Oh tardes apacibles de mi infancia,
Que, al morir a la tierra adormecida,
Alumbrabais la aurora de mi vida
Con vago moribundo resplandor,

¡Cuál grabásteis en mi alma soñadora
El dulcísimo aliento de tristeza
Con que enluta, al morir, naturaleza
La pradera, los montes y el alcor!...

¡Oh tierra de mi infancia! ¡Noble tierra!
¡Cómo se agolpan a la mente mía
Tus valles, tus montañas, tu alquería,
En errátil fantástica visión!
Y tú, lejano hogar, casita blanca,
Tibio nido de paz y de ventura,
Aunque lejos de ti, con gran ternura.
Allí late mi amante corazón...

Anublaba una lágrima mis ojos
Al entrever allá en el hondo valle,
Cabe la angosta y solitaria calle,
El derruido añoso torreón;
Y cómo revolaban a la altura,
Entre nubes de inciensos y de aromas,
Las bandadas de cándidas palomas,
Cual de inocente virgen la oración.

No sé por qué pensaba que mis dichas
Así huirían algún día al cielo,
Dejándome sin luz y sin consuelo
En este valle de miseria y mal,
Y que la riente senda de mi vida
Nublaría su luz y su ventura,
Como enluta sus galas la natura
Al extinguir la tarde su fanal...

¡Ay! todo es dulce al corazón del niño.
Todo contenta y ríe a su inocencia
Y todo el mundo en clara transparencia
Ante sus tiernos ojos ve brillar;
Pero, ¡ah...! la vida como el aura vuela,
Al que jugaba ayer, niño risueño,
Hoy le parece que fue todo un sueño
De amargo y doloroso despertar.

¡Adiós, por siempre adiós, dulces recuerdos!
Conozco ya para mi mal la senda
Que es necesario que el mortal emprenda
Para gozar de la perdida luz;
Conozco que es de abrojos el camino,
Y que el mortal en sus zarzales deja
Un suspiro, una lágrima, una queja,
Bajo el peso doliente de su Cruz.

Fr. Francisco A. Pávez, ofm


San Francisco Solano (1549-1949)

En el IV Centenario de su nacimiento

Con motivo de conmemorarse en este año de 1949 la fecha del IV Centenario del nacimiento de este esclarecido y Santo Varón San Francisco Solano, y proponiéndose la católica Ciudad de Montilla celebrarlo con el mayor esplendor y solemnidad como a su hijo predilecto, nosotros mientras tanto y para mejor información de nuestros lectores, suscribiremos las precedentes líneas relatando los principales hechos de su ejemplar vida y milagros y de su gran labor misional y evangelizadora Que ejerció este gran Santo Español, especialmente en las Indias Occidentales, con verdadero espíritu de apostolado, que cual otro Apóstol de las Indias, como San Francisco Javier, conquistaron almas para la fe de Cristo.

Nació este ciervo de Dios en Montilla. ciudad de Andalucía, del Marquesado de Priego y Obispado de Córdoba, a 10 de Marzo de 1549, diez y seis de Paulo III y treinta y tres del Imperio de Carlos V. Fueron sus padres Mateo Sánchez Solano y Ana Jiménez distinguidos en el país por su piedad. Destinado de Dios para ilustrar con el esplendor de sus virtudes y don la luz de la predicación evangélica una gran parte de la América Meridional, y para ser otro de los muchos héroes que ilustran la Sagrada Orden Franciscana, desde su más tierna edad fue tan modesto que su presencia bastaba para estorbar a los otros jóvenes cualquiera acción menos decente.

San Francisco Solano

Se esmeraron ciertamente sus padres en darle una educación cristiana; pero como se hallaba asistido con los más especiales auxilios de la divina gracia, que en él parecía obrar más que la naturaleza, le costó poco trabajo conseguir el fruto de sus deseos; su natural dulce, afable y benéfico, su corazón noble, dócil y generoso, la sublime idea que concibió de Dios, el sumo horror al pecado, su inclinación natural a la virtud, con un afecto muy particular al retiro, la distancia total de las diversiones propias de la niñez, el gusto y complacencia que manifestó desde luego a los ejercicios de piedad y, sobre todo, la cordial devoción que profesaba a la Sma. Virgen, con cuyo escudo, con la modestia, mortificación y fuga de las ocasiones, conservó siempre inviolable la pureza, hicieron Conocer a sus padres que en él disponía la Divina Providencia de uno de aquellos héroes con que en algunos siglos favorece el Señor a su Iglesia.

Instruido en los primeros rudimentos, la aplicación a los estudios en el Colegio de la Compañía de Jesús de su patria; y como se hallaba dotado de un vivo y perspicaz ingenio, acompañado de una madurez de juicio muy excesivo a sus años, en breve tiempo hizo admirables progresos en las Ciencias; y se concilio el amor de sus maestros con el de sus condiscípulos, mirando todos en él un modelo de todas las virtudes cristianas.

Aunque nuestro Santo tenía grandes talentos y nobles disposiciones para seguir la carrera de las Letras, con todo era mayor su inclinación al retiro; pues el deseo de atender únicamente, libre de los impedimentos del mundo, al importante negocio de su salvación eterna, tuvo para él más atractivo que todo.

Su vocación franciscana

Animado dé estos deseos, le inspiró Dios anhelase a la cumbre de la perfección en la soledad del claustro, y siguiendo vocación tan acertada, vistió el hábito de la Seráfica Orden Franciscana en e,l Convento de la Recolección de Montilla, su patria, en el año 1569, cuando contaba veinte de su edad. Posteriormente y al tiempo prefijado, hizo su solemne profesión con las supuestas preparaciones, y formando empeño en imitar la vida del Seráfico Patriarca, salió una copia viva en todo parecida al original.

Ya profeso, no dejó las virtudes que comenzó en el noviciado, antes bien las perfeccionó en- el discurso de su religiosa carrera, sin que jamás se disminuyese en él el fervor con que la emprendió. Se señalaba sobre los demás frailes en humildad, recogimiento, silencio, obediencia, y una general mortificación de sus afectos y sentidos. Crucificado estaba para el mundo y el mundo para él. Su penitencia era increíble, a raíz de la carne traía siempre un cilicio de cerdas, y sobre el hábito de jerga áspera que visten aquellos Religiosos. Dormía unas veces en una corcha y un tronco por cabecera, ayunaba con gran rigor, no comía carne ni pescado ni huevos, si no era algún día de Pascua o fiesta, y esto por obediencia de su Prelado.

Le envió la obediencia a estudiar Filosofía al Convento de la Recolección de Santa María de Loreto, distante de Sevilla tres leguas, donde allí recibió el Orden Sacerdotal a virtud de un precepto expreso de su Superior, bajo el supuesto de su resistencia humilde a tan alta dignidad, confesándose indigno para ella. Celebró el primer Sacrificio de la Misa en el día del Seráfico Patriarca San Francisco de Asís, con tanta ternura, con tanta devoción y con tantas lágrimas, que dio a conocer a los asistentes, el respeto y amor en que se hallaba abrasado su corazón para con aquel Señor que ofrecía al Eterno Padre.

Posteriormente fue destinado por la obediencia como maestro de novicios al Convento de la «Arrizafa», de Córdoba, donde renovó con nuevo aliento los santos ejercicios de oración y mortificaciones, en. términos que a la vista de tan expresivo espejo, los novicios trabajaban sin pereza en adquirir la perfección a que eran llamados.

Con el mismo cargo de maestro de novicios pasó después al Convento de San Francisco del Monte, Santuario situado a más de cinco leguas de Córdoba, entre unos montes muy espesos de la Sierra Morena, sitio muy apropiado para retiro del Siglo, para la quietud que el Santo apetecía; y se entregó de tal modo a la contemplación de los verdades eternas, que llegó al alto grado de la más íntima unión con Dios. Con no menos fervor redobló sus penitencias, haciéndole el deseo de imitar a su Seráfico Patriarca el que se arrojase en una ocasión desnudo a un montón de espinas, revolcándose en ellas hasta herir enteramente su cuerpo. Le hicieron guardián del mismo Convento a pesar de su humilde resistencia, y viéndose en el empleo de Superior, aplicó todo su esfuerzo en conservar en su rigor primitivo la Regla de San Francisco; siendo el primero que salía con la alforja a pedir de puerta en puerta como verdadero mendicante.

El vasto y apostólico celo de Francisco no podía estrecharse dentro de los muros del Monasterio, y habiéndole dotado el Cielo de un talento extraordinario y singular elocuencia, salía a predicar la palabra de Dios, haciendo oportunas conversiones en Villafranca, en Montoro, en El Carpió y otros pueblos vecinos, en los cuales era oído como un Apóstol en quien no predicaba menos la vida que la doctrina, volviendo de no pocas de ellas, concluida la misión, en ayunas al Convento, en observancia de la ley de abstinencia que se impuso cuando novicio.

Al cabo de poco tiempo fue al Convento de la Recolección de San Luis el Real, en la Zubia de Granada, una legua de la ciudad. Le recibieron allí como un ángel del Cielo por las nuevas que tenían de su gran virtud, de la cual fue dando muy esclarecidos ejemplos; especialmente en los Hospitales y en las Cárceles de Granada, hizo tales obras de misericordia con los presos y enfermos, que muy en breve se granjeó la veneración pública. Pero ofendía tanto a la profunda humildad de Francisco la/ estimación que hacían todos de su persona, a pesar de las industrias de que se valía para disminuir este general Concepto, que agregados a este sentimiento los vivos deseos de padecer martirio, pidió repetidas veces licencia a sus Superiores para pasar al África a anunciar a los infieles la fe de Cristo; pues aunque se la negaron siempre, no desistió de su propósito.

Su misión de apostolado en el Perú

Mandó el Rey Felipe II a los Prelados de la Religión de San Francisco, que enviasen Operarios a las Indias, a fin de ilustrarla con la luz del Evangelio, y conociendo nuestro Santo ser esta la ocasión favorable para cumplir sus deseos, partió con los Misioneros Apostólicos a las regiones de América, habiéndose despedido antes de su buena madre y de sus hermanos y deudos, y de todos los lugares donde había predicado, exhortándolos de nuevo al temor de Dios con ardiente espíritu.

Se embarcó el año 1589 en la Armada que iba por Virrey del Perú el Marqués cíe Cañete D. García Hurtado de Mendoza. En el viaje ni la diversidad ni los ejercicios varios de los navegantes entibiaron la Constancia y fervor de su vida; era su oración profunda, el ejemplo de mucha edificación; a unos confesaba, a otros exhortaba a que por ningún caso se propasasen a decir ni hacer cosa con que fuese Dios ofendido.

Llegó a Cartagena y Panamá, tomó por ejercicio, después de las obligaciones de-la Comunidad, ir a los Hospitales a visitar a los enfermos, a los cuales con muy amorosas palabras consolaba y con todo esmero servía. En una tormenta que tuvo desde Panamá para coger la costa del Perú, encalló la Nave entre unos bajíos, y con ser gravísimo el riesgo de perecer en que todos estaban, considerando el Santo Varón que en ella quedaban más de ochenta negros bozales de Guinea, muchos de ellos sin ser bautizados, y otra mucha gente puesta en angustias, no quiso, como otros, saltar en el esquife por salvar la vida; mas menospreciándola por el bien de sus prójimos, contestó al capitán de la Nave que no quería desampararlos en tan manifiesto peligro.

Levantó una Cruz en las manos, y juntando los negros y gentiles, en aquel poco tiempo los catequizó en los misterios de nuestra Santa Fe, y asegurando que deseaban recibir el Bautismo, los bautizó; y luego, abriéndose la Nave, se ahogaron muchos de ellos, quedando el siervo de Dios sobre un pedazo del barco por espacio de tres días confesando y consolando a la gente que en él quedaba; al cabo de los cuales, como por milagro, los pudieron sacar de allí sin daño ninguno. Después de varios trabajos que pasaron en un despoblado a donde fueron a parar, siguieron su viaje hasta desembarcar en Payta, de donde pasó nuestro Santo a Lima (Perú).

De Lima dirigió su rumbo a las vastas provincias de Tucumán. a satisfacer su celo apostólico que ardía en su corazón por la salvación de las almas.

Comenzó su misión, y para hacer que el Cielo derramase sus bendiciones sobre tan difícil empresa, pasaba en oración la mayor parte de la noche, dejándose ver no pocas veces postrado con la boca en tierra, en forma de Cruz, pidiendo al Señor auxilio para hacer guerra a los vicios radicados entre los bárbaros. Consideró preciso instruirse en los difíciles idiomas de aquellas gentes, y lo consiguió perfectamente por medios más divinos que humanos; a la verdad que fue cosa digna de admiración, el que en el corto tiempo de quince días supiese aquellas confusas y varias lenguas, lo que los bárbaros antes de conocer la eficacia de la divina gracia atribuyeron a arte magia.

Además, daba a su misión la mayor eficacia el ejemplo de su vida admirable, el desinterés apostólico, la vileza de su hábito, la parsimonia de su comida, el rigor de sus ayunos, la austeridad de sus penitencias y la liberalidad con que invertía en socorro de los pobres cuanto adquiría en el ministerio. Es cierto que para dar más Crédito de la santidad de Francisco, recomendó Dios con muchos milagros en
favor de aquellos naturales la verdad de la Doctrina que predicaba.

En cierta ocasión, estando celebrando los Oficios Divinos en el Jueves Santo, acometió a los fieles una numerosa tropa dé bárbaros, amenazándoles con la muerte. Atemorizó el inopinado suceso a los católicos, y saliendo Francisco de la Iglesia, sin otras armas que la de su divina palabra, les habló con tal valor y con tal fuerza que aterrados al oír su voz los enemigos, habiendo oído su predicación, se convirtieron a la fe más de nueve mil de ellos; pero con tan repentina mutación, que muchos de los mismos asistieron a los Oficios Divinos en la misma noche.

Creció desde entonces la fama del siervo de Dios entre aquellas gentes que concurrieron innumerables a oír sus sermones, entendiéndolo todos en su propio idioma, hablando Francisco en su lengua; y convencidos de sus discursos, depuesta la ferocidad, se sometieron gustosos a la ley del Evangelio. En fin, creció tanto la estimación del Santo Apóstol entre aquellos bárbaros, que lo que no pudo conseguir el rigor de la justicia, ni el terror de las penas, lograba Solano sólo con el imperio de su voz, a a que obedecían ciegamente.

En los últimos nueve años que vivió en Lima (Perú), se dedicó con nuevo espíritu a la predicación de la palabra de Dios; en esto empleaba sus estudios, sus fuerzas y salud, ya muy débil; se vía que aquello más era gracia y don de Dios que saber ni trabajo humano. Con gran fervor reprendía los vicios y loaba la virtud, de sus auditorios salían todos llorando y arrepentidos, unos del mal que hacían, otros del bien que omitían; los malos se enmendaban, los buenos se mejoraban. Hablaba palabras suaves, de gran regalo y amor para los fieles, y juntamente de estímulo para que pusieran su amor en aquel para quien fue hecho todo amor.

Muchas veces se paraba a medio sermón, absorto, y sin poder pasar adelante, y con este silencio suyo quedaba movido todo el auditorio y llorando. Se preparaba para predicar con oración y contemplación, y también con la lectura de los Libros Santos en que fue muy versado. Nunca deseó ser privilegiado entre sus hermanos en recompensa de sus continuas tareas. Nunca estaba satisfecho su infatigable espíritu. Predicaba en una calle y luego iba como una saeta a otra calle donde volvía a predicar con nuevo fervor y lágrimas.

Iba los días de fiesta a los corrales de las comedias, y entraba después que se habían comenzado, y repentinamente saltando en un bando o en el mismo teatro, lleno de ojeriza, contra los vicios, sacaba un Crucifijo, y puesto en Cruz, gritando y llorando, convidaba a los espectadores a la dolorosa tragedia del Calvario.

(Continuará)

Mariano Fernández Yébenes
(Jefe de Prisiones)

San Luis Obispo

Semblanza de San Luis Obispo

«Más aprovechan a los amigos de Dios las adversidades que las prosperidades», pensaba para sí y repetía a sus compañeros de cautiverio el joven Luis de Anjou, hijo de Carlos II de. Nápoles y resobrino de S. Luis rey de Francia, en cuyo honor le pusieron su nombre.

En reñida batalla naval, en que se disputaban la posesión del reino de Sicilia, fue vencido Carlos por los aragoneses; y, capturado como prisionero de: guerra, quedó en poder del rey vencedor, Pedro III de Aragón. Cuatro años llevaba en prisiones cuando, a instancias del Papa y del rey de Francia, se concertó la libertad de Carlos a cambio de que éste entregara en rehenes a tres de sus hijos y cincuenta jóvenes de su nobleza. De los tres príncipes, hijos de Carlos, que quedaron detenidos en virtud de este tratado, el mayor era Luis, que tenía 14 años cuando fue conducido en rehenes a Barcelona, según dispuso el rey de Aragón que lo era entonces Alfonso III.

Ser desterrado de su patria; dejar su familia y su palacio; quedar prisionero y vivir en esta triste situación sin gozar de libertad y sufriendo duro trato años y años continuados, que no bajaron de siete, son motivos más que suficientes para amargar el corazón de un joven y hacerle perder la jovialidad y el buen humor; mas no los perdió el jovencito Luis.

Sus compañeros de infortunio trataban de olvidar sus penas y de aliviar su morriña entregándose a placeres y diversiones, en las que hubieran querido poder contar con la aquiescencia y la compañía de Luis que pocas veces condescendía con los gustos de ellos, muy diferentes de los suyos.

Luis se mostraba más ecuánime que ellos; más sereno; más dueño de sí. Se buscó libros y maestros y se dedicó con afán al estudio durante sus tiempos libres. Llegó a conocer profundamente cuanto en su tiempo se estudiaba de Filosofía. de Teología y de Derecho canónico. Afable con sus hermanos y con su comitiva de gente noble, llevaba una vida metódica y ordenada, una vida profundamente cristiana. Aceptaba animoso las penalidades de la prisión por Jesús, que por nosotros quiso ser preso, maltratado y abofeteado; y aún añadía penalidades voluntarias privándose de diversiones, mermando la comida que le servían, afligiendo algunos días su carne con cilicios y disciplinas, privándose del sueño y del descanso por darse a la oración y al estudio.

Y con esta vida de trabajo y de abnegación propia, aparecía de ordinario más jovial y alegre que sus hermanos y sus compañeros. ¿A qué era debido esto? Ellos lo ignoraban; pero él bien lo sabía. El sabía y sentía que estar en gracia de Dios vale más que los tesoros del mundo; sabia que mientras estamos en gracia mora Jesús en nuestra alma y que la compañía de Jesús es más estimable que la de los amigos en plan de diversiones y de juerga. Lo sabia y lo vivía: mantenía trato diario con Jesús en la misa y en la comunión, y prolongaba durante el día este íntimo y cordial trato perseverando en la oración en medio de sus ocupaciones.

En Jesús hallaba el consuelo y la paz interior que ningún amigo pudiera darle, y se sentía con esto hondamente satisfecho y contento. Ya nada le importaba el cautiverio y sus penalidades. Las miraba como expresión de la voluntad de Dios respecto a él y las aceptaba de buen grado sobrellevándolas con cristiana resignación. con admirable paciencia y hasta con rebosante alegría. Por esto no apetecía las diversiones de sus camaradas, que no siempre eran de buen gusto ni de buena ley. Las conversaciones de ellos y sus entretenimientos dejaban en ocasiones mucho que desear.

Hubo algún atrevido que tuvo la audacia de incitar a Luis a lo que nunca debe hacer un buen cristiano ni tampoco un hombre honrado. No sólo no consintió Luis en lo que le proponía el seductor, sino que le increpó duramente con cristiana y noble libertad: «¿No es bastante estar prisioneros en el cuerpo, que aún quieres que hagamos nuestras almas cautivas y esclavas del demonio?». Este apóstrofe mantuvo a raya al atrevido, y ni él ni otro alguno osó en adelante tentar a Luis, ni proferir ante él palabras menos honestas. Si en su ausencia se permitían algo indecoroso, en viéndole llegar se daban la señal de alerta como años adelante los amigos de San Bernardino: «Callad, que viene Luis».

Aquellos nobles no ignoraban los principios cristianos. Conocían las verdades de la fe y hubieran podido aplicarlas a la vida, cristianizándola y suavizándola como lo hacía Luis; pero esto requiere fuerza de voluntad; exige frecuentes sacrificios y renuncia de los gustos sensuales; y esto, que es un a valentía moral de alto temple, no suelen tenerlo los jóvenes mundanos. No se cultiva ni mantiene el valor moral con placeres y diversiones, sino con oración y con vida interior.

En ella se aprende, practicándolo, lo que decía Luis a sus compañeros abatidos por el infortunio: «Más aprovechan al cristiano las adversidades Que las prosperidades; porque éstas nos ensoberbecen y nos desvían de Dios, mientras aquéllas nos hacen pensar en la otra vida, nos incitan a orar, nos retraen del pecado y nos impelen a mejorar de conducta. Por esto es necesario que el hombre sea probado con la adversidad; y da evidente señal de alma grande el que permanece sereno y tranquilo en medio de ella».

Pura esencia cristiana rezuman estas palabras, inspiradas en lo que Jesucristo nos enseñó en el sermón del monte acerca de las bienaventuranzas. En labios de San Luis cobran especial valor si tenemos en cuenta que las repetía e inculcaba cuando aún no tenia 20 años de edad; cuando de las gradas del trono acababa de descender a las estrecheces de la prisión; cuando a les esmerados cuidados de príncipe, que recibía de sus padres y lacayos, había sucedido el desdeñoso y duro trato de los prisioneros.

Siete años estuvo en Barcelona en poder del rey de Aragón. Allí frecuentó el trato y la amistad de los religiosos franciscanos bajo cuya dirección se puso para que le formasen en la piedad y en las letras. Los padres Poncio Carbonell, Ricardo de Mediavilla, Guillermo de Falgario Francisco Brun de Apty y Francisco Scarreto, fueron, entre otros, sus maestros de Humanidades, de Filosofía, de Teología, de Sagrada Escritura y Derecho canónico. Allí hizo voto de renunciar al mundo y hacerse religioso franciscano.

Allí, acercándose ya el fin de su cautiverio, recibió la tonsura y órdenes menores de manos del P. Francisco Brun de Apty autorizado para ello por el Papa San Celestino. Allí intentó cumplir su voto de vestir el hábito franciscano que hubo de diferir por la oposición del rey su padre. Con miras a vestirlo algún día, renovó públicamente en Roma la renuncia de sus derechos a las coronas de Nápoles, Sicilia y Hungría, hecha ya antes en favor de su hermano Roberto, y recibió el subdiaconado. En Nápoles, donde se reunió con sus padres, fue ordenado de diácono y de presbítero, y pasó cosa de un año consagrado al ministerio sacerdotal, haciendo, en cuanto le era permitido, vida de religioso en el convento de franciscanos.

Veintidós años tenía cuando el Papa Bonifacio VIII, dispensando la edad, le preconizó obispo de Tolosa. No quiso admitir el obispado sin cumplir antes su voto de ser religioso franciscano. Accedió el Papa, y, en el convento de Araceli, víspera de Navidad de 1295, renunció por tercera vez, pública y solemnemente, todos sus derechos a los reinos de sus padres, y trocó la sotana clerical por el hábito franciscano, que recibió de manos del general de la Orden, Fr. Juan de Muro, quien le admitió acto continuo a la profesión religiosa por dispensa pontificia.

Se quedó Fr. Luis en el convento y asistió a los actos de comunidad hasta que, consagrado Obispo en 30 de diciembre por manos del Papa, hubo de salir de Roma para tomar posesión de su diócesis.

Era un obispo de 22 años, juventud compensada por «su ciencia eminente, gravedad de costumbres, pureza de vida y madurez de juicio», según consta en la bula de promoción. Año y medio rigió su diócesis embalsamándola con el aroma de sus virtudes; y, a los 23 años y medio, murió en olor de santidad, confirmada con numerosos milagros que comenzó a realizar antes de ser sepultado.

San Luis Obispo

Pocos años después era canonizado, viviendo todavía su madre, quien pudo no sólo encomendarse en los méritos de su santo hijo, sino hacer solemnes fiestas en su honor.

Es SAN LUIS OBISPO protector de la angelical virtud de la pureza, y fue propuesto para Patrón Celestial de la juventud.

Su horror al pecado de impureza, y aquella su actitud profundamente cristiana de conformidad con la voluntad de Dios en medio de los infortunios, cifrada en las palabras con que levantaba el abatido ánimo de sus Compañeros de destierro, son auténticos rasgos de santidad que los jóvenes y los entrados en años deberíamos imitar.

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Consolaciones y presagios de una ordenación

Vivíamos en paz y tranquilidad sin que ninguno de nosotros se preocupase lo más mínimo del peligro que con el avance de los rojos sobre Hamkew, se cernía sobre nosotros y nuestros jóvenes. ¿No nos habían dado los Superiores la orden de permanecer ea nuestros puestos? ¿No habíamos consagrado nuestro Seminario a la Virgen Inmaculada y nos habíamos abandonado a los cuidados y protección de su Corazón Maternal? Entonces... ¿por qué temer?

Pero un día inesperadamente nos llega una carta de los Superiores disponiendo que ordenemos cuanto antes de Presbíteros a los Teólogos de cuarto año. Nos aprestamos a cumplir la orden recibida, pero de manera que los candidatos puedan prepararse seriamente, cual conviene al grande acto que están para realizar. Serán Ordenes aceleradas si se quiere, pero no con precipitación y sin madura preparación.

El hombre propone...

Exámenes, Ejercicios espirituales, Retiros especiales antes de cada Ordenación desde la Tonsura hasta el Sacerdocio, para el cual se había fijado la Dominica «in albis», [domingo después de Pascua] 24 Abril, todo se había dispuesto y previsto oportunamente.

Ya pregustábamos ilusionados la satisfacción que en todos causaría el espectáculo de aquel día en la catedral, "presentar al altar 23 nuevos Sacerdotes". Jamás se habría visto en China un acto semejante. Era necesario solemnizarlo y revestirlo del mayor esplendor posible.

Para ello escribimos al P. General pidiendo la Seráfica Bendición para aquellos hijos que le pertenecían por ser Terciarios Franciscanos, y rogándole solicitara del Santo Padre la Bendición Apostólica para los ordenandos y la facultad de dar la Bendición Papal en las primicias de su Sacerdocio y de su Apostolado. Se determinó erigir en los claustros del Seminario un Altar central y otros once laterales, para que todos los nuevos presbíteros pudiesen contemporáneamente celebrar su Primera Misa, y mientras uno de ellos la cantaba, los demás, en dos turnos, rezaran las suyas. Un predicador de campanillas cantaría las glorias del Sacerdocio misionero y al final solemne Te Deum con besamanos general.

A medio día comida de honor para los Neosacerdotes e invitados, entre los cuales se esperaban al menos cuatro obispos. Por la tarde, Acto académico para honrar a los ordenandos y para conmemorar el Jubileo Sacerdotal del Papa. Al efecto, un profesor había preparado un melodrama histórico en 5 actos, titulado «Defensor Urbis», rememorando la liberación de Roma por S. León el Grande con manifiesta alusión a la reciente repetición del hecho por la acción diplomática del Papa Pío XII y poniendo ante los ojos de los nuevos Ministros de Dios el ideal de lo que ellos deben ser para las cristiandades a ellos confiadas, máxime en las luctuosas circunstancias en que van a comenzar su apostolado.

Tales eran nuestros propósitos y músicos, actores, carpinteros y decoradores todos preparaban con celosa actividad sus respectivas partes.

Pero Dios dispone

y esta vez se servía de los comunistas para realizar sus planes.

Antes de comenzar la serie de las Ordenaciones, un Obispo de Hupo y otro de Honan reclamaron sus candidatos para ordenarlos por su cuenta. Otro tanto hizo Msr. Herrero, agustino español, con los suyos. En ello se reducía a 18 el número de los Ordenandos, grupo aún considerable.

El mismo día del Diaconado, a última hora, llegan noticias alarmantes. Los rojos se encuentran a 30 kilómetros de Hankow. La Ciudad que hasta entonces se preparaba a la defensa construyendo fortificaciones y abriendo trincheras aún dentro de la población, de momento suspende sus trabajos, signo evidente de que no piensa resistir. Al anochecer se reciben dos telegramas urgiendo la inmediata Ordenación de los Diáconos y mandando que nuestros 50 filósofos emigren en dos grupos a Hong-Kong y Macas, respectivamente. Se teme seriamente que dentro de 3 ó 4 días Hankow sea ya roja, y así hay que poner a salvo todos los que deben partir... ¿Qué hacer?... Pasarlos a la otra orilla del Río Azul, como más segura y realizar en la Catedral de Wuchang la proyectada Ordenación Sacerdotal...

Dos de nuestros religiosos marchan en bicicleta a la ciudad a consultar con el Obispo lo que conviene hacer. Vuelven ya bien entrada la noche y aún algo azorados por haber encontrado a los soldados que les apuntaron los fusiles creyéndolos comunistas. Traen noticias más tranquilizadoras: el peligro no es tan inminente como se creía. De todos modos, según el parecer de todos, no hay tiempo que perder, pues de un momento a otro puede cerrarse la comunicación fluvial con la otra orilla, siendo entonces imposible ponerlos al seguro. En vista de ello se ha determinado que las Ordenes se hagan en la Catedral de Hankow a los dos días, el Lunes Santo, 11 Abril, y que el mismo día, después de la comida en común, salgan todos los emigrantes a Wuchang para luego continuar por tren a sus respectivos destinos. Y así se hizo.

Después de otros dos días de Retiro, el Lunes Santo, a las 8 de la mañana, en la Catedral de Hankow, llena de gente, 18 levitas recibían la Ordenación Sacerdotal, y por la tarde todos ellos partían para su campo de apostolado. Nada de pompa, ni Misa colectiva, sin Bendiciones Papales o Seráficas, sin drama ni Acto académico, como habíamos ideado, sino en silencio, con grande humildad y como a hurtadillas según había Dios dispuesto y como conviene a la vida de Catacumbas que ahora debe llevar la Iglesia en China, se hizo todo.

La fecha y el acto ha dejado sin embargo profundas impresiones en nuestro ánimo. La consolación de llevar al Altar 18 Sacerdotes indígenas; la majestad de la ceremonia; 18 Ordenandos haciendo magnífica corona al Obispo ordenante; 80 Sacerdotes que con el Obispo les imponen las manos para transmitirlos con la potestad sacerdotal el celo y espíritu de sacrificio que las circunstancias reclaman en el misionero de hoy, la voz del Obispo celebrante coronada por las emocionadas voces de los 18 ya noveles Sacerdotes como celebrantes que con él celebraban su primera Misa, todo imprimía profunda huella en nuestro corazón.

Además, una serie de circunstancias presagiaban el porvenir de los nuevos ministros del Evangelio. Recibían el Subdiaconado el 2 de Abril, Jubileo Sacerdotal del Papa Pío XII: magnífico ejemplar de actividad apostólica. Se ordenaban de Diáconos y por lo mismo de Evangelistas el 8 del mismo Abril fiesta de la Virgen de los Dolores: la adopción de Juan al pie de la Cruz les aseguraba la protección materna de la Reina de los Apóstoles. Su primera Misa la celebraban ya fugitivos el Martes Santo, sin Gloria y con la Pasión de San Marcos. ¿No era ello un anuncio de que Jesús quiere asociárselos no solo como Sacerdotes sino aún con el honor de con-víctimas?...

Fr. Gonzalo Valls, ofm
Hankow 18 Abril 1949.

La eutanasia

Hace pocos años un eminente cirujano inglés, cuyo nombre no recordamos, fundó una Asociación para difundir en su patria la práctica de la eutanasia.

Con este nombre de origen griego, que etimológicamente significa muerte buena y tranquila, se designa la muerte voluntaria, provocada sin dolor. Y el propósito de esa sociedad, es extender entre los enfermos incurables la idea de solicitar de los médicos que les asistan, el que les proporcionen una muerte sin dolor; y entre los últimos el que no se opongan a dicha monstruosa petición.

Los adheridos a aquélla emprendieron en seguida una activa propaganda por toda Inglaterra y pretendieron que se legalizara su pretensión, Contra todo lo cual protestó inmediatamente la jerarquía de la Iglesia católica.

La idea del suicidio como medio de eludir el dolor ya la conoció el paganismo y no es extraño que haya renacido en pais protestante, en que la Moral como la Religión dependen del criterio individual. Esto origina el endiosamiento del hombre. Y si éste es como el centro del Universo y el árbitro de su destino, es natural que en su vida procure disfrutar del placer y suprimir el dolor, llegando hasta el suicidio; pero si la Moral está subordinada a Dios, Autor y Ordenador de todo cuanto existe, habrá de cumplir las leyes que rigen aquélla, so pena de sufrir las sanciones correspondientes.

Y el dolor parece ser una ley de la Naturaleza, pues se le encuentra por doquier. Es algo universal, ya que como afirma Nietzsche «hace cantar a las gallinas y a los poetas». Y todo lo grande se hace por medio del sufrimiento. Los descubrimientos geográficos, las conquistas de la Ciencia a costa de cuántos sinsabores, dolores y fatigas no se han conseguido!

Y no solamente en lo que requiere penosos esfuerzos se halla el dolor, sino hasta en lo que sirve para embellecer la vida, como ocurre con el arte, topamos con él. «El arte es hijo legítimo del dolor» y «un arte que no tuviera como asunto el dolor... no sería humano» ha escrito Goicoechea, ya que a la contemplación serena o al recuerdo de grandes miserias y desdichas, debe sus modelos más perfectos (la Ilíada, la Divina Comedia, el Paraíso perdido, el Quijote, la Celestina, Hamlet, Fausto, Mireya, etc.).

«Como traducción auténtica del vivir humano —dice el mismo autor— no es, por regla general, paisaje apacible con luces mortecinas, aguas cristalinas, verdes praderas y serena quietud, sino combate agitado y turbulento, por el que se Conquistan con décadas de sufrimientos y privaciones dichas fugaces de un día, de una hora, acaso de un minuto...». Y Balmes, con su penetración habitual, hace notar que a nuestra alma sólo la afectan vivamente objetos tristes, y hasta los que andan acompañados de la alegría, precisan de hábiles contrastes que les comuniquen un baño de tristeza, pues el hombre como viajero lejos de su patria, camina por un valle de lágrimas; pero esa tristeza, si es cristiana —decimos nosotros— es consoladora y está hermosamente coloreada por rayos de esperanza en un mundo mejor, esperanza que es bastante para disipar las negruras de un alma, por muy obscurecida que se encuentre por el dolor.

El problema del dolor que han pretendido resolver grandes pensadores sin conseguirlo, sólo encuentra solución en el dogma del pecado original. Según él, después de la caída de nuestros primeros padres, el dolor entró en el mundo como castigo impuesto por Dios, por lo que en vano el hombre le intentará suprimir. Además es la salvaguardia del orden universal, puesto que la armonía del Universo está defendida por él, ya que el abuso del placer produce el dolor. Y aún el que nos parezca inútil tiene un sentido purificador y es ocasión de sublimes sentimientos de elevación hacia Dios, a quien se puede ofrecer en reparación de pecados propios y ajenos. El dolor ha conducido hacia El a muchos afligidos, como Coppée, el eximio literato francés, que ha dicho que «sufrir con resignación, morir con esperanza, eh ahí la ciencia suprema». Y ha producido una floración de espléndidas virtudes, en los que lo sufren y en los que a su alivio se dedican, por caridad cristiana en hospitales, asilos, leproserías, etc.

Por otra parte, la Medicina no puede asegurar con certeza absoluta que un enfermo es incurable, puesto que el progreso que la alcanza como a todo lo humano, puede hacer que se cure una dolencia al aparecer en el campo de la Terapéutica un remedio nuevo. Sabido es el caso del alsaciano Meister, que horriblemente mordido por un perro rabioso y condenado a morir por tanto, pidió socorro a Pasteur, que con éxito acababa de emplear su vacuna, con los perros. Pasteur se resistía a aplicársela, pues no era médico; pero a indicación de médicos competentes se la aplicó. Y Meister se salvó. Y casos semejantes se dan en otras enfermedades.

No es, pues, defendible la eutanasia en nombre de la Ciencia, ni mucho menos de la Moral cristiana, que prohíbe en todo caso el suicidio y el asesinato; debida la última al mismo Dios, tienen sus preceptos un carácter de verdad absoluta que no tendrá nunca la Ciencia humana voluble y tornadiza. Por lo que aún en caso de Colisión entre ambas, la Moral debe ser siempre vencedora. Y el dolor soportarse con resignación cristiana si no se puede evitar.

Arturo Fosar Bayarri

A Santa Micaela del Santísimo Sacramento

Del augusto Misterio enamorada,
desprecias el blasón de tu nobleza,
para servir a la divina alteza,
por el amor vencida y abrasada...

Y brillas con destellos de alborada
en tu vida, el candor de la pureza,
tu confianza en Dios, tu fortaleza,
tu caridad valiente y abnegada...

Tu corazón de fuego, es una rosa,
que al pié del Tabernáculo se enciende
y esparce sus seráficos ardores,

como imán, que su fuerza misteriosa
en busca de almas por el mundo extiende,
para atraer al Dios de tus amores...

Jesús Galbis

El beso de la cruz

El beso a la Cruz

Esta tarde la Cruz, con fe he besado
cuando a sus brazos con dolor llegué;
en ella mi cabeza he reclinado...
y sangrando la mía me encontré.

Asido fuertemente a su peana
he llorado mi amarga soledad
y llanto y sangre por mi vida vana...
—azahar y amapola era en verdad—.

Cuando el sol tras las nubes se escondía
dando tules teñidos de arrebol,
toda desconsolada el alma mía,
llamé a la muerte y se ocultó el sol.

Mas viendo que era ofensa al Cielo, ardiente
me agarré a la Cruz con gran fervor
y al besar su peana humildemente
de mi boca brotó cristiana flor.

E. Marzal