Novedad de vida Franciscana

(Continuación)

2.-La novedad franciscana

El nihil sub sole novum, expresión popular: No hay nada nuevo debajo del sol (31), es entendido malamente por personas que parecen doctas, y son miopes de la novedad. No piensan n¡discurren n¡ven que los rayos del sol constantemente se renuevan, y son, por consiguiente, nuevos cada día y aún cada instante. Cuando amanece por el balcón de la aurora, presenta cada mañana nuevo disfraz de luces, ninguna de las cuales alumbró en el anterior día. Todas son nuevas.

De manera infinitamente más elevada sucede con Dios, hermosura siempre antigua y siempre nueva (S. Agustín), inagotable en novedades perpetuas, que hacen las delicias de los bienaventurados.

Y como el Evangelio es la manifestación verbal de Dios, donde Dios se halla verbalmente contenido, participa de la divina novedad, inagotable sí) sí e inagotable a la percepción sensible y discursiva de los hombres. El Evangelio es una novedad perenne, porque Dios está en él y en él se manifiesta, se nos descubre y se nos revela. De ahí que pasen los siglos sin que él pase, permaneciendo siempre nuevo, siempre atractivo y siempre nimbado y compenetrado, como el sol, de nuevas luces. Desconoce toda vejez y reconcentra toda novedad.

Fundado en esto, se expresa con brío y firmeza el apóstol San Pablo: «Se acabó lo que era viejo y todo viene a ser nuevo, pues todo ha sido renovado. (32). Por tanto, nos incita a que nos vistamos del nuevo hombre (33) añadiendo que «s¡alguno (está) en Cristo, ya es una nueva criatura» (34).

Renovación universal, investición del hombre nuevo que es según Dios, vida en Cristo equivalente a criatura nueva. Esta es la novedad novísima que Jesucristo Hijo de Dios trajo al intuido en orden a la regeneración, salvación e innovación del género humano.

Esta renovación perfecta o exaltación de la vida del hombre a la vida de Dios, se ofrece a todos los mortales, aunque no todos la hacen suya, n¡menos con la plenitud que debieran. No se despojan todos del hombre viejo, sino que muchos se mantienen en su vejez heredada.

No fue así San Francisco, sino el caso más asombroso de transformación interna y externa, pues quedó interior y exteriormente como otro Cristo, remedo del primero. San Francisco es el triunfo más completo de renovación divina, conseguido por la Gracia, a la vista de los ojos humanos. Entiéndese bien así lo que dijo S. Buenaventura: «Francisco, hombre nuevo, brilló con un nuevo y estupendo milagro (35), el de la Impresión de las Llagas de Cristo en su cuerpo reducido a la servidumbre del espíritu.

La novedad en la persona de San Francisco tiene alto relieve en la liturgia franciscana. En el Himno de las primeras Vísperas, se canta

Proles de coelo prodiit,
NOVIS UTENS PRODIGIIS.

Y en el Himno de Maitines:

«En el colegio celeste
a un nuevo colega se honra,
y en el rosal de los santos
una nueva flor rebrota.»

San Francisco fue íntegra e inesperadamente nuevo: fue hombre nuevo en pensamientos, en palabras, en obras y en milagros: trajo al mundo cristiano envejecido, señales nuevas de santidad, como los Sagrados Estigmas; una grey nueva que se guía por preceptos de nueva ley, renovando así los mandatos del Gran Rey; a su soplo vivificante brota una nueva orden a la que corresponde una vida nueva (novus ordo, nova vita); restaura la ley definitiva, el estado evangélico (36). «Enseña nuevas normas, el camino de la simplicidad» (37). «Caudillo nuevo, es seguido por tina nueva milicia» (38). Infunde su espíritu nuevo a una bella jovencita, luego Santa Clara, y la transforma en un nuevo astro (39).

Asumida por San Francisco la novedad evangélica, renovóse a sí mismo y quiso renovar a la sociedad entera para que todos los hombres viviesen, conforme a la enseñanza de S. Pablo, en novedad de vida (40), en novedad de espíritu (41) y en novedad de sentido (42), es decir, en novedad entera y verdadera, en novedad divina.

La novedad franciscana no ha pasado inadvertida a un político de prestigio y hombre de valer intelectual, quien dijo: «El franciscanismo suena, en medio de la sociedad medioeval, a cosa nueva». Cosa nueva con tanta vitalidad, eficacia y expansión, que crea un alma nueva: «Cuando la predicación [franciscana] adelanta, y se ha alcanzado ya formar en las muchedumbres un alma nueva, surge la legión de poetas que vierten en estrofas, para hacerla de ese modo imperecedera, la doctrina naciente» (43).

Dilatada por el mundo cristiano e influyente por el mundo gentílico, el alma nueva creada por S. Francisco, sobrevive porque tiene en sí los gérmenes vitales más puros del Evangelio, y su novedad es la propia y perenne novedad evangélica, franciscanamente sentida, interpretada y vivida.

Fr. Juan Bautista Gomis, ofm

(31) Eclesiástico 1, 10.
(32) 2 Cor 5,17.
(33) 1 Efes. 4, 24.
(34) II Cor , 1
(35) S. BUENAVENTURA. Leyenda Major, I, n. 1.
(36) Misa de San Francisco. Sequencia ,.Cfr. P. Antonio Torró, ofm. San Francisco de Asís, LII: Orden nueva, Vida nueva, páginas 209-10.
(37) Oficio de San Francisco, antífona del III nocturno.
(38) Ibídem, Antífona de Laudes
(39) Oficio de Santa Clara. Himno de Vísperas y Antífona ad Benedictus.
(40) Rm 6, 4.
(41) Rm 12, 2.
(42) Rm 12, 2.
(43) GOICOECHEA, Antonio. La Doctrina Franciscana y el Pensamiento contemporáneo, en San Francisco de Asís, Conferencias, pág. 88. Madrid, 1927.

En la declaración del Dogma de la Asunción

Te darlos la enhorabuena,
¡oh Santa Madre de Dios!
por ese dogma admirable
de tu gloriosa Asunción.

En cuerpo y alma te vemos
del Cielo en la alta mansión
con esa triple corona
de poder, ciencia y amor.

Allí en alas de los ángeles,
más refulgentes que el sol,
entre músicas y flores
llegar el Cielo te vio.

De corazón lo creemos,
dispuestos a morir hoy
y siempre por tal creencia,
que a dogma de fe llegó.

Y ha sido el Papa Pío XII
quien ese rico florón
ha engarzado en tu corona
por tu gloria y la de Dios.

Y nosotros hemos visto
esa glorificación,
que ver tantos anhelaron,
y no se les otorgó.

Ángel y hombre te bendicen,
como te bendigo yo,
con el corazón repleto
de dulcísima emoción.

Cantar puedo el Nunc dimittis,
que otro anciano te cantó;
aquél, por ver al Mesías;
y yo, por tu exaltación.

Mas yo, Madre, no te anuncio
como aquél pena y dolor;
sino triunfos y bonanza,
tras muy gran depuración.

Que de Cristo el gran reinado
va acercándose veloz,
y una paz toda del Cielo
ha de ser tu rico don.

¡Así sea, así sea!
pero cuanto antes, Señor,
que Satanás triunfar cree,
y es el triunfo para Vos.

 

Fr. Luis Ángel, ofm