De nuestras misiones

Nuevo modo de solemnizar las fiestas

Macao, 9 noviembre de 1951.

M. R. P. Provincial, Fr. Joaquín Sanchis, O. F. M.

Muy R. y amado P.: Hace pocos días pasaba por aquí, deshecho en su salud por los sufrimientos, un Redentorista español, después de dos meses dé cárcel. El primer día que pasó en aquel calabozo era la fiesta de su Fundador S. Alfonso María de Ligorio.

La solemnidad de nuestro Srfco. Padre no ha sido menos gloriosa para nosotros los franciscanos.

Ese día en nuestra Procura de Shan-gahai, un franciscano español —de 74 años de edad y 50 de sacerdocio y 46 de misionero— que celebraba su onomástico, cantaba la Misa solemne, mientras Mons. Gabriel Quint —Prefecto Apostólico de Weihaiwei, también franciscano desterrado— dirigía la parte musical de la misma. Durante ella la policía invadió la casa, hizo una inspección general y se marchó sin decir nada. Hacia la medianoche un piquete de soldados rodeó la casa para que nadie escapara y un grupo de oficiales y guardias penetraron en ella y despertaron a todos sus habitantes ordenándoles se reunieron en la Capilla. Allí pasaron media hora en impresionante silencio y luego los condujeron a la Sala Capitular. Mientras tanto, en las habitaciones se oía el rumor de abrir cajas, remover muebles, etc., del registro que hacían los invasores. Todos notaron que faltaba Mons. Gabriel.

Convocados en la sala, uno de los oficiales, que dirigía toda aquella operación, les explicó en buenas formas el motivo de aquella visita nocturna: el arresto de Mons. Gabriel.

Uno de los nuestros preguntó: ¿Se podría saber el motivo?... —Por reaccionario —contestó aquél— por maquinar contra el régimen y por ser con otros dos el alma de la Legión de María, en toda Shanghai, la cual, declarada ilegal, continúa trabajando clandestinamente.

Terminada aquella sesión les ordenaron que fuesen a dormir. La casa —dice el Padre que me escribe esto— ofrecía un aspecto fantástico con todas las puertas abiertas, con todas las celdas, corredores y escaleras iluminadas, con todas las lámparas encendidas y plantones en todos los ángulos que vigilaban nuestra retirada y encerrona en los cuartos. Al pasar observamos mucho movimiento de guardias y luces en la habitación del arrestado. Siguiendo las órdenes severas de la autoridad todos nos retiramos a nuestros camarotes, pero yo, que estaba un poco lejos del vigilante, conseguí tener un poco abierta la puerta de mi celda, lo suficiente para poder sacar la cabeza y tener los ojos fijos en la celda de Mons. Gabriel.

Al poco tiempo vi que salía el reo acompañado de unos cuantos soldados llevándose una maletita y una manta, con la frente muy alta y valiente que me impresionó fuertemente y se me ha quedado muy grabado en el corazón. Serían como las tres cuando terminó la jornada que coronó tan trágicamente la fiesta de nuestro P. San Francisco. "Aunque el hecho lo esperábamos y él mismo interesado lo daba por descontado y se preparó para el trance, no puedo negarte que nos ha impresionado a todos y que nuestro afecto fraternal y la amistad bien estrecha que profesábamos a la víctima, se ha trocado en veneración por la causa que le ha llevado al calvario de su cárcel." Así escribe el Padre.

Otro hecho semejante tenía lugar ese mismo día en el extremo occidental de China, a los confines del Tibet y precisamente en el Leprosario de Mosimien, testigo de la santidad y de la caridad de nuestro mártir Fr. Pascualet.

A fines de septiembre se presentó un grupo de soldados —que se decían enfermeros— a las órdenes de un oficial —que pasaba por doctor, aunque sin ciencia.

Venían a hacerse cargo de la Leprosería y así, convocados sus habitantes, ordenaron a los leprosos se reunieran promiscuamente en los pabellones según las edades distintas, y a los frailes y monjas se retiraran a sus casas respectivas y no se acercaran más a los leprosos, sino llamados expresamente. Estos debían ordenar los registros y preparar todo el inventario, mientras los invasores recogían las quejas y acusaciones de los leprosos contra sus antiguos enfermeros para instruir a éstos el proceso.

El día de S. Francisco, al caer la tarde, llamaron a la presencia del oficial médico y Director, a cinco de las ocho Franciscanas Misioneras María y cuatro (dos Padres y dos Legos) de los siete franciscanos y les leyó la sentencia que los condenaba á la expulsión por los crímenes cometidos contra los pobres enfermos. Al día siguiente se daba ejecución a la sentencia en medio del llanto de los 200 y pico de leprosos, los expulsados, después de 21 días de viaje a pie, en camión, nave y tren, llegaron finalmente a Hong Kong maltrechos por el cansancio, sufrimientos y molestias; pero su gran pena es ver arruinada la obra construida con tanto trabajo, privaciones, sacrificios, sudores y hasta sangre de mártires. A los leprosos los dejarán morir o los arrojarán al río inmediato.

Y ya que hablo de encarcelamientos solemnizando las fiestas, ahí va otro hecho que nos toca de rechazo.

El 8 de septiembre, Natividad de la Virgen, la policía hizo incursión en la residencia central de mi Misión y se llevó encadenado a la cárcel al Arzobispo de ella. Viendo las autoridades que a pesar de ello, los cristianos no se plegaban a sus exigencias anticatólicas, atribuyeron aquella resistencia a manejos de los misioneros europeos por lo que dieron también con ellos en la cárcel, dejando libres solamente cuatro que no les causarán molestias, pues todos ellos oscilan entre 70 y 80 años de edad. Hay, sin embargo, una excepción más única que rara en nuestro P. Severino. He aquí cómo se expresa el P. que me da aquellas noticias: "El P. Severino, hasta la fecha impertérrito en su oficio de perpetuo santero en el Santuario, muy respetado y estimado por los unos y los otros, por su vida ejemplar operosa y "savoir faire". Veremos si algún día la tramontana sopla por aquellas sagradas alturas. No será porque el cojuelo no tenga ganas de meter la pata en aquel rincón de reposo y tranquilidad."

Esto debe de llenar de satisfacción a nuestra Provincia de Valencia por lo que le felicito y me felicito.
Según las últimas estadísticas son 51 los encarcelados que forman el orfeón franciscano. Además, entre los obispos son franciscanos seis de los diecisiete encarcelados, dos de los seis arrestados, uno de los diez despedidos, además de los cinco alejados de sus Diócesis.

Ante este resumen magnífico me parece oír al Seráfico. Padre cuando supo la muerte de los protomártires: "Ahora sí que puedo decir que tengo verdaderos frailes menores." Dios nos conceda figurar entre ellos. Bendiga a su affmo.

Fr. Gonzalo Valls, ofm

La Virgen blanca

Blanca, sí, muy blanca
fue la Virgen que en Fátima vieron
los tres niños, a quienes promesa
Ella dio de que irían al Cielo.

Si el rostro, no lo era,
sus almitas también blancas fueron,
y al unísono todos vibraban
con la que era su dulce embeleso.

Rayos de luz pura
de las manos de Aquélla salieron
que a los tres, transparentes los hizo,
cual si fueran cristal puro y terso.

De su alma en el fondo,
¡qué de cosas, se dice que, vieron!
De Dios mismo felices gozaron,
sin poder explicar tal misterio.

¡Oh luz inefable
que penetra las almas y cuerpos!
Les es dado a los puros tan sólo
descubrir esos grandes secretos.

Por eso María,
todo luz y pureza, aun en sueños,
en la esencia de Dios Trino y Uno,
ve de Dios los arcanos inmensos.

Esa Virgen Blanca,
por seis veces, tres niños pequeños,
Jacintita, Lucía y Francisco,
contemplar a su gusto pudieron.

Y era tan hermosa
que, con sólo un feliz balbuceo,
nos dijeron alguna palabra
sobre foco de luz tan intenso.

El sol se eclipsaba,
su fulgor al instante perdiendo,
cuando aquella beldad, nueva Aurora,
iba entrando de aquél en el reino.

A vista de todos,
producíase tan raro efecto;
y así, mientras los niños gozaban,
dábanse los demás cuenta de ello.

Y el Sol de la Gloria
manteníase oculto a este tiempo,
allí viéndose sólo la Luna,
de las luces de Aquél fiel reflejo.

¡Y el Cielo, Dios mío,
qué será, si esto sólo es tan bello?
Imitando a esa Virgen tan Blanca.
algún día también lo veremos.

Fr. Luís Ángel, ofm

Consultorio religioso

CATEQUISTA. — Siguiendo el tema que iniciamos en la pasada edición, nos proponemos ahora esbozar las verdades que debe creer distintamente el niño para poder hacer la primera comunión.

No solamente el niño, sino cualquier hombre llegado a uso de razón, y no sólo para comulgar, sino para poder salvarse debe creer no ya en globo o en general todo lo que cree la santa Iglesia católica, sino distintamente cada una de las siguientes verdades: Que hay un Dios criador y conservador de cuanto existe, ha existido o podrá existir; que en El hay tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo: que el Hijo se hizo hombre, Jesucristo, y padeció y murió en una cruz para salvamos; que está realmente en la santa Comunión este divino Señor (insistiremos sobre esta verdad en otro número de esta revista); que Dios premiará al bueno con el Paraíso para siempre y castigará al malo con el infierno eternamente. Estas verdades y las demás que cree la Santa Iglesia debe creerlas por el motivo de ser Dios quien las ha revelado, que ni puede engañarse ni engañarnos.

Si el niño entiende, según su capacidad infantil, estos conceptos, no es preciso que los recuerde o los recite de memoria. La fe está suficientemente arraigada en su alma y no la perderá si no es por un acto contrario deliberado.

Fr. Agnello


La paz del franciscanismo

Nunca se ha hablado con más vehemencia de la paz. De todas las esferas surge un implorante anhelo de paz, de comprensión humana, como si cada uno quisiera hacer de sus brazos enhiestos la apaciguadora enseña blanca de la paz.

¿Cuándo se ha logrado una organización tan vasta como la de la O N U, que se haya propuesto el gestionar la paz entre los diversos pueblos? (No hablo de lo que positivamente ha resuelto, pues a la vista de todos está su insuficiencia). ¿No es Mr. Churchill a quien se le apellida, el hombre de la paz? Sin reparar en el natural impulso de paz que arraiga en los hombres, ¿quién no concederá a nuestros días una afanosa hambre de paz, ante la cual queda desalentada, la de otros tiempos, como el hambre de un acondicionado ante la de un mendigo de solemnidad? Y, ¿hay paz?

***

Todo indica, por desgracia, la ausencia en el mundo de la paz. Cuando los efectos de la guerra se reiteran crudamente y dejan desorbitados a los ojos ante el horror y heridos los sentimientos del corazón, se desea volver a ese "equilibrado tiempo en que la vida rezuma de todos sus mejores frutos". Quédense las hazañas heroicas en las páginas —escaparates de 'las palabras— para rellenar de ilusiones imposibles el magín de las largas veladas y busquen los hombres el manso y fecundo fluir de la paz. que entonces el pan es más sabroso y el trabajo más honrado.

***

La paz de San Francisco tuvo una estructuración especial que se acerca a la virtud. Se podría pensar de que en él brota ese vástago como consecuencia de un afán libertador de las 'luchas civiles y las contiendas religiosas que le circundaban en su tiempo. Que fue resultante del simple acto de dejar aquel ambiente inestable para recogerse en el silencio, en la tranquilidad. San Francisco llevaba enraizado en su sangre un espíritu activo y decidido, que actuaba sin mitigaciones aun después de su conversión, cuando la gracia conducía en vilo lo humano de Francisco. Por eso encontraba la paz, aun en medio de las convulsiones, porque la paz que Francisco cultivaba en sí y luego en los suyos era la que impronta Cristo, rehecha y vitalizada en moldes divinos. La paz de Cristo no era el final de una escaramuza guerrera, su paz no era tramitada por el repetido aforismo: "si vis pacem para bellum", "Si quieres la paz prepara la guerra", sino que venía religada a las perfecciones divinas, desdibujada por lo mismo en el conjunto como los granos de un racimo. Da Cristo surgía la paz con la naturalidad que huye de la llama la mariposa para no chamuscarse sus tenues alas.

* * *

San Francisco no convivió con Jesús, sino que distanciado por doce largos siglos, encontró viviente y nueva la silueta del Maestro en toda su fulgurante irradiación, en la obra que le dedicaron los suyos: el Evangelio.

El Evangelio fue para San Francisco el molde donde configuró sus ulteriores ideales, en donde fraguaron las encendidas resoluciones místicas que rellenaban incesantemente su ser, desalojando lo que trascendía del hombre en bruto. Y de ese Evangelio —horma de virtudes— arrancó Francisco la paz, que como idéntica á la de Cristo por haberse vaciado en el mismo molde, fue más allá de ese sentimiento natural que arrastra a la tranquilidad, el descanso convenido, cuando las continuas guerras desquician a los hombres. No sólo existe la guerra en esas tremendas repercusiones sociales cuando toman parte las naciones o los pueblos, sino que hay una guerra más sorda y amarga que no sobrepasa las acotaciones del individuo. Aquí viene la frase de la Escritura "Militia est vita hominis super térra." Sin explosiones y sin armas se da una batalla en el substrato humano en la que la victoria supone una relajación en el otro campo. Porque el espíritu ha de campear, mas no a costa de la funesta astenia en lo físico, que sostiene al ser. Guerra difícil y delicada que sólo la gracia divina da la tregua conveniente y enarca el iris franjeado de la paz sobre las borrascas de la conciencia. Esta es la paz difundida por Cristo, el embriagador aroma que penetraba todas sus actuaciones y las peregrinas emanaciones que suben del Evangelio.

* * *

Y eso mismo era la paz de San Francisco. Un saludo, en primer lugar, copia del procedimiento que empleaba Cristo: "La paz sea en esta casa", "La paz sea con vosotros", y por eso Francisco, cuando aparecía en los umbrales de las casas, decía: "La paz sea en esta casa", con la dulzura de que la vida tomase el equilibrio constante entre las dos fuerzas del hombre, para que se produjera la necesaria ascensión hacia Dios. Era la promulgación de un don que trajo Cristo a los hombres, que a la manera de la virtud, daría una señal indeleble a los buenos, y un hondo regusto de importado manjar celeste a los de buena voluntad, porque en estos términos se expresaba el mensaje de aquel venturoso día en que con sonido de áureas trompetas se divulgaba... "y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad", porque para el cielo habría gloria, para los que llegaron a aquel reino, mas para los que aun luchaban aquí, la paz, como un remedo de gloria y de trasunto divino. Si quisiéramos reducir a fórmulas matemáticas esta prematura gloria —la paz—. La podríamos llamar el efluvio congénito de la gracia anidada en el pecho del hombre, la transparencia de conciencia donde se sombrean las resoluciones de servir a Dios, el destellante reverbero que produce la fe al descender sobre la inteligencia que se abre a las iluminaciones de Dios.

* * *

Todo este grávido sentido tenía en San Francisco, la virtud evangélica de la paz.

Empezaba por poner orden en las interioridades del corazón, seguía pespuntando altos valores de atracción y embrujo en el porte externo del de Asís y de sus sencillos frailes y acababa por encabezar la misión social de Francisco a través de los siglos con el "PAZ Y BIEN", —inmortal guión de apostolado—.

Esta paz de San Francisco, injerto del Evangelio, sí que es fecunda y vital. Ella forma en el Santo una de las singulares facetas que le definen y en su Orden uno de los módulos funcionales que encarecen el espíritu que por ella fluye.

Si se aplicara de lleno este sentido de la paz franciscana, como reflejo de una vida imantada en las normas de Jesús, entonces sí que volaría sobre todos los pueblos la emblemática paloma hinchiendo los aires con el balsámico olor de olivo, de su ramo fresco que aprisiona con su pico.


* * *

Esta es la paz duradera que surge de lo íntimo y se expande hacia afuera, como la voz que se va vertiendo en la boca. Esta es la paz que llegó sin imposición de las armas y sin el contrato muerto de los papeles que sirve intereses innobles. Ante esta paz íntegra y evangélica, ganada por el franciscanismo a su causa, aparece irrisoria y fantasmagórica esta paz que se anhela en el mundo, como si fuera posible acordar las voluntades, cuando al mismo tiempo se ponen en maniobra las repugnancias del egoísmo personal.
Será inimitable aquel gesto del Santo bendiciendo a Fr. León con aquellas palabras: "El Señor te dé la paz." Puesto que la paz es don de Dios, pidámosle esta paz en la tierra, y que allá se transmute en gloria.

Fr. David Cervera, ofm