De nuestras misiones

Tribulación en la leprosería del Tibet

Muy reverendo Padre Provincial:

Por la relación que Mosimien tiene con nuestro Fr. Pascualet, creo de interés para todos hacerles una crónica, aunque sea sumaria, de los últimos acontecimientos que han acabado con el carácter franciscano de aquella leprosería, de la que nuestro mártir fue uno de sus cuatro fundadores.

Siendo muchos los episodios edificantes, y no queriendo que de ellos se pierda la memoria, me limitaré en ésta a lo acaecido hasta la primera expulsión de nuestros hermanos europeos, dejando lo restante para otra correspondencia.

La actual revolución comunista, que, como reguero de pólvora se ha extendido a toda la China, hizo su primera incursión en aquel oasis de paz a principios de 1951. Aunque breve —un mes escaso—, no por ello dejó de ser molesta.

Los invasores derogaron de hecho todas las leyes de clausura: todas las puertas de habitaciones, dependencias, armarios, cajas, debían quedar abiertas día y noche para que ellos pudieran inspeccionarlo todo a cualquier hora que les diera en talante. Y así lo hicieron varias veces, entorpeciendo no poco la vida regular y los actos comunes de ambas comunidades: de Franciscanos y de las monjas Franciscanas Misioneras de María.

También hicieron sus tentativas ante los 295 leprosos para arrancarles algunas acusaciones contra aquellos religiosos, sus enfermeros, pero se manifestaron tan unánimes en alabar el caritativo trato que les daban y reaccionaron con energía, contra uno solo que puso algún reparo, que el mismo juez desautorizó este testimonio como embustero e ingrato.

Después de una semana de perturbación, los indeseados huéspedes, defraudados en sus esperanzas de provocar una sublevación de los enfermos y asqueados de la convivencia con los leprosos, se marcharon, dejando entrever la admiración que sentían hacia los abnegados enfermeros.

Aunque durante su permanencia alardearon como fanfarrones de poseer medios eficaces para combatir la lepra, jamás dieron o declararon cuál era aquel prodigioso específico. Sin embargo, algo bueno se sacó de aquella molesta visita: prometieron y —dicho sea en honor de ellos— mantuvieron las promesas de mandar una buena cantidad mensual de grano para la manutención de aquellos infelices.

Con la partida de los invasores, la leprosería volvió a recobrar su vida normal, pacífica y familiar, sin hacer gran caso de la prohibición dada por aquéllos sobre propaganda religiosa.

A fines de septiembre, según una carta de primero de octubre, tuvo lugar la segunda incursión roja en aquel benéfico establecimiento, pero esta vez —se notó desde el primer momento— venían con ánimo de acabar con aquella obra benéfica, de la que se hicieron cargo apenas llegaron.

Comenzaron su reforma con dos órdenes draconianas. Los enfermeros —religiosos y religiosas— no podrían acercarse para nada a los enfermos si no fuesen expresamente llamados por los nuevos amos. Los leprosos y leprosas debían establecerse promiscuamente en los mismos pabellones. ¡Pobres enfermos, en qué manos habían caído!

El P. Guardián, que nos comunicaba estas noticias, se mostraba desolado presintiendo la ruina completa espiritual y material de una obra levantada con tanto amor, trabajo, sacrificio y aun con sangre de mártires en sus veintidós años de existencia. El preveía la próxima expulsión de todos los extranjeros de aquella casa, el encarcelamiento de sí propio, como principal o único responsable de los crímenes que los rojos quisieran inventar, y a los leprosos arrojados al río que lame los muros del establecimiento. Por eso terminaba su escrito rogando impretáramos del Señor para él la gracia de una próxima muerte, pues más valía morir que sobrevivir a la ruina total de la amada leprosería.

El cuidado de los leprosos pasó desde el primer día a manos de un equipo de enfermeros rojos —que ignoraban cómo se hace un vendaje—, a las órdenes de un superior, llamado director médico, que sólo los aventajaba en arrogancia y desaprensión. Todos los religiosos fueron relevados de sus oficios, a excepción del Hno farmacéutico, quien podía retener las llaves de su oficina hasta tanto que instruyera del contenido de la misma al nuevo empleado que debía encargarse de aquella dependencia. Mientras se hacía el traspaso, ambos congeniaron y llegaron a entablar una cierta intimidad, en la que el nuevo oficial se
permitió una confidencia que conviene registrar aquí.

Un día, el nuevo farmacéutico declaraba al Hermano que probablemente serían expulsados de allí, pero que no debían tomarlo a mal. «Nosotros —decía— estamos bien convencidos que nada malo habéis hecho aquí y sólo nutrimos internamente sentimientos de gratitud y de admiración por el buen corazón que habéis demostrado dejando la Patria y la familia para encerraros en este rincón del mundo y, aquí, con tanta abnegación sacrificar vuestras vidas en favor de estos pobres infelices. Sin embargo, vuestra presencia aquí como extranjeros es ignominiosa para la China comunista, a la que implícitamente acusáis de incapaz para atender a sus propios enfermos. Esto pudiera tolerarlo el Gobierno nacionalista, pero se hace insoportable para el nuevo Gobierno popular, que quiere demostrar que se basta a si mismo sin ayuda extraña.»

A esta declaración, que aparecía sincera y en parte razonable, no hay que darle mucho peso, pues tenía sus ribetes de adulación interesada, para captarse la simpatía del Hermano. De hecho, aprovechándola, se atrevió a pedirle una inyección de morfina, a lo que accedió aquél, aunque con repugnancia. Viendo luego que la petición se repetía con excesiva frecuencia, el Hermano se creyó obligado a denunciar el hecho a las nuevas autoridades mayores, y así lo hizo. De la noche a la mañana desapareció aquel morfinómano y nadie pudo dar razón de su paradero.

* * *

Aunque la carta alarmante del P. Guardián nos dejó preocupados, en el fondo nutríamos esperanzas de que también los nuevos invasores se largarían siguiendo el ejemplo de los primeros. En esta disposición de ánimo, el 27 de octubre recibimos un telegrama de Hong-Kong anunciándonos la llegada allí de cuatro franciscanos y cinco monjas franciscanas Misioneras de María, todos ellos expulsados de Mosimien. Dos días después venía también una carta de la misma leprosería, en que el P. Guardián nos comunicaba brevemente lo acaecido y nos rogaba proveyéramos de lo necesario a los expulsados, los cuales, en su precipitada salida, venían con las sandalias da cáñamo y con los vestidos viejos y remendados que usaban en aquellos montes.

Con lo que decía la carta y con lo recogido de labios de los mismos exilados, he aquí la reconstrucción del hecho: «En el proceso mandado a Pekín figuraban como acusaciones que las monjas distribuían más piezas de vestir entre las leprosas que entre los leprosos; que cuando algún enfermo era moribundo, él se llevaba todas las atenciones, quedando como olvidados los demás leprosos... y así por el estilo. Se esperaba la sentencia desde la capital y ésta llegó.

El día de San Francisco, a la hora del tránsito, cuatro franciscanos y cinco monjas fueron llamados, nominalmente, por oficio de la autoridad roja, donde se les leyó la sentencia de expulsión y se les intimó la orden de estar prontos para salir de allí a la mañana siguiente.

Toda la noche la pasaron preparando sus equipajes y poniendo en ellos lo que más les interesaba; pero al hacer el registro momentos antes de salir, los guardias rojos se lo quitaron todo, especialmente escritos, fotografías y objetos no exclusivamente necesarios para el viaje. De este modo se han perdido para siempre preciosos documentos que los expulsados querían poner a salvo a toda costa, tales como el diario espiritual del P. Pegoraro, compañero de martirio de Fr. Pascualet; la historia de la leprosería y un extenso estudio científico etnológico sobre la tribu local de los «lolos», fruto de tres años de intenso trabajo de uno de los expulsados, joven franciscano, que con ese fin se habla especializado y laureado en una Universidad europea. De este mismo religioso quedaban allí unos cincuenta magníficos ejemplares de bestias raras de la región disecadas por él, según los procedimientos modernos, y, además, dos nutridas colecciones de su fauna y flora con las correspondientes monografías dactilografiadas.

Los leprosos, en aquel par de semanas transcurridas, habían podido experimentar la diferencia entre el enfermero caritativo y el mercenario. Por eso no es de extrañar que, presintiendo la catástrofe, redoblaran su fervor, multiplicaran sus oraciones y sacrificios implorando del Señor misericordia y que improvisaran una conmovedora despedida al momento de partir los exilados.

Estos salieron en camión; varios días caminaron a pie y otros en nave por el río Azul hasta Hong-Kong, donde los guardias que los acompañaban les dieron cinco horas de descanso con libertad para visitar sus respectivas familias religiosas, con gran satisfacción de todos. Luego continuaron su itinerario en tren hasta que, después de veintiún días de viaje, llegaron a la frontera de Hong-Kong, maltrechos y llevando una espina en el corazón. Sólo sabían hablar, y esto con emoción y lágrimas, de la leprosería, de sus amados enfermos y de los religiosos enfermos que allí quedaron y cuya suerte les preocupaba.

De los seis europeos que restaban en Mosimien, cinco han sido ya despedidos. También éstos tienen mucho que contar, pero esto lo reservo para otra correspondencia.

Entretanto, roguemos al Señor para que El mismo consuele a los que salen y asista y conforte a los que quedan.

Suyo afectísimo.

Fr. Gonzalo Valls, ofm
Macau, 14 de febrero de 1952.

Renovados frutos de la Cruz

No nos referimos a los frutos de bendición que la cruz bien llevada nos proporcionará en la gloria, cuya felicidad pasa de vuelo a cuanto hay en este mundo y a cuanto puede imaginarse: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por pensamiento de hombre qué cosas tiene Dios preparadas para aquellos que le aman», como dice San Pablo (1 Cor 2, 9). Creamos ahora en aquella felicidad inmensa que Dios nos tiene destinada y esperemos llegar a conseguirla por la misericordia de Dios y por los méritos de Jesucristo.

Los reiterados frutos de la cruz a que queremos referirnos son los frutos de virtud que, al contacto de ella, producen las almas de buena voluntad y de recta intención. Son frutos o actos de paciencia, de obediencia, de humildad, de imitación de Jesucristo, de conformidad con la santa voluntad de Dios, de beneficio espiritual y aun temporal para las almas necesitadas de este mundo, y las siempre muy necesitadas del purgatorio.

Todos estos y más todavía son los frutos de la cruz cristianamente llevada.

Nunca llegaremos a sentir el peso de la cruz sin que Dios así lo disponga para nuestro bien; y como la cruz viene siempre acompañada de la fuerza de Dios para llevarla resignadamente, siempre podemos conseguir las ventajas y el provecho a que Dios la encamina. No es la cruz una semilla estéril, no; es ciertamente muy fecunda, y si la acogemos amorosamente en nuestro corazón como la tierra labrada y mullida acoge en su seno la semillita del trigo, producirá, como el trigo, doradas espigas cuajadas de frutos de virtud que trascienden hasta la gloria.

¿Cuándo debe producirse esta cosecha de virtudes y cuándo ha de recogerse? ¿Acaso una sola vez al año, como en el trigo de que hacemos la harina y el pan?

No es la Virtud cosa material, ni la cruz cristiana, esa cruz que llevó Jesús toda su vida en su corazón y que llevamos nosotros cuando. Dios dispone que nos toquen la tribulación y el dolor, es tampoco cosa material y rastrera a la que puedan aplicársele los ciclos de las cosechas del campo.

La cruz y la virtud que de ella brota son cosas espirituales pertenecientes a nuestras relacionas con Dios, y puesto que Dios ha hablado para iluminar nuestro entendimiento en lo tocante a la religión y al modo de practicarla, a las enseñanzas de Dios hemos de atenernos.

Oigamos, pues, la enseñanza de fe brotando de labios de Jesucristo: «El que quisiere venir en pos de Mí, lleve su cruz cada día y sígame.» (Lc 9, 23). Llevar nuestra cruz a imitación de Jesús es el comienzo y también el compendio de toda la religión cristiana; es un excelente modo de hacer frutos dignos de penitencia, de caridad y de todas las virtudes.

Luego si cada día hemos de llevar nuestra cruz, no bastará producir los frutos de ella una vez al año, ni siquiera una vez cada mes como los produce el místico árbol del Apocalipsis (22, 2); menester será producirlos cada día, a toda hora, continuamente; pues de toda hora y de siempre es el llevar la cruz de nuestro deber, esforzándonos por cumplirlo diligentemente.

¡Ojalá nos bastase para esto el propósito hecho una vez de cumplir a cada hora nuestro deber! Fuera el deber fácil y atractivo; nos fuera grato y sintiéramos su necesidad como sentimos la necesidad de comer, y entonces podría bastarnos con un pequeño esfuerzo para cumplirlo, esfuerzo que haríamos hasta por deporte y recreo. Mas no es así nuestra condición nativa, como sabemos por sobrada experiencia. En términos generales, no exentos de laudables excepciones, no nos es atractivo ni fácil el cumplimiento constante del deber. Llevamos dentro una tenaz propensión a desviarnos de él; no es el bien lo que nos atrae, sino que es el mal lo que nos subyuga. Tenemos muy arraigadas y metidas en el corazón deplorables inclinaciones al mal, las cuales, si no son frenadas a tiempo, saltan disparadas como muelle que se
suelta. Decid, pues, si no será menester estar conteniéndolas a toda hora, apretar y sujetar de cuando en cuando los frenos y tener siempre el gatillo en el seguro. Tan necesario es esto que, sin ello, pronto e inevitablemente da el alma en el pecado. Para guardamos de pecar y vivir en gracia de Dios se requiere, por tanto, mortificar nuestras malas propensiones, abrazando a toda hora nuestra cruz según el ejemplo y mandato de Jesucristo.

Mirada esta cuestión vital desde otro punto de vista, nos llevará a la misma conclusión.

Si hemos llegado a entender lo que es el pecado, sabremos que es ofensa a la majestad infinita, de Dios; y mirado por ahí, por relación al Dios de infinita majestad a quien ofendemos pecando, el pecado es ofensa que reviste caracteres de gravedad infinita. Aunque arrepentidos lo confesemos; y, aplicándosenos los méritos de Jesucristo, se nos perdone en el sacramento la ofensa a Dios y la culpa nuestra, queda por expiar todavía la pena de haber obrado mal pecando. Se expía esta pena con la penitencia de la confesión, en parte; y también con las buenas obras y llevando con paciencia nuestra cruz de cada día. Mas nunca podremos tener seguridad de haberla expiado por entero. Llegará, y no tardará gran cosa, el fin de nuestra vida temporal; se hará con exactitud infalible el balance de ella; y la pena que tengamos todavía pendiente, habremos de pagarla en el purgatorio, cuyas vivas penas, siendo inmensamente mayores, no son ya meritorias de gloria como lo son las de este mundo. Dígase, pues, si no es lo cuerdo y prudente practicar asiduamente la virtud llevando con paciencia nuestra cruz de cada día.

Así lo entendieron y practicaron los santos. Mejor dicho: practicándolo así es como llegaron a la santidad los que la han logrado, y como van adelantando en virtud las almas esforzadas.

En su última enfermedad todavía rehusó San Pedro de Alcántara una cura que el hermano enfermero estaba dispuesto a hacerle en la pierna, diciendo: «No me toque, hermano; que aun estoy vivo y tengo peligro de pecar.»

Es bien sabido que el P. S. Francisco, en la hora de su muerte, pedía perdón al «hermano» cuerpo por haberle castigado tan duramente durante toda su vida; con esto, al salir de este mundo, no sólo nos dejaba su admirable ejemplo como estímulo constante de penitencia en el pueblo cristiano, sino algo todavía más precioso y más eficaz: su espíritu encarnado en la Tercera Orden de Penitencia.

Fr Luis Mestre, ofm

El milagro de Fátima en el Vaticano

Pío XII, en sus jardines,
vueltas dando al Sol ha visto,
como en Fátima lo vieron
los tres santos pastorcitos.

Este fue aquel gran milagro
por la Virgen prometido
para dar crédito y fama
a los hechos allí habidos.

Consta así, pues, que la Virgen
dejó verse en aquel sitio,
y les dio aquel gran mensaje
a sus tres amados niños.

Los milagros son el sello
que Dios pone por sí mismo
a sus obras, sin que engaño
pueda haber en tal testigo.

El milagro aquel del Sol,
otra vez se ha repetido,
y es el Papa Pío XII quien,
allá en Roma, lo ha visto.

¿Y cuál puede ser la causa
de ese bello y gran prodigio?
El Señor nada hace en vano,
y hecho 'tal es de Dios digno.

Bien el sello puede ser,
por El puesto, con motivo
del gran dogma por el Papa
hace poco definido.

Ya es de fe que, en alma y cuerpo,
nuestra Madre al Cielo Empíreo
subió y fue allí coronada
por el Dios único y Trino.

¿Qué de extraño que la Virgen
y Dios, de ello complacidos,
con su sello refrendaran
hecho tal del Papa Pío?

Nadie, pues, ose negarlo,
si no quiere ser maldito
de los Cielos y la tierra
y caer en negro abismo.

Lo creíamos nosotros,
antes ya de lo que han dicho;
con milagros o sin ellos,
siempre igual lo creeríamos.

Que esa Madre es de ello digna,
y así honrarla quiere su Hijo:
lo posible y conveniente
le da siempre el Infinito.

Fr. Luis Ángel, ofm
Pego, diciembre 1951.