Mayo es el mes de la gracia

S¡comprendiera, s¡recibiera..., sería la criatura más engreída, el mes más vano. S¡viera, s¡sintiera..., su encanto mancillaría su albura de ufanas indiscreciones. Y todo porque acapara la flor. Lo cierto es que sin el agua de marzo..., sin el goteo caluroso del sol de abril...

No obstante, mayo es el más agraciado. Porque su ofrenda es la más lírica, la más entrañable, la más mística.

La flor es el ser más sensible. Sólo crece con halagos y mimos. Al gesto grosero y apresurado lo reprocha con la muerte. Se la ha de tocar con suavidad. Ella es el apóstol de la delicadeza entre los hombres.
La flor es la criatura más linda. No hay flores feas. Las habrá más o menos bonitas...; pero todas con color, proporción y armonía. Como hermosa, exige los mejores lugares. El centro de las reuniones humanas en festivales, fiestas, acontecimientos familiares. El trono de los reyes y el premio para las pruebas: coronas y ramos. La mesa de la expiación humana, el ara de la inmolación divina: el altar.

Sus aromas rebozan los versos, y los buenos poemas van rebañados de esencias de flores; ellas, siendo elementos explotados, son insustituibles, como el incienso, en el altar. Sus colores y sus formas corporales, limpias de líneas, aun no han envejecido en los lienzos. La flor es siempre juvenil, atrayente, porque es bella; nunca causa un mal pensamiento. Ella es un resorte de pureza entre los hombres.

La flor es mística. Su vida se derrumba pronto sobre el labio arcilloso de un tiesto o el reborde bruñido de un vidrio. Vive sin apegos a la vida. Predica en todo su ser la Sabiduría de Dios por su belleza, y antes de que se la divinice muere, sin agonías, sin protesta —imagen para la vida humana—. Es luminosa como deberían ser los hombres, como fue Cristo. Sin luz, se agosta, y con la luz, tiene un grito de alegría en sus labios: lozanía.

Por eso es gracioso mayo, por sus flores. Sin ellas sería tan feo como lo pueda ser febrero (pero febrero también es bello porque es senil, canoso). Mayo es hermoso, el más hermoso porque Dios lo quiso. Dios
lo destinó para ser el mes de las flores.

* * *

... es el mes de la gracia.

La Virgen ha imitado los rasgos del Señor. Ella también quiere un mes especial para sí. ¿Es Ella quien ha hecho la elección? ¿Son los hombres quienes le ofrendan el mes de mayo? Qué más da. De todas formas, es admirable la elección, porque la Virgen es «flor del cielo» y quiere el mes de las flores.

Para Ella son los ditirámbicos efluvios Flos camp¡et lillium convallium. Ella es en el cielo lo que es la flor en la tierra. Ella produce tanta fiesta en el cielo como los rostros policromos de las flores lo logran entre los hombres. También en el cielo gustan las flores. Porque también en él, y mejor que en ninguna parte, han de fulgir los atributos divinos.

Para el mundo, la flor es el símbolo de la Virgen Nuestra Señora, como es el beso el símbolo del amor, y las lágrimas, del dolor. Pero el amor es mucho más, y también es la Virgen mucho más.

La Virgen es la criatura más lírica, amable y mística de cuantas existen. Ella, la Madre, es el ser más sensible, más que la sensitiva.

Ella, la Inmaculada, es la más linda de cuantas existen, y en donde se la coloque, en el alma, en el cuerpo, en el aposento..., remozará de belleza todas las cosas.

Ella, la Mediadora, la que sujeta a su voluntad los beneficios de la divina cooperación. Donde Ella está habrá un jirón de cielo.

Por eso es radiante mayo, porque la Virgen aparece en los altares como la flor del cielo. En la embriaguez densa del ambiente en perfumes, los habrá humanos y divinos. En la festiva irisación campeará el albo franjeado de María.

Mayo es el mes de la gracia humana y divina.

Fr. David Cervera, ofm

El doctor Pedro T'ang, médico y mártir en China

S¡no es esta la única víctima de que se gloría la Prefectura Apostólica de Lingling (Hunan), confiada a los franciscanos alemanes del Tirol, es, al menos, aquella en que la Providencia ha querido aparezca más patente y pura la causa de su martirio. En él se confirma una vez más que la cruz es el «camino real» que conduce a la gloria. El que debía morir mártir de Cristo vino a la fe por la tribulación, tribulación que dio fecundidad a su apostolado.

Por la cruz a la luz. — Nacido en 1901 en el seno de una familia pagana acomodada pero no rica, perdió ha poco a sus padres, quedando por lo mismo al cuidado de su abuelo paterno. Este, habiendo visto que el muchacho manifestaba buenas cualidades intelectuales, le mandó a Nuchang para estudios superiores. Obtenido el título de Maestro en la Normal, pasó a estudiar Medicina en la Universidad, laureándose en ella y pasando luego tres años en prácticas en un hospital japonés.

Durante estos años gustaba de asistir algunas veces a las funciones litúrgicas de la Iglesia Católica, sin que jamás le pasara por la mente la más remota idea o deseo de conversión. Pero s¡el joven médico no pensaba en Dios, puso sobre él su mirada de complacencia y lo visitó con aquella visita que mayor eficacia posee para atraerse las almas...: la tribulación.

En plena juventud y cuando un risueño porvenir acariciaba su imaginación, se le declaró, en forma galopante, una tisis aguda que tronchaba en flor todas sus ilusiones y le sumergía todo en el más profundo abatimiento.

Consciente de la gravedad, volvió a su tierra por s¡los aires nativos le daban alguna mejoría. Allí se encontró con toda la provincia dominada por los rojos. Para captarse su auxilio y simpatía se afilió a aquel partido, por lo que éste le dio para habitación una casa confiscada a la Iglesia, como ya había hecho con otros. Pero cuando vencido el ejército rojo por los nacionalistas, todos los que ocupaban propiedades de la Misión se apresuraron a abandonarlas para evitarse las represalias de sus dueños, nuestro enfermo quedó tranquilo en su habitación, no pudiendo pensar que los católicos que él había conocido en Wuchang llenos de caridad fueran vindicativos.

Allí recibió la visita del misionero, quien al verlo tan avanzado en su enfermedad le hizo trasladar al pequeño hospital de la iglesia para atenderlo mejor corporal y también espiritualmente. Para esto último le mandó un catequista que le expusiera los rudimentos de la fe. Aquella alma, naturalmente buena y preparada por su desgracia, se abrió como un capullo al calor de aquella buena doctrina, aficionándose con tal gusto a ella que a los pocos días las aguas regeneradoras caían sobre su frente, trocándolo en un hijo de Dios y en un ferviente cristiano. Contaba a la sazón veinticinco años de edad.

A los pocos días, en una de las visitas que le menudeaba el misionero temiendo su muerte próxima, el enfermo, juntando las manos y con lágrimas en los ojos, suplicaba al Padre le diera la Santa Comunión. Extrañado éste de tal petición insólita en los neófitos, le hizo algunas preguntas, y encontrándolo suficientemente instruido y bien dispuesto le trajo el Santísimo Sacramento, que el enfermo recibió con gran fervor suyo y edificación de los presentes, a quienes pareció verle como enajenado del mundo y en íntimo coloquio con el Divino Huésped.

Aquella primera Comunión hecha en la cama, y que, en opinión de todos, debía serle el Viático para la eternidad, fue, en cambio, el principio de su curación.

El apóstol crucificado. — Algunos años más tarde nuestro neoconvertido confesaba que, en su ignorancia aún de catecúmeno, al oír al catequista, que hablándole de la Santa Eucaristía le decía que ésta pone en el mismo cuerpo gérmenes de renovación e inmortalidad, se figuró que la Santa Comunión le daría una vida lozana y de salud robusta, con la que en el ejercicio de su profesión haría mucho bien a los cuerpos y a las almas de la humanidad doliente. Aquella fantasía o sueño debía ser una realidad admirable.

El mejoramiento realizado en su Comunión era tan franco y rápido, que a los dos meses de aquélla tenía la consolación de asistir por su pie al Bautismo de 18 catecúmenos que él mismo había convertido y preparado entre los enfermos y empleados del mismo hospital.

A los dos años, ya convertida y bautizada su esposa, se trasladó con su familia a la capital de la Prefectura, donde en una casa alquilada a la Iglesia abrió su consultorio médico, ganándose una amplia clientela y captándose la simpatía y favor de todos por su pericia profesional, por su paciencia y caridad con los enfermos y por su integridad y honestidad de vida.

Viéndose favorecido por la fortuna y habiendo oído hablar del gran bien que en Shangha¡el célebre Lo-pa-hong, rico cristiano llamado el San Vicente Paúl de nuestros días en China, se propuso imitarlo no sólo en su piedad cristiana, sino en su práctica de la caridad y en su celoso apostolado de propaganda evangélica.

Por lo que mira a su caridad, además de la privada y oculta que hacía con los pobres asistiéndoles gratuitamente y dándoles las medicinas que necesitaban, en dos distintas localidades de la Prefectura levantó a expensas suyas dos hospitales, que luego regaló a la Iglesia, prestando también gratis en ellos sus servicios. Cuando durante la guerra chino-japonesa la Residencia central de la Misión y la Santa Infancia quedaron destruidas por los bombardeos, el entregó la grande casa nueva que había edificado para su familia a los que habían quedado sin techo y durante todo un año cuidó de la manutención de todos ellos. Todo le parecía poco a cambio del honor de haber hospedado en su casa a los ministros de Dios y haber convertido su mismo despacho en templo y trono para el Rey del mundo.

Terminada la guerra, y siendo él una de las personas más estimadas por su cabal honradez, influyó eficazmente sobre la «Unrra», y consiguió construyera un grande hospital y un espacioso edificio para la Santa Infancia, a más de muchos subsidios a favor de las obras de caridad sostenidas por la Iglesia. La Misión lo contaba como su más insigne bienhechor.

(Continuará)

P. Gonzalo Valls, ofm

Consultorio religioso

Me han dicho que el libro titulado "El P. Pío de Pietrelcina", por Lott¡Franco, está condenado por la Iglesia. ¿Qué me dice el Padre sobre esto?

Pues que le han dicho a usted la verdad.

El miércoles 23 de julio de 1952, los Sres. Cardenales Superiores de la Sagrada Congregación del Santo Oficio, encargada de velar por las cosas de Fe y Costumbres, habiendo antes oído el voto de los Rdos. Consultores, decretaron de común acuerdo que se deben tener como condenados, según la norma del Canon 1.399 del Código de Derecho Canónico, y por lo tanto, que deben inscribirse en el «Índice» de libros prohibidos los siguientes:

Y al siguiente día, jueves 24 del mismo mes y año, en audiencia concedida al Sr. Cardenal Secretario del Santo Oficio, S. S. el Papa Pío XII, habiendo oído la resolución de los eminentísimos Cardenales, la aprobó, confirmó y mandó publicar.

La declaración del Santo Oficio no implica una condena de la persona del P. Pío n¡de los autores de estos libros. Debe servir para reclamar una mayor moderación y prudencia en materia tan delicada.

Fr. Agnello

Noticias

Adoración nocturna. Turno de San Antonio de Padua

Inauguración del turno de San Antonio de Padua. — Día 28 de enero de 1928. Adoradores que componían el Turno: Director Espiritual, P. Antonio Ribera; Jefe, Ricardo García Laporta, y Secretario, Vicente Marín Carbonell. Asistieron: Reverendo P. Fernando Fabregat, Director de la Pía Unión; P. Cipriano Ibáñez, Guardián de San Lorenzo; P. Antonio Ribera, Director del Turno; Juan Santamaría Cano, Vicente Marín Bosque, Diego García Benavent, Juan Santamaría Lloréns, José Máñez García, José Fabra Bermúdez, Vicente Santamaría Lloréns, José Casas Rosell, Rafael Blanquer Santamaría y José Blanquer Santamaría.

El día 28 del próximo pasado mes de enero y con ocasión de celebrarse por el turno de San Antonio de Padua la vigilia reglamentaria, tuvieron los numerosos asistentes de dicho turno la inmensa alegría de celebrar el vigésimo quinto aniversario de su fundación.

Solamente tres de los fundadores pudieron asistir al acto, ya que el resto están en situación de adoradores honorarios y otros que han fallecido.

Bajo la dirección espiritual del Padre Antonio Ribera, teniendo como Jefe de turno a don Ricardo García Laporta (que sigue actualmente desempeñando dicho cargo), se formó un grupo que en un principio estimaron no pasase de trece, conmemorando la efemérides del Santo bajo cuya advocación se fundaba. Pero posteriormente y ante la realidad de la falta involuntaria de alguno de los componentes, bien por ausencia, enfermedad, etc., se desistió del primer acuerdo, aumentando tanto el número de los componentes del turno que bien podemos hoy día, con la ayuda de Dios Nuestro Señor y nuestro Patrono San Antonio de Padua, contarnos entre los de mayor asistencia a las vigilias.

En la noche que conmemoramos el vigésimo quinto aniversario se rezó por los difuntos fundadores, que son: Antonio Ribera, Director Espiritual; don Vicente Marín Carbonell, Secretario; don Juan Santamaría Cano, don Vicente Marín Bosque, don Diego García Benavent y don Juan Santamaría Lloréns.

Asistieron, como ya hemos indicado, el Jefe fundador del turno don Ricardo García Laporta y los adoradores Rafael y José Blanquer Santamaría.

No podemos silenciar la labor realizada por el Director Espiritual, sucesor del Padre Antonio Ribera, P. Luis Torres, quien con su entusiasmo y larga permanencia al frente del turno (cerca de veinte años) supo atraerse con sus simpatías la estimación de todos sus componentes.

En la actualidad y por traslado del P. Torres al convento de Carcagente, le ha sustituido el P. David Escrivá, quien, al igual que su antecesor, labora por continuar y aun mejorar la formación espiritual de todos los adoradores a su cargo.

Dios mediante y en el mes de junio, celebrará una vigilia extraordinaria en el convento de Santo Espíritu para dar un mayor realce a las Bodas de Plata del turno, así como celebrar igualmente el séptimo centenario de la Santa franciscana Santa Clara de Asís.

Nuestro coristado de Teruel

Profesión solemne. — El día 22 de marzo, Domingo de Pasión, emitió sus votos solemnes Fr. Jerónimo Gómez en manos del reverendo P. Guardián Fr. León Amorós.

Ordenación. — En la capilla del Palacio Episcopal tuvieron lugar el Sábado de Gloria las Ordenes sagradas, en las que el Sr. Obispo de Teruel confirió el presbiterado a dos de nuestros hermanos Francisco Ly (chino) y Eloy María de Prado.

Primera misa. — Dos días después, con visible emoción, ofreció el P. Francisco Ly por vez primera el Santo Sacrificio. La asistencia del señor Obispo, de los distinguidos padrinos, señores de Simó, como de la gran concurrencia de fieles, suplió, en parte, la ausencia de sus seres queridos. La oración sagrada que pronunció el P. Provincial llegó a las fibras más hondas del corazón. Le hacemos patente nuestra felicitación, y asimismo nuestro deseo de que sea otro Cristo viviente. — El cronista.